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Fucik, la reivindicación de la militancia | Periodista, asesinado por el nazismo, autor de “Reportaje al pie del Patíbulo”



“En el campo de concentración de Ravensbruck, mis compañeros de prisión me comunicaron que mi marido, Julius Fucik, había sido condenado a muerte el 25 de agosto de 1943 por el tribunal nazi de Berlín”, comienza su introducción a Reportaje al pie del patíbulo Gusta Fucikova, su esposa, que sobrevivió y fue liberada. Apenas volvió a Praga, Gusta comenzó a rastrear datos de lo que había sucedido con su marido, con quien había sido detenida en l942, poco después de la ocupación de Checoslovaquia. Ambos eran periodistas, escritores y comunistas. Fueron llevados a la prisión de Pankrac, dependiente de la Gestapo. Durante unos meses, se supieron bajo el mismo techo, pero perdieron contacto. Nunca se volvieron a ver.

Al principio, el hecho de saber que Gusta estaba allí, hacía a Fucik cantar todas las noches. La militancia partisana, habría de narrar ella luego, los había separado muchas veces. Eso los había vuelto “eternos amantes”. “En la celda 267 se canta”, había escrito Fucik en una de las hojas que, luego reunidas, armaron su libro Reportaje al pie del patíbulo. Fucik fue descripto como un hombre icónico del renacimiento checo. Dijo el crítico Ladislav Stoll: “Nunca jugaba el papel de un espíritu encerrado en sí mismo: estaba pletórico de alegría, de vitalidad. Amaba la vida como un niño, despreciaba la muerte como un hombre. Amaba a sus amigos y sus amigos eran todos aquellos que como él amaban al pueblo y a los hombres”.

Poco después del traslado de Gusta al campo polaco, cuando comenzaba a roer la soledad y la tortura a la que era sometido diariamente, Fucik recibió del guardia nazi que todos los días visitaba su celda, una hoja de papel que sacó de adentro de la solapa de su uniforme. Activista entrenado, el escritor sospechó. No hizo preguntas. Temía una trampa. Unos días después el guardia volvió a dejarle otra hoja. “Me dijeron que mañana seré fusilado“, tanteó Fucik. “¿Y está impresionado?”, le preguntó el guardia. “No, contaba con eso”, fue la respuesta. “Es posible que lo hagan. Si no mañana, otro día”, le dijo el guardia. “Por si acaso, por si usted quiere dejar un recado para alquien… No para ahora, ¿me comprende? Para el futuro”. El guardia nazi le extendió otra hoja y un lápiz. Fucik confirmó otra de sus sospechas: podía tratarse de un camarada. Luego llegó a saber también su nombre: era Adolf Kolinsky, un joven comunista checo que se había hecho pasar por alemán para infiltrarse en la cárcel de la Gestapo, recoger información y hacer lo que se pudiera para aliviar a los prisioneros. En el caso de Fucik, el alivio llegó con el papel y el lápiz.

Las hojas iban llegando despacio a lo largo del año en el que Fucik estuvo detenido en Pankrac, antes de ser trasladado a Berlín para un falso juicio. Con letra rápida, en líneas apretadas, Fucik pasó el tiempo reponiéndose de las heridas de la tortura y escribiendo cada noche en cada centímetro disponible (“¿Qué vendrá primero, la muerte del fascismo o mi propia muerte?” “He pensado siempre en lo triste que resulta ser el último soldado herido en el corazón por la última bala y en el último segundo. Pero alguien tiene que ser el último. Si supiera que puedo ser yo, querría serlo, aún ahora”). Stalingrado ya había sido recuperada por los rusos, de modo que era pertinente la pregunta. Pero fue en ese último estertor nazi que se decidió su juicio sumario en Berlín, el 25 de agosto.

Mientras tanto, él no había parado de escribir. Las hojas manuscritas y escritas casi sin luz eran sacadas de la cárcel por Kolinsky y desparramadas por diferentes casas de la resistencia de Praga, “para el futuro”, como habían convenido. Fucik, que esperaba morir en la horca, finalmente fue condenado al hacha y fue decapitado después de haber asumido en el juicio su identidad comunista y de ponerse a cantar La Internacional. Fue hacia su muerte el 8 de septiembre de l943, cantando, y cuando su cabeza rodó, otros prisioneros cantaron por él.

Cuando poco después Gusta fue liberada y comenzó a intentar reconstruir qué había pasado con Julius, rápidamente encontró a Kolinsky y con su ayuda fue recibiendo de decenas de distintas direcciones, las hojas en las que él había dejado una obra, cuyo génesis la hace una obra colectiva. No eran notas aisladas, sino una narrativa vibrante y sangrante que reflejaba su perspectiva, el clima de la cárcel, las reflexiones políticas que le sobrevinieron en el último y terrible año de su vida, que terminó a los 40 años. Gusta las reunió -eran 167 en total – y las editó, y poco después fue conocida la primera versión de Reportaje al pie del patíbulo, traducido luego a más de treinta idiomas y un clásico del siglo XX que Fucik dejó “para el futuro”, que es hoy.

Hace 60 años, en muchos países, es el 8 de septiembre el Día del Periodista, para recordar el ejercicio de testimonio al que Fucik no renunció aún en circunstancias en las que ya no le quedaban fuerzas después del ensañamiento de la tortura. La maquinaria mediática posterior ha suprimido o demonizado la figura del periodista militante, asociándolo con la distorsión de la verdad, cuando no sólo Fucik sino muchos otros, como los periodistas desaparecidos en la Argentina, como Rodolfo Walsh, dijeron la verdad cuando todos los demás callaban.

La página más visitada de su libro es la que resume ese espíritu vital, obstinado en el deber de la lucha, en la entrega y en el ánimo combatiente que requirieron esos tiempos horribles: “Y lo repito una vez más: he vivido por la alegría. Por la alegría he ido al combate y por la alegría muero. Que la tristeza no sea nunca unida a mi nombre”.

En tiempos de vorágines de odio, como aquellos, vale además su final, su manifiesto, su decisión indeclinable: “También mi juego se aproxima a su fin. No puedo describirlo. No lo conozco. Ya no es un juego. Es la vida. Y en la vida no hay espectadores. El telón se levanta. Hombres: yo los amé. ¡Estén alertas!”



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Czeslawa Kwoka / La historia de las fotos de Auschwitz



Colorear a veces hace revivir. No siempre, pero cuando se trata de imágenes que sólo habían sido vistas en blanco y negro, muchas de ellas rápido, sin detenerse en los detalles por lo insoportable de lo que se veía, poner color es acercar el foco, descubrir el brillo en la mirada, inclinar al que mira la foto hacia quien está fotografiado. En algunos casos, como en éste, es revivir el asesinato, la eliminación masiva y los grados de crueldad insondables que el blanco y negro va destiñendo. Casi todo el imaginario en blanco y negro que el mundo tiene sobre lo que sucedió en Auschwitz lo produjo un prisionero, Wilhelm Brasse, nacido en la Polonia ocupada. Fue capturado muy joven, cuando era ayudante de fotografía en un local de su pueblo, Zywiec, y como hablaba alemán le ofrecieron unirse a los nazis. Se negó y fue enviado al entonces flamante centro de concentración de Auschwitz-Birkenau, en 1940. Ya colgaba en sus portones de hierro la leyenda “El trabajo hace libre”.

El primer jefe del centro era Maximilian Grabner, que en 1947 fue condenado a morir en la horca por más de 25.000 asesinatos, entre más del millón y medio que tuvieron lugar allí, entre ellos los de 230.000 menores de doce años. En el 40, había allí judíos, homosexuales, gitanos y “presos políticos”, que eran todos los miembros de la familia de cualquier comunista, o gente “suelta” que era levantada en el camino. Pronto llegó Mengele y comenzó con sus experimentos. Los nazis tenían la obsesión de documentar todo, porque estaban convencidos de que matarían a todos los necesarios para imponer su supremacía. Grabner mandó a averiguar si algún prisionero era fotógrafo, y encontraron a Basse. Le confiaron la tarea de fotografiar de frente y de ambos perfiles a todos los prisioneros, y de registrar los experimentos de Mengele.

Brasse trabajó en silencio y en medio de una profunda perturbación íntima durante cinco años. Hizo alrededor de 50.000 fotografías que hoy forman parte estructural del Museo de Auschwitz. Tuvo un trato ligeramente preferencial: cuando no fotografiaba los cuerpos que iban esqueletizándose, lo mandaban a la cocina a trabajar como ayudante. Luego de la liberación de Auschwitz por las tropas rusas, él y los sobrevivientes fueron trasladados unas semanas a otro campo para atenderlos, mientras el mundo asistía a uno de los hallazgos de deshumanización más feroces de la historia humana. Los negativos habían quedado en Auschwitz pero fueron recuperados en su totalidad.

Cuando por fin salió a la vida otra vez, y hasta sus 92 años, cuando murió, Brasse nunca volvió a sacar una foto. Fue llamado “el fotógrafo de Auschwitz” siempre: el trauma de haber visto y registrar lo acompañó como una niebla interna durante toda su vida.

Pero una de las fotos que había tomado cuando era prisionero, la de una niña de 14 años, Czeslawa Kwoka, viajó en el tiempo y un día de hace algunos pocos años aterrizó en la mesa de trabajo de la fotógrafa y colorista brasileña Anna Amaral. El proceso del color sobre la foto de la niña que poco después de ser retratada fue asesinada con una inyección de fenol en el corazón por un oficial nazi, produce el efecto de un nuevo acercamiento a esa tragedia.

Czeslawa, católica, vivía en una pequeña casa con su madre, Katarzyna Kwoka, y las dos habían sido cazadas en el camino. Llegaron a Auschwitz en 1942. A la madre la mataron a los dos meses. La foto de la niña fue tomada un año después, poco antes de su ejecución. Estaba sola y sabía que no tenía oportunidad de salvación. Ya no tenía nombre. Era el número 26.947.

Antes de la foto, mientras esperaba en la fila de prisioneros, un soldado pasó a su lado y le rompió el labio. La niña lloró pero la llamaron para posar. Brasse recordó varias veces el gesto de Czeslawa: se limpió con el puño la sangre de la boca antes de pararse frente a la cámara. Ya en blanco y negro estaba toda esa oscuridad en su mirada. Pero el color que le agregó Anna Amaral la acerca en el tiempo, acerca el foco a ese abismo de miedo y desconcierto. La niña no hablaba alemán y desde que la habían secuestrado y trasladado no sabía por qué lo hacían ni qué le decían.

Cuando llegaron los juicios, años después, Brasse, que nunca olvidó ese rostro infantil espantado, testimonió contra el oficial que la asesinó. En materia de nazismo, el blanco y negro queda lejos, está impregnado en esas fotos que hemos visto en documentales o en libros sobre el Holocausto. La cara de esa niña de 14 años, con el labio roto y a punto de ser asesinada vuelve desde el pasado para decirnos que a la ultraderecha hay que detenerla siempre, porque diga lo que diga y aunque no lo confiese más que a veces, piensa, bajo cualquier forma que adopte, que la muerte del enemigo es la solución.

Hace dos años, cuando se cumplieron 75 años del asesinato de Czeslawa Kwoka, el Museo de Auschwitz la homenajeó con la difusión de su foto de prontuario coloreada por Amaral. Ahí están sus ojos, sus ojeras, sus moretones en la cara, su traje a rayas, su cabeza pelada, su orfandad y su muerte inminente, que se huele, densa, gaseosa, en la foto. Podemos imaginarla como una niña de 14 años parecida a cualquiera de las que conocemos. El color viene a decirnos que el mal nunca está tan lejos como para creerlo en el pasado.



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75° aniversario de la liberación de Auschwitz: tres libros para no olvidar el espanto

75° aniversario de la liberación de Auschwitz: tres libros para no olvidar el espanto

El 27 de enero se conmemora la entrada del ejercito ruso en el mayor campo de exterminio del régimen nazi que dejó al descubierto el horror. Un paquete de lecturas recomendables para conocer más y mantener activa la memoria de las víctimas.

26 de Enero de 2020

Se cumple mañana el 75° aniversario de la liberación de Auschwitz, el
campo de exterminio nazi en la Polonia ocupada, y su conmemoración
tendrá lugar en uno de los escenarios políticos más complejos desde que
el avance del ejército ruso obligó a su par alemán a abandonar el lugar,
dejando el horror al descubierto. Hoy hace rato que las noticias hablan
del renacimiento de movimientos de extrema derecha en Europa, incluida
Alemania. Los mismos tienen como principal blanco de su furia a los
flujos migratorios provenientes de África y Medio Oriente, pero también
revelan que el antisemitismo nunca desapareció.

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HACE 75 AÑOS LOS NAZIS INICIABAN LA SOLUCIÓN FINAL

El 9 de octubre
pasado un joven militante de ultraderecha intentó ingresar armado a una
sinagoga en la ciudad de Halle, Alemania, durante la celebración del Yom
Kippur. Al no conseguirlo mató a tiros a una mujer que pasaba por ahí, a
un joven obrero que se encontraba en un local de comida turca e hirió a
otras dos personas mientras huía. Lo transmitió todo en vivo. Durante
los primeros días de 2020 un hombre apareció disfrazado de Adolf Hitler
en una convención de motoqueros al este de ese país. En el video que
tomó uno de los presentes se ve a la gente sacándole fotos y celebrando
su aparición como si se tratara de una gracia, entre ellos un policía
que se encontraba custodiando el evento. Sus superiores evalúan
sancionarlo por no intervenir, ya que en Alemania está prohibido el uso o
exhibición de simbología vinculada al nazismo. Sin ir más lejos, esta
semana el ministro del interior germano Horst Seehofer anunció la
prohibición de Combat 18, grupo extremista acusado de promover el
antisemitismo. Los números en el nombre de la agrupación corresponden al
orden que tienen dentro del alfabeto las letras A y H, iniciales del
líder nazi. Un presente desalentador.

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EL DIARIO DE INSTAGRAM DE UNA NIÑA VÍCTIMA DEL HOLOCAUSTO

El campo de exterminio de
Auschwitz fue el más grande los que instaló el régimen nazi y el gran
símbolo de su plan sistemático de exterminio, el centro de la llamada
Solución Final. Solo ahí murieron asesinadas más de un millón de
personas. Ese fue el lugar elegido por Joseph Mengele para instalar su
laboratorio, en el que utilizó sobre todo a mujeres y niños de origen
judío o gitano para realizar experimentos genéticos atroces con el
objetivo de “mejorar la raza”. El nefasto médico tenía especial interés
en trabajar con mellizos, enanos y personas con otros defectos físicos,
sobre cuyos cuerpos realizaba pruebas sin utilizar ningún tipo de
anestesia. Debido a esa crueldad sus víctimas lo bautizaron El Ángel de
la Muerte. Mengele escapó de Auschwitz diez días antes de su liberación y
se perdió en América del Sur hasta su muerte, ocurrida en Brasil en
1979. En su camino pasó por Uruguay, Paraguay y también por la
Argentina. El escritor francés Oliver Guez reconstruyó ese itinerario en
su novela La desaparición de Joseph Mengele (Tusquets). El autor
trabaja el relato a partir de un narrador en tercera persona pero
cercano al protagonista, recurriendo de manera constante a fragmentos en
primera persona que remiten a los diarios personales criminal.

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UN CRIMINAL NAZI DESPUÉS DE AUSCHWITZ

Serge
y Beate Klarsfeld se conocieron en París en 1963. Ella era alemana e
hija de un ex soldado de la Wehrmacht, nombre del ejército alemán
durante el nazismo. Él, de origen rumano y judío, fue criado en Francia
desde que su familia se mudó ahí a comienzos de la Segunda Guerra
Mundial. En 1943 su padre fue deportado a Auschwitz, donde murió. El
matrimonio Klarsfeld fue pionero en la tarea de investigar los crímenes
del régimen liderado por Hitler y rastrear a sus responsables ocultos.
Así llegaron a convertirse en los “cazadores de nazis” más famosos.
Gracias a su trabajo fue denunciado y enjuiciado, entre otros, un
personaje infame como Klaus Barbie, conocido como El Carnicero de Lyon, a
quien encontraron escondido en Bolivia, donde fue protegido por varios
gobiernos de facto, hasta su detención en 1983. El año pasado Beate
Klarsfeld pasó por Buenos Aires para presentar el volumen de sus Memorias (Libros del Zorzal / Edhasa), en el que junto a su marido recorren su intenso y valioso legado.

En su libro Querido país de mi infancia
(Libros del Zorzal)
, la francesa Hélène Gutkowski reconstruye los
desgarradores relatos de niños judíos que sobrevivieron al nazismo
viviendo clandestinamente, ocultos en el seno de familias católicas.
Gutkowski reside en nuestro país desde 1961. Acá se recibió de socióloga
y ayudó a fundar la Asociación Generaciones de la Shoá en Argentina. Su
obra expone una llaga abierta que ayuda a no olvidar que hay horrores
que no deben volver a ocurrir.

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