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La lógica del aikido | ¿Por qué Cristina Kirchner conserva su poder de convocatoria?



Existen en la vida política enigmas que resultan fascinantes, misterios para los cuales todo el mundo tiene una explicación, pero todas las explicaciones juntas resultan insuficientes.

Ahora que en apariencia estamos viendo licuarse para su desesperación el liderazgo de Mauricio Macri, nos preguntamos ¿cómo se conserva el liderazgo en el llano, y cómo perduran los liderazgos en las condiciones más negativas?

¿Cómo explicar, por ejemplo, que una líder política forzada a una suerte de exilio, retirada por períodos de la vida pública, aunque perseguida judicialmente, criminalizada y a la vez ninguneada por los medios, conserva durante cuatro años intacto su poder de convocatoria?

Por supuesto que está el antecedente del largo exilio y vuelta de Perón, pero por muchas razones el caso de Cristina Fernandez de Kirchner es distinto.

Desde hace cien años sólo dos presidentes consiguieron completar dos mandatos: Carlos Menem y la actual vicepresidenta. Pero Menem dejó el poder conservando sólo una porción de su liderazgo, que le alcanzó para ganarle en 2003 por apenas dos puntos a su entonces desconocido rival, Nestor Kirchner, pero no para animarse a una segunda vuelta.

Cristina Fernandez obtuvo su reelección en 2011 arrasando con un 55% a pesar de la crísis de la 125, de la caída de las legislativas en 2009 y del bombardeo mediático en su contra. Había sumado diez puntos respecto de su voto de 2007.

Y recuérdese que ya en 2007 sesudos analistas políticos hablaban de “fin del ciclo K”. ¡trece años atrás!

En 2019, Macri, con todo el apoyo y blindaje mediático a su favor, no sumó, sino que perdió diez puntos respecto de su victoria de 2015 y no consiguió la reelección sin siquiera llegar a una segunda vuelta.

Cristina, que consiguió poco más del 48% con Daniel Scioli, su candidato designado en 2015, obtuvo cuatro años más tarde el 48% con Alberto Fernández, su candidato designado en 2019.

En un país donde las mujeres con poder ungidas por fuerzas populares desatan odios, una mujer reúne el mayor capital político del país y lo presta a un varón para que gobierne el país, aunque fue necesario que ella estuviera en la fórmula.

Fenómenos como este, sobre todo si tienen que ver con el peronismo y con la fuerza ascendente de las mujeres, nublan ciertas inteligencias. Le pasó al politólogo que trece años atrás anunció el fin del ciclo K, al periodista de Canal 13 que dijo hace años que ella estaba “vieja, sola y enferma”, les pasó a tantos que anunciaban “No vuelven más” y a muchas inteligencias que derrapan ante el misterio peronista.

Cuando los grandes medios, que son hoy los organizadores de la oposición y cuyo poder de fijar agenda y de arrastrar voluntades nadie pone en duda, deciden planchar y retirar del juego a una líder política, y se encuentran impotentes para conseguirlo –¡y miren que hicieron lo imposible por exiliarla!–, ¿qué otros factores intervienen para que perdure un liderazgo?

¿Alcanza con señalar que el gran enemigo, Mauricio Macri, no dejó daño por hacer en su gobierno, y eso explica la vuelta de Cristina y el peronismo? Después de todo, al concluir los 10 años de Menem en medio de una profunda depresión económica la gente votó al partido rival, la UCR, cuyo presidente de 1989, sin embargo, había salido anticipadamente del poder por la hiperinflación.

O sea que volvió entonces la UCR, pero Alfonsín, aquel líder en retiro anticipado, no pudo ser el candidato en 1999.

Los liderazgos no son irrompibles. Entonces, ¿cuáles son los vasos comunicantes ajenos a los medios que logran el milagro de que ciertos liderazgos salgan airosos con tanto factor en contra?, ¿qué cosas obraron para que Cristina conservara intacto su capital político y volviera a juntar en el continente de su proyecto a los más díscolos?

¿Son las redes? Seguro que sumaron, pero a las redes les fijan la agenda los grandes medios, que son antiperonistas. ¿Son las identidades políticas? No necesariamente, teniendo en cuenta que en la mayor provincia peronista muchos peronistas votaron en su momento a María Eugenia Vidal. ¿Es la comparación del que hace el ciudadano desde el sentido común? (Ella desendeudó, creó la AUH, hizo jubilar a millones de adultos mayores). Posiblemente, pero no se puede asegurar a cuántas conciencias persuadieron estas herramientas que no fueron suficientes para el voto de 2015.

¿Son los movimientos sociales, que en estos cuatro años de Macri hicieron de red de contención para millones y que no querían otros cuatro años de multiplicación de los pobres? Probablemente.

¿Y si hubiera una explicación en la lógica del aikido, que enseña a usar la fuerza del oponente, y el ataque furibundo, implacable y cruel de los medios fuera, al cabo, un factor que, lejos de ningunearla, ha fortalecido y asegurado el centro político para Cristina Fernandez?

Bueno, seguro hay otros factores que se nos escapan y que producen efecto tan sorpresivos como el día en que Cristina fue a la feria a presentar su libro y convirtió ese ritual en una impensada concentración de masas.

Es un enigma extraordinario que, como dije, noquea a muchas inteligencias.

 

Lo cierto es que contar con un liderazgo a prueba de balas no es cosa menor en estos tiempos en que a tantos desafíos se suma el de una oposición destituyente.



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La masacre de Trelew, en casa



Los fusilamientos de Trelew, el 22 de agosto de 1972, provocaron la primera discusión violenta entre mi padre, el Capitán Soriani, y yo. Hasta ese día las diferencias las zanjábamos muy rápido. Ninguna era tan grave como para merecer más de algunas horas de enojo, hasta que alguno inventaba una broma, un comentario sobre fútbol o nos volvíamos a unir en un paseo por el barrio. Mi padre amaba esas caminatas que hacíamos juntos. De chico, antes de emprenderlas, repetía misterioso la misma frase: “vamos a ir por lugares nunca conocidos, hijo”, aunque los recorridos se limitaran a las tres o cuatro manzanas que rodeaban nuestra casa de la calle Yatay, en Almagro.

A veces, en verano, llegábamos a una heladería que era su favorita y que quedaba en Corrientes y Malabia, Trieste, célebre en aquellos años sesenta. El Capitán Soriani era fana de los helados y se podía comer un kilo en pocos minutos. “Es agua”, le respondía a mi madre cuando ella le recriminaba el exceso, mientras me guiñaba un ojo cómplice para que lo ayudara con otra cucharita.

Cuando no íbamos a Trieste, íbamos a Don Lorenzo, una heladería que estaba en Díaz Vélez y Yatay y que también era célebre, pero por la razón contraria. Sus helados eran pésimos. Mi viejo me invitaba con una rima que a él le parecía muy graciosa: “Vamos a “Don Lore”, donde los helados no pueden ser peores”, decía, y se reía con ganas.

Otras veces los dos, el Capitán y yo, esperábamos sentados en el umbral de casa los carritos blancos de Laponia, o los anaranjados de Noel, para comprarnos, en esas siestas de verano, los clásicos Palitos de chocolate o crema, ahora nuevamente de moda y rebautizados como Paletas, aunque el único cambio con los originales sean sólo un par de vocales.

A comienzos de los setenta las discusiones políticas empezaron a tener un lugar importante en nuestra relación, que se había tensado por mi militancia en sectores de izquierda. De todas maneras, ambos hacíamos esfuerzos por mantener intacto el vínculo que habíamos construido.

