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Claudio Borghi: “Los que gambetean pasan a ser rebeldes, y es lo que hoy está faltando en el fútbol”

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El mundo Internacional

Para los chilenos, “el reto es hacer una Constitución democrática desde abajo”

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El mundo Internacional

Chile avanza hacia una Constitución con igualdad de género

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El mundo Internacional

Chile da un paso hacia una democratización que arrase con los resabios de la dictadura

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Argentina Contratapa

Trump y Pinochet, a 32 años del plebiscito chileno  | Presagios de una victoria inolvidable



¿Pueden acaso los lectores reconocer el país que estoy a punto de describir?

Un Presidente, que nunca ha ganado el voto popular, desata toda la fuerza de sus poderes ejecutivos para evitar la derrota en una elección trascendental. En mítines fervientes y fascistoides, acusa a sus contrincantes democráticos de ser marionetas al servicio de oscuros intereses extranjeros, cautivos de revolucionarios y extremistas empeñados en propagar el caos y la violencia, una amenaza para la civilización cristiana y occidental. Advierte a sus enardecidos partidarios que si no gana la contienda venidera, sus barrios se verán invadidos por hordas de pobres y sus mujeres corren peligro. Denigra a quienes protestan contra él y no hace nada para impedir que sean atacados por matones de derecha bien equipados. Hay temores de que este hombre, que se proclama el salvador de la patria, se niegue a aceptar el veredicto de las urnas, invocando su grado de Comandante en Jefe para continuar en el cargo.

¿Los Estados Unidos en 2020?

En realidad, estaba retratando una situación similar en Chile hace treinta y dos años cuando se celebraba un plebiscito para determinar si el general Augusto Pinochet, nuestro dictador desde el golpe de Estado de septiembre de 1973, permanecería en el poder o si el país iniciaría una transición a la democracia.

Es escalofriante que los intentos de Pinochet de triunfar en ese referéndum a principios de octubre de 1988 presagian la retórica incendiaria y las amenazantes medidas de Donald Trump ante la probabilidad cada vez más cierta de perder ante Joe Biden en los comicios de noviembre. Pero esa elección distante en Chile también ofrece un ejemplo alentador para los Estados Unidos de cómo la gente común y corriente puede a través de la movilización pacífica salvar a su república del autoritarismo.

En efecto, el 5 de octubre de 1988, el pueblo chileno votó abrumadoramente -como mi esposa y yo lo hicimos ese día en Santiago- para terminar con la pesadilla de Pinochet, con un contundente 56 % del electorado marcando la opción NO en la boleta electoral. Tal paliza era esencial para la estrategia de la coalición antidictatorial. No podríamos prevalecer a menos que lográsemos una victoria de tal magnitud que el general Pinochet y sus aliados no pudieran disputar el revés. Aunque el tirano, agazapado en el Palacio Presidencial, quiso declarar la ley marcial e ignorar el recuento final, se encontró aislado después de que la Fuerza Aérea, Carabineros y destacados portavoces conservadores reconocieron el éxito incontestable de la oposición.

Muchos habían predicho que tal hazaña era imposible, dado el régimen de terror del dictador y el fanatismo de sus seguidores, pero yo estaba entre aquellos que siempre creyeron que íbamos a ganar. Cuando me preguntaban cómo se lograría semejante victoria alucinante, mi respuesta era que confiaba en la dignidad y decencia del pueblo chileno, su capacidad de lucha y amor por la justicia. Profeticé que nuestro pueblo, como tantos otros que han mostrado un heroísmo empecinado en circunstancias adversas, sabría salir de las sombras.

Me encuentro lanzando hoy una profecía análoga para los Estados Unidos, país en que el resido y del que soy también ciudadano. Trump es una figura menos temible que Pinochet. Por mucho que el actual presidente estadounidense admire a hombres fuertes en el extranjero, no ha podido, pese a sus apetencias y bravuconadas, imitar esas tácticas totalitarias, es incapaz, como sí lo hizo el dictador chileno, de encarcelar y torturar a los disidentes, desaparecer y exiliar a los opositores, ni menos silenciar a los medios de comunicación. Siendo más vulnerable que Pinochet, debería ser más fácil, por lo tanto, propinarle una derrota, una vulnerabilidad que sólo hace más patente el virus que acaba de contraer. Le viene a pesar, por fin, la arrogancia con que desechó los riesgos de ese contagio.

