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Fútbol y fascismo, el juego de odio y poder de la extrema derecha | De los hinchas “militares” del Dínamo Dresde a los filonazis croatas



Desde Freud sabemos que el odio al otro es la expulsión física y simbólica del odio que sentimos hacia nosotros mismos. Gravitamos en un mundo emocional donde el odio dual forma una unidad dialéctica donde convive el temor de que el otro ocupe el presente de tu cuerpo y de tu mente. Esta pasión obsesiva y territorial es una perversión vinculada más a la imaginación que a los hechos. Cuando nuestras vidas responden a nuestros miedos más que a nuestros sueños se dan algunas de las condiciones sociales que determinan el auge del fascismo. Son las condiciones sociales que determinan la posibilidad de desclasamiento, de degradación, de unas capas sociales que, según su conciencia subjetiva de clase, desean mantener sus privilegios y su estatus social.

Somos seres esculpidos de tiempo, de lenguaje, y de memoria. Es necesario una memoria limpia de nuestras tragedias, la documentación respetuosa pero irrenunciable de las aristas sensibles del dolor.

Un domingo de calima templada, el número 174.517 se regaló una visita al estadio de la Vecchia Signora, de la Juventus. Minutos antes del partido, desde la ruidosa tribuna visitante se descolgó una bandera estampada con la cruz gamada. “Me estremeció. El odio estaba ahí, a mi lado, al lado de mi vacío, de mi nada”, escribió Primo Levi. Meses después su casa de Turín se cerraba como una orquídea ofendida, y el escritor sobreviviente de Auswichtz se quitaba la vida observando el horizonte que lo acompañaba por la ventana. “Lee, pregunta, escucha, observa, mira, sueña, vive; pero sobretodo, recuerda”, plasmó en ese viaje final de palabras secas. El origen de su dolor estaba en todas partes.

Años después, como si el pasado se confinara, a pocos kilómetros de Turín cientos de simpatizantes croatas dibujaron una esvástica humana en la tribuna norte del Estadio Comunale de Livorno. Fue una imagen poderosa, cruel, del odio que mejor se vende, del mundo que nos aguardaba a la vuelta de la esquina. El fútbol fue el primer instrumento del que se apoderó el fascismo redentor en sus inicios. Los símbolos y el relato xenófobo, racista, y antiinmigración cuajo en amplios sectores del universo futbolístico internacional.

En Dresde, Alemania, la ciudad devastada en la Segunda Guerra Mundial, anida el Dínamo con sus 35.000 aficionados que se desplazan por todo el país. La impactante imagen de sus 3.000 ultras vestidos de uniforme militar, casco, y saludo nazi, en su visita de visitante ante el Karlsruhe S. C. recorrió el mundo. Los simpatizantes del club, cercano a la extrema derecha del AFD -Alternative für Deutschland, tercera fuerza en el parlamento alemán- han estado implicados en numerosos altercados con las minorías étnicas de la ciudad. El Dínamo no es una excepción. Las aficiones del Chemnitz -antigua FC Karl Marx- Leipzig, Cottbus, Bayern Múnich, Sttugart, Colonia etc, son una preocupación permanente para las autoridades germanas.

En el Reino Unido, el grupo “Chelsea Headhunters”, del Chelsea Football Club, es el que más se distingue por sus afinidades con la extrema derecha británica. Alineados con la Liga de Defensa Inglesa mantuvo contactos con grupos paramilitares del Ulster, como Ulster Defensa Association y Ulster Volunteer Force, para desarrollar actividades en Irlanda del Norte. Los “Birminghan Zulus”, “Aston Villa Hardcore”, “Millwall Bushwackers”, “Inter City Firm” del West Ham y el más peligroso grupo del país, el “6.57 Crew” del Portsmouth, completan el arco iris del fascismo más virulento del fútbol británico.

La peregrinación de los “Irriducibilis” del Lazio a la plaza Loreto de Milán, donde Mussolini fue ahorcado por los partisanos italianos, es un clásico de recogimiento y oración en el fútbol italiano. Aliados inicialmente al fascista Movimiento Social Italiano, en la actualidad se asocian a posiciones de ultraderecha dentro de la Liga Norte de Matteo Salvini. Hace unos años conmovieron a la opinión pública italiana al imprimir pegatinas con la imagen de Ana Frank con la camiseta de la Roma, su eterno rival. La mayor parte de los equipos del norte del país son cautivos de los símbolos y retórica de la extrema derecha.

En España la pulsión fascista se centra, fundamentalmente, en los “Ultrasur” del Real Madrid, el “Frente Atlético” del Atlético de Madrid, y los “Ultra Yomus” del Valencia, estos últimos muy combativos, con concentraciones y altercados en Barcelona frente a los independentistas de izquierda catalanes. Han recibido declaraciones de apoyo de algunos dirigentes de Vox, el nuevo y exitoso partido de la ultraderecha española.

Con la importante presencia del Frente Nacional, de Marie Le Pen, en la vida política gala, la mayor parte de grupos ultras en equipos franceses se suscriben a la extrema derecha, con especial atención a los seguidores del París Saint Germain. Sin embargo el grupo más violento del país, el del Olympique de Marsella, mantiene posiciones de la izquierda anarquista influenciado por la gran inmigración magrebí del norte de África.

A veces la voluntad de reconocer al otro, y reconocerse en el otro, trae aparejados algunos problemas. Esto es lo que les pasó a Luka Modric, de Real Madrid, e Ivan Rakitik, ex Barcelona y actual Sevilla, cuando se quedaron “pegados” por sus apariciones junto al líder de la banda “Thompson”, Marko Perkovic. El cantante filonazi, defensor del movimiento croata fascista “ustasha” que gobernó como títere del nazismo en la Segunda Guerra Mundial, se subió al micro abierto de la selección en el festejo del subcampeonato del Mundial 2018 en Zagreb. El “Rey” conversó y cantó junto a los jugadores el “Bojna Cavoglave”, con la frase Za dom spremni (Por la patria, ¡listos!), que hace apología del antiguo régimen fascista. Ambos jugadores le quitaron importancia al incidente, mientras parte de la sociedad croata no salía de su estupor. El central croata Josip Simunic se quedó sin Mundial 2014 por gritar por el micrófono del estadio Maksimir de Zagreb la misma frase. La FIFA lo apartó con diez partidos de suspensión. A Manuel Neuer, arquero de la selección alemana, se le filmó cantando la canción en una vacaciones en Dubrovnik, en la Costa Dálmata. El griego Giorgos Katidis fue excluido de por vida de la selección de su país por haber celebrado un gol con el saludo nazi, momentos después se disculpó manifestando que desconocía el significado de ese saludo. Los ejemplos se reproducen como un rosario de cicatrices.

Según el mito platónico, nuestro deseo brota de la imaginación y la carencia; está tejido de apetito y búsqueda, de indigencia y esperanza, y cuando el presente ya no es lo que es, podemos aprender del pasado y volver a elegir la elegía. Es tan fácil ceder a la tristura del odio. Fútbol y fascismo como el nuevo pacto faústico de la posmodernidad. Un clima de mal sueño, donde vivimos un eterno presente donde la memoria sigue desaparecida.

(*) Ex jugador de Vélez, y campeón Mundial Tokio 1979.



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