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Erotismo y correspondencia: apuntes sobre las cartas entre Virginia Woolf y Victoria Ocampo | Aguafuertes torteñas



Las cartas, dicen que volvieron. Descreo un poco porque no recuerdo cuándo fue la última vez que recibí una. Lo que sí recibí fue un mail que es casi una carta, un mail que me contaba de una nota que hablaba de una carta. Casi, ¿no? Fue al inicio de la cuarentena o de la pandemia. El mail tenía el link de una nota de Paul Preciado que este suplemento publicó “La conjura de los perdedores”. Abrí la nota igual que se abre una carta, buscando algo. Las palabras, los suspiros en el medio de las letras. Preciado contaba que escribió una carta de amor que no envió, que tiró, pero que es como si la hubiera enviado. ¿es que las cartas se mandaran igual aún sin nuestro consentimiento? La sola idea de enviar una carta, ¿es ya enviarla? Creo en la telepatía ahora más que nunca. Algo de toda la inteligencia artificial, del algoritmo psicológico en el que estamos navegando se traslada a nuestras comunicaciones mágicas. Eso de estar pensando en una persona y que llame, nombrarla y que aparezca de algún modo, invocaciones. Igual que escribir cartas imaginarias y que de alguna manera esa persona sepa que la estás llamando. Me dice mi amiga María Elvira que las cartas físicas en efecto volvieron, que ella y su hijita escriben y mandan cartas a Villa Gesell, que también las reciben. Daniel Gigena postea que, con la cuarentena, la gente escribió más cartas. Recibo el libro de poemas de Acheli Panza con una linda carta. Creo que todo el mundo (les que pudieron) se mandó muchas cosas en cuarentena y las acompañaron con cartas. A mí me llegó un libro de cartas. Su editora me advirtió: hay un intenso erotismo en esta correspondencia. No pude más de abrir el paquete, rompiendo el papel que envuelve el libro como se rompen los papeles de los regalos. No eran las protagonistas en sí, sino descubrir ese romance, esa carga erótica prometida lo que me generó tantas ganas. Victora Ocampo y Virginia Woolf. Mejor dicho: Victoria Okampo, como le escribía la Woolf con una K que Ocampo odiaría. I’m in love with Victoria Okampo”, escribió en su diario la autora de Orlando. Por lo que dicen las cartas parece que a Virginia Victoria le gustó pero después se puso intensa. El libro (que se lee como los capítulos de una serie) sigue los años de correspondencia entre las autoras que es más o menos así: Se conocen, Virginia la invita a tomar un té a solas en un cuartucho que tiene arriba de su casa, Victora va con un montón de regalos, se alejan, se desencuentran, Virginia no la atiende y le pide que por favor deje de mandarle regalos, también le escribe que piensa en ella y en su lengua (¡bueno!), y que imagina las inmensas tierras azules grisáceas que se mezclan con el ganado salvaje y el pasto de las pampas y las mariposas. Virginia sueña con la América de Victoria. ¿Qué América será esa, la del sueño de Woolf? Cartas, parece que volvieron. Ahora todas las cartas parecen ridículas, con la letra manuscrita, el papel, el tiempo que tardan en llegar cuando se puede hacer todo en un solo click o dos. Ridículas en el tiempo que imaginan y arrastran, ridículas por navegar en la espera. Fernando Pessoa dijo que todas las cartas de amor son ridículas y que al fin y al cabo quien no escribe cartas de amor es el ridículo. Sentarse a esperar, como esperaba Victoria Okampo meses y meses la carta de Virginia para que le dijera que no le mandara más regalos (flores sobre todo). Yo no escribí ninguna carta pero me gustaría terminar esta aguafuerte como si lo fuera. “Espero que el correo sea amable y llegué rápido esta carta a sus manos, que encienda en usted el mismo fuego que inició en mi escribirle. Suya, Gabriela” 



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Flor Anca: ¿quién es esa chica que brilla en el Cantando? | ¡Flor de flor!



Si nos propusiéramos realizar una historia universal y mediática del closet, se asomaría  primerísimo Oscar Wilde desde el podio del dolor del  siglo XIX, acribillado por los diarios que registraron con saña el día a día del juicio donde terminó condenado por “sodomita”. Lo veríamos insistiendo en caracterizar “ese amor que no se atreve a decir su nombre” mientras la prensa escracha una identidad (el homosexual) hasta ese momento borrosa. Los registros de la aduana británica registran que el día del veredicto, se vendieron 6000 tickets más que lo habitual, todos caballeros que se tomaron el buque para evitar el calabozo. En esa prehistoria también está el momento en que un moribundo Rock Hudson, en 1985, anuncia al universo que tiene sida y el universo decodifica el mensaje como una confesión de homosexualidad. La película Outrages, ofrece algunas gemas para ampliar las secuencias de los armarios abiertos.

En la Argentina de los años 90 Carlos Jáuregui presentando novio en tapa de la revista Siete Días junto con Ilse Fuskova dando cátedra sobre lesbianismo en el programa de Mirtha Legrand, se apropiaban del desclosetamiento mediático volviéndolo una salida de emergencia colectiva, al estilo Harvey Milk. Entre estas dos puntas: por un lado la extorsión y el oprobio, y por otro, divulgación y  liberación, la escena se ha ido poblando de confesiones con final feliz como la de Ellen de Generes y Ricky Martin. Tantas, que  como música de fondo se oye cada vez más fuerte “a quién le importa”.

LA ERA POST CLOSET

Resulta que hace unas semanas en el Cantando se produjo una situación tan tierna como desconcertante , probablemente un nuevo eslabón en la cadena histórica del closet. Mejor dicho: del postcloset. La protagonizaron Dan Breitman y Flor Anca, una de las parejas por lejos más interesantes y talentosas del show. Remanso dentro de la lógica de un programa que apoya su gracia y su tensión en tres zonas clave de la sociedad: la zona que representa la movida tropical convocada por primera vez a un show como este, el plantel lgbt por primera vez haciendo  y un jurado de estrellas integrado desde un principio, Pepe Cibrián incluido, por adultos mayores o personas de riesgo, según el eufemismo que se quiera utilizar mientras la aplanadora marca Latorre no se le ocurra hacer referencia a los temblequeos o insulte directamente con la (digamoslo) complicidad de uno y otro gays de la troupe. Claro que para ella también hay más de lo mismo, la niña Caniggia se ha ocupado de darle para que tenga con la misma moneda del viejismo. En el ADN del show, por más apertura que parezca, no se borra el recurso bullying, que este año recayó con todo en la figura de Esmeralda Mitre y que Nacha Guevara supo atajar con destreza. La televisión local en los últimos años ha sabido alimentar el show con carne de loca. La figura del gay amenazado, con una verdad a la vista que puede saltar en cualquier momento ha sido parte de ese closet de cristal que supo ser la televisión. Si hace diez años eran los chistes machistas abiertamente mata puto, la aparición de todo un elenco gay vino acompañado de una pedagogía de la homofobia, parafraseando a Segato. Pablito Ruíz, no casualmente homenajeado por Anca/Brietman en una versión de la tampoco casual “Todos me miran” de Gloria Trevi, sabe de qué estamos hablando. Hubo más: la saga de acusaciones cruzadas entre Graciela Alfano y Anibal Pachano con foco en el vih de uno, y en la edad avanzada de la señora y el calvario millonario de Ricardo Fort empeñado en ocultar lo inocultable, con escena final de trifulca con Flavio Mendoza en una verdadera guerra de titanas. 

Pero basta de bajones. La  escena a la que hacemos referencia es más o menos así: Dan Breitman que viene de dedicarle una canción a otro participante, de pronto  oficia como anfitrión del cupo lésbico y le da el pase a su compañera. Se queja de que Flor Anca está recibiendo muchos mensajes de hombres…. ¿Qué pasa con las chicas que no mandan nada? Porque a Flor le gustan las chicas, declara, y aclara. Flor Anca no se ofende ni se inquieta, todo lo contrario, asiente, redobla el reclamo y cuando le preguntan si le gusta alguien del jurado señala a Karina, la princesita. Le canta “Besame mucho” a modo de serenata. La princesita, que antes había hecho referencia a que no encuentra marido, escucha entre sorprendida y halagada. “No te conseguimos marido, pero te conseguimos una esposa”, aporta a la frescura de la escena Ángel de Brito. ¿Promesa de un cierre millenial a la triste historia del closet? 

¿Cómo se gestó esa escena de tu “no salida de ningún closet? ¿La producción pide temas? ¿Hay un guión para esas previas del Cantando?

Cero guionado. No nos dicen nunca de qué tenemos que hablar. Así como nadie después me dijo nada malo ni nada bueno sobre lo que dije. Se puede hablar de lo que uno quiere. Y la verdad es que me parecería muy mal que no me dejaran decir quién soy.

Entonces, ¿no sabías que tu compañero iba a decir “ella es lesbiana”?

¡Sí, sabía! Yo le había pedido que lo dijera. En los ensayos muchas veces suelo comentar: “Chicos, me escriben todos tipos, ni una mujer… ¿Cómo puede ser? ¿Nadie sabe que soy lesbiana? Es evidente que hay un mensaje que no estoy emitiendo. Y ese día, antes de salir a cantar, le dije a Dan: si da, porque obviamente como todo es espontáneo, se tiene que dar la oportunidad, pidamos que me escriban mujeres.

¿Y recibiste mensajes, finalmente?

Muchos agradecimientos por la naturalidad con la que lo dije y también pedidos de consejo, sobre todo de mujeres bisexuales. Y yo a todo el mundo le digo: vivilo tranquila, que no sea un tema. Yo siempre me lo tomé como algo muy natural. Por supuesto que sé que hay gente que le parece lo peor del mundo y lo más antinatural que existe. Problemas de ellos, yo desde siempre me dije: encontraré mi clan.