Algunos pueden acusarme de excesivo optimismo. A pesar del daño que Trump ha hecho a su país, a pesar de su manejo criminal de la pandemia, su vandalización del medio ambiente, su guerra contra la ciencia y la convivencia, su divisiva jerga supremacista blanca, sigue siendo favorecido por el sesgo en el absurdo colegio electoral y goza de un margen considerable – y casi inverosímil -de popularidad, cercano al 44% que el general Pinochet recibió en el referéndum de 1988. Ese apoyo debería ser suficiente, si los resultados de la noche electoral llegaran a retrasarse, para que el Presidente estadounidense aprovechara la confusión para declarar una emergencia nacional, invocar la Ley Insurreccional y pedir que las entusiastas y bien armadas milicias que lo apoyan se dediquen a imponer “ley y orden”. No es inconcebible que, ante tal encrucijada, se desate una guerra civil.

Para evitar un escenario tan aterrador, la oposición no puede contentarse con sólo tres, cuatro o cinco millones de votos de ventaja. Trump debe ser golpeado de una manera irrefutable. Esa exhibición inmediata y concluyente de la voluntad popular tiene que estar respaldada por la decisión de esos incontables votantes de defender en las calles con sus cuerpos aquella victoria electoral.

Confío en el futuro. He sido testigo en los últimos años del despliegue masivo de tantos estadounidenses en favor del cambio climático y luchando por los derechos de las mujeres, los inmigrantes y la justicia racial. Eso me hace creer que, como los intrépidos patriotas de Chile que se enfrentaron a un dictador hace más de tres décadas, una mayoría categórica de los ciudadanos de los Estados Unidos mostrará al mundo que el hombre más poderoso de la tierra será doblegado por la voz más poderosa de un pueblo pacífico y movilizado.

* Ariel Dorfman es el autor de “La Muerte y la Doncella”. Sus últimos libros son la novela Allegro y el ensayo Chile: Juventud Rebelde.



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Argentina normal

Mario Pereyra sobre la cuarentena: “Ni Pinochet hacía eso, pobrecito Pinochet” | El conductor radial relativizó la dictadura chilena con datos falsos



“Estamos bajo una dictadura. Ayer dije que tenemos toque de queda en la Argentina y es en Santiago del Estero, Salta, Catamarca y Rosario. Desde las 7 de la tarde no podés salir a la calle. Ni Pinochet hacía eso, pobrecito Pinochet”. 

De esta manera, Mario Pereyra se expresó el jueves sobre las políticas de distanciamiento social dispuestas por el Gobierno nacional e implementadas con distinto grado de profundidad por cada jurisdicción. El conductor de Cadena 3, de Córdoba, relativizó de ese modo a la dictadura de Augusto Pinochet, a quien calificó de “pobrecito” y por ello fue denunciado ante la Defensoría del Público.

Pereyra, líder en audiencia en la provincia mediterránea, falseó los hechos al comparar las políticas de algunos distritos de la Argentina para frenar la pandemia con un toque de queda a nivel nacional que nadie declaró, que sí impuso la dictadura chilena en diferentes momentos del régimen que se extendió entre 1973 y 1990, como en el período inmediatamente posterior al golpe y en 1983, durante las primeras manifestaciones masivas contra Pinochet.

El Círculo Sindical de la Prensa y la Comunicación de Córdoba (CiSPren) formalizó la denuncia ante la Defensoría del Público de Servicios de Comunicación Audiovisual, por considerar como “violencia mediática” (una de las causales para impulsar denuncias ante el organismo) las expresiones vertidas por Pereyra en su programa “Juntos”. El CiSPren consideró repudiables sus manifestaciones, a las que calificó como “una apología del terrorismo de Estado”.

