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Homo Incierto



Desde Barcelona

UNO Incierto –según RAE– significa “impreciso o borroso: ‘límites inciertos'” y “desconocido y se percibe como negativo: ‘porvenir incierto'” y “que no corresponde con la realidad: ‘su afirmación es incierta'”.

En resumen: es incierto lo que significa incierto.

DOS A medio siglo de entrar al Necro-Club 27: ¿Jimi Hendrix fue/es realmente tan bueno? Rodríguez nunca tuvo un disco suyo. Y siempre le gustaron más David Gilmour y J. J. Cale y Mark Knopfler y Pete Townshend y Dave Davies y George Harrison y John Lennon y Robbie Robertson y el ¿hendríxtico? Prince para air guitar y espejo. Rodríguez, a la hora del punteo, siempre prefirió el destello puntual que la pirotecnia puntuada y el relámpago natural al fuego artificial. De acuerdo: Hendrix revolucionó a la guitarra eléctrica pero… ¿lo hizo porque tal vez no podía tocar de otro modo y de ahí la incertidumbre sinuosa y no la recta precisión? ¿Son las vanguardias avances verdaderos o falsos trucos retaguardistas de quienes no saben pasar al frente de manera tradicional? Presintiendo las púas que ya le arrojan los adoradores del disculposo besador de cielos, Rodríguez se excusa/defiende afirmando que no lo afirma con convicción; porque de un tiempo a esta parte todo se le hace tan incierto. Y ya saben qué tiene la culpa de que todo así sea o no sea o sea más o menos, quién sabe.

TRES Lo que lleva a Rodríguez al por qué ninguno de los popes-rockeros de su país, hasta donde sabe, le ha dedicado una canción-himno-himnótica a Messi. Sobre Maradona hay varias. Demasiadas. Malas. ¿Por qué será? ¿Lo habrá prohibido explícitamente El Diego? O será que el ahora incierto Messi no tiene épica ni tragedia, no se le intuye vida demasiado rockera y sus drogas son solo aquellas con las que lo pincharon en el Barça para darle crecientes súper-poderes. Tal vez cuando lo odien (lo odien poco, poquito: los catalanes son más de despreciar; respetan a todo aquel que se mueva por dinero; y, además, si se lo piensa un poco, Messi sólo quiso independizarse, como esos que se juntan llueve o truene o enferme en la cada vez más asintomática y poco febril Diada que supieron infectar y abducir hace años) se levante la veda y mujan las patosas y pateadoras canciones con solos de guitarra a acompañar…

CUATRO …y serán más pegadizas y comprensibles que las inciertas declaraciones de “especialistas” a los que la covid-19 provocó cierta propensión a expresarse como personajes de Christopher Nolan cruzados con el de nuevo en problemitas Mariano Rajoy (Rodríguez ya comprendió por qué Tenet es la gran película para tiempos virales: no es que no se entienda, es que –peor– se explica a sí misma todo el tiempo sin que se entienda). Así, con motivo de los protocolos aplicados para la rentrée escolar (no: no se hicieron los deberes), Rodríguez escuchó en la tele a (dis)funcionario (im)precisar muy (in)seguro que “no compete a las Administraciones decir a cada centro todo lo que hacer, sino qué hacer en todos ellos, que será solo parte de lo que deba hacer cada uno”. Luego, tertulia donde un “experto” predecía Apocalipsis y otro que “vienen muy malos tiempos”. Y Rodríguez se preguntó qué sería peor: ¿maldición bíblica o condena laica? “Los virólogos pueden ser más pesimistas que los epidemiólogos”, clarificó alguien allí. Y –mientras no dejan de romperse récords de contagios– a seguir diciendo “se estabilizan” para no decir “no bajan”. Y la vacilante en bacilos OMS avisando que ya no es conveniente lo de saludar con el codo pero sí el llevarse la mano al corazón (para inminente próxima corrección, Rodríguez propone saludo vulcano). Así, vida corta y adversidad. Y, ahora mismo, muchos suspiran largo y respiran profundo. Y allá va, rumbo a sus pulmones: una esfera recamada con antenitas que parece la micro-versión de macro-deidad tentacular dormitando con un ojo abierto en la ciudad perdida de R’lyeh, en las profundidades del Océano Pacífico…

CINCO …y estrenaron Lovecraft Territory. Rodríguez leyó el libro de Matt Ruff y le gustó (le resultó más divertido Crooked, de Austin Grossman, en el que Nixon vende su alma a Cthulhu para llegar al poder y se inventa Watergate para romper pacto); pero ya casi no ve series. Hay algo en el formato inconclusivo y estirado y repetitivo –padeció a los astronautas hipersensibles multi-étnicos de Away como a un This Is Us con gravedad cero– que le recuerda demasiado a la (ir)realidad.

Así que sus incertidumbres de televidente son otras: Rodríguez duda (buen test de personalidad) entre volver a la frenética Contagion de Steven Soderbergh o a la reposada Melancholia de Lars von Trier. Los fines de semana, en cambio, la estatal TVE1 emite esas películas romántico-turísticas alemanas con títulos como Un verano en… (completar con destino exótico-sureño de turno) en las que valquirias y nibelungos se pierden y se encuentran lejos de sus ordenadas metrópolis junto a encantadores pero un tanto primitivos lugareños proveedores de vino y platillos regionales y música pagana como sostén de su servicial economía. (Rodríguez se pregunta si su compra/emisión es parte de convenio con Merkel a cambio de facilitar rescates surtidos). La privada Telecinco, por su lado, insiste con films catastrofistas-cósmicos a repetir sábado tras sábado (Rodríguez ya vio tantas veces el final de Armagedón en Stonehenge justo antes del telediario). Y tiembla pensando en que uno de estos findes unas y otras se contagiarán fundiéndose en Un verano en Andrómeda o algo…

SEIS …como los inciertos folletines sobre vacunas saltándose fases para gozo de conspiranoicos y a cuyos fabricantes la Unión Europea promete cubrir/defender ante demandas si los efectos secundarios devienen defectos de primera o “enfermedad inexplicable”. Mientras tanto y hasta entonces, todo en el aire. Como la covid-19. Abundan interrogantes turbios, faltan respuestas claras. Y Rodríguez recuerda, durante el verano, lo que le preguntó una niña a la princesa Leonor: “¿Qué quieres ser cuando seas grande?”, le dijo. Y todos rieron en el noticiero; pero Rodríguez, en cambio, se puso serio. Y pensó que quizás Leonor no quiera ser reina. O no ser nada más que reina. O ser como Emma Peel. Y que la princesa –ahora confinada como toda su clase (escolar); el virus no respeta protocolos y su bajeza no reconoce altezas– esté incierta, qué tendrá la princesa. En cualquier caso, la regia Letizia –con rigor de conversa– respondió por su hija que “lo que quiere no, lo que tiene que ser”; y luego añadió algo acerca del legado de su padre, pero nada acerca del legado de su abuelo. A Rodríguez no se le hace muy cierto el que Leonor llegue a reinar para millenials de futuro incierto (y le intriga más esa cara de loca suelta de su hermana/infanta Sofía quien, casi puede asegurarlo, deparará alegría a prensa rosa y tabloides escandalizantes de aquí a pocos años). Rodríguez, por su parte, no sabe qué quiere ser cuando –empequeñecido– sea más grande. Le bastaría con ser sano en este país de incierto diagnóstico e iletrado himno nacional a ejecutar con electrocutada guitarra en llamas. Y, entonces, poder responder claro y sin dudas de si se refieren a experiencia muy mala o apocalíptica cuando –al final, sin bises– los expertos de la incertidumbre le pregunten Are you experienced?



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