¡Claro! En el mundo de los artistas… que son todxs…

La verdad es que encontré ese clan en la danza… Por ahí antes no me enteraba tanto de lesbianas entre las bailarinas, tal vez, creo, hay más bisexuales. Con esto no significa que niegue la existencia de sufrimiento en muchos casos, que depende mucho de dónde vivas, con quién estés… Pero me refiero a esto: la gente homofóbica piensa que una se levanta todos los días y dice “Oh, dios mío, soy homosexual, ¿cómo haré para vivir?”. Y no es así, no para mi. ¡Ya está chicos! Relajen. ¡Estamos en 2020!

¿Y además de esos mensajes? ¿Alguno que te haya asombrado?

¡Muchos! Estoy asombrada de la cantidad de lesbianas que hay en este país, en este mundo. Pero me escribieron o señoras muy mayores o niñas a las que les digo: “vaya y termine la secundaria, señorita, por favor”. Casi todas son declaraciones de amor. El chongo es más de escribirte: “uy que buena que estás, hermosa, te parto… “ La mujer es muy de flashear…

¿Por ejemplo?

Me dicen cosas como “estamos destinadas a encontrarnos… deseo que algún día la vida nos cruce…” Yo leí eso quedé lacia. Los que más me sorprendieron fueron los chongos. Esperaba agresiones, pero no. Sólo hubo uno muy agresivo que lo escraché y en Youtube un par de comentarios, que no los recuerdo. En serio. Dicen algo como “pobre La Princesita que es hétero y que tuvo que fingir, que es algo antinatural…”

¿Te enamoraste alguna vez de una mujer hétero?

¡Siempre! Primero y principal no conozco muchas lesbianas, no se nada de la noche y la movida lésbica. No soy de salir a bailar, me duermo. De hecho, el amor de mi vida era una chica hétero cuando nos conocimos.

Hay toda una tradición donde esa mezcla termina siempre mal. ¿Para vos no fue un problema?

Las veces que me gustó alguna mujer, la encaré: “Hola señora, gusto de usted”. Por supuesto que tampoco es cuestión de acosar a la gente. Lo decís, y si es no, es no. Pero también es verdad que la mujer, en general, es re abierta, si le pasa algo con vos, va con todo. No es como el hombre, que le cuesta tanto. Creo que nosotras somos más bisexuales.

UNA ARTISTA EN FLOR

Flor Anca tiene 31 años. Vivió con su familia hasta los 19 en William Morris, localidad del partido de Hurlingham. “No somos de plata para nada de nada de nada” es su definición de clase. “Mi mamá siempre me incentivó con lo artístico y era la que hablaba con la gente y me conseguía becas. Mi papá fue el que me dio seguridad. Fue el que me dijo si querés hacer esto, lo hacés bien, obligándome a hacerme cargo.”

Empezó a los 12 años a estudiar en la escuela de su barrio todas las danzas que pudo: árabe, español y clásico. A los 14 le dijo a sus padres que la secundaria le resultaba una pérdida de tiempo porque a ella ya sabía que iba a dedicarse a esto. Respetaron su decisión. “Mi viejo a los 14 años me acompaña a un ensayo que se hacía en el centro y ahí se aviva de la diferencia. Había otro mundo. Ahí me dijo: vos vas a venirte a estudiar aquí, es muy buena la escuela de allá, pero tenés que estudiar entre los mejores, si no nunca vas a poder sobresalir. El primer día entré al estudio muerta de vergüenza, lloré un montón.” Estudió danza contemporánea con Margarita Fernández y al año siguiente ya estaba yéndose de gira y estudiando becada en Nueva York. Luego se pudo a estudisar canto y se ve que aprendió. Ha participado en 15 musicales, lo que en Argentina es decir, en casi todos: desde La bella y la bestia y El mago de Oz hasta Sugar y, la más reciente, Kinkey Boots.  Cada tanto a lo largo de la conversación declara:  “yo siempre supo lo que era, lo que iba a ser”. 

¿Como te diste cuenta?

¿De que era bailarina y cantante… o de que soy lesbiana?

Las dos, por orden cronológico, si querés.

Desde chiquita siempre supe todo, aunque no pudiera ponerle palabras, aunque no lo compartía, era algo que sabía para mi. Por ejemplo, siempre estaba bailando. Terminábamos de comer, me levantaba de la mesa y me ponía a bailar. Era algo más fuerte que yo. Me retaban mucho por eso. Mi mama, me espiaba cuando yo bailaba y se ponía a llorar.

¿Por qué lloraba tu mamá?

Creo que de emoción, porque ella habría querido ser bailarina y su madre la obligó a estudiar guitarra. Mi mamá es la persona más talentosa que conozco, todo lo que hace lo hace bien. Pero a mi me molestaba porque yo sentía que no estaba lista para que me miraran. Estaba siempre practicando para cuando llegara el momento.

¿Tenés alguna imagen que simboliza esa vocación tan temprana?

Hay una foto de una navidad en la que se me ve abriendo una tarjeta navideña, de esas que venían con música. La tomaron en el momento en que la abro, suena el din don dan y yo me pongo a bailar. Siento que esa foto es fundante, que me marcó. A los 6 o 7 años tenía una rutina rarísima. Ponía el reloj y en una hora tenía que prepararme. ¿Para qué? Preparaba la ropa, me peinaba, me bañaba. Ahora me doy cuenta de que jugaba a ser artista. Cuando llegaba la hora ponía la radio y mi juego solitario consistía en girar la perilla y lo que viniera lo tenía que interpretar, fuera el género musical que fuera.

¿Y la niña lesbiana cuándo aparece?

El momento en que me di cuenta de que eras lesbiana, lo recuerdo claramente. Tenía 9 años, estaba en la casa de mi abuela, acostada mirando una revista y de golpe me freno en una página, y me quedo no se cuánto, tal vez 10 minutos, mirando la foto de Araceli González. Recuerdo que me pregunté: ¿qué onda? ¿Por qué estoy mirando a esta mujer tanto? ¿Qué pasa? ¿Me gusta? No me provocaba algo sexual pero sí una sensación que para mi tenía que ver con lo que yo imaginaba que era el amor. Ahí me dije, claramente me gustan las mujeres. Porque no es que yo quiero ser como ella, es que me provoca algo. Son cosas que pensaba: ya sé, nadie lo va a entender pero yo lo voy a vivir.

¿Guardás también una imagen de ese momento?

No porque no es algo que problematizara, no era algo puntual, estaba allí pero no era un tema. De hecho entendía el mensaje de que me tenían que gustar los chicos, y algunos me gustaron. A los 14 me gustaba una compañera de danzas y recién a los 17 concreté. Estuve con una chica más grande que yo, le había contado que nunca había estado con nadie y me dijo bueno, probemos. Y probé. Ah, ahora que pienso… Te puedo dar esta foto: 

Estoy de la mano con la nena era del barrio me gustaba. Pero no sé cómo explicarte. No fue un tema.

¿En tu casa tampoco?

Te cuento cómo se lo dije a mis padres. A los 19 me fui a vivir sola porque estaba trabajando en una obra de Pachano que terminaba tarde y el último tren salía para el oeste a las 23 35 de Retiro. Un día mi mamá me viene a visitar y charlando me tira: “¿Vos no serás lesbiana, no? Si mi hermano no dijo nunca que es hetero ¿por qué tengo que decirlo yo? Yo me decía, qué se yo, cuando tenga novia lo diré. Pero como ese día preguntó, le dije “ y sí, ma, soy lesbiana”.

Y tu mamá… como si nada

¡No! Se puso a llorar. “Es una enfermedad, que horror, pero ya se te va a pasar, cómo puede ser si vos sos mi princesita”. Sí, ma, soy tu princesita… y tu princesita es lesbiana, ¿qué tiene que ver esto con la tristeza? La vi en shock, vi cómo lloraba y en ese momento me acuerdo que pensé: Tengo dos opciones. O me pongo a llorar y le digo mamá perdoname. O le digo lo que pienso. Mamá, esto es así, no es una enfermedad y va a seguir siempre así. Vos tenés dos opciones: o me amás como decís que me amás y lo aceptás o como se llame lo que tengas que hacer, o no nos relacionaremos más. Se fue traumadísima. Y al otro día recibo un mensaje que decía: “Buen día, ¿cómo está mi princesa?. Y ahí vi que ya había entendido y que estaba todo bien.

La cuestión del closet sigue presente, sólo que vos lo dinamitás.

Lo único que agregó mi mamá fue: No le digas a tu papá porque tu papá se muere. Y la verdad es que no había pensado en decirle, así que le dije bueno, no le digo, qué se yo. Pero dos años después me había puesto de novia y pensé: tal vez ya es hora de contarle a papá. Un día viene a visitarme y justo me ve bajando de un auto. Ahí me pregunta: ¿quién te trajo? Me trajo una chica, porque estoy de novia. Ah.. me dice. ¿De novia con una chica? Si, papá. Y ahí se pone a llorar. Me sorprendió, porque me dijo: “Qué bueno, hija, que puedas ser libre y ser quien sos, y además alegra saber que no estás sola y no estás todo el tiempo ensayando y practicando danza. Yo decía esta chica no puede ser que este todo el día sola y trabajando.” Desde ese día con mi papá somos los mejores amigos… o mejor dicho “mejores amigas”. El le contó a mi hermano, y a mi abuela también.

¿Y la abuela?

Mi abuela me preguntó: nena, cómo es eso. Es como una amiga que la querés mucho, y la querés tanto tanto que le querés dar un beso. Fin, abuela, es eso. Relájate. Y todo bien. Después le conté a mi tío. No me creía. Algún amigo alguna vez también me preguntó cómo es, cómo me di cuenta. Qué se yo.

Volviendo al Cantando… Lo de cantarle a La Princesita ¿cómo salió?

