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“El dilema de las redes sociales”: paranoia real en Netflix | Documental de Jeff Orlowski



EL DILEMA DE LAS REDES SOCIALES 5 puntos

The Social Dilemma; EE.UU., 2020

Dirección: Jeff Orlowski.

Guion: Davis Coombe, Vickie Curtis y Jeff Orlowski.

Duración: 94 minutos.

Estreno disponible en Netflix.

El mito de que los teléfonos celulares “escuchan” todo lo que decimos podrá ser falso, pero el origen de la paranoia es bien real, como explica claramente el documental El dilema de las redes sociales: cada click, cada “me gusta”, cada búsqueda online pasa a formar parte de un perfil virtual que los algoritmos de Google, Facebook, Twitter y demás apps y sistemas utilizan para ofrecer información acorde al gusto del usuario. Y publicidades, muchas publicidades. “Las únicas dos industrias en las cuales el consumidor es llamado ‘usuario’ son las drogas ilegales y el software”, afirma una placa en el largometraje de Jeff Orlowski, ligeramente reeditado –luego de su paso por el Festival de Sundance– para incluir un par de escenas ligadas a la actual pandemia de covid-19. El título original es un poco más ambiguo y podría traducirse como “el dilema social”, refiriendo desde luego a las ubicuas redes, pero también a la sociedad en su conjunto.

No es un dato menor: lo que plantean muchos de los entrevistados, varios de ellos exempleados en cargos jerárquicos de las compañías más exitosas del ramo, es que las sociedades han cambiado radicalmente desde la explosión digital. Y que el verdadero impacto de la recopilación de datos, preferencias y gustos encerrados en las redes de las computadoras más poderosas del mundo aún está por verse. ¿El futuro es distópico? “No podíamos saber que el pulgar hacia arriba, pensado como algo positivo, podía llegar a generar una compulsión adictiva”, dice, palabras más o menos, uno de los responsables de crear el célebre ícono de Facebook. Un investigador muestra gráficos que demostrarían que, de 2010 a esta parte, la tasa de suicidios entre púberes y adolescentes ha escalado de manera significativa en los EE.UU.. ¿Acaso el uso constante de las redes facilita y/o potencia las tendencias depresivas de algunos de sus usuarios?

Adicciones digitales, la proliferación de fake news, la creciente polarización política a extremos nunca antes vistos son algunos de los temas que El dilema de las redes sociales analiza en detalle, siempre de forma acuciante y poco esperanzada: se extraña la ausencia de alguna voz que opine de manera ligeramente distinta. Pero tal vez el peor elemento en la receta sea la dramatización con actores que grafica esas inquietudes a través de los noventa minutos de metraje, un lastre que reduce la potencia del mensaje y aporta muy poco a la discusión. A pesar de ello, Orlowski logra que el espectador reflexione y encienda más de una señal de alarma. ¿O acaso la explosión de nuevos adeptos a las teorías terraplanistas hubiera existido sin las conexiones virtuales? ¿Y qué decir de los antivacunas? La lamentable visión de grupos de personas tirando abajo torres de señal 5G por la supuesta relación con la actual pandemia es otro ejemplo del peor escenario planteado por la película: si cada ciudadano lee y escucha solamente a quién piensa de manera idéntica, ¿qué posibilidades existen de que el futuro nos encuentre unidos contra males en común?



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Dólar: qué pasará con Netflix, Spotify y Amazon Prime Video tras las nuevas medidas del Banco Central | La letra chica de los servicios digitales



El Banco Central de la República Argentina (BCRA) dispuso este martes que los gastos con tarjeta de crédito que se realizan en dólares se descontarán del tope de divisas habilitadas para atesoramiento: unos 200 dólares mensuales. Si los gastos superan este monto, por caso, se computarán para el mes próximo.

A partir del 1 de septiembre de 2020 los pagos realizados por los consumos en moneda extranjera con tarjetas de crédito o débito se tomarán a cuenta del cupo mensual. No habrá tope al consumo con tarjetas (débito y crédito) y cuando los gastos mensuales superen el cupo, absorben el de los meses subsiguientes” indicó el BCRA.

Ahora bien, una de las principales consultas es saber qué pasará con los distintos servicios contratados, como por ejemplo, Netflix, Spotify, Playstation o Amazon Prime Video. En ese sentido, habría que leer la letra chica de cada contratación para saber si se abona en moneda extranjera o bien, la couta se paga en pesos.

Netflix 

Desde la empresa norteamericana de streaming online dan cuenta que algunas promociones de contrataciones se cobra en moneda local, por ende, aquel servicio quedaría exento de la nueva medida. Sin embargo, algunos bancos emisores de tarjetas, al recibir una transacción internacional como la de Netflix, hacen su conversión al dólar del día e incluyen en ese resumen el impuesto país. 

Lo mismo ocurre con los abonos de Spotify y Amazon Prime Video: ambos servicios tienen sus cuotas pesificadas, pero no siempre el banco registra el cobro en esa moneda. 

Ante esos casos se debe reclamar al procesador de pagos o bien hacerlo con un operador online a través de la plataforma de Netflix. 

Gmail y Playstation

Los servicios digitales que sí se cobran en dólares -como, por ejemplo, los servicios de Google Drive o Gmail, las aplicaciones de Apple o los servicios de almacenamiento en la nube, como Dropbox– sí seguirán pagándose en la divisa norteamericana y por lo tanto consumirán parte del cupo disponible. 

Los mismo ocurre con los juegos de PlayStation o Epic Games.



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“Corazón loco”: una película que atrasa | Adrián Suar estrenó en Netflix con demora



Corazón loco      3 puntos

Argentina, 2020.

Dirección: Marcos Carnevale.

Guion: Adrián Suar y Marcos Carnevale.

Duración: 108 minutos.

Intérpretes: Adrián Suar, Soledad Villamil, Gabriela Toscano, Alan Sabbagh, Darío Barassi y Magela Zanotta.

Estreno: en Netflix.

Fernando Ferro es un hombre igual a todos, salvo porque tiene un “corazón enorme”, según él mismo dice. “Mide como el del resto, pero sufre una singular anomalía: puede amar mucho más que el de cualquier ser humano”, completa. Tanto puede amar, que no le alcanza con una mujer sino que necesita dos: una de lunes a jueves; la otra, de viernes a domingo. Desde ya que ninguna sabe de la otra ni de esa patología cardíaca, en parte porque viven a 400 kilómetros y Fernando es un avezado mentiroso. Pero sobre todo porque, aunque opuestas en su manera de ser, están hermanadas por la tontera y la tendencia a responder a todo con gritos y movimientos eléctricos de las manos. El día a día de este hombre con dos casas, dos autos, dos familias y otros dos departamentos alquilados es el centro narrativo de Corazón loco, una película que, aunque parezca increíble, no se filmó en la Argentina del siglo pasado sino en la del año 2019. Peor aún: de no haber existido la pandemia, hubiera sido una de las grandes apuestas comerciales de 2020 del cine nacional, dado que originalmente iba a estrenarse en salas a mediados de marzo.

