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De la Inquisición a la quema de barbijos | La hoguera de los anticuarentena



No hace falta graduarse con la tesis sobre el movimiento anticuarentena. Ni siquiera invocar el viejo pensamiento de Mao: Una sola chispa puede incendiar toda la pradera. Los sofistas y la prensa canalla –título de un libro de Eduardo Varela Cid de 1984-, suelen encargarse de la tarea. Ellos producen sentido con mucho menos. Les alcanza con la quema de unos pocos barbijos, las filmaciones caseras del hecho y la viralización de las imágenes junto al obelisco. Componen la situación con apenas un fósforo y la adrenalina incendiaria de un puñado de antisociales. Con ello pretenden seguir en acelerado descenso hacia el noveno círculo del infierno, el que estaba más cerca de Satanás en la Divina Comedia de Dante.

De Nerón a la actualidad, la humanidad hizo arder en llamas a ciudades enteras, millones de hectáreas de bosques, libros, banderas, viviendas y durante siglos a miles de personas. De Juana de Arco a Giordano Bruno la Iglesia mandó a la hoguera a cantidades ingentes de herejes por discutir las verdades reveladas de su teología. Ese era el sayo que les ponían en los tribunales de la Inquisición. Un pasaporte sin regreso hacia el patíbulo y con un paso previo por las mazmorras de Torquemada. Ahora se queman barbijos que salvan vidas. Una comprobación tan antigua que proviene del Renacimiento o antes – se usaban máscaras como las venecianas – porque de esa forma se creía evitar el contagio de distintas plagas. Las usaban los médicos cuando trataban a enfermos de la peste negra y tenían forma de pico de ave. Su utilización después se extendió a los carnavales en la ciudad de las góndolas donde se venden en muchos comercios.

Parece una insignificancia la quema de los barbijos al lado de organismos monstruosos como el Tribunal del Santo Oficio, pero no. La comparsa que exalta la Parca, les da la espalda a los muertos y contagiados en el sistema de salud que en la Argentina ya acumulaba unos 60 fallecidos entre médicos, enfermeros, camilleros, instrumentistas y administrativos el mes pasado. Los contagiados ya eran más de 17.000 a mediados de agosto. Un 6,7 por ciento del total de la población infectada en aquel momento.

Entre los afectados estuvo mi hijo mayor. Trabaja en un hospital público. Contrajo el virus igual que su pareja. Los dos son psicólogxs. Él pasó una semana aislado en un hotel centríco contratado por el gobierno de la ciudad de Buenos Aires con fiebre y tos seca. Le dieron mala comida. Contagiada, ella fue empujada a hacer un periplo por la ciudad como producto de la derivación desde un hospital público hacia un sanatorio de su obra social. Zafaron porque son jóvenes pero vivieron días de zozobra y preocupación. No merecen ellos ni cada trabajador de la Salud tanta desaprensión de estos provocadores que se mearían de miedo en una sala de terapia intensiva o de guardia junto a un paciente con respirador. La pregunta es: ¿Les cabe algo más que el extendido repudio social como se percibió en las redes? ¿O deberían – como corresponde – recibir alguna pena por propagar una enfermedad contagiosa?

Es discutible establecer si el hombre evolucionó o hizo el proceso contrario – una hipótesis para otro artículo -, a sabiendas de este frenesí incendiario, que para una realidad pandémica como la que arrojó 2020, no hace más que intensificar el odio. Porque odio es lo que sienten los trasnochados que chamuscaron unos cuantos barbijos en la plaza de la República y más odio quienes desde Clarín y sus satélites se preguntaron si la quema había sido provocada por un par de militantes de La Cámpora.

En la construcción que hacen para denostar al otro, en etapas distintas podrían haber sido piqueteros, trapitos, desocupados que viven de planes sociales, indocumentados, travestis, trabajadoras sexuales, vendedores ambulantes, manteros, manteros senegaleses, aquellos que tienen en común ganarse la vida en el espacio público. Los odiadores seriales los repelen a todos pero hoy paga más demonizar a una agrupación política oficialista con la que se puede o no estar de acuerdo. Inventaron un monstruo y cada tanto lo suben al escenario para que se vea. Esta vez les salió mal. No eran de La Cámpora. Sí un grupito de desquiciados. Se trató de una noticia falsa.

La energía que pusieron en su fogata redentora expuso a los quema-barbijos en sus miserias. Cero empatía, cero solidaridad, cero comprensión de la tragedia que nos rodea. Quedó reflejado en cómo prendieron el fuego con alegría y sarcasmo bajo un cartel que decía “Falsa pandemia”. Pero aún así, no son ellos el principal problema. Es lo que representan, el ideario vacuo y confuso que expresan y que podría encuadrarse en el concepto de fascismo social de Boaventura de Sousa Santos, si nos lo permite el sociólogo portugués. Algo que según sus propias palabras “no es un régimen político. Es más bien un régimen social y civilizacional”.

Este fenómeno tiene otras manifestaciones además de las flamígeras. La frialdad deliberada de los políticos que cuentan los muertos como estadísticas de crematorio o sugieren recetarse cloroquina, una droga que desaconseja la Organización Mundial de la Salud. Trump y Bolsonaro se llevan el podio que podría completarse con Macri y sus apelaciones a violar la cuarentena que hace tiempo es un colador. Los dos primeros gobiernan sus países, el ex presidente argentino obtuvo un premio consuelo en la fundación FIFA. Son los adalides del negacionismo. Dejaron cría porque hay núcleos duros que los apoyan en Buenos Aires, Berlín – donde desfilaron sin distanciamiento social y banderas del Tercer Reich- San Pablo, Brasilia o muchas ciudades de EE.UU. La mayoría no parecen trabajadores que pasan privaciones porque perdieron el empleo. Ellos se movilizan con otras consignas y no queman barbijos en una plaza pública como hacía el Tribunal del Santo Oficio con los condenados por herejía.

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