Fue espontáneo. Me preguntaron si le cantaba algo y le canté. Pero no es un invento ni una puesta en escena, me gusta en serio. Bah, ahora que hice esa serenata pública ya es parte del show… Y eso quita toda chance de intentar algo en el plano de la realidad. ¿No?

Bueno, nunca se sabe, ya lo veremos.



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Entrevista a Santiago Pedrero: Retrato del amor adolescente    | Vuelve al cine con La migración



La historia de amor entre Tadeo y Ricky en la serie televisiva Verano del ’98, resulta inolvidable para una generación de marikas que, siendo adolescentes, jamás habíamos recibido tamaño guiño desde los televisores. Hasta entonces, no se había escrito en las novelas juveniles del prime time ningún libreto que acreditara algún romance entre dos adolescentes homosexuales. Gustavo Marra, el productor de aquella tira de Telefé, depositó en el personaje de Tadeo una catarata de escenas diseñadas en formato efectista. En ellas, un joven lugareño traicionaba a la heterosexualidad y a la idiosincrasia de Costa Esperanza, un pueblo con ríos y barcos, el hábitat televisivo del verano eterno que resistió a los últimos resabios de los noventa.

El actor que interpretó a Tadeo fue Santiago Pedrero. Tenía 19 años y estaba formándose en la Escuela de Teatro de Buenos Aires con Raúl Serrano cuando lo convocaron desde el canal. Por las grabaciones pausó su carrera de Letras en Puán y se dispuso a defender a su personaje adentro y afuera del set. Ponerle rostro y cuerpo en la televisión de aire a un varón gay no fue gratuito. La homofobia, históricamente impune y violenta, ni siquiera registraba la ficción, así que Santiago se recluyó en su intimidad porque ir a una fiesta le resultaba impensado.

Pero el teatro lo salvó. En el año 2000 conoció a Roberto Villanueva y entonces empezó a ensayar El secreto de la luna, en el Teatro Cervantes. No sería ésta la única obra en la que trabajara con quien luego se convertiría en su maestro. De hecho, fueron cinco. Dirá Santiago que Roberto Villanueva le revolucionó la cabeza, que le permitió interpretar un nuevo mundo, que para él fue un proceso fundacional. Pasó de la supervivencia ante la masividad de un programa televisivo a refugiarse en el ala y el vuelo teatral del director.

Estaban haciendo Amanda y Eduardo, en el San Martín, cuando conoció a Ezequiel Acuña. A partir de la película Nadar solo (2003) empezaron una historia filmográfica de 20 años. Después vinieron: Como un avión estrellado (2005), Excursiones (2009) y La vida de alguien (2014). Ahora, acaban de estrenar La Migración, el último film de Acuña, rodado íntegramente en Perú, que viene a subrayar su estilo: un cine de la amistad.

AMISTADES PARTICULARES

Por tercera vez, Pedrero interpreta a Guillermo Lucena. Ya lo había hecho en Nadar solo, cuando el personaje tenía 17 años y navegaba en un ecosistema atravesado por el desaliento, la insatisfacción y la incertidumbre. En La vida de alguien, Guillermo crece pero le falta su mejor amigo y aliado musical en la banda que habían conformado. Entonces, Guillermo intenta resignificar la amistad ante una ausencia física, transitar un duelo sin regodearse en la melancolía.

Hay toda una generación que añora con nostalgia confusa las últimas secuelas de los noventa. Las películas de Ezequiel Acuña, se sabe, tensionan ese costado. Varones que se apasionan por algo, que reinventan formas inocentes de afectarse analógicamente, que sobreviven en la juventud del uno a uno. Quizás en esas formas sensibles de la narración coinciden Pedrero y Acuña. Quizás por eso, también, se las rebuscan para trascender incluso a los tiempos de sus agendas. Para filmar esta última película, Santiago vivió en dos países simultáneamente: de domingos a miércoles ensayaba la obra 5 SM (Shakespeare Material) en el Cervantes; y de miércoles a domingos era Guillermo Lucena en Lima.

Se percibe una señal en el aire de La Migración que parece indicar una despedida, un remate en el tiempo para esta relación. De hecho, Santiago Pedrero está tomando clases de dramaturgia con Alejandro Taltanian y está abocado en montar la obra que terminó de escribir durante la cuarentena. ¿De qué se trata? Quizás, de la amistad.

Fueron cinco películas de Ezequiel Acuña, en 20 años, ¿cómo te llevás con su cine?

A Ezequiel lo quiero muchísimo. Todo el trabajo hecho con Ezequiel para mí es el trabajo en cine con el que más me comprometí, y con el que más me comprometería. Ezequiel desde que tiene 24 años está llevando adelante empresas porque él a las películas las hace de una manera súper artesanal. Él es el productor, él es todo en la película. Es el corazón de su cine. Y es un cine sin concesiones de nada. No está hecho con ningún cálculo comercial, ni festivalero. Totalmente genuino. Ezequiel es alguien a quien respeto y admiro mucho. Me siento muy parte de sus películas, las quiero como si fueran mías un poco… Y también en ellas me veo crecer, envejecer. Para mí, él es una especie de hermano mayor.

Interpretaste al personaje de Guillermo Lucena en tres películas: en Nadar solo, La vida de alguien y ahora, en La Migración. ¿Cuánto de Santiago hay en este personaje?

A partir de hacer cinco películas creo empieza a haber algo, mas allá de la amistad, entre la relación de autor-director y un actor en donde él debía escribir mirándome. Mirando mis posibilidades, mis cualidades, las impresiones de las cosas que a él le parecía que yo podía hacer mejor. Me parece que había algo de eso. Y de encontrar como un alter ego en mí de él. Tiene mucho de mí el personaje. Y aparte, para mí, las películas con Ezequiel son una sola, las cinco son como gran bloque, todo un trabajo, Hay aspectos de auto referencia a cosas que ya hicimos nosotros y que ahora a mí me sirven a la hora de trabajar con él y de construir este personaje. Hay como un imaginario de cosas muy grandes que yo puedo utilizar, y que tienen que ver con lo que buscamos en la película, con las teclas que se necesitan activar desde la actuación, o desde la construcción del personaje. Es como un personaje construido a partir de 20 años, de alguna manera. Son 20 años de haber trabajado, de haber llegado a esta conclusión.

En La migración, Acuña refuerza su estilo de tejer vínculos entre varones, de narrar sutilmente lo pasional. Creo que se pueden también interpretar sesgos de “homosociabilidad”.

Totalmente. Y es una búsqueda de él mismo, de alguna manera. Va a buscar al amigo, pero encuentra otra cosa. Su lugar, una fuerza. Pero sí siempre está en el cine de Ezequiel el amigo ausente. Y la amistad entre hombres. Me parece que hay como un amor, un enamoramiento de los amigos.

Justamente la música en las dos últimas películas de Acuña opera como un componente cinematográfico clave en muchos aspectos…

Sí, La vida de alguien podría ser un musical. Les falta bailar juntos al personaje mío y al de Ailín. Les faltaba hacer una coreografía, es una película que tiene 32 canciones. La música es muy importante para Ezequiel dentro de su cine. Incluso las letras de las canciones funcionan como una especie de narración también de la película. Tienen como una potencia dramática. Como que los personajes hablan a través de eso. O habla él.

Y para vos, ¿La Migración es el cierre de algo?

Siento que se terminó el círculo, es el fin de algo. Pero también puede ser el comienzo de otra cosa… La Migración es el cierre de todo un trabajo. Nadie sabe qué puede pasar, pero no creo que haya otra película sobre Guillermo Lucena. Yo por mi parte quiero dirigir teatro, me voy a dedicar un poco a eso. Estoy pensando en viajar. Sí, parecería ser un cierre…

Complejo cerrar etapas en estas épocas…

Vamos a estrenar una película; hay una pandemia mundial que hace que no haya más estrenos en cines. La estrenamos en una plataforma virtual; nuevas restricciones monetarias en la Argentina. Eso se llama: visión de negocios. “Veinte años de errores”. No podía ser casi de otra manera.

Más información sobre el estreno digital de La migración de Ezequiel Acuña en Instagram: @peliculalamigracion



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Violencia en el Hospital Tornú: “Gorda de mierda, a vos no te toco ni con un palo” | “Pacto de caballeros” en el sistema de salud



El médico de guardia entró pechando con el hombro de manera muy violenta a la médica residente. Fue en el estar del servicio de terapia intensiva del hospital Tornú. El médico tenía suficiente espacio para pasar, pero eligió el cuerpo a cuerpo. “Podría pedirme permiso”, le señaló la jefa de residentes, María Laura Díaz. Cuando salió del cuarto, el médico volvió a hacerle lo mismo, pero desde atrás, muy deliberadamente. María Laura volvió a encontrarlo en la zona de guardia conversando con el jefe de terapia intensiva y se quejó por el maltrato recibido. La respuesta fue, a los gritos, “gorda de mierda, a vos no te toco ni con un palo”.

Ocurrió el 3 de agosto, en plena pandemia. El jefe de servicio no dijo nada. Desde afuera escuchaban todo, una jefa de infectología del hospital, junto con dos testigos más. La médica residente le respondió al violento “lo voy a denunciar por violencia de género”. La respuesta fue despreciativa: “Señora, señora, usted no me puede hacer nada porque soy abogado”, mientras levantaba la mano, en señal de amenaza. Finalmente, pocos días después de este hecho a María Laura se enteró de que la habían dejado fuera de sistema de Salud de la Ciudad.

Le pedimos disculpas a María Laura Díaz por reproducir en el título de esta nota una frase que al leer la revictimiza. Pero es indispensable que se conozca con exactitud la violencia que padecen muches trabajadores de la salud y se esconde tras los “pactos de caballleros” de ambo blanco. El 5 de abril de 2019 Soy entrevistó a Samanta Malaherre, instrumentadora quirúrgica del Hospital Udaondo, que logró que la Justicia obligue a 2  cirujanos, que la hostigaban al grito de “torta” y le impedían trabajar, a hacer un curso de la Subsecretaría de Derechos Humanos. A la denuncia de Samanta se suma ahora la de María Laura Díaz por violencia de género, en el hospital Tornú. María Laura tiene 34 años y es chaqueña.

