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“Contramarcha”, el libro de lecturas de María Moreno



Invitar a escritores y -en general- a la fauna de los lectores especializados que pululan por el mundo de las letras, a reconstruir sus pininos con los libros y su educación letrada de la más tierna niñez y adolescencia, es, por cierto, una invitación al pasado, al vértigo de las primeras emociones, vitales, estéticas, imaginarias, un regreso a esa noción de “juego serio” que se niega a desprenderse del todo en la edad adulta de quienes practican la ficción o más ampliamente, la literatura. Por más seriedad existencial con que se quiera revestirla a posteriori.

Cada quien elige su estrategia retro para enfrentar el desafío de la colección Lectores de Ampersand. A veces dejan la impresión de que sus encargos están dirigidos a poner incómodos a los autores, pero los terminan convenciendo, eso es evidente, de hurgar en el pasado con uñas y dientes. Además, tienen el mérito de que los libros de la colección (entre otros: Kamenszain, Altamirano, Glantz, Iparraguirre, Cozarinsky), no suelen ser parecidos entre sí. 

Las estrategias de María Moreno en su volumen Contramarcha van desde apelar a un recuerdo salvaje, a la lectura (o la no lectura, o cierto deslizamiento abúlico por encima de lo que se suele entender como encandilada lectura voraz) como síntoma, o como un trauma a superar bajo esa figura de la “contramarcha” del título: un paso adelante, dos atrás. Y no se afirma aquí ni por asomo que “estrategia” equivale a mentira, o a verdad, precisamente, sólo estratégica. Partimos de algo que poco más adelante dirá Moreno acerca de que, puesto en trance de reinventarse como lector de comienzos, todo escritor es consciente de estar reconstruyendo su mito de iniciación; entonces, el hoy consagrado o consagrada, se asignará el rol que más le guste –por ejemplo, de tío o sobrino- en las ficciones de Verne, o de potencial solterona o casamentera en Jane Austen. 

Otros apelarán a las voces de la infancia, que podían salir de una radio o un televisor (María Moreno incluye aquí voces de teleteatro, o la voz insoslayable de Gardel que cada día lee mejor), algunos incluirán las lecturas universitarias y académicas, a modo de superación de la ineludible etapa autodidacta ya que nadie, pero nadie, nace leyendo. En cuanto a tácticas, esbozadas en la primera página, María Moreno señala la fuerte influencia espiritual de la Escuela Nocturna (“deriva gozosa entre caídos del sistema escolar”), la marcha y la contramarcha como los sultanes del ritmo de lectura, y, en definitiva, el plan de avanzar en “la novela de mis lecturas” con una linterna (esas que los niños desvelados usaban para leer debajo de las cobijas) y con una antorcha que ilumine el camino ascendente hacia la liberación femenina. Pero no nos apresuremos tanto.

En los primeros tramos del libro, casi diría en las primeras frases, planteás que lo que tenemos por delante es “la novela de mis lecturas”. Uno no puede menos que verificar que realmente hay algo novelesco en lo que va a leerse a continuación. ¿Te propusiste dotar de estructura novelesca, o picaresca, ese recorrido de la niña lectora a la adulta periodista y escritora?

–Cuando uso la palabra “novela” quiero señalar que la respuesta a la pregunta cantada de como uno empezó a escribir, que en realidad debería corregirse por como uno comenzó a leer –porque ese es el comienzo–, siempre es un mito bastante consciente de serlo aunque algunes escritores pretendan convertirlo en un recuerdo a pesar de Freud y su teoría de los recuerdos encubridores. No tuve un plan de novelar, no suelo tener un plan: tengo una entrega inminente , alguna ocurrencia y un despliegue de asociaciones y el encargo de un número de caracteres. Vos lo sabés. Y esas notas suelen ser los borradores de lo que escribo que , aunque hable de “novelar”, no son del todo novelas. Podría haber elegido otro comienzo. Por ejemplo, en la biblioteca de mi mamá había pocos libros que no fueran de química , uno de ellos era El pozo de la soledad de Radcliff Hal. Lo devoré y dejé de dar un examen por leerlo. Lo gracioso es que no me di cuenta de que era una historia de lesbianas. Lo que me fascinó es la mujer que nace con los hombros más anchos que las caderas y su madre, con angustia, ve allí un destino “viril” . La novela era una estrategia de integración por el lado de un petitorio de piedad hacia los “monstruos” que luego fue revisada y ubicada por la crítica lesbo feminista leída. Se publicó en 1929. Era la época en que se leía la diferencia en alguna base anatómica. Y yo que me desarrollé muy tarde , creo que me identifiqué a ese personaje que disgustaba a su madre por no cumplir con el ideal femenino. Pero esa es otra novela. Como dice el Pepe: así como te digo una cosa, te digo la otra. Mejor: así como te cuento una novela de mis lecturas, te cuento la otra.

A propósito de “novelas de iniciación” establecés un punto de inflexión en la experiencia de la escuela nocturna. Recuerdo Monte de Venus, de Reina Roffé, donde la nocturna es un lugar sumamente formativo y a la vez al margen de lo oficial, como el otro lado de la vida. ¿Qué experimentaste en concreto allí, o qué aprendiste?

–“El nocturno” ya lleva en su mismo nombre un sentido de nueva estrella. Porque no se refiere a la noche de El pequeño escribiente florentino donde un niño ayuda por las noches a su padre copista sin que él se de cuenta, es ya la noche bohemia con sus fantasmas sexuales, sus excesos etílicos, sus poetas. En el nocturno uno se libera del deseo de los padres en cuanto a la formación, circula una cultura de amateurs, también hay más calle. Los alumnos vienen de diferentes experiencias, la mayoría trabaja. Mis amigos del nocturno eran un policía, un fabricante de lámparas y un director de cine porno. Y ellos me pasaban lecturas. Allí empieza la cultura del bar, un bar más democrático que no nucleaba a artistas y escritores, sino a laburantes que leían, iban al Lorraine, consumían teatro independiente. En el libro hay otra novela de comienzo, ya de lecturas lecturas: cuando un joven llamado Marcelo Sambuceti, que había tenido un accidente, reaparece en la clase con la cabeza vendada y dibuja dos líneas cruzadas en el pizarrón, arriba, una estrella y me pregunta qué es y yo le digo que ni idea. Y él me dice: El principito. Después me regala Memorias de una joven formal en cuya tapa hay una chica que dice, se parece a mí.

MEMORIAS DE UNA JOVEN LECTORA

Y claro: hasta llegar a parecerse a la chica de tapa de las memorias de una joven formal según la apreciación del nocturnal camarada, habrá recorrido un largo camino, muchacha. O chica. En algún momento empiezan a deslizarse en la pedagogía de la infancia las lecturas “femeninas”. Primero son las típicas de “mujercitas”, o sea, infaltable, Mujercitas de Louisa May Alcott. Así como los varones tenían su Hombrecitos; pero María Moreno parece preferir Corazón de Edmundo De Amicis. Y después, inesperadamente, Colette. Que viene a reemplazar a Cosette, aquella niña huérfana de Los miserables en la versión radiofónica de Abel Santa Cruz, que salía de la radio de la abuela.

Escena de lectura casi callejera: van madre e hija por avenida Santa Fé, todavía temprano, entran en la librería Santa Fe. La madre va en busca de un Pearl S. Buck, un Mika Gualtari. De pronto, atraída por un título y una portada, la madre manotea de la mesa de ofertas Claudina en la escuela. “El título, sin duda, era el de una obra para jóvenes. Mi madre y el librero conversaron. Yo permanecía en babia. Carecía de todo interés por el libro. También por los otros que se ofrecían por las mesas o en los estantes. El librero parecía vacilar, no sé o no recuerdo si describió su contenido, tal vez no lo había leído. Un joven de izquierda no solía leer a Colette. ¿O sí? Mi madre compró el libro”. Insolencia en la escuela, franqueza y desnudez en los cuartos y baños. Un mundo se abría y atrás quedaban unas cuantas lecturas como pétalos resecos.

Marcás dos momentos muy fuertes de lo que podría llamarse un “deslizamiento”: un deslizamiento digamos como de libros tipo Corazón o Mujercitas, infaltables en nuestras infancias, a Colette. Y de Colette a Simone de Beauvoir ¿Cómo fueron esos movimientos, esos deslizamientos?

–El pasaje es el de leer desde la identificación, aunque eso nunca se termine–quería ser Colette, quería ser Simone de Beuvoir–a pensar lo que leía y tener una opinión. Algo que suele aparecer sin mucha conciencia y también como un mandato. Tener una opinión -lo deduzco- era empezar a pertenecer a alguna clase de grupo con ciertos valores: ser “profunda”, como se decía entonces. Pero en el fondo, en el nocturno el modelo era leer contra: la universidad, los medios, los famosos. Que yo recuerde ninguno de mis compañeros fue a la universidad. 

Ciertas infancias de escritores o lectores acérrimos llevan a incluir como formativas a ciertas películas o series de TV o hacia atrás, el radioteatro. Vos misma señalás la influencia más oral que escrita de la versión radial de Los miserables. Lo que me resultó más llamativo e interesante es que agregues el tango, y los tangos de Gardel en particular, en tu “novela de lecturas” ¿Cómo fue?

-Gardel me entra a través de ciertas letras como La novia ausente o Una lagrima que decía: “Cuando rodó, cual gota cristalina, sobre su faz, la lágrima de amor/me pareció su cara tan divina/un lirio azul besado por el sol/Y recordé que aquella muchachita/guardaba en su alma ya muerta la ilusión,/porque el galán después de tantas citas/le hizo morir de angustia el corazón”. Podría decirte que pesco para leer en los tangos figuras románticas y del modernismo. Pronto me paso a Ignacio Corsini . Me hago fan de La que murió en París, La viajera perdida, luego la serie rosista con La canción de Amalia o Tirana unitaria, no advertía que ya se trataba de las letras de un escritor, Héctor Pedro Blomberg. Cuando escucho “No cantes hermano, no cantes, que Moscú está cubierto de nieve…” o “Toca gitano con pasión/en la noches de Hungría” ya estoy en la literatura. La estepa y el Danubio me dan una idea de que allí no hay límites , que se pueden vivir todas las vidas posibles e imposibles.

Hay una zona que parece ambigua, inestable, entre la lectura oblicua y sesgada de, por ejemplo, Beauvoir, y la lectura militante, la que quizás hoy llamamos “cultura psicobolche”, con Rayuela a la cabeza en los años 60. ¿Era todo rechazo, te fascinaba algo de ese palo, te interpelaba sin fascinarte?

Rayuela no era psicobolche, no estaba ahí la huella del Cortázar comprometido, incluso por eso mismo lo rechazaba desde lo que hoy podría llamar en mí un izquierdismo imaginario. El compromiso eran Sartre y Simone de Beauvoir. En mi adolescencia el PC transmitía cultura en muchos espacios, incluso en el de sus disidentes. Yo leía la revista Barrilete, a Marcos Silver, a Nira Etchenique. Compraba los cuadernos de poesía de Simón Latino, todo en mezcolanza con las obras de Gabriel Miró y Gómez dela Serna.

A raíz de la reciente despedida a Rodolfo Rabanal, me encantó cuando contabas que a los muchachos de Literal les tiraste a la cara un “Por fin uno que escribe bien”, en referencia a El apartado. ¿Cuándo empezaste a interesarte o a tomar en cuenta ese aspecto, esa diferencia entre lo bien escrito y lo que no?

 

–Mal escrito no era la expresión exacta. Lo que no soportaba era el goce de código donde la experimentación podía ser muy displacentera. Me molestaban los excesos de las vanguardias desde el tipo durmiendo en una película de Andy Warhol hasta ver una obra de Emeterio Cerro que se pretendía en franco lusitano y que había que contemplar detrás de una pared. Claro que eso fue más tarde. Cuando conocí a Germán García , le dije que a Nanina le sobraban 50 páginas. De Lamborghini decía que era un Bataille de provincias. Era medio terrorista en mi ignorancia.

 

>UN FRAGMENTO DE CONTRAMARCHA DE MARÍA MORENO

Yo escribía, pero no de lo que tenía más a mano, de la Chuchi que, según su madre, siempre tenía once años y que tomaba la mamadera mientras se enrulaba el cabello y se hacía la paja apretando las piernas luego de bajarse el bombachudo. De su madre, Rosa, que era puta pero nunca en casa y fabricaba diablos de lana que iba a vender a Luján, del portero que se miraba en el agua del inodoro y le pegaba balazos a su imágen porque pensaba que allí había alguien escondido, del día en que un chico golpeó la puerta y dijo: “Señora, mi papá mató a mi mamá”, de cuando grabamos un mensaje para Anita que se había ido a vivir a Israel y yo dije: “Anita, soy Cristina, la de abajo, que le desea toda la felicidad”. 

La literatura nace en las porterías. Escribí: 

“Susan Rod gastaba un delantal blanco a cuadros rojos y azules y unas medias de muselina blanca que su mamá le había regalado para su cumpleaños. Sus zapatos eran de cuero negro y tenían dientes de perro. Usaba trenzas atadas con moños rojos. Susan Rod nació en un pueblo de la lejana Inglaterra. Su padre era ferroviario y su madre ama de casa. Tenía ocho hermanos: dos varones y seis mujeres. Ella era la hija mayor. Como los padres de Susan no podían cuidarlos a todos, decidieron abandonar a Susan en la calle. Pero Susan no dormía de noche porque se quedaba contando las estrellas. Susan los escuchó con la oreja pegada a la puerta del dormitorio de los padres. El padre estaba más decidido que la madre a abandonarla. La madre lloraba. Susan Rod salió de atrás de la puerta y secó con un pañuelito a cuadros las lágrimas de la madre y dijo con un nudo en la garganta: ‘No sufran, queridos padres, yo me voy a Buenos Aires'”.

 



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