Categorías
El mundo Internacional

Los gigantes tecnológicos desactivan la red social que usaban los seguidores de Trump

https://www.tiempoar.com.ar/nota/los-gigantes-tecnologicos-desactivan-la-red-social-que-usaban-los-seguidores-de-trump

Este articulo lo podes encontrar en TiempoArgentino

Link al articulo original

Categorías
Sociedad

Martín Ariel Gendler: “La principal ganancia de las plataformas son los datos, ellos son el ‘nuevo petróleo'”

https://www.tiempoar.com.ar/nota/martin-ariel-gendler-la-principal-ganancia-de-las-plataformas-son-los-datos-ellos-son-el-nuevo-petroleo

Este articulo lo podes encontrar en TiempoArgentino

Link al articulo original/a>

Categorías
Argentina Deportes

Podoroska, la política y el odio en las redes sociales | La supuesta afinidad con el campo popular de la rosarina despertó lo peor en algunos usuarios



El odiador de clase no sabe de distinciones. Tampoco le importa lo que hay en juego y, en muchos casos, con tal de ver sufrir a lo que identifica como una otredad, es capaz de autoflagelarse. El inolvidable Roland Garros de Nadia Podoroska dio prueba de ello. Es que mientras la tenista rosarina hacía historia de la grande y avanzaba hasta las semifinales del Gran Slam parisino ganándose los elogios de Gabriela Sabatini, Manu Ginóbili y el ex tenista ruso Yevgueni Kafelnikov, los ojos virtuales de los odiadores seriales se posaron sobre su figura.

¿El argumento que encontraron para su odio? No fue la propia voz de la protagonista, no. Sino un pirulo de Página/12 comparándola con la emblemática Mary Terán de Weiss y el hecho de que la tenista sigue en sus redes sociales a algunos miembros del Gobierno Nacional y a periodistas como Horacio Verbitsky, Juan Amorín o Ingrid Beck, o que lee al filósofo Darío Sztajnszrajber. La suma de apellidos (y la selecta resta de otros, como los de Mauricio Macri, Horacio Rodríguez Larreta y Facundo Manes) dio un resultado suficiente como para enceguecer a una parte del (siempre a tomar con pinzas) mundo de las redes sociales, al considerar que la rosarina es “kirchnerista”, “progresista”, “comunista”, “socialista” y cuanto pensamiento de corte popular se presente.

En consecuencia, en la antesala de su duelo con la polaca Iga Swiatek por semifinales, los malos deseos hacia Podoroska hicieron su aparición. No importaba quién estuviera enfrente: Swiatek podría ser una espía de la KGB, pero el sólo antecedente de ligar a la rosarina con el peronismo ya era suficiente sacrilegio como para hinchar por la polaca.

A continuación una selección de los comentarios poco felices, con la ortografía corregida. “No vi ningún partido de Podoroska, pero voy a ver el próximo así pierde. No quiero a ningún kirchnerista feliz”; “¿Podoroska es K? ¿Perdió? Entonces está bien”; “Podoroska es K, no hay vuelta atrás. Se acabo mi fanatismo”; “La inflada Podoroska cayendo como buena zurdita kirchnerista que es
seguro después lo culpa a Macri”.

También se subieron al éxito de Podoroska algunas “reconocidas” cuentas antiperonistas de Twitter, con algunos comentarios que, aunque no llegan a rozarse con el ingenio, al menos son más rebuscados que el mero deseo del mal. “En un rato (Pablo) Duggan (periodista de C5N) nos cuenta que Podoroska vivía en la calle hasta que Néstor (Kirchner) le regaló su primera raqueta y que llegó a top 50 gracias al plan RaqueteAr. Y que es bisnieta recuperada”, tuiteó Licenciado Macoco, aprovechando el minuto de fama para pegarle a la lucha por los derechos humanos. En tanto, una cuenta que recuerda al economista neoliberal Milton Friedman espeta sin temor al ridículo: “Los abuelos de Podoroska emigraron de su tierra por culpa del holomodor (en realidad, el tuitero quiso decir holodomor) soviético en Ucrania para que les salga una nieta socialista.
Los zurdos desconocen hasta la historia de su propia familia”.

En definitiva, odiadores siempre hay, hubo y habrá. Por suerte, en algunos casos, resulta muy fácil comprobar que es mejor estar en la vereda de enfrente.

La vereda de enfrente





Fuente link:

Categorías
Argentina La ventana

Redes sociales: el agrupamiento del odio | La urgencia de una estrategia política de comunicación en internet



Las redes sociales han evolucionado tanto en los últimos años, que ya nadie duda de la influencia que tienen en la actividad económica, cultural, social, y especialmente política, de todo el mundo. Su poder radica en que, a diferencia de otros medios de comunicación, en éstas todos pueden expresarse libremente, incluso violando las restricciones establecidas en el derecho a la libertad de pensamiento y expresión.

Ellas constituyen una forma de comunicación distinta a la que permitían los medios masivos tradicionales, en los que existía un solo emisor y millones de receptores. Hasta finalizado el siglo XX, éramos receptores del mensaje sin posibilidad de que nuestros reclamos y opiniones pudieran ser escuchados. Hoy estamos frente a una circulación de información personal que estandariza las preferencias, las demandas, poniendo en lenguaje de algoritmos esas expresiones, empaquetándolas como si fuesen una mercancía que identifica intereses y demandas que llegan a los políticos y los formadores de opinión. En este proceso, el individuo se enajena de su condición y se convierte en un cúmulo simbólico de opiniones estandarizadas que son mediatizadas y recopiladas por quienes quieren influir de alguna manera u otra en la opinión pública.

Esta mediatización produce una individuación en la que se refuerza la divergencia de las identidades difuminando el sentido de lo colectivo propio de las sociedades de masas de mediados del siglo XX. Es así como se fortalecen los individuos en sus gustos, particularidades y consumos culturales en detrimento de las identidades colectivas, es así como en esta etapa emergen una variedad de ofertas de consumo que serán los cimientos de las sociedades hiper fragmentadas del futuro.

La explosión de internet y de las redes sociales intensificaron este proceso produciendo y reproduciendo guetos (Pariser, 2017) con capacidad de interacción, que se retroalimentan entre sí creando climas de opinión y grupos de intereses que muy poco se condicen con la realidad.

En estos microclimas lo falso es creíble y lo creíble es una herramienta para contradecir a otros guetos, es así como el odio crece y se retroalimenta amontonándose para compartir su representación del mundo. Frente a esta fragmentación, el sociólogo español, Manuel Castells nos recuerda que “aunque los medios de comunicación están interconectados a escala global, los programas y mensajes circulan en la red global, no estamos viviendo en una aldea global sino en chalecitos individuales, producidos a escala global y distribuidos localmente” (Castells, 1999).

El odio se desplaza, circula y es capitalizado por una minoría política que en connivencia con los grupos de poder influyen a través de las fake news y el manejo de las redes en estos guetos de opinión. De esta forma se genera un malestar social que luego traspasa al ámbito de lo público debilitando los ámbitos de discusión política, agrietándolos, construyendo antinomias debilitando el debate de ideas.

Las redes actúan como grandes imanes que atraen a los individuos para que encajen como una pieza de tetris en estos espacios virtuales de opinión. El gurú de la tecnología, Eli Pariser, denominó a este proceso «filtro burbuja» y lo entiende como “una selección personalizada de la información que recibe cada individuo que lo introduce en una burbuja adaptada a él para que se encuentre cómodo”.

El problema de estos espacios es que están condenados a involucionar ya que solo pueden generar intolerancia hacia el que piensa distinto porque no ven más allá del horizonte autoritario que su ideología les permite. Estos microgrupos de odio se sienten cognitivamente cómodos insultando y descalificando porque es el modo que encuentran para vehiculizar su rechazo a los proyectos populares ya que consideran que son la génesis de los males del siglo XXI.

Las redes aumentan la velocidad con que se expande el odio. Fuera de estos guetos hay heterogeneidad, dentro de ellos el algoritmo construyó un tapiz homogéneo que se retroalimenta endogámicamente. Si no pensamos de forma urgente políticas orientadas que garanticen los términos democráticos de discusión de lo público, los consensos serán un recuerdo del pasado como consecuencia de la multiplicidad de demandas de las sociedades fragmentadas.

* Licenciada en Ciencias Políticas e integrante de Agenda Argentina

** Magíster en Comunicación e integrante de Agenda Argentina



Fuente link:

Categorías
Argentina Psicología

Adolescentes, uso de las redes sociales y consumos problemáticos | El dilema social



Laboratorios de la persuasión o la producción de “cuerpos dóciles”[1]

Escena 1. En una dimensión no consciente, un adolescente de entre 15 y 17 años duerme colgado de un hilo invisible y, sin apoyar los pies sobre el piso, es víctima de un tablero de estímulos permanentes tales como: “X publicó una foto contigo: dale like”, “Tu amigo Z acaba de conectarse: salúdalo ahora”.

El fin de semana pasado tuve oportunidad de ver el documental que Netflix emite bajo el título El dilema de las redes sociales, pero cuyo título original –y más apropiado por cierto– es The social dilemma.

Me resultó interesante y me quedé pensando varias cuestiones, algunas relativas a la ilusión de autonomía al menos pensándonos como sujetos del mercado. Cuánto del “yo elijo” es posible en el marco de un pequeño universo de posibles y cómo esto puede complejizarse si en lugar de adultxs hablamos de infancias y adolescencias cuyas identidades se encuentran en plena construcción.

Yo ya venía pensando en la(s) grieta(s) y las pertenencias a pequeños grupos de intercambio social que a veces nos da una idea poco realista acerca de la diversidad de perspectivas. Quiero decir, si en mi FB solo he ido quedándome con contactos cuyos pensamientos son más o menos parecidos a los míos puedo caer en la falsa creencia de que hay un “todxs pensando lo mismo”.

Creo que en algunos momentos en particular tiene mucho sentido preguntarnos acerca de: ¿Cómo tomamos decisiones en general? O, más específicamente, ¿de qué forma elegimos qué consumir?

Ya en 2015 el Informe sobre el desarrollo mundial 2015: Mente, sociedad y conducta aludía a la idea de que las personas imbuidas en su realidad cotidiana rara vez son tan coherentes como se las supone desde la perspectiva de las políticas económicas y que en ocasiones “no persiguen sus propios intereses”. Según Kaushik Basu, vicepresidente y economista jefe del Banco Mundial “los encargados de ventas y los políticos conocen desde hace tiempo el papel de la psicología y de las preferencias sociales como motores de las elecciones individuales”.

Black Mirror y los consumos problemáticos

Escena 2. El adolescente de la Escena 1 integra un grupo familiar en que dos de sus componentes (él y una de sus hermanas) no pueden soltar el celular siquiera a la hora de almorzar. Luego de haber escuchado un documental en que se habla del uso excesivo de la tecnología, la madre propone antes de comenzar el almuerzo que cada unx deje su celular en un frasco con tapa y temporizador (lo que impedirá su apertura durante el lapso que transcurra entre el inicio y el final de la comida).