GORDOS, TRAVAS Y BOLIVIANOS

¿Cómo dirías, por tu experiencia, es el trato en el sistema médico de CABA hacia los cuerpos no hegemónicos, los que no son como Barbie y Ken?

El ámbito municipal, entre los médicos, es bastante violento con el aspecto físico. Y esa violencia es jerárquica, de arriba hacia abajo. En tiempos de covid usamos el ambo quirúrgico y son muy comunes los comentarios “a vos te queda muy ajustado”. También hay mucha xenofobia, es muy común escuchar “son todos bolivianos”. Lo dicen por detrás, no se lo dicen en la cara a los médicos extranjeros. También ocurre cuando ingresa un paciente trans, el trato suele ser discriminatorio. Durante mi carrera no vi eso, no es algo que ocurra en la facultad o entre los residentes.

¿Cómo era tu relación con el médico de guardia que te maltrató?

Desde que lo conocí tuvimos poco trato, porque suele hacer comentarios malintencionados. Nunca vi a otro médico maltratar tanto a las enfermeras. Son muy odiosos sus comentarios sobre el aspecto físico de los demás.

¿El jefe de servicio te defendió de la agresión?

No, al contrario. Aquel día mi residente me trajo a casa media hora antes de mi horario, porque me sentí muy mal. Pensé que se iba a disculpar por no haber intervenido. Pero no, llamó para amenazarme con hacerme una nota y echarme por abandono de pacientes, por haberme ido media hora antes. Me dijo que la terapia intensiva me quedaba grande y que él no vio nada de lo que estoy denunciando. En Fiscalía están las capturas de pantalla con los horarios de sus llamadas amenazantes, por si es necesario que entren en el expediente. Al día siguiente yo tenía una guardia paga en terapia intermedia, conté lo que me pasó y me dijeron que no podía volver con mi jefe. Me llamaron a la subdirección y me indicaron que cumpliera horario en terapia intermedia hasta que se investigue lo ocurrido. Cosa que nunca se hizo. Mi jefe me fue a buscar violentamente. Volvió a intervenir la subdirectora. Después empezó a mandarme mensajes de manera indirecta a través de enfermeros.

¿Podés decir los nombres de estos médicos?

Sí, porque están hechas las denuncias no solo en la dirección del hospital sino también ante el Ministerio Público Fiscal, la Defensoría del Pueblo, el Ministerio de Trabajo y el Inadi. El médico de guardia que me agredió es Claudio Garabedian. Y el jefe del servicio es Marcelino Laureano Linares.

EL HOSPITAL POR DENTRO

¿Por qué elegiste el Tornú para hacer la residencia?

Porque cuando estudiaba tuvimos muchas rotaciones en ese hospital y me gustaba el trato entre médicos y hacia los pacientes en el servicio de clínica médica. No conocía la unidad de terapia intensiva. Estudié en la Fundación Barceló. En la facultad no hay rotación por terapia intensiva ni por emergentología. Son especialidades que se eligen poco porque exigen mucho sacrificio y están mal pagas.

¿En qué año ingresaste a terapia?

Fue en 2017. La residencia consta de 4 años. El primero se cursa en clínica médica. Allí se trabaja muy bien en el Tornú, todos los residentes están supervisados. En segundo pasé a terapia intensiva. No había otros residentes ni jefe de residentes. Elegí la especialidad porque el anterior jefe del servicio le daba importancia a la formación de nuevos terapistas y de allí salieron muy buenos residentes. Con el cambio del jefe de servicio, todo eso se desplomó.

¿O sea que te formaste con este nuevo jefe de servicio? El que estuvo presente cuando el médico de guardia te agredió verbalmente.

La terapia del Tornú funciona así: está el jefe de servicio y debería haber médicos de planta que lleven el seguimiento de los pacientes todos los días (esto no se cumple). Y médicos de guardia, a razón de 2 por día. Estos médicos cobran por 24 horas, pero nadie permanece tanto tiempo en el servicio. No se hacen cargo de los residentes. Yo no sabía ni intubar ni poner una vía básica. Por suerte me enseñaron una médica de guardia (es muy tímida, no le va a gustar que la nombre) y el ex médico de guardia de los lunes, que regresó a su país, Bolivia. Es otro problema que hay con esta especialidad. Los residentes de terapia extranjeros vuelven a su país de origen porque en Argentina está muy mal pago este trabajo.

¿Cuánto cobrás?

Alrededor de 48 mil pesos por trabajar de lunes a viernes de 8 a 17, más las guardias. Una trata de quedarse con guardias para sumar ingresos. Pero en este servicio es imposible. El jefe cobra la guardia, se va y se queda un residente. Por lo general, un jefe de servicio quiere retener a sus residentes, pero no es el caso en la terapia intensiva del Tornú.

Y el residente que queda solo, ¿sabe qué hacer con los pacientes?

Yo tuve la suerte de tener a esa médica y ese médico que me enseñaron lo básico, pero los chicos que vinieron después, no. En los otros servicios, cuando el paciente está muy crítico, tiene que contar con la terapia intensiva. Se supone que debe haber gente capacitada. Me autogestioné muchos cursos en estos años, pero como residente de primero y de segundo no estaba preparada para resolver muchas cosas.

¿Y cómo es la mortalidad del servicio en esas condiciones?

Intenté hacerme cargo de llevar un score con estadística. Pero el jefe de servicio me dijo: “Laura, vos estás calculando mal los scores. La mortalidad está dando demasiado alto. Dejá que la calculo yo”.

¿Cómo manejan estas situaciones en la terapia intensiva en tiempos de covid? ¿Quiénes te ayudan a cambiarte? ¿Qué hacen los demás médicos?

Nos ayudamos entre residentes y enfermeros. Los médicos no entran a ver pacientes. Excepto el del miércoles, que es el único que cumple sus 24 horas de turno. Y la médica de los jueves, que también ve pacientes, porque le interesa mucho la parte asistencial de la terapia. El jefe del servicio entraba a ver pacientes antes del covid. Desde que empezó la pandemia, los mira desde afuera. En un momento dije “esto es un desastre”. Los residentes nos vamos a las 17 y si un paciente precisa ser intubado a las 19, hay que esperar al otro día. Peleamos para que los médicos de guardia vayan y hagan su trabajo.  

¿La dirección del hospital no hizo nada?

Desde el 12 de agosto, no hay respuesta. El director se llamó a silencio. Ese día quisieron que ingresara sola a una entrevista con el director, Luis Castañiza, y la abogada del hospital, cuando la Ley Micaela indica que la víctima de violencia debe estar acompañada. Ese día me iban a acompañar el presidente de la Gremial del hospital y también desde el Comité de Prevención de las Violencias del Tornú. Desde la Dirección General Docencia, Investigación y Desarrollo Profesional del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, dijeron que “en pandemia queda mal cerrar la residencia de terapia intensiva” del Tornú. Al comienzo estaban orientados a cerrarla, después dijeron que no tenían capacidad para hacerlo y le pasaron la pelota al director. Pero que siga en estas condiciones… Nuestros reclamos son acompañados por las asambleas de residentes y concurrentes del Tornú y de CABA, la Filial Tornú de Médicos Municipales y el Comité de Prevención de las Violencias del hospital.

¿Qué va a pasar con vos?

Mi contrato terminó el miércoles. Fui electa como jefa de residentes por votación en diciembre del año pasado. El director ya firmó los papeles de todos los jefes de residentes de los demás servicios, pero los nuestros no. Todo indica que no voy a tener trabajo en el este hospital ni en ningún otro del sistema público de CABA.

                                                                         



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“El trabajo sexual no es un paraíso, te estresa como cualquier otra cosa” | Entrevista a la trapera Sasha Sathya



“Ke muera la patria y estalle la frontera. kiero ser la puta más cara del sistema” rapea con los beats que produce en su pc, es Sasha Sathya es trapera del conurbano, lesbiana, transfeminidad, trabajadora sexual, autodidacta, y productora musical. “Me probó tu daddy, me vuelve a llamar, la piba con pija lo hizo flashear” cantaba, cuando todavía no era un sueño asistir a un recital.

Al igual que muchas músicas autogestionadas Sasha vio truncado sus proyectos. Frente a la imposibilidad de tocar en vivo, buscó otras alternativas: “voy a sacar un disco y venderlo digitalmente para poder pagar el alquiler, esta situación es como una montaña rusa”. Sus dos opciones de trabajo están vetadas, por eso lanzó en sus redes sociales una campaña para recaudar fondos.

QUE ESTALLE LA FRONTERA

Sasha se crio a la vuelta del Estadio Deportivo Merlo, con la sonoridad de bombos, recitales, partidos de fútbol. Canta desde que tiene memoria: “Siempre tuve una gran facilidad para captar las melodías e imitarlas”, cuenta. A sus 10 años aprendió guitarra viendo tocar a su abuelo los géneros de Cuyo. “Me daba cuenta cuando mi abuelo se equivocaba, tenía oído y era muy detallista. Intuitivamente la primera vez que agarré una guitarra ya sabía cómo tocar”, recuerda.

En los noventas llegaron a su casa recitales en VHS que alquilaban sus xadres. Los Stones, Pink Floyd y David Bowie porque “en las villas, en mi barrio la gente escuchaba rock y lo bailaba, también la cumbia. Hasta que apareció la cumbia villera. Me vi inmersa en un montón de culturas diferentes.”

