Categorías
Argentina opinion

Juan Forn confiesa por qué le gustan tanto los rusos  | La salud de la ballena




Forn confiesa por qué le gustan tanto los rusos: La salud de la ballena



Fuente link:

Categorías
Argentina normal

Roberto Arlt y el ocultismo | Los alquimistas de la desestabilización institucional



Hace cien años Roberto Arlt, a sus veinte años de edad, publicaba Las ciencias ocultas en Buenos Aires, un escrito repleto de citas y nombres de autores, un tanto ficcionalizado. Es la base de El juguete rabioso y de Los siete locos. Allí da un testimonio fundamental sobre el esoterismo y el ocultismo de las diversas sectas que actúan en la Ciudad, sobre todo la de la princesa rusa Helena Blavatsky, sobre la cual tanto se ha escrito en los últimos tiempos, y que aún conserva partidarios en Buenos Aires. Como Arlt es indescifrable, escribe para condenar la magia, la teosofía y los neo-hinduístas, pero toda su obra se basa en la admiración por los extravíos demonológicos y el inalcanzable sueño de una vida bella. Es obvio que, en todos sus relatos, los personajes caen en el abismo del mal, pero buscando el bálsamo de la salvación.

Por otra parte, debe enfrentarse con el fantasma de Lugones, que en ese momento está en su punto mejor. Lugones era uno de los partidarios de la Doctrina Blavatsky, aunque si podemos decirlo de alguna manera, la mejora con su sorprendente manejo de la imaginación mitológica. Pero uno de sus grandes libros –a la vez tan cuestionado, pero no por su esoterismo– está casi enteramente basado en la doctrina del cuerpo místico, esto es, la transmigración de las almas. Con eso cautivaba a las señoras elegantes y daba conferencias en el gran teatro Odeón –lamentablemente demolido–, donde actuaron Margarita Xirgu, Carlos Gardel, Luis Alberto Spinetta. En el Odeón, en 1913, Lugones leyó el último capítulo de El payador –el libro que mencionábamos–, con la presencia del Gabinete Nacional.

Arlt se cuida de no tomar con sorna a Lugones, siendo que todo su escrito mantiene esta formidable paradoja de comentar todas las religiones herméticas de la ciudad con una mordacidad traviesa y hasta malhumorada, pero son esos los materiales con los que construye los discursos del Astrólogo y buena parte de su cosmología de la inocencia del mal. Lo cierto es que hay una perdurabilidad de la corriente esoterista en Buenos Aires y sus conexiones con la política. José López Rega se había iniciado en el ocultismo, la cábala y la astrología esotérica –ese es el título de uno de sus tres libros publicado por la editorial ocultista Kier, que hasta hoy edita la Historia de la Magia de Eliphas Levi, en el que López Regla decía inspirarse–. El nombre de Levi, un francés con una obra pingüe, es la fuente, desde el siglo XIX, de innumerables corrientes esotéricas, círculos mágicos y rosacruces. No es extraño que se leyera en la Argentina y que López Rega se inspirara en Dogma y ritual de alta magia, el libro de Levi, para escribir sus propios libros. La historia se mezcla de manera muy extraña.

Una historia paralela es la de La Escuela Científica Basilio que toma elementos diversos de la reencarnación y la transmigración, fundada en la Argentina a principios del siglo XX. Es probable que también se inspirara en los principios de la Blavatsky, que había instalado su Escuela en Londres, siendo acusada de ser una máscara del imperialismo británico para la ocupación de India, dado que del hinduísmo provenían las fuentes de su esoterismo.

Antes de que las iglesias evangélicas ocuparan el vasto archipiélago social de carencias del conurbano e instalaran un poderoso fortín de revelaciones en el antiguo Palacio de las Flores, en la Avenida Corrientes –otra pérdida cultural para la ciudad–, hubo emprendimientos más modestos y con bases artesanales, ejemplificadas en un predicador como Tibor Gordon y sus “hermanos auxiliares”. Actuaba con misturas de panteísmo, naturalismo místico y ayuda para comprar electrodomésticos a crédito. Tibor Gordon pertenecía a la época y al partido de Frondizi, con su escuela Arco Iris, fundada con su mujer Eva, remedando un poco a Perón y Evita. La congregación espiritista se reunía en descampados de Pilar. La vida popular tiene una enorme riqueza en su desgracia, una gran credulidad en la ciencia, a la que los espiritistas usan de emblema, tanto como los investigadores del Conicet, lógicamente con otro sentido. Los antropólogos estudian este fenómeno, tanto como ellos, al decir de Levi Strauss, son estudiados por los practicantes de toda clase de cultos y lenguajes inusitados y penosos.

La proliferación de las modalidades de la inteligencia artificial y otros señuelos que perturban la educación clásica, como las neurociencias y ahora los programas robóticos para tomar exámenes casi en forma penitenciaria, forman parte de un panorama desolador dese el punto de vista del estado moral intelectual y del uso de las lenguas. Estos recursos son lindantes con la superstición, aunque no con la vida espiritual compleja, que siempre es una autocreación personal en contacto con el mundo histórico real, con sus incógnitas y sus saberes en disputa. 

Desde luego, la reflexión sobre las “ciencias ocultas” no se debe basar necesariamente en la condena a las que la somete Arlt –aunque luego de describirlas con una gracia sin igual y un toque de ficción apenas insinuada ya permite avizorar quién será el que las escribe–, ni las crisis de las religiones milenarias deben ser tratadas por un mero laicismo que crea que la lengua del creyente “practicante o no practicante” será sustituida por un “uso racional de las redes”. Porque un nuevo misticismo con más pobreza espiritual que el de las viejas religiones es lo que se refugia allí. Si el esoterismo dio las más de las veces, la oportunidad para la creación de un mercado de fieles que se convertían en consumidores de tecnologías políticas conspirativistas, otras veces sin salir de los dominios poéticos del misterio, encontraríamos un nacionalismo cultural como el del irlandés W. B. Yeats, que a través del teatro nacional –como en la Argentina Ricardo Rojas y Alberto Ure– quiso retomar el pensamiento crítico sobre la nación, sin abandonar una opción refinadamente mística.