Todxs se miran sin hablar hasta que comienzan a sonar las notificaciones de los teléfonos dentro del frasco que nadie alcanza a ver. De pronto, la más pequeña del grupo se acerca a la mesada en que descansa el preciado frasco y lo rompe en busca desesperada de su dispositivo móvil. En ese acto daña además, la pantalla del teléfono móvil de su hermano. Acá se inaugura una escena que considero central para el tema en debate cuando la madre le propone a su hijo comprarle uno nuevo si es capaz de permanecer siete días desconectado.

La escena en que la púber hace trizas el frasco exasperada parece retratar la compulsión a consumir algún tipo de objeto (compras), práctica (juego de apuestas) y/o sustancia (legal o ilegal).

La otra cara de la compulsión es el vacío. El adolescente que acepta el desafío de no utilizar su teléfono durante una semana a cambio de conseguir uno nuevo permanece en su habitación sin saber qué hacer. El tiempo pasa lentamente y no logra conectar con otras actividades. Asiste a clases pero “se siente observado” por sus otrxs o simplemente por esos otrxs a cuya tribu pertenece aunque no se conozcan que parecen organizar sus vínculos alrededor de lo que ocurre en las redes. Tras varios días y en su habitación, cae en una ensoñación que lo mantiene suspendido hasta que pasa cerca de su teléfono y ya no logra sostener el no contacto. Una vez allí transcurre toda la noche actualizando lo no visto hasta que queda dormido con su teléfono sobre sí.

Vale reflexionar sobre esas sensaciones. El quedar atrapado en espejismos de juegos y personas. Reales e irreales. El producto final de todo ese proceso es a condición de la falta. Sin embargo, en las vivencias del documental, como en la cotidiana experiencia en las redes, la ilusión de la completud y su materialidad quedan confundidas.

El adolescente privado de su celular por unos días asiste luego a una experiencia angustiante que le muestra descarnadamente todo lo que “ha perdido” en la realidad de sus vínculos. Aunque sigue siendo ilusorio (la chica que le gusta ha conseguido novio, su rol en un juego grupal ya ha sido reemplazado por otro jugador, etc.) la vivencia para sí es real y lo golpea en su singularidad, en su ser. Es sabido por nosotrxs lxs psi, que la experiencia es fallida por definición. El punto de inflexión es cuando la pérdida es real, cuando no puede simbolizarse y nos enfrenta a un gran desafío de deconstrucción de esas realidades, irreales claro, de felicidad, belleza y éxito. Casos de niñxs y adolescentes desmotivados o sumidos en enormes sufrimientos por las experiencias vívidas. Estas emergen de las duplas tener-no tener (objetos, éxito), encajar-no encajar (según cánones de belleza, acceso a actividades y/o recursos según niveles adquisitivos, etc.).

La tensión entre pertenecer-no pertenecer es especialmente padeciente en momentos de la vida en que las identidades se encuentran en pleno armado. Históricas series norteamericanas han retratado las disputas entre adolescentes y jóvenes de escuelas medias agrupados en “populares” y “perdedores”. El fenómeno de los “losers” ha contribuido a una nutrida producción de textos, series y films[2] en las últimas décadas que da cuenta de la persistencia de estos procesos sociales y de los sufrimientos singulares que produce.

Yo regulo, tu regulas, ellxs regulan. ¿Quién regula?

Frente a todo esto vale la pregunta acerca de ¿qué hacemos?

El documental compila una serie de entrevistas a ex altos ejecutivos de las compañías de internet más importantes del mundo (tales como Facebook, Google, Instagram, Pinterest) que plantean que han dejado sus lugares de trabajo por las consecuencias que el uso de sus propias creaciones está produciendo en los usuarios. Sus reflexiones van desde afirmar que desde adentro de las empresas es imposible frenar estos efectos hasta el no permitir a sus hijos pequeños exponerse a los algoritmos y/o dispositivos que muchos de ellos crearon.

Recientemente escuché una charla Ted de Santiago Bilinkis en la que se analiza la manipulación de las redes sociales. Allí señala que cuando vamos a comprar un producto y pagamos por ello formulamos un conjunto de interrogantes tales como: ¿será de buena calidad?, ¿el precio es adecuado?, pero cuando algo es gratis “bajamos la guardia”. Y deja planteada una provocadora pregunta: ¿Por qué querría una gran empresa multinacional incurrir en los enormes costos de desarrollar una red social, una plataforma de videos, un sistema de correo electrónico para que lo usemos gratis? Si no estamos pagando con dinero, ¿de qué otra manera estaremos pagando?

No estamos ya discutiendo si tecnología sí o no, ya sabemos que sí. Que llegó para quedarse, que aporta mejoras en la vida de las personas que no están en discusión. Sí parece ser el momento de delinear políticas de ética de la tecnología que incluyan la obligación por parte de las empresas de informar acerca de las técnicas de persuasión y de los posibles efectos que esto podría generar en la población general y en algunas parcelas poblacionales en particular. Construir mensajes que permitan buenas prácticas de uso de pantallas, redes sociales y/o video juegos. Algo así como: “el uso excesivo es perjudicial para su salud”. También podrían formularse normativas específicas.

