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“Las fotos” de Inés Ulanovsky, un extraordinario viaje a las historias y las imágenes de la memoria colectiva | Un libro de editorial Paisanita



El 18 de julio de 1994, día que explotó la bomba en la AMIA, Inés Ulanovsky se encontraba en su casa, ubicada justo enfrente. Todos los vidrios de las ventanas estallaron, hubo gritos, desconcierto, pero afortunadamente nadie de su familia salió lastimado. Ella ya hacía fotos y con las manos temblando cargó la máquina con la que registró su cuarto, su escritorio, la escalera y hasta ahí llegó. A partir de ese día, cada aniversario del atentado fotógrafos y periodistas se apostaban en su edificio y el de enfrente, puntos de vista certeros para registrar el lugar donde habían ocurrido los hechos. Ella también, cada año, como un ritual, hacía una fotografía. Una década más tarde, en medio de una mudanza encontró esos primeros negativos sin revelar y los miró con una lupa contra la ventana. Se encontró con algo increíble: en una de las fotos se ve en una ventana del edificio de enfrente a un fotógrafo con el rostro semi escondido detrás de su cámara. Era Diego Levy, su marido. Le había sacado una foto antes de conocerlo. La foto de una conmemoración, de un duelo, cifraba de un modo fugaz, el futuro.

Esta es la historia que abre Las fotos de Inés Ulanovsky. Un libro único, excepcional, un libro de relatos sobre fotos que de algún modo registra la relación que esta artista tiene con la imagen y la palabra, desde hace años. No se trata solo de describir fotografías, sino de todo lo que éstas –como pequeñas cajas de pandora—abren, todo lo que cuentan sobre el pasado y sobre el futuro, por su disposición a lo espontáneo, por la relación privilegiada que la fotografía tiene con el azar. La prehistoria del libro se vincula también con este suplemento, ya que Inés publicó en 2013 la historia de aquella foto que por casualidad le hizo a Diego Levy. Ella lo cuenta así: “Aproveché la publicación de ese texto para incluir un recuadro en el que convocaba a ‘la gente’ a mandarme por mail sus historias sobre fotos. Con un optimismo desmedido me imaginé recibiendo miles de relatos extraordinarios de personas de todo el país e incluso del mundo. El plan era bueno pero, a la cuenta de correo que abrí especialmente llegaron muy pocos mails. El proyecto me pareció inviable y lo abandoné. Cada tanto lo veía pasar en mis libretitas viejas y algo de lo inconcluso me resultaba muy incómodo. En 2019 tenía que escribir la tesis de la Maestría de Escritura Creativa de UNTREF y decidí que tenía que escribir sobre fotos. Volví a esa casilla de mails abandonada hacía seis años y encontré un correo de Maia Gattas Vargas –a quien no conocía- en el que me contaba que había visto la nota y me compartía una gran historia de la foto de sus padres. Le contesté disculpándome por los años de atraso en mi respuesta y pedí hacerle una entrevista, que por suerte aceptó. Con ese material escribí un capítulo que, de algún modo, fue la matriz para los capítulos que siguieron.”

FOTO DE INÉS ULANOVSKY, AMIA, 1977

Así es como empezó este libro. Una historia escondida y recuperada, una solicitada y luego abandonada. Cruces entre la fotografía, la memoria y la casualidad. Y también entre la trama personal –padres e hijos, maridos y esposas—pero que alcanza lo social, lo histórico y lo político del modo menos pensado.

EL HOMBRE BAJO EL AGUA

El relato matriz entonces, se llama Sudestada. Comienza con la descripción de un trofeo de pesca que Maia Gattas Vargas heredó de su padre. Este objeto, junto con otros tres –de los que hay relatos cruzados y no está confirmada la veracidad de la procedencia—son los únicos recuerdos materiales que ella conserva de su padre. Nació dos meses después de su muerte. Hay además una foto que recuerda la fecha en que ese trofeo de pesca fue conseguido. En ella están sus padres jovencísimos abrazados y atrás el Río de la Plata planchado, es septiembre de 1979. El padre de Maia amaba pescar y ese era su lugar en el mundo. La imagen fue conservada por su madre durante veinticinco años adentro de una Biblia, como una estampita. Inés Ulanovsky describe la imagen con palabras precisas, incluso la inscripción en birome que tiene atrás, que dice: “Dios es amor, y el que ama permanece en el amor y Dios en él.” En julio de 1986 Luis Andrés Gattas –el papa de Maia—salió a pescar con un amigo, por la zona de Olivos. Unos prefectos que recorrían la zona les advirtieron que se venía una sudestada. Los amigos no hicieron caso, entraron igual. La tormenta se produjo. Al día siguiente comenzó una búsqueda que llevó adelante Prefectura, la policía, familiares, amigos. El relato de Ulanovsky reproduce el diario íntimo –real—de la abuela de Maia. Allí también, como en las fotos, encuentra y deja ver la belleza de los documentos. No hace falta agregar palabras a la tristeza de aquel momento. En la desesperación y con la idea de direccionar la búsqueda, la familia contrató a un parapsicólogo, que les dijo que Luis iba a aparecer cerca de un águila. Después de cinco días de intensa búsqueda el cuerpo fue encontrado flotando justo en el lugar de aquella foto feliz, a unos doscientos metros de un parador llamado “El águila”.