Es difícil imaginar a quién se le ocurrió que Corazón loco era una buena idea. Es cierto que el director Marcos Carnevale (Corazón de León, El fútbol o yo, No soy tu mami) nunca fue un vanguardista y en todos sus trabajos lo clásico coquetea peligrosamente con lo anticuado, pero pocas veces una película de su autoría lució tan fuera de tiempo, hecha con tanto desinterés, como ésta. La premisa, el desarrollo y la forma de Corazón loco remiten a otra época, e incluso varias situaciones están calcadas de Naranja y media, en la que Guillermo Francella interpretaba a un hombre enamorado de dos mujeres. Aquello podía ser gracioso en una tira cómica del prime time de Telefé de 1997, pero no ahora por la sencilla razón de que el mundo es otro. El lugar de Francella recae Adrián Suar, quien hace años se dio cuenta que lo suyo es la ejecución de un mismo personaje que salta de película en película. Bien dirigido y guionado, Suar es eficaz y empático (ver Dos más dos o Igualita a mí). Su Fernando, en cambio, miente, engaña y maltrata a quien se interponga en su camino, convirtiéndose así un hombre repulsivo de tan detestable.

Los primeros minutos describen la rutina de este traumatólogo que hace nueve años pasa una parte de la semana en Mar del Plata con Paula (Gabriela Toscano) y sus dos hijas adolescentes y la otra, en Buenos Aires junto a Vera (Soledad Villamil) y un hijo pequeño. En el medio hay viajes en ambos sentidos de la ruta 2 que incluyen un cambio de vestuario, celular y auto en un parador que la cámara se encarga de remarcar que es el de Atalaya, en uno de los chivos más descarados que se recuerden. Para establecer con más determinación su punto de vista, el guion de Suar y Carnevale hace de las mujeres un par de figuritas cortadas con la más gruesa de las tijeras. En una de las escenas de apertura, por ejemplo, a Paula le tiran alcohol en los ojos y pasa media hora de película con dos parches que la ponen más cerca de la humillación que del disparador cómico. Mejor le va a Vera, a quien al menos le ahorran el ridículo.

Fernando resuelve su vida manipulando, tergiversando y patoteando, tal como hace con un gerente del planetario (chivo descarado, toma 2) y sobre todo con un enfermero al que, sin argumentos para refutarlo, le pide que se limite a “responder como enfermero”, condensando en tres palabras uno los tantos prejuicios (sociales, de género, de clase) que atraviesan el relato. Todo sigue igual hasta que Vera y Paula se descubren mutuamente e inician un plan de venganza que incluye delicias imaginativas tales como ponerle laxante en la comida. El único atisbo de gracia proviene de un compañero de trabajo de Fernando a cargo del notable Alan Sabbagh, que con apenas preguntarle si se cree Saddam Hussein por tener dos mujeres y cómo hace con la AFIP para sostener su doble vida le alcanza para ser la única voz medianamente lúcida entre tanto descalabro.



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Netflix estrena “El diablo a todas horas” | La película tiene actuaciones de Robert Pattinson, Tom Holland,  Bill Skarsgård y Mia Wasikowska



“En 1957 vivían en Knockemstiff unas cuatrocientas personas aproximadamente, casi todas unidas por vínculos de sangre en virtud de una u otra calamidad, ya fuera la lujuria, la necesidad o la pura y simple ignorancia.” La descripción del minúsculo pueblo de Ohio que el escritor Donald Ray Pollock cincela en la novela The Devil All the Time no podría ser más característico del tono oscuro y pesimista que atraviesa (casi) todas las acciones de los personajes. Unas pocas líneas más abajo, a la hora de presentar a Willard Russell, el protagonista de la primera parte de la historia, el autor detalla los sentimientos de Charlotte respecto de las prácticas religiosas de su esposo. “Tal como ella lo veía, el exceso de religión podía ser igual de malo que la carencia, o tal vez incluso peor; el problema era que la moderación no formaba parte de la naturaleza de su marido.”

La voz del propio Pollock, nacido en esa pequeña localidad del estado de Ohio, aparece de manera intermitente a lo largo de las dos horas y veinte minutos de duración de El diablo a todas horas, la adaptación cinematográfica dirigida por el realizador neoyorquino Antonio Campos que tendrá su estreno este miércoles 16 en la plataforma Netflix. La novela está construida como una ambiciosa saga intergeneracional que recorre dos décadas en la vida de un puñado de criaturas de la “América profunda”, y su retrato de los lazos familiares y comunales, enmarcados por una fe siempre temerosa de Dios, ha sido comparada en las reseñas críticas con la prosa de Flannery O’Connor. Aunque fácilmente podría ligarse también al determinismo fatalista de un Frank Norris: no hay nada, absolutamente nada, que los personajes puedan hacer para librarse de un destino que parece estar escrito con sangre en sus genes.

Los suicidios, el asesinato como fútil medio para reforzar la bienaventuranza o bien convertido en objetivo final, sin otra razón que el placer alienado, el abuso sexual escondido detrás de los ropajes socialmente más respetados, la violencia como único recurso para defenderse de otras violencias. La película de Campos sigue las líneas generales dispuestas por Pollock y entrelaza diferentes presentes: 1945, después del final de la Segunda Guerra Mundial, y los años inmediatos; 1957, cuando un hecho trágico dicta el final de varias existencias; 1965, con un nuevo protagonista dispuesto a alzar las armas y utilizarlas hasta las últimas consecuencias. Un tapiz temporal que cruza, de manera irremediable, la vida de los personajes en instancias significativas, “un poco gracias a la suerte y otro poco por la voluntad de Dios”, según afirma el relator antes de iniciar una danza de pecados, sordideces y esperanzas truncadas. 

El aliento literario y definidamente coral de El diablo a todas horas es cabal y recorre todas las escenas e instancias, de principio a fin. El regreso de Willard (Bill Skarsgård) del frente oriental en Japón, donde una horrenda crucifixión quedó grabada en su mente y su cuerpo de manera indeleble, permite el reencuentro con la madre y su tío en la humilde casa de campo familiar, además del primer vistazo de su futura esposa, Charlotte (Haley Bennett), una mesera de buen corazón, esperanzada en lo que pueda traer el futuro. Es en ese mismo bar, en ese mismo momento, cuando una compañera de Charlotte, Sandy (Riley Keough), conoce a su media naranja Carl (Jason Clarke), primer escalón en una carrera demencial de asesinatos en serie en las rutas y caminos polvorientos del Medio Oeste de los Estados Unidos. La obsesión religiosa de Willard –y la de otro personaje central en la trama, el predicador interpretado por Harry Melling– parece la antítesis de la total falta de humanidad de Carl, pero, tal vez, en el fondo sólo sean las dos caras de una moneda. Dos caminos que terminan recorriendo la misma y retorcida moral.

En una de las escasas entrevistas con Antonio Campos publicadas estos últimos días, el realizador –y coguionista del film junto a su hermano Pablo– declaró que se enamoró del libro cuando lo recibió hace cinco años como un regalo. “Uno va pasando las páginas sin poder detenerse. Me encanta su cualidad literaria, pero también los fuertes elementos de género. Lo que más me atraía era la estructura bíblica de su narración: hay algo muy elemental y parabólico en las historias. Fue un libro muy duro de adaptar, en parte porque hay tanto en esas páginas que nos encanta. Soy un gran fan del gótico sureño y el noir y esta novela es un matrimonio perfecto entre ambas cosas. A veces uno adapta una obra y piensa que allí hay una semilla de una buena idea para una película, y tira todo para comenzar desde cero. En este caso fue lo opuesto: amábamos todo lo que estaba escrito.”

