Entrevista a Leonardo Giaimo, creador de Urbanismo Queer | Arquitecturas del deseo



Habiendo
terminado en 2015 la carrera de Arquitectura en la Universidad de
Buenos Aires, Leonardo Giaimo decidió hacer un doctorado en la
Universidad Nacional de Mar del Plata, donde comenzó a dar vueltas
su proyecto de Urbanismo Queer, a partir de su tesis en 2019.
Presentado como un mix de arquitectura, urbanismo y activismo, el
proyecto se mueve sobre una serie de preguntas que cuestionan
cómo construimos y habitamos los espacios, y si lo queer puede
intervenir esos espacios o termina domesticado por ellos. Creciendo
en 2020, a pesar de la pandemia, Urbanismo Queer se propone habilitar
una discusión pero también sostener propuestas en distintos
frentes: participando en redes, con investigaciones
interdisciplinarias e intervenciones académicas y a partir del
consultorio de un equipo integral de diseñadores y profesionales de
diversas áreas, quienes habitan el espacio desde la disidencia para
proyectar aquitectura inclusiva. En un blog que tiene entradas que
vinculan arquitectura y urbanismo con la novela
Las Malas de
Camila Sosa Villada o con los cómics de Tom de Finlandia, Giaimo
también expone algunas de sus investigaciones en curso, como la
relacionada al sistema de sanitarios inclusivo en ámbitos académicos
de Argentina, Chile y Uruguay, donde no reproducen lo binario en la
identificación de los baños.

En
actividad permanente, además de sostener su proyecto de Urbanismo
Queer, Giaimo participa en 100% Diversidad y Derechos y en la
colectiva feminista Ciudad del Deseo, y es asesor en Género y
Diversidad del Instituto de Hábitat y Territorio del Colegio de
Arquitectos de la Provincia de Buenos Aires. Si eso fuera poco está
comenzando el primer año de sociología en la UNSAM y a punto de
arrancar la Diplomatura en Géneros, Políticas y Participación en
la UNGS. No sabemos cómo lo hizo, pero también tuvo tiempo para
dialogar con el SOY sobre su proyecto de fusión entre arquitectura,
urbanismo y activismo queer.

¿Cómo
surge el cruce entre el urbanismo y lo queer?

-Cada
campo de estudio tenía su lenguaje técnico, y cuando digo
“tenía” es expresión de deseo, pero aquí pensamos desde el
urbanismo con términos de la sociología, de las ciencias políticas,
desde los códigos de la planificación urbana y desde los términos
de proyecto arquitectónico, nada más queer. ¿Qué sucede cuando
lxs arquis leemos a Paul B. Preciado, a Jorge Esteban Muñoz, a Sara
Ahmed? ¿Qué sucede cuando lxs urbanistas leen a Marlene Wayar, a
Néstor Perlongher? Los feminismos, las teorías de géneros y queer
habilitaron ese enrarecimiento de los diálogos. Las
experiencias urbanas de disidencias activas, militantes, encarnaron
esos corrimientos, esas migraciones y se expresan en un espacio
hostil, la ciudad.

¿Una ciudad
es un territorio de disputa desde el deseo de lo público?

-Culturalmente
sabemos subsistir casi exclusivamente en ciudades, es el producto más
complejo del capitalismo y ahí volvemos al sitio hostil quienes nos
queremos desmarcar de las categorías y deseamos (ahí sí, es
deseo), deseamos lo público (y lo privado, y lo social y lo
comunitario), deseamos lo que nos han prohibido. Desde los feminismos
urbanistas y otras perspectivas afines han/hemos recuperado los
conceptos de Derecho a la Ciudad, aplicándole lecturas con
perspectiva de género, por supuesto, eso también es deseo, es
reclamo, es decir que si la ciudad es el único espacio habilitado
para la vida dejen de expulsarnos.

Planteás un
pasaje crítico de la idea de ciudad a la de ciudadanía desde lo
queer, ¿a qué te referís con eso?

-Ciudadanía,
ciudad, espacio público ¿Qué son? Lo que buscamos es que nos
aproximemos a preguntas más amables: ¿Qué están siendo? o ¿Qué
son para quién? Queremos salir del diccionario, más aún si es
“Real”, ese es el rol de los estados, al menos tal como
los conocemos hoy… queremos cuestionar las categorías porque las
que tenemos nos violentan, en todos los campos. Eso es un ejercicio
hermosamente queer. Cuirizar la ciudad, la espacialidad. Es
cuestionarla para ir desmarcándola de las categorías opresoras.
¿Quién está pudiendo ejercer la ciudadanía? Las personas
interpretadas como blancas, sanas, cultas, correctas, etc… de todos
los géneros e identidades, pueden hablar con el estado:
ejercen la ciudadanía y hacen ciudad. La inequidad se sostiene sobre
lxs cuerpxs migradxs y racializados, especial y espacialmente. Ojo que
cuando decimos migrar decimos migrar de todos los territorios: “Irse
de todos los lugares, eso es ser travesti”
dice Camila Sosa
Villada en Las Malas… sí, es eso, es irse de la
geografía, del género, de la funcionalidad o corporalidad
hegemónica, etc… cualquier corrimiento es político porque
sostenerse en el espacio estanco es un ejercicio del que no
queremos ocuparnos aunque eso nos lleve todo el tiempo a enfrentar
las violencias.

¿Y cómo se
imponen esos espacios estancos que nos violentan?

-La ciudadanía
es una categoría que, como a todas las categorías, queremos correr,
romper, volver a proyectar y, ahí la advertencia: no queremos
estancarlas. Los compartimientos estancos son espacialidades que
buscamos todo el tiempo, acá-se-cocina/acá-se-come, y así la vida,
y peor aún porque aquí cocina/lava/plancha la persona
feminizada ergo empobrecida, oprimida y penetrable y por allá
pongo un vestidor que tiene el mismo tamaño que toda la
habitación de servicio, digo, para ir traduciendo términos de
proyecto de la arquitectura doméstica residencial, pero así es
también la planificación urbana: por arriba el auto que es
eficaz y lineal y por abajo las movilidades menos productivas.
Pero ¿Quiénes manejan? Y, hoy, en este contexto de pandemia cuando
se afirma esa potencia del transporte privado como espacio
sano/protegido, y el transporte público como foco de la transmisión
del virus ¿Quiénes son descartables y transmiten/transitan? En eso
también colabora, es cómplice, la planificación urbana.

¿La
principal forma de violencia arquitectónica es también la
delimitación urbana de lo público y lo privado?

-En términos de
lo público y lo privado, eso también es parte de categorías
que se siguen pensando en términos binarios, que repiten la lógica
de lo habilitado, de lo impermeable (lo im/permeable lo tomo de PJ
DiPietro). Decimos que si lo personal es político, lo privado es
público (o podría serlo). Recuperamos a María Rodó-de-Zárate
que, entre otras autoras, desgranan ese binarismo en la experiencia
urbana, las personas queer enfrentamos la expulsión de los hogares
privados, tanto como lo hacemos en los espacios públicos, la
experiencia en el hogar condiciona la experiencia urbana, no podemos
sostener nuestro deseo trans*, queer, rarx en casa y deseamos
besarnos en las plazas de todas las Repúblicas, en las puertas
de las Santas Catedrales de todas las Canalladas”
, en el
poemario de Susy Shock, pero recordamos que allí “todavía te
matan por un sodomo y gomorro beso”
. Deseamos lo público
porque no está habilitado, para recorrer plenamente una ciudad hay
que cumplir con necesidades tan básicas como mear/cagar, dice en un
texto hermoso de Preciado. Hasta allí llegan las condicionantes, por
ejemplo, deseamos ir al baño y, si lo hallamos, porque casi no hay
sanitarios públicos en las ciudades, enfrentamos la frontera
de una puerta signada en clave, casi siempre, de hombre o de mujer (o
de discapacitadx) y siempre adultx.

En tus
planteos es central la experiencia travesti-trans urbana como crítica
a la violencia arquitectónica.

-Sí, hace pocos
días en la formulación de un trabajo para un seminario sobre
Hábitat social, vivienda e Infraestructura popular, recuperaba a
Lohana Berkins, en su Cumbia, Copeteo y Lágrimas, decía la
traviarca: “Muchas nos hemos visto forzadas a abandonar
nuestros barrios, nuestros pueblos, nuestras ciudades y nuestras
provincias -a veces hasta nuestros países- durante la adolescencia o
la juventud con el objetivo de buscar entornos menos hostiles o el
anonimato de
una gran ciudad, que nos permita fortalecer
nuestra subjetividad y otros vínculos sociales en los que nos
reconozcamos
.” En esas ciudades no fuimos mejor
recibidxs. La ciudad nos cobija de forma precaria. Las disidencias
construimos refugios propiamente en las ciudades, de manera colectiva
y en domesticidades y conformaciones que no son nucleares, ni
heterocisnormadas
¿Cómo responde la arquitectura a
conformaciones familiares que no reproducen la norma? ¿Cómo se
desliga de marcas preasignadas, de roles establecidos por géneros y
otras violencias? Son estas resistencias las que debemos evitar
reproducir. Cuestionarlas es un primer paso, cuestionar las prácticas
es otro.

Ese
cuestionamiento a las ciudades es posible si se conocen los
testimonios trans y disidentes, es necesario que primero salgan a la
luz, habiten lo público…

-Nos
falta memoria urbana y nos sobra segregación, de nuevo, espacios
estancos, entre cuatro paredes“Allí lo que deseen, pero
aquí no
”. Hay fragmentos de ciudad, horarios habilitados para
usos predeterminados. Las personas queers, las personas travestis y
trans, las disidencias, lxs gordxs, la diversidad tiene recortada la
experiencia urbana, física y simbólicamente. “Nuestras
memorias o nuestras genealogías pueden rastrearse en tres lugares:
los hospitales, las calles y los medios de comunicación. Los
cuerpos, las subjetividades, las identidades, los discursos y las
representaciones sobre lo trans emergen con fuerza en estos tres
escenarios”
dice Andrea
García Becerra en Tacones, siliconas y hormonas, un trabajo
hermoso desde la etnografía que propone una lectura de la
experiencia urbana desde su barrio en Santa Fé, Bogotá. Y
localmente agregaríamos: las comisarías. Hay una geografía
travesti que podría mapear perfectamente las violencias
institucionales ejercidas y en ejercicio sobre las identidades trans
allí. Eso también es violencia desde el diseño urbano.

¿Qué es
necesario para que una ciudad como CABA tenga una perspectiva queer?

-Aquí también
nos falta recuperar la memoria espacial/territorial de aquellxs
personas trans, queer, de la disidencia que hicieron y hacemos
ciudad. Hay una estación de subte y una plaza dedicada a Carlos
Jáuregui, sí, una senda peatonal arcoíris en casi todas las
ciudades que acepten dólares LGBTI+, sí, pero en el parque de la
memoria de CABA no hay señal alguna de una Aldea Gay a la que
prendieron fuego. No hay marcas que habiliten a discutir la historia
de resistencia que fue cada tetera de la ciudad donde ardieron
sexualidades maricas y variopintas perseguidas por gobiernos y
ciudadanías, iglesias y cleros de facto y así.

¿Desde
Urbanismo queer hubo alguna intervención concreta para el cambio en
CABA?

-Durante la
audiencia pública para la modificación del código urbanístico de
la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en 2018, participamos con 100%
Diversidad y Derechos y activamos unas notas a lxs legisladores
porteñxs donde recuperábamos la propuesta sobre un artículo del
proyecto de código que habilitaba la creación de un Programa de
Equidad de Género e Inclusión de la Diversidad Sexual. Paso a paso
del debate el artículo perdió fuerza pero quedó aprobado, por
supuesto nunca se reglamentó ni puso en vigencia el programa. Vamos
a recuperar estas acciones, estamos pensando un taller sobre
Urbanismo Queer y Arquitectura Inclusiva, en el Campus Virtual en
Diversidad y Derechos de 100%.