En 1994 hubo un disco que se llevó toda la atención de Sasha, Dale Aborigen de Todos Tus Muertos, para ella y muchxs adolescentes que le escapaban a lo mainstream, esa banda marcó un antes y un después. “Fusionaba regué, dancehall, hardcore, ska y tenía una denuncia grande contra la violencia policial. La policía mató a uno de mis mejores amigos, Facundo Cáceres en el 95. Su cuerpo apareció a dos cuadras de plaza Rosales en Adrogué. Era una época en la que había mucho miedo, la policía en ese momento era muy jodida. Lo viví desde los 11 hasta los 17 años, me metían en una comisaría y me dejaban un par de horas ahí, era lo más común del mundo, simplemente por cómo te vestías, o por cómo andabas. En los recitales la policía te re contra cagaba a palos”.

El año pasado Sasha estuvo de gira por Europa, tocó en Lisboa, Madrid, Málaga. No le fue fácil. “La gente me trataba mal porque tengo acento latino, pero no tan mal porque no soy afro o musulmana. Hice fechas sin dormir, es difícil estar de gira sola. En España las personas que mejor me trataron eran de origen árabe, tengo sangre sirio-libanesa. En esos lugares te sentís mejor cuando ves una migrante.”

ALTO MONTAJE

Hoy a sus 38 años recuerda sus comienzos en el trabajo sexual cuando se fascinó con el crossdresing. “La gente antes se montaba para ir a girar, las maricas, gente casada o que no encontraba un espacio para montarse y salir por la calle. Yo salía sola y a veces pasaban algunas cosas y por internet publicaba mis fotos. Había muchos chabones que me ofrecían plata y me di cuenta que era la que había que hacer, esto fue hace 12 años, después fue más esporádico, hubo un momento en el cual le puse más pilas, y otro que tuve que parar, porque me quema la cabeza el trabajo sexual. Siempre lo viví como una actividad paralela porque hay que ser sincera, el capital erótico no me da para cobrar lo que cobra una puta vip o una travesti que está divina que se promociona en internet, que tienen su departamento en Recoleta y le pone mucha pila al laburo, se cuidan el cuerpo en base a lo que cotiza, le dedica tiempo, invierte, eso es algo que nunca hice, me fié de lo que tengo.”

Sasha prende un cigarrillo cuidando no romper sus uñas largas, dice que sus letras fueron fluctuando, ahora primero arma las melodías, “cuando canto ‘Ke muera la patria y estalle la frontera. kiero ser la puta más cara del sistema’ el concepto de la canción está ligado al trabajo sexual y el espacio público que para las personas trans y las putas cis es un tema central. Habla de la mirada de repudio a la Policía que no es ir a prender fuego literalmente el patrullero, ellas tienen que lidiar con la policía porque están en el espacio público. Habla de las formas en las que hay que invisibilizarse para zafar, y de la cuestión migrante, ranchear con gente de otros lugares, se te pega la tonada y te das cuenta que este territorio está dividido por ideas muy racistas y clasistas, entonces atacar eso y ser la puta más cara del sistema.”

Cuenta que esa canción nació en un momento donde se dio un fuerte debate entre abolicionismo y trabajo sexual dentro de los feminismos. “Creo que al final siempre estamos trabajando con el cuerpo, pero obviamente que no es lo mismo poner el cuerpo de esa manera, tengo amigas que no se ven en esa situación de estar en un lugar con un tipo desconocido, por eso hay que tener un respeto por las trabajadoras sexuales siempre, por más que no estén de acuerdo. A algunas no les queda mucho más que el capital erótico. Si tus opciones son ser madre, o ser una puta que le saca ventaja a esos planteos y reglas que tiene el mundo heterosexual y occidental, cobrar por un capital erótico me parece una buena salida. No es la única. Todas estamos negociando. La Maite Amaya dijo algo que yo lo pongo antes de los shows, y es que, en definitiva, seas torta o no, siempre estás negociando con esa perfo de la feminidad. En mi caso no me veo en otro lugar. Hacer trabajo sexual no es un paraíso, te estresa como cualquier otra cosa, como ser madre y laburar, a veces da la sensación que siempre perdés elijas lo que elijas en este mundo occidental.”

¿Generas ingresos con tu música?

Cada vez que hacía un show compraba comida y pagaba dos o tres cosas, pero en esta economía hasta antes de la pandemia seguía ganando lo mismo que en septiembre del año pasado. Me ofrecieron del Ministerio de Cultura tocar en un ciclo por la misma plata que me daban hace un año atrás. No puedo aceptar esa guita porque siento que es un doble discurso. El cupo laboral trans tendría que ser una suerte de ética, no esperar a que sea una ley y una obligación ciudadana. Hay mucha hipocresía y un montón de desigualdades que no se ven, como si las músicas fuéramos todas iguales, que pertenecemos a la misma clase. El mundo femenino de la música está representado por chabonas que son generalmente blancas, de clase media alta. ¿Hasta cuándo es útil la cuestión de los cupos? Pero eso no quiere decir que esté en contra…

¿Con qué cosas soñás?

Tener una obra social, un lugar donde vivir, poder dormir bien. Estoy envejeciendo (risas). Quiero poder soñar, descansar y no estar tan estresada por pensar en cómo sobrevivir. Desde lo neurodiverso hablo: por mi salud mental hay cosas que no puedo hacer porque sé que me generarían daños, ciertas presiones que no estoy dispuesta a ceder, no quiero volver a estar en un neuropsiquiátrico por no saber medir eso. Más allá de esas cosas terrenales, sueño con poder ayudar a algunas amigas, fantasías que una tiene, generar plata y poder repartirla con la gente que quiero, decirle a mi vieja “te conseguí unas vacaciones”. Ella fue una mujer que toda su vida se la pasó tomando bondi, tren y subte para laburar. Me gustaría poder regalarle un viaje, cosas cotidianas y terrenales. 

En la plataforma de Byte Footage Festival Latinoamericano de Archivo Digital se puede ver una presentación de Sasha Sathya: bytebeta.bytefootage.com





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Christian Sancho: Todo slip es político   | El modelo fue “desvinculado” de una marca después de hablar de su bisexualidad



Mi padre insistía siempre en que solo los maricones, y los brasileños, se animan al slip. Creía confirmar esa hipótesis machista en la playa, justo ahí donde la estrecha minucia se enciende como un faro, mientras envuelve una promesa a simple vista. El paquete promete e importa. No hay publicidad de slip, ni de baño ni de uso interior, que no busque imponer (la protuberancia de) un modelo conocido como cara de su marca.

El modelo se ofrece así a la mirada de las mujeres, que en general no singularizan el paquete del resto del cuerpo, sino que lo unen armoniosamente al torso, a los muslos y a la cara. En cambio, las locas somos fieles al fetiche. ¿Será que la mirada homosexuada sobre una publicidad de ropa interior convierte a la prenda en un asunto espinoso?

¿Qué ocurre si, además, el portador bien dotado da en una entrevista indicios de una sexualidad diversa y la celebra; hasta afirma que bien puede un día enamorarse de una mujer y otro de un hombre, como ocurrió con Christian Sancho en estos días en la revista Caras? ¿El slip se homosexualizará; los varones heterosexuales lo repudiarán, con terror a ser confundidos, las mujeres se desilusionarán? ¿Habrá que añadirle una advertencia: prenda solo para heterosexuales? ¿Con eso bastará para conservar a un público masculino mayoritario? Ay, la lengua deslenguada de Sancho, como hace años mi padre en la playa, nos viene a decir que todo slip es político.

Y eso que el tipo se cuidó de ceñirse, apenas, al amor ecuménico: “el amor no tiene género” (aunque la ropa interior, sí), y no alardeó del cojinche que bien puede prescindir de los elevados sentimientos. No dijo “un culo es un culo, donde veo un agujero le entro”, ni “sueño con un chongo que me haga sentir, por fin, Panam”. Sus declaraciones acuerdan con la época, en la que la diversidad equivale a una góndola donde se cree que mora la libertad de los cuerpos. Sancho produjo un discurso prolijo, estabilizador, con el tamaño de modernidad correcto. Pero la marca Lody, de la que era desde hace ocho años la cara slipera publicitaria, anunció vía Instagram que Sancho ya fue, justo en vísperas de la posible renovación de su contrato.

Ignoro si entre la entrevista poliamorosa y, como le dicen ahora al raje, “la desvinculación”, se puede comprobar causa y efecto. Proliferaron tweets, denuncias de discriminación, propuestas de boicot, la supuesta sorpresa del actor y modelo, que desde ya asoció sus declaraciones con la decisión empresaria.

Sin embargo, Lody lo desmiente, y filtró un muy amable chat en el que puede leerse la intención del modelo de trasladar su cara (y bulto) a otra parte, porque “estoy para más” (posible traducción: garpen mejor). No podemos acreditar ese metamensaje, pero lo que sí quedará registrado en los anales de los slip es que el mercado local, hoy en día, necesitará, de una vez por todas, aprender por conveniencia de qué tratan las políticas inclusivas. Sueñan con convertirse en grandes marcas pero les faltan pedagogos. Con astucia, deberían saber valerse de las diferencias sexuales o, para utilizar una palabra que no sangra, la diversidad. La diversidad suena bien a cualquiera. Lo open minded es el cuento necesario para seguir vendiendo la distinción seriada que se merece todo lo que aspire a la moda. Gay money matters. A la única población que puede permitirse el mercado argentino seguir desatendiendo, o discriminando, es a los indigentes, que para el capitalismo son invisibles mientras no obstruyan el tránsito a los gerentes.  



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Esposas sin esposas | 10 años de Matrimonio Igualitario: entrevista a María Rachid



En 2007 María Rachid se presentó en el Registro Civil de la calle Uruguay con Claudia Castrosín Verdú. Iban a intentar casarse pero sabían que les iban a decir que no. Un acto finamente calculado en el marco de la campaña por el matrimonio igualitario: se convertirían en una pareja de lesbianas de altísima exposición en tiempos en los que casi nadie quería hacerlo. Claudia Castrosín había sido su compañera desde los primeros años de La Fulana, organización que nació como refugio para mujeres bisexuales y lesbianas que eran expulsadas de sus casas. El amparo llegó hasta la Corte Suprema, que no llegó a pronunciarse porque la ley de matrimonio se aprobó antes. Un ribete menos popular de la historia es que en verdad pasó tanto tiempo entre que redactaron el amparo, que cuando llegó el momento de presentarlo Claudia y María ya estaba separadas.