El 23 de agosto del 72, un día después de la masacre de Trelew, el almirante Hermes Quijada daba por televisión una versión insólita de los fusilamientos: los guerrilleros habían sido abatidos durante un intento de rebelión en la base Almirante Zar, donde estaban prisioneros. La acompañaba con supuestos planos, colocados sobre un atril, con los que pretendía respaldar sus dichos. Ya todo el país intuía que habían sido fríamente asesinados, como represalia a la fuga del penal de Rawson que habían protagonizado una semana antes, junto a otros miembros de organizaciones revolucionarias que lograron abordar un avión y llegar al Chile de Salvador Allende.

Vi la conferencia de Hermes Quijada junto a mi padre, que en principio trató de darle credibilidad a la teoría de la presunta rebelión. Exploté de rabia y le dije de todo. La discusión siguió durante la cena hasta que, enfurecido, rompí el plato contra el suelo, me levanté y me fui de casa.

Pocas semanas después de esa pelea fui detenido, junto a un grupo de compañeros, mientras pegábamos afiches que convocaban a un acto de homenaje a los “Héroes de Trelew”, como llamamos a los 16 militantes fusilados por la dictadura de Lanusse. Nos trasladaron a una comisaría cercana, en Santa Fe y Gurruchaga, nos identificaron, nos pegaron algunos machetazos y nos encerraron en calabozos individuales. Por la noche nos sacaban para interrogarnos y amenazarnos, pero a la tarde del siguiente día mis compañeros comenzaron a ser liberados.

Dos días después, cuando no lograba entender por qué seguía detenido y empezaba a preocuparme, me abrieron la puerta del calabozo y me dijeron que me fuera.

Cuando llegué a mi casa, sucio y hambriento, el Capitán Soriani leía La Nación sentado en su sillón de siempre. Al verme aparecer, dejó el diario, me abrazó feliz por mi regreso y, luego de algunas preguntas, me aconsejó bañarme mientras él salía a comprar algo para que comiera.

Una vez repuesto me invitó a dar una caminata de esas que tanto disfrutábamos hasta poco tiempo atrás. Era invierno y en esos años las heladerías estaban cerradas, así que rumbeamos para el lado del parque Centenario, otro de nuestros lugares favoritos, donde compartimos muchas tardes de fútbol y visitas al Museo de Ciencias Naturales.

Mientras dábamos vueltas al viejo anfiteatro del parque, mi padre me contó que cuando se enteró de mi detención decidió ir a hablar con el comisario de la 23, donde yo estaba preso.

–Te agradezco papá pero no sirvió para nada –le dije–. Al contrario, me dejaron adentro dos días más que a los cuatro compañeros que cayeron conmigo.

–Sí que sirvió, me respondió convencido. Fue eso exactamente lo que le pedí al Comisario. Que te dejaran adentro un par de días. Como milico que soy no me podía negar esa gauchada, y coincidimos con él en que te iba a servir para que reflexionaras y te dejaras de joder con la política.

El camino de regreso a casa lo hicimos cada uno por su lado.

Lo que no me contó esa tarde el Capitán Soriani, me lo contó meses después el compañero que la noche en la que me detuvieron fue a mi casa para llevarse los materiales del Partido que pudieran comprometerme si eran encontrados.

“Por suerte me ayudó tu viejo –me dijo–. Eran demasiados bolsos y por el peso apenas podía cargarlos, así que decidió acompañarme porque su presencia me haría menos sospechoso.”

 

Ese compañero se llamaba Horacio Efrón, era estudiante de Ciencias Económicas y le decíamos Pincho. Fue muerto por la represión casi dos años después, el 18 de setiembre de 1974. Días antes me había preguntado por mi padre, a quien nunca había olvidado desde aquella madrugada en que los dos salieron de casa cargados con esos bolsos prohibidos, pocas horas antes de que el Capitán Soriani fuera a pedirle al comisario que me retuviera un par de días para ver si reflexionaba “y me dejaba de joder con la política”.



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Un presocrático en Italia | El hermano secreto de Giorgio de Chirico



Los editores holandeses pegaban en sus vidrieras las pruebas de imprenta de sus libros y pagaban a los transeúntes que encontraban erratas. Los chinos decían que todo libro tiene derecho a una errata, para recordarnos que fue hecho con manos humanas. El italiano Alberto Savinio, en cambio, dejaba entre paréntesis cada lapsus que cometía su máquina de escribir, para que el lector pudiese vislumbrar lo que pasaba por su cabeza mientras escribía. Savinio es el secreto de la literatura italiana, el descubierto cuando ya era tarde, el siempre olvidado en el canon. Savinio se llamaba en realidad Andrea de Chirico. Con ese nombre había nacido, en Atenas, de padres italianos, con un hermano mayor que todos conocen: Giorgio de Chirico.

Andrea y Giorgio eran muy unidos, tenían los mismos gustos. Como los dos querían ser pintores, y en el siglo XVI hubo en Italia un pintor de frescos llamado Andrea de Chirico, el hermano menor le propuso al mayor que se intercambiaran los nombres, pero Giorgio no quiso, así que Andrea decidió rebautizarse Alberto Savinio,entendió que sería mejor que hubiera sólo un pintor en la familia y eligió dedicarse a la música. Los padres se mudaron a Munich, para que el hermano mayor estudiara pintura y el menor fuera al conservatorio. Andrea, a quien desde ahora llamaremos Savinio, tuvo una epifanía traumática el día en que se sentó a escuchar la Sonata 26 opus 81 de Beethoven, titulada “El adiós, la ausencia, el regreso”, una música bellísima que casi corporizó delante de sus ojos a dos amantes obligados a separarse y padecer la lejanía hasta reencontrarse. Para su desasosiego, al día siguiente en el conservatorio supo que Beethoven había retratado con esa música la apresurada partida de Viena del archiduque Rodolfo y su corte, asediados por los franceses, y su retorno a la capital una vez firmada la paz. Tanto detestó la experiencia el joven Savinio que decidió dedicarse a componer una música tan corpórea que fuese imposible malinterpretar el asunto que trataba.

Apollinaire lo vio tocar poco después en París y escribió: “Nos dejó en trance ver cómo tocaba su instrumento; al terminar la pieza hubo que limpiar el escenario de piezas sueltas y astillas. Predigo que en dos años habrá liquidado todos los pianos de París y continuará hasta demoler todos los pianos del universo, abriendo el camino para una verdadera liberación de los sentidos”. El año era 1914, ya podía olerse el olor a pólvora en el aire y también el de esa otra pólvora que en breve conoceríamos con el nombre de dadá y surrealismo. Pero Savinio no quería ser dadá ni surrealista; lo único que quería del arte era que le permitiera hacer algo que se corporizara inequívocamente en nuestra mente.

Un día cayó en sus manos un diccionario etimológico y experimentó una iluminación: conocer el origen de una palabra era casi como tocarla con la mano (saber, por ejemplo, que “náusea” venía de nausia, es decir estar en una nave, explicaba como un rayo la sensación ondulante que precede las ganas de vomitar). Savinio entendió que lo que quería era más fácil de hacer con palabras que con corcheas o pinceles. La tarea a la que dedicó el resto de sus días fue un poco demencial. Siguiendo el ejemplo de su venerado Schopenhauer que estaba tan descontento con todas las historias de la filosofía que escribió una él, para su uso personal, Savinio se puso a escribir su propia enciclopedia, su versión del mundo.