¿Y existen
formas del presente que resistan a la opresión arquitectónica?

-Las disidencias
no esperamos la invitación para hacer ciudad, hacemos ciudad, a
quien le falta lectura de ese hacer ciudad es a las instituciones
estancas. Las disidencias bailamos y vogueamos en las plazas, con
esos ballrooms recuperamos un ejercicio de ciudadanía,
representación cultural urbana y construimos espacio público,
inclusive durante la cuarentena. Hay unas hermosas houses, que
son verdaderas familias/casas, donde la interpretación del cobijo
disidente, de esa expulsión de los hogares es contenida en otros
lazos, también familiares, también arquitectónicos pero
disidentes. En Buenos Aires House of Glorieta, House of Lepiróptedos
y otras tantas casas ejercen su derecho a la ciudad sin preguntar,
proyectan usos diversos de la espacialidad urbana, cuestionan lo
urbano; de hecho, hay colegas arquis entre sus mothers, hijes y
familiares ¿Casualidad? Esas experiencias urbanas no esperan que
cambie un código.

También
participás en proyectos como Ciudad del Deseo.

Creo que fuimos
proponiendo algunas ideas. Creo que al urbanismo se le exige desde lo
proyectual, desde el lenguaje técnico arquitectónico, una
intervención siempre física, material, pero no está dispuesto a
modificar esa materialidad. Natalia García Dopazo entre los debates
que compartimos en Ciudad del Deseo, colectiva de urbanismo feminista
con la que tejemos todo el tiempo, propuso una lectura muy
poética: “El patriarcado en la ciudad es el hormigón”. Dentro
de esa colectiva hay personas con las que, colectivamente y en red,
construimos todo el tiempo ideas que ponen en crisis desde los
feminismos las violencias urbanas. Creo que también nombrarnos
individual y colectivamente a la vez es un juego cuir sobre el
lenguaje.

¿Y cómo
ejercen la arquitectura desde un lugar queer?

-Para hacer
arquitectura tenemos nuestro consultorio, le disputamos el sentido al
espacio que evoca prácticas médicas muchas veces violentas para con
niñxs, mujeres y disidencias, allí atendemos sin prejuicios,
evitando reproducir en la arquitectura que proyectamos
colectivamente, eso incluye (y siempre debería haberlo hecho) a
quienes la habitarán para que, justamente, la arquitectura no
domestique hábitos sino que dé cobijo a la diversidad. Hay
otros modos de practicar todas las profesiones, hay otrxs
profesionalxs que queremos hacer de nuestras experiencias personales
y colectivas, activistas, herramientas de cambio, real, efectivo y
hoy. No hay otra forma de hacer, no hay modos otros de accionar, no
somos la otredad, somos espacios sin violencias, buscamos la
emancipación: “El origen de nuestra lucha está en el deseo de
todas las libertades”
es una consigna que perdura.

Sitio oficial de Urbanismo Queer



Fuente link:

Leslie Kern habla de su libro “Ciudad feminista” | El patriarcado escrito en vidrio y hormigón



La investigadora canadiense Leslie Kern habla y escribe con los pies en el pavimento: lo que se suele llamar un conocimiento situado. No sólo porque se especializa en los cruces entre urbanismo, género, control y geografía, sino también en el sentido de que es consciente de sus privilegios. No pierde de vista que, cuando camina por un barrio de los que suele frecuentar, su cuerpo de mujer cis heterosexual, de clase media, universitaria y nacida en una ciudad del norte global lanza un mensaje al mercado inmobiliario: se deja leer como un signo de “renovación exitosa”, “como señal de que un espacio se ha vuelto seguro, decente y deseable”.

PAN Y KETO

La circulación de un cuerpo blanco de profesora universitaria, al que se suman otros cuerpos como el suyo que eligen un barrio determinado para vivir, flanear y consumir, le sube el precio al metro cuadrado de determinado vecindario. Y en simultáneo ese mismo cuerpo –de mediana edad, con su corte a la garzón, que bien podría llevar atado en la espalda un mat de yoga y en la mano una bolsa de una panadería keto- puede ser leído como señal de peligro: “Mi presencia podría sugerir que en cualquier momento podría tener lugar una queja mezquina al gerente, o incluso un llamado –posiblemente fatal- a la policía”, dice la autora de Ciudad Feminista (Ediciones Godot).

El libro se sumerge en una contradicción. Enumera meticulosamente las formas en las que una supuesta lucha contra la violencia de género en las ciudades es muchas veces usada para darle mayor poder a las fuerzas de seguridad y termina perjudicando a otros grupos, incluidas las mismas mujeres a quienes se decía proteger. “Es muy problemática la idea de que una de las razones por las cuales necesitamos a la policía es para proteger a ‘grupos vulnerables’ como las mujeres, la población lgbti, cuando sabemos que en vedad, históricamente el poder policial es usado para lo contrario y representa un peligro muy concreto para las comunidades queer, laspersonas negras, las personas trans, las personas migrantes, y podría seguir”, analiza Kern en conversación con este suplemento.

Esa encerrona de que para proteger a las mujeres hay que exponer a otros grupos y a ellas mismas a más policía parece un camino sin salida, pero en Ciudad feminista, das a entender que no lo es…

-No sé si lo digo expresamente… Pero sí creo que desfinanciar a la policía debe ser considerada como alternativa en la medida en que nos permite pensar dónde es más útil poner ese dinero. Si dejamos de gastar, como hacen muchas grandes ciudades, billones de dólares en equipamiento policial, sistemas control, etc… ¿qué pasaría si usamos ese dinero para construir viviendas que fueran más accesibles o volver más accesibles las que existen? ¿Y si lo destinamos a la educación, a la salud mental, servicios de cuidado de niños, salud pública? Se ha dicho muchas veces, pero todo el tiempo se pierde de vista: invertir en esas áreas es lo que realmente hará que la gente esté más segura.

Le dedicaste mucho tiempo a estudiar la construcción de grandes condominios, torres, y cómo se las venden a las mujeres…

-Hay una muy intrincada relación entre el discurso de la seguridad (sobre todo el de la protección de las mujeres y personas queer), la gentrificación y la construcción de condominios. La idea es poder mostrar a estos tipos de torres como una opción interesante para las que viven solas. Ofrecen departamentos pequeños que si bien son carísimos, son un poco más accesibles que una casa y un departamento grande. Hay todo un discurso destinado a convencer a las mujeres de clases medias y altas de que los lugares con seguridad las 24 horas, cámaras, trabas para puertas que se activan por huella digital, son una gran opción para ellas. Lo curioso es que está más que comprobado que el peligro para las mujeres no está tanto en las calles. Las mujeres estamos por lejos más expuestas en los espacios privados. Es mucho más probable que la violencia venga de parte de alguien que conocemos que de alguien que nos asalta en la calle o al entrar a casa. Por supuesto que el miedo que suelen manifestar las mujeres al espacio público se explica por múltiples causas previas (sobre las que se apoya el discurso de venta de estos condominos): experiencias concretas de distintas formas de acoso que padecemos en las calles y también todo un modo de socialización que desde pequeñas nos enseña a temer a las calles, la noche, los espacios públicos.

RACISMO TAKE AWAY

Un abordaje geográfico en clave queer y feminista permite entender cómo el sexismo funciona en el espacio, sobre el territorio urbano. Kern relata que desde los medicamentos hasta los chalecos antibalas y los muñecos para simular choques y testear el funcionamiento de los airbags, pasando por los teléfonos, los mobiliarios de cocina y la temperatura estándar que debe mantenerse en una oficina están diseñados para ajustarse a los cuerpos de lo que se considera sujeto universal: varón, cis, blanco y sin discapacidades. El modo en que se construyen los baños públicos, o se establece el recorrido de las líneas de colectivo, la forma en la que se ilumina una calle y la delimitación tácita de quiénes pueden sentarse en paz a esperar en un café no son neutrales. (La historia viral de los dos hombres afroamericanos detenidos “por hacer nada” en 2018, en un Starbucks de Filadelfia, es paradigmática en este sentido y una entre cientos. Mientras esperaban la llegada de un amigo, fueron denunciados “porque hacía mucho rato que estaban en la mesa sin pedir nada”).

Decís en tu libro que la amistad no es un factor que generalmente se contemple en las políticas públicas y en el planeamiento y diseño urbano. ¿Qué consecuencias tiene eso? ¿Y por qué pensás que es un error?

-Es un error porque nos mantiene encerrados en la visión estrecha de que la familia nuclear es el ladrillo de la sociedad, por lo tanto, de la ciudad. La única posibilidad de modos de convivencia entre las personas. O si no es la única, sí es la que debe ser prioritaria. Construimos casas e ideamos políticas públicas pensando solamente en ese esquema. Cuando en la realidad hay muchísimos otros modos en los que las personas se relacionan o conviven. Esas formas incluyen los lazos de amistad, las familias multigeneracionales o familias en la que no puede haber una conexión romántica pero comparten distintos tipos de parentesco y afecto. Estamos lejos de poder proveerles a todas esas personas formas de organización del espacio que se adapten a lo necesitan. Durante la pandemia quedó completamente comprobado que la familia nuclear no es todo, y que realmente necesitamos de otros tipos de relaciones. Necesitamos a nuestros amigos íntimos, pero también a colegas del trabajo, relaciones más casuales, un montón de otros lazos que tal vez consideramos periféricos, pero realmente enriquecen nuestras vidas. Creo que de la pandemia la amistad como modo de vida saldrá fortalecida.

¿De qué modos concretos la planificación urbana puede ayudar alimentar otros afectos, otros modos de relación, de cuidados?

-Podemos pensar en casas en las que haya más espacios comunes compartidos, en las que por ejemplo la actividad de cocinar no tenga que estar separada de la de socializar. Las formas arquitectónicas que ofrecen mayores espacios comunes y verdes favorecen la amistad. También hay que pensar en formas de cambiar las leyes de la ciudad que limitan la cantidad de hogares o unidades funcionales puede haber en un mismo terreno. Hay muchas ciudades con leyes muy estrictas en relación a los límites para alquilar una parte de tu casa, si querés alquilar una habitación o un sector de la casa a alguien, no podés. Son normas que nos van encerrando en la familia nuclear.

¿Por qué creés que hay una enorme cantidad de gente, sean personas hétero o no, que va dejando un espacio más y más reducido a esto que llamás “amistad como modo de vida”?

-Por supuesto que está actuando allí la ideología del amor romántico. Toda nuestra educación (la de nuestra infancia, pero también la que los niños y niñas reciben actualmente) gira en torno a estas ideas de que la finalidad de la vida está exclusivamente ligada a encontrar un alma gemela y construirte entorno a una única persona. Por supuesto que esa creencia está profundamente enraizada en nuestra cultura, pero también creo que hay beneficios económicos muy concretos que son consecuencia y a la vez refuerzan esa forma de vivir: desde el modo en el que están pensados los impuestos hasta la dependencia económica que genera en las mujeres la brecha salarial. La sociedad está seteada para dirigir a las personas en esa dirección.

Estudiás y escribís sobre la vida en las ciudades pero vivís desde hacen algunos años en territorio indígena (mi’kmaq), en un pueblo pequeño que se llama Sackville. ¿Extrañás la ciudad?

-Extraño la variedad y el anonimato que te da una gran ciudad en el sentido de que podés moverte de acá a allá sin que nadie sepa quién sos. En Sackville. cuando salís a caminar siempre te encontrás gente conocida. Es agradable porque te da esa sensación de comunidad, pero también significa que no tengo la posibilidad de perderme en la multitud. Por otro lado, pienso en mi ciudad natal, Toronto: lamento que ahí sea realmente tan grave la gentrificación…

¿Qué significa eso?