Por eso, la doble faz del este fenómeno en auge en todas las naciones nos lleva directamente al modo en que se está creando una peligrosa atmósfera golpista en la Argentina, esgrimiendo valores de cuño mágico-esotérico cuyo epicentro está, por así decirlo, guionado por conocedores internacionales del tema, alquimistas de la desestabilización institucional cuando hay gobiernos democráticos absolutamente legítimos y débiles. Es que las propias finanzas internacionales salen hoy de una fragua de esoterismos y lenguajes que se creen técnicos, pero su sustrato es oscuramente místico. Entonces se produce el absurdo espectáculo, los nigromantes, terraplanistas, manosantas y astrólogos desatinados que salen al Obelisco (convertido en tótem egipcio propiciador), a propalar toda clase de ofuscaciones sobre el apocalipsis viral o la conspiración de los infectólogos. Porque de repente sale la doctora Carrió, astróloga del observatorio político deconstruccionista de Exaltación de la Cruz, verdaderamente exaltada, para exigir contaminación en los templos o que toda la ciudad abierta sea un Templo porque “solo Jesús cura y salva”. Por eso, no dejemos pasar esta consigna del evangelismo más conservador. Nada tendríamos que decirles a los auténticos creyentes que la cultivan. Pero esas frases también sirvieron en Brasil como bandera auxiliar y desflecada de la maniobra conspirativa que derrocó al gobierno de Dilma Rousseff. Son también los verdaderos devotos los que deben denunciarla, como hizo Arlt con muchos de los farsantes de antaño, más simpáticos que estos que se exaltan y persignan en nombre de Techint y Clarín.



Fuente link:

Categorías
Argentina normal

Bielsa: ¿por qué lo llaman loco?



Unos días atrás un equipo dirigido por el argentino Marcelo Bielsa ganó el campeonato de segunda división del fútbol inglés. Más allá del merecido lauro, el hecho cobra una relevancia significativa en virtud de un gesto que el argentino protagonizó poco tiempo atrás. En efecto, en mayo del año pasado, Marcelo Bielsa tomó una decisión que provocó una conmoción allende el ámbito deportivo: durante un partido de la liga inglesa del ascenso, el rosarino ordenó a sus jugadores dejarse marcar un gol en contra para compensar una ventaja obtenida de manera injusta: el partido terminó 1-1 y su equipo perdió así la posibilidad de ascender de categoría.

Lo cierto es que, además de dotar una nueva vitalidad al alicaído fair play inglés, aquel gesto del “loco –tal como se lo suele llamar en el ambiente futbolístico al DT argentino– contiene un valor simbólico enorme cuya trascendencia testimonia el estado ético de la comunidad globalizada.

Más allá de toda otra consideración nos interesa entonces abordar el episodio a partir del significado que una actitud de esta naturaleza adquiere en una época signada por la mala fe. Habida cuenta del valor metafórico que la distingue, con probabilidad no haya actividad humana que no esté infiltrada por la dimensión lúdica: se habla del juego previo a una relación sexual como del juego de la guerra o la política. Por más que se practique en solitario, la célula esencial del juego consta de un jugador, de un rival –imaginario o no– y de un objeto que no se sabe a quién pertenece. El atleta sabe que compite consigo mismo antes que con nadie por esa marca que premie el esfuerzo de llegar más rápido, saltar más alto o lanzar más lejos, para no hablar del escalador que se “juega” la vida con tal de alcanzar la ansiada cumbre.

Ahora bien, las personas suelen decir “no puedo dejar de pelearme conmigo mismo”, de hecho los pacientes en las terapias refieren: “me hago trampa todo el tiempo” al comentar el pesado sentimiento de traición que el obsesivo, por ejemplo, suele experimentar en su constante rumiar. De esta manera, hay juegos viciosos y los hay virtuosos. Si algo introduce un tratamiento que se orienta por la ética del psicoanálisis es la posibilidad de la buena fe: ésa que a un sujeto le permite perder algo para ganar dignidad.

La maniobra “en juego” es siempre la misma: salir de la rivalidad imaginaria encerrada en el enfrentamiento en espejo para poner en palabras un objeto tercero –un síntoma/pelota– hasta entonces velado por el reproche del sujeto, sea hacia sí mismo o el Otro. Toda la cuestión está en el monto libidinal que un sujeto está dispuesto a ceder para vivir con mayor bienestar: de esta manera el fair play se extiende mucho más allá del perímetro de una “justa” deportiva. Lo cierto es que si de algo carece el actual escenario globalizado es de fair play y de buena fe. La denominada posverdad, por la cual se puede decir cualquier canallada sin que la misma reporte consecuencia alguna, vacía de contenido al discurso: no hay terceridad posible en el ámbito del cinismo.

Así, el odio es la traducción inevitable de una feroz rivalidad imaginaria cuya consecuencia más directa es un mundo cada vez más paranoico: soy yo o el Otro, lo cual equivale a decir: soy yo, yo, yo. La actual conquista deportiva de Marcelo Bielsa cobra un realce enorme en virtud de los valores que este entrenador sabe poner en juego. Por lo pronto, vale preguntarse: ¿por qué lo llaman loco?

Sergio Zabalza es psicoanalista. Licenciado en Psicología (UBA), Mg en Clínica Psicoanalítica (Unsam) y actual doctorando en la Universidad de Buenos Aires. Ex entrenador de equipos deportivos.



Fuente link:

Categorías
Argentina normal

Homo Teletrabajador



Desde Barcelona

UNO Como criatura mitológica en friso antiguo, en bestiario medieval o en cómic de la Gran Depresión que ahora vuelve: seres mixtos, mitad de esto y parte de aquello. Así está Rodríguez a orillas de raras vacaciones ’20 luego de tanto raro tiempo vacante: saco y camisa y corbata en reunión telemática con clientes y –de cintura para abajo–chándal o calzoncillos o au naturel donde el ojo de la cámara, espera, no alcance a ver o revelar.

Y ya todo se va re(a)normalizando. Y qué raro que ya era el poder salir no porque no haya virus (se sale no de la pandemia sino con la pandemia) sino porque ya hay sitio en los hospitales siempre y cuando no se potencie lo que la Consejera de Salud de Cataluña ya define como “momento horroroso de complejidad”. Así, de pronto y de nuevo y “paso previo a medidas más drásticas”: sugerencia “a voluntad” de “no salir de casa a no ser que sea estrictamente necesario”.

Tarea para el hogar: definir “sugerencia”, “voluntad”, “estrictamente”, “necesario”.

DOS Y no es fácil mantener enmascaradas distancias seguras en oficinas breves. Así que rotar elenco y alternar el escritorio con mesa de cocina/comedor o laptop sobre rodillas, aún más de rodillas.

Y al principio, claro, fue la sensación del ya-no-tener-que-ir-a-trabajar. Pero enseguida se descubrió que ese oasis era espejismo. Y que (promedio de dos horas extra no pagas al día) se trabaja más que nunca. Y que se ha perdido lo más importante de toda jornada laboral: salir del trabajo.

