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¿Cómo es posible ir en contra del interés propio? | Psicoanálisis y política: la libertad condicional que impone el capitalismo



¿Cómo es que “ciertos hombres… piensan que les corresponde soportar el mal, se dejan embaucar y… crean ellos mismos las bases de quienes los tiranizan”? Recortamos esta pregunta de un panfleto político, “El discurso de la servidumbre voluntaria”, escrito por un joven de 18 años, Etienne de la Boétie, que se publicó por primera vez en 1574. En tiempos de religión, como fueron esos, tiene la audacia de hablar de la sociedad como servidumbre, sin referirla a la voluntad del creador, que no es poca cosa. El texto se interroga sobre la responsabilidad de los que soportan, como padecimiento y como sostenedores, ese sistema.

Resulta significativa su vigencia hoy, desde un punto crítico de la historia reciente del capitalismo, que renueva la ruptura con las ilusiones de un proyecto de estado de bienestar, liberador y emancipador. ¿La pregunta actualiza lo que nunca dejó de serlo? ¿Cómo es que el deseo de libertad fue forjando nuevas formas de servidumbre?

Traducimos la cuestión en términos de Claude Lefort, “¿cómo entender que el súbdito, el agente, se desdobla, se opone a sí mismo, se instituye suprimiéndose?” La interrogación es por las condiciones de la estructura subjetiva que convierten en necesario el sostenimiento de la posición de servidumbre.

En la actualidad se insiste en la pregunta, traduciéndola del siguiente modo: ¿cómo es posible que se vaya en contra de sus intereses?

Hasta ahí, parecería una invariante que insiste a lo largo de la historia. Sin embargo, lo novedoso en el pasaje del medioevo al capitalismo es el modo en que éste logra, mediante el discurso dominante, consolidar el desconocimiento de esa servidumbre, proponiendo la ilusión de la libertad absoluta, bajo el disfraz de la libertad de mercado y del consumo.

Sin demasiada rigurosidad podríamos decirque todo discurso reproduce la estructura sintomática que hace a su constitución, velando y develando las relaciones de imposibilidad e impotencia entre los lugares del sujeto, del objeto, de la verdad, del saber. Es un modo de hacer lazo con lo que no lo tiene; es un modo de suplencia en lo social, de una insuficiencia estructural. Es lo que hacemos con la vida, con lo que no anda de la vida.

Lacan insiste sobre algo que muestra una anomalía respecto de esa lógica que venía planteando. Nombrará discurso capitalista lo que interpretamos como una anomalía capitalista del discurso amo. La perversión del discurso capitalista se convirtió en una estrategia privilegiada de producción de sentido. Resulta paradojal la propuesta de libertad absoluta desde un lugar de alienación que reduce a ser mero consumidor de un discurso al que queda encadenado. Libertad absoluta para dirigirse compulsivamente a la satisfacción de una necesidad inducida desde ese sistema de todo-saber o saberlo-todo. Nueva forma de religiosidad de sostenerse-sosteniendo a un nuevo dios oscuro.

Propongo detenernos primero en el análisis de una coyuntura actual.

El gobierno señala la falsa opción entre el mercado y la vida, cuando dice porque está en juego la muerte me niego a que el pago sea con la vida de los trabajadores. No se trata de una elección entre dos opciones. Se trata de una elección forzada, la que impone la inclusión de la muerte entre las cartas que regulan la jugada. Sin embargo, nos sorprende la reacción que, en nombre de elegir la libertad absoluta, hace otra apuesta, en este caso, a perder las dos: ¿qué trabajo sería posible sin la vida para sostenerlo? En un enfrentamiento encarnizado que reivindica el negarse al poder arbitrario que se supone es ejercido por la autoridad gubernamental, se escuchan las consignas más contradictorias, bizarras, cuasi delirantes que parecen coexistir sin demasiada molestia. Craso error cometemos al intentar el camino de alguna articulación lógica que tienda a pensar la referencia a “la realidad”, suponiendo, además, que “la verdad” está de nuestro lado.