El diablo a todas horas transcurre en pequeños pueblos de Ohio y Virginia Occidental, pero fue rodada en gran medida en Alabama, un estado que, según Campos, no ha sido utilizado como locación cinematográfica en muchas ocasiones. En esa misma entrevista en conjunto, la actriz Eliza Scanlen, responsable de encarnar el relevante papel de la adolescente Lenora, declaró que “la película trata sobre las diferentes maneras mediante las cuales la gente lidia con su fe, cómo la definen para sí mismos y como eso los lleva a hacer las cosas que hacen. En el film hay descripciones muy extremas de esa lucha”.

El hijo de Willard, Arvin (Tom Holland) ha crecido y la reciente mayoría de edad, por lógica biológica y ante la ausencia del padre, lo obliga a tomar obligaciones de adulto. Entre otras la de cuidar a su hermanastra Lenora, joven huérfana adoptada por su madre que parece haber heredado las más férreas creencias religiosas de su padre, un predicador amante de los golpes de efecto teatrales durante los sermones. Si algo ha aprendido Arvin de su progenitor es a defenderse ante los ataques y cuando Lenora es objeto del bullying más despreciable no hay más remedio que tomar al toro por las astas. Los golpes arrecian y los nudillos ensangrentados retrotraen a Arvin al pasado, graficado por Campos mediante el viejo (y tal vez innecesario) recurso del micro-flashback. 

“Arvin se pasó mucho tiempo considerando aquél día como el mejor que había pasado nunca con su padre. Esa noche, después de la cena, siguió una vez más a Willard hasta el tronco de rezar”, escribe Donald Ray Pollock en el libro y recita en off en la película, destacando un imborrable recuerdo de infancia, el padre castigando físicamente a los dos vecinos que habían bromeado con la posibilidad de tener sexo con su esposa. Esa remembranza y la pistola Luger traída desde el otro lado del océano, único tótem legado por ese hombre que, a pesar de pertenecer al pasado, comienza a estar más presente que nunca. Pero quizás el enemigo más importante no esté, en principio, tan a la vista. La llegada a la parroquia de un nuevo sacerdote, un joven apuesto y creído de sí mismo llamado Preston (Robert Pattinson), será el disparador del tercer y definitivo acto narrativo, el gatillo que hace saltar por los aires la tapa a presión, el catalizador indirecto de un encuentro que vuelve a cruzar las líneas dispuestas sobre el mapa veinte años atrás, en ese tranquilo bar de un pequeño pueblo de tránsito. El espacio del “tronco de rezar”, ámbito de recogimiento y humildes pedidos a Dios por los seres queridos, pero también de sacrificios literales, ha sido reemplazado por la pequeña iglesia y el automóvil del joven párroco. Y la víctima ya no lo es de la leyes naturales (es decir, de Dios), sino de su emisario. Arvin no es un cordero, tampoco un joven con el temor hacia las represalias celestiales dibujado en el rostro. Los golpes recibidos en la mejilla derecha no tienen correlato en la otra. Arvin no trae la paz, sino la espada.

Los caminos de Dios y del diablo se cruzan constantemente, en las rutas de concreto y en los senderos humanos dibujados por Pollock y Campos. ¿Qué diferencia la carrera criminal de Sandy de la de su hermano, el sheriff Lee (Sebastian Stan), cuyos actos de corrupción se reflejan en el espejo como peldaños de una carrera política, medios oscuros para obtener un fin que nunca puede ser luminoso? Mientras Arvin huye luego de acometer un acto de ¿justicia, venganza, vindicación?, las encrucijadas se preparan para recibir la visita de viejos desconocidos cuyas vidas estaban destinadas a chocar de frente a máxima velocidad. El último acto de un relato de violencias que no pueden sino retroalimentarse en un infernal círculo virtuoso. 

Hijo de un periodista de origen brasileño y una productora cinematográfica de ascendencia italiana, Antonio Campos nació en Nueva York en 1983. Su actividad en los medios cinematográfico y televisivo comenzó hace poco más de tres lustros y su primer largometraje, Afterschool (2008) –una historia adolescente que marcó el debut del actor Ezra Miller– circuló por infinitos festivales de cine, incluido el Bafici, donde compitió en la sección “Cine del futuro” con The Pleasure of Being Robbed, largometraje de otro joven realizador con futuro asegurado, Josh Safdie. Luego le llegaría el turno a Christine (2016), con una impecable Rebecca Hall en el rol de la periodista Christine Chubbuck, además de sus trabajos como director de varios episodios de la serie The Sinner y el rol de productor en la película de Sean Durkin Martha Marcy May Marlene (2011). El diablo a todas horas es, a todas luces, su salto hacia producciones de mayor envergadura y prestigio, sostenido en parte por el origen literario del guión y por un reparto de figuras reconocidas por el público.

En las notas de producción distribuidas a la prensa internacional días antes del lanzamiento del film, Campos afirma que siempre quiso trabajar junto a su hermano mayor, Paulo Campos, especialista en literatura de habla inglesa, y escribe que “siempre hablamos de hacer algo en conjunto, pero nunca habíamos llegado más allá de un par de conversaciones. Una de las cosas que me tocaron del libro es lo vívidas que son las escenas. Mientras leía las imaginaba en una película y cuando comencé a meterme más en el texto iba tildando mentalmente las cosas que deseaba ver en pantalla. Pollock nos contó toda clase de historias de su lugar natal, un pueblo construido alrededor de una papelera, parecido al que describe el libro. El título deriva de una línea en la novela que dice ‘hasta donde podía recordar, parecía que su padre había luchado contra el diablo a todas horas’. Eso habla a las claras de esa lucha contra el mal y la violencia que rodea a los personajes y crece dentro de ellos, mientras el interludio entre la Segunda Guerra y la Guerra de Vietnam le trae poca paz al tapiz de personajes de Pollock. Es una historia generacional sobre un hijo que debe aceptar lo que hizo su padre. En el fondo, es una historia muy íntima y cada uno de los relatos secundarios que la rodean también tienen que ver con la dinámica familiar, las cosas que hemos heredado y cómo lidiamos con ellas. Lo que atraviesa todo es la relación entre la familia y la fe”. 

Sobre el final, otra ruta. Extensa, infinita, abierta hacia el horizonte. Mientras allá lejos, nuevamente en el Oriente, se desarrolla una nueva guerra, otra sociedad posible comienza a abrirse camino en esa América, América convulsionada. ¿O acaso se trata de otro espejismo en el desierto?



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High Score, una serie sobre la pasión por los videojuegos | Datos y voces de los momentos claves que revolucionaron la industria del entretenimiento



¿Qué es lo más importante de un documental? Algunos dirán su rigor informativo. Otros argumentarán a favor de su claridad explicativa. Los creadores de la docuserie High Score, que está en Netflix, pueden argumentar que lo fundamental es la pasión por el tema que retrata.