TRES Ahora, de pronto, el proceso se ha “agilizado” y el covid-19 ha actuado como acelerantede la movida. Así, algunos regresan como visitando museo del pasado reciente donde mantienen reuniones por Zoom a pocos despachos de separación. Pero Microsoft y Amazon y Facebook y Google –los dueños del mundo– ya han autorizado a sus huestes a que sigan desde casa el resto del año. Y Twitter ha más que sugerido que no hace falta que se vuelva a sitios que solían frecuentarse. Y ya se calcula que el 40% de la población laboral europea –el 60% en los países del norte– se ha puesto a ello. En España se pasó del 4,8% al 34% en un contexto en el que sólo el 25% de las firmas y marcas y apenas uno de cada tres trabajadores estaban preparadas y listos para dar el gran saltito. Aun así, el 95% de las empresas españolas debieron ponerlo en práctica por obligación a partir de los sin vuelta idus de marzo. Y ya se ha sabido que el 56% de las firmas locales o con base en la península se ha propuesto revisar “estructuras”. Sí, las grandes-medianas-pequeñas empresas comprobaron lo que ya sabían: no hace falta tanto costoso espacio físico. Y, si se lo piensa un poco (y en eso están pensando más y más) tampoco hacen falta tantos empleados con beneficios a cargo del amo –café, vacaciones, sanidad y romance compañeril– cuando se puede contar con mercenarios distantes pero dispuestos a lo que sea y de los que ni siquiera hará falta aprender sus apellidos. Muy pronto The Office será algo así como ciencia-ficción retro (lo mismo el no hace mucho estrenado y enseguida cancelado Job Interview: S&M reality show cuyo premio era “el trabajo de tus sueños”). A partir de ahora, todo va a ser más parecido a faenar en el Overlook de The Shining del lento Kubrick (y no del veloz King) por estos días festejando cuarenta años de desocupación y con el poseído autónomo Jack Torrance tecleando una y otra vez la misma frase en un hotel sin turistas pero con fantasmas.

CUATRO Así, la idea es acabar con la cultura del presentismo vacuo y suplirla por la del ausentismo omnipresente. Y ya se conocen algunos de sus bajísimos y sombríoshighlights: dolores por falta de mobiliario ergonómico, pérdida de masa muscular, dificultades al hablar, desgaste ocular, trocanteritis (inflamación del fémur por andar todo el día en pantuflas), ennui en las obligatorias “micropausas”, la familia como ruido blanco (incluyendo a hijos telealumnos en clase de maestros teletrabajadores), emails y videoconferencias a cualquier hora, piyamas que deben ser casi extirpados, temor a estar siendo rastreado por rastreras y tóxicas entidades invisibles. Y así lo que se vendió como flexibilidad resulta ser rigidez. Y los sindicatos susurran que va siendo tiempo de legislar eso del derecho a la desconexión más allá de borroneados borradores. Y la patronal gruñe y amenaza con contratar lejos y más barato. Y Rodríguez sonríe que, de asumirse teletrabajador, será lo más cerca que jamás estuvo de llevar su deseada vida de escritor.

CINCO Y no dejan de recomendarse “métodos” para la reorganización de lo laboral en doméstico. La llamada Técnica Pomodoro (grandes tareas en pequeñas secciones, como añadiendo ingredientes para una salsa); la Regla de las 10.000 horas de Malcolm Gladwell; la aplicación de apps que ayudan a la concentración como Focus To-Do, Tide, Be Focused/Focus Timer. Y, claro, Rodríguez no se ha concentrado en ninguna. Tampoco presta mucha atención a los que celebran que el teletrabajo significará ahorro en medio de transporte (y de 10.000 euros por empleado para sus empleadores) y reducirá impacto contaminante sobre medio ambiente. O a los que alertan sobre efectos de aislamiento social y pérdida de interactuación con seres a veces más queridos que los seres queridos. O al que las encuestas en España revelen que solo 4,5 trabajadores de cada 10 querría seguir teletrabajando en su oficina, dulce oficina hogareña. O a que un 13% sigue yendo a trabajar con síntomas de covid. ¿Por qué? Sencillo: por miedo a quedarse fuera del adentro y porque no les gusta mucho el sitio donde viven y por el que sudan una hipoteca cuyo pago se hace cada vez más hipotético. De ahí que aún prefieran salir del ascensor como quien entra a una plaza de toros para triunfal paseíllo y cortar orejas o ser arrastrado a enfermería corneado a traición por coleguita o, incluso, sentir ese pálido sudor frío cuando llama Dirección para vaya a saberse qué pero sospechando que el nombre propio ya no figura en cartel de corridas sino en listas de los a correr.

SEIS Y de aquí a unos años llegará nueva epidemia para la que nadie buscará vacuna: La Singularidad y adiós al 50% del trabajo humano y hola a máquinas sin tanto trauma personal y conflicto profesional. Y las oscuras golondrinas a volver serán encandiladores buitres volando en círculos.

Mientras tanto y hasta entonces, encomendarse a borrascosas cumbres abismales y continentales, ponerse el piyama de trabajo, negociar cada uno lo mejor que pueda (¿quién pagará la electricidad y ordenadores y wifi?) y rezar porque Zoom no incluya pronto función automática de teledespedido para teledesempleado.

“Salimos más fuertes” fue el slogan de publicidad gubernamental ocupando (por una vez todos de acuerdo en la misma mentira) la costosa primera plana de todos los diarios.

Pero en verdad lo que más preocupa a Rodríguez (en estas últimas tardes con nadie, encerrado con un solo juguete, diciéndose caído pero que un día volverá; cada vez más débil, fuera de sí y, por momentos, horrible) es si pronto quedará algún sitio donde meterse trabajosamente que no sea la propia/alquilada casa y allí –de 9 a 5 aunque hasta el infinito y más allá– sentirse tan en pelotas.



Fuente link:

Categorías
Argentina Contratapa

La mujer quemada



El jueves 9 de julio la Universidad de Avellaneda, bajo la inspiración del muy activo Rodolfo Hamawi, organizó un coloquio digital con cuatro representantes del campo popular, por decirlo así. Fueron Hernán Brienza, Horacio González, Alicia Castro y el autor de estas líneas. Cuando habló Alicia expresó su pena, su dolor por dos cosas: la foto del Presidente rodeado de empresarios y sólo de empresarios para honrar el 9 de julio y la macabra noticia de una mujer quemada viva en el barrio de Constitución.