Hay tantos lugares y vecindarios de la ciudad que yo amaba de joven y han cambiado tanto que han perdido aquello por lo que me gustaban. Ya no me siento “en casa” en Toronto, lo cual es bastante triste. Los negocios se han vuelto carísimos. Los viejos bares y restoranes a los que solía ir de estudiante han ido cerrando. La gran mayoría de los negocios independientes y pequeños, cafés, librerías, han ido cediendo espacios a desarrollos inmobiliarios “de categoría” o un Starbucks, o una sucursal de GAP. Es decir la personalidad de cada barrio, aquello que los hacía únicos ha ido cambiando para volverse algo homogéneo. Es un proceso que atraviesa muchas ciudades del mundo. Y a esto se suma lo que pasa en los “barrios alternativos”: aquellos grupos de personas que hacen que un barrio sea vibrante, heterogéneo, diverso -artistas, estudiantes, etcétera-, a partir de estos cambios deben empezar a abandonar su barrio porque se vuelve carísimo. Llegan estos emprendimientos inmobiliarios que ven que el barrio es interesante muchas veces por su bohemia, pero con ellos llega también un gran incremento del precio de alquileres, impuestos. Estos grupos de personas entonces se ven desplazados a otras zonas de la ciudad o a ciudades más pequeñas, donde la gentrificación sea menos probable… o tarde más en llegar.



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“Las travestis somos las muñecas para los hombres que odian a las mujeres” | Entrevista a Claudia Rodríguez, escritora y referente trans chilena 



Claudia Rodríguez pasea, a quien quiera leerla, por unas fantasías tan reales como la cordillera. Por una brutalidad que parece pesadilla, pero es la pura calle. La ronda nocturna bajo la lluvia, los palos de la policía, el frío, los cuerpos que ceden a las enfermedades, las amigas que ha perdido por causas evitables, la larga cola para ser atendida en un hospital. La sordidez de los secretos de alcoba de los hombres que golpean a las travestis porque, como asegura, odian a las mujeres, aparece en sus poemas junto a chispas de humor negro: dolores de espalda, papelones con el quiropráctico, huesos que trinan, chistes sobre su madre y su hermana que le aconsejan cómo evitar destilar malos olores en el consultorio del doctor. Recordando entre versos y con ayuda de la memoria de las amigas, aparecen antiguos clientes, la infancia en la perisferia de Santiago, el calvario de alguna protagonista de telenovela de la tarde y se va reconstruyendo con su relato una parte de la historia de Chile que falta, la de su comunidad.

HORRORGRAFÍA

La palabra de Claudia Rodríguez, referente de la cultura travesti y trans desde Chile al más allá, repone una voz propia forjada en territorio de guerra: habla por las muchas que han caído. No le hace honores a la ortografía, ni consultas a la RAE, y si no se deja retocar es porque ve en la tilde que falta y en el emparche gramatical un gesto político. El error es prueba del horror, marca de una segregación, una deuda. 

“Mis libros tienen esa falla que yo creo súper auténtica. Hemos sido excluidas del sistema educacional y por lo tanto no sabemos cómo hacerlo. Cuando yo entré a una organización a militar no sabía ni hablar, empezaba hablando de una cosa y terminaba hablando de otra, era ininteligible. Entonces esa característica nos identificaba como marginales, al dirigirnos al público, siempre fallábamos…”, le cuenta a este suplemento la activista por los derechos de las personas con VIH, performer, pedagoga, a quien es fácil cruzarse en alguna marcha en Santiago vestida de Marilyn Monroe, de Pamela Anderson o de monja con una pancarta que pide “No más inquisición”.

EL DINERO NO ES TODO PERO…

De qué vive, por qué le va mejor con los fanzines, qué porcentaje obtiene de la venta de un ejemplar y qué significa eso en sus cuentas de todos los días: mientras conversa sobre sus heroínas y su historia, Claudia Rodríguez se mete en un asunto que no aparece con frecuencia en la charla con una artista, el dinero. Pero también se refiere a algo más estructural: a quién se le permite el privilegio de vivir de lo que crea o de dejar por escrito sus experiencias de vida. “Un problema que siempre he tenido es el de la publicación de mis libros. Incluso dentro de la misma organización nos decían: te hace falta aprender más para dirigir. Entonces esa característica de la comunidad no encaja en este modelo neoliberal ni el de la industria literaria”.

“Hace tiempo que llevo promocionando mis escrituras y todavía no son recogidas fácilmente por la academia, permanezco marginal. Se leen los textos por los estudiantes, por la misma comunidad de diversidad, pero es un tema, el dinero es un tema, siempre es un tema. Hay por supuesto un asunto de clase ahí, siempre quienes escriben tienen el privilegio de haber estudiado. Yo hice Trabajo Social y al mismo tiempo mientras estudiaba empecé a escribir estas cosas porque me di cuenta de todo lo que significa el hecho de que yo estuviera en la universidad”.

¿Y cómo fue tu experiencia ahí?

-A pesar de que era una universidad “diversa”, con una propuesta integradora más bien de izquierda, en la práctica los discursos eran del patriarcado: hegemónicos, heterosexuales. Había algún compañero, muy revolucionario, que se enamoraba de mí. Y parecía que estaba todo bien pero de pronto me decía “no puedo estar contigo porque no eres mujer ni puedes tener mis hijos”. Todo eso me permitió escribir lo que escribí, esas percepciones y experiencias que tuve, y las escribí sin fijarme mucho en la forma. Fueron como vómitos, cosas que me pasaban y las registraba mientras estaba participando en un taller. Entonces conseguimos que una editorial publicara todo este grupo de gente del tallere, joven, desconocida, sin apellido, sin conexión en redes ni nada.

¿Cómo te llevás hoy por hoy con el campo de editorial chileno?

-Siempre ha existido ese problema de no encajar, que es también eso que decíamos de no encertar en dónde poner la coma, en dónde las palabras llevan acento, que hay una forma de redactar que una no asimila. Entonces está la autogestión para que una pueda publicar e incluso ir a lugares para mostrar lo que hace. He hecho amigos y amigas. Muchos me invitan a lecturas. Eso me ha permitido viajar, recorrer Chile. Mis redes son las compañeras trans, muchas argentinas, la Susy Shock, la Camila Sosa Villada, la Marlene Wayar. Todo ha sido por la autogestión, under. He tenido alguna conversación con alguien de una editorial grande. No ha sido en muy buenos términos porque lo que me han ofrecido ha sido muy poco. Yo tenía que ceder por tres años los derechos. Y la verdad es que cuando yo vendo un libro como no tengo intermediarios es el 100% para mí. Hago impresiones de mis libros. Me es más rentable fotocopiarme que pactar con una gran editorial. Es un trabajo súper artesanal.

¿Para quién escribís?

Yo participaba de diferentes organizaciones LGBTI, históricas de Chile, desde hace más de 20 años. Todas dirigidas por hombres, que tenían títulos universitarios y diferentes privilegios. Y en la organización cuando yo quería hacer algo me decían: no, no estás preparada, tú no. Luego fui adquiriendo herramientas, formándome en el feminismo y ahí me di cuenta de la importancia de la propia voz y además de la biografía como herramienta política. Pensé entonces: me voy de la organización y hago un activismo más autónomo, sobre todo a través de la escritura. Empecé a escribir esos relatos, esas conversaciones con las compañeras. Hablar de la juntada en la calle es una forma de activismo. Siempre tengo la esperanza de que me lean mis compañeras trans, y que eso las anime a ellas a escribir. Debemos escribir nuestras historias, porque tenemos que ver con la historia del país. Y esa parte de la historia no se ha contado.

¿Y qué devoluciones has tenido de parte de ellas?

-Me han dicho que no saben cómo escribir lo que les pasa y qué cuando me leen se sienten interpretadas.

¿Qué quiere decir esa frase tuya bastante conocida que dice “las travestis somos las muñecas para los hombres que odian a las mujeres”?

-A veces nos sentimos como de plástico, que los clientes quieren sacarnos los brazos, que nos asfixian, apuñalan. Es cómo los niños tratan a las muñecas, le sacan los brazos, la cabeza y después de un tiempo la vuelven a encontrar. Y por otra parte es algo todvía más literal, una verdad que duele: que existen hombres que odian a las mujeres. Tienen un enorme odio. No lo experiorizan, pero lo expresan en el trabajo sexual al que nosotras estamos expuestas. Tiene cosas muy amargas ese poema y tiene esa mirada solidaria con las mujeres, con mi madre, con mi hermana, con todas las mujeres que han sido parte de mi vida.

Siempre mencionás que una de tus grandes ídolas es Marilyn Monroe. ¿Usás el pelo rubio en homenaje?

-¡Un poco sí! Ahora estoy participando de un coloquio antirracista y soy la única rubia, somos más de 30 activistas de Latinoamérica y yo soy la única teñida. Da para pensar… Desde muy pequeña me gustó la Marilyn. Con el tiempo fui leyendo su biografía. Era muy pobre, su mamá tenía problemas psiquiátricos entonces muchas veces se quedaba sola y ha ingresado en orfanatos. La única forma de salir de esa soledad y esa pobreza fue basándose solamente en su cuerpo. Cuando empezó hacer películas para Hollywood ella tuvo la oportunidad de hablar. Por ejemplo, se publicó que ella había sufrido en su infancia y adolescencia violaciones de las familias que la adoptaban. Cuando ella quiso ser una actriz real se puso a estudiar. Profundizó en métodos de actuación pero tuvo la mala suerte de encontrarse con psiquiatras que le abrieron heridas que ya no sabía cómo cerrar. Me hace repensar la idea de que la belleza y la felicidad van juntas: evidentemente es mentira.

¿Qué lugar tiene hoy el resentimiento en tus textos?

-Suelo decir que soy resentida porque mi infancia fue robada. Nunca tuve posibilidades de estudiar inglés, piano, canto, bailes, cosas que me fascinaban. Si hubiese tenido el apoyo, hoy sería tal vez filósofa y estaría hablando de otras cosas. Fui buscando formas de decir verdades. Pero eso te pasa la cuenta porque te vas exigiendo a ti misma ser todo el tiempo grave, todo el tiempo la furia te llega al cuerpo. Cuando estaba estudiando Trabajo Social tuve un accidente en auto. Casi pierdo la pierna, tuve una luxación de cadera, estuve postrada tres meses. Necesité ayuda porque no podía ni lavarme ni limpiarme. En la universidad yo había sido la única travesti en ese momento, 2008. Me creía dueña de la verdad, me sentía el centro del mundo.

¿Y eso cambió con el accidente?

-Es que ahí me di cuenta: todos, todas, necesitamos ayuda de otros. Me encontré en un momento en mi cama rodeada de gente, de amigos y amigas que tenían HIV, compañeras que habían sufrido abortos, compañeros que habían sido echados de sus casas. Estaba a punto de perder la pierna, entonces ahí dejó de funcionar el discurso de que por ser travesti me las sabía todas y sobrevivía a todo. Mentira. Ese discurso es una estupidez infantil. Empecé a pensar en otras cosas. Porque definitivamente quería vivir. Ahí surgió la preocupación por el cuerpo, la salud, empezar a hacer otras cosas que pudieran ayudar a la comunidad definitivamente. Empecé a escribir de otra manera, conectarme con la solidaridad, la ternura, el futuro.



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Supongamos que Nueva York es una ciudad: La gran Lebowitz en Netflix | Una lesbiana en Nueva York



“Una persona de nuestra edad venía a Nueva York si era gay para poder ser gay. Pero veníamos aquí porque no podías vivir en otros lugares”, dice Fran Lebowitz mirando a cámara en el primer episodio de la miniserie documental de Martin Scorsese, Supongamos que Nueva York es una ciudad. Fran Lebowitz nació en Morristown, New Jersey, en 1950. Nunca se adaptó a las reglas: fue expulsada del colegio. Y cuando cumplió la mayoría de edad decidió mudarse a Nueva York con un solo propósito: ser escritora. Su padre le dio $200, Fran jamás había tenido entre sus manos tanto dinero. Lo primero que pensó fue “Esto me alcanzará para toda la vida”. En su casa no le permitían hablar de plata ni preguntar cómo funciona la economía porque ella era mujer. Lo único que debía saber es cómo ser esposa. La educación que le dio su madre se basó en que no sea graciosa con los muchachos porque a los chicos no les gusta eso. “Por desgracia se equivocó”, lanza Fran con cara de fastidio. Apenas llegó a Nueva York descubrió que esos $200 no le alcanzan para vivir toda una vida, así que comenzó a manejar un taxi. Era la única mujer sin contar la leyenda que afirmaba que existía otra. Fran la buscó desesperadamente en el bar de taxistas porque el séquito de hombres conductores la maltrataba o hacía de cuenta que era invisible. Más tarde vendió cinturones en la calle y también limpió departamentos, hasta que su sentido del humor encandiló a Andy Warhol y comenzó a escribir una columna en la famosa revista del artista pop, Interview

La miniserie de 7 episodios de 30 minutos intercala material de archivo con el presente. Fran Lebowitz, autora de los libros Breve manual de urbanidad (1981) y Vida metropolitana (1978), charla con Scorsese o recorre los lugares que más detesta de Nueva York. Añorando la Gran Manzana de los años 70. Camina con un largo tapado cubriendo su cuello con una bufanda pesada, observando a través de sus anteojos carey lo que más le fastidia: la gente. Fran es una torta cascarrabias; odia las redes sociales, las pantallas de los taxis que no puede apagar, las calles de Times Square, los musicales de Broadway, el yoga, los aviones. Pero su rabia no es nociva, es graciosa. Se ríe de los demás, y también de sí misma como toda humorista judía. 

Relata a los gritos, habla con prisa como si las palabras escaparan de su boca; convirtiendo a su lengua en un trampolín. Se entusiasma tanto con su enojo que a veces debe pasarse la mano por el labio inferior para evitar dejar caer un poco de saliva al piso. El chiste siempre está primero que todo. Fran necesitaría una ciudad para ella sola, pero, ¿qué sería de la comediante sin sus quejas? ¿Y de nuestro estado de ánimo?

Martin Scorsese se ríe de los chistes de su amiga Fran Lebowitz como un bebé que acaba de conocer la risa. Se ríe tanto que rebota en su silla y por momentos le cuesta respirar. Tienen una relación de admiración tan estrecha que Scorsese ya había filmado un documental sobre ella en 2010, Public Speaking, y en 2013 le dio el papel de jueza en la película El lobo de Wall Street. Donde con su característica cara antipática sentencia a Leonardo Di Caprio. 

Pero nunca es suficiente Fran Lebowitz, siempre hay espacio para una queja más. Fran no habla demasiado de su identidad sexual, tampoco la oculta. Es parte de su vida cotidiana, como esas placas incrustadas en el piso de algunas calles de Nueva York con frases de escritorxs que a ella le fascina descubrir entre paso y paso. Fran creyó toda su vida que ciertas cosas jamás mejorarían. No pensó ser testigo de la Ley del Matrimonio Igualitario. Lxs jóvenes hoy le agradecen su lucha por los derechos LGBTIQ, ella se encarga de aclarar que no hizo nada por conseguirlos. “No soy tan sacrificada, te lo aseguro”. Por momentos, Fran Lebowitz camina alrededor de una maqueta de Nueva York. Scorsese le pregunta que le gustaría tener, a lo que ella responde “el traje de goma de Godzilla”. Porque, ante todo, Fran Lebowitz es una mostra. 



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Ady del Valle: Modelo de vida | Entrevista con el modelo latino de talla grande 



Arcadio “Ady” del Valle, un latino gay de 204 kilos, no dejó a nadie indiferente, estalló como una bomba de crema rellena de dinamita poniendo curvas generosas en esa tierra de ángulos rectos que es el mundo de la moda. En 2015 Ady decidió que era hora de que Instagram exhibiera fotografías de personas de talla grande. Así comenzó su escalada: a pesar de ser muy tímido, se sacó unas selfies y las compartió en su perfil porque no veía a nadie como él y quería contactarse con cuerpos similares al suyo. Para ganar confianza y sentirse menos solo. Al no encontrar personas XXXL se hizo visible para dar un primer paso en una red social donde solo parecen existir modelos que encajan con la norma. 

Nacido en Boston en 1987, en una familia puertorriqueña, Ady siempre tuvo devoción por la moda, pero jamás pensó que podría formar parte de ese universo. Durante 28 años fue espectador de desfiles, entrevistas con estrellas de la industria, y consumidor de los realitys America’s Next Top Model y Project Runway. Ady se acostumbró a no verse reflejado en ningún programa de moda, tampoco en la pasarela, hasta que un día, en 2016, lo contactó un diseñador independiente (de la marca Volare) para desfilar en la New York Fashion Week. 

Había quedado fascinado con las fotos que vio de él en Instagram. “Me estaba persiguiendo por las redes sociales porque le gustaba mi look para la pasarela. Yo no le contesté al principio porque pensé: ¿yo modelando? Es algo que nunca me imaginé aunque siempre he amado la moda. Hablé con mi familia y amigos, y ellos me alentaron a que me anime. Al mes estaba en Nueva York, desfilando en una iglesia antigua, junto a otros hombres de mi talla. Esa noche es lo que me hizo estar hoy hablando contigo. A partir de ahí nunca paré de modelar”, me cuenta Ady por Skype luciendo un pañuelo de seda atado a la cabeza, con ese mismo glamour con el que posa para una campaña. Él aparece y no existe otra cosa: simplemente no podés apartar la mirada como cuando un relámpago irrumpe en la inmensidad del cielo oscuro. 

 

HAGAN OLAS

Pero la revolución que despertó su carrera como modelo ocurrió meses después con una nueva fotografía: Ady fue a la playa con sus primas y le pidió a una de ellas que lo fotografíe por primera vez en su vida sin camisa. Desnudó su torso entre las rocas del mar de Massachussets y miró a la cámara sabiendo que subir esa postal a Instagram marcaría un antes y un después en las personas que fueron educadas para ocultar sus kilos. Al instante recibió un aluvión de mensajes, también la atención de la industria, y en poco tiempo se convirtió en un representante distinto dentro de la moda de talla grande. Defendiendo la identidad marica al mezclar tules y animal print con corpiños de encaje y tangas cavadas; lejos del estereotipo del gordo macho que usa camisa leñadora y corta leña en el bosque. La ropa dejó de ser unos metros de tela para tapar el cuerpo, ahora está para resaltarlo. “La gente reaccionó efusivamente, porque no es tan común que alguien de mi talla se saque fotos posando con poca ropa, porque estamos demasiado preocupados de lo que la gente diga”

 

Hoy Ady del Valle es un activista dentro de la industria “big & tall” (talla grande). “Esto no les pasa a todos los que se parecen a mí, por eso es tan importante ser una voz, para lograr que yo no sea una anomalía dentro de la moda y seamos muchos más”

EL MERCADO DEL DESEO

Te han bajado muchas fotos de tu perfil de Instagram. ¿Creés que algunos cuerpos son más censurados que otros?

Sí, definitivamente. El año pasado tenía una página con fotos mías en traje de baño y la borraron. ¿Por qué? Porque el sistema de robots de Instagram seguía pensando que mi cuerpo era de mujer. Y me censuraron. Por ende, censuran más los cuerpos grandes como el mío, y muchas veces los cuerpos morenos, y también los cuerpos LGBTIQ. Es un trend. En Instagram vas a ver muy pocas fotos de hombres de talla grande en malla, porque las bajan. Los cuerpos distintos son borrados. Y en definitiva, están censurando a alguien que se ve diferente por ser más grande, o por ser de color, o lo que sea. Lo veo todo el tiempo, y también lo sufro con mis imágenes. Pero nosotros tenemos más poder que las redes sociales; sin nosotros las redes sociales no existen.

¿Por qué crees que les molesta un cuerpo XXXL pero no un cuerpo XS?

Desde chicos vemos en la tv lo que es la belleza, y la idolatramos cuando crecemos, porque eso es lo que nos enseñan la tv y las revistas. Pero en estos tiempos hay algo distinto: con las redes sociales tenemos una ventaja gente como yo y como tantas otras que tienen los cuerpos que no muestran la tv y las revistas. Podemos cambiar esa narrativa para que la gente pueda ver otros cuerpos, y tal vez un día la tv y las revistas muestren estos cuerpos, cuerpos como el mío. Por eso es tan importante compartir nuestras fotos en plataformas: para modificar esa educación que tuvimos de lo que es la belleza. La belleza es infinita: es diferente para ti, para mí, para el vecino, para otros. Ver alguien que se parece a nosotros es muy importante.

¿Sentís que son deseables los cuerpos XXXL dentro del colectivo LGBT?

 

Yo creo que antes era difícil sentirse incluido en la comunidad LGBT teniendo un cuerpo como el mío, y hasta el día de hoy puedes ver ese estigma del cuerpo XL o más grande. Sin embargo, yo sigo sumergido en esa comunidad y haciendo lo que hago, siendo quien soy. He hecho campañas con la comunidad LGBT porque las personas como yo deben ser incluídas. Durante muchos años fuimos excluidos porque en la comunidad LGBT también tienes que verte de cierta manera para ser deseado. En el último tiempo ha habido un cambio en la comunidad LGBT: hay mayor respeto, se volvió un lugar más acogedor. Pero como en cualquier comunidad, sea LGBT o no, siempre hay mucho trabajo que hacer para que crezca la inclusión. A veces hay que meterse o meterse, a la fuerza.

No faltan las personas que atacan al activismo gordo afirmando que están difundiendo una vida no saludable. ¿Te ha pasado? ¿Qué respondés cuando la gente sale con ese discurso?

Sí, la gente me ha dicho que publicar como soy y hacer lo que hago en el cuerpo que tengo es promover un estilo de vida poco saludable y promover la obesidad. Las personas como yo no estamos aquí para promover estilos de vida poco saludables, estamos aquí para ayudar a las personas a aprender a amar y ser ellas mismas tal como son. Los cuerpos grandes pueden estar activos, algunos hacemos ejercicios y otros no, pero eso no determina nuestro valor. Los cuerpos gordos siempre han existido, tan hermosos como los cuerpos delgados, todos los cuerpos son dignos. Lo que la gente hace con sus cuerpos es una decisión individual.

LA MODA COMO ACTIVISMO

¿Tuviste referentes que te inspiraron antes de empezar a desfilar?

Desde que empecé a modelar hasta este día, la persona con la que me identifico o que me inspiro es la modelo plus Tess Holliday, con quien me identifico en muchos aspectos. Ella se veía espectacular modelando, y yo quería ser su equivalente masculino; siempre la he admirado también por lo que hace, ya que siempre peleó por la inclusión. Yo quería ser eso pero a mi manera, tener ese grado de representación.

¿Qué sentís cuando desfilas por la pasarela?

Es una sensación como ninguna otra. Hay nervios varios días antes, hay preparativos, pero esos 20 segundos que tu caminas por la pasarela no tienen precio. Porque yo nunca he visto a nadie parecido a mí caminar por la pasarela. El año pasado caminé por la pasarela en el New York Fashion Week, fue mi show más grande. Es muy emocionante cuando recibes los mensajes de texto, la gente te saluda o quienes te conocen te dice “¡Te vimos!”. Que haya personas no tradicionales contratadas para caminar en la pasarela me llena de orgullo. Me interesa usar ropa que tiene detalles femeninos mezclados con masculinos. Estoy en contra del estándar que dice: “esto es para hombres, nada más, o mujeres nada más”. Quiero que todo se mezcle, porque a mucha gente le gusta ser fluida en sus vestidos. Me gusta que alguien me mire en la pasarela y puedan tomar pedacitos de lo que les atrae de la ropa.

Alguna vez dijiste que siendo gay era más difícil entrar en el mundo de la moda de talla grande. ¿Por qué decís eso?

