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Biden decretará ayudas económicas temporales

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Joseph Biden, Venezuela y América latina | Los cambios y las continuidades



Desde Caracas.

La dimensión de la crisis que parece corroer a Estados Unidos quedó expuesta en tres miércoles consecutivos de enero. El día 6, una movilización convocada por el presidente Donald Trump tomó el Capitolio, el 13 fue aprobado el segundo impeachment contra Trump en la cámara de Representantes, y el 20 ocurrió la toma de posesión del presidente Joe Biden y la vicepresidenta Kamala Harris con un despliegue de 25 mil efectivos en la ciudad de Washington.

El país atraviesa una superposición de crisis que no logra ocultar. En el tiempo de un año se vio la incapacidad de enfrentar la pandemia, la violencia sistémica de las fuerzas policiales sobre la población afroamericana, los levantamientos y movilizaciones contra esa violencia, las respuestas aún más represivas, la acción de milicias armadas en su mayoría de supremacistas blancos, la defensa de esas organizaciones por parte de Trump, el desconocimiento de los resultados electorales de Trump y una mayoría de sus votantes, las falencias estructurales del sistema electoral, hasta los hechos de un enero que quedará en la historia.

Biden asumió en ese marco con un discurso de apelación a la unidad, la necesidad del reencuentro nacional, con un gabinete que, en términos de imagen, busca proyectarse como progresista: una mujer vicepresidenta, un afroamericano, Lloyd Austin, al frente de la secretaría de Defensa, una mujer indígena, Deb Haaland en la secretaría de Interior, un cubano-americano, Alejandro Mayorkas, en la Seguridad Nacional, una mujer transgénero, Rachel Levine, como asistente de salud.

Pero la multiculturalidad, el primer plano de las denominadas minorías en el gobierno, no indica cuáles serán las políticas, algo que no augura cambios progresistas en vista de los recorridos de hombres y mujeres que están en puestos claves de la nueva administración. Un repaso por las trayectorias de Biden, el secretario de Estado, Antony Blinken, la subsecretaria de Asuntos Políticos, Victoria Nuland, la directora de la USAID, Samantha Power, el secretario de la CIA, William Burns, y el mismo Austin -que proviene además de la contratista militar Raytheon- muestran una historia de realización directa o apoyo de acciones armadas abiertas o encubiertas en Iraq, Siria, Libia, Yemen y Ucrania, para mencionar algunos casos.

Biden se encuentra ante dos objetivos centrales. Por un lado, recomponer las crisis internas, en el orden de lo económico, sanitario, y la fractura social que con Trump -emergente de esa misma crisis- adquirió nuevas formas y radicalidades que, todo indica, continuarán. Y si el nuevo presidente apeló a la unidad, también volvió a referirse al concepto de “terroristas internos”, en un posible punto de inflexión en una política interna de criminalización y vigilancia que podrá extenderse hasta donde lo permita el término “terrorista”, es decir, hasta donde lo necesite la administración y los poderes generalmente invisibles que, en los últimos meses, emergieron por momentos a la luz.

Por otro lado, el nuevo gobierno está ante la necesidad de recomponer el frente externo, tanto en el regreso a multilateralidades abandonadas por Trump, como el Acuerdo Climático de París -reingreso ya decretado por Biden-, y la Organización Mundial de la Salud, como en la reconstrucción de la imagen y mitología internacional estadounidense que se encuentra en decaída internacional, buscando encabezar un autoproclamado eje democrático, así como la recuperación de espacios perdidos ante el crecimiento de potencias, como China y Rusia, que continuaron su avance durante el 2020 en varias partes del mapa, como en nuestro continente.

América Latina

Blinken, interrogado por Marco Rubio en el Senado, sostuvo la necesidad de “aumentar la presión sobre el régimen del brutal dictador” Nicolás Maduro, en una audiencia en el Senado el día martes, en la cual expuso cuáles serán las líneas de política exterior. Las palabras de Blinken no fueron sorpresivas: se anticipa que la probabilidad más grande sea que la nueva administración no realice grandes cambios en su narrativa pública hacia Venezuela, y que el asunto no sea prioridad en medio del incendio estadounidense y asuntos exteriores prioritarios, como China, Rusia o Irán.

Sin embargo, tras el posible mantenimiento de un discurso similar ante el expediente Venezuela que ha sido bipartidista, también se anticipa que podrían ocurrir modificaciones en el abordaje, en el regreso de diálogos y, tal vez, de acuerdos. Uno de los hombres señalados como centrales esa nueva posibilidad es Gregory Meeks, nuevo presidente de Asuntos Exteriores de la cámara de Representantes, que fue parte de la fundación del Grupo de Boston, un grupo entre parlamentarios venezolanos y estadounidenses creado tras el golpe de Estado en abril del 2002. Meeks, quien estuvo en Caracas en el funeral de Hugo Chávez y luego dos veces más, aparece como un actor de la trama, casi siempre invisible, de acercamientos, intentos de diálogos y mediaciones, que suelen ocurrir entre ambos países.

Venezuela será uno de los temas centrales de América Latina, un continente bajo disputas e inestabilidades. La victoria de Biden representa una derrota de la apuesta política del presidente Jair Bolsonaro, quien manifestó una y otra vez su cercanía con Trump, así como del partido del gobierno de Colombia, el Centro Democrático, conducido por Álvaro Uribe, señalado de hacer campaña en el estado Florida a favor del ahora ex presidente. Este escenario, si bien anticipa posibles tensiones, las mismas, a menudo maximizadas mediática y políticamente, no deben hacer perder de vista que existen acuerdos políticos permanentes que no se modifican sustancialmente con cambios de administración en la Casa Blanca y la superficie del departamento de Estado.

El punto en el cual puede ocurrir un cambio significativo es en el caso Cuba, donde la diferencia entre la administración de Barack Obama, que abrió un acercamiento, y la de Trump, que redobló el bloqueo, fue significativa. El plan de Biden, según se anticipó, es el de regresar a las claves desarrolladas con la isla con el anterior gobierno demócrata, es decir cuando él era vicepresidente.

El nuevo gobierno estadounidense asume en medio de crisis extraordinaria y una geopolítica en reconfiguración y sin marcha atrás. La posibilidad de continuidades, de reproducción de mecanismos, como la infiltración en los poderes judiciales en América Latina para desarrollar el lawfare, con el objetivo de garantizar los intereses estadounidenses en nuestra región, parece más probable que un giro sorpresivo.



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El desafío de Joe Biden, convivir con los trumpistas | Opinión



El asalto al Capitolio por parte de trumpistas fanáticos corroboró que la retórica incendiaria de un líder que desconoce su derrota electoral puede fomentar hechos dramáticos a los ojos del mundo. Y más aún en una sociedad armada y polarizada como la estadounidense, con una fuerte rémora que le impide dejar atrás el racismo y la xenofobia. ¿Cómo sanar las heridas? Ese es el gran desafío que enfrenta Joe Biden, quien pareció plenamente consciente al haber insistido con la palabra “unidad” en su discurso de investidura. 

Los cuatro años de presidencia de Donald Trump cimentaron la intolerancia contra musulmanes, latinos, afrodescendientes, mujeres y políticos de izquierda. Apenas puso un pie en la Casa Blanca, en enero de 2017, el magnate republicano prohibió la entrada a Estados Unidos de ciudadanos procedentes de siete países de mayoría musulmana. Fiel a sus diatribas xenofóbicas, Trump respondió a los bloqueos judiciales con distintas versiones del veto, ante la indignación de organizaciones de derechos civiles, líderes religiosos y la oposición demócrata.  

En julio de 2019, Trump atacó por sus orígenes a las legisladoras demócratas Alexandria Ocasio-Cortez, Ilhan Omar, Rashida Tlaib y Ayanna Pressley, conocidas como “el escuadrón”. El líder republicano afirmó que ellas “vinieron de países cuyos gobiernos son una total y completa catástrofe “, por lo que sugirió que “regresaran” a estos lugares. Ocasio-Cortez tiene padres puertorriqueños; Ohmar llegó de niña a EE.UU. como refugiada somalí y es musulmana; Tlaib es hija de palestinos y Pressley en 2018 se convirtió en la primera representante negra de Massachussetts. 

A los comentarios racistas de Trump le siguieron dos tiroteos masivos. En El Paso, Texas, Patrick Crusius, 21 años, entró con un rifle AK 47 en Walmart –al que van a comprar numerosos mexicanos–, y mató a 22 personas. Se supo después que Crusius había publicado un manifiesto en el foro extremista del sitio 8Chan en el que hablaba de la “invasión latina de Texas” y promovía la idea del “gran reemplazo”, del autor francés Renaud Camus, que impregnó a las ultraderechas. En menos de 24 horas, Connor Betts, de 24 años, mató a nueve personas e hirió a 17 disparando contra una multitud en un bar de Dayton, Ohio.

Como ningún otro presidente antes, Trump adoptó una postura hiperagresiva en la frontera sur con México, reivindicando la construcción del muro. Miles de migrantes quedaron varados a la espera de su cita en el tribunal de inmigración estadounidense y cientos de niños fueron separados de sus padres en las deportaciones. Con la pandemia de coronavirus, la administración republicana justificó aún más la rápida expulsión de extranjeros. 

El epílogo del mandato de Trump está marcado por el indulto a su exasesor Steve Bannon. El estratega de la ultraderecha fue acusado de haber recibido más de un millón de dólares de una organización sin fines de lucro para la construcción del muro, y de haber usado cientos de miles de dólares en gastos personales. Antes de viajar a Florida, el magnate se despidió de un pequeño grupo de seguidores en una base de la Fuerza Aérea en las afueras de Washington: “Volveremos de alguna manera”, prometió. Un sector radicalizado de la sociedad estadounidense cree, como él, que hubo fraude electoral y ya dio una muestra en el Capitolio de hasta dónde puede llevar su furia. 



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En busca de Biden: una clave



En este momento crítico en que el mundo se pregunta si Joe Biden, ya inaugurado, podrá enfrentar exitosamente los arduos desafíos que asedian a su presidencia, quiero aportar, por medio de un encuentro que tuve con él, una posible clave.

Aunque el modo en que se resuelvan las múltiples crisis de los Estados Unidos –una pandemia desatada, una economía en ruinas, una emergencia climática, una situación internacional inestable y peligrosa y, sobre todo, un país dividido por la violencia y el odio racial y antinmigrante– depende de muchas fuerzas sociales y políticas que están fuera del control del nuevo presidente, la historia enseña que la personalidad del individuo que enfrenta un trance histórico de tal envergadura suele también ser un factor decisivo.

Es ese ser humano y la forma en que se plantea ante los conflictos con sus adversarios que pude sondear el día en que conocí a Joe Biden.

Fue a principios de marzo del 2003 y George W. Bush estaba a punto de invadir Iraq, bajo la falsa pretensión de que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva. Yo había escrito un comentario en The Washington Post (que también publiqué en Página/12), en que rechazaba vigorosamente esa aventura insensata, dirigiéndome a tantos iraquíes que exigían esa invasión como el medio más apropiado para liberarse de la dictadura que padecían. Como alguien que había sido activo en la lucha contra Augusto Pinochet en Chile, entendía yo esa urgencia, pero argumentaba que era mejor que los ciudadanos de Iraq terminaran con los estragos de Saddam por sus propios medios –tal como lo habíamos hecho los chilenos– y no a raíz de una intervención extranjera que arrojaría a la humanidad a una vorágine de caos.

Debido a ese artículo de opinión, la cadena NBC me llevó a Nueva York para que participara en un panel en el “Today Show” –el programa matutino de mayor sintonía en los Estados Unidos– sobre la guerra que se avecinaba. A favor de la invasión estaban un par de exiliados iraquíes y el entonces senador Joe Biden, que había votado, en octubre del 2002, para autorizar amplios poderes de guerra a Bush, aduciendo que era la única manera de salvar a la humanidad de un holocausto nuclear. Fue una discusión intensa con él y, especialmente, con los iraquíes que hablaban de las torturas y demencias de Saddam, de que era imperioso liquidarlo como fuera.

Después de que finalizó el debate, Biden se me acercó de inmediato. Me pidió que detallara las razones que motivaban mi desavenencia con los iraquíes presentes, cuya desazón le había tocado, dijo, profundamente. ¿Cómo era posible, preguntó, que alguien que se oponía a las dictaduras, podía negarles a otros la posibilidad de zafarse de su propio déspota? Se inclinó hacia mí como si estuviéramos no en una enorme sala de televisión, sino que en una iglesia, únicamente yo y él conversando en voz baja.

Los ayudantes del senador revoloteaban a su alrededor, murmurando que debía atender todo tipo de asuntos importantes –más importantes, implicaban, que este chileno díscolo que no beneficiaba para nada la carrera de su patrón–, pero él no les hizo caso y continuó hablando conmigo durante largos minutos. Quiso averiguar más sobre mi pasado, cómo había sobrevivido con mi familia al exilio, si alguna vez hubiera consentido a que USA, por ejemplo, invadiera Chile para ayudar a deponer al general Pinochet. Y dije “que Dios me ayude”, no habría aceptado un compromiso perverso que habría sometido a mi país a la tutela extranjera, incluso si eso significara salvar la vida de tantos de mis propios camaradas, de mi propia vida. Parecía Biden particularmente preocupado por esa angustia mía, llegó a tocarme el hombro con sincera simpatía –pensé que me iba a dar un abrazo. En ese momento no sabía yo de su historia de pérdidas personales, la mujer e hija que habían fallecido en un accidente de auto, los dos hijos varones que habían quedado malheridos, no tenía la menor idea de cómo esa tragedia había creado en él una necesidad incesante de consolar a los afligidos. Pero intuí que su interés por mí no surgía tan solo de sus afanes compasivos, sino que estaba genuinamente interesado en opiniones que contradecían sus propias creencias y prejuicios, que estaba listo para escuchar a alguien con quien podía tener serias divergencias intelectuales e ideológicas.

Todavía tengo, casi dieciocho años más tarde, discrepancias con quien es ahora el presidente de su país. Fui un partidario ferviente, si bien pragmático, de Bernie Sanders, y sigo creyendo que los Estados Unidos requieren reformas estructurales más drásticas que las que propone Biden, pero he apoyado con entusiasmo su candidatura y campaña, comprendiendo que era la mejor opción –¡alguien por fin decente!– para deshacernos de la malignidad de Trump. Y celebro que ha ido mostrando una tendencia cada vez más nítida a comprender que hay que encarar a fondo las inequidades que la patria de Lincoln viene acumulando desde los inicios de su historia, así como me anima que haya puesto en el centro de su política la decisión de contener las catástrofes ecológicas que amenazan a nuestro planeta.

Pero mi verdadera esperanza nace de esa conversación remota con Biden, el recuerdo amable de las dos cualidades que demostró mientras hablábamos: la empatía con el dolor ajeno y la disposición a aprender de aquellos cuyas opiniones no siempre coinciden con las suyas. Es cierto que estas mismas características pueden llevarlo a compromisos innecesarios con sus acérrimos contrincantes republicanos, a perderse en busca de la misma mítica unidad nacional que menoscabó la presidencia de Obama. Tengo, sin embargo, la cautelosa impresión de que va a prevalecer en él su compasión por los menos afortunados, las grandes mayorías de su país. Igualmente importante es que se abra cada día más a los sueños rebeldes de sus adherentes, aunque disientan de su propia visión moderada.

Espero, entonces, por el bien de todos los que ansiamos justicia e igualdad en estos tiempos de plagas y víctimas y expectativas frustradas, que aquello que vislumbré adentro de Biden una lejana mañana del 2003 siga siendo crucial en su existencia, que permanezca en él ese deseo de compartir la congoja de sus semejantes, y que sea, por lo tanto, capaz de aliviar el sufrimiento inmensode su país y, por qué no, del mundo más allá de sus fronteras.

* Ariel Dorfman es escritor. Sus últimos libros son el ensayo, “Chile: Juventud Rebelde”, y “Allegro”, una novela narrada por Mozart.



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En pocas horas, Biden comenzó a deshacerse de la pesada herencia de Trump

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Biden: “Estados Unidos vencerá el extremismo político, la supremacía blanca y el terrorismo doméstico”

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Donald Trump dejó la Casa Blanca y afirmó: “Volveremos de alguna manera” | Estará en Florida durante la asunción de Joe Biden



El saliente presidente de Estados Unidos, Donald Trump, abandonó esta mañana la Casa Blanca. Trump aterrizó primero en la base aérea de Andrews, en el vecino estado de Maryland, y allí protagonizó una breve una ceremonia de despedida, antes de volar hacia Florida, donde pasará el día de la asunción de su sucesor, Joe Biden, recluido en su resort de golf preferido. “Volveremos de alguna manera”, lanzó.

El magnate salió por la parte trasera de la Casa Blanca hacia el conocido South Lawn (jardín del sur), que oficia como helipuerto de los mandatarios norteamericanos. Trump y su esposa, Melania, saludaron a los periodistas presentes en el lugar.

Al salir, Trump se limitó a decir que su mandato fueron “cuatro años fantásticos” y que para él representan el gran “honor” de su vida. Luego él y Melania subieron al Marine One, el helicóptero presidencial.

“Estaremos de vuelta de alguna manera”

El helicóptero aterrizó luego en la base militar de Camp Spring, en Maryland, donde un avión presidencial esperaba a Trump y a su familia para dirigirse rumbo a Florida. Ahí, el presidente y la primera dama salientes brindaron breves discursos frente a un pequeño grupo de sus partidarios.

“Hemos logrado mucho”, aseguró Trump quien destacó que su administración reconstruyó “a los Estados Unidos militarmente”, tuvo “mucha aprobación de los veteranos” de guerra que “habían sido muy maltratados antes de que vinieramos” y lograron “números increíbles” en materia económica. “Van a ver números maravillosos en los próximos meses si (los integrantes del nuevo gobierno) dejan las cosas como están. Recuérdennos cuando eso pase”, afirmó.

Trump también aseguró que fue su administración la que produjo un “milagro médico”. “Tuvimos la vacuna (contra el coronavirus) desarrollada en nueve meses, no nueve años”, dijo en referencia a los fármacos de Pfizer y Moderna y aseguró que hay “otra que viene casi inmediatamente”. El mandatario volvió a referirse al Sars-Cov2 como “el virus chino”.

“Dejamos todo en la cancha”, sostuvo el mandatario saliente y afirmó que le deja al gobierno de Joe Biden “los cimientos para hacer algo espectacular”.

Además, el presidente aseguró que hicieron una gran reforma tributaria. “Espero que no suban sus impuestos. Y si lo hacen, yo se los avisé”, dijo.

“Es un gran honor haber sido su presidente”, agradeció Trump y aseguró que “estaremos de vuelta de alguna manera”. “Tengan una buena vida, nos vemos pronto”, concluyó antes de subir con Melania al Air Force One, seguido de sus hijos, y partir rumbo a Florida.





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Joe Biden en la Casa Blanca: ninguna ilusión



Puede parecer un consejo vano, pero hay que recordar el torrente de ilusorias expectativas que despertó el triunfo de Barack Obama en 2008. Reflejo de la profunda penetración del mensaje neocolonial, los cánticos triunfalistas que destacados intelectuales de la “progresía” europea y latinoamericana entonaran en vísperas de la inauguración de su mandato fueron rápidamente acallados ni bien el afro-americano puso manos a la obra (secundado por Joe Biden) y dedicó ingentes esfuerzos a salvar a los bancos de la “crisis de las hipotecas sub-prime” olvidándose de los millones que fueron estafados por aquellos. Dado que ya se escuchan, si bien con un tono aflautado, algunas letanías parecidas a las del 2008, parece oportuno recordar estos antecedentes para no caer en nuevas –y previsibles- frustraciones.

Biden llega a la Casa Blanca con un equipo étnicamente más heterogéneo que el de Donald Trump, casi en su totalidad conformado por varones blancos. Pero en todos los casos se trata de personas que más allá de su diversidad étnica y cultural están íntimamente ligadas al gran capital norteamericano. El Departamento de Estado será dirigido por Anthony Blinken, un halcón moderado, pero halcón al fin, que cree que su país tendría que haber fortalecido su presencia en Siria para evitar la llegada de Rusia. Blinken apoyó la invasión a Irak en 2003 y la intervención armada en Libia que culminó con la destrucción de ese país y el linchamiento de Muammar El Gadafi. Ha dicho que “la fuerza debe ser un complemento necesario de la diplomacia”, en línea con el pensamiento tradicional del establishment. Por lo tanto, a no confundirse.

El Jefe del Pentágono propuesto por Biden es un afro-descendiente, Lloyd Austin, un general de cuatro estrellas con 41 años de actividad en el Ejército y cuya ratificación en el Senado puede verse comprometida por dos razones. Primero porque la ley establece que ese cargo sólo lo puede ocupar un militar que haya abandonado el servicio por lo menos siete años antes, y Austin recién lo hizo en el 2016. Segundo, porque hasta fechas recientes era miembro del Directorio de Raytheon, uno de los gigantes del complejo militar-industrial, gran proveedor de las fuerzas armadas de EEUU. Además Austin, un hombre con buen olfato para los negocios, es también socio de un fondo de inversión dedicado a la compraventa de equipos militares. Pequeñas incompatibilidades, dirán los medios hegemónicos, siempre tan complacientes con lo que ocurre en Washington.

La segunda línea del Departamento de Estado tiene como figura estelar, en el cargo de subsecretaria para Asuntos Políticos, nada menos que a Victoria Nuland. Este personaje es un super-halcón que en la Plaza Euromaidan de Kiev alentó y repartió botellitas con agua y pastelitos a las hordas (similares a las que asolaron el Capitolio el 6 de enero en Washington) que sitiaban la casa de gobierno de Ucrania y, en febrero de 2014, derrocaron al legítimo gobierno de ese país. Una conversación telefónica entre el embajador de EEUU en Ucrania y Nuland, inesperadamente filtrada a la prensa, quedará para siempre en los anales de la historia diplomática porque cuando aquel le hizo saber que la Unión Europea no estaba muy de acuerdo con derrocar al gobierno de Víktor Yanukóvich la Nuland respondió con un seco “Fuck the European Union!” No está demás agregar que esta bella persona está casada con Robert Kagan, un ultraderechista autor de varios libros en donde exalta el Destino Manifiesto de Estados Unidos, defiende sin tapujos la ocupación israelí de Palestina y recrimina a los gobiernos europeos por su cobardía en acompañar a Estados Unidos en su cruzada civilizatoria universal. Todo queda en familia.

Por si lo anterior no fuera suficiente para disipar cualquier esperanza en relación al recambio presidencial en Estados Unidos termino con dos citas de un artículo que Joe Biden publicara en la revista Foreign Affairs.[i] Se titula “Por qué EEUU debe conducir nuevamente. Rescatando la política exterior después de Trump” y allí lanza un rabioso ataque en contra de Rusia y China. De la primera dice que la sociedad civil rusa resiste con valentía la opresión del “sistema autoritario y la cleptocracia de Vladimir Putin”. Sobre China, reafirma la necesidad de “endurecer nuestra política” hacia el gigante asiático. De lo contrario, asegura, China continuará “robando la tecnología y la propiedad intelectual” de nuestras empresas. [ii] 

Difícil que con personas como las que ha reclutado para los cargos clave de su administración y con una retórica como la que brota de su puño y letra el mundo pueda respirar tranquilo y confiar en que, ahora sin Trump, las tensiones del sistema internacional disminuirán significativamente.

[i] En Foreign Affairs, Marzo-Abril 2020, Volumen 99, Nº 2, pp. 64-76.

[ii] El periodista Rick Gladstone, en un artículo publicado en el New York Times del 7 de noviembre de 2020, después de su artículo en Foreign Affairs, asegura que Biden se refirió a Xi Jinping como “un matón”. 



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Los primeros decretos de Biden: Acuerdo de París, OMS, coronavirus y migración | Firmará 17 resoluciones tras asumir



Este miércoles, a horas de haber asumido la presidencia de los Estados Unidos, Joe Biden firmará 17 decretos para revertir políticas de la gestión de Donald Trump. Entre las principales medidas que tomará el mandatario demócrata están el regreso al Acuerdo de París y a la Organización Mundial de la Salud y una fuerte reforma migratoria.

Coronavirus

Como parte de la estrategia de Biden para hacerle frente a la pandemia de coronavirus, el inmunólogo de la Casa Blanca, Anthony Fauci –criticado e insultado por Donald Trump– intervendrá en representación de Estados Unidos en la reunión del Consejo Ejecutivo de la OMS que tendrá lugar este jueves.

El nuevo presidente firmará también un decreto que hará obligatorio el uso de mascarillas en los edificios federales y para los empleados del gobierno central y, para paliar los efectos económicos generados por la pandemia, Biden prevé una moratoria contra los desalojos y un congelamiento de los préstamos estudiantiles federales.

Política ambiental

La nueva administración también buscará llevar adelante políticas para frenar el cambio climático -que Donald Trump dijo “no creer” que existiera-. Gina McCarthy, responsable de este asunto en el gabinete demócrata, anunció que Estados Unidos enviará un pedido a la Organización de Naciones Unidas (ONU) para volver al Acuerdo de París.

Biden también quiere revertir una serie de medidas de desregulación ambiental tomadas por el gobierno de su antecesor. Entre ellas, va a revocar la autorización para el controvertido oleoducto de Keystone XL, que une Estados Unidos y Canadá.

Política migratoria

En materia migratoria, Biden intentará restituir políticas que se habían iniciado durante la administración de Barack Obama y terminar con la persecución a inmigrantes que el gobierno de Trump tuvo como emblema.

El nuevo presidente anulará un decreto migratorio que prohíbe la entrada al país de ciudadanos de países mayoritariamente musulmanes y suspenderá la construcción del muro en la frontera con México, financiado con el presupuesto del Pentágono.

En el ámbito legislativo, Biden presentará un proyecto al Congreso -donde cuenta con mayoría demócrata- que tiene entre sus puntos principales la naturalización del colectivo conocido como “Dreamers” (“Soñadores”): 700.000 jóvenes llegados como indocumentados en la infancia acompañando a sus padres.

Los migrantes beneficiados por el Estatuto de Protección Temporal (TPS) -una protección que Trump intentó derribar, al igual que la que beneficiaba a los “Dreamers”- también están incluidos en un plan de varias etapas que puede culminar con su nacionalización.

“Será un privilegio trabajar con el Congreso para pasar una reforma legislativa sobre inmigración y ofrece esa vía, y ofrece una solución permanente a lo que claramente es un sistema roto”, dijo Alejandro Mayorkas, nominado para dirigir el Departamento de Seguridad Interior -que gestiona la política migratoria-, durante su audiencia de confirmación en el Senado.

El proyecto también incluye fondos adicionales para aumentar la vigilancia y los controles fronterizos y un plan de asistencia para El Salvador, Guatemala y Honduras, el país de origen de la mayoría de esos migrantes.



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La playlist de Joe Biden y Kamala Harris para seguir la asunción presidencial | Son 46 canciones de artistas como Dua Lipa, Bruce Springsteen y Led Zeppelin



El presidente electo, Joe Biden, y la vicepresidenta electa, Kamala Harris, lanzaron una playlist para celebrar la toma de posesión presidencial de este miércoles. En el marco de la pandemia, el comité que organiza el evento decidió, al igual que hizo durante la campaña, conformar una lista de reproducción para que las personas puedan celebrar desde sus casas.

La playlist, disponible en distintos servicios de reproducción de música online, está conformada por 46 canciones de artistas diversos entre los que se encuentran Dua Lipa, Bruce Springsteen y Led Zeppelin. También incluye tema de celebración de la campaña de Biden-Harris, “Higher Love” de Kygo y Whitney Houston.

“Durante un año tumultuoso que ha mantenido alejados a tantos seres queridos, la música ha sido un vehículo constante que nos ha mantenido conectados. Ya seas un alma del country, un entusiasta del jazz, un fan del hip hop, una persona de música clásica o simplemente amas el rock and roll de antaño, la música aclara, inspira, une y sana”, dijo Tony Allen, director ejecutivo del Comité de Toma de Posesión Presidencial.

La lista de reproducción fue producida por el Comité en asociación con DJ D-Nice y Raedio. “Sabemos que la música tiene el poder de unir a las personas, y después de un año de desafíos y divisiones nacionales, esperamos que esta colección sirva como una indicación de un nuevo comienzo”, afirmó Benoni Tagoe, presidente de Raedio.

La música también estará presente durante la ceremonia: durante la inauguración, Lady Gaga cantará el himno nacional y después hará una presentación Jennifer López. A la noche, el Comité programó un especial titulado “Celebrating America” que se transmitirá en vivo por distintas emisoras de televisión en el que tocarán Bruce Springsteen, Demi Lovato, Foo Fighters, John Legend, Jon Bon Jovi y Justin Timberlake, entre otros.





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