Intentar interpretar la fundamentación que subtiende a cada una de esas argumentaciones nos extravía al sin sentido, si no incluimos primero que, precisamente, se trata de otra lógica en juego.

En una versión un poco ligera recordemos el relato de Freud en relación al caldero. Alguien a quien se le hace un reclamo, contesta: ya te lo devolví, no me lo prestaste y de todos modos ya estaba roto. Aunque nuestra versión autóctona es menos chistosa, nos sirve para pensar que responder desde la argumentación propuesta nos lleva a un callejón sin salida. No se trata de un tema propuesto para la argumentación. La enunciación sostiene la eliminación del lugar del otro como interlocutor posible.

No se trata, entonces de ir en contra de sus intereses, sino de un ir en contra de.

Entre el cielo y la tierra está el mundo de palabras que habitamos.

Tal vez por ahí podemos empezar a pensar la dimensión inercial, conservadora y de mantenimiento del ‘status quo’ que todo saber comporta. Suele dejarnos tranquilos suponer que el terreno sobre el que pisamos está firme.

Al modo de Ranciére, podríamos decir que la política apunta, precisamente, a conmover esa estructura; no sería simplemente la ruptura de la distribución “normal” de las posiciones entre quien ejercita el poder y quien lo padece, sino también una ruptura en la idea de las disposiciones que hacen a las personas “adecuadas” a estas posiciones. Como él, sancionamos como desorden-equivocación la consolidación que convierte en sentido común el hacer de una contingencia que implica un privilegio, una razón de Estado, un principio soberano.

Hacer de “lo propio”, “lo normal” o “la medida común” es el mecanismo que Freud describió como el fundamento de la masa.

Que el mecanismo constitutivo del yo, la identificación, dé cuenta de la clave del fenómeno de masa, del desconocimiento de la alteridad del otro, de hacer de la diferencia el lugar de la hostilidad y del peligro, de la disposición a sostener un amo en el lugar del Ideal, incluso del saber que viene a ese lugar, testimonian que “la neurosis (y con ello decimos la estructura de todo sujeto) se sostiene en las relaciones sociales” o, lo que es lo mismo, que sostenerse en un lugar de excepción, de “creerse “demasiado, se sostiene sobre algún rasgo jugado con algún otro.

Nos interesa señalar un punto de confluencia entre el campo de lo político y el psicoanálisis: la necesidad de sostener la dimensión sintomática del saber que impida que el discurso haga sistema consolidando el universo como un todo, sostén de todo fundamentalismo.

Nuestra praxis nos enseña que el sostenimiento del “todo es posible” revierte en estrago, incentivando la tendencia al pasaje al acto en lo que llamamos “pasiones del ser”, que hacemos extensiva a las adicciones y compulsiones. Nos preocupa que se extraiga la noción de conflicto del medio de la escena y la posibilidad de tramitación del malestar a través de la palabra.

Antes de irse a Londres, amenazado por el nazismo, Freud se refirió irónicamente, como marca de la evolución de la civilización, el que le hayan quemado sus libros, y no a él, como hubiese sido en el medioevo.

¿Sería muy arriesgado pensar que, sin embargo, pareciera que en el discurso algo se está corriendo del límite que significa para el accionar de cada uno, la presencia del cuerpo del otro?

¿No deberíamos, entonces, poner el acento sobre lo que se instituye y lo que se piensa como “normalidad”?

Cuando pareció “normal” hablar del fin de la historia, de la muerte de las ideologías, de la desaparición de la política bajo el imperialismo simbólico de la lógica de mercado, la convicción en esas supuestas cosmovisiones se sostuvo sobre la forclusión de todo lo que pudiera poner en cuestión ese saber absoluto convertido en consenso.

La historia puso en evidencia lo que era “insostenible”, el rechazo en el discurso de lo que no andaba tuvo retornos catastróficos, el 2001 fue muestra de ello. La pandemia reintroduce, ahora, términos que fueron excluidos durante las últimas décadas del discurso supuesto como común, incluyendo debates que celebramos.