Se trata del mismo periodista que a fines de los 80 entrevistó en la televisión cordobesa, de manera complaciente, a Luciano Benjamín Menéndez, la encarnación viva del terrorismo de Estado en la provincia. 

Pereyra nunca ocultó su simpatía por Mauricio Macri. Tal es así que, durante un reportaje con el entonces candidato Alberto Fernández, el actual mandatario le pidió que disimulara su antipatía hacia el Frente de Todos

La frase de Pereyra sobre la dictadura pinochetista fue dicha la víspera del cincuentenario de la victoria electoral de Salvador Allende, el presidente socialista derrocado y asesinado en 1973. 



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Argentina normal

La Unidad Popular de Salvador Allende, medio siglo después | Acaba de publicarse “La Unidad Popular”, una investigación del periodista chileno Alfredo Sepúlveda



Desde Santiago, Chile

El 4 de septiembre se cumplen 50 años del triunfo de Salvador Allende, la vía chilena al socialismo y la Unidad Popular (UP) coalición de partidos de izquierda que lo apoyaron. Tras dos años, diez meses y una semana de intensa polarización social, promovida por la derecha más la intervención de Estados Unidos (Nixon temía por una segunda Cuba) todo terminó con el Golpe de Estado, el Palacio La Moneda bombardeado, Allende muerto, un millón de chilenos exiliados y otros tres mil asesinados o desaparecidos por la dictadura de Pinochet que se extendió hasta 1989.

La Unidad Popular (Sudamericana, 2020) del periodista e investigador Alfredo Sepúlveda es un recorrido tan fascinante como aterrador por el periodo. “El Golpe no fue un Dios del antiguo testamento que castigó a un pueblo poco devoto. Fue un proceso consustancial a la Unidad Popular, acaso la manifestación más cierta de que su estrategia era una paradoja”, dice la introducción. “Se podría argumentar que la dictadura militar fue el reverso, el negativo de la Unidad Popular. De este modo la UP ´siguió viviendo´ durante la época del gobernante militar: fue una nube de polvo que flotó siempre sobre la legitimidad de Pinochet. No se puede explicar a Allende sin explicar a Pinochet. O viceversa”.

Dividido en 22 capítulos, el punto de partida es 1965, un año después de la tercera derrota de Allende como candidato presidencial. El también senador desde 1945, obtuvo el 38% de los votos frente al 56% del DC Eduardo Frei, apoyado por una derecha que asumió su programa —que incluía una radical reforma agraria— como “un mal menor”. El terror a la alianza comunista-socialista que apoyaba a su rival fue mayor. Pero a pesar de la derrota, los socialistas convencieron al PC y al Movimiento de Izquierda Revolucionario (MIR) (de carácter leninista-marxista) para insistir usando la vía electoral como forma de “unidad para preparar el camino de la revolución y consumarla”.

La campaña de1970 que enfrentó a Allende con el DC Radomiro Tomic y al expresidente apoyado por la derecha Jorge Alessandri, incluyó una campaña del terror, descrita en el libro, digna de las fake news actuales. “La CIA armó una spoiling campaign destinada a socavar a Allende más que a ayudar a Alessandri y el argumento publicitario fue que con Allende, Chile sería Cuba: habría fusilamientos en la calle y el Estado quitaría los hijos a las familias”, explica el escritor desde Santiago. “Pero esto no viene de la nada. Allende durante toda la década del sesenta se infatuó con Cuba, tal vez de una manera más intensa que muchos socialistas. No solo viajó a la isla, sino que rescató guerrilleros y asumió al Che Guevara como ejemplo. Nada de esto lo mantuvo en secreto. Lo decía a los cuatro vientos, en prensa y televisión. Es cierto que, en el fondo, nunca compró el combo guerrillero que vendían los cubanos, pero también es verdad que mientras la retórica pro-cubana le sirvió, en su periodo como senador la usó”

Sobre los aciertos del gobierno de Allende, Sepúlveda cree hay que pensar en función de qué operaban sus acciones. “Si hablamos del desarrollo del país es el fin del latifundio y la nacionalización del cobre. Aunque el primero se obtiene a costa de la propia sobrevivencia del proyecto político. La nacionalización del cobre otorgó al fisco unas entradas constantes que antes no tenían y los militares nunca revirtieron esta medida por esto”. Entre los errores cree que el principal fue no comprender que los aspectos técnicos de la economía eran primordiales, dejando escapar una hiperinflación que jamás pudo revertir. Aunque admite: “Era un gobierno que estaba tan atado de manos por todos lados, que es difícil calificar de error algo que no hubiera podido hacer. Claro, si pacta con la DC y los militares en julio del 73, y modera la experiencia, se salva. Pero eso también hubiera sido el fin de la UP, porque el PS, creo, se hubiera retirado de la coalición”.

Sepúlveda también intenta derrumbar mitos como que Pinochet se unió a último momento. “Las desclasificaciones de documentos de la CIA dan cuenta de que Pinochet, sin ser una figura central entre los militares anti-allendistas, ya desde el 1971 anda dando opiniones que no son totalmente profesionales. Si uno ve el periodo en su totalidad, Pinochet es una figura bastante satelital y que cuando es Comandante en Jefe, a finales de agosto, se da cuenta de que no tiene piso alguno entre sus colegas para mantenerse fiel a Allende”.

La UP y el estallido social actual

La Unidad Popular nos recuerda también que tras el Golpe de 1973 también murió la democracia desarrollista chilena, protectora del crecimiento interno, ajena a la globalización. ¿Alguna conexión con las actuales demandas del estallido social chileno iniciado en octubre del año pasado? El autor cree que sí. “Ha vuelto a existir una demanda de modernidad, interrumpida en el periodo dictadura-Concertación. En los sesenta y setenta estas demandas eran mucho más humildes que lo que son ahora. Por ejemplo, que hubiera escolaridad completa, eliminar la desnutrición, que la gente no vistiera en harapos, que el país no destinara el 30% de los ingresos a pagar intereses de deuda. Hoy es el acceso a la salud efectiva, pensiones que permitan la supervivencia, educación sin diferencias odiosas de calidad, repartición más igualitaria de la riqueza”. Sin embargo, asegura que estas demandas actuales son dentro del capitalismo. “En 1970 la UP proponía que el capitalismo era el problema y había que terminar con él. Hoy la demanda generalizada parece ser en contra de una modalidad de éste, el neoliberalismo. Hoy un Estado de bienestar tipo Escandinavia es una demanda de modernidad. Para la UP esa socialdemocracia era un espejismo que no resolvía nada”.

El libro cierra con el discurso radial de Allende la mañana del 11 de septiembre de 1973 transmitido por Radio Magallanes a las 9 am, donde visualizaba un futuro donde “se abrirán las nuevas alamedas por donde pase el hombre libre” mientras los Hawker Hunters de la aviación sobrevolaban al palacio de gobierno. Según el autor este texto, emblemático y tremendo más que ser una narrar las cosas que sucedieron, buscaba algo más: un lugar en la historia”.

“La condición de ejemplo político de Allende, para su sector, es indiscutible, sobre todo porque se hace mártir en una dimensión casi teológica: de verdad paga con su vida por aquello de lo que estaba convencido. Pinochet tuvo la ocasión de hacer lo mismo cuando estuvo preso en Londres entre octubre de 1998 y marzo de 2000. Si estaba convencido de que lo que hizo era moralmente necesario, entonces debía haberse inmolado y aceptar la extradición para ser juzgado en España. Allí podría haber dado a conocer sus razones y aceptar lo que viniera. Si lo hubiera hecho, el efecto sería similar entre sus partidarios al que Allende tuvo entre los suyos. En vez de eso, no toleró el martirio, aceptó la ficción de la demencia, algo, si uno lo piensa, tremendamente indigno, y regresó a Chile a morir tranquilo”.