Lo que no podemos pedirles a las empresas es que nos reemplacen en nuestros roles de adultxs. Si llevamos nuestros dispositivos móviles a nuestras habitaciones y nos quedamos dormidos sobre ellos, se torna difícil luego transmitirles algún uso responsable a nuestrxs hijxs. Si permitimos que los teléfonos celulares descansen al lado de los platos y los tenedores en los momentos de compartir la mesa familiar resulta difícil luego reunir niñxs en un espacio para jugar y reprocharles que solo puedan jugar si cuentan con una pantalla encendida…

Hace muchos años reflexionaba acerca de una noticia que describía el episodio en que una niña de 5 años de edad llevaba al jardín de infantes una tableta de ansiolíticos y repartió pastillas entre sus compañeritxs de sala. En ese momento me preguntaba ¿cómo es que unas pastillas que se venden con receta duplicada, psicofármacos, estaba disponible en el hogar a la altura de la mano de una pequeña de nivel inicial de escolaridad? Allí descubrí que la mayor parte de las personas con las que hablé guardaba ese tipo de medicamentos en algún cajón bajo la mesada de la cocina, en los cajoncitos de las mesas de luz, en el último estante de la mesita de la TV o en alguna caja o frasco entre otros que conservaban artículos de limpieza o alimentos. Siendo así: ¿por qué un niño debería considerar que “esas pastillas” son diferentes de otras consumidas como golosinas? Capítulo aparte merecería la disponibilidad de alcohol y medicamentos en formatos cuyo packaging se asemeja al de dulces y/o bebidas para menores de edad.

Solo me resta agregar que el documental transmite una perspectiva psicológica muy enfocada en lo cognitivo-conductual-individual que elude los aportes de otras teorías como la psicoanalítica y por tanto evita el uso de unas categorías que considero especialmente útiles para pensar estos procesos tales como las de subjetividad de época y sufrimiento o padecimiento psíquico.

No podemos pensarnos más que como subjetividades producidas en el marco de una temporalidad concreta y con unos sentidos delimitados por la época que nos toca transitar. Me parece fundamental visibilizar los intereses que sostienen la búsqueda de cada decisión que somos empujadxs a tomar dentro de un minúsculo universo de posibilidades contenidas entre el “Me gusta” y el “No me gusta”. Más cerca del encierro que de la autonomía.

Andrea Vázquez es doctora en Psicología y profesora de la Cátedra II de Salud Pública y Salud Mental de la Facultad de Psicología de la UBA.

[1] En 1976 Foucault se refirió a las “disciplinas” como los métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción permanente de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad. La disciplina fabrica así cuerpos sometidos y ejercitados; cuerpos “dóciles”.

[2] “Losers” (2019) una serie de Netflix que retrata la vida después de una pérdida en el mundo del deporte. “The Losers” (2010) es una película de acción basada en la novela homónima de Andy Diggle. “Un perdedor con suerte” (2000) relata las vivencias de un universitario que es acosado por sus compañeros. El libro “Losers: Historias de famosos perdedores del rock” (2018) cuenta la vida de personas que no llegaron a ser parte del “Olimpo” rockero. El tema musical “Losers” (2015) de The Weeknd.



Fuente link:

Categorías
Argentina El país

Dólar y corralito: cómo se organizó la campaña de fake news en las redes | Los trolls macristas, los mejores aliados de los ladrones



El rumor comenzó a circular en los últimos días: “Corralón confirmado. Viernes 25/9: Feriado bancario. Lunes 28/9: El BCRA mediante circular impedirá la salida de USD del sistema bancario”. “Se viene el corralito, saquen sus dólares de los bancos por si acaso”, “En el 2001 se llamó ‘Corralito’, en el 2020 se llama ‘Feriado bancario'”. A través de Whatsapp, Twitter y Facebook, se generó una campaña de miedo destinada a instalar que las nuevas medidas que restringen la compra de dólares estaban anticipando un nuevo corralito. Buscaba instalar un clima general de desconfianza y el Gobierno nacional tuvo que salir a desmentirlo. Una vez más, las usinas de la oposición activaron operaciones de desestabilización en las redes sociales, apuntando a causar temor y desconfianza en un contexto de crisis sanitaria y económica. 

Las primeras versiones comenzaron a circular la semana pasada, cuando el Banco Central anunció las nuevas medidas cambiarias destinadas a contener la salida de divisas y, ante la demora en la implementación de la nueva disposición, se tornó imposible comprar dólares por home banking. A pesar de que los depósitos en dólares están disponibles y son solventes –así lo aseguran una y otra vez funcionarios y los mismos bancos– en las redes sociales se hizo tendencia la palabra “corralito” y, con el correr de los días, comenzaron a circular tuits y mensajes que azuzaban la idea de que no había divisas y que los ahorristas no iban a poder retirar sus dólares. 

Bots de Juntos Por el Cambio, economistas liberales, referentes mediáticos de la oposición: el típico patrón de activistas digitales que responde, hace años, al aparato de miedo montado por el macrismo bajo la supervisión de Marcos Peña. Así lo analiza un informe reservado que llegó al Banco Central, con el análisis de la viralización de hashtag “corralito”. “El BCRA se desprendió del problema de la compra de dólares, se viene un estallido social impresionante, el 2001 es un nene de pecho al lado de éste momento. SE PRENDE FUEGO LA REPÚBLICA”, tuiteaba la cuenta “tendenciaderecha”. “El corralito que no es corralito. La cuarentena que no es cuarentena. Alberto que no es Cristina”, publicaba Sandra Pitta. “Cómo la gente no va a tener miedo a que le confisquen los depósitos en dólares si el gobierno se la pasa diciendo q la pobreza es por la riqueza de otros e insisten con que no hay que pensar en dólares. El principal impulsor de la corrida es el gobierno”, escribía el economista Roberto Cachanosky.

El mecanismo es el mismo que suele utilizar la maquinaria macrista en las redes sociales: un grupo reducido de usuarios con poca audiencia activa el tema (bots, en su mayoría) y, al poco tiempo, los llamados influencers (usuarios con audiencia que parecen jugar de forma coordinada) empiezan a mover el hashtag y a generar volumen. “En todas las campañas negativas y de desinformación previas observamos la misma estrategia de coordinación entre trolls, aparato político e influencers que han formado parte del elenco estable de los últimos cuatro años de gobierno. Se vio lo mismo cuando se debatió el conflicto con la Policía Bonaerense, cuando fue lo de Villa Azul y cuando se instaló la supuesta salida indiscriminada de presos: en todos los casos los trolls son siempre los mismos“, explicó Natalia Aruguete, investigadora del Conicet y autora de Fake news, trolls y otros encantos. En Twitter, además, se registró que durante los últimos días fueron tendencia hashtags como “ElPeorGobiernoDeLaHistoria”, “GobiernoDeInútiles”, “CorralitoK”. “Dentro de la burbuja cambiemita, la capacidad de coordinación que tienen los trolls y las celebrities opositoras permite una propagación muy importante de mensajes, logrando una gran efectividad”, explicó Aruguete.

Trolls libertarios, economistas ortodoxos como Cachanosky y Carlos Rodríguez, incluso periodistas como Marcelo Bonelli (que el lunes alertó que el Banco Central no iba a “sacar ninguna resolución para facilitar compra de dólar ahorro a través de home banking”, mensaje que fue viralizado en las redes con comentarios anticipando la presencia de un futuro “corralito”), sembraron dudas y miedos que se eslabonan, con cierta facilidad, con discursos del ala dura del Pro que aseguran que el gobierno de Alberto Fernández no ofrece “confianza” o “previsibilidad”. 

Los rumores llegaron tan lejos que el mismo gobierno nacional tuvo que salir a desmentirlo. “A partir de la crisis de 2002, los bancos solo pueden prestar los depósitos que se hacen en dólares a gente que tiene ingresos en dólares, básicamente exportadores y empresas vinculadas. Y el resto de esos dólares que no se prestan está adentro de las reservas del Banco Central”, explicó la vicejefa de Gabinete, Cecilia Todesca, en declaraciones radiales, y agregó: “No hay que dejarse llevar por los que buscan desestabilizar”.

Más allá de Twitter, la campaña tuvo una fuerte circulación por Whatsapp. “Lo que me preocupa con estas campañas es que logran tener llegada a personas comunes y corrientes. Su eficacia recae en la vulnerabilidad de la persona a la que le llega y que, en el susto, hace click rápido en ‘reenviar’ sin pensarlo”, sostuvo la periodista y escritora de Trolls S.A.: La industria del odio en Internet, Mariana Moyano. “Hay un objetivo claro en estas campañas que es que estos mensajes te lleguen en la soledad de tu teléfono, en el medio de la pandemia, sembrando automáticamente miedo”, concluyó. 

Informe: María Cafferata.



Fuente link:

Categorías
Argentina Cultura Cultura y Espectáculos

Deportistas y podcasteros: cuando los protagonistas encuentran su voz propia

https://www.tiempoar.com.ar/nota/deportistas-y-podcasteros-cuando-los-protagonistas-encuentran-su-voz-propia

Este articulo lo podes encontrar en TiempoArgentino

Link al articulo originala>

Categorías
Argentina normal

Pepper, todo por un like: la pesadilla de cualquier influencer | Son ocho capítulos de alta calidad, y de menos de 20 minutos, disponibles para ver en Flow



Pepper es un influencer con cientos de miles de seguidorxs que likean todo lo que sube a su Instagram. Su vida gira en torno a esos corazoncitos rojos. Es más: cada experiencia la vive en formato feed, story o live: un canje, un producto que debe promocionar, mudarse con su novia o comer una hamburguesa. Hasta que ya nadie (literalmente) likea sus contenidos, y empiezan a darle unfollow masivamente. La serie Pepper, todo por un like es la pesadilla de lxs habitantes de las redes.

“Es la historia de un influencer que pierde todos sus seguidores. Eso ya es atractivo porque denota que uno va a ver dos cosas: el éxito y el fracaso de alguien“, le dice al NO el actor Martín Slipak, quien le pone cuerpo a Pepper en esta comedia ácida sobre el mundo de las redes, disponible en Flow.

Y como está manija con la propuesta, agrega: “Nos enfrenta con cuestiones que tienen que ver con la vida de todos: qué es el éxito, qué es el fracaso para cada uno y cómo vivimos esas dos cosas“, propone. Y afirma que las redes sociales contribuyen a una construcción superficial de cada unx.

Pero eso, indica, “se vuelve insostenible porque la vida pega bofetadas y es imposible mantener una imagen para el afuera todo el tiempo. Cuando uno se da cuenta de que no todo es así, ese falso éxito se transforma en patetismo”, resalta.

La serie, de ocho capítulos de entre 14 y 19 minutos disponibles para ver en cualquier momento, tiene una narración dinámica que intercambia el punto de vista de la cámara entre el tradicional y en el que Pepper hace los videos para sus feeds o sus lives en Instagram, con comentarios de seguidorxs y todo.

“El trabajo de cámara tiene una complejidad muy linda, no es nada obvio sino que de verdad se la juega”, destaca Slipak. “Había ganas de probar cosas, el director no iba a lo seguro sino que estaba la premisa de jugar, experimentar, y eso se ve en la serie“, apuesta. Las escenas selfie fueron filmadas por él, aunque “obviamente no con un celular sino con una cámara”, aclara.

La histeria de la story

Pepper, todo por un like se mete, también de manera irónica, en el detrás de escena de los videos de lxs influencers, un doblez entre la vida que muestran y la que realmente tienen. “Corremos contra nuestra propia construcción de ese falso éxito, ¡y nunca llegamos a eso!”, analiza.

Nos desesperamos por no llegar a lo que generamos para el afuera. En la serie se juega mucho con ese contrapunto, y desde el lenguaje actoral es súper interesante porque hay un doble registro todo el tiempo. Una cosa es el de Pepper para sus videos, mucho más expresionista, exacerbado, enloquecido y falso; y otro mucho más intimista, frío y naturalista que es lo que pasa cuando está fuera de las redes.”

Para interpretar ese personaje, Slipak estuvo buceando en el mundo de youtubers e influencers, desconocido en sus detalles para él hasta ese momento. Fue una exploración para construir a su personaje del modo más fiel posible, humorísticamente. “Están todo el tiempo con el vértigo y el riesgo de que el contenido no pegue. Le pasa a todos los realizadores, pero en particular en los influencers es muy inmediato, se vive de manera muy fáctica“, suelta Slipak.

Un ya no pega que no tiene mayores explicaciones que dejó de gustar. Es el desafío al que se enfrenta Pepper: debe idear contenidos más ingeniosos para recuperar seguidorxs o abandonar esa vida que tanto (parece) disfruta(r).

Frente a cámara también aparecen los influencers Merakio y Nicolás Dalli Bortolt, de alguna manera riéndose de sí mismos al satirizar ficcionalmente su propio laburo diario. Slipak acompañó a Merakio para ver cómo es su día a día, y le sirvió mucho ese contacto cotidiano. “No se puede negar que hay una fe muy grande en la manera de producir los contenidos por parte de quien los hace”, dice.

“Se inventan a ellos mismos, aprenden a producirse, a presentar, a editar… Hay trabajo atrás, y una construcción discursiva que funciona porque están atentos a qué contenidos están en el aire en ese momento y están siendo atractivos.”

Foto: Prensa Pepper, todo por un like

La industria de la actuación en crisis

Escrita y dirigida por Jonathan Barg, la serie ganó el concurso del INCAA y TEC TV para producción de series webs sobre redes sociales/influencers. Una idea actual, con buenas actuaciones y una factura técnica de primer nivel, entre realización y posproducción.

“Me parece muy loco que un comentario general sea que está tan buena que parece de afuera. ¡Es una cagada!“, se enoja Slipak. “Y me lo dijeron mucho… Qué lástima que esa sea la sensación, como si fuera imposible que las series de acá tuvieran ingenio y buena factura. Simplemente me parece que no se está dando el lugar para que eso ocurra”, lamenta.

La cuarentena encontró a Slipak a días del estreno teatral de Jauría, “una especie de obra documental” sobre la manada de cinco hombres que en 2016 violaron a una mujer en San Fermín (España). Y ofreciendo su primer corto como autor y director, Céline, el más visto en la plataforma CineAr, con acceso libre.

“Hubo muchas actrices y muchos actores muy deprimidos cuando empezó todo esto”, arranca a reflexionar sobre lo que este parate puso a discutir en el mundo actoral. “Y esta tocada de fondo por una cuestión externa a nuestro oficio nos hizo darnos cuenta de que era una industria que estaba totalmente descuidada“, comparte.

“No puede ser que habiendo tantas productoras pequeñas, con gente tan talentosa, no se produzca más en el país”, se planta. Y argumenta: “Estábamos en una situación desesperante antes de que ocurra todo esto. En el teatro también. Se elijen más obras extranjeras que autores argentinos, y eso habla del poco deseo que tenemos de mirar para adentro y producir en base a lo que nos pasa”, piensa. Y sostiene que “eso hace que el público joven se aleje más del teatro”.

“Esta detención tan tremenda debe forzar una revisión exhaustiva de lo que está pasando en la industria audiovisual y teatral para salir con nuevos planes, porque si no nos vamos a quedar sin industria“, advierte Slipak.

Martín Slipak tiene 32 años, y lleva 26 trabajando como actor de televisión, cine y teatro | Foto: Cecilia Salas

Entre influencers y actorxs hay puntos en común: viven de su imagen y de la atención del público. Aunque cortar tickets y tener likes no sea lo mismo, Slipak plantea similitudes y diferencias: “Pepper es un pibe que está muy obsesionado por ser querido y reconocido, ésa es su visión del éxito”, insiste.

“En la vida de los influencers, los seguidores se transforman en hechos tangibles como canjes y dinero. Entonces no es solamente el cariño; hace que ingresen en un mercado. Es todo una maquinaria en la que se mezclan el cariño con la producción“, sigue. “Las actrices y los actores también nos vemos sujetos a likes, analógicos en un punto, porque la entrada a un teatro o cine es un like analógico, como el ráting.”

Ya empezó, y no se queda ahí. Hoy Slipak tiene 32, pero conoce el mundo actoral desde hace tiempo: debutó en televisión a los 6 años, grabó en celuloide a los 8 y subió a las tablas a los 11. “Cuando nació el tema de la pauta publicitaria introducida en la actuación, para actrices y actores era casi ensuciarse las manos hablar de un producto en escena. El que hacía publicidad estaba bien, pero cuando empezó a meterse en la ficción generaba contradicciones”, recuerda.