…Y si el psicoanálisis algo nos enseña es que las operaciones sobre el saber construyen un mundo o lo implosionan. Las redes se convirtieron en un gran instrumento, si no excluimos el tiempo necesario para pensar lo recibido y el para qué de la decisión de la difusión. De Hanna Arendt para acá, no puede ser considerado desdeñable la banalidad del mal. Se nos impone, entonces, estar advertidos sobre la responsabilidad que nos cabe en cuanto a qué, a quién y para qué, prestamos nuestra voz.

Cristina Irene Ochoa es psicoanalista.



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Microrrelatos de la pandemia | Martín y Ellos



Primer microrrelato

MARTÍN

De casualidad no me tomé nada para dormir. No sé cómo fue pero veo el teléfono a las cinco de la mañana y tengo ochenta llamadas perdidas de Sofi. Desbloqueo el celular y veo por todos los grupos que hubo un accidente en el aeropuerto de Esquel. Empiezo a leer la nota en modo automático: un jet que hacía vuelos sanitarios se prendió fuego en la pista de Esquel al intentar aterrizar. Me llama su hermana. Martín está ahí. No le puedo decir mucho, ella llora, grita y no entiende nada. Corto. Me tiemblan las piernas. Voy al baño y vomito. Pienso en setenta cosas por minuto y no sé bien para dónde encarar. ¿Se murió? ¿Está vivo?
Llamo a Meli, mi hija más grande, y entre llantos y ataques me dice lo único que tomé con claridad en el medio de la confusión: ”vos tenés que ir a Esquel”. Yo voy a ir a Esquel, definitivamente. Ahora, que alguien me explique cómo hago para estar ahí en una hora en el medio de una pandemia, aislamiento obligatorio y restricciones por todos lados. Hago miles de llamados. Puedo ir en un vuelo humanitario con toda la familia de él para allá. Sí, voy ya.
Me subo al avión y no escucho a nadie. Nadie sabe nada. Todos opinan. Necesito verlo. Yo sé que no está bien. Un médico y un enfermero murieron en el acto, dicen.
Miro el apoya brazo y pienso en esa vez en la que Frida te dijo: “¿Te puedo decir papá?” Estaba todo mal pero a vos se te llenaron los ojos de lágrimas. Te pido perdón, Martín. Por todo. Me hubiese gustado enamorarme de vos una y otra vez pero no pude. Cada vez que paso por el bar en el que te dije que no iba más y vos no podías con tu tristeza, dudo. Dudo de todo. Me mandaste un mensaje hará unos diez días con cierta esperanza de un sí que decía que me habías comprado diez botellas del vino que me gusta. Todo era mucho, yo era “Colores” para vos. Me diste todo el amor que tenías, de una y mil maneras posibles. ¿Qué pasó, Martín?
Llego a Esquel, nos bajamos y tomamos un remís. Todos gritan de nuevo, me preguntan y sí, es verdad, soy médica pero magia no puedo hacer y no tengo idea de qué pasó. Quiero llegar lo antes posible y mientras, desespero, siento que es eterno. Yo sé que no está bien y que no lo voy a poder salvar.
LLegamos y la terapista me dice: “Vos ya sabés cómo es esto, solo queda esperar”. Es verdad, tiene el ochenta por ciento del cuerpo quemado. Ochenta. Con criterio le amputaron una pierna por debajo de la rodilla y la otra por arriba para que su cuerpo pueda, de milagro, sanar. Es mucho.
Entro y te veo. Estás todo cubierto de gasas, casi que no tenés espacio para que te toque y bese. Te bajo la sedación a ver si me escuchás, pero no creo. “Hola, Martín, acá estoy. Soy Colores. Vos me dijiste que si te pasaba algo alguna vez, querías que yo estuviese con vos y acá estoy. Te lo prometí.”
Solo queda esperar. Me vuelvo en el único avión de vuelta a aeroparque. ¿Estoy haciendo bien? La cantidad de gente que me habla, porque sos importante, Martín, no me deja pensar. Creo que podés curarte y tomarnos los diez vinos que compraste para mí. Pero no. Te moriste, un poco después de las doce. “Este Martín, no hay que volar de noche” dijo Frida. No te cremaron como querías, quizás lo hagan en algún momento. Te sueño todos los días. Meli anda con la bicicleta que me regalaste y todas las semanas viene y me dice: “No puedo creer que se haya muerto”. Yo tampoco.