Disponible en ebook  https://www.megustaleer.cl/libros/la-unidad-popular/MCL-008471



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El mundo Internacional

Bolsonaro dice que la cuaretena puede llevar a un caos “como en Chile”

Bolsonaro dice que la cuaretena puede llevar a un caos “como en Chile”

El presidente brasileño copia a Donald Trump, critica a los gobernadores que decretaron la cuarentena y tras calificar nuevamente al coronavirus de “gripecita”, dijo que si el paìs entre en caos y saqueos, se podría interrumpir la normaledad democrática.

(Foto: AFP)

25 de Marzo de 2020

Si hay en el mundo dos gobernantes que reman contra la corriente frente al Covid-19 son el brasileño Jair Bolsonaro y el estadounidense Donald Trump. No porque sean los únicos que plantean medidas diferentes a las recomendaciones de cuarentena total de la OMS sino por el fervor con que privilegian la economía por sobre la salud de los seres humnos. Y argumentan que la población en riesgo, por edad o condiciones preexistentes, debe resignarse a la muerte.

En el caso de Bolsonaro, el escenario que plantea con la cuarentena es de un caos con saqueos en supermercados, parecido al de Chile desde octubre. Y lanzó una velada amenaza contra las instituciones democráticas. Lo que no puntualizó, entre otras cosas, es que lo que llama “caos chileno” es una masiva protesta contra un sistema económico-político instaurado durante la dictadura que reclama, entre otras cosas, una nueva constitución. Será porque Pinochet para este ex capitán del Ejército brasileño es un modelo a copiar.

“No podemos perder a Boeing. No podemos perder a algunas de estas empresas”, dijo Trump a la cadena Fox, su aliada mediática, desde la Casa Blanca. “Si perdemos estas compañías, estamos hablando de cientos de miles de empleos, millones de empleos”.

Para rematar, dijo que “mucha gente está de acuerdo conmigo, nuestro país no está diseñado para cerrar, puedes destruir un país de esa manera”.

El vicegobernador de Texas, Dan Patrick, que cumple 70 años en unas semanas, le dio una vuelta de tuerca al argumento. “Volvamos a trabajar, a vivir, seamos inteligentes. Y los que tenemos más de 70 años, ya nos cuidaremos, pero no sacrifiquemos el país, no lo hagamos, no sacrifiquemos el gran sueño americano”.

El gobernador de Nueva York, Andrew Cuomo, le puso en la mesa de debate de qué se trata esta disputa: “Mi madre no es sacrificable”.

Trump enfrenta el coronavirus de un modo más laxo que lo que pide la OMS y piensa volver a la normalidad el 12 de abril pase lo que pase, pero choca con gobernadores como Cuomo que exigen medidas más drásticas en vista de que ya tiene 25.000 casos registrados en su distrito y teme una explosión como ocurrió en Italia.  De hecho, Estados Unidos es el tercer país con más enfermos detectados -más de 54.000, con alrededor de 700 muertes- detrás de China e Irán.

Bolsonaro habló en cadena el martes y criticó el cierre de escuelas y tildó de demagogos a los gobernadores de San Pablo y Río de Janeiro -que son de partidos aliados en su momento a su proyecto político- al tiempo que calificó al coronavirus, nuevamente, de una “gripecita”.

“Debemos volver a la normalidad. Algunas autoridades estatales y municipales tienen que abandonar el concepto de tierra arrasada. La prohibición de transportes, el cierre del comercio y el confinamiento en masa”, dijo.

“En el mundo los más afectados son los mayores de 60 años, ¿por qué cerrar escuelas?”, dijo. Y tras despotricar contra el cierre de shoppings e iglesias, dijo los medios difunde histeria y pánico. Además aseguró que tiene provisiones suficientes de cloroquina, un medicamente contra la malaria que aún no está prescripto contra el Covid-19.

En Brasil ya había más de 2200 contagiados con Covid-19 y 46 muertos. Pero el servicio de inteligencia estatal, la ABIN, en un informe que se filtró al portal The Intercept, prevé un escenario poco alentador, con una proyección de 5571 muertes hasta el 6 de abril. (Ver acá).

También consigna la ABIN (la AFI brasileña) que “Corea del Sur, Irán y China consiguieron cambiar la dirección de la recta (ascendente de contagios) probablemente después de adoptar medidas de contención”. El director de la agencia es el general Augusto Heleno, quien también fue contagiado con el virus. 

En el habitual cruce con periodistas a la salida de la residencia presidencial de la Alvorada, Bolsonaro fue mucho más drástico en defensa del camino elegido para combatir el virus.

“Las empresas no están produciendo nada. No tienen cómo pagar a su personal. Y si la economía colapsa, no habrá cómo pagar a los funcionarios públicos. El caos está ante nosotros”, dijo, ofuscado.

“¿Qué debemos hacer? Poner a la gente de nuevo a trabajar. Proteger a los ancianos, a quienes tienen problemas de salud. Pero nada más fuera de eso. De lo contrario, lo que sucedió en Chile puede ser una minucia al lado de lo que puede acontecer en Brasil”.
Agregó que ese caos puede representar un desafío para la estabilidad política, e increpó a los trabajadores de prensa: “¿Brasil puede salir de la normalidad democrática que ustedes defienden tanto? Nadie sabe lo que puede suceder en Brasil”.

La pelota quedó picando, aunque señaló que no sería él quien una ruptura democrática,— Jair M. Bolsonaro (@jairbolsonaro) March 25, 2020

“¿Qué debemos hacer? Poner a la gente de nuevo a trabajar. Proteger a los ancianos, a quienes tienen problemas de salud. Pero nada más fuera de eso. De lo contrario, lo que sucedió en Chile puede ser una minucia al lado de lo que puede acontecer en Brasil”.
Agregó que ese caos puede representar un desafío para la estabilidad política, e increpó a los trabajadores de prensa: “¿Brasil puede salir de la normalidad democrática que ustedes defienden tanto? Nadie sabe lo que puede suceder en Brasil”.

La pelota quedó picando, aunque señaló que no sería él quien una ruptura democrática,

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Argentina Cultura Cultura y Espectáculos

Colo-Colo hace estallar a Chile

Colo-Colo hace estallar a Chile

(Foto: AFP)
Por Alejandro Wall
@alejwall

23 de Febrero de 2020

Al centro de la Plaza Italia, frente a la estatua del general Baquedano, que comandó la victoria chilena en la Guerra del Pacífico, llega la Garra Blanca, la barra de Colo-Colo. Tiene una bandera blanca y negra, los colores del equipo, que reclama la renuncia de Sebastián Piñera. Es un viernes de movilización en Santiago, como todos los viernes desde hace cuatro meses, desde que el estallido revolvió a Chile, desde que la Plaza Italia pasó a llamarse Plaza de la Dignidad. Los gases envuelven el aire, llegan desde la Alameda, donde en varias esquinas la Primera Línea combate contra los pacos, como llaman a los carabineros. Sin armas, sólo con hondas y piedras, con capuchas y máscaras, el uniforme de la resistencia.

No sólo la barra de Colo-Colo participa de las protestas. En los comienzos, en octubre del año pasado, confluyeron incluso con sus rivales de la Universidad de Chile. Se organizaron por foros, se juntaron para fotos, marcharon juntos. El fútbol chileno tuvo que suspenderse por esos días. Hinchas de distintos clubes participaron de las movilizaciones en Santiago y otras regiones. Pero los de Colo-Colo, un club que nació de una rebelión de futbolistas, tomaron la insurrección como propia desde que a fines de enero, Jorge Mora, 37 años, fue atropellado por un camión de carabineros a la salida de un partido contra Palestino. Mora era miembro de la Garra Blanca, voluntario del club y militante sindical. Se convirtió en un símbolo como ya lo era Gustavo Gatica, un estudiante de 21 años, hincha de Colo-Colo, que perdió un ojo durante la represión. Unos días después, durante las protestas por la muerte de Mora, otro colocolino fue asesinado en la represión. La Garra Blanca reaccionó.

El domingo pasado, mientras Colo-Colo perdía con Universidad Católica por 2-0, ya en el segundo tiempo, la barra lanzó petardos al campo de juego. Uno le pegó a Nicolás Blandi, un jugador propio. “Los pacos los mataron”, decía una bandera en una de las plateas del Monumental, ubicada para que la enfocara la televisión. Pero la transmisión oficial la evitaba. El partido se suspendió. La prensa tradicional acusó a la Garra Blanca de liderar una campaña de terror en el fútbol. “Los más malos entre los malos. La Garra Blanca está a la cabeza de la ola de ataques violentos que sufre el fútbol chileno”, publicó el diario La Tercera. La barra pidió disculpas a Blandi desde su cuenta de Instagram, pero reivindicó la protesta: “¿Esperaban que esta hinchada callara y fuese sumisa? Su respuesta y sus medidas de seguridad fueron reprimir más a nuestra gente, llevar más carabineros y cerrar los accesos, gasear a las personas. ¿De verdad creen que es normal que nos estén matando? A algunos les preocupa más lo material y lo deportivo, nosotros tenemos ideales y conciencia, aunque algunos periodistas no lo crean”. El posteo cerró con una advertencia: “Sin justicia no habrá normalidad, si su idea es seguir reprimiendo a nuestra gente y nuestra hinchada, nosotros seguiremos activos y combatientes. Esto recién comienza”.

...

“Se está levantando una agenda punitiva y criminalizadora en el estadio –dice en su casa de Villa Alemania, uno de los barrios más combativos, el sociólogo Pavel Piña, socio de Colo-Colo y editor de Gol Triste, que publica libros en el club–. Hay prohibición de visitantes y sanciones contra los clubes que se vean involucrados en las protestas”.

La Garra Blanca es una barra con las mismas historias de violencia y conflictos que las que se conocen en la Argentina. Han apretado a los opositores de las sociedades anónimas, tienen sus negocios, otros socios fueron amenazados. Pero las protestas mostraron la conciencia social de algunos miembros, incluso de los que no son orgánicos. El estallido atraviesa a toda la sociedad chilena. El fútbol no es ajeno.

“Es complejo entregarle a la barra una única identidad. Colo-Colo ha sido un pilar importante en las movilizaciones. Hay muertos que son socios e hinchas. Gente que quedó ciega. La asamblea más grande la hicimos en el estadio. En la Primera Línea hay muchos colocolinos, hay casi todos los días en la Plaza de la Dignidad. En todas las dimensiones de la protesta está Colo-Colo porque es el equipo más popular”, dice Pavel Piña.

Álvaro Campos, autor de los libros Colocolino y 91, explica que el vínculo de Colo-Colo con el pueblo chileno es extenso y profundo. “Durante el gobierno de la Unidad Popular, Salvador Allende les comentaba a los jugadores que la campaña de Colo-Colo en la Libertadores 1973 (primer finalista chileno, perdió ante Independiente con arbitrajes polémicos) sirvió para tranquilizar las cosas. El entrenador de esa época, Luis Álamos, acuñó otra frase: que cuando Colo-Colo gana al otro día en el desayuno del obrero ‘la marraqueta (nuestro pan) es más crujiente y el tecito es más dulce'”. Y está la historia del jugador Carlos Caszely, el máximo ídolo del club, opositor a la dictadura de Augusto Pinochet, durante la cual su madre fue apresada y torturada.

“Ahí estaban, con sus pasamontañas de combate, igual que el Subcomandante Marcos, pero movilizados en skateboard. Entre el humo de las bombas lacrimógenas, pasaban rápidos tirando su artillería de piedras y encendiendo barricadas que inflamaron esa vergonzosa mañana en el puerto”, escribe Pedro Lemebel en una de sus crónicas publicadas en Zanjón de la Aguada. Relata las protestas de resistencia contra la dictadura de Pinochet. Escribe sobre la Garra Blanca.

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