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Mientras sus libros se agotan, ya está en marcha un gran libro-homenaje a Quino

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Cuatro Mafaldas, millones de Mafaldas

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Lo urgente y lo importante



Cuarenteñeres:

Quizá sea el momento para una reflexión (y unas cien flexiones). Empieza octubre, mes especialísimo, desde lo personal, y, hay que decirlo, desde la historia que compartimos los argentinos.

Octubre es el del 17 del ’45, es el del 27 de 2010, es el del 27 también, pero del 2019 (y el triunfazo de Alberto, Cristina, Axel, y -permítome opinar- la Argentina toda). El 12 de octubre de 1973, asumía su tercera presidencia el general Perón, cuyo cumpleaños es el 8 de octubre. El 12 de octubre de 1916 asumía Hipólito Yrigoyen, la democracia real debutaba en nuestra historia. El 9 de octubre de 1967 era asesinado el Che Guevara en Bolivia. Y un hecho de la Historia mundial, pero que nos marcó a todes: el 24 de octubre de 1917, la revolución soviética. Sí, ya sé que fue el 7 de noviembre, pero resulta que allá se basaban en otro calendario, 15 días atrasado (modificado luego de la Revolución), por lo cual, en noviembre (de acá) se hizo la revolución de octubre (de allá).

Una canción de mi adolescencia, “Octubre, mes de cambios”, de Roque Narvaja, decía: “Y es octubre quien manda en la calle,/ son los cambios que deben llegar”. Obviamente, se refería a cambios revolucionarios, progresistas; si quieren populistas. Eran cambios, no “sustituciones”, como se atreven, entre copa y copa, o entre pastillita y pastillita, a sugerir algunes miembres de “Juntos por el Caos”, los Campeones de la Injusticia, archivillanos.

¡Y qué bueno que haya empezado octubre! Porque septiembre se fue mal. Se fue con Quino, que nos dejó, eso sí, tanto. Tanto para pensar, tanto para reír.

Duros, estos tiempos de idas. Demasiadas personas se están volviendo queridos recuerdos. Quino, Marcos Mundstock, Jorge Schussheim, Tom Lupo, Fontova.

Todo eso eran los fines de los ’60, inicios de los ’70. En mi vida, un trecho clave en el que todo eso era lo cotidiano.

Y no hablo de épocas. Porque -discúlpeme, lectore-, quizás esto no sea políticamente correcto, pero no creo en las “épocas” y muuucho menos en los “fenómenos epocales”, palabra esta última de difícil digestión para mi pobre intestino lingüístico.

No creo en las épocas, porque me parece una falacia estadística para volver “universal” lo que en verdad les pasa a algunes poques. Hablar de época sería, a mi modo de ver, como “marcar agenda”, decidir qué es, o era, lo importante de uno u otro momento de la Historia.

Y, para mí, eso es una truchada. ¿Por qué? A ver, por ejemplo: mientras algunas personas luchan por conseguir un derecho, otras ese derecho ya lo tienen, otras no lo tienen pero tampoco les importa, otras están preocupadas por conseguir otro derecho, otras se movilizan para no perder otro derecho, otras hacen todo lo posible para que quienes tienen un derecho dejen de tenerlo o por conseguir otra cosa.

Entonces, ¿cuál de todos estos grupos de personas definirían “la época”? ¿Sería una época de lucha? ¿De desinterés? ¿De derrotas? ¿De utopías? Y… depende para quiénes.

Alguien podría decir: “Bueno, también es posible que todos esos grupos coincidan, ya no en el mismo país, ciudad o barrio, sino en el mismo edificio”. De hecho, puede ser que en un mismo piso, el departamento A esté viviendo una tragedia y el B una celebración, que en el C haya una ruptura y en el D un gran encuentro, que los del E celebren que estamos viviendo con un gobierno nacional y popular y los del F traten infructuosamente de conseguir pasajes para volver de Valenzuela, país en el que no están. Y que algunos vecinos se interesen por “el otro” y otres sean profundamente egoístas.

Pero volvamos a Quino. Y a su Mafalda, publicada entre 1964 y 1973. El mismo autor se sorprendió, hace unos años, de la permanencia de su personaje. No entendía por qué la gente lo sigue leyendo. La respuesta es casi obvia: porque sigue vigente.

Sigue habiendo Mafaldas que preguntan y Susanitas con cacerola, Manolitos que apuestan al negocio antes que a la vida, Libertades que esperan que termine la pandemia para llenar la plaza, Felipes en el diván, Miguelitos a los que “su” dedo les importa más que un edificio, y Guilles que, cuando hace calor, preguntan “¿Es pod el gobiedno, verdad?” -aunque la respuesta de Mafalda: “Es muy chico, todavía no aprendió a repartir culpas” no se pueda aplicar a quienes hoy portan ya varias décadas, como la tira de Quino-.

Sigue existiendo “el palito de abollar ideologías”, y uno puede salir del supermercado gritando “¡Sunescán, daluna, buso!”. Quizás Sartre haya escrito “el último pollo que comimos”, y ante las ofertas, ya no del almacén, pero sí de algunos bancos o empresas que nos llaman por teléfono para vendernos… nada, pero caro, y en cuotas, solamente podamos decir “grapcias”.

Y por supuesto, el neoliberalismo sabe muy bien, y lo usó todos los días, cómo decidir qué es lo urgente, para que no podamos meternos, de una vez por todas, con lo importante.

Sugiero acompañar esta nota con el video “redes y algoritmos” compuesto por RS Positivo (Rudy-Sanz). Está instalado en su canal de YouTube (al que, si gusta, puede suscribirse) y, para verlo, alcanza con hacer clic en este link:

Hasta la que viene.



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Quino, el que nos dibujó a todos | Una obra universal y eterna



No hay manera de comprobar si sucedió efectivamente así, pero la anécdota es muy potente: cuentan que cuando los nazis allanaron el domicilio de Pablo Picasso en París, un oficial le preguntó si él era el autor de ese revoltijo llamado Guernica. “No, esto lo hicieron ustedes”, dicen que dijo el pintor.

Ante la visión de esas viñetas que atraviesan el tiempo, que nos siguen representando, que siguen señalando males eternos de la Humanidad, Quino podría haber dicho algo parecido. No parece casual que uno de sus “chistes” más célebres sea ese en el que una empleada de limpieza ordena toda una habitación… incluyendo al Guernica. Dicen que era uno de sus favoritos, también es difícil de comprobar.

Joaquín Salvador Lavado fue dibujante y humorista, claro. Pero ante todo fue un creador con la mirada afiladísima y la antena siempre bien orientada para registrar el mundo en el que vivía, y su brutal distancia con el mundo que deseaba. Lo que ponía frente a los ojos de quien quisiera animarse a ver era lo que hacía él, y era lo que hacían los diversos componentes de la sociedad. Y entonces, como muchos males de este planeta tienden a pervivir más que a sanear, su obra es eterna. Resuena con la misma potencia hoy lo hecho 40, 50, 20 años atrás. El único anacronismo es la tecnología o el vestuario que retrata. En lo demás, todo sigue demasiado igual.

Por eso cuesta tanto decir la noticia y empezar a hablar en pasado. Murió Quino, y al borde del mediodía de la última jornada de septiembre pudo sentirse el sonido de millones de corazones estrujándose de pena. Solo desde la necedad puede negarse lo que significa Quino y sus criaturas –que no son solo Mafalda y sus amigos y sus padres- para los habitantes de este país. A menudo se identifica al “artista popular” más con la figura del performer, desde la música, la actuación, lo que sea. Pero Quino, hombre inclinado en un tablero para retratar el mundo, fue, es, será un artista enormemente popular.

Esa popularidad, esa sintonía inmediata con el lector, se inició en un ámbito curioso, el de la misma publicidad a la que en su obra dirigió más de un dardo. Hay abundante prueba de que para Quino Mafalda fue solo una etapa de su vida, a tal extremo que decidió ponerle punto final cuando más de uno hubiera seguido sacándole jugo. Ahí ya estaba todo dicho, razonó. Para Quino la viñeta única o en algunos cuadros muchas veces silentes era un universo mucho más rico, lleno de posibilidades, en el que podía retratar directamente cosas que en Mafalda también estaban, pero con el barniz del costumbrismo en ese universo de niños.

Por supuesto, no eran unos niños cualquiera, y ahí había también una pintura de la Humanidad. Las inquietudes de Mafalda encontraban perfectas paredes de rebote en el establishment –querible, pero establishment al fin- que representaban Manolito y Susanita, que expresaban el capitalismo de manera endulzada pero a veces brutal. Libertad y Guille eran la feliz anarquía, el llamado a romper el sistema, uno desde el salvajismo de un niño pequeño y nada complaciente y la otra desde una formación donde se entreveía a una madre sola y militante. Felipe era un poco todos nosotros, o esa faceta de nosotros que a veces homenajea a Bartleby, el pibe indolente que pateaba cosas hacia adelante con una culpa moderada. Miguelito, el de las lechugas en la cabeza, quizá el más niño de todos, la inocencia y la ensoñación permanente. Mafalda, fan de The Beatles y enemiga cruzada de la sopa, pequeña demonia versada en política nacional (“¿¿El palito de abollar ideologías??”) y convulsiones internacionales, cuajaba el panorama interactuando con ellos y con su propia incredulidad. En la cuadra, en la plaza, en la escuela, en los módicos livings de clase media de sus personajes, Quino ya estaba representando el mundo

Pero aunque en sus pibes se figuraba el mundo cruel y a veces inexplicable, el mendocino nunca fue un nihilista. La profunda humanidad de Quino hizo de Mafalda una tira tan popular, porque además el dibujante observaba a los únicos mayores que aparecían con regularidad –los sufridos padres de Mafalda– con afecto y comprensión. Si a Susanita solo le interesaba casarse y ser una señora de su casa con hermosos bebitos, Raquel, la madre de Mafalda, era el recordatorio de la cárcel hogareña y los sueños frustrados, y la invisible madre de Libertad una muestra de que había un camino feminista. El padre era una concentración del porteño medio, atado a un trabajo oficinista que le permitiera esos módicos quince días en la playa, con el humilde sueño de llegar al Citroen 3CV. En todas esas criaturas, en la dulzura con la que retrataba sus deseos, sus miserias y obsesiones, queda patente cuánto las amaba el hombre del plumín.

Y porque las amaba tanto, un día decidió decirles adiós.

Potentes, prepotentes e impotentes

No es que Quino dejara Mafalda para volcarse a otras formas de la historieta. En 1973, cuando dejó de hacerla, el dibujante hacía tiempo que se dedicaba también a las “planchas” en las que fijaba otra faceta de su estilo. Todo formaba parte del mismo universo, de las inquietudes de un tipo que sabía que su arte podía generar un efecto humorístico con regusto amargo pero no iba a abandonar sus convicciones en pos de una expresión más complaciente, apta para todo público. De cualquier manera, lo suyo era universal. Lo sigue siendo.

Si entre los fans de Los Simpson es recurrente la frase que, ante un hecho de la realidad, señala “Es como ese capítulo en que…”, la obra de Quino puede ser observada con la misma óptica. La viñeta reaparece una y otra vez pero en días recientes, en el debate público sobre el aporte extraordinario de los más ricos, las redes sociales viralizaron nuevamente esa plancha en la que un grupo de hombres trajeados interpela al pobre tipo que rema solo en un mar encrespado: “¡¡¿Cómo que no rema más?!! ¡¡Me extraña, Fernández!!! ¿¿Estamos o no estamos todos en la misma barca??”. La coincidencia de apellidos con el primer mandatario y la vice es solo una anécdota, lo que importa es el espíritu. Quino, que comenzó a publicar en 1954, es fuente inagotable de memes del siglo XXI. En la tarde de ayer, el manicomio habitual de las redes sociales –especialmente Twitter– se volvió un remanso de belleza y creatividad, una andanada interminable de dibujos, frases, viñetas, expresiones agudísimas de las mismas preocupaciones de hoy. Nada resultó viejo o fuera de foco. 

Pero no se trata solo de la rotundidad con la que esos cuadritos destilan ideas que no pierden vigencia, la tinta que refleja a potentes, prepotentes e impotentes. La “industria” del meme abunda en ejemplos burdos, de trazo grueso o francamente panfletario; el trabajo de Quino pone un toque de distinción en el recurso, lo distingue con sutileza y subtexto. Por eso aparece el consuelo frente a lo irremediable de la muerte, por eso uno se resiste a hablar en pasado y seguirá conjugando a Joaquín Salvador Lavado en puro presente, como corresponde a los creadores que atraviesan el tiempo. Y porque todo eso lo hizo él, pero retrata lo que hicieron, lo que hacen otros. Y sobre todo, nos sigue hablando a nosotros. 

Nosotros ahí andamos, buscando una curita para pegarnos en el alma. Deseando fundirnos en un abrazo lleno de lágrimas con esa piba inolvidable. Huérfanos, todos.



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Declaran un día de duelo nacional por el fallecimiento de Quino

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Duelo nacional por la muerte de Quino |  “Ha acompañado el crecimiento de las familias argentinas”



El Gobierno declaró un día de duelo nacional en honor a Joaquín Salvador Lavado, más conocido como “Quino”, el dibujante, historietista que falleció el miércoles a los 88 años de edad. La bandera de todos los edificios públicos estará izada a media asta durante todo el jueves.

Mediante el Decreto 784/2020, publicado este jueves en el Boletín Oficial con las firmas del presidente Alberto Fernández, el jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, y el ministro de Cultura, Tristán Bauer, se informó el día de duelo nacional por la muerte del creador de Mafalda.

“‘Quino’, es una figura de destacada trayectoria en nuestro país y en el mundo por su labor social, humanista y cultural, y que a lo largo de los años trabajó como historietista, guionista, dibujante y humorista gráfico, transformándose en un artista integral”, señala el decreto.

El texto publicado en el Boletín Oficial sostiene que Mafalda es “un personaje icónico de la cultura argentina” y que “Quino”, a través de su obra, “ha acompañado el crecimiento de las familias argentinas, compartiendo su obra de generación en generación, cautivando a niños y niñas, despertando el pensamiento crítico entre adolescentes y generando una mirada cómplice con las personas adultas”.

El decreto también resalta la labor de “Quino” en “la difusión internacional del humor gráfico argentino”, ya que su obra “ha sido publicada en diversos países y traducida a veintisiete (27) idiomas y lenguas”. “Ha logrado desarrollar un lenguaje universal, polisémico, con capacidad para interpelar a cualquier ciudadano o ciudadana del mundo, traspasando fronteras y contribuyendo al respeto por la diversidad”, agrega el texto.

Por estas razones, el Gobierno decreta “duelo nacional en todo el territorio de la República Argentina por el término de un (1) día a partir del día de la fecha, con motivo del fallecimiento de Dn. Joaquín Salvador Lavado Tejón, conocido con el seudónimo de ‘Quino’”.



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El milagroso lápiz de Quino



Todavía, en mi casa, frente al lugar en donde trabajo conservo dos tiritas de Mafalda. “Uno manda un padre a la mañana a la oficina y le devuelven esto”, dice . ¡Y cuántas veces, temprano o no, me sentí un “esto”! La otra contiene una pregunta de respuesta compleja: “¿Justo a mí me tenía que tocar ser como yo?”.

Hoy, cuando me enteré de su despedida lo primero que hice fué abrazarlo mentalmente, agradecerle por tanto y admitir que le debo muchas risas y salidas inteligentes. Y de inmediato pensé en quiénes estuvieron siempre cerca suyo, ayudándolo a ser y a crecer. Desde Alicia Colombo, su mujer, que era sus ojos sobre la tierra; pasando por Julieta Colombo, su sobrina, que ofrecía la palabra en su nombre; Kuki Miller y Daniel Divinsky, ordenadores y cuidadores de su obra desde Ediciones de la Flor; Judith Gociol, a la que Quino consultaba cuando necesitaba recordar algo de su obra. Judith sabe tanto de la vida del maestro como Emilio Divinsky que cuando era un adolescente inventó una trivia fabulosa sobre los personajes de Mafalda. Y en ese dichoso y a la vez triste pensamiento repartido incluí a Miguel Rep, su mejor alumno.

Falta uno, es cierto. Pero la cuestión es que no tuve el gusto de conocerlo. Su tío, Joaquín Tejón, andaluz, artista plástico y entretenedor que una noche, cuando no había ni televisión ni redes sociales deslumbró a Quinito dibujando. “Ahí descubrí que, con un lapicito, uno podía inventar personas, personajes y hasta mundos enteros”, dijo cuando ya era Quino.

Sin ser su amigo, siempre tuvimos una corriente de afecto y reconocimiento. En muchas ocasiones lo entrevisté para la gráfica, en la radio y en la televisión. En 2013, en un programa de la señal Encuentro llamado Negro sobre blanco ofreció su testimonio sobre sus inicios en la emblemática revista Leoplán. En 2014, junto con Cristina Mucci, tuvimos un privilegio memorable: entrevistarlo en el acto de inauguración de la Feria del Libro número 40. En esa media hora, o poquito más, que duró la charla dijo que se sentía “curioso, inquieto y alegre”. A mí lo que más me gustó es que, aunque era parco, habló mucho y aunque no era una campanita hizo reír varias veces al público que colmó la sala principal de la Feria. De ese intercambio, que volví a ver hoy, rescato algunos de sus dichos.

* “Yo siempre dibujé con la intención de que el mundo cambie para el lado de los buenos, para los beatniks, para gente como John Lennon. Lamentablemente no fue así, porque el sistema me dejó plantado”.

* “Nunca terminé de aprender a dibujar a Mafalda. Es cierto. Tenía que calcarla para que cada día no me saliera diferente. Cualquier dibujante sabe que tener que hacer diariamente un mismo personaje se vuelve algo pesado. Mucho más creativo y entretenido, y más libre, era dibujar a los otros personajes”.

* “Buscando temas para mis dibujos en una época leí mucho la Biblia. Nunca la leí con un sentimiento religioso, porque no soy creyente, pero durante años me atrajo su lectura porque, la verdad, es un gran libro”.

* “Mi principal tema siempre fue el del poder. Cualquier clase de poder, que se ejerce en ámbitos inimaginables. Muchos de mis dibujos ocurren en restaurantes, porque ese lugar es un espacio político comparable con la sociedad. Todos llegamos queriendo comer, que es lo que todo pueblo quiere y pide, pero hay que atenerse a lo que te diga el maitre, o el chef,o el mozo que te cuentan que tal cosa se acabó, que tal otra no tenemos. Y encima, hay que pagar”.

* “Soy un dibujante político. Crecí en una casa en la que se discutió la guerra civil española, la segunda guerra mundial, Corea, Vietnam. Y pensar que hay gente que dice ‘Yo en política no me meto’ . No sabe que eso también es hacer política”.

Murió Quino, la gran siete. Su ciclo vital se reiniciará en cada ocasión en que alguien vuelva a leer a Mafalda o recupere algunos de sus soberbios libros de dibujos sueltos: tal vez pronto haya una aplicación que de cuenta que algo de eso sucede en muchos lados del mundo . Lo que debe importarnos es que deja una obra fenomenal que acompañó a los argentinos de varias generaciones (también a españoles y mexicanos, a colombianos e italianos, a uruguayos y franceses) y que nos hizo mejores a cada palabra y a cada línea. No lo olvidemos.



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Quino y Mafalda en contexto, por Juan Sasturain

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Quino por Quino: la charla que tuvo con Rep cuando cumplió 80 años | El diálogo en el que el padre de Mafalda repasó su vida



Antes de cumplir ochenta años, Quino confiesa haberse puesto de muy mal humor. “Tenía un humor de mierda”, resume el padre de Mafalda, sin tenerles miedo a las malas palabras. Usará muchas durante esta charla, aunque en rigor de verdad casi ninguna de las que usa se puede contar a esta altura –del nuevo siglo, de los usos y costumbres, del diccionario– como realmente tan mala. Carajo, por ejemplo, será una de las más usadas. Quino es un hombre encantador, que camina con pasos cortísimos, casi deslizándose sobre el piso, un Chaplin de la vejez, y que dice mucho carajo. Ese es Quino, entre tantas otras cosas.

“Estuve deprimido, medio jodido, de todo. Pero ahora que ya cumplí los ochenta todo eso se fue. Ya no me pasa nada con la edad”, aclara ante la mirada atenta de Miguel Rep, su colega y amigo, prácticamente uno de los hijos que nunca tuvo, con el que ahora comparte –a pesar del conocido gusto de Quino por un buen vino– un par de porrones de cerveza. El lugar es el living del departamento que Quino y su mujer Alicia tienen en el centro de Buenos Aires. La hora es al final de la tarde, luego de una tanda de firmas en la Feria del Libro Infantil porteña. “Lo único que me aturde es el desfile de nombres, uno atrás del otro, para las dedicatorias”, explica. Y la excusa para la reunión, por supuesto, es un cumpleaños con números tan pero tan redondos. “¿Siempre los números redondos ponen así, de mal humor?”, quiere saber Rep, quien asegura guardar aún una tarjeta con la que Quino, dos décadas atrás, lo invitó a celebrar sus sesenta años. “No”, responde enseguida Quino. “Nunca les di bola a esas cosas. Porque en mi familia nunca se festejaron los cumpleaños. Algo que a Alicia la hace sufrir mucho, porque siempre me olvido de esas fechas.”

En estos días de celebración casi colectiva de sus ochenta, Quino recuerda que el primer cumpleaños que le celebraron fue recién después de que muriesen sus padres, cuando ya estaba viviendo con su tío Joaquín Tejón, un dibujante publicitario gracias al cual el pequeño Joaquín Lavado decidió dedicarse a lo que lo llevó a ser llamado Quino.

Cada vez que nombra a su tío, Quino mira hacia un cuadro de ese otro Joaquín que está colgado en una de las paredes del living. Muestra a la maja desnuda de Goya, colgada en el museo, pero tapada –vestida– por los curiosos que la están mirando. “Fue mi tía la que me festejó mi primer cumpleaños”, precisa. “Me acuerdo de que compró bombones de Bonafide.”

Rep: ¿Cuándo fue eso?

Quino: Debe haber sido en 1948, después de la muerte de mi madre primero y mi padre después. Recién entonces me festejaron algunos cumpleaños, pero tampoco es que hayan sido tantos los festejos…

R.: ¿Por qué no los celebraban?

¿Por algo en especial?

Q: Me parece que en España es así, porque tenemos un amigo español que tampoco los festeja.

Aunque no se encoge de hombros, los silencios de Quino son como si lo hiciera. Amable y de voz baja, parece decidido a recordar en esta noche de cerveza y ochenta años. “Mi madre se murió cuando se estaba terminando la Segunda Guerra Mundial. Como yo iba al cine solo desde los 8, me había visto todos los noticieros de la guerra. Por eso cuando me cosieron la franja de luto en la manga me sentí como un nazi al que le estuviesen cosiendo el brazalete con la esvástica. ¡Fue terrible!” En esa época, dice Quino, además del luto en la manga se usaba la corbata negra y la tirita negra en la solapa. “No se podía escuchar la radio, y se tenía que dejar entornada la puerta de zaguán durante tres meses”, explica. “Antes de mi madre murió mi abuelo, y después de ella fue mi padre. Así que prácticamente me pasé de luto de los diez a los dieciocho años.”

R: ¿Eso le formó la personalidad? ¿Antes era un niño más alegre?

Q: Claro que sí. Lo fui hasta que mi madre se enfermó de un cáncer que la tuvo dos años en cama. Cuando fui a ver Gritos y susurros de Bergman, casi me tengo que ir del cine. No lo aguantaba.

R: ¿Y cómo fue la relación con su padre?

Q: Mi papá hablaba muy poco, pero cuando abría la boca era muy gracioso. Un andaluz gracioso. Era muy de café y jugar a las cartas, y una tarde de café se enojó con un amigo. No sé qué estaba diciendo el otro, pero mi padre le respondió: “¡Cállate ya, membrillo!”. A partir de entonces al otro le quedó el Membrillo. Lo cagó para siempre.

YANKIS Y MARXISTAS

“Antiperonista.” Así es como se define políticamente Quino en la época de sus comienzos como humorista. ¿Antiperonista pero…? “Pero nada”, asegura contundente.

Recién después explica, sonriente: “Soy hijo de republicanos españoles, anticlerical a muerte”. Cuenta que su abuelo lo llamaba cuando era chico. “Niño, ven pa’acá”, le decía. “¿Tú sabes lo que es una misa?” El niño Joaquín decía respondía que no, y el abuelo le explicaba: “Una congregación de ignorantes adorándole el culo a un tunante”.

Su abuela, además, era comunista. “Venía a vender bonos del partido a mi casa.” Y sus padres, aclara, eran “socialistoides”. “Se armaban unas discusiones del carajo”, recuerda con la mirada perdida y sin poder borrarse la sonrisa de la boca. “Por eso es que yo siempre fui muy politizado.”

Q: Yo sintonizaba La Voz de las Américas y escuchaba a Bing Crosby. En esa época vos ponías la radio y escuchabas de todo: Radio Pekín, a los rusos, lo que quisieras. El éter estaba limpísimo.

R: ¿Su abuela comunista le decía algo cuando lo descubría escuchando a Bing Crosby?

Q: Venía con unas fotos de bombardeos norteamericanos sobre alguna ciudad alemana, que había quedado así, llena de escombros, al ras del suelo, y me acusaba: “¡Mira, niño! ¡Mira lo que han hecho los tuyos!”.

R: ¿Por qué los tuyos?

Q: Porque a mí no sólo me gustaban Bing Crosby y Frank Sinatra, sino también las películas norteamericanas, los musicales, Esther Williams. Todas esas cosas.

R: ¿Ya dibujaba en esa época?

Q: Empecé a dibujar como todos los niños, a los dos o tres años. Pero a los catorce decidí que iba a ser dibujante de humor.

R: ¿Por qué de humor?

Q: Porque me había criado con mi tío Joaquín, y él estaba suscripto a varias revistas norteamericanas, porque era publicista. A su casa llegaban Life, Esquire y Saturday Evening Post, donde había unos dibujantes norteamericanos que hacían humor mudo, como Eldon Dedini. Y cuando a los dieciocho años me cayó en las manos París Match y me encontré con Jean Bosc y Chaval, ni te cuento. Yo me crié con ese tipo de humor. Divito me decía: “¿Qué tiene que ver esto con el humor de la Argentina? ¡No tenemos nada que ver con un desierto o un elefante!”. Pero no me importaba, el humor que me gustaba era el de ese dibujo de Chaval, en que el tipo va mirando por la ventanilla de un avión y ve pasar un tranvía.

CALCANDO A MAFALDA

Patoruzú, Rico Tipo, El Tony y Tit Bits. Hasta una revista femenina llamada El Hogar. “La comprábamos para mi tía y ahí Lino Palacio hacía una tira llamada El cocinero y su sombra”, recuerda Quino, que no se cansa de recordar nombres de revistas de aquella época, como quien recuerda los apellidos de la delantera de su equipo de fútbol favorito. “Hay una cosa de la economía del momento que no me cuadra, porque me acuerdo que mi padre para comprarse un traje tenía que pedirles una forma a sus amigos para sacar un crédito… y sin embargo en mi casa se compraba todo tipo de revistas. Así que, o las revistas eran baratas, o los trajes eran carísimos.”

Alguna vez Quino dijo que su primer sueño como dibujante fue ser ayudante de Divito, la primera gran estrella del dibujo argentino. “Su romance con Amelia Bence salía en Radiolandia. Y aunque era muy bajito se vestía de manera muy elegante”, recuerda Quino, quien señala que Lino Palacio también tenía su fama. “Lo conocía todo el mundo por las tapas de Billiken.” Para llegar hasta Palacio, Quino recibió la ayuda de Dobal, su ayudante, que le daba consejos para su dibujo. “Aún hoy siempre hablamos por teléfono”, se admira Quino ante la mención del autor de la tira El detalle que faltaba. Y agrega: “Está cada día más bajito”.

Antes de llegar a hablar directamente con Divito, en Rico Tipo lo atendía un dibujante llamado Rovira. “Usaba muy grande el nudo de la corbata, era muy elegante. Porque en Rico Tipo todos sufrían la influencia de Divito en su vestimenta.” Parece que gustaron sus ideas, asegura Quino, porque enseguida pasó a ser atendido por el propio Divito, que hacía que le llevase sus dibujos en lápiz. “Me los corregía, yo los pasaba a tinta y después me los publicaban.”

R: Una vez contó que en sus comienzos dibujaba más sencillo…

Q:¡Mucho más! Yo hacía la línea, nada más. Pero Divito me decía que no, que la gente paga y hay que entregarle material…

R: ¿Cuándo se dio cuenta de que había encontrado su estilo como dibujante?

Q: Después de tomar unas clases con Demetrio Urruchúa. Habrá sido recién después del año 1965…

R: Mucho después de haber empezado con Mafalda, entonces.

Q: Es que yo a Mafalda la calcaba de un cuadro a otro porque no me salía igual y entonces sufría. Oski calcaba muchísimo, él me animó, tenía una mesa de vidrio inclinada con la luz debajo. Yo nunca tuve una mesa así, por eso usaba la ventana…

R: ¿Cómo eran esas clases?

Q: Urruchúa tenía un ejercicio: te hacía pintar un cartón de los colores que quisieras. Después te decía: usted es de familia sirio-libanesa, rusa, o italiana, por los colores que habías elegido. Y era así. Algo increíble. A mí me decía: usted, andaluz, tiene que romper con esos colores de Goya, pinte amarillos y blancos. Yo me ponía a hacerlo, pero una fuerza mayor que yo me hacía taparlo con colores ocres y pardos.

R: ¿A partir de esas clases siente que se asentó su estilo?

Q:Es que yo pasé por varias etapas. De narices puntiagudas o más redondas. Una vez hablando con Julián Delgado recuerdo que me dijo: “Che, estás haciendo los pies muy largos”. Yo miraba y no veía nada raro, así que pensaba que Julián estaba loco. Pero lo que pasa es que no había nada raro en el dibujo: me decía de los pies escritos. Les llamaba pies a los textos, de tan periodista que era.

EL GUERNICA Y EL SALERO

La única vez que Quino asegura no haber dibujado en su vida fue cuando hizo la colimba. Sólo pintaba el banderín del equipo de polo de los oficiales de la Artillería Aérea de Montaña, allá en su Mendoza natal. “Tardaba mucho, porque cuanto más pintaba menos cosas tenía que hacer”, recuerda. “Tres días más tarde…”, apunta Rep.

R: ¿Además de anticlerical era antimilitar?

Q: Es que de chico vivía obsesionado porque tenía que hacer la colimba. Y tenía razón. Es una cagada. Bah, lo que pasa es que uno sale del mundo de su familia y se mete ahí con chicos de otras provincias. Me acuerdo de que había un chico de Córdoba que no sabía lo que era un tenedor.

R: Pensé que iba a decir que no conocía el mar…

Q: Yo conocí el mar recién a los doce años. Fui a Mar del Plata, con mis tíos. Una tía de Joan Manuel Serrat tiene la anécdota más hermosa que yo escuché nunca sobre el mar. Era una señora de unos cincuenta años, así que la llevaron a la costa y toda la familia se quedo atrás para ver qué decía. Estuvo mirando un rato muy largo, hasta que se dio vuelta y le dijo a la familia: “¡Qué ocurrencia!”. El mar, qué ocurrencia. Es buenísimo eso.

R: Claro, porque a ella no se le había ocurrido… Para los consumidores de humor, ya sea por curiosidad o profesión, el humor que más gracia les causa es el humor bruto, porque es más virgen.

Q: Como el de Gila. Era el humor que en una época sabían tener los taxistas de Madrid. Una vez con Alicia nos tocó uno que decía: “Lo que yo no entiendo es eso del vaso medio lleno y medio vacío. ¡Si el vacío es la nada! ¿Cómo va a estar medio vacío?”.

R: ¿Cómo fue que le dijeron hace poco los médicos que lo atendieron en Madrid?

Q: Ah, sí. Hace unos meses, en febrero, tuve una descompensación muy fuerte. Me sentía para el carajo, así que me tomé la presión y cuando vi que tenía cinco de máxima llame a un hospital. Pedí que me enviasen un médico, porque me sentía muy mal. “Vamos a ver, ¿cuánto tiene usted de máxima?”, me preguntó el que me atendió. “Cinco”, le respondí. “¡No puede ser!”, me dijo. “¡Eso no es compatible con la vida!”

R: Es como el chiste de la señora que acomoda el Guernica. Es Manolito. Lo lleva en la sangre.

Q: Teníamos una casita en el Tigre y cada vez que llegábamos estaba todo húmedo. Teníamos un salero chiquitito, de cerámica, con un solo agujerito. La sal no salía, por supuesto, así que yo agarré un clavo y un martillo. Sin pensar que el clavo era más ancho que el agujero, le pegué con el martillo y estalló el salero para todos lados. Eso es Manolito.

CON LA MONTERA PUESTA

Quino no es Manolito. Ni Mafalda. Ni Libertad. Sino que tiene partes de todos los personajes de su tira más famosa. Hasta de Susanita porque, como ha contado más de una vez, es un fanático de los chistes. Para demostrar que también tiene algo de Miguelito, siempre recuerda cuando vivían en una pensión con Julián Delgado y de pronto le preguntó: “¿Cuánto pesa un árbol?”. “Por qué no te vas a la puta que te parió”, fue la indignada respuesta de su amigo, harto de semejantes delirios.

Amigo del alma de Quino, con Julián se dejaron de hablar luego de una disputa sobre los primeros originales de Mafalda. “A los seis meses de publicar la tira en Primera Plana, me la pidió un diario de Bahía Blanca. Entonces fui a hablar con Julián, que era el secretario de redacción, y me dijo que los originales eran de la revista, no míos. ¡Mi amigo de toda la vida me dijo eso! Fue un dolor enorme. Así que fui al archivo, le pregunté al cadete si tenía mis originales y él me los dio… ¡y por eso estos carajos lo echaron! Ahí fue cuando dejé Primera Plana”.

R: ¿Los sigue teniendo?

Q:Casi todos. Pero el tomo siete de Mafalda se perdió todo. Un cadete se lo olvidó en un taxi. Y desde entonces nunca han reaparecido.

R: ¿Dónde estaba la pensión en la que vivían con Julián?

Q:En avenida Forest al 1400 o 1600, creo. No era una pensión, sino la casa de una señora que alquilaba dos piezas. Después que se fue Julián, llegó Rodolfo Walsh.

R: ¿Se hablaban con Walsh, eran amigos?

Q: Hablar teníamos que hablar, porque para salir de su pieza tenía que pasar por la mía. A mí Rodolfo me costaba mucho, así que amigos no éramos. Pero cuando él alquilaba la casa en el Tigre, allá fuimos. Sacaba un arma y tirábamos al blanco.

R: ¿Mafalda significó la tranquilidad del trabajo fijo?

Q: No, porque el trabajo fijo ya lo tenía antes con las páginas de humor. Antes de Mafalda llevaba unos once años publicando, así que estaba tranquilo con eso…

R: Y continuó con esas páginas mientras hacía Mafalda…

Q: Sí, era una locura. Pregúntenle a Alicia, nunca sabíamos cuándo podíamos salir de vacaciones. Yo siempre viví obsesionado con la entrega. Hasta el sexo conocí muy tarde por la puta obsesión de ser dibujante y publicar…

R: Ser dibujante es una renuncia a vivir. Aunque ahora debe ser más fácil.

Q: Bueno, ahora los chicos hacen sus blogs. Publican ahí sus ideas y no los jode nadie. Bah, tampoco les paga nadie.

R: Antes dependías de que una revista te aceptara, y no era que te salvabas. Todas las semanas rendías examen.

Q: Con las primeras páginas que publiqué metí la pata. Dibujé un torero que había matado a un toro y estaba con la montera puesta. Un lector mandó una carta tratándome de bruto, como no sabía que el torero dedica el toro a alguien antes de matarlo y le arroja la montera. Eso me marcó. Por eso después me transformé en un obsesivo de la documentación.

R: Es que el lector cuando se ensaña puede ser tremendo. Te está diciendo sos un bruto, te voy a seguir con la lupa.

Q: Yo creo que Oski era el más documentado de todos…

R: Pero no hacía chistes para el gran público…

Q: Tenía Amarroto…

R: Pero no necesitaba documentación para eso, eran cuatro personajes, un delirio. En cambio, usted es un dibujante casi realista. No hay otro caso. Después vino la escuela de Crist y Fontanarrosa, que se cagaron en todo. No se documentan nada, no les importa si el arma que dibujan puede funcionar o no…

Q: Pero Crist de armas algo conoce…

R: Yo no sé si funcionan sus armas, eh. En Oski funcionan, en Mordillo también, en Quino funciona todo. Pero en Fontanarrosa no funciona nada…, ¡ni un vaso funciona!

Q: Recuerdo que para dibujar una máquina de cortar fiambres me iba a verla al almacén. No me salía, y Crist me decía que la inventara. Pero le intentaba explicar que no tengo imaginación para inventar eso.

R: Los que tenían la manía de la documentación eran los dibujantes de historieta realista. Por ejemplo, Pratt se documentaba…

Q: Pratt tenía una mina que le dibujaba las locomotoras.

R: Se llamaba Gisela Dexter.

Q: Era una minifaldera.

R: ¿Conoció a Pratt y sus legendarias borracheras?

Q: A Pratt lo conocí, pero esa clase de noches las tuve con Jaime Dávalos, por el lado del folklore. Después de que hacía mi entrega en Democracia, que estaba en el edificio Atlas, al lado del Bajo, terminábamos en un bar que había en Córdoba y Reconquista.

R: ¿Por qué Dávalos? ¿Venía por el lado de Brascó, que era amigo de Ariel Ramírez?

Q: Claro, vivía en una casa donde había varios dibujantes, como uno que se llamaba Benicio Núñez. Era un tipazo, un indio con una edad incalculable, que una vez lo despertó a Juan Fresán mintiendo: “¡Se murió Picasso, ya podemos estar tranquilos!”.

R: ¿Qué hacían con Dávalos? ¿Chupar y mirar minas? ¿Escuchar folklore?

Q: Claro. Y también aparecían estos poetas salteños…

R: ¿El Cuchi Leguizamón no aparecía?

Q:No, pero me hubiese gustado, porque me gustaba mucho lo que hacía. El que aparecía era Tejada Gómez, esa gente.

R: ¿Lo que sería el folklore de proyección?

Q: No, ésos vinieron después. Son los que asfaltaron el Camino del Indio, como dijo Atahualpa Yupanqui.

R: ¿Y a Yupanqui no lo conoció?

Q: Lo conocí, pero en París. Como el chiste de Crist, el de un gaucho con una guitarra que anuncia: “Voy a hacer una cosa de don Atahualpa, irme de la Argentina”.

MIRANDO PARA AFUERA

Apenas pudo, Quino dejó las revistas de humor y pasó a publicar sus chistes en revistas de actualidad. Algo que confiesa haber elegido, porque –calcula– su humor siempre tuvo poco que ver con lo que se estaba haciendo en la Argentina. “Se hacían chistes sobre las suegras y la oficina, cosas que en Mendoza no había. Bueno, gente que trabajaba en oficinas siempre hubo, pero yo no frecuentaba ese mundo. Mi padre trabajaba en una tienda que se llamaba A la Ciudad de Buenos Aires. Cada piso tenía un rubro, y mi papá era el jefe del bazar”, recuerda Quino, el humorista que quiso ser humorista leyendo a los dibujantes de las revistas extranjeras que le llegaban a su tío Joaquín. “Quino es un renovador del humor argentino”, apunta Rep. “Mientras dibujantes como Calé miraban sólo hacia adentro, él miraba hacia afuera.”

Q: Calé siempre me decía eso: “Pibe, vos siempre estás en la vereda de enfrente. ¿Qué tiene que ver lo que vos hacés con la Argentina?”.

R: Le hubiese dicho lo mismo a Copi.

Q: Copi era más joven, pero era mucho más culto que yo. Yo lo veía como un revolucionario estético, con su mujer sentada. Era un distinto. Ser homosexual, además, en esa época…

R: ¿Como llevaba esa homosexualidad? ¿Hablaban abiertamente de eso o lo ocultaban?

Q: ¿Vos sabés que no me acuerdo? Uno sabía que Copi era homosexual, pero nadie hablaba de eso. Era como ser judío entonces, nadie se hacía esos planteos, no importaba demasiado.

R: ¿No importaba ser homosexual?

Q: Copi nunca se preocupó por serlo, y además no era un tabú.

R: ¿Y usted qué pensaba?

Q: Qué sé yo, viniendo de familia andaluza no era para escandalizarse o andar descubriendo la pólvora. Todos sabíamos de García Lorca y Manuel de Molina. Mi padre amaba a Manuel de Molina.

R: ¿Cuándo se conocen con Copi?

Q: En Tía Vicenta, donde también publicaba otro distinto como Kalondi, que era un petardista del carajo. Una vez me preguntó qué me había parecido la exposición de Fulanito, y yo le dije que me había gustado mucho. “¿No le vas a encontrar ningún defecto?”, se quejó.

R: Era demasiado sincero.

Q: Sí, y además vivía con la culpa de que su viejo tenía guita…

R: Mientras usted peleaba el mango.

Q:Sí yo publicaba entonces en seis revistas al mismo tiempo. La locura de siempre.

R: Siempre dijo que tenía miedo de que alguna vez no se le ocurriese nada…

Q: Es un terror que uno siempre tiene. Lo más angustioso que me acuerdo fue una vez que nos fuimos de vacaciones al Uruguay, a La Paloma. Tenía que mandar Mafalda a Siete Días, y no se me ocurría nada. Pasé una angustia espantosa esos días ahí.

R: ¿Cómo lo solucionó?

Q: Hice una tira que no me gustaba nada, que después mirándola no te das cuenta si es mejor o peor que otras. Pero en el momento la entregué con mucha vergüenza. Porque uno a veces entrega con vergüenza. Y otras veces uno tiene una idea con la que se entusiasma, y está esperando que salga para ver qué te dicen los amigos, y nadie te dice nada de nada.

R: ¿Cuál fue esa Mafalda que entregó con vergüenza?

Q: Una en que Manolito descubre que los ratones le están comiendo un queso.

LOS CUADROS OSCUROS

Ni religión, ni política, ni sexo. Esa fue la censura que Quino sufrió desde el comienzo de su carrera, la misma de todos sus colegas. Al menos en las revistas de humor. “Yo hice una página contra Franco en Tía Vicenta que me alegré mucho cuando salió”, recuerda. “Eran cinco dibujos, de la época en que el slogan de Franco era ‘Caudillo de España por la gracia de Dios’. Y en uno de los dibujos aparecía un hombre mirando el afiche en la calle, y decía: ‘Señor, ¿no te parece que, como gracia, ya está bueno?’. Landrú me lo publicó, pero eso era una rareza.”

Sin embargo, el huir de las revistas de humor hacia las de actualidad no significó que desaparecieran todas las barreras. Quino recuerda el nombre de Jorge Urbano, un director interino de Panorama, al que lo inquietó una página en la que pasaba desfilando una banda militar, y después pasaba silbando un caballo de los de la banda. “Me dijo que esa página no se podía publicar, porque los militares no sé qué”, explica Quino, que también asegura haber sufrido la censura en Siete Días, cuando mandaba sus dibujos desde Italia. “Cuando tocaba temas de sexo, yo veía que no salían.”

El problema con la censura, cuenta, era que no estaba claro qué se podía hacer y qué no. “En Brasil por lo menos había censores”, cuenta. “Ziraldo me mostró una vez cómo le devolvían los chistes que mandaba, con una cruz roja encima prohibiéndolos. Pero acá nadie te decía nada. Así que uno se autocensuraba, porque si no te lo van a publicar, para qué lo vas a dibujar.”

Lo peor de todo lo que alguna vez sucedió con sus dibujos, cuenta Quino, llegó después de que hubiese abandonado Argentina, huyendo de la violencia de los años ’70. “Yo me fui en marzo del ’76. En junio mataron a cinco curas palotinos, y dejaron encima de sus cuerpos el poster del palito de abollar ideologías. Cuando vi por primera vez esas fotos publicadas mucho después de que se hubiesen ido los militares, creo que en Página/12, fue algo que me impresionó muchísimo.”

R: Es horrible que sus dibujos estén asociados a una muerte de ese tipo.

Q: No fue la única vez. También sucedió luego del asalto de un banco por parte de la FAL, en el que murió un policía. Tiraron como volante una página mía que había salido en Primera Plana, en la que aparecía un tablero de ajedrez en el que las piezas eran personajes humanos. De un lado había obreros y del otro los ricos, y aunque los obreros eran más el texto decía: Juegan las negras y hacen mate cuando les da la gana.

PROBLEMAS DE TENOR

Cuando dibujaba regularmente sus chistes, Quino podía llegar a cargar con una idea durante años. La guardaba sabiendo que servía, pero que no le había encontrado final. Muchas de esas ideas, asegura Quino, quedaron sin terminar.

R: ¿No tiene la fantasía de dibujarlas alguna vez?

Q: ¿Ahora? Es que, como estoy viendo tan mal, pensar en eso me jode mucho. No veo bien lo que dibujo. Antes para dibujar un ojo, que es un puntito de mierda, borraba diez mil veces. Qué cosa eso de los ojos, en el dibujo es nada más que un puntito, pero uno se da cuenta cuándo funciona y cuándo no…

R: ¿Cómo es ahora dibujar? ¿Qué se ve?

Q: Se ve como el culo, así se ve. No veo los límites del papel, tengo que poner en la mesa de dibujo un paño oscuro y pongo el papel arriba, porque si no no puedo ver los límites.

R: ¿Dibuja de memoria?

Q: Escribir de memoria puedo, pero dibujar no.

R: ¿Así que existe la posibilidad de que nunca más pueda dibujar?

Q: No lo sé. Cada tanto me pongo a dibujar, no quiero dejar de hacerlo. Pero le rajo al tema. Soy como un tenor que tiene problemas en las cuerdas vocales. Se pone a cantar y escucha que le está saliendo como el culo.

R: ¿Y la cabeza sigue imaginando chistes?

Q: No, me he autocensurado.

R: ¿Ya no tiene ese cuaderno al lado de la cama, para anotar las ideas que se le ocurren cuando sueña?

Q: Las ideas que soñé siempre fueron muy malas, nunca me sirvieron para nada. El cuaderno era para anotar esas ideas que uno se pone a pensar antes de irse a dormir, como le sucede a todo el mundo. Ya no las anoto. Ahora me las quedo para mí.

Rep: ¿Cuándo fue eso?

Quino: Debe haber sido en 1948, después de la muerte de mi madre primero y mi padre después. Recién entonces me festejaron algunos cumpleaños, pero tampoco es que hayan sido tantos los festejos…

R.: ¿Por qué no los celebraban?

¿Por algo en especial?

Q: Me parece que en España es así, porque tenemos un amigo español que tampoco los festeja.



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Las 15 Frases de Mafalda que están más vigentes que nunca | “¡Sonamos, muchachos! ¡Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!”



Joaquín Salvador Lavado, universalmente conocido como Quino, falleció a los 88 años. Entre 1964 y 1973 creó una de las tiras cómicas más famosas del mundo: Mafalda.  “Su vigencia es algo que no puedo entender”, confesó en 2014, tras recibir el Premio Príncipe de Asturias en Comunicación y Humanidades.

15 frases de Malfalda, más vigentes que nunca.

1- Nunca digas “de este agua no beberé”; porque al precio que están las gaseosas…

2- ¡Sonamos, muchachos! ¡Resulta que si uno no se apura a cambiar el mundo, después es el mundo el que lo cambia a uno!

3- ¿No sería hermoso el mundo si las bibliotecas fuesen más importantes que los bancos?

4- Lo malo de la gran familia humana es que todos quieren ser el padre.

5- No es cierto que todo tiempo pasado fue mejor. Lo que pasaba era que los que estaban peor todavía no se habían dado cuenta.

6- El problema de las mentes cerradas es que siempre tienen la boca abierta.

7- ¿Qué habrán hecho algunos pobres sures para merecer ciertos nortes?

8- El problema es que hay más gente interesada que gente interesante.

9- Yo no quiero a mi inflación, ¿Y usted?

10- Lo ideal sería tener el corazón en la cabeza y el cerebro en el pecho. Así pensaríamos con amor y amaríamos con sabiduría

11- ¿Y no será que en este mundo hay cada vez más gente y menos personas?

12- Los diarios inventan la mitad de lo que dicen. Y si a eso le sumamos que no dicen la mitad de lo que pasa resulta que los diarios no existen.

13- Tenemos una moneda sana, no fuma, no bebe…

14- Como siempre: lo urgente no deja tiempo para lo importante.

15- ¿No sería mas progresista preguntar dónde vamos a seguir, en vez de dónde vamos a parar?



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