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Esposas sin esposas | 10 años de Matrimonio Igualitario: entrevista a María Rachid



En 2007 María Rachid se presentó en el Registro Civil de la calle Uruguay con Claudia Castrosín Verdú. Iban a intentar casarse pero sabían que les iban a decir que no. Un acto finamente calculado en el marco de la campaña por el matrimonio igualitario: se convertirían en una pareja de lesbianas de altísima exposición en tiempos en los que casi nadie quería hacerlo. Claudia Castrosín había sido su compañera desde los primeros años de La Fulana, organización que nació como refugio para mujeres bisexuales y lesbianas que eran expulsadas de sus casas. El amparo llegó hasta la Corte Suprema, que no llegó a pronunciarse porque la ley de matrimonio se aprobó antes. Un ribete menos popular de la historia es que en verdad pasó tanto tiempo entre que redactaron el amparo, que cuando llegó el momento de presentarlo Claudia y María ya estaba separadas.

En 2015 Rachid volvió a ese mismo Registro, donde tantas veces le dijeron que no, para decir que sí: para casarse con Maribe Sgariglia. En la ceremonia, contó que había conocido a Maribe en la militancia. Sentada a su lado estaba Claudia Castrosín. Era una de las testigos. El álbum de bodas de María parece una puesta en práctica de lo que Adrienne Rich llamó contínuum lesbiano, una suerte de rizoma de mujeres que cuidan unas de otras, crean alianzas y vínculos que se transforman de modo que todo quede en familia. Una forma de disidencia frente al modelo de ruptura con desgarro que propone la heterosexualidad. “Siempre terminé muy bien con todas mis relaciones, y en el caso de Claudia siempre decimos que somos de una misma tribu en la que, incluso, maternamos en comunidad junto a otras amigas e incluso a su ex pareja”, cuenta Rachid.

¿Será eso lo que hace que en general las rupturas entre lesbianas suelan ser menos brutales que para lxs heterosexuales?

Quizás nuestra comunidad tiene más erosionado el principio de “propiedad” privada que rige en las relaciones en general, y eso permite mezclar afectos y relaciones anteriores con nuevas relaciones sin que esto genere inconvenientes. Por otro lado, a veces por haber perdido vínculos familiares en nuestras vidas, o por tener durante mucho tiempo prohibidas las fórmulas familiares construidas por esta sociedad, es que hemos generado nuestros propios conceptos de “familia” donde entran distintos tipos de afectos, que no dependen de las reglas establecidas por la monogamia que a veces no sólo rigen sobre la sexualidad sino sobre los afectos en general.

Tenés con Maribe un bebé de ocho meses. ¿Cómo se llevan hoy tu maternidad y tu activismo?

Cambió la perspectiva de todo en mi vida y seguramente también mi militancia lésbica. Me hizo conectarme un poco más con las cosas que nos pasan a las mujeres, como identidad política, en general, y la intersección de eso es mi militancia lésbica. La llegada de Camilo implica por supuesto millones de cosas hermosas pero no me imaginé que podía ser tan difícil. Esta sociedad no está preparada para nada para la maternidad. Y eso es algo que yo sinceramente no había visto. Una lo sabe desde la teoría pero no lo dimensionás hasta que no lo pasás. Son necesidades que muy poca gente atiende, incluso quienes somos feministas y fuimos legisladoras. Pienso “¿Cómo no metí un proyecto por esto o por lo otro?” Partiendo por ejemplo de lo que es el transporte público para una embarazada.

¿Qué le enseñó el debate por el Matrimonio Igualitario a la opinión pública?

Una de las razones por las que insistimos en que la palabra fuera matrimonio y no ninguna de las otras fórmulas que, hacia el final, nos ofrecían era que el Estado estuviera dando un mensaje de igualdad. Se pone a la igualdad jurídica como piso, aunque eso no se traduzca en la realidad inmediatamente. La consigna que les copiamos a les militantes de España era “los mismos derechos con los mismos nombres”. El significado de la palabra “igualdad” fue cambiando, claro. En los 90 hablar de igualdad era totalmente conservador y de derecha. Las consignas de las marchas del orgullo hablaban de diversidad, diferencia, libertad. A partir del 2003, en otro contexto sociopolítico, eso cambió.

El reclamo por la separación de la Iglesia y el Estado estaba presente en las discusiones en 2010. ¿Cómo se renueva hoy esa cuenta pendiente?

Hay una reacción muy fuerte a las conquistas pero creo que siguen siendo sectores minoritarios que encuentran su fortaleza en algunos sectores del evangelismo y la Iglesia Católica, que tiene gran poder pero no tanto como se imagina. Una senadora en ese momento nos decía que ella estaba a favor de la ley pero que como quería ser gobernadora no podía votar a favor porque allí había más iglesias que sedes de todos los partidos juntos. Finalmente votó a favor y al año siguiente fue electa gobernadora con más del 70 por ciento de los votos. No creo que la población argentina tenga una posición contra el avance de derechos.

El amor era una consigna bastante totalizadora en ese momento, como si no hubiera lugar para hablar de la cuestión contractual del matrimonio…

Fue un gran debate interno. Nosotros nunca quisimos vincularlo al amor, por eso insistíamos con la palabra igualdad. Algunes más jóvenes tal vez planteaban el tema del amor pero no queríamos enaltecer el amor romántico como eje de la campaña. De todos modos fue difícil porque la propia sociedad fue haciendo eso.

¿Decís que era una palabra que ese contexto y para mucha gente funcionaba pero no el eje político?

Uno de los grandes argumentos de Negre de Alonso y otros senadores que estaban en contra era que nuestras parejas no duraban mucho tiempo. Fue gracioso porque años atrás habíamos armado una campaña convocando a artistas que grabaran videos a favor. Algunos eran parejas de artistas y así se habían grabado. Cuando llegamos al Senado, esas parejas, en su mayoría heterosexuales, se habían divorciado. Esa campaña además de mostrar el apoyo de la cultura nos terminó sirviendo para rebatir el argumento de Negre de Alonso.

Casi nada se hablaba de divorcio y separación. De hecho, Claudia y vos estaban separadas cuando presentaron el amparo para casarse. ¿Cómo ves hoy esa estrategia?

Me genera mucha risa. Pero en ese momento no creo que hubiéramos tenido otra opción. En esa época nadie quería presentar un amparo. Desde la organización queríamos que quienes lo presentaran fueran militantes porque iban tener que poder contestar a las preguntas sobre la ley. Cuando se nos ocurrió presentar el amparo con Claudia estábamos bien. Pero tardó mucho en redactarse, participaron un montón de juristas, incluido Raúl Zaffaroni. Presentamos la lay en 2005 y el amparo se terminó de redactar en 2007. Para ese momento nos estábamos separando. Estábamos peleadas pero tampoco sabíamos cómo seguía. Si nos corríamos, no había en ese momento otra pareja que lo quisiera hacer porque se sabía que no nos íbamos a autorizar.

Era mucha exposición y ningún derecho…

Exacto. Conocíamos muches militantes pero siempre había un tío de la pareja que no sabía, un abuelo que se podría infartar. Y esto iba a salir en todos los medios. De hecho, Alex Freyre y José María Di Bello tampoco eran del todo una pareja deseosa de casarse. Para la familia de Claudia fue difícil. Había parte de mi familia que no sé si lo sabía. Nosotras seguimos sin decir demasiado de nuestra separación pero tampoco es que simulábamos estar juntas. Después empezamos a pensar en presentar en otros lugares que no fueran Buenos Aires porque Negre de Alonso empezaba a decir “este es un problema de Buenos Aires, en las provincias no existe”. Dos compañeros de Rosario se ofrecieron a presentar su amparo, entonces Negre de Alonso dijo “este es un problema de las ciudades con puerto”.



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Nuevas percepciones musicales  | Música: lo nuevo de Barda




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Una mujer trans en el Servicio Penitenciario Bonaerense | Entrevista a Ángeles Maribel Helguera, nueva coordinadora de la Subsecretaría de Género de esa fuerza



Hace una semana Ángeles Maribel Helguera estaba trabajando en la Unidad 45 de Melchor Romero en el sector de sumarios, su experiencia en el Servicio Penitenciario de la provincia de Buenos Aires lleva 15 años, tiene 35, es una mujer trans, tiene 3 hijos y juega a la pelota en la Liga de Fútbol Femenino Amateur de La Plata. El pasado 28 de junio, en el Día Internacional del Orgullo recibió el nombramiento como Coordinadora de la Subsecretaria de Género del SPB: “Es algo por lo que venía peleando hace tiempo, el reconocimiento de mi trabajo”, dice mientras transita los primeros días en un puesto sin antecedentes para las personas trans en el Servicios Penitenciario de la Provincia de Buenos Aires.

¿Habías tenido contacto con los pabellones travestis y trans del SPB?

Yo no las conocía, pero ellas me conocían a mi. A partir del nombramiento fui a visitar el pabellón de Florencio Varela porque con la situación de la pandemia no pude moverme más. Las chicas ya sabían mi nombre, mi apellido, un poco más y hasta mi legajo. Hablé con ellas sobre los tratamientos hormonales, la salud y como empezar a desarrollar herramientas para cuando salgan no estén a la deriva.

Te tenían fichada. ¿Qué sentiste con eso?

Me metieron presión (risas). Pero fuera de eso las escuché, ellas no quieren nada especial ni de otro mundo, lo que quieren es que se respeten sus derechos, el domingo hicieron un acto chiquito por el Día del Orgullo, y a mi me gustó estar, para saber cómo se expresan, como se sienten y empezar a trabajar.

Hay 66 personas travestis y trans en situación de encierro entre los pabellones que abarcan el SPB: Sierra Chica, Florencio Varela y Batán, es una población que viene padeciendo una violencia sistemática a lo largo de toda su vida. Te espera un trabajo arduo. ¿Cómo vas a empezar?

Ahora estoy en la etapa de observación, voy a armar un equipo psicotécnico que pueda acompañar las vivencias de cada una, que se pueda entender si afuera tienen familia, si no, si tienen alguien que las visite, que también haya quienes puedan acompañar y sostener las consecuencias de esos hechos de violencia que seguramente padecieron. Yo tengo la experiencia de haber sido vulnerada por ser trans y creo que es posible que el sistema penitenciario se adapte a estas demandas.

¿Trancisionaste trabajando en el servicio penitenciario?

Si, yo comencé mi proceso de transición en 2012.

Debe haber sido difícil llegar un día a la Unidad siendo una femeneidad trans.

Fácil no fue, de hecho me pasó que me enteré de casualidad que existía la ley de Identidad de Género, yo estaba devastada, no aguantaba más y necesitaba hacer el cambio. Cuando la obra social me rechazó la hormonación me enteré de que existía la ley. Obviamente trajo repercusiones y consecuencias por el espacio en donde estaba.

¿Cuáles fueron esas repercusiones?

En ese momento yo era oficial de Servicio en Magdalena, primero se lo comuniqué a las personas que tenía a cargo y lo tomaron bien, después trascendió y “me gané” el traslado a San Martín. Ahí me ayudaron con los papeles y me empezaron a tratar como personal femenino del servicio penitenciario.

¿Cuánto paso desde que empezaste la transición hasta ese momento?

Seis meses fueron para el DNI, después la operación de reasignación de sexo tardó mucho más, empecé en el 2013 y logré que me la aprobaran en el 2017.

Tu nombramiento sale en un contexto en donde se viene exigiendo la aplicación del cupo laboral trans en la provincia y debatiendo la ley a nivel nacional.

El cupo laboral trans es importantísimo porque cuando ellas salgan el Estado las tiene que acompañar, porque si desde adentro trabajamos para poder brindarles herramientas y después resulta que no pueden hacer nada estamos trabajando en vano. Después existe un trabajo mas hacia adentro, el hecho de que yo estuviera en una institución carcelaria, obligaba a la gente al menos a pensar en la posibilidad de un cambio. Yo tengo un carácter bastante fuerte , llegaba un momento en el que frente a situaciones de enfrentamiento o había un acuerdo para pensar en una forma diferente o alguien se terminaba yendo de la Unidad. Muchas veces me fui y muchas otras me quedé. Me pasó de replantearme si quería seguir o no trabajando en el servicio penitenciario

¿Que cosas te hacían replantear esa decisión?

Ascensos que no llegaban, traslados, sanciones injustas. Son cosas igual que yo considero que están en el pasado. Hoy las cosas cambiaron

Tenés 35 años y hace 15 que entraste al servicio penitenciario ¿ Por qué te metiste?

Yo tenía un abuelo que era jubilado del servicio y sus tres hijos fueron policías, él siempre decía ¿por qué no tengo uno que se me haga penitenciario? Se la pasaba llorando por eso, así que yo le di el gusto. Pero entré teniendo una mujer conmigo, yo traté de evitar sentirme así, me auto discriminé, me negué, formé mi familia, tengo tres hijos, pero llegó un momento en el que no aguanté más

¿Había diferencia entre policía y penitenciario?

En esa época si. Los policías se peleaban con los penitenciarios.

¿Qué parte de tu experiencia como mujer trans puede construir una empatía con la presas?

Por ejemplo a mi para la reasignación de sexo me operaron en el Hospital Gutierrez de La Plata, yo se que el equipo médico de ahí estaría dispuesto a dar información e intercambio con el servicio de salud penitenciario, asesorar, que acá en el servicio se sepa que testeos necesitan y como acompañar. Yo tuve que pelear con la obra social por mi operación de reasignación de sexo, a mi me explicaron como era la ley de identidad de género, necesité de la defensoria del pueblo, entonces pienso en que es necesario poder compartir las peleas que fuimos teniendo.

La semana pasada le dieron la libertad a Katalina Martinez Yancha, mujer trans y migrante que estaba en el penal de Florencio Varela, había tenido diagnostico de Tuberculosis y se denunció a través de organizaciones sociales las falencias en el sistema de salud penitenciario

Modificar la estructura del sistema de salud carcelario lleva tiempo, pasó de todo y las personas trans lo sabemos, el desafío para mi es poder modificar esa estructura y hacer que tengan una vida mejor y los derechos que les correspondan dentro del ámbito carcelario.

¿En ese “pasó de todo” hay algo de tu historia?

Si, yo me crié en Olmos y hacía cositas, me vestía con la ropa de mis hermanas y jugaba con ellas a las muñecas pero también estaba todo el tiempo con la pelota. La pasé mal porque desde que tengo uso de razón me siento mujer.

Muñecas y pelota…

Desde que tengo uso de razón juego al futbol y me siento mujer. Las dos cosas fueron juntas. En las ligas masculinas jugué en clubes importantes, cuando transicioné armaba partidos en la Unidad en la que estaba, siempre con equipos de mujeres. En el 2017 me vió el entrenador de Villa Montoro que tiene equipo femenino que compite en la liga amateur platense y me llevo para allá. Ahora juego de volante.

¿Qué diferencia hay entre vos jugando en la ligas importantes masculinas y vos jugando en Villa Montoro?

Hay que entrenarse, no veo tantas diferencias. Si cuando jugaba en la liga masculina la palabra del entrenador era palabra sagrada y ahora no es tan así. 

MUCHO POR HACER 

Katalina Martínez Yancha, es mujer trans y migrante que recibió el diagnóstico de tuberculosis estando en uno de los dos pabellones para travestis y trans que hay en Florencio Varela. 

Desde marzo hasta ahora fue y vino varias veces del penal a los hospitales penitenciarios, pero tiene dos recuerdos que le llenan los ojos de lágrimas: uno es el día de su cumpleaños número 33 en abril de este año, lo pasó esposada de pies y manos en la cama del hospital “El Cruce” de Florencio Varela; el otro es el mes que pasó en el hospital de Olmos: “A veces me daban de comer y otras veces no, dormía y lloraba porque estaba amorracada. ¿Cómo te dormís si no te podés mover para ningún lado?”. Sus compañeras del pabellón 11 de la unidad le hacían llegar algo de comida y de vez en cuando podían hablar. Ellas mismas la habían acompañado y cuidado durante las primeras semanas: “la teníamos aislada, le cocinábamos las tres comidas y la cuidábamos para que sus pulmones quedaran bien limpios” cuenta una de sus compañeras de pabellón que prefiere no dar datos de su identidad. Katalina recuerda esas semanas con alegría: “eran las 9 de la mañana y las chicas ya me estaban haciendo el jugo de naranja con veteraba”. Veteraba es la forma de nombrar la remolacha que tienen en Ecuador, un país del que Katalina y su prima Naomi migraron hace 10 años, salieron por tierra y se instalaron en Chiclayo, pasaron por Trujillo y luego llegaron a Lima, trabajaron durante un año en Peru y luego partieron hacia Santiago de Chile, cruzaron a Mendoza y finalmente se instalaron en la ciudad de La Plata hace 7 años. El derrotero fue siempre conjunto, durante el tiempo de encierro Naomi iba a una vez por semana a llevarle agua, yogurt, sopa de pollo y arroz, en este último tiempo se la pasaba en los hospitales penitenciarios pidiendo partes médicos que nunca llegaban.

Hace dos semanas a Katalina le concedieron la libertad, casi 4 meses después de los pedidos de excarcelación debido al riesgo en su salud por el Covid-19. En marzo de este año, Katalina llevaba en la Unidad 32 de Florencio Varela 3 años de los 4 que debía estar presa, reunía los requisitos necesarios para no transitar la enfermedad encerrada, sin embargo esto no fue posible. Lo que padeció Katalina ya ha producido muertes y daños irreversibles en las mujeres trans y travestis privadas de su libertad en la provincia de Buenos Aires, “se trata de prácticas inter-institucionales que sistemáticamente ejercen violencia sobre mujeres trans y travestis detenidas en el servicio penitenciario de la provincia de Buenos Aires” dice Aramis, abogadx que viene acompañando a Katalina y que junto a activistas y organizaciones intentan darle visibilidad al caso, aunque tienen muy en claro que no se trata de una historia aislada intramuros: el años pasado fue Mónica Mego, una mujer trans peruana de 36 años que entró caminando a una cárcel y hoy está parapléjica; en el 2017, Pamela Macedo Panduro tenía veintinueve, también migrante peruana, murió de una enfermedad crónica cuya gravedad se profundizó por las condiciones de la Unidad 32 en donde estaba detenida.

“Si no nos ayudamos, el barco de hunde, en eso pensaba yo cuando estaba en esa celda fría del hospital que se supone que es un lugar en donde te tienen que cuidar”. Katalina pasó ese último mes sin ver la luz del día, acostándose muchas veces sin comer y soñanado con su libertad. Ahora esta con tratamiento ambulatorio para recuperarse completamente, mientras habla con esta cronista tiene a su madre desde Ecuador en una videollamada: “no para de mirarme, esta contenta de verme afuera. Yo también estoy contenta, estuve 3 años y seis días encerrada, me da pena que la libertad me la hayan dado desde el hospital y no desde el pabellón en donde estaban mis compañeras”.

La nueva Coordinadora de la Subsecretaría de Género del SPB comenzó con la tarea, las chicas ya vienen esperando desde hace mucho que las cosas cambien, como le dijeron a Angeles el día del orgullo cuando las visitó: “nada de otro mundo, que se cumplan nuestros derechos”. En tiempos de fragilidad que no le vuelva a pasar a nadie lo que le pasó a la Katalina, se vuelve una urgencia.

 



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¿Pop para divertirse? ¡Tango para molestar! | Llega Tango Hembra, el festival donde la imaginación feminista, lésbica y queer le pasa viruta al 2×4



Fue en una clase en La Catedral en 2012. La guitarrista y cantora María Laura Santomil, alias Maleva, llegó a su clase como cualquier otra noche. Estaba acostumbrada a que el número de alumnas superara siempre al de los varones presentes, de modo que venía muy bien que, como era su costumbre, Maleva se ofreciera a conducir a alguna otra chica. “Pero un día, se alteró esa regla y de pronto estábamos parejos y me querían poner a bailar con un señor y ser conducida. Y me enojé. Mucho. Me había empeñado en que quería conducir. Entonces, el señor al que le tocó conmigo, que tendría más o menos la edad de mi papá, gordito, con bigote, tuvo un gesto, me dijo ‘vos no te hagas problema, yo hago de mujer’”.

Las milongas, cuenta Maleva, ya no son lo que eran y aquella escena hoy desentonaría bastante: “En ese momento, se habla así: ‘hacer de mujer’, ‘de hombre’. Hoy la cotidianeidad de la milonga es otra. No existía esta libertad. Yo vivía interpelando a los profesores: ‘si todos pagamos la misma plata, ¿por qué yo puedo practicar el rol que yo quiera? Hoy se habla directamente de conductor/a y conducido/a. Hoy hay milongas que no aclaran si son queer o no queer, y la gente va y baila como quiere y punto. Tal vez alguna a lo sumo se presenta como ‘milonga libre de roles’”.

Maleva es una de las más de ochenta hacedoras de la escena cultural tanguera argentina (músicas, intérpretes, comunicadoras, bailarinas, poetas, investigadoras y gestoras culturales) congregadas en Tango Hembra, el festival feminista que este viernes y sábado ofrecerá una grilla llena de espectáculos con el madrinazgo de Susana Rinaldi, talleres de cambio de rol, presentaciones de libros y más. El cantito que corean a cada rato las cantantes y las organizadoras del evento resume su espíritu: “Atenti, muchachos, el tango ya no es macho”. Se trata del primer festival de estas características en el mundo, un mundo que ya no se parece en nada al 2012.

SER O NO SER (BINARIOS)

“Investigamos y no encontramos otro festival de tango feminista. No, en Europa tampoco. Nuestra idea es poner en valor todo el laburo que hay de músicas, bailarinas comunicadoras en el universo del tango, una tradición que exagera mucho el tema de la masculinidad y donde conseguir trabajo es muy difícil”, dice una de las organizadoras, Florencia Ubertalli.

“Participo y apoyo profundamente la movida pero no puedo dejar de señalar que el nombre del festival reproduce el binarismo que desde el tango queer venimos poniendo en disputa hace muchos años”, acota la cantante Fifí Real, que el sábado 7 de marzo va a compartir escenario en el festival con la orquesta La Empoderada. Participa sí, pero con reservas: “Voy a hacer este mismo planteo durante la presentación. Porque la idea es abrir las discusiones no cerrarlas. Lo que me lleva a pensar: algo que marca este momento es la pulsión por la inclusión. Pero falta preparación para poder generar espacios con personas no binarias. De todas maneras es para resaltar que a todo el mundo le de miedo ser binario y no puedan hacerse cargo de lo que son y ya”.

El nombre “Tango hembra” es una forma de ironizar acerca de lo que decía Julio Sosa, aquello de que “el tango es macho”, responden desde la organización del festival. “Es un chiste y de ningún modo haber usado la palabra ‘hembra’ es símbolo de que seamos un espacio reducido a las personas autopercibidas mujeres, desde el punto vista biológico y de la lógica binaria. Compartimos sin duda el deseo de que haya igualdad más allá del género que cada quien abrace en cada momento de su vida. Tampoco se nos escapa que si bien celebramos la Ley de Cupo femenino en la música como algo positivo, hay un problema que es que otras identidades están quedando afuera. Es un problema no resuelto.”, aclara sobre este tema la cantante Florencia Ubertalli.

LAS DÉCADAS BAILADAS

Desde hace veinte años el tango queer viene sacudiendo el circuito del 2×4, poniendo en tensión la estampita obligatoria para el bolsillo del turista: la pareja de hombre y mujer entrelazados, cada cual en su sitio, con la bandera de fondo. La propuesta del tango queer es, en resumidas cuentas, un intercambio de roles de baile donde conviven las identidades sin jerarquías. Y si se tiene en cuenta la genealogía de cómo fue inserción en las milongas este modo de ser y estar en la pista, se trata sin duda de un aporte de origen lesbiano para revolucionar ese género musical.

Para Mariana Docampo, que presentará su libro Tango Queer en el festival, la movida de la que es pionera creció en cantidad y en calidad. En cantidad, porque hoy en día en Buenos Aires es muy sencillo encontrar una milonga de este estilo cualquier día de la semana, y en calidad, porque el circuito del tango tradicional fue intervenido, flexibilizado y modernizado por la fluidez de los roles y la posibilidad de bailar guiando o dejándose guiar indistintamente en casi cualquier milonga: “salvo espacios especialmente conservadores, no es raro ver parejas del mismo sexo bailando, o ver mujeres conduciendo”, explica.

El Tango Queer, empezó allá por los 2000 en la Casa del Encuentro, con algunas parejas de lesbianas que se acercaban para ensayar paso a paso el quiebre de la tradición. En 2006, en asociación con la Marshall, de Augusto Balizano, Mariana creó el Primer Festival de Tango Queer de la Argentina y desde entonces la propuesta se expandió vertiginosamente. “Una persona de 20 años que se acerca hoy al tango ya no se va a encontrar con un ambiente ultraconservador, marcado por los estereotipos patriarcales, hoy se acerca a una danza que puede bailarse de muchas formas. En la primera década del XXI el tango queer fue una ola previa a la ola feminista actual, al que se liga Tango Hembra”, dice Docampo.

La movida estética originada en los 90 del llamado Tango Nuevo y la proliferación de milongas populares a la gorra en todos los rincones de la ciudad también contribuyeron a esta transformación del circuito del tango tradicional, y a relajar las maneras de bailar. Hoy es muy habitual ver en los ambientes de tango, no necesariamente queer, a dos mujeres bailando juntas, intercambiando roles, o a una mujer guiando a un varón. “Ahora todo es más flexible. Se piensa que siempre fue así pero creer que las cosas siempre fueron así invisibiliza, una vez más, la importancia de la movida de las lesbianas en esta transformación. Porque en La Queer no solo enseñábamos a bailar los dos roles a las mujeres sino que además era un espacio en donde podíamos practicar, y eso es muy importante para afianzar el baile. Siempre propiciamos un ambiente amigable que alentaba esta práctica, les daba seguridad a las mujeres que querían guiar. Hoy si una mujer que recién empieza a bailar quiere aprender a guiar en una milonga del circuito no queer, nadie te lo va a negar, o casi nadie. Antes si querías guiar, era complicado encontrar un hombre que se dejara y había miedo de ‘pasar por lesbiana’ si te veían bailando con otra chica. Hoy el feminismo logró que se reduzca ese miedo. Eso es buenísimo para las lesbianas y para las mujeres en general, porque tiene que ver con nuestra libertad de elegir, nuestra libertad sexual, nuestra libertad de amar”. Hoy la Milonga Queer no es lugar de encuentro exclusivamente lgbti: “vienen todes, pero con nuestras reglas, para quienes quieran tomarlas.”

GARGANTA CON ARENA

“Siempre se habló de que el tango es macho, en las letras y en las composiciones. Si bien falta visibilizar muchos temas y desigualdades, esa visión ya fue. Este festival viene a mostrar lo que ya sucede: que el tango hoy es diverso. El paño de lo que es el tango hoy. También es cierto que tenemos que ser mejores”, cuenta Bárbara Grabinski, voz de la orquesta Desde el sur del litoral. Grabinski quiere decir que falta visibilizar desigualdades, y que se cumpla la Ley de Cupo en la música que se aprobó el año pasado, que plantea reservar un 30 por ciento de la grilla de los ciclos para cantantes y bandas de mujeres.

Falta también que los varones vayan a los festivales de tango feministas como público, disfruten y acompañen. Falta, cuenta Bárbara, que le dejen de decir al oído este clásico con tonada de carcamán: “Mirá que a mí no me gustan las mujeres cantando tango, pero vos Polaca… ohhhhh”. La de Bárbara no es una vocecita de dama: “¡Es una voz gruesa de cancha! Pero a esa voz y a mi actitud recién me las banco ahora, desde hace pocos años. En el escenario y en la vida. Antes trataba de disimular con una actitud corporal ‘minita’. Siempre en mi vida me vi en la necesidad de ocultar mi parte más varonil. De chica me gustaba jugar al futbol en la vereda y las vecinas me agarraban en la calle y me arrastraban a mi casa. Años después empecé a estudiar teatro, y así fue como pasé a improvisar tangos en un bar. Al poco tiempo armé los ciclos Noches Bárbaras para relacionarme más mujeres que estuvieran en el ambiente, mujeres que hoy son mis grandes amigas”. Las quería conocer de primera mano porque sólo le llegaban los comentarios de tangueros: “ésta es una loca”, “aquélla, una jodida”.

OTRAS LETRAS

En la necesidad de que proliferen nuevas letras coinciden todas, y también Fifi Real: “Hasta en las milongas queers se bailan letras binarias. La orquesta de mujeres China Cruel y la milonga Feminil en este sentido son súper interesantes. Porque si no, queremos hacer cosas nuevas pero caemos en la reinterpretación de los mismos tangos. La escena pide nuevas letras que reflejen lo que está pasando en los colectivos. Faltan letras que se puedan alejar no solo de los tangos de los años 40, sino de los de los 90, de ese tango ligado al turismo menemista, ese relato heteropatriarcal cis del tango pasional que se repite en todas las casa de tango, donde se explota a los músicxs y a lxs bailarinxs para seguir con ‘La cumparcita’ y ‘El día que me quieras’”.

El movimiento joven, dice Fifí, debe cruzar la vereda: “No me refiero a los intentos de mezclar el rock con el tango, porque parecería que el tango es sólo algo en lo que caen los rockeros al llegar a viejos. El movimiento joven tiene que ir por un camino descontracturado sin perder la fantasía milonguera. Quiero volver al tango popular que hable de lo que está pasando hoy en la calle. Más allá de los temas del dúo Bife, Alto Bondi y Susy Shock no veo suficientes representaciones marikas dentro del tango canción”.

TANGO HEMBRA: Segundo Festival Internacional Feminista de Tango. Viernes 6 y sábado 7 de marzo a partir de las 18 en el Galpón B, Cochabamba 2536.



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Retrato de una mujer en llamas: la película lésbica del año | Se estrena lo nuevo de la directora francesa Céline Sciamma



El cine de Céline Sciamma es un estudio minucioso del deseo. Lo observa de cerca con la cámara como si fuera una niña curiosa que mira con una lupa el comportamiento misterioso de un grupo de insectos. Retrato de una mujer en llamas no es la excepción a la regla: al igual que en sus otras películas (Water Lilies, Tomboy y Banda de chicas), la directora francesa de 40 años consigue captar el instante preciso donde nace el deseo como emoción privada. El microsegundo en el que un personaje descubre que no había estado lo suficientemente vivo antes de ser asaltado por la sensación extraña del despertar sexual. ¿Cómo se filma el deseo? La protagonista de Retrato de una mujer en llamas, Marianne, interpretada por Noémie Merlant, es una joven pintora que es contratada para retratar en una semana a una dama en un castillo ubicado en la periferia parisina. El destino de Héloïse (Adèle Haenel), la retratada, depende de la imagen que refleje el cuadro. Aquella pintura es la carta de presentación a su pretendiente, un noble milanés que debe elegir a su futura esposa a partir de una versión en dos dimensiones. Lo que todavía no sabe Marianne es que su destino también estará marcado por ese retrato neoclásico. 

“Debes pintarla sin que lo sepa”, le ordena la madre de Héloïse a Marianne. La pintora de pelo negro y ojos grandes para observarlo todo le da su palabra sin conocer a su modelo. No es un amor a primera vista. Céline Sciamma no apuesta a esa clase de milagros porque su fascinación son los procesos de cocción lenta. El beso tardará en llegar, pero hay varias invaluables recompensas. Marianne va construyendo en su cabeza la cara de Héloïse a partir de pistas y un par de descripciones que consigue sonsacarle entre susurros a Sophie (Luàna Bajrami), la dulce criada que guarda todos los secretos escondidos bajo las alfombras del castillo. “¿Tiene pelo rubio?”, le pregunta carcomida por la curiosidad. Antes de Marianne hubo otro pintor que intentó retratar a Héloïse, pero ella se negó a posar para él. Sabe que esa pintura es el fin de su soltería. El principio de una vida que no quiere tener. El misterio sobre cómo es físicamente Héloïse crece a la par de las expectativas de Marianne por estar cara a cara con ella. En un cuarto hay un bastidor de un retrato sin terminar: es un cuerpo sin rostro. Una imagen sin vida.

 

 

Hay un trato entre Marianne y la madre de Héloïse: la pintora debe hacerse pasar por la dama de compañía de la mujer a retratar. Analizar sus gestos cuando estén juntas sin generar sospechas de su verdadero propósito. Retrato de una mujer en llamas dibuja el relato marcando el contraste entre el interior y el exterior. Entre la oscuridad de los rincones del castillo opresivo y la enceguecedora luz que envuelve la playa. 

Como una metáfora que tiene relieve, será de la mano de la pintora que Héloïse consiga escapar de su habitación por primera vez desde que llegó del convento. Tirar abajo la puerta pesada que la encierra y aísla del mundo. Su madre teme que se suicide, al igual que lo hizo recientemente la hermana mayor de Héloïse cuando la obligaron a casarse. Marianne camina detrás de Héloïse, y aún así todavía no puede verla. Hasta que la túnica que cubre su cabeza se desliza por su pelo y podemos ver un enorme rodete rubio que recuerda el peinado característico de Kim Novak en Vértigo (Alfred Hitchcock, 1958). No es solo por el misterio impregnado en cada plano, es también por el latido constante del suicidio. No obstante, para la directora el suicidio no es una amenaza, es un acto de libertad frente al deber ser. Héloïse voltea y la mira fijo a Marianne. Tiene ojos claros, labios gruesos y un pelo ondulado que cambia de forma con el viento. La fotografía de Claire Mathon (la misma que construyó en 2013 los planos de la poética película gay El desconocido del lago) hace de cada escena del film una pintura. Una decisión que va mucho más allá de la cuestión estética. La intención es edificar un museo de arte que nunca visitamos. ¿Con qué clase de cuadros? No hay interés en reflejar fielmente acontecimientos de una época muy lejana, de calcar el carácter realista de finales del siglo XVIII. La meta desafiante y atrevida de Céline Sciamma y Claire Mathon es crear las imágenes faltantes en un período con mujeres sometidas e invisibilizadas. De relaciones lésbicas en silencio y hasta prácticas de aborto por un embarazo no deseado. Modificar el relato a través del cine, de una mirada aguerrida que refunda la historia. Una historia hecha de mujeres fuertes que deciden sobre sus cuerpos. 

Pacto feminista

 

Sophie, la criada del castillo, es un personaje central en el relato: cuando se entera de que está embarazada de tres meses, Marianne le pregunta si quiere tener un hijo. “No”, le responde sin dudar. 

A partir de ese momento Marianne y Héloïse acompañan a Sophie en cada paso del proceso. Juntar los yuyos correspondientes en el bosque para preparar el brebaje, empujarla para que corra en la playa y tenderle la mano si la invade el miedo. La culpa no es protagonista de la película. Pero cuando todo eso no es suficiente para expulsar el feto, visitan las tres la casa de una mujer que realiza abortos arriba de su cama. Sophie se retuerce de dolor sobre el cubrecama mientras un bebé, el hijo más pequeño de la curandera, la consuela con una sonrisa y un mimo en la mano. Es una escena que conmueve e ilumina como las velas que rodean esa habitación feminista. En esa secuencia la directora explica sin palabras que Sophie adora a lxs niñxs, y que el aborto no se trata de muerte sino del respeto al deseo del cuerpo gestante. “Estas historias son peligrosas para el patriarcado”, dijo en una entrevista Céline Sciamma. Cuando cae la noche, Héloïse les propone reconstruir en un cuarto del castillo la escena del aborto para que Marianne inmortalice con pintura ese conmovedor momento. Documenta un acto cotidiano que no forma parte de las paredes del Museo del Louvre. Como sucede en toda la película, los personajes se preguntan una y otra vez qué es lo que quieren. No hay besos robados ni caricias desprevenidas. Céline Sciamma remarca que el amor es consentimiento, y deja en claro que el consentimiento es sinónimo de erotismo y sensualidad

El deseo no tiene marco

En la ópera prima de Céline Sciamma, Water Lilies, pueden encontrarse los primeros bocetos de Retrato de una mujer en llamas. El largometraje estrenado en 2007 es un coming of age queer que también presenta la historia de tres chicas con vidas y cuerpos distintos. Es un cuadro colectivo de mujeres conviviendo con el deseo. ¿En qué lugar del cuerpo se cocina el deseo? Marie (Pauline Acquart), la adolescente protagonista se siente atraída sexualmente por Floriane (Adèle Haenel, la misma actriz que interpreta a Héloïse en Retrato de una mujer en llamas). Water Lilies no es una película de salida del closet, como tampoco ninguno de los relatos de Céline Sciamma. 

La directora no busca que sus personajes definan su sexualidad, simplemente que la atraviesen con goce y un poco de incertidumbre. Marie masturba a su mejor amiga Florianne, quien le pide practicar antes de tener sexo con su novio. Durante las mañanas, entrenan juntas en la pileta olímpica nado sincronizado. Un deporte donde, de lejos, las mujeres parecen todas iguales. Y nunca vemos lo que ocurre en el fondo del agua. Retrato de una mujer en llamas replica la intimidad de dos mujeres que exploran el deseo como campo a conquistar. “¿Todos los amantes sienten que están inventando algo?”, le pregunta Héloïse, absorbida por el susto, a Marianne mientras acaricia sus labios con los dedos. La directora dibuja el deseo como un misterio imposible de cerrar en un contorno. John Berger decía que el arte no sirve para explicar lo misterioso. “Lo que hace es facilitar que nos demos cuenta de ello. El arte descubre lo misterioso. Y cuando se percibe y se descubre, se hace todavía más misterioso”.

El amor como emancipación

Retrato de una mujer en llamas muestra al amor como una obra de arte que se crea de a dos. La mentira llega a su fin y Marianne decide contarle la verdad a Héloïse: que la estuvo pintando en secreto durante las noches. Confesarle semenjante engaño puede ser una desilusión para Héloïse, pero también es una declaración de amor. En el lienzo, en cada una de las pinceladas, se revela la forma en que Marianne mira a su retratada. Héloïse no se reconoce en esa imagen y la retratista decide drásticamente borrar el rostro de su modelo y pintarla de nuevo. Dilatar la separación entre ambas y la concreción de un matrimonio heterosexual arreglado. Marianne pasea con un vestido color carmín, y Héloïse por fin acepta meterse dentro del vestido verde presente en el retrato. Son colores complementarios, como ellas que cuando están juntas hacen la dupla perfecta. Céline Sciamma filma el amor lésbico como un acto de emancipación, lo más lejos posible de promesas que aten a los personajes. “¿Por qué caber en esos finales felices que son más propaganda de un estilo de vida? Nosotras tenemos otro programa político para el amor. Somos más libres”, dijo la directora en una conferencia de prensa. Como la pintora francesa Marie-Louise-Élisabeth Vigée-Lebrun que pintó en 1779 a la reina María Antonieta, Marianne retrata una vez más a Héloïse. Ahora cruzando miradas. ¿Quién mira a quién? Pero, además, la dibuja desnuda con grafito en hojas pequeñas para su colección privada. “Pinto flores para que así no mueran”, escribió Frida Kahlo. Marianne eterniza cada uno de los momentos vividos con su amante. Delinea futuros recuerdos para no olvidar ningún detalle de los gestos de la mujer que ama. Antes de besarse por primera vez, Héloïse le pregunta a Marianne cómo suena una orquesta. “Es difícil describir la música” le contesta. Entonces, se sienta en un piano y saca sonido de las teclas. Le toca una pieza de Antonio Vivaldi: La tormenta. Es el fenómeno que ocurre entre las dos y que, a diferencia de otras tormentas, no encontrará calma. Retrato de una mujer en llamas deja poco espacio para la tragedia porque el deseo lo ocupa todo. Marianne y Héloïse se quieren sin necesidad de poseerse, pero una marca a la otra como las grandes obras de arte que grabamos en la memoria. Imágenes sin tiempo ni lugar. El cuarto largometraje de Céline Sciamma es, sin abandonar su melódica sutileza, la película más política de la directora francesa. Retrato de una mujer en llamas es, además de un relato de pasión lésbica, una obra sobre el derecho de la mujer a elegir, a coger, a sentir placer, a dar placer, a abortar, a escuchar su deseo. Sea a fines del siglo XVIII o en 2020. 



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No te atrevas a ser gay: en Chaco no se puede | Franco Ruiz fue blanco de un ataque de odio en manada



Provincia de Chaco. Ciudad de Resistencia. Siglo XXI: a Esteban, en un ómnibus urbano, un grupo de evangélicos lo rodearon y le oraron en voz alta. Le pidieron al dios del bien que acabara con lo maligno, con la sangre del mal. A Darío, que es profesor de secundaria, una estudiante de su clase lo filmó en una fiesta e hizo circular la grabación de su profesor dragueadx. Para Darío ser marika en Resistencia es un deporte de riego y para Mauricio es necesario volver a poner el cuerpo en la lucha.

A Franco Ruiz lo atacaron entre 15 adolescentes varones a la salida de una fiesta de quince años. Lo provocaron, le tiraron piedras y trozos de baldosas. A dos cuadras de la plaza principal de Resistencia, en Chaco, le pegaron con rabia mientras le gritaban que lo iban a matar por puto de mierda.

Las cotidianeidades de las vidas disidentes en el norte argentino están narradas a partir del odio que han depositado en sus cuerpos. Lucas, David, Esteban, Mauricio y Darío son marikas que viven en la ciudad de Resistencia, conviven a diario con la acusación y el rencor que les tienen por haber roto con la complicidad del orden. Para ellxs, ser marikas visibles en Resistencia conlleva sus consecuencias. Junto con Franco Ruiz coinciden en algo: la salida es colectiva.

El año pasado, la organización La Cuis junto con Turba Colectivo de Hábitat realizaron un mapeo con el propósito de visibilizar lugares hostiles a la comunidad LGBTTIQ del Gran Resistencia. Una primera conclusión del trabajo final subraya que el centro de la capital, la plaza central y sus cuatro avenidas, es un lugar totalmente hostil para la comunidad. La moral sexual represiva es ese lenguaje cotidiano que se reproduce como un idioma, que se enseña sin diccionarios y que aún se pronuncia con impunidad.

TENSION Y RESISTENCIA
La madrugada del domingo 1° de marzo un equipo de varones intentó matar a Franco en una clave que se viene repitiendo desde el verano. Se intentó calar en su cuerpo al sello de este tiempo: la aniquilación, en tiempos de amenazas estructurales, de las singularidades que vienen a desestabilizar alguna norma. Nuestras sociedades, con sus políticas y sus realidades, siguen militando por el sostenimiento histórico y la multiplicación sistemática de la violencia que nos quita la vida en los microcentros de las capitales.

En Resistencia se convive con una tensión: la irrupción incipiente de las disidencias sexuales en las calles, en paralelo a la potenciación de la derecha fascista, habilitada por el macrismo. Este cruce de época explota en una ciudad que tiene casi trescientos mil habitantes, y se esparce por todos lados, por todos los rincones que no se salvan del rigor heterocisexista: en las plazas, en cualquier esquina de cualquier barrio, en las aulas de las escuelas, en la sección de comentarios de la versión online del diario local, en las fiestas de quince.

Como en cualquier recoveco del planeta, en el Gran Resistencia está operando una consola moralizante con el propósito de modelar los deseos, y ahí va: estigmatizando los placeres corridos de lo normal, rompiendo baldosas y queriendo acabar con ellos. Pero hay que decirlo, de a poco un movimiento sexual le va disputando sentidos y construyendo nuevas formas de vinculación social. Porque si el pacto histórico es reprimir las existencias desobedientes, la respuesta será la lucha por la libertad total de los cuerpos, los deseos y los placeres.



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