Segundo microrrelato

ELLOS

Ayer a la noche salí al balcón a fumarme un cigarrillo y trataba de escuchar qué le pasaba al vecino. No entendí muy bien pero su perro no paraba de ladrar y me molestaba sobremanera. Nunca me gustaron los animales, menos los ladridos. Miraba las plantas del balcón. Me angustié. No puedo con la jardinería tampoco. No tuve energía para regarlas, si sobreviven es de milagro. Me preguntaba quién las había puesto ahí. Siempre vuelvo acá.

Pensé instantáneamente en cuánto odiaba que él se tomara el tiempo para regar las plantas. Me molestaba que estuviera inmerso en las plantas. Solo plantas. El cuidado extremo de cada hoja y el ruido del agua correr, me irritaba. También cómo quedaba la manguera que daba al exterior que nunca tuvo un lugar muy atinado. Estaba pegada a la canilla con un pastiche horrible. No era tan terrible como los huevos revueltos a la mañana. Yo nunca hubiese cocinado nada y él lo sabía, y se encargaba. Él tomaba cerveza, yo vino. Yo leía, él miraba videos. Por momentos me olvidaba y lo amaba y lo quería tocar y envolverme en la cama y que el día pase así, tapados bajo la frazada bordó que compré cuando me mudé porque odiaba la marrón oscura que él tenía. No se podía dormir a la noche y yo me moría de sueño pero no podía dormir si él no se dormía. Cuando en el medio de la noche me levantaba a hacer pis y me daba cuenta de que estaba despierto, lo odiaba de nuevo. Me levantaba al día siguiente y me molestaba. Cuando veía el hilo dental en el baño que él no había tirado de la noche anterior, lo despreciaba. Qué tonta. No me gusté. Yo me quejaba, él sostenía. El día 91 de cuarentena, no aguanté más. Con culpa y tristeza, fui al supermercado con un barbijo y compré un pack de bolsas de consorcio, de las grandes. Llegué, las puse en la mesa del living y le dije: “¿Qué hacemos?“ “Qué vas a hacer vos, dirás“ fue la respuesta. Y ahí otra vez. Yo me quejaba, él me sostenía. “Me voy, por los dos“. Mi llanto y su enojo no nos permitían hablar. Todo era gritos, llanto, y patadas a una mesa que terminó con una pava y dos vasos rotos. ¿Era el límite? ¿Quién tenía la responsabilidad de todo esto? ¿Era yo conmigo misma y mi eterna disconformidad de estar viva o era él? Era el encuentro de los dos. Le quiero pedir perdón, pero no sé por qué. Cuando ya no nos dio más el cuerpo, la cabeza y la vida, nos fuimos a dormir. Él se fue al sillón, yo me quedé en la cama, vestida. Creo que en un momento él pudo dormirse. Yo no podía parar de mirar todas las bolsas llenas con todas mis cosas que me rodeaban. Era inminente. Me iba. Sentía que mi cuerpo no podía más de tristeza y de incertidumbre. También pensaba en la logística del día siguiente porque cruzar la General Paz no era algo simple como lo había sido toda la vida. Me levanté, molesta, triste, siendo la mitad de mí y fui al sillón. “¿Dormís?“ y él se despertó muy enojado porque ya estaba soñando y yo no podía con nada. Se levantó, fue al baño, discutimos, gritamos, lloramos, y volvió al sillón. Eran las cuatro de la mañana. Me tomé una pastilla para dormir porque despierta no podía estar. Necesitaba que el (mi) mundo se calle por unas horas. Al otro día, muy temprano, a eso de las ocho de la mañana, me desperté. Fui al sillón. Creo que ya estaba despierto y los dos todavía no sabíamos si efectivamente todo lo que había pasado la noche anterior iba a seguir vigente a la mañana. Levanté la frazada, me acosté al lado de él y nos abrazamos. Sentí alivio, había vuelto a casa. Pero ya me iba. Nos besamos y fuimos a la cama. Seguimos abrazados por muchas horas en el medio de todas las bolsas de consorcio, valijas y la mitad del placard vacío. En un momento, casi impulsivamente, me levanté, y le mandé un mensaje a mi madre. “¿Me podés ayudar? Me voy para tu casa, me separé.“ “¿Estás segura? Paso a las 4.“ “Sí.“ Crucé la General Paz y no nos volvimos a ver. 