“En cambio, con los influencers lo interesante es que no hay sentimiento de culpa respecto de eso sino que la venta de un producto está introducida como formato ingenioso. El unboxing es un gran ejemplo de eso. No está enmascarada la publicidad sino todo lo contrario”, resalta.

Números que desaparecen

Ante la pérdida masiva de seguidorxs, Pepper está dispuesto a cualquier cosa por recuperarlxs y que vuelvan a likear sus publicaciones (no vamos a spoilear el final). ¿Hasta dónde somos capaces de llegar para conseguir la aprobación de otrxs? “Yo me puse en estados más extremos en escena que en la vida”, se ataja el actor.

“Soy mucho más conservador en relación a las decisiones que tomo en la vida que en lo que puedo llegar a hacer en una escena. Es una anécdota muy trash: en una película tenía que hacer un suicidio, y me dieron una gillette que aparentemente no cortaba. Estaba tan poseso, tan entregado, que de pronto al final de la escena me miré la muñeca y caía sangre“, ejemplifica.

Pero nunca (y resalta el “nunca”) tiene que ponerse en riesgo o maltratar a nadie para vender una entrada más (o conseguir un like en las redes). “Cuando se genera una actuación en la que no se toma en cuenta a otro, o no se trabaja en un ambiente de cuidado por los otros, me parece una porquería”, profundiza, aunque rescata que hay cosas que están cambiando.

Foto: Prensa Pepper, todo por un like

“Más allá de todos los defectos que pueda tener nuestra profesión, esa forma de trabajo está quedando atrás, y quedan expuestos los que maltratan en escena o dirigen desde prácticas de poder. Se está trabajando cada vez más de una forma más generosa, teniendo en cuenta a la compañera o el compañero”, se entusiasma.

Con la serie online, a Slipak ya le llegaron comentarios sobre su papel como Pepper: “Me dijeron que tenían ganas de cagarlo a trompadas, pero a la vez ganas de abrazarlo”, ríe. Para él, significa que el laburo está bien hecho porque “lo que podía pasar, y era un riesgo, era que el personaje sea tan insoportable que la gente deje de ver la serie”.

“Había que tener ese contrapunto, también es un pobre pibe. Y eso que lo hace insoportable a la vez está sostenido por un esfuerzo tremendo por querer ser popular y querido. Era importante que detrás de toda esa superficialidad insoportable aparezca su miseria”, se ceba.

¿Cómo pensar esa dualidad entre la vida real y la vida en las redes? “Es una mezcla de Julián Weich y el gran Lebowski, alguien muy superficial y muy arriba, con otro muy apagado y muy depresivo”, arriesga, y confiesa que un aporte suyo a la interpretación fue materializar eso una prenda específica: “La bata gris es mía, y para mí el personaje tenía que estar en bata en la casa. De hecho, ¡estoy haciendo la nota con la bata del personaje!“, estalla.

“¿Dónde están las miserias de estos seres? ¿Cuáles son sus miedos? Pepper descubre la soledad del éxito, pero te das cuenta de que ese éxito es efímero y ese número que uno cree que es un montón de gente es solo un número que en la mala desaparece“, concluye Slipak.





Fuente link:

Categorías
Argentina normal

Tik Tok: qué hay detrás de la pelea de Trump contra la red social | ¿El Tik Tok de un nuevo planeta, de una nueva guerra comercial, de una nueva generación?



El
presidente Trump anunció el sábado 1 de agosto que prohibiría la red social TikTok por la sospecha de que es
utilizada por el servicio de inteligencia chino. El 3 de agosto dio como plazo
el 15 de septiembre para la venta a una empresa norteamericana. Con esto no deja de enunciar al mundo tres cuestiones fundamentales: 1. Las redes sociales pueden ser utilizadas para espiar las ideologías y las posiciones políticas de los participantes y hasta se podrían realizar estrategias sectorizadas de proselitismo para intervenir en la política de cada país así como producir efectivas fake news para influenciar en los resultados de las elecciones. 2. Las redes sociales construyen perfiles de los consumidores a partir de cada vez más elaborados e inteligentes algoritmos donde de repente, por ejemplo, aparece el destino que quisiéramos visitar aun antes que hayamos pensado en eso. 3. Las redes sociales son un artefacto complejo de colonización y dominación cultural, se introduce en la parte lúdica del tiempo y del cerebro de los participantes, en la parte “blanda”, ataca preferentemente a los más jóvenes y tiene un poder de crecimiento y de dominación exponencial efectiva. La generación “teen” hace muchas décadas domina el mercado económico mundial por su dinamismo y vigoroso crecimiento en las ventas mundiales.

TikTok responde que no se va a ir de Estados Unidos, que el presidente de Estados Unidos no tiene derecho a hacer lo que hace, que ellos no tiene ningún interés en la política, que no tienen tratos de datos con el gobierno chino y que pone a disposición su querido algoritmo para que nadie desconfíe de su honestidad.

Efectivamente encontramos aquí lo que ya se vislumbra como la guerra política, económica, hegemónica entre dos potencias que se disputan el planeta. Es lo que está aconteciendo. Con estupor nos asombramos de las sospechas que viralizó Estados Unidos de que China había “inventado” esta pandemia para salir con ventajas económicas, lo cual pareciera que, a pesar de lo infundado de las sospechas, las consecuencias parecieran ser bastante posibles.