El relato se cierra con la foto mencionada. En una hoja aparte, una vez que las voces que contaron una historia, ya se apagaron. En el caso de la imagen de la los padres de Maia uno descubre mínimos detalles que no habían sido dichos: las puntas dobladas de la foto, las sonrisas de ambos protagonistas, la manera que su padre mira a su madre. Este procedimiento se repite a lo largo de todo el libro. Inés explica: “Con la estructura tuve claro que quería que el texto estuviera primero y que al terminar de leer esté ahí la foto, tal vez para confirmar o refutar la idea que el lector tuvo al leer. Quería lograr ese efecto, de imaginar la foto leyendo el texto primero y después ver la foto de verdad. Me parece que ocurre algo ahí que es interesante, en el encuentro de esos dos lenguajes juntos. Se potencian pero no necesariamente uno explica al otro. Ni las fotos están ahí para ilustrar los textos, ni los textos para explicar las fotos.”

ARCHIVOS INCOMPLETOS

Hay que decir que Inés Ulanovsky viene trabajando de forma continuada en archivos fotográficos desde hace muchos años. Ese oficio con fotos añejas, carpetas vetustas, estantes polvorientos, documentos que otros tiran y ella recupera, es un poco la historia de su vida. “Mi primer trabajo consistió en armar el archivo de notas de mi papá, Carlos Ulanovsky. Yo tenía unos 15 años y él me dio unas cajas repletas con sus publicaciones originales para que se las ordenara por medio y fecha. Me acuerdo que a esa edad en la que nada me interesaba demasiado, entender la lógica que debía tener un archivo fue algo importante. Como si en esa simple operación que mi padre encontró para que yo hiciera algo además de ser adolescente y quejarme del mundo, empezó a gestarse un interés mío por los documentos originales. Mi mamá que había sido fotógrafa también aportaba sus cajas repletas de negativos y copias que aparecían por toda la casa. Era muy frecuente abrir un cajón de la cocina y que apareciera una foto de cualquier cosa.”

De este modo despuntó un interés, que se desarrolló paralelo a su trabajo como fotógrafa: “A los 19 años entré a trabajar en la sección fotografía del diario Clarín. Era un trabajo full time, súper estresante. Había que lidiar con los cierres, los tiempos, las exigencias y algunos jefes muy malvados. A mí lo mejor que podía pasarme era que me mandaran al archivo de papel, un espacio enorme, laberíntico, repleto de muebles metálicos ordenados por orden alfabético y perderme ahí, abriendo cajones y mirando fotos.” Y después comenzó la tarea archivística en serio: “Trabajé en el Archivo Biográfico de Abuelas de Plaza de Mayo, un proyecto importantísimo en el que colaboré durante algunos años que consistía en armar una caja con fotos, documentos y entrevistas para los nietos que iban siendo recuperados pudieran tener acceso a sus archivos familiares. En 2008 junto a Lucila Quieto, trabajamos en la Fototeca de ARGRA (la Asociación de Reporteros Gráficos de la República Argentina). Finalmente trabajé varios años en el Archivo Nacional de la Memoria. En ese recorrido aprendí mucho de archivos, fotógrafos, autores y cuestiones técnicas pero básicamente confirmé mi interés por las fotos analógicas, las que se pueden tocar, perder y volver a encontrar. Durante todo ese tiempo fui juntando esos pequeños hallazgos.”