En 2015 Rachid volvió a ese mismo Registro, donde tantas veces le dijeron que no, para decir que sí: para casarse con Maribe Sgariglia. En la ceremonia, contó que había conocido a Maribe en la militancia. Sentada a su lado estaba Claudia Castrosín. Era una de las testigos. El álbum de bodas de María parece una puesta en práctica de lo que Adrienne Rich llamó contínuum lesbiano, una suerte de rizoma de mujeres que cuidan unas de otras, crean alianzas y vínculos que se transforman de modo que todo quede en familia. Una forma de disidencia frente al modelo de ruptura con desgarro que propone la heterosexualidad. “Siempre terminé muy bien con todas mis relaciones, y en el caso de Claudia siempre decimos que somos de una misma tribu en la que, incluso, maternamos en comunidad junto a otras amigas e incluso a su ex pareja”, cuenta Rachid.

¿Será eso lo que hace que en general las rupturas entre lesbianas suelan ser menos brutales que para lxs heterosexuales?

Quizás nuestra comunidad tiene más erosionado el principio de “propiedad” privada que rige en las relaciones en general, y eso permite mezclar afectos y relaciones anteriores con nuevas relaciones sin que esto genere inconvenientes. Por otro lado, a veces por haber perdido vínculos familiares en nuestras vidas, o por tener durante mucho tiempo prohibidas las fórmulas familiares construidas por esta sociedad, es que hemos generado nuestros propios conceptos de “familia” donde entran distintos tipos de afectos, que no dependen de las reglas establecidas por la monogamia que a veces no sólo rigen sobre la sexualidad sino sobre los afectos en general.

Tenés con Maribe un bebé de ocho meses. ¿Cómo se llevan hoy tu maternidad y tu activismo?

Cambió la perspectiva de todo en mi vida y seguramente también mi militancia lésbica. Me hizo conectarme un poco más con las cosas que nos pasan a las mujeres, como identidad política, en general, y la intersección de eso es mi militancia lésbica. La llegada de Camilo implica por supuesto millones de cosas hermosas pero no me imaginé que podía ser tan difícil. Esta sociedad no está preparada para nada para la maternidad. Y eso es algo que yo sinceramente no había visto. Una lo sabe desde la teoría pero no lo dimensionás hasta que no lo pasás. Son necesidades que muy poca gente atiende, incluso quienes somos feministas y fuimos legisladoras. Pienso “¿Cómo no metí un proyecto por esto o por lo otro?” Partiendo por ejemplo de lo que es el transporte público para una embarazada.

¿Qué le enseñó el debate por el Matrimonio Igualitario a la opinión pública?

Una de las razones por las que insistimos en que la palabra fuera matrimonio y no ninguna de las otras fórmulas que, hacia el final, nos ofrecían era que el Estado estuviera dando un mensaje de igualdad. Se pone a la igualdad jurídica como piso, aunque eso no se traduzca en la realidad inmediatamente. La consigna que les copiamos a les militantes de España era “los mismos derechos con los mismos nombres”. El significado de la palabra “igualdad” fue cambiando, claro. En los 90 hablar de igualdad era totalmente conservador y de derecha. Las consignas de las marchas del orgullo hablaban de diversidad, diferencia, libertad. A partir del 2003, en otro contexto sociopolítico, eso cambió.

El reclamo por la separación de la Iglesia y el Estado estaba presente en las discusiones en 2010. ¿Cómo se renueva hoy esa cuenta pendiente?

Hay una reacción muy fuerte a las conquistas pero creo que siguen siendo sectores minoritarios que encuentran su fortaleza en algunos sectores del evangelismo y la Iglesia Católica, que tiene gran poder pero no tanto como se imagina. Una senadora en ese momento nos decía que ella estaba a favor de la ley pero que como quería ser gobernadora no podía votar a favor porque allí había más iglesias que sedes de todos los partidos juntos. Finalmente votó a favor y al año siguiente fue electa gobernadora con más del 70 por ciento de los votos. No creo que la población argentina tenga una posición contra el avance de derechos.

El amor era una consigna bastante totalizadora en ese momento, como si no hubiera lugar para hablar de la cuestión contractual del matrimonio…

Fue un gran debate interno. Nosotros nunca quisimos vincularlo al amor, por eso insistíamos con la palabra igualdad. Algunes más jóvenes tal vez planteaban el tema del amor pero no queríamos enaltecer el amor romántico como eje de la campaña. De todos modos fue difícil porque la propia sociedad fue haciendo eso.

¿Decís que era una palabra que ese contexto y para mucha gente funcionaba pero no el eje político?

Uno de los grandes argumentos de Negre de Alonso y otros senadores que estaban en contra era que nuestras parejas no duraban mucho tiempo. Fue gracioso porque años atrás habíamos armado una campaña convocando a artistas que grabaran videos a favor. Algunos eran parejas de artistas y así se habían grabado. Cuando llegamos al Senado, esas parejas, en su mayoría heterosexuales, se habían divorciado. Esa campaña además de mostrar el apoyo de la cultura nos terminó sirviendo para rebatir el argumento de Negre de Alonso.

Casi nada se hablaba de divorcio y separación. De hecho, Claudia y vos estaban separadas cuando presentaron el amparo para casarse. ¿Cómo ves hoy esa estrategia?

Me genera mucha risa. Pero en ese momento no creo que hubiéramos tenido otra opción. En esa época nadie quería presentar un amparo. Desde la organización queríamos que quienes lo presentaran fueran militantes porque iban tener que poder contestar a las preguntas sobre la ley. Cuando se nos ocurrió presentar el amparo con Claudia estábamos bien. Pero tardó mucho en redactarse, participaron un montón de juristas, incluido Raúl Zaffaroni. Presentamos la lay en 2005 y el amparo se terminó de redactar en 2007. Para ese momento nos estábamos separando. Estábamos peleadas pero tampoco sabíamos cómo seguía. Si nos corríamos, no había en ese momento otra pareja que lo quisiera hacer porque se sabía que no nos íbamos a autorizar.

Era mucha exposición y ningún derecho…

Exacto. Conocíamos muches militantes pero siempre había un tío de la pareja que no sabía, un abuelo que se podría infartar. Y esto iba a salir en todos los medios. De hecho, Alex Freyre y José María Di Bello tampoco eran del todo una pareja deseosa de casarse. Para la familia de Claudia fue difícil. Había parte de mi familia que no sé si lo sabía. Nosotras seguimos sin decir demasiado de nuestra separación pero tampoco es que simulábamos estar juntas. Después empezamos a pensar en presentar en otros lugares que no fueran Buenos Aires porque Negre de Alonso empezaba a decir “este es un problema de Buenos Aires, en las provincias no existe”. Dos compañeros de Rosario se ofrecieron a presentar su amparo, entonces Negre de Alonso dijo “este es un problema de las ciudades con puerto”.



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Una mujer trans en el Servicio Penitenciario Bonaerense | Entrevista a Ángeles Maribel Helguera, nueva coordinadora de la Subsecretaría de Género de esa fuerza



Hace una semana Ángeles Maribel Helguera estaba trabajando en la Unidad 45 de Melchor Romero en el sector de sumarios, su experiencia en el Servicio Penitenciario de la provincia de Buenos Aires lleva 15 años, tiene 35, es una mujer trans, tiene 3 hijos y juega a la pelota en la Liga de Fútbol Femenino Amateur de La Plata. El pasado 28 de junio, en el Día Internacional del Orgullo recibió el nombramiento como Coordinadora de la Subsecretaria de Género del SPB: “Es algo por lo que venía peleando hace tiempo, el reconocimiento de mi trabajo”, dice mientras transita los primeros días en un puesto sin antecedentes para las personas trans en el Servicios Penitenciario de la Provincia de Buenos Aires.

¿Habías tenido contacto con los pabellones travestis y trans del SPB?

Yo no las conocía, pero ellas me conocían a mi. A partir del nombramiento fui a visitar el pabellón de Florencio Varela porque con la situación de la pandemia no pude moverme más. Las chicas ya sabían mi nombre, mi apellido, un poco más y hasta mi legajo. Hablé con ellas sobre los tratamientos hormonales, la salud y como empezar a desarrollar herramientas para cuando salgan no estén a la deriva.

Te tenían fichada. ¿Qué sentiste con eso?

Me metieron presión (risas). Pero fuera de eso las escuché, ellas no quieren nada especial ni de otro mundo, lo que quieren es que se respeten sus derechos, el domingo hicieron un acto chiquito por el Día del Orgullo, y a mi me gustó estar, para saber cómo se expresan, como se sienten y empezar a trabajar.

Hay 66 personas travestis y trans en situación de encierro entre los pabellones que abarcan el SPB: Sierra Chica, Florencio Varela y Batán, es una población que viene padeciendo una violencia sistemática a lo largo de toda su vida. Te espera un trabajo arduo. ¿Cómo vas a empezar?

Ahora estoy en la etapa de observación, voy a armar un equipo psicotécnico que pueda acompañar las vivencias de cada una, que se pueda entender si afuera tienen familia, si no, si tienen alguien que las visite, que también haya quienes puedan acompañar y sostener las consecuencias de esos hechos de violencia que seguramente padecieron. Yo tengo la experiencia de haber sido vulnerada por ser trans y creo que es posible que el sistema penitenciario se adapte a estas demandas.

¿Trancisionaste trabajando en el servicio penitenciario?

Si, yo comencé mi proceso de transición en 2012.

Debe haber sido difícil llegar un día a la Unidad siendo una femeneidad trans.

Fácil no fue, de hecho me pasó que me enteré de casualidad que existía la ley de Identidad de Género, yo estaba devastada, no aguantaba más y necesitaba hacer el cambio. Cuando la obra social me rechazó la hormonación me enteré de que existía la ley. Obviamente trajo repercusiones y consecuencias por el espacio en donde estaba.

¿Cuáles fueron esas repercusiones?

En ese momento yo era oficial de Servicio en Magdalena, primero se lo comuniqué a las personas que tenía a cargo y lo tomaron bien, después trascendió y “me gané” el traslado a San Martín. Ahí me ayudaron con los papeles y me empezaron a tratar como personal femenino del servicio penitenciario.

¿Cuánto paso desde que empezaste la transición hasta ese momento?

Seis meses fueron para el DNI, después la operación de reasignación de sexo tardó mucho más, empecé en el 2013 y logré que me la aprobaran en el 2017.

Tu nombramiento sale en un contexto en donde se viene exigiendo la aplicación del cupo laboral trans en la provincia y debatiendo la ley a nivel nacional.

El cupo laboral trans es importantísimo porque cuando ellas salgan el Estado las tiene que acompañar, porque si desde adentro trabajamos para poder brindarles herramientas y después resulta que no pueden hacer nada estamos trabajando en vano. Después existe un trabajo mas hacia adentro, el hecho de que yo estuviera en una institución carcelaria, obligaba a la gente al menos a pensar en la posibilidad de un cambio. Yo tengo un carácter bastante fuerte , llegaba un momento en el que frente a situaciones de enfrentamiento o había un acuerdo para pensar en una forma diferente o alguien se terminaba yendo de la Unidad. Muchas veces me fui y muchas otras me quedé. Me pasó de replantearme si quería seguir o no trabajando en el servicio penitenciario

¿Que cosas te hacían replantear esa decisión?

Ascensos que no llegaban, traslados, sanciones injustas. Son cosas igual que yo considero que están en el pasado. Hoy las cosas cambiaron

Tenés 35 años y hace 15 que entraste al servicio penitenciario ¿ Por qué te metiste?

Yo tenía un abuelo que era jubilado del servicio y sus tres hijos fueron policías, él siempre decía ¿por qué no tengo uno que se me haga penitenciario? Se la pasaba llorando por eso, así que yo le di el gusto. Pero entré teniendo una mujer conmigo, yo traté de evitar sentirme así, me auto discriminé, me negué, formé mi familia, tengo tres hijos, pero llegó un momento en el que no aguanté más

¿Había diferencia entre policía y penitenciario?

En esa época si. Los policías se peleaban con los penitenciarios.

¿Qué parte de tu experiencia como mujer trans puede construir una empatía con la presas?

Por ejemplo a mi para la reasignación de sexo me operaron en el Hospital Gutierrez de La Plata, yo se que el equipo médico de ahí estaría dispuesto a dar información e intercambio con el servicio de salud penitenciario, asesorar, que acá en el servicio se sepa que testeos necesitan y como acompañar. Yo tuve que pelear con la obra social por mi operación de reasignación de sexo, a mi me explicaron como era la ley de identidad de género, necesité de la defensoria del pueblo, entonces pienso en que es necesario poder compartir las peleas que fuimos teniendo.

La semana pasada le dieron la libertad a Katalina Martinez Yancha, mujer trans y migrante que estaba en el penal de Florencio Varela, había tenido diagnostico de Tuberculosis y se denunció a través de organizaciones sociales las falencias en el sistema de salud penitenciario

Modificar la estructura del sistema de salud carcelario lleva tiempo, pasó de todo y las personas trans lo sabemos, el desafío para mi es poder modificar esa estructura y hacer que tengan una vida mejor y los derechos que les correspondan dentro del ámbito carcelario.

¿En ese “pasó de todo” hay algo de tu historia?

Si, yo me crié en Olmos y hacía cositas, me vestía con la ropa de mis hermanas y jugaba con ellas a las muñecas pero también estaba todo el tiempo con la pelota. La pasé mal porque desde que tengo uso de razón me siento mujer.

Muñecas y pelota…

Desde que tengo uso de razón juego al futbol y me siento mujer. Las dos cosas fueron juntas. En las ligas masculinas jugué en clubes importantes, cuando transicioné armaba partidos en la Unidad en la que estaba, siempre con equipos de mujeres. En el 2017 me vió el entrenador de Villa Montoro que tiene equipo femenino que compite en la liga amateur platense y me llevo para allá. Ahora juego de volante.

¿Qué diferencia hay entre vos jugando en la ligas importantes masculinas y vos jugando en Villa Montoro?

Hay que entrenarse, no veo tantas diferencias. Si cuando jugaba en la liga masculina la palabra del entrenador era palabra sagrada y ahora no es tan así. 

MUCHO POR HACER 

Katalina Martínez Yancha, es mujer trans y migrante que recibió el diagnóstico de tuberculosis estando en uno de los dos pabellones para travestis y trans que hay en Florencio Varela. 

Desde marzo hasta ahora fue y vino varias veces del penal a los hospitales penitenciarios, pero tiene dos recuerdos que le llenan los ojos de lágrimas: uno es el día de su cumpleaños número 33 en abril de este año, lo pasó esposada de pies y manos en la cama del hospital “El Cruce” de Florencio Varela; el otro es el mes que pasó en el hospital de Olmos: “A veces me daban de comer y otras veces no, dormía y lloraba porque estaba amorracada. ¿Cómo te dormís si no te podés mover para ningún lado?”. Sus compañeras del pabellón 11 de la unidad le hacían llegar algo de comida y de vez en cuando podían hablar. Ellas mismas la habían acompañado y cuidado durante las primeras semanas: “la teníamos aislada, le cocinábamos las tres comidas y la cuidábamos para que sus pulmones quedaran bien limpios” cuenta una de sus compañeras de pabellón que prefiere no dar datos de su identidad. Katalina recuerda esas semanas con alegría: “eran las 9 de la mañana y las chicas ya me estaban haciendo el jugo de naranja con veteraba”. Veteraba es la forma de nombrar la remolacha que tienen en Ecuador, un país del que Katalina y su prima Naomi migraron hace 10 años, salieron por tierra y se instalaron en Chiclayo, pasaron por Trujillo y luego llegaron a Lima, trabajaron durante un año en Peru y luego partieron hacia Santiago de Chile, cruzaron a Mendoza y finalmente se instalaron en la ciudad de La Plata hace 7 años. El derrotero fue siempre conjunto, durante el tiempo de encierro Naomi iba a una vez por semana a llevarle agua, yogurt, sopa de pollo y arroz, en este último tiempo se la pasaba en los hospitales penitenciarios pidiendo partes médicos que nunca llegaban.

Hace dos semanas a Katalina le concedieron la libertad, casi 4 meses después de los pedidos de excarcelación debido al riesgo en su salud por el Covid-19. En marzo de este año, Katalina llevaba en la Unidad 32 de Florencio Varela 3 años de los 4 que debía estar presa, reunía los requisitos necesarios para no transitar la enfermedad encerrada, sin embargo esto no fue posible. Lo que padeció Katalina ya ha producido muertes y daños irreversibles en las mujeres trans y travestis privadas de su libertad en la provincia de Buenos Aires, “se trata de prácticas inter-institucionales que sistemáticamente ejercen violencia sobre mujeres trans y travestis detenidas en el servicio penitenciario de la provincia de Buenos Aires” dice Aramis, abogadx que viene acompañando a Katalina y que junto a activistas y organizaciones intentan darle visibilidad al caso, aunque tienen muy en claro que no se trata de una historia aislada intramuros: el años pasado fue Mónica Mego, una mujer trans peruana de 36 años que entró caminando a una cárcel y hoy está parapléjica; en el 2017, Pamela Macedo Panduro tenía veintinueve, también migrante peruana, murió de una enfermedad crónica cuya gravedad se profundizó por las condiciones de la Unidad 32 en donde estaba detenida.

“Si no nos ayudamos, el barco de hunde, en eso pensaba yo cuando estaba en esa celda fría del hospital que se supone que es un lugar en donde te tienen que cuidar”. Katalina pasó ese último mes sin ver la luz del día, acostándose muchas veces sin comer y soñanado con su libertad. Ahora esta con tratamiento ambulatorio para recuperarse completamente, mientras habla con esta cronista tiene a su madre desde Ecuador en una videollamada: “no para de mirarme, esta contenta de verme afuera. Yo también estoy contenta, estuve 3 años y seis días encerrada, me da pena que la libertad me la hayan dado desde el hospital y no desde el pabellón en donde estaban mis compañeras”.

La nueva Coordinadora de la Subsecretaría de Género del SPB comenzó con la tarea, las chicas ya vienen esperando desde hace mucho que las cosas cambien, como le dijeron a Angeles el día del orgullo cuando las visitó: “nada de otro mundo, que se cumplan nuestros derechos”. En tiempos de fragilidad que no le vuelva a pasar a nadie lo que le pasó a la Katalina, se vuelve una urgencia.

 



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¿Pop para divertirse? ¡Tango para molestar! | Llega Tango Hembra, el festival donde la imaginación feminista, lésbica y queer le pasa viruta al 2×4



Fue en una clase en La Catedral en 2012. La guitarrista y cantora María Laura Santomil, alias Maleva, llegó a su clase como cualquier otra noche. Estaba acostumbrada a que el número de alumnas superara siempre al de los varones presentes, de modo que venía muy bien que, como era su costumbre, Maleva se ofreciera a conducir a alguna otra chica. “Pero un día, se alteró esa regla y de pronto estábamos parejos y me querían poner a bailar con un señor y ser conducida. Y me enojé. Mucho. Me había empeñado en que quería conducir. Entonces, el señor al que le tocó conmigo, que tendría más o menos la edad de mi papá, gordito, con bigote, tuvo un gesto, me dijo ‘vos no te hagas problema, yo hago de mujer’”.

Las milongas, cuenta Maleva, ya no son lo que eran y aquella escena hoy desentonaría bastante: “En ese momento, se habla así: ‘hacer de mujer’, ‘de hombre’. Hoy la cotidianeidad de la milonga es otra. No existía esta libertad. Yo vivía interpelando a los profesores: ‘si todos pagamos la misma plata, ¿por qué yo puedo practicar el rol que yo quiera? Hoy se habla directamente de conductor/a y conducido/a. Hoy hay milongas que no aclaran si son queer o no queer, y la gente va y baila como quiere y punto. Tal vez alguna a lo sumo se presenta como ‘milonga libre de roles’”.

Maleva es una de las más de ochenta hacedoras de la escena cultural tanguera argentina (músicas, intérpretes, comunicadoras, bailarinas, poetas, investigadoras y gestoras culturales) congregadas en Tango Hembra, el festival feminista que este viernes y sábado ofrecerá una grilla llena de espectáculos con el madrinazgo de Susana Rinaldi, talleres de cambio de rol, presentaciones de libros y más. El cantito que corean a cada rato las cantantes y las organizadoras del evento resume su espíritu: “Atenti, muchachos, el tango ya no es macho”. Se trata del primer festival de estas características en el mundo, un mundo que ya no se parece en nada al 2012.

SER O NO SER (BINARIOS)

“Investigamos y no encontramos otro festival de tango feminista. No, en Europa tampoco. Nuestra idea es poner en valor todo el laburo que hay de músicas, bailarinas comunicadoras en el universo del tango, una tradición que exagera mucho el tema de la masculinidad y donde conseguir trabajo es muy difícil”, dice una de las organizadoras, Florencia Ubertalli.

“Participo y apoyo profundamente la movida pero no puedo dejar de señalar que el nombre del festival reproduce el binarismo que desde el tango queer venimos poniendo en disputa hace muchos años”, acota la cantante Fifí Real, que el sábado 7 de marzo va a compartir escenario en el festival con la orquesta La Empoderada. Participa sí, pero con reservas: “Voy a hacer este mismo planteo durante la presentación. Porque la idea es abrir las discusiones no cerrarlas. Lo que me lleva a pensar: algo que marca este momento es la pulsión por la inclusión. Pero falta preparación para poder generar espacios con personas no binarias. De todas maneras es para resaltar que a todo el mundo le de miedo ser binario y no puedan hacerse cargo de lo que son y ya”.

El nombre “Tango hembra” es una forma de ironizar acerca de lo que decía Julio Sosa, aquello de que “el tango es macho”, responden desde la organización del festival. “Es un chiste y de ningún modo haber usado la palabra ‘hembra’ es símbolo de que seamos un espacio reducido a las personas autopercibidas mujeres, desde el punto vista biológico y de la lógica binaria. Compartimos sin duda el deseo de que haya igualdad más allá del género que cada quien abrace en cada momento de su vida. Tampoco se nos escapa que si bien celebramos la Ley de Cupo femenino en la música como algo positivo, hay un problema que es que otras identidades están quedando afuera. Es un problema no resuelto.”, aclara sobre este tema la cantante Florencia Ubertalli.

LAS DÉCADAS BAILADAS

Desde hace veinte años el tango queer viene sacudiendo el circuito del 2×4, poniendo en tensión la estampita obligatoria para el bolsillo del turista: la pareja de hombre y mujer entrelazados, cada cual en su sitio, con la bandera de fondo. La propuesta del tango queer es, en resumidas cuentas, un intercambio de roles de baile donde conviven las identidades sin jerarquías. Y si se tiene en cuenta la genealogía de cómo fue inserción en las milongas este modo de ser y estar en la pista, se trata sin duda de un aporte de origen lesbiano para revolucionar ese género musical.

Para Mariana Docampo, que presentará su libro Tango Queer en el festival, la movida de la que es pionera creció en cantidad y en calidad. En cantidad, porque hoy en día en Buenos Aires es muy sencillo encontrar una milonga de este estilo cualquier día de la semana, y en calidad, porque el circuito del tango tradicional fue intervenido, flexibilizado y modernizado por la fluidez de los roles y la posibilidad de bailar guiando o dejándose guiar indistintamente en casi cualquier milonga: “salvo espacios especialmente conservadores, no es raro ver parejas del mismo sexo bailando, o ver mujeres conduciendo”, explica.

El Tango Queer, empezó allá por los 2000 en la Casa del Encuentro, con algunas parejas de lesbianas que se acercaban para ensayar paso a paso el quiebre de la tradición. En 2006, en asociación con la Marshall, de Augusto Balizano, Mariana creó el Primer Festival de Tango Queer de la Argentina y desde entonces la propuesta se expandió vertiginosamente. “Una persona de 20 años que se acerca hoy al tango ya no se va a encontrar con un ambiente ultraconservador, marcado por los estereotipos patriarcales, hoy se acerca a una danza que puede bailarse de muchas formas. En la primera década del XXI el tango queer fue una ola previa a la ola feminista actual, al que se liga Tango Hembra”, dice Docampo.

La movida estética originada en los 90 del llamado Tango Nuevo y la proliferación de milongas populares a la gorra en todos los rincones de la ciudad también contribuyeron a esta transformación del circuito del tango tradicional, y a relajar las maneras de bailar. Hoy es muy habitual ver en los ambientes de tango, no necesariamente queer, a dos mujeres bailando juntas, intercambiando roles, o a una mujer guiando a un varón. “Ahora todo es más flexible. Se piensa que siempre fue así pero creer que las cosas siempre fueron así invisibiliza, una vez más, la importancia de la movida de las lesbianas en esta transformación. Porque en La Queer no solo enseñábamos a bailar los dos roles a las mujeres sino que además era un espacio en donde podíamos practicar, y eso es muy importante para afianzar el baile. Siempre propiciamos un ambiente amigable que alentaba esta práctica, les daba seguridad a las mujeres que querían guiar. Hoy si una mujer que recién empieza a bailar quiere aprender a guiar en una milonga del circuito no queer, nadie te lo va a negar, o casi nadie. Antes si querías guiar, era complicado encontrar un hombre que se dejara y había miedo de ‘pasar por lesbiana’ si te veían bailando con otra chica. Hoy el feminismo logró que se reduzca ese miedo. Eso es buenísimo para las lesbianas y para las mujeres en general, porque tiene que ver con nuestra libertad de elegir, nuestra libertad sexual, nuestra libertad de amar”. Hoy la Milonga Queer no es lugar de encuentro exclusivamente lgbti: “vienen todes, pero con nuestras reglas, para quienes quieran tomarlas.”

GARGANTA CON ARENA

“Siempre se habló de que el tango es macho, en las letras y en las composiciones. Si bien falta visibilizar muchos temas y desigualdades, esa visión ya fue. Este festival viene a mostrar lo que ya sucede: que el tango hoy es diverso. El paño de lo que es el tango hoy. También es cierto que tenemos que ser mejores”, cuenta Bárbara Grabinski, voz de la orquesta Desde el sur del litoral. Grabinski quiere decir que falta visibilizar desigualdades, y que se cumpla la Ley de Cupo en la música que se aprobó el año pasado, que plantea reservar un 30 por ciento de la grilla de los ciclos para cantantes y bandas de mujeres.

Falta también que los varones vayan a los festivales de tango feministas como público, disfruten y acompañen. Falta, cuenta Bárbara, que le dejen de decir al oído este clásico con tonada de carcamán: “Mirá que a mí no me gustan las mujeres cantando tango, pero vos Polaca… ohhhhh”. La de Bárbara no es una vocecita de dama: “¡Es una voz gruesa de cancha! Pero a esa voz y a mi actitud recién me las banco ahora, desde hace pocos años. En el escenario y en la vida. Antes trataba de disimular con una actitud corporal ‘minita’. Siempre en mi vida me vi en la necesidad de ocultar mi parte más varonil. De chica me gustaba jugar al futbol en la vereda y las vecinas me agarraban en la calle y me arrastraban a mi casa. Años después empecé a estudiar teatro, y así fue como pasé a improvisar tangos en un bar. Al poco tiempo armé los ciclos Noches Bárbaras para relacionarme más mujeres que estuvieran en el ambiente, mujeres que hoy son mis grandes amigas”. Las quería conocer de primera mano porque sólo le llegaban los comentarios de tangueros: “ésta es una loca”, “aquélla, una jodida”.

OTRAS LETRAS

En la necesidad de que proliferen nuevas letras coinciden todas, y también Fifi Real: “Hasta en las milongas queers se bailan letras binarias. La orquesta de mujeres China Cruel y la milonga Feminil en este sentido son súper interesantes. Porque si no, queremos hacer cosas nuevas pero caemos en la reinterpretación de los mismos tangos. La escena pide nuevas letras que reflejen lo que está pasando en los colectivos. Faltan letras que se puedan alejar no solo de los tangos de los años 40, sino de los de los 90, de ese tango ligado al turismo menemista, ese relato heteropatriarcal cis del tango pasional que se repite en todas las casa de tango, donde se explota a los músicxs y a lxs bailarinxs para seguir con ‘La cumparcita’ y ‘El día que me quieras’”.

El movimiento joven, dice Fifí, debe cruzar la vereda: “No me refiero a los intentos de mezclar el rock con el tango, porque parecería que el tango es sólo algo en lo que caen los rockeros al llegar a viejos. El movimiento joven tiene que ir por un camino descontracturado sin perder la fantasía milonguera. Quiero volver al tango popular que hable de lo que está pasando hoy en la calle. Más allá de los temas del dúo Bife, Alto Bondi y Susy Shock no veo suficientes representaciones marikas dentro del tango canción”.

TANGO HEMBRA: Segundo Festival Internacional Feminista de Tango. Viernes 6 y sábado 7 de marzo a partir de las 18 en el Galpón B, Cochabamba 2536.



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