Como era una tarea inconfesable, la camufló con el aspecto más trivial que encontró: se hizo columnista de diario. Cada una de sus columnas era una entrada de la enciclopedia. Nadie salvo él lo sabía; sus amigos se cansaban de la arbitrariedad de sus temas, sus empleadores también, así que Savinio iba cambiando de diario tal como cambiaba de tema de una columna a otra, como quien arma un rompecabezas en el que todas las piezas son del mismo color. La única consigna era que cada entrada abriera de golpe el entendimiento en la cabeza del lector, tal como le había pasado a él con ese diccionario etimológico.

Para disimular, seguía pintando y volvía a la música de tanto en tanto, pero su desvelo secreto era aquella enciclopedia hecha de miniaturas. Cuando su amigo Cesare Zavattini le contó que quería tener una pinacoteca pero no podía pagar mucho, Savinio le sugirió que pidiera a cada pintor que admiraba una cartulina de diez centímetros por diez, “pero completa”. A los pintores les divirtió tanto la idea de Savinio que lograron, todos ellos, destilar lo mejor de su pintura en esas miniaturas que colgaban enmarcadas en las paredes de Zavattini. El viejo precepto de los griegos: lograr contener lo grande en lo pequeño. Ambiéntese este concepto en la Italia monumentalista de Mussolini: así combatió Savinio el fascismo.

En la posguerra siguió igual, con la misma suerte, la misma íntima desdicha. Una de sus mejores páginas dice que la poesía comenzó a existir por razones prácticas, no “poéticas”: porque era el modo más recordable de decir una cosa (“los versos se atan con rimas para su ingestión”). Cuando el hombre encontró otro modo de dar persistencia a sus palabras, es decir la escritura, y descubrió que por escrito las palabras se conservaban “sin fatiga”, la poesía debió desaparecer. Sin embargo, persistió, y ése era el momento bisagra para él: que persistiera, pero ya sin las razones prácticas que la habían hecho nacer: para siempre sospechada de inutilidad, que era lo que más le gustaba de la vida a Savinio y lo que más quería defender en su enciclopedia. “¿Cómo explicar a los demás que las cosas que ellos consideran tonterías son en realidad serias, y las que, por el contrario, para ellos son serias…?”. Me encantan esos puntos suspensivos. Me encanta cada vez que escribe “nosotros los presocráticos”. En cierto momento le dice a su hijo: “Grecia se descubre cuando menos te lo esperas, al desarmar un juguete, al ver lo bien que se ajusta una caja a su tapa, o cuando chocan dos bolas de marfil sobre un paño verde”.

El siroco es un famoso viento caliente que sopla en Italia y trastorna las seseras. Cuando llega hasta Suiza, se llama fohn y en un día es capaz de fundir más nieve que diez días seguidos de sol. Sin el fohn, los valles suizos serían yermos cubiertos de nieve el año entero. Algo así fue Savinio para los italianos: un aire caliente en el oído que parecía trastornar las seseras con su insignificancia, pero era capaz de derretir los hielos eternos de la mente si seguía soplando semana a semana.

 

Savinio sopló en los salones art-decó fascista, siguió soplando en la Italia ocupada por los nazis, en el neorrealismo de posguerra y llegó a rozar la dolce vita romana de los ’50, pero un día amainó y se apagó, y nadie se dio cuenta hasta que, veinticinco años después de muerto, publicaron en forma de libro su maravillosa y póstuma enciclopedia personal, que resultó ser tan incompleta, tan fragmentaria y tan fecunda como los textos de sus hermanos mayores, los presocráticos.



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El bonaerense



¡El bonaerense! A no asustarse. No se trata de la Bonaerense, precedida por el artículo femenino. Vamos a hablar de un film que tendrá 15, 20 años, cuyo director fue Pablo Trapero, cuyo nombre es precisamente El Bonaerense. La asesoría de la filmación corresponde a Ricardo Ragendorfer, que de esto sabe mucho. Es una de las grandes películas del cine argentino. Se trata de un juego pseudo-realista con la biografía de un personaje que es tomado por una de las instituciones de la nación —la bonaerense–, nombre que cuando se pronuncia, ya sabemos que se trata de la policía y no de otra cosa. Se trata del “Zapa”, alguien que va a ser formado por una pedagogía tan tosca como inexorable. Cometió un pequeño delito y en La Bonaerense –ahora sí– será educado y violentado. Este modelo pedagógico que nunca deja de ser una exacerbación del que todos conocemos en las escuelas argentinas contiene en el film un resabio no muy diluido del Martín Fierro: alguien que comete un delito es tomado como carne de cañón y si bien no es obligado a trasponer la frontera, debe actuar dentro de la frontera y reventarse él mismo por dentro.

Lo real-popular es lo que parece quedar expuesto en El bonaerense, una suerte de orillero que no se rige por el centro de la ciudad sino por el mito de la vuelta a una localidad lejana, un pueblito innominado de la provincia de Buenos Aires, pero siempre dentro de un ámbito de “familia ampliada” que es la policía como gran red integradora del territorio, de las funciones sociales y profesionales, del delito y su conjura, del festejo y del luto, de lo público y lo privado, del sexo y la ilegalidad, de la ley y la locura, de la simulación y el delirio, del discurso oficial y del grito patógeno, de la vida y la muerte. En el film, el suburbio aparece impreciso, con líneas de colectivos indescifrables, calles que entremezclan varias estridencias indefinibles y difusas. En el caparazón policial se alberga una vida popular sin redención, tomada en su doble aspecto de lucha por la sobrevivencia y de uso del chantaje para la acumulación particular de riquezas. Es un capitalismo ilegal, clandestino y popular, a las vistas distraídas del Estado al que pertenecen.

La policía del film de Trapero se mueve entre fronteras orgiásticas –el patético festejo de año nuevo, una de las memorables imágenes de la película–, los borrosos tiroteos y la educación brutal que hace y deshace lealtades, cifradas en modelos de intimidad familiar sustitutiva y en fórmulas de acopio de bienes donde la plusvalía es la del asesinato y la violentación de las propias lealtades poco antes forjadas. La policía como condensación de instrucción escolar, servicio militar, iniciación sexual, promoción delictiva, discurso moral, ilegalidad abismal, simulación social, patología popular, fiesta saturnal y aquelarre con disparos de ametralladoras al cielo, compone un catálogo de todas las fundaciones posibles de lo social, en el que se conjugan la ley y la antiley, el crimen y también el llanto mudo de los desventurados. Trapero finge realismo. Entregó el mejor barroquismo lírico del cine nacional.

El protagonista de El bonaerense no es un comisario retirado conspirativo ni un resentido oficial sumariado, tampoco un cultor del “gatillo fácil” aunque en algún momento, sin convicción, se lo ve al “Zapa” patear en el suelo a un detenido indefenso. Siempre inexpresivo, con una muda resignación. El bonaerense roza todos esos temas y cuida de mantenerse en el plano del pequeño crimen organizado en los destacamentos policiales, en una franja de iniciación en el linde ambiguo con lo dañoso o abusivo. En esa opaca y densa trama ocurre el “sinsentido” de la vida popular, o una parte de ella. Nada nos exime de una meditación más aguda y menos ritualizada sobre la zona deteriorada e inescrutable de la vida popular rota y deshabitada, que si cruza una línea es juzgada por la ley que la policía acaba de vulnerar, cruzando más que líneas, una avenida entera.

Hoy estamos ante una policía provincial que, aunque puede tener demandas justas no se puede escindir de su penumbrosa historia, la viscosa pasta de su lenguaje, su oscuro itinerario antropológico trazado por técnicas profundas de extorsión existencial y economías de trueques clandestinos. No parece cierto que ahora pesan más en ella sus realidades gremiales y sus necesidades vitales comprensibles, que sus escondidos motores conspirativos. Que su jefe institucional, secretario de seguridad, haya fallado en prevenir una rebelión, a pesar de su sacerdocio militarista lanzado a los vientos, no quiere decir que su ostentoso discurso que lo presenta como un paladín de Walter Scott con más profesiones que Ivanhoe, no esté señalando subterráneamente un futuro y peligroso modelo de sociedad argentina vertical y pasteurizada. En el quirófano y en el patio de armas, apostrofando a los “libres pensadores” y pidiendo subordinación y valor.

El sitio feudal a la residencia del Presidente y del Gobernador son tan inadmisibles como el clan policial que salió con bombos sindicales y revólver en el cinto agregando una nota más de desparpajo a los que difunde constantemente el Secretario de la sección Bisturís y Orden Cerrado. Su desprecio por los derechos humanos declamados por televisión, solo le cuesta un pedido de disculpas por Twitter. Ante lo ocurrido, por más que el Secretario no estaba relacionado con los Conspiradores –estos rodeados de niños, acompañados de psicólogas policiales y de jóvenes policías que como en el Hombre que fue Jueves, se trastocaban de anarquistas libertarios recién iniciados–, no se podía evitar la sorpresa por el aspecto carnavalizado de la protesta. Lo que no disminuía en nada su grado extremo de peligrosidad para las instituciones.

Todo lleva a que esa mascarada de bombistas enfierrados deba ser interpretada con nuevos argumentos políticos que escapen tanto de la indulgencia a la que parece obligar el momento, como al ánimo represivo del ritual del estado. Pero reparar el avasallamiento simbólico ocurrido supone crear otros envíos institucionales con una nueva carga simbólica de mayor fuerza reconstructora por parte de los poderes democráticos. Ya que citamos El Hombre que fue Jueves, de Chestsreton –otro estilo diferente al de Trapero para tratar la cuestión policial–, diríamos que hay que desenredar este increíble ovillo de equívocos. El Hombre de la Sala de Operaciones Médicas no fue el jefe de la pueblada policial que hizo temblar las paredes de Olivos. Por el contrario. Pero se puede decir que es el jefe atmosférico de los climas y lenguajes más hostiles hacia la vida democrática del país. Y también se desempeña como jefe de la seguridad de la Provincia democrática. Dos funciones tan contrapuestas en la misma persona, no parecen razonables. En la película, puede ser. Pero allí no.



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Memoria del 55  | A 65 años del golpe contra Perón  



El discurso del Jefe del Cuerpo de Cadetes tenía todos los ingredientes para impresionar: el tono marcial y las solemnes referencias a nuestro compromiso con la Patria resultaban aún más impactantes en la oscuridad de esa madrugada. La emoción fue fuerte, pero para convencernos plenamente, la arenga debió aclarar en qué bando íbamos a combatir. Luego de tres días de tensa espera, el 19 de septiembre de 1955, los cadetes de los años superiores del Liceo Militar General San Martín marchamos en formación por la ruta 8, unos 20 kilómetros, hasta llegar a un aserradero en el que acampamos todo el día sin que nos dijeran a quienes apoyábamos. Ya era noche cuando volvimos al cuartel sin ninguna información. Lo mismo hicieron ese día, el Colegio Militar y la Escuela de Suboficiales: ese paseo era un alistamiento por si teníamos que intervenir. Mientras, los jefes del golpe negociaban con la Junta de generales leales. Perón ofreció a esa Junta su renuncia, pero durante unas horas no quedó claro si la confirmaba. Entonces, la Armada que ya había atacado Mar del Plata amenazó con bombardear las destilerías de La Plata y Dock Sud. Después del ataque aéreo en junio sobre la Plaza de Mayo, nadie dudó que lo anunciado podía cumplirse.

Cuando trascendió la definitiva renuncia del presidente, rápidamente se escucharon manifestaciones de júbilo. Este estado de ánimo no era general, sin embargo, porque del pabellón de suboficiales no se escuchaba nada parecido. De pronto, apareció el teniente Varela, un oficial bajito y esmirriado, de rostro trigueño, cabello y bigote muy oscuros, y un grupo numeroso comenzó a gritarle “peronista”. Confirmando los dichos de un teórico reaccionario sobre el comportamiento de las multitudes, cada vez eran más los que gritaban y lo hacían más fuerte, mientras Varela, molesto y humillado, no negaba su condición de peronista. Todavía recuerdo esa mirada digna de quien, acosado, no parecía tener miedo.

Al día siguiente, el patio de estudios vivía la misma euforia: profesores que nunca hablaban de política lucían escarapelas y se esforzaban por mostrarse alegres. Me sorprendió la aparición del docente de Cultura Ciudadana, conocido peronista, quien me saludó vivando a la Libertad. Cuando le pregunté por su súbito giro político hizo referencia al conflicto con la Iglesia: no fueron pocos los que obraron como él, pero recordé sus brillantes alegatos sobre las transformaciones sociales impulsadas por el justicialismo y no me cayó simpática esa súbita conversión.

En esos días tuvimos visitas y mi padre, un hombre ajeno a las estridencias y los gestos ampulosos, entró revoleando su sombrero Orión y gritando a voz en cuello “Viva la Libertad”. Yo parecía contento como los otros, al fin y al cabo no era peronista. Sin embargo, algo de esa euforia me parecía obscena. Lo entendí mejor meses después cuando frente a la Facultad de Derecho ví como decenas de estudiantes, varones y mujeres, insultaban al hijo de un ministro del gobierno derrocado con tal saña que recordé al teniente Varela.

Lo entendí un poco más el 9 de junio, cuando el levantamiento del general Valle. La curiosidad me llevó a Plaza de Mayo, donde un grupo de manifestantes coreaba. “Con Rojas y Aramburu, el pueblo está seguro”. ¿Cómo aprobar la muerte de los que no podían ser más subversivos que quienes habían derrocado al gobierno constitucional? Me pregunté el porqué de tanto odio, tan fuerte como para que los altos jefes militares fusilaran a sus compañeros de armas. Años después, leí Operación Masacre y en ese texto de Walsh que entonces tampoco era peronista, sentí inequívocamente que el antiperonismo era tan ajeno a la democracia como a la justicia social.

Volviendo al Liceo, la última experiencia que recuerdo ocurrió días después del golpe, cuando el Ejército controlaban San Martín y las zonas aledañas donde se temían reacciones del activismo peronista. Me asignaron un grupo de cuatro conscriptos –bastante mayores que yo- con un Fusil ametrallador Madzen 1926, a mi cargo. Era razonable que tuviera esa misión porque ninguno de los conscriptos conocía el arma y los cadetes habíamos tirado con el fusil ametrallador en más de una ocasión. Pero los soldados me recibieron como a un pibe, me armaron una cama y dormí con el compromiso de que me avisaran de cualquier incidente. Oímos algunos tiros lejanos. Ahora pienso que habría patrullas cortando el tránsito en la ruta, lo que reducía la posibilidad de un enfrentamiento. Mejor así, porque no estaba anímicamente preparado para un combate, pero más me preocupaba –dentro de la irrealidad de todo el cuadro- que aquellos a quienes podríamos enfrentar no eran soldados de ningún ejército sino habitantes de los barrios más humildes.

En septiembre de 1955 fue derrocado un gobierno que el año anterior había logrado más del 60 por ciento de los votos. Durante mucho tiempo se discutió si Perón había hecho bien al renunciar, cuando aún lo seguía la mayoría del Ejército, para evitar lo que imaginó como una cruenta guerra civil. Es absurdo que se haya atribuído a este presidente, benevolente con quienes en 1951se alzaron contra su gobierno y en junio de 1955 bombardearon al pueblo, la responsabilidad histórica por la violencia argentina. Después de Perón se gestó una tradición que alejó a las Fuerzas Armadas del pueblo, que las acostumbró a la represión y naturalizó la intervención militar en la política no para ayudar al crecimiento del país y a la felicidad de su pueblo sino para favorecer otros intereses, no los de la Nación.

Ernesto Sabato es autor de El otro rostro del peronismo, libro que intenta diferenciarse pero termina pagando tributo al dominante discurso antiperonista. Sin embargo, recoge un episodio emblemático, siempre recordado. El golpe de septiembre encontró a Sábato en Salta, en casa de una familia tradicional que celebraba con los mejores vinos el “fin de la tiranía”. En la cocina, el escritor verá un espectáculo distinto, caras aborígenes teñidas de tristeza y algunas lágrimas. Aunque muchos intelectuales tardaran en advertirlo y las clases medias se creyeran grandes protagonistas, pocas veces fue tan claro el sentido de un cambio político, lloraban los más humildes y celebraban los más ricos.

Después hubo otros golpes, los militares no fueron los únicos responsables ni los grandes beneficiarios. El país nunca salió de esas experiencias más rico ni más igualitario y los uniformados fueron llevados a tomar el poder una y otra vez –en palabras de un ex jefe del Ejército sobre a dictadura de 1976- “abandonando el camino de la legitimidad institucional”, y obteniendo “información por métodos ilegítimos, llegando incluso a la supresión de la vida”.

Cuando se conoció esa Autocrítica del genera Balza, advertí la significación de ese cuestionamiento, pero –como la gran mayoría de los militantes por los derechos humanos- no celebré ese texto. Bregábamos entonces por anular las leyes de impunidad y podía temerse que Menem utilizara ese texto de Balza como el cierre de un debate. Hoy, cuando siguen desarrollándose los juicios por delitos de lesa humanidad con alto consenso social y –como siempre recuerda el Presidente- todos los oficiales han iniciado su carrera en democracia, en unas Fuerzas en la que participan las mujeres y se avanza en la perspectiva de género, es bueno recordar que la máxima autoridad del Ejército, hace ya un cuarto de siglo, señaló que las Fuerzas no podían actuar fuera de un marco de dignidad. No es necesario compartir las opiniones de Balza sobre los orígenes del conflicto armado, para revalorizar ese documento.

Los años 70 parecen resumir lo bueno y lo malo, gobierno popular con gran respaldo y después la dictadura más feroz. Todos debemos revisar esa historia, en un diálogo abierto, porque ningún gobierno puede imponer los consensos de la sociedad. Pero para que esa discusión sea fecunda, en un país aún atónito por la liviandad con que un ex presidente anunció un golpe y por el inadmisible cerco policial a la residencia de Olivos, resulta necesario hoy profundizar el consenso democrático. Esto requiere unas Fuerzas Armadas comprometidas con la democracia y los Derechos Humanos, con el desarrollo argentino y la soberanía nacional. El recorrido por mis experiencias juveniles fue el modo muy personal de plantear una esperanza que comparte hoy la gran mayoría de los argentinos.



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Homo Incierto



Desde Barcelona

UNO Incierto –según RAE– significa “impreciso o borroso: ‘límites inciertos'” y “desconocido y se percibe como negativo: ‘porvenir incierto'” y “que no corresponde con la realidad: ‘su afirmación es incierta'”.

En resumen: es incierto lo que significa incierto.

DOS A medio siglo de entrar al Necro-Club 27: ¿Jimi Hendrix fue/es realmente tan bueno? Rodríguez nunca tuvo un disco suyo. Y siempre le gustaron más David Gilmour y J. J. Cale y Mark Knopfler y Pete Townshend y Dave Davies y George Harrison y John Lennon y Robbie Robertson y el ¿hendríxtico? Prince para air guitar y espejo. Rodríguez, a la hora del punteo, siempre prefirió el destello puntual que la pirotecnia puntuada y el relámpago natural al fuego artificial. De acuerdo: Hendrix revolucionó a la guitarra eléctrica pero… ¿lo hizo porque tal vez no podía tocar de otro modo y de ahí la incertidumbre sinuosa y no la recta precisión? ¿Son las vanguardias avances verdaderos o falsos trucos retaguardistas de quienes no saben pasar al frente de manera tradicional? Presintiendo las púas que ya le arrojan los adoradores del disculposo besador de cielos, Rodríguez se excusa/defiende afirmando que no lo afirma con convicción; porque de un tiempo a esta parte todo se le hace tan incierto. Y ya saben qué tiene la culpa de que todo así sea o no sea o sea más o menos, quién sabe.

TRES Lo que lleva a Rodríguez al por qué ninguno de los popes-rockeros de su país, hasta donde sabe, le ha dedicado una canción-himno-himnótica a Messi. Sobre Maradona hay varias. Demasiadas. Malas. ¿Por qué será? ¿Lo habrá prohibido explícitamente El Diego? O será que el ahora incierto Messi no tiene épica ni tragedia, no se le intuye vida demasiado rockera y sus drogas son solo aquellas con las que lo pincharon en el Barça para darle crecientes súper-poderes. Tal vez cuando lo odien (lo odien poco, poquito: los catalanes son más de despreciar; respetan a todo aquel que se mueva por dinero; y, además, si se lo piensa un poco, Messi sólo quiso independizarse, como esos que se juntan llueve o truene o enferme en la cada vez más asintomática y poco febril Diada que supieron infectar y abducir hace años) se levante la veda y mujan las patosas y pateadoras canciones con solos de guitarra a acompañar…

CUATRO …y serán más pegadizas y comprensibles que las inciertas declaraciones de “especialistas” a los que la covid-19 provocó cierta propensión a expresarse como personajes de Christopher Nolan cruzados con el de nuevo en problemitas Mariano Rajoy (Rodríguez ya comprendió por qué Tenet es la gran película para tiempos virales: no es que no se entienda, es que –peor– se explica a sí misma todo el tiempo sin que se entienda). Así, con motivo de los protocolos aplicados para la rentrée escolar (no: no se hicieron los deberes), Rodríguez escuchó en la tele a (dis)funcionario (im)precisar muy (in)seguro que “no compete a las Administraciones decir a cada centro todo lo que hacer, sino qué hacer en todos ellos, que será solo parte de lo que deba hacer cada uno”. Luego, tertulia donde un “experto” predecía Apocalipsis y otro que “vienen muy malos tiempos”. Y Rodríguez se preguntó qué sería peor: ¿maldición bíblica o condena laica? “Los virólogos pueden ser más pesimistas que los epidemiólogos”, clarificó alguien allí. Y –mientras no dejan de romperse récords de contagios– a seguir diciendo “se estabilizan” para no decir “no bajan”. Y la vacilante en bacilos OMS avisando que ya no es conveniente lo de saludar con el codo pero sí el llevarse la mano al corazón (para inminente próxima corrección, Rodríguez propone saludo vulcano). Así, vida corta y adversidad. Y, ahora mismo, muchos suspiran largo y respiran profundo. Y allá va, rumbo a sus pulmones: una esfera recamada con antenitas que parece la micro-versión de macro-deidad tentacular dormitando con un ojo abierto en la ciudad perdida de R’lyeh, en las profundidades del Océano Pacífico…

CINCO …y estrenaron Lovecraft Territory. Rodríguez leyó el libro de Matt Ruff y le gustó (le resultó más divertido Crooked, de Austin Grossman, en el que Nixon vende su alma a Cthulhu para llegar al poder y se inventa Watergate para romper pacto); pero ya casi no ve series. Hay algo en el formato inconclusivo y estirado y repetitivo –padeció a los astronautas hipersensibles multi-étnicos de Away como a un This Is Us con gravedad cero– que le recuerda demasiado a la (ir)realidad.

Así que sus incertidumbres de televidente son otras: Rodríguez duda (buen test de personalidad) entre volver a la frenética Contagion de Steven Soderbergh o a la reposada Melancholia de Lars von Trier. Los fines de semana, en cambio, la estatal TVE1 emite esas películas romántico-turísticas alemanas con títulos como Un verano en… (completar con destino exótico-sureño de turno) en las que valquirias y nibelungos se pierden y se encuentran lejos de sus ordenadas metrópolis junto a encantadores pero un tanto primitivos lugareños proveedores de vino y platillos regionales y música pagana como sostén de su servicial economía. (Rodríguez se pregunta si su compra/emisión es parte de convenio con Merkel a cambio de facilitar rescates surtidos). La privada Telecinco, por su lado, insiste con films catastrofistas-cósmicos a repetir sábado tras sábado (Rodríguez ya vio tantas veces el final de Armagedón en Stonehenge justo antes del telediario). Y tiembla pensando en que uno de estos findes unas y otras se contagiarán fundiéndose en Un verano en Andrómeda o algo…

SEIS …como los inciertos folletines sobre vacunas saltándose fases para gozo de conspiranoicos y a cuyos fabricantes la Unión Europea promete cubrir/defender ante demandas si los efectos secundarios devienen defectos de primera o “enfermedad inexplicable”. Mientras tanto y hasta entonces, todo en el aire. Como la covid-19. Abundan interrogantes turbios, faltan respuestas claras. Y Rodríguez recuerda, durante el verano, lo que le preguntó una niña a la princesa Leonor: “¿Qué quieres ser cuando seas grande?”, le dijo. Y todos rieron en el noticiero; pero Rodríguez, en cambio, se puso serio. Y pensó que quizás Leonor no quiera ser reina. O no ser nada más que reina. O ser como Emma Peel. Y que la princesa –ahora confinada como toda su clase (escolar); el virus no respeta protocolos y su bajeza no reconoce altezas– esté incierta, qué tendrá la princesa. En cualquier caso, la regia Letizia –con rigor de conversa– respondió por su hija que “lo que quiere no, lo que tiene que ser”; y luego añadió algo acerca del legado de su padre, pero nada acerca del legado de su abuelo. A Rodríguez no se le hace muy cierto el que Leonor llegue a reinar para millenials de futuro incierto (y le intriga más esa cara de loca suelta de su hermana/infanta Sofía quien, casi puede asegurarlo, deparará alegría a prensa rosa y tabloides escandalizantes de aquí a pocos años). Rodríguez, por su parte, no sabe qué quiere ser cuando –empequeñecido– sea más grande. Le bastaría con ser sano en este país de incierto diagnóstico e iletrado himno nacional a ejecutar con electrocutada guitarra en llamas. Y, entonces, poder responder claro y sin dudas de si se refieren a experiencia muy mala o apocalíptica cuando –al final, sin bises– los expertos de la incertidumbre le pregunten Are you experienced?



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Fucik, la reivindicación de la militancia | Periodista, asesinado por el nazismo, autor de “Reportaje al pie del Patíbulo”



“En el campo de concentración de Ravensbruck, mis compañeros de prisión me comunicaron que mi marido, Julius Fucik, había sido condenado a muerte el 25 de agosto de 1943 por el tribunal nazi de Berlín”, comienza su introducción a Reportaje al pie del patíbulo Gusta Fucikova, su esposa, que sobrevivió y fue liberada. Apenas volvió a Praga, Gusta comenzó a rastrear datos de lo que había sucedido con su marido, con quien había sido detenida en l942, poco después de la ocupación de Checoslovaquia. Ambos eran periodistas, escritores y comunistas. Fueron llevados a la prisión de Pankrac, dependiente de la Gestapo. Durante unos meses, se supieron bajo el mismo techo, pero perdieron contacto. Nunca se volvieron a ver.

Al principio, el hecho de saber que Gusta estaba allí, hacía a Fucik cantar todas las noches. La militancia partisana, habría de narrar ella luego, los había separado muchas veces. Eso los había vuelto “eternos amantes”. “En la celda 267 se canta”, había escrito Fucik en una de las hojas que, luego reunidas, armaron su libro Reportaje al pie del patíbulo. Fucik fue descripto como un hombre icónico del renacimiento checo. Dijo el crítico Ladislav Stoll: “Nunca jugaba el papel de un espíritu encerrado en sí mismo: estaba pletórico de alegría, de vitalidad. Amaba la vida como un niño, despreciaba la muerte como un hombre. Amaba a sus amigos y sus amigos eran todos aquellos que como él amaban al pueblo y a los hombres”.

Poco después del traslado de Gusta al campo polaco, cuando comenzaba a roer la soledad y la tortura a la que era sometido diariamente, Fucik recibió del guardia nazi que todos los días visitaba su celda, una hoja de papel que sacó de adentro de la solapa de su uniforme. Activista entrenado, el escritor sospechó. No hizo preguntas. Temía una trampa. Unos días después el guardia volvió a dejarle otra hoja. “Me dijeron que mañana seré fusilado“, tanteó Fucik. “¿Y está impresionado?”, le preguntó el guardia. “No, contaba con eso”, fue la respuesta. “Es posible que lo hagan. Si no mañana, otro día”, le dijo el guardia. “Por si acaso, por si usted quiere dejar un recado para alquien… No para ahora, ¿me comprende? Para el futuro”. El guardia nazi le extendió otra hoja y un lápiz. Fucik confirmó otra de sus sospechas: podía tratarse de un camarada. Luego llegó a saber también su nombre: era Adolf Kolinsky, un joven comunista checo que se había hecho pasar por alemán para infiltrarse en la cárcel de la Gestapo, recoger información y hacer lo que se pudiera para aliviar a los prisioneros. En el caso de Fucik, el alivio llegó con el papel y el lápiz.

Las hojas iban llegando despacio a lo largo del año en el que Fucik estuvo detenido en Pankrac, antes de ser trasladado a Berlín para un falso juicio. Con letra rápida, en líneas apretadas, Fucik pasó el tiempo reponiéndose de las heridas de la tortura y escribiendo cada noche en cada centímetro disponible (“¿Qué vendrá primero, la muerte del fascismo o mi propia muerte?” “He pensado siempre en lo triste que resulta ser el último soldado herido en el corazón por la última bala y en el último segundo. Pero alguien tiene que ser el último. Si supiera que puedo ser yo, querría serlo, aún ahora”). Stalingrado ya había sido recuperada por los rusos, de modo que era pertinente la pregunta. Pero fue en ese último estertor nazi que se decidió su juicio sumario en Berlín, el 25 de agosto.

Mientras tanto, él no había parado de escribir. Las hojas manuscritas y escritas casi sin luz eran sacadas de la cárcel por Kolinsky y desparramadas por diferentes casas de la resistencia de Praga, “para el futuro”, como habían convenido. Fucik, que esperaba morir en la horca, finalmente fue condenado al hacha y fue decapitado después de haber asumido en el juicio su identidad comunista y de ponerse a cantar La Internacional. Fue hacia su muerte el 8 de septiembre de l943, cantando, y cuando su cabeza rodó, otros prisioneros cantaron por él.

Cuando poco después Gusta fue liberada y comenzó a intentar reconstruir qué había pasado con Julius, rápidamente encontró a Kolinsky y con su ayuda fue recibiendo de decenas de distintas direcciones, las hojas en las que él había dejado una obra, cuyo génesis la hace una obra colectiva. No eran notas aisladas, sino una narrativa vibrante y sangrante que reflejaba su perspectiva, el clima de la cárcel, las reflexiones políticas que le sobrevinieron en el último y terrible año de su vida, que terminó a los 40 años. Gusta las reunió -eran 167 en total – y las editó, y poco después fue conocida la primera versión de Reportaje al pie del patíbulo, traducido luego a más de treinta idiomas y un clásico del siglo XX que Fucik dejó “para el futuro”, que es hoy.

Hace 60 años, en muchos países, es el 8 de septiembre el Día del Periodista, para recordar el ejercicio de testimonio al que Fucik no renunció aún en circunstancias en las que ya no le quedaban fuerzas después del ensañamiento de la tortura. La maquinaria mediática posterior ha suprimido o demonizado la figura del periodista militante, asociándolo con la distorsión de la verdad, cuando no sólo Fucik sino muchos otros, como los periodistas desaparecidos en la Argentina, como Rodolfo Walsh, dijeron la verdad cuando todos los demás callaban.

La página más visitada de su libro es la que resume ese espíritu vital, obstinado en el deber de la lucha, en la entrega y en el ánimo combatiente que requirieron esos tiempos horribles: “Y lo repito una vez más: he vivido por la alegría. Por la alegría he ido al combate y por la alegría muero. Que la tristeza no sea nunca unida a mi nombre”.

En tiempos de vorágines de odio, como aquellos, vale además su final, su manifiesto, su decisión indeclinable: “También mi juego se aproxima a su fin. No puedo describirlo. No lo conozco. Ya no es un juego. Es la vida. Y en la vida no hay espectadores. El telón se levanta. Hombres: yo los amé. ¡Estén alertas!”



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De la Inquisición a la quema de barbijos | La hoguera de los anticuarentena



No hace falta graduarse con la tesis sobre el movimiento anticuarentena. Ni siquiera invocar el viejo pensamiento de Mao: Una sola chispa puede incendiar toda la pradera. Los sofistas y la prensa canalla –título de un libro de Eduardo Varela Cid de 1984-, suelen encargarse de la tarea. Ellos producen sentido con mucho menos. Les alcanza con la quema de unos pocos barbijos, las filmaciones caseras del hecho y la viralización de las imágenes junto al obelisco. Componen la situación con apenas un fósforo y la adrenalina incendiaria de un puñado de antisociales. Con ello pretenden seguir en acelerado descenso hacia el noveno círculo del infierno, el que estaba más cerca de Satanás en la Divina Comedia de Dante.

De Nerón a la actualidad, la humanidad hizo arder en llamas a ciudades enteras, millones de hectáreas de bosques, libros, banderas, viviendas y durante siglos a miles de personas. De Juana de Arco a Giordano Bruno la Iglesia mandó a la hoguera a cantidades ingentes de herejes por discutir las verdades reveladas de su teología. Ese era el sayo que les ponían en los tribunales de la Inquisición. Un pasaporte sin regreso hacia el patíbulo y con un paso previo por las mazmorras de Torquemada. Ahora se queman barbijos que salvan vidas. Una comprobación tan antigua que proviene del Renacimiento o antes – se usaban máscaras como las venecianas – porque de esa forma se creía evitar el contagio de distintas plagas. Las usaban los médicos cuando trataban a enfermos de la peste negra y tenían forma de pico de ave. Su utilización después se extendió a los carnavales en la ciudad de las góndolas donde se venden en muchos comercios.

Parece una insignificancia la quema de los barbijos al lado de organismos monstruosos como el Tribunal del Santo Oficio, pero no. La comparsa que exalta la Parca, les da la espalda a los muertos y contagiados en el sistema de salud que en la Argentina ya acumulaba unos 60 fallecidos entre médicos, enfermeros, camilleros, instrumentistas y administrativos el mes pasado. Los contagiados ya eran más de 17.000 a mediados de agosto. Un 6,7 por ciento del total de la población infectada en aquel momento.

Entre los afectados estuvo mi hijo mayor. Trabaja en un hospital público. Contrajo el virus igual que su pareja. Los dos son psicólogxs. Él pasó una semana aislado en un hotel centríco contratado por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires con fiebre y tos seca. Le dieron mala comida. Contagiada, ella fue empujada a hacer un periplo por la ciudad como producto de la derivación desde un hospital público hacia un sanatorio de su obra social. Zafaron porque son jóvenes pero vivieron días de zozobra y preocupación. No merecen ellos ni cada trabajador de la Salud tanta desaprensión de estos provocadores que se mearían de miedo en una sala de terapia intensiva o de guardia junto a un paciente con respirador. La pregunta es: ¿Les cabe algo más que el extendido repudio social como se percibió en las redes? ¿O deberían – como corresponde – recibir alguna pena por propagar una enfermedad contagiosa?

Es discutible establecer si el hombre evolucionó o hizo el proceso contrario – una hipótesis para otro artículo -, a sabiendas de este frenesí incendiario, que para una realidad pandémica como la que arrojó 2020, no hace más que intensificar el odio. Porque odio es lo que sienten los trasnochados que chamuscaron unos cuantos barbijos en la plaza de la República y más odio quienes desde Clarín y sus satélites se preguntaron si la quema había sido provocada por un par de militantes de La Cámpora.

En la construcción que hacen para denostar al otro, en etapas distintas podrían haber sido piqueteros, trapitos, desocupados que viven de planes sociales, indocumentados, travestis, trabajadoras sexuales, vendedores ambulantes, manteros, manteros senegaleses, aquellos que tienen en común ganarse la vida en el espacio público. Los odiadores seriales los repelen a todos pero hoy paga más demonizar a una agrupación política oficialista con la que se puede o no estar de acuerdo. Inventaron un monstruo y cada tanto lo suben al escenario para que se vea. Esta vez les salió mal. No eran de La Cámpora. Sí un grupito de desquiciados. Se trató de una noticia falsa.

La energía que pusieron en su fogata redentora expuso a los quema-barbijos en sus miserias. Cero empatía, cero solidaridad, cero comprensión de la tragedia que nos rodea. Quedó reflejado en cómo prendieron el fuego con alegría y sarcasmo bajo un cartel que decía “Falsa pandemia”. Pero aún así, no son ellos el principal problema. Es lo que representan, el ideario vacuo y confuso que expresan y que podría encuadrarse en el concepto de fascismo social de Boaventura de Sousa Santos, si nos lo permite el sociólogo portugués. Algo que según sus propias palabras “no es un régimen político. Es más bien un régimen social y civilizacional”.

Este fenómeno tiene otras manifestaciones además de las flamígeras. La frialdad deliberada de los políticos que cuentan los muertos como estadísticas de crematorio o sugieren recetarse cloroquina, una droga que desaconseja la Organización Mundial de la Salud. Trump y Bolsonaro se llevan el podio que podría completarse con Macri y sus apelaciones a violar la cuarentena que hace tiempo es un colador. Los dos primeros gobiernan sus países, el ex presidente argentino obtuvo un premio consuelo en la fundación FIFA. Son los adalides del negacionismo. Dejaron cría porque hay núcleos duros que los apoyan en Buenos Aires, Berlín – donde desfilaron sin distanciamiento social y banderas del Tercer Reich- San Pablo, Brasilia o muchas ciudades de EE.UU. La mayoría no parecen trabajadores que pasan privaciones porque perdieron el empleo. Ellos se movilizan con otras consignas y no queman barbijos en una plaza pública como hacía el Tribunal del Santo Oficio con los condenados por herejía.

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Cincuenta años más tarde, la victoria chilena todavía nos habla



Hace cincuenta años, la noche del 4 de septiembre de 1970, me encontraba, junto a una multitud de mis compatriotas, bailando en las calles de Santiago de Chile.

Celebrábamos la victoria de Salvador Allende y su coalición de izquierda en los comicios presidenciales de ese año. Fue un triunfo que trascendió las fronteras nacionales. Hasta entonces, todas las revoluciones habían sido violentas, impuestas por la fuerza de las armas. La Unidad Popular proponía usar medios pacíficos y electorales para construir el socialismo, proclamando que no era necesario reprimir o eliminar a nuestros adversarios para alcanzar una justicia social duradera, que cambios estructurales de la economía podrían efectuarse dentro de los confines y promesas de la democracia.

Fue un privilegio haber vivido plenamente ese momento en que soñar lo imposible no era una mera consigna. Recuerdo al pueblo chileno, los trabajadores que habían construido ese país sin disfrutar de sus riquezas recorriendo con sus familias el centro de la ciudad que siempre les había parecido ajeno, recuerdo cómo su presencia rebelde y alegre pronosticaba un orden social que los reconociera como protagonistas y motores del porvenir.

¿Cómo podría haber evolucionado el mundo, cuán diferente sería, si los militares no hubieran derrocado a Allende tres años más tarde, si otras naciones hubieran podido adoptar ese modelo de una revolución no-violenta para satisfacer sus propias ansias de liberación e igualdad?

Conmemorar este aniversario no debe entenderse, sin embargo, como un ejercicio de nostalgia personal. Ese momento que auguraba un futuro que nunca llegó importa más que nada porque sigue hablándonos de múltiples maneras. Hay lecciones que aprender de aquel 4 de septiembre supuestamente remoto, especialmente en los Estados Unidos que afronta hoy su propia elección de dimensiones históricas.

Por cierto que nadie en USA propone el socialismo como una opción este 3 de noviembre venidero, por mucho que el delirante Trump describa a sus opositores como izquierdistas enfurecidos. Lo que sí va a decidirse es si la patria de Lincoln va a implementar reformas fundamentales o si va a empantanarse en el cenagal sofocante del pasado. Si Joe Biden, como parece más que probable, gana la contienda electoral que se avecina, los ciudadanos norteamericanos –y yo soy ahora uno de ellos– tendrán que plantearse, como lo hicimos nosotros en Chile hace tantas décadas, una serie de preguntas acerca de cómo llevar a cabo aquellas reformas. ¿A qué ritmo deben realizarse? ¿Qué medidas deben cumplirse aceleradamente para asegurar que no haya posibilidades de una regresión conservadora? ¿Cuándo es mejor reducir la velocidad para obtener el apoyo de tantos votantes que temen excesivas alteraciones a su vida cotidiana estable, el fundamento de su identidad? ¿Cuándo negociar, cuándo insistir en reformas que no admiten espera? ¿Cómo contentar a la legión de impacientes e inspiradores activistas que frecuentemente confunden sus deseos con la realidad y quisieran avanzar con más rapidez de lo que la mayoría de la naciónpuede absorber? ¿Y cómo aislar a los antagonistas más fanáticos y bien armados que no van a ceder fácilmente sus privilegios y que, contando con inmensos recursos financieros, estarán dispuestos a desatar la violencia para socavar las reglas democráticas cuando éstas ya no les sirvan?

Si hubiésemos sabido resolver esos desafíos en Chile, se podría haber evitado la catástrofe de una dictadura militar y diecisiete años de represión brutal cuyos efectos todavía vivimos hoy. Pero más allá de los errores que pudimos haber cometido, hay otro factor que determinó el fracaso: los Estados Unidos promovieron ferozmente el derrocamiento de Allende y luego apoyaron y dieron aliento al régimen de terror que lo suplantó.

En un momento en que protestas masivas han sacudido a los Estados Unidos, exigiendo que el país enfrente la forma inhumana y sistemática en que tantos ciudadanos, pobres, negros, latinos, inmigrantes, mujeres, pueblos originarios, han sido maltratados y brutalizados, parecería también imperativo reconocer el sufrimiento impuesto a otras naciones por la incesante y desfachatada intervención de los Estados Unidos en sus asuntos internos. ¿Y qué mejor instancia que la actual para asegurar que tales injerencias no volverán a suceder?

Chile no es el único ejemplo de este desprecio flagrante hacia la soberanía ajena. Ahí están las democracias destruidas de Irán, Guatemala, Indonesia, el Congo. Pero la desestabilización de Chile, el asesinato de la esperanza con que bailamos en las calles de Santiago hace medio siglo tuvo consecuencias particularmente perversas.

La muerte de la democracia chilena –simbolizada en la muerte de Salvador Allende en el palacio de La Moneda el 11 de septiembre de 1973– no sólo dio inicio a una tiranía letal sino que también convirtió el país en un despiadado laboratorio donde se ensayaron a mansalva las fórmulas del capitalismo neoliberal que pronto prevalecerían a nivel global. Es precisamente ese paradigma de desarrollo salvaje –la creencia ciega de que el mercado disipa todos los problemas, de que la avaricia es buena, de que la obscena concentración de riqueza y poder en manos de unos pocos beneficia a las grandes mayorías– que hoy se cuestiona tan vigorosamente en los Estados Unidos y, maravillosamente, en el Chile actual, donde un movimiento rebelde popular ha sacudido las cimientos del sistema político que sustentala supremacía capitalista, revindicando el legado de Allende.

Sería ingenuo sugerir que si Allende hubiera tenido éxito ese modelo neoliberal no hubiera conquistado de todas maneras el mundo. Como sabemos desgraciadamente, otras naciones estaban prontas a llevar a cabo ese tipo de desmedido experimento. Es, no obstante, sombrío pensar que, de no haberse frustrado la tentativa de Chile de crear una sociedad justa y digna, tendríamos hoy un ejemplo radiante de cómo emerger de la crisis de desigualdadque nos aqueja, las divisiones que nos afligen.

Cuando los que ahora son mis compatriotas norteamericanos bailen en sus ciudades, como lo pienso hacer con mi mujer Angélica, la noche en que otra victoria electoral presagie el amanecer de una nueva era, me gustaría que algunos de ellos recordaran que no se encuentran solos, que érase una vez una tierra en que otros hombres y mujeres bailaban hacia la justicia, una tierra que, después de todo, no es tan lejana.

Ariel Dorfman es el autor de La Muerte y la Doncella y, más recientemente de las novelas Allegro y Cautivos y el ensayo Chile: Juventud Rebelde. Vive en Chile y en Carolina del Norte, donde es un distinguido profesor emérito de Literatura en la Universidad de Duke.



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