En primer lugar en la industria que yo estoy, “big & tall”, es mucho más pequeña. Pero además por mucho tiempo la moda en general tuvo una identidad muy masculina, bien macho. Ahora la moda de talla pequeña es distinta: hay un estilo flamboyante, como el “runaway showcase”. La moda es más “high fashion”. Desde que empecé a modelar siempre he tenido pasión de traer esa parte para la talla grande. No hay en la talla grande el “high fashion” por ejemplo, no hay lugar aún para lo andrógino o lo queer. A mí me gusta mezclar mi estilo femenino con el masculino. Puede ser físico o a veces cómo me siento por dentro. En ciertas situaciones uso más un outfit que otro, es parte de mi identidad. En la talla grande la imagen suele ser el hombre que va a cortar madera en el campo y usa camisa leñadora. Hay que romper con ese patrón, está bien que esté pero no puede ser lo único.

Vos no representás a la imagen del hombre de talla grande “bien macho” que describís. ¿cómo lograste romper ese estereotipo con las marcas?

Teniendo conversaciones con las marcas: cuando estoy en el set de un trabajo de modelo muchas veces me he sentado detrás de cámara y hablo con los diseñadores, les cuento mi historia y la de otros. Yo he posado para diseñadores que trabajan creando ropa para gente flaca, y me han contratado. No es nada valiente aparecer y tomarme las fotos e irme para mi casa, porque en realidad no hice nada; sí, me tomé unas fotos y las pagan bien, ¿pero qué hice yo para cambiar eso en el futuro? No me sirve si solo soy un ejemplo de que se puede, hay que cambiar las cosas desde adentro, hay que abrir puertas para muchos.

¿Hay relación entre modelos XL/XXXXL y modelos XS?

Sí, tengo amigos de otras tallas, y muchos de ellos entienden porque soy tan apasionado acerca de ser inclusivo en esta industria. Esta industria es difícil ya como es, imaginate para un hombre como yo o una mujer como yo, tratando de meterse en la industria, es casi 20 veces más difícil de lo que ya es normalmente para un modelo XS. Tengo el apoyo de muchos de ellos, y creo que es importante tener siempre esa relación con la industria en general, hay que hacer conexiones porque hay barreras que romper. Igualmente hay más diversidad que hace 10, 15 años atrás, y yo creo que eso es lo que nos da esperanza de que siga creciendo esa diversidad. Muchas compañías y diseñadores incluyen de a poco a latinos en sus diferentes campañas, en desfiles, o en comerciales de belleza. Ese cambio está a la vista aunque no sea suficiente.

Sos el fundador de Latinx Creative, ¿en qué consiste este proyecto?

Lo empecé hace un año y medio, junto a un grupo de amigas que son modelos también en Nueva York. Me sucedía que iba a eventos y no veía a muchos latinxs representados, y les escribí diciendo que deberíamos hacer una sesión de fotos nosotrxs añadiendo a más gente. Una forma de hacernos visibles, de mostrar lo que cada unx hace dentro de la industria. Contamos nuestras historias como modelxs latinxs de distintas partes y colores, y fuimos publicados en Teen Vogue. Estoy emocionado porque veo que el proyecto de Latinx Creative puede seguir creciendo, enfocando a más personas de la comunidad que no sean solamente modelos: panaderos, escritores, maquilladores, todo, hay tantas personas creativas que merecen ser escuchados y tener una plataforma en la que puedan ser vistas.

¿Qué desafíos tenés por delante para tu carrera?

 

Mi objetivo es llegar a tener los recursos para diseñar mi propia línea de ropa, ropa inclusiva, vestidos para todos, para todo el mundo. Porque a las personas de talla grande nos cuesta mucho encontrar ropa sexy, y además siempre cuesta más cara que las prendas para gente flaca. Crecí pagando más por no ser talle S. Mi lucha es para que estas cosas dejen de suceder en el futuro. 



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DisneyPlus: Yendo de la selva al clóset | “Out” y el miedo a incomodar



Cualquiera que, llevado por la nostalgia de tiempos inmemoriales en los que Disney acaparaba la fantasía infantil y monopolizaba el imaginario pueril, trate de enfrentarse a las glorias del pasado en Disney +, se encontrará con tremendas advertencias iniciales. Cuando comienza El libro de la selva, no es tanta la preocupación de la plataforma por esas fieras que moldearan el carácter del niño Mowgli, como por los estereotipos raciales. (Efectivamente, los elefantes en la película aparecen como seres trompudos y los orangutanes como manipuladores de conciencia). Poco hay para decir en la advertencia que el autor de las narraciones que dieron lugar a la película, Rudyard Kipling, es también el autor de uno de los poemas más controvertidos de la historia de Occidente. “La pesada carga del hombre blanco”, título de la obra de siete estrofas del mismo Kipling, exalta celebra, para el jubileo de la Reina Victoria, las maravillas que el hombre blanco construyó sobre la tierra. El colonialismo, el racismo, el chauvinismo eurocéntrico y el imperialismo, son las virtudes cardinales que el poema consagra. En ese contexto, la relación equívoca entre Mowgli y Baloo, parece una tontería.

Misoginia y cigarrillos

En Travesuras de una bruja, efectivamente aparece un hecho aún más grave y la plataforma lo advierte. No se trata del saber, medieval, de acuerdo con el cual una mujer célibe bien podía ser una bruja, mostrado como estereotipo, ni que la historia se desarrolla bajo el bombardeo de Londres en la Segunda Guerra. Hay un mal aún peor a la misoginia y la guerra: actores que fuman. Por suerte, Disney+ avisa. Podríamos preguntarnos por qué, por ejemplo, no se nos dice nada en esa flagrante demostración de clasismo e insultante lujo burgués que son los (mal llamados) “Aristogatos”, donde se muestra “en colores” el secuestro seguido de abandono de persona que comete Edgar Balthazar, el mayordomo, contra la familia de Duquesa (a la sazón, madre soltera), y que finalmente es enviado “a modo de castigo ejemplar” a Timbuktú (ciudad de la colonia francesa de Mali) como para subrayar el imperialismo de la película.

En fin, embarcados en los conflictos de la representación de los conflictos, las narrativas de Disney están empantanados en un laberinto, que excede con creces el maravilloso negocio de princesas, que solidifica desde la más tierna infancia, el lugar subalterno y deseable de las niñas del mundo.

No menos lleno de problemas y cuestiones es el corto de animación OUT, que viene a llenar el vacío de representantes LGTBQ en el colectivo Disney. No que no sospecháramos de los mismos Napoléon y Lafayette en Los Aristogatos, ni que no viéramos algún gestito en el fraile de Robin Hood, para no hablar de las hadas madrinas de La bella Durmiente, que tenían claros rasgos de Lesbianas poliamorosas en sus tratos conyugales… y así podríamos seguir hasta el mismísimo origen sospechosamente célibe de Mickey (viviendo con mascota: Pluto; que también son precursores de nuestros Greg y Jim del presente).

Out es un corto animado que, contrariamente a todas las advertencias anteriores, nos explica que esto que estamos a partir de ver “está basado en una historia verdadera”. El guiño es: se trata de la verdadera historia de todxs. Porque todos los querés, en algún momento de su vida han tenido que enfrentar, de alguna manera, la escena primaria de la vida homosexual: salir del clóset.

En este caso, para evitar toda rispidez, con los otros colectivos (salir del clóset supone hacer una crítica de la estructura familiar, de la homogeneidad de los comportamientos, etcétera…) se usa un argumento fantástico para representarlo: Greg, nuestro héroe, se va a convertir en su mascota “Jim” para tomar de ella el coraje y la voluntad de salir del clóset y explicarles a sus padres lo que ya saben: que tiene un novio, Manuel, que le exige la salida del clóset.

Si no fuera por el elemento fantástico, podríamos decir que Out no es más que la puesta en escena de la canción “Small Town Boy” de 1984 en la que Jimmy Sommerville (el nombre no es casualidad) nos gritaba y aullaba que escapáramos de nuestra casa inmunda de pueblo provinciano con su moral repugnante de chismes, violencia y ostracismo, sin siquiera dar vuelta para verla de lejos, para irnos a la ciudad donde el anonimato y la multitud nos permitiría llevar la vida de liberación que quisiéramos. El corto animado que vemos en Disney+ no tiene ni esa carga de violencia, ni ese nivel de conflictividad, ni nos entrega a la catarsis estética en la que nos sumergía la canción.

Condenadexs al éxito

Acá y ahora, todo es más suave, más tenue y más ameno. Es un corto que va a verse en familia (casi la única estructura institucional posible para la vida) y por lo tanto los padres apenas son encantadores y les gusta la música disco (lo sabemos al final). El terror de Greg por que sus padres se enteren de su novio no pasa de cierta tímida vergüenza y casi no hay violencia, si no tomamos en cuenta que Greg, en su persona de “mascota”, pelea con la madre por una foto y que el perro, en su persona de Greg, le huele el culo a su padre (sí… medio bizarro).

Efectivamente. Si comparamos este corto con los de la película Fantasía, por ejemplo, de 1940, llena de referencias a la Guerra, en la que se pone en escena un poema de Goethe (El aprendiz de Brujo), la imagen de Leopoldo Stokowski parodiando a Hitler, y en otro se construye la imagen de Una noche en el Monte Calvo… solo quedaremos desilusionados por la poca fuerza controversial que tienen las representaciones del presente.

Out, sin embargo, es la representación cabal de un miedo feroz: el de todxs a representar algo que incomode, el de los artistas a hacer pensar, el de las imágenes a plantear alguna discusión. Nada queda afuera en esta Out, salvo que efectivamente, el conflicto no existe y la familia de Greg, Manuel y Jim, estaba condenada al éxito, ese éxito soso y melancólico que tienen los dramas de ahora, desde el principio. 



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¡De película! Héctor Olivera revela su relación con Fernando Ayala  | En su autobiografía, “Fabricante de sueños” 



Celia hacía dibujos de diseños de vestuarios de las actrices de Hollywood para una sección llamada “La moda en el cinematógrafo” en un suplemento del diario La Nación. Se iniciaba la década del 40, y para realizar los dibujos, su hijo Héctor debía pasar a buscar por las distribuidoras de cine las fotos de actrices como Katherine Hepburn. A punto de cumplir los 90 años, Héctor Olivera recuerda en su biografía Fabricante de sueños esas escenas pintorescas de cuando tenía 11 años y debía tomarse el tranvía para ir a buscar fotos de actrices. Al leer este fragmento de su autobiografía que acaba de editar Sudamericana, es inevitable pensar en Manuel Puig mientras se lee su visión del glamour hollywoodense filtrada por el color local. Y si ese inicio es puiguiano, su continuación lo es aún más. Porque su madre, que firmaba esos dibujos como Zely, terminó trabajando en el cine como vestuarista, y en la película Allá en el setenta y tantos (1945), conoció por primera vez a Fernando Ayala, que era asistente de dirección. “Mamá no imaginó que ese gordito amable y muy formal sería tan importante en la vida de su hijo”, agrega Olivera. No iba a pasar mucho tiempo para que su madre le pidiera a Ayala contratar a su hijo como segundo asistente de dirección en una película.

UNA AMISTAD PARTICULAR

En esos años de entrenamiento en la industria del cine, Olivera coincidió con Ayala en varios rodajes, incluso en uno donde viajaron a Chile, y se fue forjando una relación más allá de lo laboral. Mucho más allá. La principal pasión que los unía era, por supuesto, la cinefilia, que incluía salidas los sábados a ver películas, un ritual que no mucho antes Olivera hacía con su madre. Y uno de esos sábados, la historia pegó un giro esperado: recuerda Olivera que si bien Ayala “hacía todo lo posible por mantenerse en el closet, su homosexualidad era evidente para quien lo conociera de cerca. Un buen día, almuerzo en el restorán Riobamba y luego una película en el cine Grand Splendid. A la salida, un té y después de comentar el film, muy sutilmente Fernando me propuso iniciar lo que entonces se llamaba una amistad particular.”

Esa escena entre ambos podría haber formado parte de Sábado a la noche, cine (1960), película que varios años después dirigirá Ayala y producirá Olivera, donde algunas parejas viven romances compartiendo la cinefilia en la misma noche de un fin de semana. Pero pasó más de una noche para que se concretara esa “amistad”, porque le tomó dos semanas a Olivera aceptar esa propuesta a la hora del té. Olivera confiesa que “no tenía ninguna tendencia homosexual sino un rechazo proveniente de mi educación militar decididamente machista” y que se dio cuenta de que la esa relación “solamente podía ser para bien, pero la decisión no surgía fácilmente a pesar de que me atraía la curiosidad de vivir una experiencia distinta y sentir que por primera vez en mi vida le podía aportar felicidad a alguien que me necesitaba.” Dos sábados más tarde, luego de ir a ver otra película juntos, ambos terminaron en el departamento de Ayala y así comenzó una relación íntima que duró unos años. Y aunque con el tiempo dejaron de gozar del sexo compartido, siguieron formando una amistad y sociedad de 50 años que incluyó fundar Aries en 1956, productora que los hizo responsables de varias decenas de películas, obras de teatro y series de TV.

Además de relatar detalles de sus amores con varias parejas heterosexuales que marcaron su vida familiar, Olivera hace pública por primera vez la relación sexoafectiva de su juventud con Ayala en Fabricante de sueños. ¿Pero hubo algún sueño queer de esa factoría? Sí, claro, el dúo hizo películas pioneras de la sensibilidad queer en el cine argentino, muchas veces enfrentando a la censura de su época. Hoy, ver el cine de Ayala bajo la luz de esta revelación, puede resaltar aún más algunos rasgos de sus películas, como las pistas que daba Rock Hudson en sus performances en las películas antes de salir del clóset.

MODERNIDAD QUEER

El primer éxito de la dupla Ayala-Olivera fue El jefe (1958), película basada en el relato de David Viñas. Hay una escena clave donde el personaje del título, interpretado por Alberto de Mendoza, le pinta unas tetas femeninas en el pecho a un joven. Toda esa escena tiene un homoerostismo violento, está en clave de denuncia del machismo del protagonista y puede ser una de las primeras veces que se representa en el cine argentino a una barra de varones que hace bullying a alguien que no tiene sus mismos códigos de virilidad. La dirección de Ayala retrata una amistad con mucho de seducción viril, pero también como forma de poner en crisis ciertas opresiones. Con El jefe la productora Aries posicionó a ambos como promotores de un cine autoral que modernizara al cine argentino, y sus películas fueron reconocidas como precursoras, junto con las de Leopoldo Torre Nilsson, de la renovación de la generación del 60. Como cuenta en su autobiografía, Olivera había viajado a New York a incio de los 60 y se encuentra con el argentino Julio Kaufman, arquitecto homosexual que había comenzado a producir teatro. Allí surge la idea de hacer la versión cinematográfica de obras con intérpretes del Actor’s Studio. Primero quieren adaptar a Tennessee Williams pero los derechos eran muy caros. Se deciden por la obra Huis clos de Jean-Paul Sartre, y Ayala en Europa consigue una entrevista con el agente del filósofo y escritor existencialista y obtiene los derechos. El resultado es una adaptación en doble versión, en inglés y español: una película con tres personajes, dos mujeres y un varón, encerrados en el infierno, representado en una habitación de hotel. Inés Serrano, interpretado por Inda Ledesma, es lesbiana y expresa su deseo explícitamente en toda la película: fuma un cigarrillo post-coito con otra mujer en la cama, acaricia la espalda de una mujer desnuda y acosa al personaje de María Aurelia Bisutti sin nungún pudor. “Soy una antorcha que arde en el corazón de otra gente”, dice Inés, y si el infierno en la película es una fría habitación de hotel, el fuego lo aporta una lesbiana hot.

Si Huis clos (A puerta cerrada) cuenta la historia de cómo murieron tres personajes y fueron a parar al infierno, la película invierte el relato moral de la muerte poniendo fin al lesbianismo, porque el deseo de Inés no se detiene ni con la muerte. En su entrega actoral, Ledesma, quien fue destacada por la crítica de la época, hace una performance tremenda y redondea a una lesbiana indestructible, eterna, un deseo desviado que no apaga ni siquiera la muerte. Producida por Olivera y por Ayala, quien también supervisó la dirección de la adaptación al cine, no cedieron a hacer ninguna variación de los contenidos y la versión en inglés, a pesar de haber tenido premios en el Festival de Berlín, fue prohibida en Inglaterra por su contenido lésbico. Huis clos se volvió una película maldita.

Sin embargo, al año siguiente, Olivera va por más y se atreve a hacer su primer argumento para cine para que lo dirija Ayala, la primera colaboración más profunda entre ambos. La película originalmente se iba a llamar “Machito”, pero el título finalmente fue Primero yo, y tiene una dimensión queer tal vez del mismo nivel que Huis clos. El relato sigue a Jackie, un hijo que vuelve de Europa para reencontrarse con su padre, un exitoso automovilista argentino, que tiene una vida de playboy. Jackie vuelve decidido del viaje a seguir su vocación por el ballet, pero su padre quiere que se vuelva un hombre, así que toda la película es un muestrario del machismo disciplinario sobre las elecciones de su hijo. Otra vez, la figura del varón aguerrido es encarnado por Alberto de Mendoza, sinónimo de una cierta virilidad convencional en la época, que esta película pone en crisis. Además, en 1963, Primero yo retrata una comunidad queer relacionada con las artes y la danza, lo hace sin caricatura, sin burla, por primera vez en el cine argentino. Incorporando algunos íconos queer vernáculos al cast, como Bergara Leumann y una muy joven Marilina Ross, frecuente en las películas del dúo. Es una historia frontal y valiente, tal vez un poco dura para la época, y aún para hoy, porque muestra cómo la violencia machista lleva al exterminio. Tal vez por eso fue siempre un poco esquivada, incluso olvidada, aunque fue seleccionada en 1963 para la competencia del Festival de Cannes. Ese mismo año, Olivera produce Paula cautiva, una película que dirige Ayala basada en un cuento de Beatriz Guido donde en el momento que la pareja central de Susana Freyre y Duilio Marzio se besan están viendo una escena de Rodolfo Valentino, el latin lover marica. Pareciera que durante los 60, en las películas pioneras de Ayala y Olivera, todo amor debía tener algo queer.

EL CINE LOS CRÍA: ELLOS PRODUCEN

Sobre una idea de Olivera, en 1966 Ayala dirigió Hotel alojamiento, película que creó todo un subgénero de la picaresca argentina de historias corales en habitaciones de telos. En una escena, una pareja de hombres entra abrazada al hotel y genera confusión. Como cuenta Olivera en su autobiografía, la película hizo renacer a la productora Aries, y generó otras dos, la primera fue La gran ruta (1971), que transcurre en un albergue transitorio en la Panamericana, y allí comienza a tener una mayor presencia el cross dressing, el drag y el travestimo que será parte esencial de la picaresca de Aries. Por esos años, Héctor Olivera debuta en la dirección también con Psexoanálisis, sobre varias parafilias de pacientes de un falso psicoanalista, uno de ellos interpretado por Julio de Grazia, quien lograba asumir su gusto por travestirse. Incluso, a mitad de la década del 70, Aries produjo Mi novia el… (1975), cuyo título original tenía la palabra “travesti”, pero fue censurado. La película toca el tema de la transfobia, pero como mucha obra picaresca es moralmente ambigua, en parte es una transgresión, pero también es una burla. Con las numerosas películas producidas por Aries y protagonizadas por el dúo de Porcel y Olmedo, el travestismo y la presencia de maricas se convirtió casi en un rasgo obligado, tanto en películas para adultos como para niños. El summun fue Atracción peculiar (1988) que es casi un carnaval travesti y fue la última película de la dupla. Y si bien se pueden juzgar muchas de ellas con una dimensión ofensiva, hay ciertas desviaciones valiosas. Sin embargo, Ayala y Olivera solo producían y no estaban tan involucrados en cuestiones más creativas de la saga de Porcel y Olmedo. En la película La nona (1979), que sí dirigía Ayala, “tuvo algún problema con la censura”, como revela Olivera en el libro, porque se decía que “no podía autorizarse una película que denigraba a la abuela, pilar fundamental de la familia cristiana”. Tal vez, para los censores de esa época, la denigración era que la abuela era interpretada por el actor Pepe Soriano travestido.

Después de sus películas picarescas iniciales, Olivera prefirió dirigir películas como La Patagonia rebelde o La noche de los lápices, entre otras que no tenían una dimensión queer. Sin embargo, Ayala, hasta el final, parecía siempre incluir al menos algún gesto queer en cada una de las películas que dirigía, como exponer el culo de Federico Luppi en El año del conejo (1987). Pero Dios los cría (1991), la última película de Ayala, quien murió en 1997, significó una suerte de testamento queer. Infravalorada en su momento, incluso Olivera en esta autobiografía no solo no le da mucha importancia, sino que hasta la trata de transnochada. Sin embargo, con un guion basado en un caso real leído por Olivera, la película retrata los hábitos de un personaje homosexual interpetado por Hugo Soto, que se monta para salir y frecuenta una disco muy queer. Hasta ese momento el cine argentino había hecho representaciones de homosexuales en pareja entre cuatro paredes, sin vida social. Tan pionera como otras de sus películas, Ayala-Olivera crearon un sentido de comunidad LGBTIQ como nunca antes se había visto. Además, el personaje gay terminaba haciendo una alianza con una madre prostituta, interpretada por Soledad Silveyra, formando una familia con su hijo. Por supuesto hay también mucho camp en Dios los cría, empezando por la presencia de China Zorrilla. En el momento del estreno de esa película, a inicios de los 90, a la Comunidad Homosexual Argentina le había sido negada la personería jurídica, y aún no existía la Marcha del Orgullo en Buenos Aires. Hoy esa película sigue olvidada como muchos de los gestos de avanzada de las producciones de Aries. Esperemos que esta biografía de Olivera ayude a rescatar una cultura queer que en muchos casos hizo historia y hasta aún desafía al presente.



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Cisexismo y salud: Desaprender el transodio en el hospital | La mirada de An Millet sobre el sistema de salud argentino



El libro es una invitación a acomodarse -si es que es posible- del otro lado de la lupa desde la que históricamente el sistema de salud ha observado a las personas trans. An Millet lo hace con liviandad en la palabra pero con un peso específico en el análisis de cómo funciona el cisexismo -eje de opresión ejercido por las personas cis sobre las personas trans- en el campo de la salud. Para la tarea toma experiencias concretas de trabajadorxs de la salud a quien él llama “trabajadorxs inesperadxs”: personas trans o no binaires que llegan a trabajar a un hospital y la matrix administrativa no está lista para ellxs, son inimaginables para la institución. Lejos de quedarse en esa esperada pasividad frente a los hechos, despliega una serie de pistas que se pueden mirar sin lupa y que orientan a personas cis en general y trabajadorxs de la salud en particular a ensayar prácticas más justas con las personas trans.

La escritura en pleno aislamiento, la condensación de muchos años de lecturas y reuniones de militancia, las salidas en cuarentena a pasear con “Chino” -su compañero perro-, la voluntad de convocar a profesionales de la salud que estén pensando ideas aledañas a las suyas y un enorme caudal de preguntas a responder, componen la costura corajuda de este primer libro de An Millet: “El libro es un poco la levantada de un cartel en una marcha que dice “acá esta la lesbiana trans que trabaja en el sistema de salud, si alguien quiere venir a charlar, yo estaría chocho”, dice y levanta los brazos como sosteniendo una pancarta.

El libro tiene muchas preguntas, una de ellas es: ¿qué es lo que nos cuesta tanto de una lesbiana que también es trans? ¿La podés responder?

-Debe haber muchas respuestas para esa pregunta, yo no las ensayé. Pero creo que hasta que no tenemos la posibilidad de imaginar algo no puede ser real. A mí me costó muchísimos años imaginarme que podía ser una lesbiana que también era trans. Por ahí una de las cosas que nos cuesta tanto es la imposibilidad de esa existencia como un imaginario. Después aparecen otras resistencias que son políticas, pero me parece que la resistencia inicial es que ni siquiera podemos imaginar que esa subjetividad exista.