Sobre la foto de Alberto F. ya se habló bastante. Se sabe que el Presidente tendrá una difícil situación económica en la pospandemia. Se sabe que va a necesitar un verdadero apoyo empresarial en tan áspera circunstancia. Se ve que lo está buscando. Si lo conseguirá o no es otra cuestión. El empresariado no le ha respondido aceptablemente hasta ahora. Respondió en tanto empresariado. La burguesía de este país no es muy adicta a los llamados de “unidad nacional”. Colaboró en el bloque histórico del primer peronismo, que prácticamente le dio vida, partida de nacimiento. Y después giró hacia donde más le gusta girar, hacia la derecha, hacia el lado del poder más concentrado. De la Sociedad Rural (estaba en la foto el presidente de esa organización político-empresarial) ya se sabe qué se puede esperar. Festejaron todos los golpes de Argentina. El dictador general Juan Carlos Onganía entró al predio… en carroza, a lo Luis XIV. Lo recibieron entre aplausos y vítores entusiastas. Lo había echado al “lento” de Illia, que no frenaría al peronismo y hasta era capaz de legalizarlo. Después, también aclamado, el matarife Videla se exhibió ahí. Y cuando fue Raúl Alfonsín lo llenaron de insultos. En un gran gesto, Alfonsín agarró un micrófono y dijo: “No creo que sean productores agrarios esos que gritan. Y que antes aclamaron a los representantes de la dictadura que vinieron aquí muy tranquilamente”. Pero sí, don Raúl: eran productores rurales. Dele usted unas cuantas hectáreas a cualquier ciudadano y el tipo ya pensará como un gran latifundista. Porque eso quiere ser. No siempre, pero casi.

Ahora salen en la foto de la fecha patria con Alberto. Pero que no les pongan retenciones. Que no les pongan un impuesto a las grandes fortunas. Que no les toquen a la delincuencial Vicentin. Hasta todavía lo tienen a Macri para defenderlos de semejantes ataques a la propiedad privada. Tenía motivos Alicia Castro para entristecerse. Pero más la entristecía la hoguera en que sacrificaron a la persona que dormía bajo el puente en Constitución. No es la primera vez que esto sucede. Pasa aquí y en el resto del mundo. Pero lo de esta mujer es ahora. En medio de la pandemia que nos iba a volver más solidarios con el otro. Hay, sin duda, seres generosos. Pero cada vez el mal se adueña más hondamente de la condición humana. La jueza que interviene en “el caso” ya determinó que se trata de una mujer. Podríamos estar en presencia de un femicidio. Se sabe que aumentaron durante la pandemia. El motivo es, sobre todo, uno: hay parejas que, por la cuarentena, se ven forzadas a convivir diariamente y durante todo el día. Nunca lo habían hecho. Ahora descubren que se aguantaban porque se veían a la mañana y a la noche. Ahora, también, descubren que se repugnan, no se toleran. El “te mataría” se vuelve real. Hay una obra de Sergio De Cecco y Armando Chulak de la que guardo un buen recuerdo. La vi por Federico Luppi y Haydée Padilla en los setenta. Después se hizo varias veces. Por ejemplo: por Soledad Silveyra y Juan Leyrado. La cosa era simple y trágica: a una pareja se le descomponía el televisor. En tanto viene el técnico (que demora hasta el final de la obra) se encuentran por primera vez solos, cara a cara sin mediaciones. Y ahí empieza “el gran deschave”. Se dicen de todo y se lo dicen todo. El derrumbe es total. Podían convivir al costo de no conocerse. El sincericidio los mata. Viene el técnico, arregla la tele y la pareja se queda silenciosa –devastada, agotada- mirando algún programa, una telenovela, Mirtha Legrand, cualquier cosa. Lo mismo pasa con la maldita pandemia. De aquí que aumenten los femicidios. Porque la víctima extrema siempre es la mujer. Sobre todo la mujer. Ya se sabe.

Pero el ser humano femenino que vivía bajo el puente no estaba en pareja y no tenía televisor. La mató un odiador serial y la mató por eso: porque era pobre, vivía en la calle y afeaba el paisaje urbano. La pandemia no le hizo nacer ni una brizna de solidaridad al asesino incendiario. Estaba tramado por el odio racial y de clase. El mismo que se fomenta abiertamente desde programas televisivos con rating. Esperemos que ese gobernador lleno de “buenas intenciones” y de apoyos democráticos que es Larreta aumente la presencia policial en Constitución. Esperemos que la policía no queme a nadie. En EEUU ya Trump manda parapoliciales (sin identificación y en coches sin chapa) para apalear y secuestrar a los que (él y los suyos) llaman “anarquistas violentos”. Entre tanto, muchos hombres y mujeres de ciencia buscan una vacuna que libre a este mundo de la covid-19. Al menos eso.



Fuente link:

Categorías
Argentina Contratapa

Opiniones contingentes



Me gusta el deporte. Individual, de pares, en grupos. Competencia, a veces arte. También me resisto un poco. Se trata de ganar, de ganarle a otro, y en una competencia el segundo no existe. Disputa. Victoria y derrota. Claro que hay ciertas reglas, con lo cual el origen salvaje y violento, de supervivencia, se alivianó, sublimación mediante, de lo instintivo y brutal. Y la guerra permanente con los vecinos se convirtió en deporte. Pero aunque cada vez hay más deporte, la humanidad no deja de prepararse para peores guerras. De dominio o de rapiña. Hay relatores y comentaristas deportivos, fútbol, tenis, box (¿es deporte?), automovilismo, que se exasperan y expresan sus sentimientos y deseos, pidiendo que no se cumplan las reglas que no les gustan, que se permita el “libre juego” porque es lo que “la gente espera”. Y se festejan los rompimientos de los códigos. Goles con la mano, destrozo de raquetas, agresiones verbales y gestuales, pisotones, patadas, piñas, maniobras agresivas con potencialidad mortal en los autos. ¿No huele a las experiencias económicas que nos hicieron vivir, justificándolas sobre la libertad, la eficiencia y que son lo que la gente quiere? Combate, enfrentamiento, para ganar. Para ganar más. Ganarle al otro, a los otros.

Hace muchos años hubo un programa televisivo de bastante éxito, Polémica en el fútbol, creado por gente interesante, y conducido por periodistas, algunos muy buenos, que inclusive fueron “progresistas”, no los podríamos definir como trogloditas ideológicos. En el programa también había periodistas que eran panelistas, opinadores. Polémica tenía el interés de las opiniones en caliente del público y de los periodistas. Todo se discutía, con ardor, pasión y cierto nivel de exceso agresivo. Pero era claro que se trataba de opiniones. Opinión. Ni verdad ni certeza ni objetividad ni análisis “pausado”.

Pasó el tiempo. El marketing que se ideó para vender más, y ganarle a los competidores, fue apropiado por una parte del espectro político, aquel que lo puede usar por los costos. Copiando el modelo de nuestra padre-matria. Todo se vende. Una apariencia de idea, un prejuicio, un candidato. El argumento es cuestión de creatividad, sin importar nada más. Acorde con los tiempos, la verdad, o la realidad, o cierta ilusión de entendimiento, quedó sepultada entre opiniones, deslizamientos semánticos, negaciones de lo evidente, y apelaciones al sentido común, que es lo que crean justamente los que nos quieren convencer de que lo que vemos y sentimos no es así. Y que frente a la angustia del hambre, o la ignorancia, no responden con alimentos ni con educación sino con una apelación a la necesidad de constituirnos en personas capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla.

Los programas de televisión, también las radios, y muchos artículos periodísticos, migraron sus criterios para parecerse a los deportivos. Polémica agresiva, a los gritos y ninguneando al otro en la política, la salud, la educación, el entretenimiento. Todo tiene igual formato. No casualmente buena parte de los conductores y panelistas provienen del relato deportivo. Alguien tiene que ganar y todos los demás perder, y negándolo, son opinadores de temas que los incluyen, o sea en los que tienen intereses. Además de opinar, juegan el partido. Casi todos desde el mismo lado, que es el que fijan los dueños del medio (que se juegan para el lado político que más rédito le va a dar), la empresa productora o el conductor estrella que decide si cada quien es apropiado para seguir contratado.

Entonces, desde Parménides y Heráclito hasta Bourdieu, desapareció todo. Las cosas pueden ser ahora y dejar de serlo ya. Y el río que no es el mismo en el que nos bañamos ayer puede no haber existido. Y la vieja doña Rosa ya no es garantía. Porque a veces el sentido común ramplón no alcanza para justificar lo que no se puede, y entonces se recurre a la mentira repetida a lo Göbbels, sin siquiera recordarla cinco minutos después. Las cosas son así. Nos acostumbraron a las opiniones, o a las mentiras, contingentes. Por costumbre, displicencia, o mala fe, tratan de manipularnos. Parodiando a Groucho, si no le gusta esta idea tengo otras. Da igual. Se trata de ganar. De ganar más, y de ganarle a los otros, sin importar las consecuencias.

Si no podemos otra cosa, al menos digámoslo. Fuerte.

Jorge L. Seghezzo es miembro del Comité Asesor del Programa Raíces del MINCyT. Exvicepresidente del INTI.



Fuente link:

Categorías
Argentina Contratapa

Olor a napalm a la mañana | Francis Ford Coppola se mete con Vietnam



En 1975, mientras los últimos helicópteros levantaban vuelo del techo de la embajada norteamericana en Saigón, Francis Ford Coppola decidió reflotar un proyecto que había escrito en 1969 con el guionista John Milius, para que dirigiera el novato George Lucas: adaptaba la formidable historia de El corazón de las tinieblas, de Conrad, para contar Vietnam. Un barco remonta el río adentrándose en la selva en busca de un hombre que se ha vuelto loco. En la novela era un belga empleado en la explotación del caucho que se rebelaba contra sus patrones. En el guión era un coronel de Marines condecorado el que se abroquelaba en la selva con su ejército de indígenas.

Desde 1969, Milius se había vuelto reaccionario (“¡Quieres convertir nuestro guión en basura progre! ¡Vietnam no fue Hair!”) y Lucas estaba abducido por la filmación de La guerra de las galaxias, así que Coppola decidió jugársela solo. Consiguió que la United Artists le diera 13 millones de dólares (una cifra delirante para esos tiempos) y el corte final de la película, a cambio de pagar él que todo lo que se excediera en el presupuesto. Nadie contó la catastrófica historia de esa filmación mejor que Eleanor, la esposa de Coppola, que llevó un diario del rodaje y se proponía hacer un documental sobre la película.

Lo primero fue encontrar los actores que interpretaran al coronel Kurtz y a Willard, el oficial enviado a capturarlo. Coppola había pensado en Marlon Brando para Kurtz y en Steve McQueen para Willard. McQueen se negó de plano a pasar quince semanas filmando en la selva. Coppola llamó entonces a Al Pacino, a James Caan y a Jack Nicholson; los tres dijeron que no. Brando mandó decir a través de su agente que no quería hacer ninguna película y menos una sobre Vietnam. Coppola logró interesar a Robert Redford para el papel de Kurtz, hasta que le dijo que filmarían en las Filipinas de Ferdinando Marcos. Coppola tiró sus cinco Oscars por la ventana de su oficina, llamó a casting, eligió a Harvey Keitel para el papel de Willard y partió hacia Filipinas sin actor para Kurtz y sin final para su película (el guión estaba inconcluso).

Todo salió mal desde el principio allá. La humedad y la lluvia, tan importantes para la película, brillaban por su ausencia. Había sequía y racionamiento de agua. Eleanor anota en su diario: “Hace tanto calor que las barras de manteca de cacao se derriten en sus envases. Las plantas de plástico están de moda porque las reales se marchitan en un día. Los perros duermen todo el día y aúllan de noche. Los pájaros empiezan a chillar a las cuatro de la mañana: se quejan de la salida del sol. Leo en un diario que la población de insectos en el mundo pesa ocho veces más que toda la población humana”.

Empezaron con las escenas de playa porque la selva estaba seca. Mientras Dean Tavoularis construía el enorme templo del campamento de Kurtz, Coppola filmaba las escenas con helicópteros. Se los había alquilado a la Fuerza Aérea filipina pero el gobierno de Marcos estaba paranoico con las sublevaciones rebeldes y la mitad de los días se los llevaban de urgencia. Al tercer día de rodaje, Coppola determinó que Keitel no daba el papel e hizo viajar de apuro a un muchachito católico preseleccionado en el casting, llamado Martin Sheen. “Willard es otro, yo seré otro”, dice Coppola y se afeita la barba. Eleanor anota que se está pareciendo más a Kurtz. Se incendia el galpón donde guardaban los efectos especiales y la ropa ignífuga de los extras. Se derriten las dos cámaras que Eleanor iba a usar para su documental.

Hace falta un tigre; lo traen de Los Angeles. Al bajarlo en el aeropuerto de Manila se les escapa. Coppola emborracha a Martin Sheen para la escena inicial de la película. Sheen rompe todo, termina con una crisis de nervios, una enfermera filipina le venda la mano mientras susurra: “Jesús te ama, Marty”. Las lluvias llegan por fin, pero con un tifón, que arruina los decorados. Ya llevan gastados siete de los trece millones y todavía no saben quién será Kurtz. Mientras mira el diluvio por la ventana, Coppola descorcha una botella de vino de 1889. Su esposa le pregunta, atónita, qué festeja. “Que gané tiempo para encontrar el final de la película”, dice él. El corcho se deshace, tienen que colar el vino, no hay copas, beben de un frasco vacío de manteca de maní.

La gran escena del combate nocturno se filma en un puente bombardeado por los japoneses en la Segunda Guerra. Por los megáfonos gritan: “¡Vietnamitas muertos, prepárense para su escena”. Fuegos artificiales y balazos toda la noche. El ejército de Marcos cree que es otra sublevación e interrumpe el rodaje. Tavoularis contrata cuerpos reales en una morgue para hacer más verosímil el campamento de Kurtz. Llegan cubiertos de tierra, el que se los alquiló es un ladrón de cadáveres. Traen una tribu entera de indios ifugao desde la otra punta de la isla para interpretar a la legión de Kurtz. Ellos piden por contrato cerdos y caribúes vivos, para hacer sacrificios. Un enorme obeso con la cabeza rapada aparece un día y le dice hola a Eleanor. Es Brando, acaba de llegar, nadie lo sabía. Nadie esperaba tampoco que viniera tan gordo; hay que reformular su papel. Llega Dennis Hopper, empiezan los problemas de drogas. En la escena de la muerte de Kurtz, está todo listo desde las siete de la mañana pero, a las cinco de la tarde, Coppola y Brando siguen encerrados en la choza-camarín de Marlon. “No sé cómo hacerla”, confiesa Coppola. Vittorio Storaro dice que probó unos efectos con luces y humo, a Brando le gustan. En cuanto se pone a improvisar, Coppola empieza a filmar.

Marlon ha simpatizado con los ifugao y, para despedirse, les hace una fiesta: sólo helados y cañitas voladoras, las dos cosas que más les gustan. Las quince semanas de rodaje ya son más de cincuenta cuando la producción se traslada a Los Angeles. Coppola ha perdido cuarenta kilos y está de color gris, pero todo aquel que ve algo de lo filmado lo considera único, revolucionario. Coppola decide igual volver a Filipinas a hacer tomas adicionales y entra en delirio megalómano. Hace viajar a Martin Sheen, lo vuelve loco, Marty tiene un ataque cardíaco. Se lo esconden a la producción, hacen venir al hermano de Sheen como doble hasta que Marty se reponga. La United Artists saca un seguro de vida por quince millones para Coppola y le informa que ya debe catorce por pasarse de presupuesto. “Valgo más muerto que vivo”, le dice a Eleanor por teléfono. “La pregunta es si vas a morir como Kurtz o vas a volver vivo y cambiado, como Willard”, le contesta ella y le informa que acaba de poner su firma 37 veces en préstamos e hipotecas: no les queda nada propio.

En ese estado presentó Coppola su película al Festival de Cannes en 1979. La tituló Apocalypse Now. Iba a ganar la Palma de Oro, recaudar 150 millones de dólares y convertirse en la mejor película de guerra de todos los tiempos. Cuando en la rueda de prensa le preguntaron si anticipaba semejante vía crucis al empezar, contestó: “Incluso si hubiera hecho una película con el Ratón Mickey habría salido igual”.



Fuente link:

Categorías
Argentina Contratapa

El virus no está sólo



Un dato que tal vez no es conocido: en Argentina, una de cada 17 familias no tiene heladera, y en las provincias del norte esa falta afecta a una de cada 7 familias.

No tengo la cifra para el AMBA, pero supongo que como mínimo son decenas de miles los que carecen de heladera.

Y es oportuno pensarlo ahora que el virus ha demostrado ser inteligente (si cabe decirlo de algo que se discute si considerarlo vivo), y ser enormemente flexible. Porque no trabaja sólo. Tiene aliados que pavimentan el camino de su formidable propagación.

Justamente, el primer aliado es la pobreza: si la gente carece de heladera, debe salir a comprar alimentos diariamente, con lo cual, y sobre todo en los barrios vulnerables, se debilita el aislamiento social. Eso si no contamos que aunque tengan heladera una porción de los pobres sólo tiene bolsillo para comprar el consumo del día, y muchos más deben igualmente salir cada jornada a hacer la changa para subsistir.

Estos datos se suman al hacinamiento de las viviendas y la falta de conexión a las redes de agua, y se refuerzan con este otro de que las cifras de familias sin conexión a Internet en la pobreza son muy altas y, entre otras cosas, el aislamiento de sus hijos es casi inviable.

Todo redunda en población que no puede defenderse del virus aislándose y guardando los protocolos de higiene, y así contribuye involuntariamente a su propagación.

El virus se encontró con un gobierno que le cerró el paso muy tempranamente y puso el eje en los cuidados. Pero consiguió otros socios en la vereda de enfrente: la cúpula del macrismo que, junto con los grandes medios, operan para debilitar la disciplina colectiva hacia la cuarentena. Por un lado, planteando que el perjuicio que la cuarentena provoca a la economía será un mal mayor que el número de infectados y de muertos. Por otro lado, con una acción sistemática para asociar el gobierno a una dictadura (“infectadura”), y culpar tambièn a los cientìficos que asesoran a las autoridades.

Esa es una ayuda especial para el bicho que tiene coronita, porque es difícil no ver la influencia que tiene la acción opositora de desgaste en muchos comportamientos que desoyen los cuidados.

Desde luego que subestimar la pandemia encuentra también campo fértil en una población que no ha tenido experiencia en un fenómeno semejante y a la cual le resulta muy difícil vislumbrar los alcances del daño y la peligrosidad y, en consecuencia, disciplinarse en el confinamiento, porque, claro, trae nuevos problemas. Pero cuando quienes han gobernado hasta 2019 desacreditan la política de cuidados, ganan espacio la confusión y el virus.

¿Quién más se pone a disposición de los contagios? Las decenas de miles de convencidos entre los sectores sin urgencias económicas y sociales de que “A mi no me va a pasar nada” o de que “Es sólo una gripecita”.

También ayudan a que suba la curva algunas obras sociales y prepagas que buscan contener la demanda.

Por otro lado, la pandemia y los confinamientos no son un tema sencillo para industriales, comerciantes y prestadores de servicios que ven tambalear sus empresas.

Y una enorme zona liberada para el virus en la Argentina se encuentra en lo que Guillermo O´Donnell llamó “ciudadanía de baja intensidad”.

La mexicana Gloria Guadarrama Sanchez sostiene que una buena parte de los obstáculos que enfrentan las democracias contemporáneas se ubican en el ámbito de las reglas no escritas ¿Qué son esas reglas no escritas? Son las que funcionan al margen de prescripciones y atribuciones legales; pero que, al mismo tiempo, aunque truchas son reglas compartidas socialmente. Todos las conocen y, lo importante, son coercitivas porque hay formas de sanción para quienes no se comporten según estas normas “por izquierda”.

En un tiempo en que los gobiernos y los Estados carecen de buena prensa buscar atajos para eludir las normas escritas, “lubricar” a funcionarios para que hagan la vista gorda “porque si no, no puedo trabajar”, pagar por gestiones “por izquierda” gozan de prestigio. Negarse a ser parte de esa ilegalidad no sólo se paga con las múltiples trabas de la burocracia sino que puede traer otros perjuicios.

El ciudadano de baja intensidad es reconocible hasta en los “detalles”: desde no levantar la caca del perro, dejar la basura fuera de los contenedores, ignorar el semáforo rojo, evitar el barbijo en cuarentena porque es incòmodo, burlarse del aislamiento, conseguir permisos truchos de circulación o circular sin ellos, ocultar contagios, esconder empleadas domésticas, niños o amantes en el baúl del auto o celebrar fiestas en pleno confinamiento.

El ciudadano de baja intensidad contagia e infecta. Todos sabemos que hay un folklore del chupahuevismo arraigado en parte de los ciudadanos. Esa conducta viene con una coartada ideológica que sería, más o menos, así: “Mi transgresión es un hecho aislado que no va a alterar el órden general”.

Pero el virus tiene una respuesta para eso: en medio de una pandemia la potencialidad de contagios que tiene cada persona infectada crece en forma exponencial. Tenemos ejemplos a mano de burladores de la cuarentena que, solitos, contagiaron a decenas de desprevenidos.

Por suerte, el covid-19 no encontró a una sociedad dispuesta a allanarle el camino. Pero, cuidado, esta es otra de esas circunstancias en que una minoría a contramano adquiere una enorme capacidad de daño. 



Fuente link:

Categorías
Argentina Contratapa

Italia’90 restart | A 30 años de la final Argentina-Alemania



Muchos futboleros postulan que la vida es eso que pasa entre Mundial y Mundial. La frase se alimenta de pulsos pasionales, la búsqueda de la metáfora y un poco de exageración ¿Es exageración? A nueve décadas de la primera Copa (la de Uruguay en 1930 con Montevideo como única sede, Argentina cruzando el Río de la Plata en la antesala de su primer golpe militar y Estados Unidos llegando en barco después del crack del ‘29), bien se podría mojonear la Historia contemporánea no sólo a través de esas citas celebradas cada cuatro años, sino incluso con la ausencia de las mismas: cuando a mediados de 1950 se retomó el torneo tras dos ediciones suspendidas por la Segunda Guerra, el planeta ya estaba configurado bajo un nuevo ordenamiento. La formación de la OTAN en 1949 formalizaba la alianza militar de Estados Unidos y Europa Occidental frente al bloque encabezado por la Unión Soviética y entonces la FIFA prefirió organizar el torneo en Brasil, bien lejos de las tensiones de la Guerra Fría.

Hoy se cumplen treinta años de la final entre Argentina y Alemania en Roma por Italia ’90, el torneo que subrayó el cierre de esa era bi-frontal en plena Perestroika, pocos meses después de la caída del Muro de Berlín y un tanto antes del estallido de las guerras yugoslavas. El dato sintomático lo marcó la participación de países que ya no existirían como tales en el Mundial siguiente, como la Unión Soviética o Checoslovaquia, desmembrados antes de Estados Unidos ’94, o la misma Yugoslavia (a pesar de que Serbia y Montenegro seguirían usando el nombre durante una década más). La República Federal de Alemania se consagró campeona tres meses antes de la reunificación con la República Democrática, mientras que Rumania intentó sacar adelante un papel decoroso en la península itálica mientras a unos mil kilómetros todavía humeaban las revueltas que habían dado fin a la larga dictadura de Nicolae Ceaușescu (y también a su vida y a la de su esposa Elena, fusilados la Navidad de 1989 en el cuartel general de Targoviste).

Italia había sido elegida en 1984 por sobre la postulación de la Unión Soviética y dispuso como sedes a una docena de ciudades entre las que se repartía toda belleza histórica y geográfica; desde la alpina Turín a la oriental Udine, de la medieval Bolonia a la renacentista Florencia, de la romántica Verona a la estridente Nápoles, de las las portuarias Génova y Bari a insulares Palermo y Cagliari, y, naturalmente, las poderosas Roma y Milán.

Pero el Mundial pensado como distracción y abstracción de los avatares sociales y políticos terminó convirtiéndose en refracción y espejo de lo que sucedía en Europa, especialmente en aquellos países de los cuales el anfitrión no estaba demasiado lejos.

Para colmo los resultados no acompañaron como se esperaba y toda épica deportiva terminó reducida a pequeños destellos que se apagaron pronto. El excéntrico arquero colombiano René Higuita, el Camerún de la mano del cuadragenario Roger Milla, la renacida Holanda campeona de Europa en 1988 o la debutante Irlanda que avanzaba a base de empates, sorteos y penales: todos ellos fueron eliminados antes de que pudieran macerarse expectativas reales. Las pequeñas grandes hazañas argentinas forman parte más de nuestro folclore que de la memorabilia internacional (alimentado por el loop de recuerdos y testimonios ante cada aniversario), mientras que de los alemanes no se recuerda gran cosa más que su pragmatismo. Para muestra, basta el campeón: su -¿única?- sorpresa no vino de la mano de Lothar Mattäus, la pretendida figura, sino Andreas Brehme, un zurdo defensor al que el capitán teutón le cedió el penal en los últimos minutos de la final porque no se animaba a asumir ese riesgo y su compañero apostó a desconcertar a Sergio Goycochea pateando con la pierna derecha.

Acodándose en la efeméride ante la necesidad de generar algún tipo de contenido en este contexto de sequía futbolera pandémica, la FIFA propuso en sus redes sociales revivir aquel Mundial con una oferta audiovisual que incluye desde partidos completos hasta resúmenes con imagen y sonido remasterizados o agregados (el ruido sobre el caucho toda vez que se patea la pelota, el tronido de los arcos cuando un tiro se estrella contra un palo y hasta el doblaje en las voces de algunos jugadores enfocados en primer plano). Todo eso enmarcado en una estética gamer de colores vivos y 16-bits con la leyenda “Restart #Italy90”. Es que aquel torneo también fue bisagra en la comercialización planetaria del fútbol con la mega-televisación en vivo y en directo, o la explotación de negocio adicionales como el de los video-juegos para las consolas caseras desarrolladas por Sega y Nintendo.

Italia ’90 fue mojón de un auténtico quiebre geológico en el fútbol y en la humanidad: no hubo otro Mundial en el que el después fuera tan distinto al antes, tan novedoso e irreversible (con lo bueno y lo no tanto). Ni Cortina de Hierro ni pases a las manos del arquero. A partir de ahí, globalización con partidos a domicilio por la tele y jugadores a mano de los joysticks. Una “nueva normalidad” que la FIFA planea reactualizar treinta años después a través del negocio del e-sport, expandido con ligas nacionales y hasta una Copa del Mundo interactiva como sublimación o paliativo de un espectáculo menguado con leds en las tribunas y cantitos reproducidos por altoparlantes. La vida, mientras tanto, será eso que pase entre restart y restart.



Fuente link:

Categorías
Argentina Contratapa

Los ideólogos de Hitler | El racismo estadounidense que germinó en Mi Lucha



“Si eres rubio, perteneces a la mejor gente de este mundo. Pero todo se terminará contigo. Tus antepasados han cometido el pecado de mezclarse con las razas inferiores del sur. Como resultado, las mejores cualidades de los rubios, pertenecientes a la raza creadora de la mejor cultura, se ha ido corrompiendo, sobre todo aquí, en Estados Unidos”.

Así comienza el New York Times su artículo destacado del 22 de octubre de 1916 basado en el nuevo libro de Madison Grant The Passing of the Great Race (El final de la Gran Raza) quien, “en palabras mucho más científicas”, alerta del fin de la raza rubia a manos de los blancos de pelo castaño y, peor, de los de pelo castaño de piel oscura. Según el autor, el problema de los nórdicos era que no disfrutaban del frío y preferían el calor y la calidez soleada del sur, pero sólo podían subsistir en estas regiones tropicales como dueños de las tierras sin tener que trabajarlas. Los habitantes de India hablan la lengua aria pero su sangre ha perdido la calidad del conquistador. El autor, en una de sus conclusiones más moderadas, descubre que la solución está en las prácticas del pasado. “Ninguna conquista puede ser completa si no se extermina a las razas inferiores y los vencedores llevan a sus mujeres con ellos… Por estas razones, los países al sur del cinturón negro de Estados Unidos, y hasta los estados al sur de Mississippi deben ser abandonados, es decir, libres, dejados a la suerte de los negros”.

Las ideas de superioridad de la raza blanca para explicar y justificar el imperialismo moderno fueron moneda común durante el siglo XIX en ambos lados del Atlántico, generaciones antes que apareciera la excusa del comunismo. En Estados Unidos, las justificaciones científicas eran necesarias para mantener a su numerosa población negra (primero como esclavos y luego como ciudadanos segregados) en el lugar que supuestamente les correspondía según las reglas del orden, la civilización y el progreso.

Ya avanzado el siglo XX, los memorandos y los informes de diferentes políticos, senadores y embajadores continuaron con esa tradición. El jefe para América Latina y eventual embajador, Francis White, durante décadas escribió reportes y dio conferencias a futuros diplomáticos explicando que “con algunas excepciones, los gobiernos de América latina, sobre todo aquellos en los trópicos, poseen muy poca sangre blanca pura y mucha deshonestidad”. Para White, Ecuador era un país retrógrado porque tenía “apenas cinco por ciento de sangre blanca; el resto son indios o mestizos”. Su consejo a los futuros cónsules y embajadores que lo escuchaban en una conferencia en 1922 fue: si les toca un país de indios, sepan que “la estabilidad política está en proporción directa a la cantidad de blancos puros que ese país posea”.

Según Grant, y según muchos otros, la raza blanca ha sobrevivido en Canadá, en Argentina y en Australia gracias a que ha exterminado a las razas nativas. Si la raza superior no extermina a la inferior, la inferior vencerá. “Por mucho tiempo, América se ha beneficiado de la inmigración de la raza nórdica, pero lamentablemente, en los últimos tiempos también ha recibido gente de las razas débiles y corruptas del sur de Europa. Estos nuevos inmigrantes ahora hablan el idioma de la raza nórdica, usan la misma ropa, han robado sus nombres y hasta comienzan a aprovecharse de nuestras mujeres, aunque apenas entienden nuestra religión y nuestras ideas.

The Passing of the Great Race no se convirtió en un best seller inmediato, pero sí en uno de los clásicos del racismo científico del siglo XX que encontrará eco fácil en las élites económicas y en sus aspirantes pobres de raza blanca. Entre sus ávidos lectores se contarán Theodore Roosevelt y Henry Ford, futuro admirador y colaborador de Adolf Hitler, quien lo recomendará. The Boston Transcript publicará que todas las personas pensantes (es decir, blancas) deberían leerlo. El libro produjo un fuerte impacto en la clase dirigente y ayudó a definir las categorías que los elegidos usaron luego para redactar las leyes de inmigración en Estados Unidos en 1924: arriba se ubica la raza nórdica, más abajo los judíos, españoles, italianos e irlandeses y, aún más abajo, todo el resto de apariencia oscura. Según el autor, “la capacidad intelectual de las razas varía como varían los aspectos físicos de cada una… A los estadounidenses les ha llevado cincuenta años para comprender que hablar inglés, usar buena ropa, asistir a la escuela y a la iglesia no transforma a un negro en un blanco”. El autor no aclara si los racistas procedentes de las razas superiores no son las inevitables excepciones a la regla, ya que es bien sabido que entre los blancos también existen los integrantes con agudo retardo mental que, por obvias razones, no se consideran como tal y son los primeros en adoptar esta teoría de la superioridad por asociación que no requiere méritos individuales.

Unos años después, en 1924, del otro lado del Atlántico, un soldado en su celda llamado Adolf Hitler leerá con pasión el libro de Madison Grant y comenzará a escribir Mi lucha. Hitler reconocerá The Passing of the Great Race como su biblia. Cuando Hitler se convierta en el líder de la Alemania nazi, su ministro de propaganda, Joseph Goebbels, leerá con la misma pasión el libro Propaganda, del estadounidense judío, doble sobrino de Sigmund Freud, Edward Bernays. Berneys no inventará las fake news pero las elevará a la categoría de ciencia. Diferente a su tío Freud, probará que estaba en lo cierto cuando, en 1954, por pedido de la CIA, logre hacer creer al mundo que el nuevo presidente de Guatemala no era un demócrata sino un comunista. Como consecuencia de esta manipulación mediática, cientos de miles de muertos alfombrarán los suelos de Guatemala en las siguientes décadas.

El soldado Adolf Hitler no tenía ideas radicales. Tampoco era un pensador radical, sino todo lo contrario: sus ideas y su pensamiento eran de uso común en su época, sobre todo del otro lado del Atlántico. En Estados Unidos, la idea de una gloriosa raza teutónica y aria amenazada de extinción por las razas inferiores era moneda en curso durante el siglo XIX, desde los encapuchados del Ku Klux Klan hasta presidentes como Theodore Roosevelt, pasando por marines y voluntarios que cazaban negros por deporte, violaban a sus mujeres y se divertían justifiando las violaciones como forma de mejorar la raza de las islas tropicales. Es muy probable que el nazismo hunda sus raíces en el sur de Estados Unidos, mucho antes de perder la memoria durante la Segunda guerra mundial.

Diez años más tarde el zoólogo de la Universidad de Berkeley Samuel Holmes propondrá la esterilización forzada de los mexicanos en Estados Unidos (de la misma forma que se había esterilizado a diez mil idiotas sólo en California) para resolver el serio problema racial que significaba disminuir la calidad de la raza estadounidense. “Los hijos de los trabajadores de hoy serán ciudadanos mañana”, afirmaba Holmes. En artículos sucesivos, repetirá la advertencia hecha por Theodore Roosevelt sobre el “suicidio racial” que encontrará eco no sólo en los miembros del Ku Klux Klan sino en una vasta masa de ciudadanos anglosajones, la que derivará, durante la Gran Depresión, en la persecusión de mexicanos y en la deportación de medio millón de ciudadanos estadounidenses con aspecto de mestizos.



Fuente link: