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La lucha de Trump para evitar que se sepa que casi no pagó impuestos

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Amy Coney Barret impregnará el sello conservador en la Corte Suprema |  Es el momento que el Partido Republicano espera hace décadas



“Mi deseo más ferviente es que no sea reemplazada hasta que asuma un nuevo presidente”, le dijo Ruth Bader Ginsburg a su nieta antes de morir. La jueza de la Corte Suprema de los Estados Unidos, un ícono para el feminismo y el progresismo del país norteamericano, falleció el 18 de septiembre pasado, a un mes y medio de las elecciones y todo indica que el Senado no respetará esa última voluntad.

Este es el momento que la Sociedad Federalista, la organización de abogados conservadores más influyente de Estados Unidos, lleva décadas esperando. Es el que quería también Donald Trump, quien ya nombró dos magistrados en la Corte Suprema y casi 200 jueces federales a lo largo de su mandato. Una oportunidad única para el Partido Republicano para definir la dirección del máximo tribunal del país por lo menos por una generación.

Para Amy Coney Barrett, la jueza elegida por Trump para reemplazar a Ginsburg, también es el momento para el que se preparó toda su vida. Egresada de la Escuela de Derecho de la Universidad de Notre Dame, Barrett es jueza del Séptimo Circuito de Apelaciones de Estados Unidos, que cubre los estados de Illinois, Indiana y Wisconsin. Allí también llegó nombrada por el magnate.

Al presentarla el sábado pasado como su candidata a la Corte, Trump la denominó “una de las mentes más brillantes y legalmente dotadas” de la nación. Barrett tiene 48 años, se graduó como la mejor de su clase y ya había integrado la lista de posibles nombres para el máximo tribunal en 2018, cuando finalmente quedó nominado Brett Kavanaugh.

Integrante de la Sociedad Federalista, su visión para las leyes está marcada por el “originalismo”, un conjunto de teorías que interpreta la Constitución según la intención con la que fue escrita. Con un perfil opuesto al de Ginsburg, Barrett es en realidad la heredera natural de Anthonin Scalia, el conservador juez de la Corte que falleció en 2016, nueve meses antes de la elección que convirtió a Trump en presidente de Estados Unidos.

En aquel momento, el Senado se negó a votar el reemplazo propuesto por Barack Obama, cuando el líder del bloque republicano, Mitch McConnell, consideró que había que esperar la asunción de un nuevo mandatario. Todo lo contrario a lo que sucederá este año.

No hay todavía un anuncio oficial, pero un cronograma tentativo que dio a conocer Associated Press a partir de fuentes en la Cámara alta muestra que los republicanos se preparan para comenzar las audiencias a mediados de octubre, para lograr una votación a fines de ese mes. Es decir, apenas unos días antes de la elección presidencial del 3 de noviembre, sobre cuyo resultado tal vez el tribunal tenga que fallar.

“Yo creo que esto va a terminar en la Corte Suprema”, dijo Trump recientemente. Convencido de que si pierde es por el fraude, el republicano cree que “es muy importante” que haya nueve jueces en el tribunal, en el caso de que la pelea por el resultado de la elección llegue a ese nivel.

Actualmente, la Corte Suprema cuenta con cuatro votos conservadores seguros, tres progresistas y uno de desempate. La confirmación de Barrett hará que el tribunal se incline hacia el lado conservador, incluso si Trump pierde y el demócrata Joe Biden se convierte en el nuevo presidente de Estados Unidos.

El futuro del Obamacare

De ser confirmada, la primera muestra de la nueva conformación del tribunal se dará en noviembre, cuando la Corte tenga que fallar sobre el futuro del “Obamacare”, la reforma sanitaria que introdujo Obama durante su primera presidencia. Si actualmente los votos se calculan en un empate 4-4, con la presencia de Barrett, la reforma pasaría a ser inconstitucional. Unas 20 millones de personas, que obtuvieron cobertura médica a través de esa ley, dejarían de tenerla.

Pero lo que más preocupa a los progresistas tal vez sea el futuro del acceso al aborto en Estados Unidos. Actualmente, lo que garantiza este derecho en el país norteamericano es un fallo de la Corte, Roe v. Wade. Católica, madre de siete hijos, Barrett aparece como la candidata ideal para Trump, quien se ha comprometido a nombrar solamente jueces que se opongan a este tema.

La nominación de la jueza provocó que los medios estadounidenses le prestaran una atención repentina a la organización People of Praise (gente de alabanza, en inglés), un grupo cristiano con el que se la asocia. Sin embargo, ella insiste en que sus creencias religiosas no influencian sus decisiones.

Hasta ahora, Barrett ha evitado estratégicamente fuertes definiciones sobre Roe v. Wade y no se conoce su opinión sobre el fallo que garantiza el aborto, pero se sabe que piensa que los jueces pueden intentar anular precedentes, por más arraigados que estos se encuentren.

Trump asegura que no le preguntó por su posición sobre el tema, pero está confiado en que, de llegar el caso, votará como él quiere. “Puedo decir esto: ella ciertamente es conservadora en su mirada y en sus fallos. Vamos a ver cómo se resuelve esto. Yo creo que se resolverá”, le dijo este domingo a Fox News.



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Se consolida el eje ultraconservador entre Washington y Brasilia

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Argentina Cash

Qué quiere Trump con TikTok | El acuerdo entre la exitosa aplicación china y las corporaciones estadounides Oracle y Walmart



La danza entre TikTok y Donald Trump tiene al planeta mesmerizado. Es habitual ver al presidente de los Estados Unidos amenazar con furia para luego desinflarse en un acuerdo amigable. Lo hace tanto en su política doméstica como cuando tiene que lidiar con sus contendientes globales, de Corea del Norte a China, como si las cosas a ese nivel también se arreglaran en una conversación entre hombres que primero revolean los puños y terminan en un abrazo. Las amenazas contra TikTok no son la excepción.

Hasta ahora la coreografía entre Trump y TikTok ha resultado imprevisible y cambiante. Como ya se explicó en Cash, lo que está en juego son los datos de los ciudadanos estadounidenses que recopila la red social china

Los datos debidamente procesados (se comprobó en las últimas elecciones presidenciales de Estados Unidos) sirven para incidir en el ánimo de la población, entre otras cosas. Los algoritmos de inteligencia artificial de TikTok son tecnología de punta especializada en atrapar la atención, algo que explica en parte su crecimiento vertiginoso. Otra parte se se debe a la intensiva publicidad que utilizaron para fogonear el interés de los usuarios.

En resumen, los chinos finalmente lograron hacer lo que parecía patrimonio exclusivo de Silicon Valley. Por eso el gobierno de Estados Unidos está preocupado de que le hagan lo mismo que lleva años haciendo en el mundo: utilizar a las empresas como vectores de poder para intervenir en otros países.

Paso a paso

La única opción ofrecida por Trump fue que ByteDance, la empresa matriz de TikTok, vendiera la red social a una compañía de los Estados Unidos. Microsoft hizo una oferta, pero los chinos no aceptaron e hicieron una contrapropuesta: sumar a Oracle como socio tecnológico, algo que tampoco quedaba del todo claro qué significaba. 

La propuesta no pareció satisfactoria y rápidamente el senador republicano Josh Hawley publicó una carta dirigida al director del Comité de Inversiones Extranjeras afirmando lo siguiente: “La seguridad nacional americana está en riesgo. Aliento con fuerza a usted y los otros miembros del Comité de Inversiones Extranjeras de los Estados Unidos a rechazar inmediatamente la propuesta de asociación entre Oracle y ByteDance”. 

En un primer momento Trump expresó su disconformidad con la alternativa presentada y aseguró que a partir del domingo 20 de septiembre se bloquearía la descarga y actualización de la app.

En un giro “imprevisto”, un día antes del plazo, Trump dio su aprobación “tentativa” a que Oracle y Walmart adquirieran en conjunto el 20 por ciento de las acciones de una nueva empresa llamada “TikTok Global” registrada en los Estados Unidos. 

Esto permitiría al CEO de Walmart, Doug McMillon, sentarse en el comité de la empresa. Walmart sueña con sumar datos de consumidores gracias a TikTok y de esa manera recuperar un poco de terreno frente al agresivo modelo de negocios de Amazon

Para Oracle es también una oportunidad enorme de avanzar en el negocio de la nube, en el que corre detrás de Amazon, Microsoft y Google. Por su parte el fundador de Oracle, uno de los hombres más ricos del mundo, colabora con Trump en la búsqueda de fondos de campaña. Este dato permite suponer que el vínculo personal facilitó la repentina buena disposición presidencial para esta alternativa.

Algoritmo

Esta solución en camino de concretarse, en realidad, no resuelve el conflicto. Por un lado el acuerdo no cambiaría nada sustancial: de hecho, TikTok ya almacena los datos de los usuarios de los Estados Unidos en servidores locales que, según algunas versiones, pertenecen a Google. Será igual de difícil garantizar que no se hagan copias de esos datos. 

Por otro lado, no está claro que TikTok esté dispuesto a mostrar su algoritmo a los nuevos socios y, aun si quisiera, tendría que conseguir la aprobación del régimen chino que restringe la apertura de esta tecnología con empresas de otros países, tal como hacen los Estados Unidos. 

Para generar aún más confusión Trump aseguró que la empresa pagaría 5000 millones de dólares para un fondo educativo, pero Bytedance aseguró no saber de qué le hablan. Por si fuera poco, el lanzamiento de TikTok a la bolsa está planeado para el año que viene y urge resolver todas estas cuestiones antes de salir a seducir inversores.

Plataformas

Esta discusión se da en un contexto de creciente cuestionamiento al rol de las corporaciones en la economía y su impacto sobre la democracia. El reporte de actividad inauténtica de agosto de Facebook ya no solo señala a compañías extranjeras por las campañas de desinformación a través de cuentas falsas, sino a empresas de comunicación domésticas directamente vinculadas con el poder político. 

Tampoco resultaría menor que los Estados Unidos avalen el bloqueo de una aplicación por la acumulación de datos de sus ciudadanos. Sería un antecedente internacional de mucho peso capaz de inspirar a otras naciones: ¿o alguien cree realmente que las únicas plataformas peligrosas son las chinas?

En este conflicto se juegan varias cuestiones. Los grandes ausentes, como ocurre en general, son los países periféricos sin incidencia en las políticas tecnológicas que afectan su propia soberanía de datos.



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Para Trump Estados Unidos puede convertirse en Venezuela | El presidente norteamericano se reunió con latinos en Miami



El presidente de Estados Unidos Donald Trump (foto) aseguró que su país puede convertirse pronto en Venezuela. “Lo empecé a decir hace dos años, esto realmente puede suceder”, sostuvo el líder republicano. El mandatario participó en Miami de una mesa redonda con latinos. Allí dijo que estaba muy confiado de conseguir el voto cubano de Florida. El líder republicano recordó que en las elecciones de 2016 obtuvo el 90 por ciento del apoyo de ese electorado. Y se preguntó si en la votación de esta año alcanzaría el 100 por ciento.

Trump se reunión con puertorriqueños, colombianos, centroamericanos y cubanos en un evento llamado “Latinos por Trump”. Durante el mismo aprovechó para pegarle a su rival en las elecciones del próximo 3 de noviembre, el demócrata Joe Biden. El mandatario aprovechó para recordar que el exvicepresidente de Barack Obama se había reunido con el presidente de Venezuela Nicolás Maduro. “Podríamos ser una Venezuela también“, subrayó el republicano aludiendo a una posible victoria de Biden. Más que preguntas el presidente recibió constantes alabanzas de los latinos. El salón se inundó de aplausos cuando una seguidora dijo que nadie más que él se merecía el Premio Nobel de la Paz. Es el segundo día consecutivo que Trump se reúne con su electorado en el “estado del Sol”.

Otra participante del evento de nacionalidad nicaragüense le dijo que ella sabía de primera mano qué era escapar del comunismo. “Sucede rápido”, le aseguró, a lo que Trump contestó que “sí”. Relatos como ese dominaron la jornada en la ciudad de Doral, la que el presidente llamó la “Pequeña Venezuela” por su gran población de migrantes llegados desde ese país. Allí el magnate tiene su club “Trump National Doral” donde se celebró el evento. El mandatario criticó en varias ocasiones el respaldo que el gobierno de Obama y Biden dieron al proceso de paz en Colombia, impulsado por el expresidente Santos. También recordó que esta semana se reunió en la Casa Blanca con una veintena de participantes en la fallida invasión de la Bahía de Cochinos en 1961.





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Trump se negó a asegurar que entregará el poder si pierde las elecciones | Habló de un “fraude que están preparando los demócratas”



A horas de conocerse un nuevo sondeo que lo mantiene 8 puntos abajo en la intención de voto, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, salió a agitar el fantasma del “fraude” en los próximos comicios presidenciales y lo usó como justificación de su intento de cubrir cuanto antes una vacante en el Tribunal Supremo de ese país. También se negó a confirmar que entregará el mando si es derrotado.

“Creo que esto (las elecciones) acabará en el Tribunal Supremo, y creo que es muy importante que tengamos nueve jueces”, dijo Trump e inmediatamente dio las razones: “Es mejor si (aprobamos a una nueva juez) antes de las elecciones, porque creo que este fraude que están preparando los demócratas, este fraude acabará frente al Tribunal Supremo de Estados Unidos”.

La insólita declaración fue hecha durante una reunión con fiscales generales de varios estados del país en la Casa Blanca, en la que se negó a garantizar que, si pierde las elecciones, su traspaso de poder al candidato demócrata Joe Biden será pacífico.
“Tendremos que ver lo que ocurre. Usted lo sabe, me he quejado mucho de lo que está pasando con las papeletas”, afirmó Trump al ser preguntado al respecto. 

 Biden reaccionó de inmediato: “¿En qué país vivimos? Es una broma. Quiero decir, ¿en qué país estamos? Dice las cosas más irracionales, no sé qué decir”, declaró el candidato demócrata.

El senador republicano Mitt Romney, un crítico excepcional de Trump en las filas conservadoras, también protestó. “La transferencia pacífica del poder es fundamental para nuestra democracia; sin ella seremos como Bielorrusia. Cualquier sugerencia de un presidente de que puede evadir esta garantía constitucional es impensable e inaceptable“, afirmó en Twitter.

No es la primera vez que el mandatario estadounidense insinuó esta posibilidad, solo que esta vez lo utilizó como excusa de su prisa para cubrir la vacante que dejó el fallecimiento de la jueza Ruth Bader Ginsburg.

La vacante en la Corte Suprema

El mandatario

planea nominar este sábado a su candidata

para sustituir a la magistrada fallecida el pasado viernes pasado a los 87 años. Y por eso ayer confirmó que

la jueza cubano-estadounidense Bárbara Lagoa

está entre las cinco magistradas que está considerando para el puesto, aunque negó que tenga planes de reunirse con ella.

La decisión de Trump de nominar de inmediato a una sustituta de Ginsburg generó polémica, porque Ginsburg dejó escrito, antes de morir, que su “deseo más ferviente” era “no ser reemplazada hasta que haya un nuevo presidente”, es decir tras los comicios.

Sin embargo, los republicanos dejaron claro que ya tienen los votos para confirmar a la nominada de Trump en el Senado, y aunque quedan menos de seis semanas para las elecciones, el mandatario insistió en que su objetivo es haberlo resuelto para entonces.

Si el resultado de las elecciones estuviera en disputa y no se hubiera cubierto la vacante que dejó Ginsburg, el Supremo contaría aún así con una mayoría conservadora de cinco jueces, frente a los tres de inclinación progresista que quedan en la corte tras la muerte de la célebre magistrada.

Las últimas encuestas

El contexto de las declaraciones de Trump tienen que ver también con que en las últimas horas se conoció un sondeo de intención de votos hecho por la NBC, The Wall Street Journal y Telemundo, que indica que Biden tiene un 51 por ciento de apoyo frente a un 43 del jefe de Estado.

La ventaja se amplía en el denominado “voto hispano”, un sector de la población estadounidense en la que el demócrata tiene un respaldo del 62 por ciento, frente a un 26 para el republicano



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Argentina El mundo

Para Europa, las sanciones contra Irán carecen de valor jurídico  | EE.UU. proclamó unilateralmente la reactivación de las sanciones de la ONU



 Desde París

 El delirio unilateral de la administración norteamericana construyó otro episodio alucinante con Irán como telón de fondo y la casi totalidad del planeta amenazada con sanciones por Washington. El 19 de septiembre, el Secretario de Estado de Estados Unidos, Mike Pompeo, proclamó unilateralmente la reactivación de las sanciones de las Naciones Unidas contra Irán. Luego, el gobierno de Donald Trump amenazó con instaurar un mecanismo de sanciones “secundarias” (incluido el bloqueo del acceso al sistema financiero de Estados Unidos) contra cualquier país o entidad que no respete dichas sanciones. El despropósito radica en que Trump representa a casi el único país de mundo para el cual esas sanciones están en vigor, en que 4 de los 5 miembros del Consejo de Seguridad de la ONU tampoco las consideran activas y, extremo del disparate, en que Washington salió en mayo de 2018 del acuerdo (JCPoA, Joint Comprehensive Plan of Action) firmado en Viena en 2015 por Teherán y las grandes potencias. 

Para justificar esta estrategia, la administración Trump alega que sigue siendo parte integrante del acuerdo pese a que se retiró del mismo y se basa para ello en un dispositivo llamado “snapback” que le permite restaurar las sanciones. Durante su intervención a distancia en la septuagésima quinta Asamblea General de las Naciones Unidas, el presidente francés, Emmanuel Macron, desacreditó la postura norteamericana: Macron dijo: “no transigiremos con la activación de un mecanismo que los Estados Unidos, al salir del acuerdo por su propia voluntad, no están en condiciones de activar”.

Aislada, Washington promete castigar con garrotes a quienes no sigan sus pasos. Las potencias europeas consideran que las sanciones renovadas y las amenazas carecen de todo valor jurídico. El fin de semana pasado, París, Berlín y Londres remitieron una carta a la presidencia del Consejo de Seguridad de la ONU en la cual resaltaban precisamente que toda “decisión o medida tomada con la intención de restablecer las sanciones no tendrá ningún efecto jurídico”. Moscú adhirió al mismo modelo. La cancillería rusa aclaró: «las iniciativas y acciones ilegitimas de Estados Unidos no pueden, por definición, tener consecuencias internacionales legales para los otros países”. Irán ha sido desde el principio del mandato de Donald Trump una de las mayores causas de su diplomacia. Ahora que las elecciones presidenciales están cerca, el mandatario estadounidense regresa a sus cauces fundadores: Irán, el Acuerdo de París sobre el clima, la Organización Mundial del Comercio, China

La agenda internacional apuró además las gesticulaciones de Washington. El próximo 18 de octubre vence el embargo sobre las armas que pesa sobre Irán. Estados Unidos propuso en la ONU que dicho embargo se prolongara, pero el pasado 15 de agosto el Consejo de Seguridad rechazó por una mayoría aplastante la resolución de Washington. Queda así otra opción: presionar y asfixiar a Irán para que Teherán se retire definitivamente del acuerdo de Viena y enterrarlo para siempre.

La posición que el presidente francés respaldó en la Asamblea General de la ONU corresponde globalmente a la de sus aliados del Viejo Continente. Consta de dos vertientes. Por un lado, situar por encima de todo la preeminencia del derecho internacional. En este sentido, Macron invalidó la restauración de las sanciones porque, afirmó,” sería dañar la unidad del Consejo de Seguridad y la integridad de sus decisiones, sería correr el riesgo de agravar más las tensiones en la región”. Por el otro, también hizo un llamado para “completar a tiempo” el acuerdo de 2015 y, de esa forma, obtener la garantía de que Teherán no conseguirá nunca un arma nuclear, de aclarar el alcance de sus programas balísticos y “sus desestabilizaciones en la región”.

La administración de Trump achicó el mundo. Lo redujo a sus caprichos, a sus rabietas e insultos en Twitter y, en esta última etapa, a la confrontación con China. Con todas sus carencias, la acción colectiva internacional existía desde finales de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). Ese ciclo acabó con la llegada de Donald Trump. Ya hubo precedentes y, en el caso de uno de ellos, sus implicaciones siguen vigentes: en 2003, luego de haber mentido descaradamente con falsas pruebas en las Naciones Unidas, el ex presidente George W. Bush lanzó la Segunda Guerra de Irak sin el aval de la ONU. Buscaba inexistentes armas de destrucción masiva, pero decapitó a Saddam Hussein, hundió a Irak en un caos de sangre y corrupción, y acabó sembrando en toda la región ruina, guerra y hecatombe. 

En marzo de 1996, la administración estadounidense de Bill Clinton le dio vigencia a la Ley de la libertad cubana y solidaridad democrática, más conocida por el nombre de sus autores, el senador (Republicano) de Carolina del Norte, Jesse Helms, y el representante Republicano de Indiana, Dan Burton. La ley Helms-Burton, entre otras maldades enredadas en su disputa con Fidel Castro, permitía a Washington la aplicación de sanciones contra empresas de terceros países cuyas actividades en Cuba implicaban la utilización de propiedades que, en algún momento, pertenecieron a empresas norteamericanas. Las cruzadas unilaterales de Washington contra sus enemigos no son una novedad trumpista. Sólo ha cambiado el estilo, y, en el caso de Irán, el hecho de que se trata de un objetivo con muchas capacidades de respuesta y desestabilización. El trumpismo aumentó la tendencia al extremo y se inventó un “mundo paralelo” dentro del cual se reserva el derecho y el no derecho.

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Argentina Contratapa

La desigualdad y la muerte en los Estados Unidos  



La pandemia está exarcebando un problema horrible en los Estados Unidos, la desigualdad social. En 2018, un estudio del banco central del país, la Reserva Federal, encontró que el cuarenta por ciento de los norteamericanos no tienen para pagar un gasto inesperado de 400 dólares. Para 2019, siete de cada diez no llegaban a tener mil dólares ahorrados, un aumento de la pobreza relativa del 58 por ciento en apenas un año.

Y entonces, una pequeña criatura llamada coronavirus apareció en escena, bailando y saltando, y creando una catástrofe social.

En un año normal en Estados Unidos, 800.000 personas son desalojadas cada mes. Para julio de este año, se estimaba que ya eran entre seis y siete millones. Donald Trump firmó una ley, diciendo: “No quiero que nadie sea desalojado y con esta ley voy a solucionar el problema casi completamente, o tal vez completamente”. La firma fue en su lujoso club de golf en Bedminster, Nueva Jersey, frente a un grupo de socios que habían pagado 350.000 dólares para entrar y siguen pagando anualidades altas.

Pero no era una ley lo que el presidente firmaba sino un decreto, que no hizo absolutamente nada para proteger a los inquilinos, ni siquiera extendía la más bien débil moratoria de cuatro meses a los desalojos. Eran generalidades biensonantes que dejaban el tema en manos del secretario de Estado, Steven Mnuchin. Que era presidente de un banco que se encargó de echar a más de cien mil personas que no pudieron pagar sus hipotecas por la crisis de 2008.

El mismo día en que Trump firmaba su decreto, el 24 de julio, vencía la ayuda económica de 600 dólares por semana votada por el Congreso, con Trump y los republicanos negándose a extenderla. El argumento es que tanta plata hace que la gente no quiera volver a trabajar, lo que implica admitir que los veinte millones de trabajadores que recibieron la ayuda no llegan a ganar eso. Hay que destacar que, considerando los precios norteamericanos, ganar 600 a la semana coloca al trabajador por debajo de la línea de pobreza… A principios de septiembre, Trump terminó firmando otro decreto asignando 300 dólares. Pero todavía nadie vio ni uno de esos cheques.

Un nuevo segmento de los noticieros televisivos es el bloque dedicado al hambre en Estados Unidos. Son imágenes de gente haciendo cola para recibir alimentos en iglesias o centros de ayuda. El problema aumentó porque el gobierno Trump hizo cada vez más complicado recibir ayuda por desempleo o alimentar, y porque las escuelas cerradas significan que tantos chicos no reciben su desayuno y almuerzo gratuitos.

El salario mínimo sigue siendo exactamente el que era en 2009, 7,25 dólares la hora. En los once años en que los trabajadores no recibieron aumento, los bonos de los brokers de Wall Street subieron exponencialmente. Si el salario hubiera seguido la misma evolución, cada hora se pagaría 33,51 dólares.

Las muertes por covid-19 en Estados Unidos ya están llegando a las 200.000, a un ritmo de mil por día. Los medios reflejan la cantidad de ciudadanos que no pueden pagar un funeral, ni siquiera un entierro, de un ser querido. Es un rasgo de la disparidad social: el dueño de Amazon Jeff Bezos ganó en un excelente día en julio 13.200 millones de dólares, diez veces lo que costaría pagar el entierro de todas las víctimas del virus en todo el país.

 

El índice GINI, que mide la desigualdad social en una escala de que va de 0 (el mejor grado) a 10, califica a Estados Unidos como el país desarrollado de lejos más desigual. En 2018, le dio un puntaje de 4,14, lo mismo que a la Argentina de Macri y peor que el 3,96 de Uruguay. Lo más notable es que hace cuarenta años, en 1980, EE.UU. tenía un GINI de 3,46. Es un caso único de caída en la equidad social desde que existe el índice.



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Trump y Xi Jinping chocan en la ONU por la globalización, el medio ambiente y el virus

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Quién fue Ruth Bader Ginsburg, la jueza que cambió Estados Unidos con su vida y puede volver a cambiarlo con su muerte



De Público, especial para Página/12

“No pido ningún favor por mi sexo. Todo lo que pido a mis compañeros es que dejen de pisarnos el cuello”. Si hubiera que elegir una frase para ejemplificar la vida de Ruth Bader Ginsburg, la jueza del Tribunal Supremo de Estados Unidos fallecida el pasado 18 de septiembre, seguramente sería esa. Ginsburg, impulsora incansable de los derechos de las mujeres, la repitió como un mantra en numerosas ocasiones. Tomada de Sarah Grimké, reconocida sufragista y abolicionista, funcionó como lema que articuló el pensamiento de la jueza, quien abogó por un feminismo basado en la igualdad de oportunidades y entendido como ideario para eliminar la discriminación de género, también cuando esta afectaba a los hombres y cuando se daba en forma de discriminación positiva. Mujer infatigable, son conocidos los comentarios vertidos por sus allegados respecto a su tenacidad y capacidad de trabajo: había que obligarla a acudir a casa a cenar, se levantaba temprano, se acostaba a las cuatro de la mañana, siempre volcada en sus responsabilidades. Su decisión de ocupar el cargo de magistrada hasta el final no es sino el síntoma de quien decidió hacer de una profesión un modo de vida, de esta una lucha colectiva.

Ruth Bader Ginsburg se había convertido en una heroína de masas en una época convulsa donde muchos necesitan un modelo femenino a seguir. Su rostro, impreso en tazas, camisetas y todo tipo de merchandising, es para las generaciones más jóvenes de Estados Unidos referente político pero también icono en la era de la reproductibilidad; ella lo aceptó con agrado y hasta bromeaba sobre el tema: “Tengo 84 años y todo el mundo quiere hacerse una foto conmigo”, afirmó sonriente hace unos años. Su fama le llegó sobre todo a partir de 2013, cuando expresó su opinión disidente tras conocerse el fallo del Tribunal Supremo en el caso Shelby County v. Holder: la controvertida sentencia minó significativamente el derecho al voto de las minorías, derogando una cláusula constitucional que impedía a ciertos estados imponer condicionantes al sufragio. Con su disenso, Ginsburg inflamó las redes, comenzaron a llamarla “Notorious RBG” –copiando el nombre artístico del famoso rapero Biggie Smalls, o Notorious BIG–, su popularidad transcendió internet y se amoldó a ese papel en una biografía homónima. Incluso, llegó a la gran pantalla de la mano de una película y el documental nominado al Oscar, RBG. La televisión también se rindió a sus encantos y se la imitó con gracia en el programa Saturday Night Live. Esa era la última Ruth: la de la corona, la sudadera de “Diva” y las sesiones de gym en directo. Y, sin embargo, bajo la parafernalia mediática y el loor de multitudes se escondía otra Ruth: seria, inteligentísima, y a la que debemos buena parte de los derechos que ahora gozan las mujeres en este país.

Ginsburg no lo tuvo fácil. 

Nacida en Brooklyn en 1933, hija de inmigrantes judíos que no pudieron estudiar, perdió a su hermana cuando era prácticamente un bebé y a su madre tras graduarse del instituto, lo que no le impidió desempeñarse con brillantez en cada una de sus etapas académicas. Licenciada por Cornell, fue admitida entre un reducido grupo de mujeres –nueve exactamente, el resto de su promoción lo formaban 541 hombres– en la prestigiosa facultad de derecho de Harvard, donde conoció a su marido. Entre el anecdotario de sus años universitarios destacan dos vectores: la discriminación sistemática sufrida por razón de género (el decano llegó a preguntarle qué hacía allí ocupando el lugar de un hombre), y una excelencia imparable que la llevó a ser parte de la revista Law Review, un logro inaccesible para muchos. Tras transferir su matrícula a Columbia para acompañar a su pareja, quedó primera de la promoción y, aún así, le fue imposible encontrar trabajo: nadie quería contratar a mujeres abogadas. Después de mucho bregar con un machismo intrínseco a la época, en 1963 consiguió un puesto de profesora en Rutgers University, un centro considerado de segunda categoría, donde dejó una huella indeleble. A partir de ahí, su carrera sigue a la perfección los patrones narrativos del american dream: el dificultoso comienzo sirve al final feliz, el éxito se convierte en moneda de cambio siempre que lo acompañe un esfuerzo hercúleo.

Por la igualdad de género

En mitad de las manifestaciones por los derechos civiles, Ginsburg evitaba las pancartas y aglomeraciones, según se desprende del documental RBG. No obstante, un activismo de hilandera sagaz, silenciosa y constante, se apoderó de su oficina, desde donde fue tejiendo el corpus jurídico que tendría como resultado una merma sustancial de la discriminación de género en la historia del país. A finales de los años 60 y durante los años 70, cuando consiguió plaza en Columbia y llegó a ser la primera profesora titular de su facultad, Ginsburg ejerció asimismo como abogada para la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles –ACLU, en sus siglas en inglés–, una organización en la que desempeñó un papel crucial como directora de su iniciativa por los derechos de las mujeres. Contagiada del espíritu de la época, se dio cuenta pronto de que la Cláusula sobre Protección Igualitaria, incluida en la Constitución norteamericana, estaba siendo utilizada para debilitar el aparato institucional racista pero no necesariamente el machismo endógeno que ella misma sufría. La igualdad contenida en la Decimocuarta Enmienda se transformaría pronto en su sello argumentativo a la hora de defender a sus clientes en los tribunales.

De este período es necesario subrayar al menos dos casos representativos de un deseo por ampliar los derechos de las mujeres, pero también de un conocimiento profundo de su público en cualquier juzgado: magistrados blancos, hombres, en su mayoría conservadores. En Weinberger v. Wiesenfeld (1975) defendió con éxito a un viudo a quien la oficina de la Seguridad Social había negado el subsidio disponible para las esposas que perdían a su marido, demostrando así que la discriminación de género afectaba también a los hombres. Tres años antes había representado a Susan Struck, miembro del Ejército, tras haber sido expulsada por quedarse embarazada. En aquellos años el aborto era ilegal en todos los estados pero obligatorio para las mujeres militares. Aunque el juicio en el Tribunal Supremo no llegó a celebrarse porque Struck retiró los cargos, la estrategia de Ginsburg era clara: si conseguía defender la libertad de decidir poniendo el ejemplo de una señora a quien la maternidad le estaba siendo negada, ese mismo corpus legal serviría para garantizar el derecho al aborto –que sería finalmente legalizado en Roe v. Wade (1973)–. El pensamiento de Ginsburg excedía así el problema inmediato que tenía delante, el agravio concreto a un ciudadano, más bien se enfocaba en la creación de una jurisprudencia que cimentase una serie de libertades capaces de prolongarse en el tiempo. Se puede decir sin ambages: era una estratega.

Tras una trayectoria impecable con la ACLU, pasó a trabajar en el Tribunal de apelaciones para el circuito del Distrito de Columbia, donde adquirió notoriedad como moderada liberal. En 1993, nominada por el presidente Bill Clinton, fue confirmada como miembro del Tribunal Supremo con apoyo casi unánime del senado (96-3). Fue en esta última y larga etapa cuando se granjeó la fama que ahora la precede como feminista, moviéndose poco a poco al ala más progresista del selecto grupo de nueve conforme fueron llegando miembros más conservadores. Ginsburg formó parte de la mayoría que legalizó el matrimonio homosexual a nivel federal en 2015; no obstante, incluso si su opinión se encontraba en minoría, ésta era capaz de influenciar políticas posteriores. Cuando en 2006 el Tribunal falló en contra de Lilly Ledbetter, quien denunció ganar menos en el trabajo que sus compañeros hombres, el argumentario disidente de Ginsburg no cayó en saco roto. Tres años más tarde, Obama firmó la ley Ledbetter –en honor a la demandante– que prohíbe la discriminación de género en el salario.

Una mujer memorable

Ruth, la diva octogenaria, la abanderada del feminismo, la profesora diligente… Ábrase cualquier medio y se comprobará que el tono encomiástico es unánime; el elogio alcanza cotas impensables en un país sumamente polarizado donde, aún así, desde cada esquina del espectro político se respeta su labor, cuando no se venera. Quizá por su progresismo limado y discreto, o porque estableció amistad hasta con los compañeros de profesión más retrógrados mientras continuaba su carrera de fondo por los derechos de las mujeres; las críticas a su labor no abundan. Y, sin embargo, una destaca sutilmente y es el hecho de que no quiso jubilarse mientras Obama era presidente, específicamente cuando el partido demócrata controlaba el Senado. A pocas semanas de las elecciones, su muerte representa una tragedia política que amenaza con borrar de un plumazo muchos de sus logros. Trump ya ha anunciado que nominará en breve a una jueza para el Tribunal Supremo, a pesar de que el último deseo de Ginsburg fue que se la sustituyera cuando el nuevo presidente asumiese el cargo. De confirmarse –todo apunta a que así será–, el equilibrio ideológico que hasta ahora existía en la corte dará paso a una mayoría conservadora (6-3). Ruth Bader Ginsburg fue una mujer memorable; mejoró con creces la vida de otras tantas mujeres gracias a su dedicación y compromiso con los derechos humanos; acumuló victorias personales y colectivas… Y, sin embargo, quizá le faltó la última: una retirada a tiempo.

*Azahara Palomeque es escritora, periodista y poeta. Doctora en Estudios Culturales por la Universidad de Princeton. 



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