Decís que las personas trans han sido “enrarecidas por el cisexismo”. ¿Te pasa que querés des-enrarecerte?

A mí no me pasa si no que me pesa. Me pesa siempre la mirada, para mí la fuerza de la mirada está muy sobreestimada. La potencia de la mirada en la calle, en un consultorio o en una fiesta. Cuando sabés que alguien te está mirando porque te está intentando descifrar, te mira de arriba a abajo y vos solamente estás en el subte medio de mal humor porque tenés que ir a laburar, me encantaría que esas miradas no existieran. Hay algo de poder habitar la vida sin que te estén marcando todo el tiempo que el cisexismo te ha construido como una otredad, una otredad que a mí me gustaría que se des enrareciera.

Descisexualizar y desaprender son al menos dos de las estrategias que proponés para mirar desde ese otro lado, a propósito del título.

-Para desaprender hay una necesidad de aprender esas formas de desaprender. No es simplemente decir “voy a dejar este tarro acá, cargado de todo el conocimiento cisexista que tengo y ya está, se acabó”. Lo que me parece que viene siendo muy injusto es que en general somos las personas trans las que hacemos ese esfuerzo porque a otras personas se les ocurre ser un poco menos cisexistas. Hay cosas como leer o estudiar que las personas que estamos atravesadas por algún sistema de opresión hacemos por necesidad personal, algo que para mí sería fundamental que hicieran también las personas que están más cómodas. Que las personas blancas leamos estudios sobre racismo, que las personas flacas leamos al activismo gordo, que las personas cis lean a personas trans sería un paso indispensable para que ese desaprendizaje fuera un poco menos injusto. En el interín hay momentos en los que a mí me interesa hacer ese esfuerzo, como por ejemplo con este libro: lo escribí para personas que trabajan en el sistema de salud y quieren ser menos cisexistas.

La Ley de identidad de género y la Ley de derecho a la protección de la salud mental atraviesan el libro pero también hacés un señalamiento de las distancias que hay entre esas leyes y la formación de profesionales de la salud. ¿Cómo describirías esa distancia?

-Quienes hoy habitamos el campo de la salud tuvimos una formación que no contemplaba esas leyes porque al momento de nuestra formación eran muy recientes. Me parece que son dos leyes que proponen un cambio radical en perspectiva sobre la vida de las personas, pero que a su vez están muy lejos de lo que el sistema educativo formal nos puede ofrecer. Extremadamente lejos. Esa distancia no se salda con maestrías o especializaciones que es, según mi punto de vista, a lo que el sistema de salud está empezando a tender. Intentamos resolver este problema haciendo cursos y seminarios y no creo que sea ese el camino

Sobre todo porque no hay personas trans en esos cursos y seminarios.

-Sí. La distancia es mucho más difícil de achicar y no se soluciona con un taller de dos horas sobre estudios trans. Eso no puede saldar la cantidad de años de formación que tiene un profesional de la salud encima. A mí las producciones de personas trans me han llegado más tarde y eso tiene que ver con muchas cosas, pero particularmente creo que tiene que ver con la valoración del conocimiento, la injusticia epistémica hace que el conocimiento producido por personas trans sea un conocimiento menos valorizado y con unos circuitos mucho más limitados. No se dice de entrada “ah esto es brillante” porque históricamente nos han dicho que las personas trans no pueden ser brillantes. Tiene que haber una disponibilidad colectiva a que las producciones de personas trans sean reconocidas como conocimiento.

Una de las imágenes que proponés en el libro es el ciseximo como un lente para ver el mundo. Te metes en esa graduación ocular con muchas estrategias, una de ellas es apelar al juego como táctica para el análisis de esa lente.

-Sin duda. Para mí el juego tiene un impacto que aborda justamente eso que hablábamos de la imposibilidad de lo imaginable. Tenemos el problema como humanidad de asociar el juego solamente a la infancia. Y la infancia está a su vez asociada a la disponibilidad, entonces siento que hay algo del juego que nos lleva a una disponibilidad que es distinta a la que sucede cuando nos sentamos a hablar de teoría o discutir ideas. El juego nos obliga también a perder la pose y me parece que esa disponibilidad se termina traduciendo como un sustrato mucho más fértil para desaprender.



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“Amores bárbaros”: Monogamia y patriarcado, un solo corazón | Un libro para heterosexuales y no tanto que buscan una vida mejor



Es responsable de un pensamiento propio que él mismo también reconoce tributario de formulaciones ajenas, algunas muy anteriores a sus investigaciones. Es un pensamiento forjado en la ciudad cordobesa de Río Cuarto, en la que fue un profesor universitario amado por sus alumnos y combatido por algunos colegas. Con ese doble apellido lleno de erres (como para que la voz pese cada vez que se lo nombra), el Licenciado en Filosofía especializado en Ética Aplicada Abelardo Barra Ruatta salió del armario de ciertas ideas “imposibles” en 2013 con El animal que calza. Erotismo del pie y del zapato, libro que marcó su desembarco definitivo en el estudio y la exploración personal de zonas eróticas que para la heterosexualidad suelen permanecer silenciadas. A partir de él, de su diálogo con mujeres de todo el mundo a propósito de la “podolatría” y una sexualidad extragenital, Barra Ruatta cobró fuerzas, publicó un nuevo libro en Buenos Aires –Ética erótica. Política, tecnología y gestión de los placeres (2019)- y ahora, en este enero pandémico y enrarecido, presenta Amores bárbaros. El asedio a la monogamia patriarcal (Prometeo Libros), un trabajo que define como su mejor libro y en el que propone desarmar la monogamia obligatoria en la que viven, sin opción aparente, miles de millones.

Aunque aquí en territorio de SOY suene ajeno, Barra Ruatta es heterosexual. Piensa desde y para la heterosexualidad, pero planea desregularla. Si los amores, las relaciones, los modos de vincularse que él postula en las páginas de su edición son “bárbaros” es justamente porque no son civilizados, porque en este estado de los Estados que sería la civilización no encuentran más que ataduras internas, deberes sociales y cercos morales. Hay largos párrafos sobre celos, conflictos, swingers, rechazo a la noción de pareja nuclear con compañeros ocasionales y apología de la orgía como momento tan íntimo como desenfrenado.

Abelardo cree en el amor. Cree que el amor es digno, poderoso e intenso. Esa intensidad, dirá, no puede ser sentida y destinada sólo a otra persona, a otre más y a nadie más. Como quien aprendió a multiplicar observando las prácticas de varones gays, asoma en sus argumentos aquella “promiscuidad” con la que históricamente se combatió a los homosexuales. De hecho, la reinvidica expresamente: “Yo reinvindico la idea de promiscuidad porque veo en ella mezcla, desorden, cambio, transformación y cohabitación simultánea de amantes con libres y voluntarios proyectos de convivencia amorosa en un orden desprovisto de jerarquías excluyentes y devaluatorias”. Barra Ruatta homenajea así al trolaje histórico, ubicándolo en la cima de la “sofisticación erótica” de Occidente: “La homosexualidad llegó a ser la forma sublime de las relaciones sexo-afectivas” anota. Por eso, también por eso, dialoga con SOY.

En Amores bárbaros hay una sentencia transversal: “La monogamia es una forma de la propiedad privada”. ¿Por qué?

Yo lo vinculo con cierta seguridad que me viene dada del conocimiento histórico respecto de cómo emerge la propiedad privada, muy vinculada a aquellos momentos donde es necesario tener absoluta seguridad sobre a quiénes se van a legar los bienes. En este sentido, es cuando el varón, el patriarca, el macho se apropia del útero femenino y así del cuerpo de la mujer. En ese momento la transforma en un enser, una parte de la casa; como un mobiliario, un útil. Incluso en el pensamiento griego totalmente sofisticado ya, sutil y desarrollado, en La política de Aristóteles, en el capítulo dedicado a la economía, la mujer forma parte de la casa, es la encargada de manejar a los esclavos, como una cosa; la mujer en Aristóteles no es plenamente racional, es capaz de comprender la razón pero no tiene la racionalidad en su total plenitud, es decir que tenemos que señalar que Aristóteles -esto lo hice mucho como profesor y molestaba mucho a mis compañeros- fue el padre del machismo. 

¡Alta acusación para Aristóteles! 

Y eso no sería lo más grave: lo más grave es que fue el padre de la esclavitud, porque él consideraba que había hombres que carecían de racionalidad, que había esclavos que lo eran por naturaleza y la mujer estaba un poquito por ahí, cerca. A partir de ahí ella queda totalmente al servicio de la reproducción, la forma primitiva del capital. De un modo más bien grosero, siempre se ha procurado que los capitales se reproduzcan. En los períodos medievales, los feudales a través de alianzas matrimoniales, que dan por efecto el aumento de cuestiones patrimoniales, de fortuna, de poder mucho más amplio. La mujer fue siempre un bien de cambio, de trueque. Eso implica someterla a monogamia.

De allí que insistas en el libro con la innaturalidad de la monogamia. Decís que la monogamia no es natural ni antinatural: es innatural.

Porque es una práctica cultural que no está ahincada en la naturaleza. Hay un intento mistificador llevado a cabo por quienes detentaban el poder, y para quienes todavía lo detentan y lo custodian: quieren mostrar que ciertas cosas son absolutamente naturales. Entonces, yo no diría que se trata de algo totalmente antinatural porque no es antinatural amar a alguien, no es antinatural querer estar con alguien, lo que quiero tratar de mostrar es que es una construcción, una forma de unión construida culturalmente y que perfectamente puede ser discutida, disputada, relevada, modificada. Carece de naturalidad, no tiene nada de natural. 

¿Y el amor?

En la introducción -que es un poco larga- a mi me interesa mucho demostrar cómo los sectores dominantes de todas las épocas se apropiaron de la palabra, e identificaron la palabra con la cosa. Tenemos todavía la libertad de poder seguir construyendo mundos posibles que siguen emergiendo porque existe la cosa sin nombre. La cosa amor no se agota en la monogamia, se agota en formas que ni sabemos cuáles van a ser, como las relaciones interespecies o las relaciones con máquinas, con híbridos. Jamás vamos a tener la última palabra. Nunca vamos a poder definirnos aunque para algunos la indefinición puede llegar a ser algo muy doloroso de aceptar, como una carencia de identidad.

Los feminismos y buena parte de lo que el mundo llama diversidad sexual sí ha experimentado desde siempre formas de relacionamiento no estrictamente monogámicas. ¿Por qué crees que la heterosexualidad no?

Las causas deben ser más que una. Me parece que en otras formas de relacionamiento no heterosexual estamos encontrándonos con algo interesante. El nombre absoluto del amor vendría a ser la relación entre un hombre y una mujer. Ese es “el amor”, ese es el paradigma, de modo tal que cuando algo rompe con eso ya estamos frente a una cosa novedosa y rica, completamente distinta y que puede ser un disparador para otras exploraciones. Ahí encontramos sujetos díscolos, disidentes, sujetos que instalan una ruptura de esa unicidad. La cosa se vuelve más fogosa, más como el fuego, más como Heráclito, la idea de la llama que no tiene formato. El amo, el dueño de la palabra, es un tipo enfermo, hay cierta patología en el amo y es la perversión de su carácter; un tipo atravesado por un mal moral que es su deseo de posesión absoluta. Nada puede ser discutible. La permisibilidad en una relación heterosexual -sumar experiencias, emprender exploraciones- es un menoscabo del carácter del macho. El macho ve cómo se restringe su potencia masculina. 

El factor macho entra en juego…

Su ser macho se deteriora, decrece cuando permite algo, cuando está en juego. Este aspecto que yo diría es de más tipo psicológico tiene que ver con cierta dignidad moral. Que esté todo bajo control. Ese control es lo que ha impedido que existan otras cosas, lo que no significa que ese ser perversamente maligno ha sido sin embargo un monstruo que ha hecho todas las tropelías sexuales habidas y por haber, ha tomado el cuerpo de las personas más frágiles que han sido las mujeres a las cuales las violó sistemáticamente en sus aventuras colonizadores por todo el mundo, las sometió en América, en Asia, en África por todas partes, pero por supuesto siempre vistas como simples cosas y en las propias sociedades en donde estos individuos moran también lograron instaurar un sentido común que expulsa al macho de ciertos deberes que son absolutamente necesarios de respetar por parte de la pareja en su conjunto. La mujer jamás puede vulnerar la norma heterosexual básica que es la fidelidad, ese compromiso asumido no lo puede dejar nunca, en cambio el varón… Por eso siempre existieron las amantes, los prostíbulos, “las segundonas”. Para la mujer ha existido cuando mucho el tipo que fugazmente la puede haber enamorado en un pasillo diciéndole una palabra hermosa. Este hombre duro, este macho, no necesita decírselo porque ella es su esclava, no necesita enamorarla permanentemente, esa es otra de las cosas trágicas… no hace falta amar a esta persona, hace falta mantenerla ahí como un muebles de la casa.

LA FUERZA DEL CARIÑO

“Comunalismo de los afectos” y “Camaradería amorosa”, dos conceptos clave que Barra Ruatta emplea a cada renglón. El primero busca superar al mero comunismo y priorizar el cariño como principio constructivo. El segundo, piensa en el respeto y, cómo no, en el romanticismo bien repartido. Si hay algo a lo que su libro no le teme, además, es a los posibles eslóganes. Como una caja secreta de mantras condenados al arte gráfico en el espacio público, asoman en él afirmaciones del tipo “Nuestra desnudez consiste en desvestirse”, “Toda solidez es una provación a la verdad” y “Un tiempo decidido por la vitalidad de los afectos”. En las útlimas décadas, las derivas teóricas de Barra Ruatta lo alejaron de su relación monogámica con el marxismo. Hoy es feliz con su poliamor anarquista y a ese poliamor gusta en llamarlo “el acaso de los gustos”.

Amores bárbaros está dedicado a tus hijes y a la libertad con la que en este orden puedan vivir. ¿Qué sentís hoy respecto de nuestra sociedad? Si hay cambios, ¿llegan a ciertas provincias?

En las provincias las cosas vienen retardadas. Hay cosas que van cambiando pero siempre hay más lentitud. Aprendo con mi hija menor, de 16 años. Pero la sociedad va a tener cambios que no vamos a poder imaginar. Es cierto que para el poder moral -hay que saber identificarlo porque es un poco foucaultiano difuminado por todas partes- bueno ese poder se va a sentir muy escandalizado y por cierto ya se sienten escandalizados sino no estaríamos hablando de estos libros en donde decimos que estamos poniendo en cuestión lo existente.

¿Y cómo te fue a vos en este sentido? ¿Pudiste asediar al aparato monogámico?

Ética erótica. Política, tecnología y gestión de los placeres, mi libro anterior, está dedicado a la mujer con la que vivo. Ahí yo le digo que ella ha entendido mi necesidad de emprender viajes hedónicos que tienen que ver con crecer y con la libertad. Con ella tenemos muy hablado cómo puede fructificar una relación. Estamos muy abiertos a la libertad, lo que no significa que sea muy fácil en una ciudad como esta encontrar gente que abiertamente se atreva a pensar como uno. Me cuesta bastante. Te doy un ejemplo fundamental que es el libro que más me interesó haber escrito, El animal que calza. Es un libro para el que me costó una barbaridad encontrar interlocutoras. En él hablo del pie femenino y me resultó muy difícil encontrar modelos sin que la invitada creyera que se trataba de una relación perversa, asquerosa, una relación degenerada. Es difícil gestionar este tipo de posicionamientos políticos amorosos, son complejos en ciudades pequeñas. Me imagino que en todos lados, por eso aparecen reductos y lugares donde la gente piensa parecido y se junta. Acá no hay un lugar donde la gente parecida se junte.

De vuelta, las disidencias están ya habituadas en muchos casos a la erótica del pie. ¿Es impensable esto por fuera de ellas?

 

Un poco sí, porque es poner en asedio un régimen de verdad, un régimen de relacionamiento, un régimen de producción de saberes, de conocimiento, de afectos y emociones. Por eso en mis dos últimos trabajos hay una apuesta fuerte a la transformación de la sociedad. Yo encuentro que va a existir una férrea resistencia a aceptar otros modelos. A mí lo que me parece es que nosotros debemos luchar para que esto no se vea como una anomalía. En todo caso, todo es artificial. Yo me imagino una sociedad sin propiedad y no tengo ningún problema en usar la palabra, de hecho lo digo lo largo del libro: anarquía. Para mí lo anárquico, es decir el triunfo del individuo – tema interesante porque es el individuo dentro de la comunidad, lo que yo veo es que hoy la idea de comunidad excluye a la idea de individuo, es decir la comunidad que muchos quieren construir es una donde se disuelven las individualidades-. Sueño con un mundo en donde el individuo sea el centro de la sociedad y no hay otra forma de ser individuo sino en comunidad. Que el individuo florezca como como singularidad, como agente de cambio.



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¡Mamita querida!: Manuel Puig por Analía Couceyro  | La traición de Rita Hayworth en vivo 



No es extraño que en los días en los que Manuel Puig peloteaba títulos con ayuda de eventuales lectores para el borrador de La traición de Rita Hayworth, un candidato de peso fuera “Pájaros en la cabeza”. En el monólogo del personaje de la madre, Mita, su mente es todo un nido: un caos finamente calculado hecho de consultas con la almohada, recuerdos, divagaciones y citas de radioteatro. Mita, es sabido, tiene demasiados rasgos en común con otra madre, la de Puig, María Elena delle Donne, conocida como Male, quien también fue aliada de aquel niño retraído que encontraba amparo viendo películas en la sala del polvoriento Coronel Vallejos. Por su parte, Mita encuentra en la complicidad de un lenguaje común con el hijo chispas de rebelión, pero no las suficientes como para rescatar al pequeño de las habladurías, ni de los menosprecios del padre, que se refiere a él como “petizo llorón”.

STREAM POR STREAMING

Todo surgió por un juego de palabras. Así lo asegura Silvia Hopenhayn en relación al ciclo “El fluir de la conciencia” en el que se enmarca este monólogo basado en la novela de Puig. “En los talleres de lectura que hacemos con Ernestina Gatti quisimos sumarle a esta nueva era virtual, algunos encuentros puntuales, por fuera de la lectura que hacemos a lo largo del año con todos los grupos. Dijimos ‘¿Qué tal si hacemos stream por streaming?’”, relata la periodista, crítica cultural y escritora sobre este ciclo que se centra en el recurso del monólogo interior, también llamado stream of consciousness. “Y así fue: nos pusimos a rastrillar las novelas que venimos leyendo, en busca de monólogos interiores. A fines del 2020 comenzamos con los fundantes, Osqui Guzmán realizó una lectura interpretativa de Bernard en Las Olas de Virginia Woolf y en diciembre Marilú Marini fue la voz de Molly Bloom. Ahora estamos eligiendo monólogos no tan canónicos, pero existentes en las novelas, como el de Mita, la madre en La traición…, y el próximo es de Clarice Lispector en La pasión según G.H…”.

Entre los capítulos de La traición de Rita Hayworth había mucho para elegir, recuerda Hopenhayn. “Es increíble que siendo la primera novela que publicó Puig haya jugado al Ulises de Joyce, cambiando de personaje y género en cada capítulo, confesando que le parecía una propuesta muy original la del dublinés, aunque no había terminado de leerla. La pispió y le sirvió. Este año, con los grupos que estamos leyendo literatura argentina del siglo XX, la novela causó impacto. Y me quedé con las ganas de retomar el monólogo del capítulo VIII, tan conmovedor, duro y lírico…”.

¿QUÉ TENÉS EN LA CABEZA?

En las cavilaciones de Mita conviven la planicie de Coronel Vallejos con la profundidad del duelo por el hijo menor. “La angustia y frustración de esa pérdida se mezclan con las voces del pueblo, de quienes hablan con ella. Esta mujer no puede dormir, está desvelada. Tiene a su marido al lado, pero no puede compartir con él esto que le pasa. Su marido le tiene prohibido llorar, tanto a ella y como su otro hijo, Toto. Algo muy atractivo en la novela es la identidad del hijo, que claramente es parte de una diversidad no amparada por la época ni el pueblo”, dice Couceyro sobre su personaje.

Mita va de los jazmines del aire y los árboles de mandarina a las pesadillas con bisturíes, sin solución de continuidad. “Quizás lo más interesante de Mita sea también lo más difícil de lograr a la hora de interpretarla. Esto es el devenir de sus pensamientos que la llevan de un campo de reflexión a otro prácticamente sin transiciones. El monólogo tiene algo muy interesante y es que ella varias veces dice que con su hijo, Toto, ‘volaron tan alto en sus fantasías que se cayeron también desde muy alto’. Hay algo de eso que está todo el tiempo presente, es decir, la tensión entre el universo fantástico, romántico, de las flores, la flora, y el universo de la muerte”, dice la actriz sobre su personaje. Desde ese espacio aparentemente idílico “se cae a algo más concreto como la aparición de la enfermera, que irrumpe para dar la noticia de la muerte de ese niño”.

LENGUA DE LOCAS

Además de compartir observaciones y criterios, el cordón entre la madre y el hijo, como también pasaba entre Puig y Male, está nutrido por la cinefilia. “Hay todo un universo de fantasía que les permite alejarse” de ese contexto de opresión en el que están, dice Couceyro. En muchas de las cartas que Puig le enviaba a su mamá, así estuviera en Europa, Brasil o Estados Unidos, hay referencias a diálogos y personajes de películas que vieron juntos o comentaron a distancia. Y también incurre en una anticipada forma del spoiler: figuran en las cartas las sinopsis de películas que el hijo le relata a su mamá, títulos no estrenados todavía en Argentina. Tiempo después de la muerte de Puig, muchos escritores amigos seguían visitando a su mamá -que llegó a cumplir 99 años- para llevarle “lo último en DVD”. En el monólogo de Mita, por ejemplo, madre e hijo vuelven una y otra vez al musical El gran Ziegfield, una historia ideal para la evasión por pomposa y burbujeante, exponente de la era de oro de Hollywood. Al igual que la Male de carne y hueso, Mita escapa sistemáticamente de la chatura autoritaria del pueblo de la mano de Toto a través la sala oscura.

Como Toto, Manuel Puig percibió desde la infancia la violencia que en su entorno se ejercía contra niños y mujeres, por eso eligió sus voces para para hacer frente a lo que llamó la “sistemática humillación de todo lo que fuera débil o sensible” y el “prestigio que tenía la fuerza” en su pueblo, y en todas partes. Y si es cierto que en La traición de Rita Hayworth lleva adelante un rescate de la voz materna, también se ha dicho que repone lo que Néstor Perlongher llamó “lengua de mujer”: un “entretejido de lugares comunes /, que deja sentir, como al trasluz, / la fina agudeza de la vocecilla impertinente, / dejando dicho lo que no decir”. Mucho de lo que a los personajes les quedó por decir, o por llorar en el caso de Mita, se entreteje en ese fluir del stream of consciousness. Como explica Hopenhayn, eso sucede “sobre todo porque el monólogo interior, supuestamente, no se dirige a nadie. No se trata de un discurrir inconsciente, de asociación libre, sino que es un pensamiento montado sobre la percepción, donde se combinan tiempos, sensaciones, ideas, recuerdos. Es consciente, veloz, revelador y al mismo tiempo, confuso. No es un recurso fácil, aunque parece que el lenguaje surgiera a borbotones, merece una lengua particular, con un ritmo medio rumiante”.

“El fluir de la consciencia”: viernes 22 a las 19. Informes e inscripción a: [email protected]



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