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Argentina Economía

Una catástrofe económica y social sin precedentes en todo el mundo

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Sociedad

La pandemia y la profunda pelea por los derechos humanos

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Argentina Política

#SeFuga: estallaron las redes contra el viaje de Macri

El expresidente Mauricio Macri viajó este mediodía a París en compañía de su esposa, Juliana Awada, y su hija Antonia, y luego de hacer su cuarentena en la capital francesa viajará a Zurich (Suiza) para comenzar sus tareas como titular de la Fundación FIFA.

Así lo confirmaron a Télam desde el entorno del expresidente, que recordaron que Suiza exige a los viajeros que no llegan desde Europa una cuarentena de 14 días, como medida de control en plena pandemia de coronavirus.

“Va a permanecer en París y cumplir la cuarentena obligatoria que le exige Suiza a quienes no residen en países europeos, para después de tener los permisos necesarios ingresar a Suiza, donde estará cerca de una semana o diez días”, indicaron voceros del exmandatario.

Agregaron que así su destino final será Zurich, donde va a estar tomando la responsabilidad formal como presidente de la Fundación FIFA, una organización que promueve y recauda fondos para el cambio social positivo a través del deporte, de la que Macri fue nombrado presidente ejecutivo a fines de enero último.

Investigan a Macri y Awada por omisión maliciosa en sus declaraciones juradas
Macri Macri viajó a París junto a su esposa, Juliana Awada, y su hija Antonia en plena pandemia. Su destino final será Zurich, Suiza.

Macri Macri viajó a París junto a su esposa, Juliana Awada, y su hija Antonia en plena pandemia. Su destino final será Zurich, Suiza.

Desde ese momento, Macri armó una intensa agenda por el mundo como responsable de la Fundación, pero poco después la canceló por completo por la pandemia de coronavirus.

Según confirmaron a Télam fuentes aeroportuarias, Macri abordó hoy el vuelo AF229 de la compañía Air France, que partió del aeropuerto internacional de Ezeiza a las 13.30 y que tiene previsto su arribo al aeropuerto Charles De Gaulle, mañana a las 6.58.

Para poder concretar su viaje, tanto el exmandatario como su familia, debieron realizarse previamente un testeo médico, con 36 horas de anticipación al abordaje del vuelo, para determinar que no se encuentren contagiados de Covid-19 y una vez en la capital francesa, deberán guardar 14 días de cuarentena, según indicaron a esta agencia fuentes de la compañía Air France.

Tanto Macri como su esposa y su hija, fueron los últimos en hacer su paso por el sector de migraciones y también los últimos en abordar el Boeing 787-9 Dreamliner que los transporta en estos momentos al Viejo Continente, agregaron las fuentes.

Esta es la segunda vez que el expresidente sale del país durante el aislamiento social y obligatorio dispuesto por el Gobierno.

El 13 de julio pasado Macri viajó a Paraguay para reunirse con el exmandatario de ese país Horacio Cartes, pero mantuvo a su vez un encuentro con el actual presidente paraguayo, Mario Abdo.

En esa oportunidad Macri regresó al país ese mismo día y se sometió a 14 días de aislamiento, debido a las medidas de prevención exigidas por el Estado por la pandemia.