Lo que distingue a High Score es cuánto ama aquello que relata. Tanto como para interesarle a cualquier despistado en el tema. Esta serie documental presenta seis episodios cuidadosamente hilvanados en torno a momentos y juegos fundamentales de la historia del fichinaje, las consolas y la compu pensada no como herramienta de trabajo, sino como artefacto lúdico.

Desde la explosión inicial de Space Invaders y Pac-Man hasta la revolución de los juegos de disparos en primera persona, con Doom y Wolfenstein 3D a la cabeza. En el medio, la aparición de Mario, los juegos de rol, los deportivos y los siempre vigentes Street Fighter y Mortal Kombat.

Cada capítulo se ocupa de un momento y un tipo de juegos particular, observa saltos y continuidades en sus desarrollos y aporta tanto información súper conocida como detalles deliciosos: ahí están las páginas originales con el diseño de las navecitas de Space Invaders, los primeros demonios que concibió en papel el metalero creador de Doom o las acuarelas del artista conceptual de Final Fantasy.

Pero la serie no se centra (sólo) en los juegos, sino también en quiénes los crearon, tanto norteamericanos como japoneses. Y cómo lo hicieron, a veces desde espacios impensados. Porque resulta –no spoilearemos aquí– que buena parte de los saltos tecnológicos no fueron fruto de investigaciones con fortunas corporativas sino, en verdad, de chantadas de primera.

A veces, gente que se dio cuenta de que podía hacer un mango extra a partir de la necesidad de despejarse de la presión de los exámenes de sus compañeros de facultad. Otras, personas que arriesgaron perder juicios por millones de dólares tirándose un lance y mintiéndoles descaradamente a las multinacionales. Así también hay hackeos en sótanos, y desertores universitarios que alquilan habitaciones para poner más fichines y luego los “tunean” para levantarla en pala.

Y aunque, desde luego, ya avanzada la industria aparecen las estratagemas empresariales, lo más delicioso de la serie está entre esos encantadores atorrantes desesperados por laburar de lo que les gustaba o, sencillamente, expresar a través de un videojuego sus ideas.

Eso los estadounidenses. Porque luego están los japoneses.

Y son otra cosa. Hablan ante la cámara con una suavidad increíble, conscientes de su aporte monumental a la historia de una cultura y, al mismo tiempo, como si tampoco fuera nada del otro mundo. Como si revolucionar la industria del entretenimiento fuera tan natural como respirar.

Los contrastes entre los entrevistados a uno y otro lado del Oceáno Pacífico son tan llamativos como cautivantes. Si los norteamericanos a veces se pasan de vociferantes y personajes, los asiáticos son mesurados en sus movimientos, comedidos en sus declaraciones y sonríen por chistes sutiles.

High Score es una serie maravillosa porque está repleta de amor a los juegos, a sus creadores y, sobre todo, a sus jugadores. Al punto de que entrevista a varios de los primeros “campeones mundiales” de Nintendo, Sega o Street Fighter, antecesores directos de los actuales ídolos de multitudes de los e-sports.

Sus historias se cuentan sin demasiadas estridencias. Pero es muy interesante cómo en esos planteos aparecen cuestiones relevantes sobre la importancia identitaria de los videojuegos para los gamers. La del chiquilín Bill Heineman, primer campeón nacional de Estados Unidos de un videojuego, quien de adulto es Rebecca Heineman, es un ejemplo.

Otro tanto sucede con la vida de algunos desarrolladores, como el creador de GayBlade, el juego de rol que permitía enfrentarse a predicadores televisivos y legisladores homófobos. O la de quien consiguió trabajo como desarrollador sólo para cumplir su sueño gamer: poder tener jugadores negros en la pantalla.

La bajada de línea no necesita explicaciones a prueba de boludos. La secuencia y el muestrario dejan bien claro cuán importantes son los videojuegos para quienes se dedican a ellos con el alma. Todo sea por jugar una vida más.



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Yanina Avila, de empleada de limpieza en 25 de Mayo a estrella de Netflix | La actriz de “Crímenes de familia” cuenta qué sintió al ver la película, su vida y sus sueños



En pocos días, Yanina Ávila se convirtió en una de las mujeres más buscadas de la Argentina. Un rostro desconocido se hizo familiar. Una estrella inesperada. ¿Cómo había que hacer para hablar con la actriz que hace la diferencia en Crímenes de Familia, al encarnar a Gladys? La película es una de las más vistas de Netflix desde su estreno, el 20 de agosto, y si algo se clava en la memoria es la mirada de esa mujer, empleada en la casa de una pareja porteña, acusada de homicidio calificado. La historia de Gladys trae a la memoria a Romina Tejerina. La actriz, Yanina Avila, de 29 años, vive en 25 de mayo, una ciudad de 50.000 habitantes en una región de Misiones que limita con Brasil. Crímenes de familia es su segunda película. En la primera, Una especie de familia, fue Marcela, una joven que ya tiene tres hijos y no quiere al próximo, al que quiere dar en adopción. Para hablar con Yanina hay que pedir la entrevista vía Netflix. Al mismo tiempo que se gestionaba esta nota, una publicación de un medio de Misiones consignaba que Yanina no había cobrado por su trabajo. Reproducida en redes sociales, levantó una lógica indignación. No tenía teléfono y circulaba un audio de una periodista misionera que decía “si compra un teléfono no tiene para comer”. 

A través del departamento de prensa de la plataforma, la entrevista se produce. La actriz aclara que “gracias a dios” ya cobró por la labor en la película de ella y su hijo. “Estoy muy agradecida y no hay nada más que explicar sobre eso”, cierra el tema. Sigue trabajando en el Centro Comunitario de su pueblo. “Con orgullo”, enfatiza. Orgullo es una palabra que repite una y otra vez a lo largo de la entrevista. Orgullosa de su vida, de su historia y de la posibilidad de ser actriz, así se muestra. Sin espacio para la compasión o el reclamo.

Yanina se expresa feliz, dice que ser actriz es como “tocar la mano con el cielo” y la inversión es precisa: la posibilidad se acercó a ella hace tres años, cuando Diego Lerman buscaba una actriz en su pueblo. Una amiga, Macarena, la animó a probar. Hizo el casting, se convirtió en Marcela, viajó a La Rioja y Catamarca, ganó el Premio Sur como Actriz Revelación por esa película. La segunda vez, Sebastián Schindel –el mismo director de El Patrón: radiografía de un crimen y El hijo—la contactó directamente. Y allí fue Yanina a CABA, en avión, con su hijo Santiago, de cuatro años, que lo vivió como “un juego”. Conoció a Cecilia Roth –la tenía “de la tele”– y a todo el elenco, se siente la fascinación en su voz. Quiere seguir actuando y promete que si alguna vez puede cumplir su sueño de triunfar en la gran capital, “nunca me olvidaré de dónde crecí, de dónde me levanté”.

Recién el viernes pasado Yanina vio la película junto a su familia. Santiago gritó “tía” apenas vio a Cecilia Roth. “Es el personaje Santiago y personaje en casa también, porque se llama Santiago y lo tenemos ahí”, se ríe con la voz la protagonista de una película en varios sentidos. “Para mí es todo nuevo, pero sabiendo que hay un orgullo”, dice apenas comienza la conversación, que en algunos momentos se corta por falta de señal.

–¿Qué te paso cuando viste la película?

–Me emocioné mucho. Me emocioné mucho al verme ahí, sabiendo que volvía a las pantallas de nuevo, a través de personas muy queridas. Y saber que hice un buen papel, aparte sabiendo que tengo el cariño y estoy ahí con mi hijo. Estoy participando con él en un juego, como es jugar a la película para él, porque fue así el rodaje de él, y sabiendo que tengo profesionales muy buenos ahí, es un orgullo para mí, me faltan palabras para agradecer esto.

Yanina confiesa que “nunca” pensó que podría actuar en dos películas “con personas que tienen ese talento para hacer esto”. En un par de veces repite “como estoy diciendo en otras las notas”, y se le escucha el deleite. Incluso, agradece el interés. “Nunca pensé que llegaría tan lejos”.

La película está entre las 10 más vistas de la plataforma desde su estreno, en la Argentina, el 20 de agosto. También estuvo entre las diez más vistas en Brasil, Colombia, México y España.

Acá se impone un spoiler alert. La historia está centrada en la transformación de Alicia, una mujer de clase media alta porteña, que tiene a Gladys como “empleada cama adentro” en su casa. De pocas palabras, con la mirada baja, la joven vive en Posadas 1550 con su hijo de 3 años, que le dice “tía” a la empleadora de la mamá. Escucha, como al pasar, una sentencia de la dueña de casa: “¿No estarás embarazada? Acá no hay lugar para nadie más”. La escena inicial, que se va develando mientras avanza la historia, es el pivote para una narración que subraya lo patriarcal y clasista de la justicia. El personaje que encarna Yanina es encarcelado, sometido a juicio. Y decide callar. Las pocas veces que habla, todo se ordena de otra manera.

En la película se pone en evidencia la trama que puede tejerse entre mujeres, el espacio para el entendimiento. En las pocas palabras que pronuncia el personaje a lo largo de la historia, aparecen violencias como capas. Hay un personaje que abre la puerta a la palabra, el que encarna Paola Barrientos en el rol de una psicóloga especialista en infanticidios. Sofia Gala Castiglione brilla como Marcela, ex pareja y denunciante de las violencias del hijo de Alicia. “Esa negra”, le dice el personaje de Cecilia Roth hasta bien entrada la historia, mientras sostiene la trama de la negación.

Las mujeres de la película pasan de la rivalidad y la desconfianza a la comprensión y la acción común. Si el cambio de Alicia es profundo, también se puede decir que es casi una declaración de aspiraciones de la película. Como si esperara –o indujera– que les espectadores siguieran el mismo camino desde la condena a la mano tendida.

“Me pongo en el lugar de Gladys también, porque nunca me pasó esto en la vida real, pero es fuerte, sabiendo que está ahí, no tiene esa fuerza, esa ayuda, para decir entiéndanme lo que estoy pasando, lo que estoy viviendo”, dice Yanina sobre su personaje y enfatiza: “Necesita dialogar, contar, y descargarse, no, y como no ve que nadie le da una ayuda, se pone muy intenso eso”.

Hay violaciones, hay abogados que cobran fortunas, hay expedientes vulnerados, hay decisiones para zafar de la justicia. Hay varones violentos de una u otra manera, imposiciones y engaños. Hay una pregunta intensa sobre la maternidad. ¿Qué está dispuesta a hacer una madre por su hijo? Esa pregunta estructura el vínculo de Roth con el personaje de su hijo Daniel, encarnado por Benjamín Amadeo, el eje de la trama, pero también con Ignacio, el marido, que interpreta Miguel Angel Solá, en la piel de un patriarca proveedor poco dispuesto a preguntarse por la paternidad.

Con el personaje de Yanina Ávila, la pregunta sobre la maternidad es más evidente y dolorosa. Cómo se aloja a un hijo, el deseo, la decisión. Algo didáctico se juega en el proceso judicial, aunque no parecen muy dispuestos a escuchar Sus Señorías. Hay una escena en la que se para en el juicio oral y público y dice lo suyo. Un momento bisagra y desgarrador, que no se develará por respeto a quienes no hayan visto todavía la película. 

–¿Cómo fue hacer esa escena? 

–Es fuerte, es muy fuerte porque te ponés en el lugar de Gladys, te ponés en el personaje y tenés que sacarlo de adentro, es muy fuerte ese papel.

–¿Te parece que a tu personaje le dio más realidad que fueras vos?

–Creo que sí. Y estoy muy orgullosa por mi pueblo y por la provincia ¿no? Y por el papel que hice. Es un personaje… Si te ponés en el lugar de Gladys, te eriza la piel, con eso te digo todo, es muy fuerte.

–¿Crees que tu actuación puede servir para que se entienda a mujeres que pasan por lo mismo que Gladys?

–Para mí que hizo apoyo a muchas personas que están pasando la misma situación que ella. Para que salgan a entender y a buscar, y a ayudar a esas personas, a estas mujeres. Que hay una salida, que siempre hay una salida.

Para Yanina, haber sido Gladys también tiene un sentido colectivo. Siente que la decisión de hablar en determinado momento, después de callar es “una confianza de decirle a ella… Tampoco tenemos que callarnos. El papel de Gladys también es una función para mujeres que a veces tienen problemas, y no hay que taparse la boca ni los oídos sino que salir a pedir auxilio y ayuda porque hay. Y entre más nos unamos, mejor será el futuro”

Maternidades y tesoros

La maternidad no deseada no fue su experiencia, eso lo deja claro más de una vez. Sus dos personajes –Marcela y Gladys—sí se enfrentan a la llegada de hijos que, por distintas razones, no pueden o quieren maternar en ese momento. “Nunca me pasó eso a mí, pero me puse en el lugar de estas mujeres, que a veces están ahí, que pasa, que tienen esta lucha, este sufrimiento que a veces no se desahoga, que tienen adentro, y bueno, uno nunca sabe qué pasa adentro de cada hogar, de cada pared, como las mujeres, la defensa de las mujeres”, responde sobre cómo vivió esas experiencias. 

“Hay que tener más mirada, más proyectos, muchas cosas más para las mujeres, no olvidarnos de nosotras mismas, valorarnos la una a la otra”, aprecia Yanina. Desde su experiencia en el Centro Comunitario considera: “Y algo tan emocionante es saber que hay personas que con tan poca edad, sueñan seguir jugando, seguir divirtiéndose en la niñez y de golpe viene algo tan grande, ser mamá, ahí ves como dice el protagonista de la película Una especie de familia, Marcela no quería recibir a su hijo, pero al final dialogándose y uniéndose la mujer, y hablando, llegan a una conclusión, a un diálogo. A eso es a lo que voy, a defender a las mujeres, no hay que tener miedo a enfrentar al machismo de los hombres, ser unidas”.

Gladys sigue trabajando en el Centro Comunitario de 25 de mayo. Su experiencia con la maternidad es muy distinta a la de sus personajes y lo deja claro más de una vez.

–¿Cómo es tu día a día?

–Soy mamá de dos hijos hermosos, uno tiene 9 años, Kevin, el otro tiene 4, Santiago que protagonizó la película conmigo, y bueno, mi día a día es levantarme sabiendo que tengo que luchar por ellos. Estoy muy emocionada porque me voy con orgullo a trabajar, vengo y les dedico mi día a día a ellos, porque son mis manos, mis pies y mi día a día. Por ellos vivo, por ellos respiro y son mis dos tesoros.

–Fuiste criada por tu mamá, sos a la vez mamá soltera, ¿por qué crees que muchos varones no se hacen cargo de la paternidad?

–Suele pasar, veo muchos casos también acá en el pueblo, trabajo en un Centro Comunitario donde suelen trabajar médicos, especialistas, pediatras. Veo muchas niñas con bebés chiquitos en sus brazos, en su corta edad, ¿no? A lo que voy es a lo que se pierde, a veces va por la niñez, adentro de la casa, por cómo se crían. Va todo el fruto adentro, si vos crías a un niño con amor, sabiendo explicarle lo que es bien y lo que es mal, dialogar a él, sabiéndole enseñar, va a ser una buena persona, el día de mañana, un buen compañero, valorar a su esposa, pero si le creas distinto, es como… ya lleva esa brutalidad en sí mismo. Entonces, no siente el amor a su mujer, sino que en vez de sentir amor, tiene ese odio, esa brutalidad de no valorar a la mujer ni al hijo, porque su hijo… Qué sería más lindo y especial que amar a su hijo, y tenerlo en los brazos, y mirarlo cada día y darle un abrazo y un mimo ¿no?

Yanina Ávila comenzó a trabajar de chica. También cuando refiere a su madre, que las crío sola a ella y su hermana, elije el camino del orgullo. Si hubiera sido varón ¿sería la misma historia? No lo duda. “Sería lo mismo, trabajaría para ayudarla a mi mamá y tener ese apoyo, porque un ejemplo de mi mamá también, que nos crió a nosotras sufriendo, trabajando y sin el respaldo de un hombre”, dice con admiración sobre su madre, que todavía vive con ella y sus hijos. “También fue una madre soltera así que nos crió a nosotras, y bueno, y ahí fui, enseñándome lo que es el bien, valorar y agradecer en todo respeto, y bueno, así me crió mi mamá, y con orgullo empecé de chica, 13, 14 años a trabajar, y no me quejo porque aprendí muchas cosas bien y ahora lo que sé hacer es por aprender y el sudor de mi mamá, por enseñarme bien las cosas”.

A esa historia enlaza haber dicho que Diego (Lerman) y Sebastián (Schindler) fueron “como padres” para ella. “Son como padres porque sentí el abrazo de ellos y me identifiqué como una niña que necesita el abrazo de un padre”, responde.

–¿Alguna vez te imaginaste que podías ser una actriz famosa?

–Nunca, como suelo decir. Nunca tuve experiencia de trabajar así en nada, solo en estudios, en la escuela, pero después, una puerta que se me abrió ahí y sabiendo que eso también iba a fluir muchísimo. Es muy emocionante saber que estuve ahí delante de la cámara, con un guión, sabiendo que un director muy grande como Diego Lerman, y la coach María Laura Berch. Es como tocar la mano con el cielo.

–¿Y pensaste que ibas a trabajar en una segunda película?

–No, nunca se me cruzó en la cabeza de llegar a conocer a Sebastián y que tenía otro proyecto nuevo en mi camino. Pero surgió y ahí le conocí a él y estoy más que agradecida y orgullosa de que me haya confiado el papel, confiado en mí. Estoy muy orgullosa de cómo llegué. Brindamos todo lo que tuvimos que brindar.

–¿Te imaginas recibiendo un nuevo premio por este trabajo, como ya te ocurrió con el Premio Sur por Una Especie de Familia?

–Ojalá que me toque la suerte. Lo haría con gusto, con mucho orgullo también, con todo el elenco, principalmente con todos ellos, en primer lugar el trofeo es para el equipo y después para mí.

Yanina vive en un pueblo de tierra colorada y casas bajas. Sus sueños, esos que las pantallas alimentan pero pocas veces se hacen realidad, están más cerca para ella. Vivir en Buenos Aires, la idea de triunfo hollywoodense a escala nacional. Si sus sueños podrán hacerse realidad es todavía una incógnita. Ella pone lo mejor de ella: su actuación, su talento, su capacidad de encarnar otras vivencias. Mientras tanto, sigue viviendo allá, a 1099 kilómetros de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

–¿Cómo es 25 de mayo?

–Mi pueblo es un poco grande, no es muy grande. No es por lo grande sino la familia que hay adentro. Nos saludamos todos, tenemos un cariño muy grande, nos conocemos. Es un pueblo lindo, muy divertido, que sentís el calor de decir acá me siento cómoda, sabiendo que tengo gente muy especial, compañeros muy especiales, el intendente, el apoyo de él (Mario Linderman), y bueno, sabiendo que me crié acá, y tengo mi raíz acá y acá me quedaré, en este pueblo, sabiendo que tengo mi familia. Sí tengo proyectos, pero nunca me olvidaré de dónde crecí, de dónde me levanté.

–¿Está revolucionado 25 de mayo con tu fama?

–Se movió mucho. Y bueno… hay personas que nunca pensé que llegarían a mi casa y hoy llegan a compartir un mate, ahí ya ves, y felicitarme por lo que hice, que me ven en Netflix, una pantalla tan grande y tan famosa y que yo llegué ahí.

Justamente, conocer a Cecilia Roth, Miguel Angel Solá y todo el elenco fue parte de la experiencia de Yanina. “La conocía por la tele. Una emoción, cuando la vi a ella y a todos los compañeros con los que trabajé en el elenco. Es como caerme de espalda de tanta emoción, cuando vi. Son personas muy importantes”, rememora Yanina aquel momento. “Fue una relación de igual a igual, no había diferencias si estaba con ellos que eran famosos, y yo recién empiezo, era como madre e hija, y me daba mucho apoyo. ‘Mucho talento’, me decía, y me hablaba mucho, confiaba en mí. Sentí mucho apoyo de todos también, y mucho cariño recibí de ella, era como tener a mi mamá ahí”, sigue el relato. Se siguen comunicando con su compañera. “Es un orgullo para mí tenerla a ella”, dice sobre la actriz a la que su hijo Santiago le dice “tía”. “La reconoció al toque”, en la película, cuenta Yanina.

¿Cómo fue para Santiago la experiencia de protagonizar una película con su mamá, y después volver a su vida? “Para él fue un sueño, viajar en un avión, conocer un avión, sentarse, bajar, y después estar en un lugar tan grande como Buenos Aires y encontrarse con personas tan cariñosas como María y Vicky, que son las niñeras de él, allá, las que le enseñaban. Muy lindo, porque fue a conocerse con Cecilia Roth y se armó un cariño y él jugó a la película con la tía Cecilia”.

–¿Soñás con ir a vivir a Buenos Aires?

–Sí, proyecto… Ojalá que un día siga en pie y que mi futuro sea allá. Eso es lo que más quiero, crecer en esto y seguir adelante, formarme en algo que me gusta. Ojalá que vengan proyectos nuevos, si hay oportunidad para hacer otras, con gusto lo haría. Si hay otras cuanto antes, sería buenísimo, genial para mí.

–Se publicó que no te habían pagado la participación en la película. ¿Fue así?

–No, no, gracias a dios cobré. Pagaron junto con mi hijo, me pagaron su parte, la mía. Estoy muy agradecida. Está todo bien, y más que bien, no hay nada más para explicar en este tema.

–Tampoco tenés teléfono…

–Yo tenía un celular, pero por cosas de mi trabajo, se me rompió, se resbaló, quedé sin celular, pero no fue tantas cosas como dijeron.

–¿Qué otros papeles te gustaría hacer?

–Mi sueño es seguir esta carrera, mi sueño es seguir conociendo muchos proyectos nuevos, mucha gente, muchos directores. Ese es mi sueño, seguir haciendo esta carrera, lo importante es que llegue a los brazos de personas que tengan confianza en mí, y lo haría, no elijo el papel, lo importante es estar ahí y brindarme a lo que sé, a lo que tengo el don. 



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Netflix hará una miniserie sobre Ayrton Senna | Mostrará la vida y las intimidades del tres veces campeón de Fórmula Uno



Nextflix realizará una miniserie sobre Ayrton Senna que contará por primera vez la vida y las intimidades del ídolo brasileño y tres veces campeón de Fórmula Uno. Estará en línea en la plataforma de streaming en 2022, según anunciaron sus productores y la familia del piloto.

La serie tendrá ocho episodios y será realizada conjuntamente con la productora brasileña Gullane. Sus realizadores adelantaron que la historia se centrará en el ser humano detrás del piloto, dando énfasis a su personalidad, las relaciones familiares y los dramas que le acompañaron durante su vida y su carrera.

“Es muy especial poder anunciar que contaremos la historia que pocos conocen de él. La familia Senna se compromete a hacer de este proyecto algo totalmente único y sin precedentes. Y nadie mejor que Netflix, que tiene un alcance global, para ser nuestro socio en este proyecto”, señaló Viviane Senna, la hermana de Ayrton.

La familia Senna tiene una participación activa en la realización de la serie y permitió el acceso de actores y cámaras a la casa donde creció el piloto en Sao Paulo.

La historia comenzará con los inicios de la carrera automovilística de Senna, cuando el piloto se mudó a Inglaterra para competir en la Fórmula Ford 1600.

La miniserie será grabada en inglés y en portugués y contará toda la trayectoria del piloto, incluyendo sus superaciones y los desencuentros que tuvo que enfrentar durante su carrera hasta el momento del trágico accidente que le quitó la vida en el circuito de Imola (Italia) durante el Gran Premio de San Marino en 1994.

Senna nació el 12 de marzo de 1960 en Sao Paulo y murió con apenas 34 años tras perder el control de su automóvil a 300 kilómetros por hora y estrellarse contra el muro de la curva Tamburello cuando completaba la séptima vuelta.

Su muerte causó una conmoción nacional en Brasil, país en el que era uno de los máximos ídolos deportivos y al que dejó huérfano, ya que desde su muerte ningún brasileño ha vuelto a levantar un campeonato mundial en la máxima categoría del automovilismo. La despedida que le dieron los brasileños en San Pablo fue multitudinaria.

Como piloto de las escuderías Toleman, Lotus, McLaren y Williams entre 1984 y 1994, el brasileño ganó los títulos de las temporadas de Fórmula Uno en 1988, 1990 y 1991 y fue subcampeón en 1989 y 1993.

En sus once años en la máxima categoría del automovilismo, sumó 41 victorias, 80 podios y 65 primeros lugares en la parrilla en tan solo 162 clasificaciones.

Más de 26 años después de su muerte, Senna sigue siendo un icono para muchos aficionados de la Fórmula Uno, un deporte que marcó por su carisma y su extraordinaria personalidad.



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Netflix tuvo que retractarse | Por la campaña promocional del film francés “Mignonnes”



Netflix corrigió la promoción global del largometraje Mignonnes debido a las acusaciones de sexualización infantil que inundaron las redes sociales en las últimas horas. “Lamentamos profundamente el diseño inapropiado usado por Guapis (N del R: tal su título en países de habla hispana). No está bien, tampoco era representativo de la película francesa que se estrenó en Sundance. Hemos actualizado las imágenes y la descripción”, aseguró la plataforma de streaming en un comunicado. La mecha se encendió el miércoles cuando desde su cuenta de Twitter circuló la siguiente sinopsis: “Amy, de once años, queda fascinada con un grupo de baile de twerking. Con la esperanza de unirse a ellas, empieza a explorar su feminidad desafiando las tradiciones de su familia”. El póster que acompañaba esas palabras mostraba a cuatro niñas con ropa ceñida y en las poses características de ese baile. El nuevo mensaje morigera el tono inicial: “Amy, de once años, intenta escapar de la disfuncionalidad de su familia entrando a un grupo de baile con mucho espíritu libre: las Guapis, integrado por chicas que empiezan a afirmar su autoestima a través de la danza”. La imagen también es otra y ciertamente más inocente. Ya no hay flashes ni contorneos en el cuerpo. Se ve al grupo de amigas, felices y a los saltos, recorriendo una calle parisina.

No es la primera vez que la N roja se enfrenta a este tipo de peticiones y polémicas en las redes sociales. Hacia junio, el arribo a la plataforma de 365 días levantó una discusión similar por la naturalización de la violencia contra las mujeres, la cultura de la violación y la misoginia implícitas en el largometraje polaco. Claramente, en esta ocasión los hashtags #NetflixPedofilia #CutiesNetflix tuvieron un efecto inmediato. Se llegó, incluso, a pedir la “cancelación” para su directora Maïmouna Doucouré y boicotear el largometraje. Una petición en change.org, que orilla las 230 mil firmas en menos de 72 horas, exige que la plataforma no lleve a cabo su estreno (dispuesto para el próximo 9 de septiembre). En tanto, la realizadora decidió darse de baja de su cuenta de Twitter (@My_moon_a) por la escalada y los ataques en las redes. Encendida la polémica, comenzó el debate sobre si se trató de una promoción que tergiversaba el mensaje de la película o si existen elementos de sexualización infantil en el debut cinematográfico de la cineasta, que exhibió su film en febrero pasado en el marco de la sección Generation de la Berlinale, dedicada a público infantil y juvenil.

La gráfica cuestionada y retirada. 

El tráiler de Mignonnes muestra algunos matices a los que evidenciaba la campaña original de Netflix. Allí se ve a una niña (Fathia Youssouf) que decide romper con los mandamientos religiosos de su familia a través del baile y un nuevo grupo de amigas. El título refiere al modo en el que ellas mismas se denominan. A su vez se percibe el contraste entre los valores tradicionales que representa la madre musulmana de Amy, la cultura digital, el arribo de la adolescencia y la discusión sobre la libertad en el propio cuerpo. 

“Este es un retrato intransigente de una niña de 11 años sumergida en un mundo que le impone una serie de dictados. Era muy importante no juzgar a estas chicas, pero sobre todo entenderlas, escucharlas, darles una voz, tener en cuenta la complejidad de lo que están viviendo en la sociedad y todo eso en paralelo a su infancia que siempre está ahí, su imaginario, su inocencia”, dijo la directora al portal Cineuropa. De ascendencia senegalesa, Doucouré obtuvo el aval de los premios en festivales (a la mejor dirección en Sundance, mención del jurado en Berlín) y contó con la venia de la crítica en general. 

A contramano de los cuestionamientos, la realizadora cree que su opera prima lidia con las problemáticas de la sexualización infantil exponiéndolas en la pantalla. “Hoy en día, cuanto más sexy y objetivada es una mujer, más valor tiene a los ojos de las redes sociales. Y cuando tenés 11 años, no comprendés realmente todos estos mecanismos, pero tendés a imitar, a hacer lo mismo que los demás para obtener un resultado similar. Creo que es urgente que hablemos de ello, que se debata el tema”, señaló.



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No te dije adiós | Los duelos en la pandemia



La situación en este país se hace más grave y más siniestra –por los usos políticos de los efectos del virus–, y el descontrol asoma por la posición bolsonarista que, incluso frente al abismo al que llevó a Brasil el desquiciado, prende. Eso habilita algunas preguntas. ¿Cómo ha sido contada esta pandemia? ¿Cómo nos sigue siendo relatada? ¿Qué duda cabe de que los fenómenos sociales que se elaboran como respuesta a esta catástrofe tiene directa relación con aquello a lo que cada sector cree que le contesta?

Vi un video que deben haber visto muchos: muchos corredores trotando a paso lento frente al Hospital Zubizarreta, donde estaban estacionadas las ambulancias de las que bajaban camillas con personas con mascarillas puestas. Si correr está permitido y si tanta gente está segura de que las posibilidades de contagio disminuyen al aire libre, bueno, que corran. Pero, ¿por qué pasar haciéndolo frente a la puerta de un hospital en el que otra gente, creyera lo que creyera, ha caído gravemente frente al virus devaluado por la ultraderecha?

¿Qué desconexión hay ahí? ¿Qué lazo es el que se ha roto para que lo que se reivindica como un acto libre, correr, se lleve a cabo en la vereda de enfrente a quienes han perdido su derecho a la salud y quizá pierdan la libertad de estar vivos? ¿Qué expresa esa carencia de la mínima delicadeza, que era desviarse una cuadra? ¿Qué exhibía esa escena que en su capa más exterior provocaba repulsión?

Los de las camillas no eran robots. Eran personas. Los casi 5000 argentinos que han muerto no eran diferentes a nadie. No eran K. Eran hombres y mujeres y no todos eran viejos, que ahora parece que es una etapa de la vida que la ultraderecha pretende expropiarnos. Han muerto muchos miembros del personal sanitario. En todo el país. Médicos y médicas. Enfermeros y enfermeras. Camilleros, personal de limpieza. ¿Conocen la historia de alguno? ¿Han llorado al leer los testimonios de sus familiares, que no pudieron despedirlos? ¿Han escuchado cómo tiembla la voz que los recuerda, cuando recuerda que han muerto solos? ¿Cuánto se ha reflexionado sobre la muerte en soledad? ¿Qué sabemos de esos duelos? ¿Sabemos cómo son sus entierros? ¿Cómo deciden las familias quién va? ¿Y a los que les avisan que ya los han enterrado? ¿Cómo quedan?

¿Cómo quedan esos seres queridos a los que nadie les informa cuándo, cómo y dónde yace ese padre o hermano o abuelo al que tampoco acompañaron cuando la ambulancia se los llevó de sus casas? Lo escuché esta semana, en una voz española: “Quedamos… como si hubiera desaparecido de pronto, como si la tierra se lo hubiese tragado”.

Hay una película de 50 minutos, realizada por la televisión española, que se llama No te dije adiós, y es un homenaje a las más de 27.000 víctimas de la pandemia. Es dura, es difícil llegar hasta el final. Los separadores son figuras de personas caminando por la calle que de pronto se vacían y quedan solo sus siluetas. Como si hubiesen desaparecido. No es fácil ni es entretenido escuchar esas voces, ver esas fotos. Son puro desgarro, puro dolor. Nuestras sociedades no están preparadas para eso. Somos seres angustiados y neuróticos que hemos sido adiestrados por la cultura de masas para inclinarnos siempre hacia lo ligero, lo líquido, lo fantasioso. Y es entendible que uno llegue a la hora de irse a la cama con ganas de distraerse. Pero es que esto no se trata de una serie de Netflix que uno elige o no elige. Esto es la realidad.

Y esto duele, esto cuesta, esto nos ha puesto frente a una disyuntiva, que es si nos asomamos al dolor o lo evadimos. Cada uno sabrá cómo se lleva con el dolor, pero no hay nadie que tenga seguro contra el dolor. Y si ama, menos que menos. El límite de dolor que se escucha en ese homenaje a las víctimas españolas quizá obligue a parar por la mitad. Pero hay una dimensión ética mínima, que es responder a la realidad, y no a los espejismos, que obliga a participar de ese homenaje, como muchos participaron esta semana en la despedida a una neonatóloga del hospital Rivadavia, Laura Stanga, o del del Jefe de Enfermería del Hospital Evita, de Lanús, Sergio Rey, o los que lloraron a Martín Arjona, enfermero del Hospital Posadas.

Nos ha faltado ese relato de la realidad. Vemos todos los días contagiados saludables que a las dos semanas vuelven a escena y relatan sus jaquecas o su falta de gusto. Eso es todo. A los miles que han muerto y a las decenas de miles que los lloran les debemos saber esas historias. Nos lo debemos a nosotros mismos. Duele, pero nos ha tocado algo que duele, y no podemos ser tan pendejos como para no a acompañar en su sentimiento a tantos compatriotas.

Eso es un pueblo. Un colectivo inmenso que conserva, más allá de variadísimas diferencias, el respeto por la pérdida del otro. Por el dolor ajeno. En todas las culturas, en todos los tiempos, los muertos y su destino y tratamiento han representado la concepción de la vida. Los ritos funerarios cuentan más que lo que se supone que les interesa a los arqueólogos o los antropólogos. También lo que cuentan les interesa a los sociólogos. Cada pueblo, desde el principio de la historia, elaboró su estrategia frente al dolor y la pérdida. La nuestra, la sociedad del capitalismo extraviado, es indiferente nada menos que a la muerte, porque es la vida lo que le es indiferente.

 

Hay historias que deben ser relatadas y deben ser leídas no para entretenerse. Tanto en la génesis de ese relato como en su visión o lectura, hay un deber. Lo que vemos hoy es gente que no quiere ser alcanzada por ese tipo de miedo ni rozada por ese tipo de dolor. Este sistema generador de odio y de crueldad se sanitiza con indiferencia. No hemos sido capaces de ser quienes generaran el corpus del dolor de esta epóca, indudable, tan hondo que casi nos cuesta hablar de eso. Enfrente tenemos gente que dice que es todo mentira. Las voces que deberían confrontarlos con la verdad no son las nuestras. Son la memoria de los que se murieron, y las de los familiares dolientes a los que nadie les presta atención.     



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