Pero ¿qué hay de TikTok en esta batalla cultural económica hegemónica? Las redes sociales generan su sectorización según edades, las generaciones no quieren encontrarse en las redes sociales: Facebook es para los padres, instagram es para los adolescentes que se van volviendo grandes y ahora TikTok para los preadolescentes que están comenzando la tarea de serlo. En esa progresión de deseo de no encontrarse en las redes, así como las posibilidades que dan las nuevas aplicaciones dejan en claro para dónde van los nuevas formas de comunicación, de pensamiento y reconocimiento entre comunidades.

Si un “facebookero” entrado en canas quiere convertirse en “tiktokero”, su hijo “instagramero” le advierte que no haga eso, que estará incurriendo en un error que lo puede llevar al ridículo. Le dice que todos se enterarán, el padre al que siempre le dieron bronca los “youtubers” que con esos videos tan pedorros y soeces tienen millones de reproducciones, le dice al hijo que se animará y lo asusta con un ya verás. Todo termina mal entre padre e hijo, el hijo lo amenaza, el padre no quiere dar el brazo a torcer aunque sabe que en cuanto a fuerza no podría contra su hijo. Hasta acá las típicas confrontaciones entre padres e hijos.

Pero el padre no se va a quedar ahí, quiere cumplir con su palabra y se baja la aplicación. Más rápido de lo que esperaba ya se encuentra dentro de la aplicación más bajada de los últimos meses. Percibe que finalmente la guerra comercial entre Estados Unidos y China era cierta, que controlar las aplicaciones resulta una manera de controlar más que las ventas en el mundo, controlar las cabezas y que si empiezan con las de los más chiques tienen asegurado el futuro. El padre abre la aplicación pensando: “El futuro será chino pero eso ¿nos destina un mejor futuro del que hemos tenido?” Ya está en la aplicación, pone unos datos mínimos y entra con esperanza. Cree que ahí encontrará la clave del presente.

Ya ubicó la guerra comercial entre las dos potencias y ahora de paso conociendo esa aplicación cree que comprenderá la cabeza de su hijo menor, ya un ferviente tiktokero. Se ríe del nombre, cuando él era chico estaban los ricoteros, por los Redondos de Ricota y ahora estaban los tiktokeros, los nuevos jóvenes usuarios de esta aplicación, su nombre será el sello, antes de una banda musical de la aplicación de una generación. Hace a un lado estos pensamientos que remiten a una melancolía apocalíptica propia de la edad, piensa que aún no va a decir: ¡para dónde va el mundo! Eso sería el final, todavía quería pelearlo, todavía quería pelear contra el mundo y contra lo que estaban haciendo de nosotros. ¿Qué estaban haciendo de nosotros?

Pero al abrirla aparecen las dudas, abrirla es encontrarse con lo inesperado, había una canción y videos cortos de miles de jóvenes ingeniándoselas para hacer una paso coreográfico entre dos. Pensó que era la vuelta a los viejos clips, pero con la diferencia de que eran videos hiperkinéticos de 15 segundos de duración y en el centro la música, el baile, el cuerpo, la cara. Prevalecía la destreza física, la música chachacha con ritmos claros y pegadizos. Ese clip de música convocaba a una competencia, reunía a todos los que quisieran subir sus videos, todos de diferentes latitudes, hacer el paso estipulado o versiones de ese paso en distintos lugares, era una especie de competencia, hacer una coreo con los pies entre dos personas. En 15 segundos.

Era cierto lo que le había dicho su hijo mayor, el instagramero, no se veía subiendo algún video de esos, en esa aplicación había una sectorización etaria. Creía antes de conocerla que esta aplicación era parecida a Twitter y a Snapchat. Pero no era así, había una cantidad enorme de posibilidades de filtros, música para realizar videos cortos, divertidos y/o ridículos, con la música como el aglutinador. Así era la primera aplicación no yanqui que podía competirle a Mark Zuckerberg, se trataba según sus propietarios de “una plataforma inclusiva que fomenta un fuerte sentido de comunidad y pertenencia donde se alienta a todos a ser auténticos”.

Los tiktokeros saben que es una cuestión de tiempo, por eso se llama a esta aplicación de esta manera, tiktok, representa al tiempo, ellos tienen el tiempo a su favor, tienen que esperar a que sus hermanos sean atragantados por la sociedad de consumo de los influencers instagrameros, que venden y venden, saben que comerciar termina por asfixiar, igual que pasó con Facebook, cansados de los trolls y de las selfies (que se sacan sus caras al lado de lo que están comiendo, de las vacaciones que están viviendo, la foto reiterada de sus pies que descansan tras la reposera mirando al mar).

Los tiktokeros saben que todavía no tienen tan desarrollado el sentido de venta de productos en la nueva plataforma, por ahora los dueños saben que tienen que ganar espacio y hacerla crecer con los miles de trabajadores gratuitos que participan subiendo sus videos a lo largo y ancho del mundo. Los preadolescentes están colonizando el mundo dentro de la aplicación.

El padre, cansado, cierra la aplicación y piensa que todavía no ha cumplido con su palabra pero ha llegado a la comprensión de para dónde iba a ir el mundo en los próximos años. Se pone a bailar de contento mientras su hijo menor lo filma. A la noche subirá ese video en TikTok para divertirse con sus amigues, le pondrá música y miles de filtros hasta volver a su padre lo que es, un hombre que mira el amanecer de una nueva generación frenética en un momento de la humanidad donde dos potencias se declaran la guerra política, comercial, cultural.

Martín Smud es psicoanalista y escritor.



Fuente link: