Categorías
Argentina Cultura Cultura y Espectáculos

Leonardo Padura: “Yo necesito de la realidad cubana para mi trabajo”

https://www.tiempoar.com.ar/nota/leonardo-padura-yo-necesito-de-la-realidad-cubana-para-mi-trabajo

Este articulo lo podes encontrar en TiempoArgentino

Link al articulo original

Categorías
Argentina normal

El chileno Raúl Zurita recibió el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana | El escritor dijo que la distinción es “una alegría inesperada”



El chileno Raúl Zurita Canessa fue galardonado con el XXIX Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana, el reconocimiento más prestigioso de ese género en español y portugués. “Todo premio se desfonda contra la miseria y la situación de pobreza y desesperanza actual”, declaró el escritor tras el anuncio de la distinción.

El premio reconoce el “ejemplo poético” de Zurita “de sobreponerse al dolor con versos, con palabras comprometidas con la vida, la libertad y la naturaleza”, indicó en una declaración emitida en redes sociales Llanos Castellanos, presidenta de la institución pública Patrimonio Nacional, que otorga el galardón junto a la Universidad de Salamanca.

Castellanos dijo esperar que la extensa obra poética de Zurita, de 70 años, pueda servir de “ejemplo de cómo sobreponernos a tanto dolor y tanto pesar” en medio de la pandemia del covid-19.

Zurita, quien fue detenido durante la dictadura de Augusto Pinochet, afirmó que recibir el premio es “una alegría inesperada”, pero que se contrasta “con un panorama social tan duro y que amortigua toda la felicidad personal”.

“Este es un reconocimiento al gran caudal de la poesía chilena, un caudal que son ríos inabordables, enormes, donde reunimos las aguas de nuestro lenguaje frente al gran océano del español y el castellano como un encuentro que permite nuestra poesía”, agregó Zurita en un comunicado difundido por la Universidad Diego Portales de la que es profesor emérito y académico de la Escuela de Literatura Creativa.

El jurado del premio, con una dotación económica de 42.000 euros (unos 49.500 dólares), debió reunirse este año de forma telemática a causa de la epidemia.

El premio Reina Sofía se suma a otros reconocimientos que ha recibido Zurita, como el Premio Nacional de Literatura chileno y el Premio Iberoamericano de Poesía Pablo Neruda.

Desde la primera edición del premio Reina Sofía en 1992, en años anteriores fueron merecedores poetas como el argentino Juan Gelman, la portuguesa Sophia de Mello, el chileno Nicanor Parra, el uruguayo Mario Benedetti o el colombiano Álvaro Mutis. El ganador del año pasado fue el español Joan Margarit.



Fuente link:

Categorías
Argentina Cultura Cultura y Espectáculos

Las islas son, más que hechos geográficos, enigmáticos territorios de la imaginación

https://www.tiempoar.com.ar/nota/las-islas-son-mas-que-hechos-geograficos-enigmaticos-territorios-de-la-imaginacion

Este articulo lo podes encontrar en TiempoArgentino

Link al articulo original

Categorías
Sociedad

Agenda virtual

https://www.tiempoar.com.ar/nota/agenda-virtual-8

Este articulo lo podes encontrar en TiempoArgentino

Link al articulo original/a>

Categorías
Argentina Cultura Cultura y Espectáculos

Samuel Beckett: por primera vez un mismo traductor vuelca al castellano su trilogía

https://www.tiempoar.com.ar/nota/samuel-beckett-por-primera-vez-un-mismo-traductor-vuelca-al-castellano-su-trilogia

Este articulo lo podes encontrar en TiempoArgentino

Link al articulo original

Categorías
Argentina normal

Ray Bradbury: cien años del hechicero del siglo XX | El autor de “Fahrenheit 451” y “Crónicas Marcianas”



El mago de la ciencia ficción tenía 11 años cuando eligió por primera vez una carrera: sería mago y recorrería el mundo con sus hechizos. Un año después le regalaron una máquina de escribir para navidad. Y decidió hacerse escritor. Entre la decisión y la realidad, hubo ocho años de escuela y colegio, y de vender periódicos en una esquina de Los Angeles. La primera vez que le aceptaron un cuento a Ray Bradbury, en la revista Script, tenía 20 años. El gran hechicero del siglo XX, prolífico en sortilegios narrativos, el autor de más de 30 libros entre los que destacan Crónicas marcianas y la novela Fahrenheit 451, cumple 100 años. Su convicción literaria interpela a lectoras y lectores del mundo: “Llénate los ojos de asombro, vive como si te fueras a morir en diez segundos. Ve el mundo. Es más fantástico que cualquier sueño que alguien pueda fabricar”.

El niño pobre de Illinois

Amamos a Ray o a Bradbury -el afecto con que nos referimos a los escritores admirados es algo muy íntimo- por su imaginación exuberante y la poesía que destila su prosa. También lo amamos porque, aunque a veces cueste asumirlo, somos románticos incurables: nos gustan las historias en las que los libros pueden cambiar vidas y destinos. El niño pobre de Illinois, nacido como Ray Douglas Bradbury en Waukegan, el 22 de agosto de 1920, se hizo lector y escritor gracias a las bibliotecas públicas. “Yo no estudié en la universidad porque era muy cara, toda mi formación la conseguí en las bibliotecas públicas (…) Amo las bibliotecas, si tocas una, me tocas a mí.” 

El joven Ray, que tenía poco dinero y estaba recién casado, encontró una solución a su precariedad económica. En un sótano de la Universidad de California había unas máquinas de escribir a las que tenía que ponerle 10 centavos de dólar cada media hora. En nueve días gastó nueve dólares; con eso escribió la primera versión de Fahrenheit 451, su novela preferida (en su lápida dice “autor de Fahrenheit 451“), una de las más prestadas de la historia de la Biblioteca Pública de Nueva York y un éxito cinematográfico de la mano del director François Truffaut: “Bah, demasiado intelectual”, opinó Bradbury de la película.

En la reedición de Fahrenheit 451, traducida por Marcial Souto con ilustraciones de Ralph Steadman, publicada por Libros del Zorro Rojo, hay una introducción escrita por Bradbury, fechada el 5 de marzo de 2004: “Cada vez que doy una conferencia digo que el principal problema de nuestra civilización no es la guerra contra el terrorismo o el desempleo. Es enseñar a leer y a escribir”. 

La duda crece en Guy Montag, el bombero que al principio de la novela quema libros y las casas donde se encontraban ilegalmente guardados. “Quizá los libros empiecen a sacarnos de la cueva –le dice a su mujer-. ¡Podrían impedir que cometamos los mismos errores demenciales!.” Montag descubre que no puede seguir con su trabajo después de quemar a una anciana que se negaba a abandonar sus libros. Y recurre al profesor Faber, que le dice algo que calza como guante a la vigencia de Bradbury: “Los buenos escritores tocan con frecuencia la vida. Los mediocres la rozan apenas con la mano”. Y tocó la vida, con variaciones y altibajos, en El hombre ilustrado, El vino del estío, La feria de las tinieblas, El árbol de las brujas, Las doradas manzanas del sol y Zen en el arte de escribir, por mencionar apenas un puñado de títulos.

A diferencia de otros escritores cuya obra pareciera sucumbir a una suerte de obsolescencia programada, Bradbury llega en buena forma a su centenario, ocho años después de su muerte, el 5 de junio de 2012, a los 91 años. Su permanencia probablemente se deba a varias razones, tal vez la más significativa sea que la potencia narrativa de su obra no radica en el andamiaje tecnológico sino en el acento puesto en lo humano. El director de cine José Luis Garci lo definió como “un humanista del futuro”. 

Las Crónicas marcianas llegaron a la Argentina en 1955, cinco años después de su publicación en Estados Unidos, editadas en Minotauro por Francisco “Paco” Porrúa, quien no solo tradujo el libro bajo el seudónimo de Francisco Abelenda, sino que encontró al mejor prologuista de estas tierras: Jorge Luis Borges. “Su tema es la conquista y colonización del planeta. Esta ardua empresa de los hombres futuros parece destinada a la época, pero Ray Bradbury ha preferido (sin proponérselo, tal vez, y por secreta inspiración de su genio) un tono elegíaco. Los marcianos, que al principio del libro son espantosos, merecen su piedad cuando la aniquilación los alcanza. Vencen los hombres y el autor no se alegra de su victoria”, plantea Borges, que no vacila a la hora de dar su bendición; sabe que esos relatos perdurarán.

“¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me llenen de terror y de soledad? ¿Cómo pueden tocarme estas fantasías, y de una manera tan íntima? Toda literatura (me atrevo a contestar) es simbólica; hay unas pocas experiencias fundamentales y es indiferente que un escritor, para transmitirlas, recurra a lo fantástico o a lo real, a Macbeth o a Raskolnikov, a la invasión de Bélgica en agosto de 1914 o a una invasión de Marte (…) En este libro de apariencia fantasmagórica, Bradbury ha puesto sus largos domingos vacíos, su tedio americano, su soledad, como los puso Sinclair Lewis en Main Street”, pondera Borges en el prólogo.

El humanista conservador

El amor a un escritor tropieza, muchas veces, con una piedra en el zapato de las conciencias lectoras: el ruido o malestar que generan las opciones políticas. Bradbury, “el humanista del futuro”, era un conservador que aceptó en 2004 recibir la Medalla Nacional de las Artes en manos del entonces presidente George Bush. Su cercanía y afinidad con los republicanos nunca opacó sus mejores páginas. 

“Tuve un almuerzo con Gorbachov en Washington en 1992 y le pregunté: ‘¿qué piensa usted de Ronald Reagan?’. Y Gorbachov me dijo: ‘su presidente más grande’. Le pregunté por qué decía eso y me contestó: ‘Mire, Kennedy nunca lo dijo, Nixon tampoco; Reagan, sí: ‘¡Tiren abajo el Muro!’. Reagan les dio libertad a todos los países europeos, por eso fue el mejor’. Eso me dijo Gorbachov, y creo lo mismo: Reagan fue fantástico”, confesó Bradbury. 

El gran hechicero de la literatura del siglo XX despotricó contra las nuevas tecnologías. Cuando lo llamaron desde Yahoo para ofrecerle poner sus novelas en Internet los mandó al infierno. “Que quemen la red en lugar de quemar libros”, sentenció. “Los libros sólo tienen dos olores: el olor a nuevo, que es bueno, y el olor a libro usado, que es todavía mejor”, proclamaba en la piel del romántico criado a la antigua usanza. Peor se ponía si alguien sugería que las bibliotecas donde él se formó están en vías de extinción. “No creo que las bibliotecas estén obsoletas y no permitiré que acaben con ellas, así me tenga que poner en medio para evitarlo.”

Borracho de escritura

Pedirles a los escritores que opinen de (casi) todo, que devengan “todólogos”, es una exigencia con resultados erráticos. Mejor leerlos o escucharlos hablar sobre las aguas donde nadan más cómodos. Hay mucho material para explorar en los ensayos que integran Zen en el arte de escribir. “¿Y qué se aprende escribiendo?, preguntarán ustedes. Primero y principal, uno recuerda que está vivo y que eso es un privilegio, no un derecho. Una vez que nos han dado la vida, tenemos que ganárnosla. La vida nos favorece animándonos y pide recompensas. Así que si el arte no nos salva, como desearíamos, de las guerras, las privaciones, la envidia, la codicia, la vejez ni la muerte, puede en cambio revitalizarnos en medio de todo”, enumera Bradbury en uno de los textos. 

“Segundo, escribir es una forma de supervivencia. Cualquier arte, cualquier trabajo bien hecho lo es, por supuesto. No escribir, para muchos de nosotros, es morir. Debemos alzar las armas cada día, sin excepción, sabiendo quizá que la batalla no se puede ganar del todo, y que debemos librar aunque más no sea un flojo combate. Al final de cada jornada el menor esfuerzo significa una especie de victoria. Acuérdense del pianista que dijo que si no practicaba un día, lo advertiría él; si no practicaba durante dos, lo advertirían los críticos, y que al cabo de tres días se percataría la audiencia. Hay de esto una variante válida para los escritores (…) Si no escribiese todos los días, uno acumularía veneno y empezaría a morir, o desquiciarse, o las dos cosas. Uno tiene que mantenerse borracho de escritura para que la realidad no lo destruya.”

Desde Barcelona, Marcial Souto, escritor y traductor de Bradbury y de J. G. Ballard, pondera la enorme fuerza y autenticidad de alguien que escribía de manera muy visceral. “Bradbury fue un gran cuentista, un autor de cosas breves, intensas y rápidas. Se levantaba, pisaba una bomba y se pasaba el resto del día juntando los pedacitos. Casi todo lo que escribió lo hizo minutos después de levantarse; se despertaba con algo que él llamaba ‘el teatro del alba’ en la cabeza, como restos de un sueño, iba a la máquina y se ponía a teclear lo que había oído en el sueño”, recuerda Souto a Página/12

“Hay un cuento famoso, ‘La pradera’, de El hombre ilustrado, de unos chicos que tienen un cuarto de juego con cuatro paredes que son pantallas de televisión, lo que aparece en Fahrenheit, y de algún modo interactúan con esas pantallas y crean, según su estado de ánimo, situaciones verdaderas, una suerte de pradera africana con leones. En un momento esos chicos invitan a los padres a entrar y hacen lo que desean algunos chicos: deshacerse de los padres con los leones”, subraya el escritor y traductor que leyó Crónicas marcianas a los 16 años, cuando vivía en Montevideo.

Bradbury escribía con emoción. Recomendaba siempre correr hasta el borde del acantilado, saltar y mientras uno caía inventarse unas alas, es decir tirarse sin red”, explica Souto. “Una vez me contó que tenía una suerte de fichero con 400 ó 500 cuentos en diversos estados de todas las épocas de su vida. Trabajaba en un cuento hasta que empezaba a cansarse o aburrirse un poco y cuando se daba cuenta de que no estaba muy entusiasmado lo dejaba. Y ponía la fecha en la que había escrito la última línea. Después volvía a hojear los cuentos y de repente le parecía uno interesante y añadía una o dos páginas, si se entusiasmaba con el texto. Decía que todo lo que él había escrito tenía una especie de uniforme entusiasmo. Su obra sigue tan viva porque nos trasmite entusiasmo y movimiento. No es algo fabricado; es algo sentido. Está vivo porque es un chico muy entusiasta; por eso sus mejores textos son los que tienen que ver con la infancia.”

Souto (La Coruña, España, 1947) advierte que el éxito de Bradbury en la Argentina se debe “a las magníficas traducciones de Paco Porrúa. Una beca para perfeccionar su inglés le permitió viajar a Estados Unidos en 1968, cuando tenía 21 años. Souto aprovechó la estadía para visitar una convención mundial de ciencia ficción, donde se cruzó con varios autores y personajes como Forrest Ackerman, que tenía un museo dedicado a la ciencia ficción y fantasía. En la casa de Ackerman conoció a Bradbury. Souto, que tradujo diez libros de Bradbury, tuvo un papel destacado en la visita del escritor estadounidense a la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires en 1997

“Me dijo que fue la mejor experiencia que había tenido en su vida como escritor por cómo lo trató la gente y el interés verdadero que había”, recuerda Souto. Bradbury firmó tantos libros que terminó con un dolor molesto en la muñeca, tuvo que ser escoltado por la policía para que pudiera salir del predio y recibió tantos regalos que regresó al hotel con tres bolsas, una botella de vino en una mano y la corbata en la otra. “Si uno escribe sin garra, sin entusiasmo, sin amor, sin divertirse, únicamente es escritor a medias. Significa que tiene un ojo tan ocupado en el mercado comercial, o una oreja tan puesta en los círculos de vanguardia, que no está siendo uno mismo. Ni siquiera se conoce. Pues el primer deber de un escritor es la efusión: ser una criatura de fiebres y arrebatos. Sin ese vigor, lo mismo daría que cosechase melocotones o cavara zanjas”, se lee en Zen en el arte de escribir.

 

No pudo viajar a Marte como deseaba. “Ya les dije a las personas responsables de los viajes espaciales que cuando muera, vayan y pongan mis cenizas en una lata de sopa Campbell’s y las lleven a Marte para enterrarlas en un lugar llamado Abismo Bradbury. Ya no podré ser la primera persona viva en llegar a Marte, pero al menos quiero ser el primer muerto en llegar tan lejos.”



Fuente link:

Categorías
Argentina opinion

Ray Bradbury, Waukegan, Illinois



Waukegan, Illinois. El lugar era bien terrestre, pero el nombre sonaba a otro planeta. Waukegan: eso leíamos en la contratapa de las manoseadas ediciones setentosas de Minotauro, que el autor había nacido en Waukegan, Illinois, en 1920. Internet y Google no existían ni en los relatos futuristas de ese autor, con lo que poco más podía saberse de Waukegan, que así conservaba el aura misteriosa, extraplanetaria, apropiada para ese hombre que nos contaba cosas que pasaban en Marte. Aunque esas cosas que pasaban en Marte no dejaban de tener íntima relación con las cosas que pasaban acá, en la roca tercera contando desde el Sol.

Los personajes de esos relatos no viajaban en naves espaciales, sino en cohetes. Y nosotros viajábamos en hojas de papel ya entonces algo amarillento, de la mano de Ray Bradbury. Por eso cuando murió millones de personas –sin exageración– tuvimos una sensación como de vacío bajo los pies, como si de repente nos hubieran sacado el piso, como si se hubieran apagado las paredes de la habitación donde había tigres. La puta, se murió Bradbury, dijimos, y al mismo tiempo nos sirvió de consuelo haberlo tenido tantos años, y que haya escrito tanto y nos haya dejado tanto en la estantería. Que la adolescencia está a salvo aún de la muerte.

El equívoco de que Ray Bradbury fue “un maestro de la ciencia ficción” se sostiene solo entre quienes se quedan con la obviedad de sus títulos más célebres. En realidad, Ray siempre escribió sobre humanos bien reconocibles antes que enanitos verdes o marcianos rojos. Entre muchos posibles ejemplos, vale “El sonido de un trueno” (1952), donde lo único fantástico es el viejo y querido artilugio de H. G. Wells. Eckels, el protagonista de ese relato de Las doradas manzanas del sol, se acerca a “Safari en el Tiempo S. A.” para viajar a la Prehistoria y vivir la aventura de matar un dinosaurio; los responsables de la empresa, que cobran en dólares contantes y sonantes –nada interestelares–, le informan que no debe alejarse del sendero marcado ni afectar nada más que ese dinosaurio que de todos modos está destinado a morir. Pero a Eckels lo aterra la visión del Tyrannosaurus Rex y sale del sendero, y al volver al tiempo presente todo es distinto: el letrero de la entrada está lleno de errores de ortografía, la reciente elección presidencial –que al irse había consagrado al candidato progresista sobre el dictatorial– tiene el resultado opuesto. En su bota, una simple mariposa muerta resulta ser el origen de una realidad abruptamente modificada. Leer ese relato a cierta edad, caer en la cuenta de que un mínimo acto puede desencadenar una serie de eventos en el tiempo que lo cambia todo, tiene un peso específico muy real, palpable y pesado.

Crónicas marcianas –otro posible ejemplo de muchos– habla de Marte, claro, pero sobre todo habla de nosotros, de la locura que ya en 1950 campeaba en un planeta aún lejos del alucinado sprint tecnológico del cambio de siglo. Eso queda claro en el melancólico cierre de “El picnic de un millón de años”, cuando la vida en la Tierra es un mal recuerdo y la familia exiliada en las colinas rojas descubre que los marcianos son esos que están ahí, reflejados en los canales, pestañeando ante el descubrimiento. El desesperante “La lluvia”, uno de los inquietantes tatuajes de El hombre ilustrado, transcurre en Venus pero las reacciones de esos astronautas perdidos bajo el incesante chaparrón son un ensayo sobre los límites de la mente humana bajo presión.

Eso, inquietante: Bradbury era un tipo que inquietaba, y lo sigue haciendo. Uno encontraba relatos impregnados del costumbrismo del paisaje rural de su país, pero de pronto algo venía a desencajarlo todo. En La feria de las tinieblas, toda ese aura de pueblito bucólico y tartas de calabaza va quedando aplastada por el carrusel que manipula el tiempo, y la desastrada troupe que lo administra. “El siguiente en la fila”, primer, siniestro relato de El país de octubre, deja claro que incluso Bradbury puede ser contado entre las influencias de Stephen King. Ni hablar del descorazonador final de “El hombre del cohete”, ese cuento en el que los hijos de un astronauta coleccionan el polvillo de sus viajes por los planetas y viven temiendo que un día no vuelva y que deberán evitar la visión de ese planeta donde quedó, y el padre finalmente cae en el Sol: “Y el Sol era enorme, y ardiente, e implacable. Y estaba siempre en el cielo. Y uno no podía alejarse del Sol”. Fahrenheit 451, la pesadilla de cualquier escritor, su obra convertida en cenizas. La muerte es un asunto solitario, puro crepúsculo hecho palabras.

A nadie puede sorprender que Ray fuera más bien refractario a nuevas tecnologías, a la era de Internet y el encantamiento digital. En su obra se preocupó siempre más por los que manipulan los aparatos, antes que por los aparatos en sí. Para él fueron una excusa necesaria y bien detallada para contar lo que le interesaba contar, la tragedia y la comedia y la enorme, fascinante paradoja humana contenida en cualquier esquina de este planeta. Con esos descubrimientos, Ray Bradbury se dio el lujo de viajar donde quisiera, a Irlanda para una inolvidable y fallida adaptación de Moby Dick para John Huston, al Londres de Camila y los melancólicos, a la lluviosa Venus y a Marte, siempre a Marte, allí donde hubo habitantes de rostro sereno que navegaban los canales hasta que vino la Humanidad a estropearlo todo. Y llevarnos con él, convencidos de que podíamos estar colgando de un cielo extraño pero seguíamos reconociéndonos en el retrato.Y después de todo ese viaje, volver la vista a esas tapas de colores fuertes, de bolsillo, sin solapa, manoseadas, ajadas de tanta lectura y relectura gozosa, repantigados en una mecedora situada frente al atardecer de Waukegan, Illinois.



Fuente link:

Categorías
Argentina Cultura Cultura y Espectáculos

Un recorrido cinematográfico por la obra del gran maestro de la ciencia ficción

https://www.tiempoar.com.ar/nota/un-recorrido-cinematografico-por-la-obra-del-gran-maestro-de-la-ciencia-ficcion

Este articulo lo podes encontrar en TiempoArgentino

Link al articulo original

Categorías
Argentina Cultura Cultura y Espectáculos

Ray Bradbury, el escritor que hizo arder las palabras

https://www.tiempoar.com.ar/nota/ray-bradbury-el-escritor-que-hizo-arder-las-palabras

Este articulo lo podes encontrar en TiempoArgentino

Link al articulo original

Categorías
Argentina Cultura Cultura y Espectáculos

Pablo Morosi: “Favaloro convirtió su suicidio en un mensaje”

https://www.tiempoar.com.ar/nota/favaloro-convirtio-su-suicidio-en-un-mensaje

Este articulo lo podes encontrar en TiempoArgentino

Link al articulo original