El ministro de Salud bonaerense, Daniel Gollan, afirmó que el expresidente Mauricio Macri, al viajar hoy a París, “es un muy mal ejemplo”, desde el punto de vista sanitario.

“Es un muy mal ejemplo desde un punto de vista sanitario, lo dije también cuando se fue a Paraguay, ya que hoy todos los argentinos están vedados de hacer un montón de cosas (debido a la cuarentena por la pandemia)”, afirmó Gollan en declaraciones a Infobae.

Remarcó que “no es bueno, en quienes son figuras representativas nacionales, el ejemplo de ‘yo hago lo que quiero, voy, vengo’, eso irrita un poco”.

Contó lo ocurrido al ministro de Salud de Nueva Zelanda que en plena pandemia fue descubierto en la playa con su familia, en dos oportunidades, y tuvo que renunciar.

“Las personas que tienen responsabilidad, en este caso ha sido Presidente, más responsabilidad debería tener, por eso desde lo personal es muy mal ejemplo”, remarcó.

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Argentina opinion

El individualismo también mata



La pandemia no cambió el mundo, pero corrió muchos velos y puso al descubierto los verdaderos motivos que mueven a determinados actores sociales. “Cuidarte es cuidarnos” es uno de los lemas a los que recurrió el Gobierno para invocar a la solidaridad colectiva. Una manera de apelar a lo colectivo, a la corresponsabilidad social, por encima del individualismo que aflora en múltiples manifestaciones. En las calles, pero también y sobre todo en los medios de comunicación. Porque así como la solidaridad está a flor de piel y mueve tantísimas iniciativas, también está presente el individualismo entendido como la actitud que impulsa al sujeto a actuar solo guiado por sus propios criterios e intereses personales y con total prescindencia de las determinaciones sociales. 

Puede decirse que el individualista, quien actúa como tal, pierde la capacidad de pensarse como sujeto social articulado en el marco de una comunidad con la que se vincula, a la que condiciona y por la que es a su vez condicionado. Así entendido el primero y el único criterio aceptable es el propio, por encima, al margen o con exclusión, de aquello que la comunidad o la sociedad dictamine. Es una sobrevaloración del sujeto que no atiende a los vínculos comunitarios y que, como resultado, se asienta en la auto referencia que conduce inevitablemente hacia la indiferencia respecto de todos quienes lo rodean.

Esta concepción del individualismo se opone al ejercicio de la política entendida como una práctica de construcción colectiva que admite la diversidad de miradas. Es la destrucción de la política. Porque “no me da nada” o porque “se roba todo”. Y concibe la libertad como un derecho privado, al margen de las contextos y de las condiciones. Visto así el individualismo no es un grito de libertad, sino una manifestación de egoísmo que busca la realización inmediata de intereses privados y particulares, sin atender demasiado al mediano y largo plazo, entre otros motivos porque en ese horizonte entran a jugar factores y actores que el sujeto no puede gobernar y que presuntamente restringen su libertad. Solo hay auto referencia y ciega creencia en las propias capacidades y virtudes. “Nadie mejor que yo me puede decir qué es lo mejor para mí y lo que tengo que hacer”. La versión individualista de la sociedad moderna capitalista, conspira y representa un obstáculo importante para la puesta en práctica de los derechos humanos y de la misma democracia. “Nadie me va a dar lo que yo no consiga por mi propio mérito y esfuerzo”.

¿A qué viene todo esto?

Hemos asistido como sociedad a manifestaciones públicas de protesta argumentando que las decisiones de política sanitaria indicando aislamiento social, preventivo y obligatorio coartan el derecho a la libertad. Manifiestan en nombre de la libertad y hasta de la democracia. Denuncian autoritarismo en el accionar del Estado, pero no reparan en su propios atropellos, en los riesgos en que incurren y en el mal que pueden causar a terceros. Su actitud es autoritaria y negadora de los derechos de las personas.

Está claro que entre quienes salen a manifestar existe un alto componente de personas que lo hacen sin razonar demasiado en los argumentos y las motivaciones y se dejan llevar por consignas ni siquiera demasiado elaboradas, pero que tienen el mérito -si así se lo puede llamar- de mover emociones, también odios y rencores. Admitamos, no obstante, que hay una porción de quienes salen a expresarse que están convencidos del argumento individualista. Para estos queda la posibilidad de invitarlos a reflexionar sobre las consecuencias de su accionar, para sí y para quienes los rodean. Una convocatoria a dejar de mirarse el ombligo y a poner en duda la certeza de la auto referencia. Si esto fuera posible.

Vale también pedirles que comprendan que en el nivel político el individualismo es incompatible con la vida en comunidad y con la democracia. Que “seamos responsables, seguí cuidándote” más que un eslogan de campaña es una manifestación de solidaridad con profundo sentido. Porque si en lo político el individualismo puede discutirse, en lo sanitario y en las condiciones actuales el individualismo también mata.

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Coronavirus en Argentina: ya hay más de 3000 muertos  | Hubo 121 fallecidos en las últimas 24 horas




| Hubo 121 fallecidos en las últimas 24 horas



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Argentina Cultura Cultura y Espectáculos

Atalanta: la belleza entre el dolor

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Argentina Economía

El gobierno extendió el ATP hasta diciembre para empresas con problemas económicos

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Contra la melancolía | Una sesión de bondage para las pasiones tristes



 ¿Qué es la tristeza? ¿Qué es el duelo? ¿Y la melancolía? ¿Qué son el masoquismo y el sadismo? ¿Y la alegría? El duelo y la melancolía nunca se complementan como no se complementan el sadismo con el masoquismo. La felicidad y la alegría tampoco se emparejan de manera forzosa. Se puede ser desdichado por un duelo que carcome las entrañas, pero alegrarse ante ciertas circunstancias. Dostoievski -narrando las crueldades de su exilio siberiano- penetra de pronto en un remanso de disfrute. Se iluminan los rostros petrificados de los prisioneros. Una vez al año les permiten producir una obra teatral. Los restaura. Están encadenados con grilletes, sus tobillos sangran, sus dedos se congelan, cuchilladas y rebencazos tatúan sus cuerpos. Pero durante el desarrollo de la función los condenados deponen sus actitudes fieras y se abandonan con franqueza a la alegría. Esa que les devuelve -mientras dura el milagro- la dignidad perdida.

La alegría aumenta muestra potencia de acción, incentiva la creatividad, nos transforma. En cambio, la tristeza reduce lo infinito del deseo a la mera inacción. Los tristes aman las tiranías. Se amarran al rencor. La felicidad ajena los irrita. Es verdad que nadie puede evitar la conmoción producida por los acontecimientos (en este caso, la pandemia). Pero somos responsables de la administración de nuestra conmoción. A ello se refiere Spinoza en su ética de las pasiones.

Las pérdidas y frustraciones provocan duelo: un afecto penoso esperable y necesario. No obstante, también pueden provocar melancolía: un afecto estéril narcisista y doloroso. El duelo reconoce su origen, es agobiante pero realista. La melancolía ignora o confunde su origen. Duelo y melancolía son pasiones sufrientes: aislamiento, desinterés y desafección son comunes; la pérdida de amor propio supone melancolía.

El codo izquierdo se apoya desmayado sobre una rodilla. La mano sostiene su propia cabeza de mujer quebrada como lirio vencido por su propio peso. Cabellos desordenados. Desprolija mirada perdida. Desparramados por el suelo instrumentos y útiles devenidos inútiles. Durero, el artista más famoso del Renacimiento alemán, plasmó en Melancolía I, la apatía y la inoperatividad de la tristeza extrema.

Detalle de Melancolía, de Alberto Durero

Más allá de vicios, patologías o perversiones, sadismo y masoquismo también son productos de pasiones. Su fuerza no necesariamente se aplica a otras personas. Contienen impronta pasional como artilugio posible para enfrentar la pesadumbre, jugando a disciplinar las tentaciones tristes. Para convertir en ley nuestro deseo creativo -como sádica condensa sangrienta- y ponerle límites al vano sufrimiento -como dominatriz Venus de las pieles. El sadismo no se ejerce con masoquistas, ni el masoquismo con sádicos. Estos opuestos no son composibles, si bien así lo pretende cierta clínica. Pero ambos pueden ejercerse sobre nuestras propias inclinaciones dominando o aceptando duelos y quebrantos, no cediendo a la depresión, reafirmando la vida. Una sesión de bondage no urbano para las pasiones tristes.

Ante lo más profundo de la desesperanza, ante el espectáculo de nuestro propio dolor o del sufrimiento ajeno, ¿podríamos armarnos de valor y asumir los hechos evitando caer en la melancolía? ¿Dónde está el mástil que pudiéramos asir? ¿Cómo no bajar los brazos durante los largos aislamientos solitarios? ¿Cómo no desear paz antes los difíciles encierros superpoblados? ¿Y la incertidumbre del futuro? La reflexión filosófica ofrece tecnologías conceptuales para sobrevivir dignamente habitando la herida. Estoicismo, hedonismo, cinismo y sus renovadas versiones modernas y póstumas. El mástil salvador nos pertenece. Aunque si no nos modificamos integralmente, si no intentamos zafar del lugar de la víctima, no podemos ni siquiera manotear la posibilidad de salirnos de la queja.

La medicina, durante siglos, sostuvo la teoría de los cuatro humores en la composición del cuerpo humano: bilis amarilla, sangre, flema, bilis negra. Esta última es la que produce la melancolía. Tristeza extrema, plaga del alma, calambre y convulsión, compendio del infierno. Cuerpo y ánimo abatidos albergan un infierno permanente. El discurso médico medieval aseveraba que la melancolía lleva en sí la flor y nata de la adversidad humana. A su lado, cualquier enfermedad es una picadura de pulga; pues la melancolía es la médula de todos los males. Había que expulsar ese veneno invisible e implacable. Pues, así como el ímpetu de los leones no se reprime en sus cuevas, el ímpetu del dolor no se amortiza ensimismándose.

Shakespeare, que hizo de su obra un compendio de la sensibilidad humana, concentró las obsesiones de la melancolía en Hamlet, el príncipe danés. Tristeza profunda y persistente que no permite gusto ni diversión alguna. Aggiornando el registro, Goethe retrató la melancolía misma en Las desventuras del joven Werther, perla envenenada del amor romántico y su constante frustración de felicidad inalcanzable.

Sin embargo, la sabiduría se encuentra con la felicidad cuando se aprende a suavizar los obstáculos, cuando se decide no dramatizar la existencia, cuando nos disponemos a sobrellevar con buen ánimo lo inquietante. Hay que darle hilo al barrilete del deseo, este apetito consciente de sus objetos, aunque ignorante del porqué de sus afinidades. No deseamos algo porque lo consideramos bueno, lo consideramos bueno justamente porque lo deseamos.

* * *

Transitando el tercer milenio, otro danés melancólico aborda el desarraigo existencial. Perlado y espléndido el cuerpo de Justine -excitada- se ofrece desnudo tirado entre las rocas. Está practicando sexting con un ser celeste. Un planeta -que antes era rojo y siempre fascinante- choca con el planeta Tierra, lo destruye y devora. El astro que aniquila al mundo se llama Melancolía. Una metáfora del poder reactivo de la tristeza construida por el poder creativo de Lars von Trier. Pájaros muertos, caballos desplomados, maquinas que no funcionan, copos de nieve cayendo en pleno sol, contaminación, lianas nudosas que impiden avanzar, vientos lúgubres, música sepulcral de Tristán e Isolda, la pena encerrada en sí misma y el abatimiento como destino irreversible. Se apagan las luces, se enciende el proyector, comienza Melancholia. Despunta la alegría del arte. Esa que nos devuelve -mientras dura el milagro- la libertad perdida.  



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