Del tiempo en que trabajó en la fototeca de ARGRA es otro de los relatos, ocurrido en 2008 y protagonizado por un joven llamado Daniel Bibiano. En marzo de ese año Daniel vio la foto de un hombre en el diario — un articulo con el título “Imágenes en busca de la memoria”– que podía jurar que era él. Resultó que no era él sino de su padre, a quién no había conocido, ni visto jamás en una foto de esa edad. La historia que precede esta foto es un poco compleja, Ulanovsky la despliega como una línea de tiempo muy ajustada, con años, meses y días exactos. Todo comenzó cuando cuando Clarín compró el diario La Razón en el año 2000 y en un gesto incomprensible, decidió tirar su archivo fotográfico a la basura. Alguien alertó a la Asociación de Reporteros Gráficos, un socio se acercó al volquete donde estaba el material y recuperó siete bolsas de consorcio completas con papeles y fotografías. En 2007 Inés y Lucila Quieto son convocadas para organizar el archivo de ARGRA. Entonces detectan en estas bolsas unos sobres con las carátulas Subversión, Extremistas y Allanamientos. Eran recortes periodísticos y legajos policiales originales, con retratos de personas detenidas con nombre y apellido. Son fotos de prontuario, con flashes que dejan ver golpes, cortes y el terror en la cara de los protagonistas. Todo fechado en 1975. Entre ellas, la foto de Pedro Tomás Bibiano. Junto con el equipo Argentino de Antropología forense completaron la información de varios de los retratados – muchos de ellos estaban desaparecidos- y confirmaron el enorme valor de ese hallazgo.

Esas fotos formaron la muestra Archivos incompletos que Lucila Quieto e Inés Ulanovsky hicieron con ese enorme material. La gacetilla que mandaron a los medios tenía la foto de Bibiano padre, que su hijo reconoció en el diario. Días después se encontró con las archivistas, que le dieron copias de la imagen y lo ayudaron a reconstruir la historia de esa fotografía de la que no tenía idea y ni siquiera podía imaginar. Ulanovsky cierra el texto con una entrevista reciente que le hizo a Daniel en la que confiesa que no mira esa foto seguido. Le cuesta ver a su padre con esa expresión. Como si la autora dijera, las fotos pueden ser también una evidencia, que si llega a los ojos precisos ya cumplió su cometido, no necesita mirarse más que una vez.

FOTOS ESCONDIDAS, FOTOS PERDIDAS

Otros de los capítulos de libro cuentan historias de fotos encontradas en la calle. Hay dos historias que tienen como protagonista a Mariano Libertella, uno de los principales proveedores de la página de Facebook Negativos encontrados, en la que se suben periódicamente fotos de autores y protagonistas desconocidos, que alguien rescató de la basura. En otro capítulo es la propia Inés la que –ya obsesionada con la escritura de este libro—encuentra fotos en un conteiner cerca de su casa. Imágenes de un hombre de vacaciones con un amigo, en distintos lugares de la Argentina. La autora elige suponer que se trata de un amor oculto, algo que esos muchachos de antaño no podían llevar adelante en su casa, ni su ciudad. Esa es la historia detrás de “Dos hombres frente al monumento a la Bandera de Rosario”.

.Hay varios de los capítulos en los que las historias la tocan más de cerca, como es el caso de la foto de Diego Levy, pero también la que ilustra la tapa del libro, de su abuela materna, e incuso las fotos del sepelio de Perón tomadas por su propia madre Marta Merkin, que encuentra en un archivo sin autoría y reconoce, por la letra de su mamá. Inés explica: “Al principio por pudor dudé en incluir algunas de las historias personales y familiares, pero después me pareció que era desde ahí, desde esa devoción mía con las fotos que yo estaba escribiendo y decidí incluir todo, fue como juntar muchas cosas con las que tenía la sensación de querer hacer algo pero no sabía con qué forma. En el libro conviven entonces historias propias y ajenas y paso de la primera a la tercera persona con bastante libertad. Trabajé con fotos de universos muy diferentes, desde álbumes familiares a prontuarios policiales pero todas comparten la condición de haber sido protagonistas de una historia y eso me pareció que era el único hilo conductor que me interesaba respetar.”

Hay dos capítulos de fotos tomadas por fotógrafos profesionales, es decir, no fotos amateur, o documentos pensados con otros fines. El primero de ellos es del fotógrafo oriundo de Chivilcoy Daniel Muchiut. Durante muchos años este fotógrafo retrató a Oscar Ojeda, un hombre que vivía en la calle, más precisamente en un auto abandonado en el “Puente de las tres bocas”, el punto donde confluye el agua de toda la ciudad. Sobre ese hombre se decían muchas cosas: que había matado a alguien, que había estado preso, que comía perros, o que era el mismísimo hombre de la bolsa. Nadie sabía quién era y él no hablaba. Así que era una especie de mito viviente y abandonado de la ciudad. Muchiut quiso retratarlo y Oscar aceptó. Las primeras fotos son de 1998 y se lo ve mimetizado en un cúmulo grisáceo de bolsas, perros y basura. Los años pasaron y fotógrafo y fotografiado entablaron una amistad, en la que el primero registró todos los lugares donde vivió: aquel auto, una tapera, una pensión, la calle y finalmente el geriátrico municipal. Muchiut retrató a Oscar durante dieciocho años. El resultado es una serie llamada La vida de Oscar, que luego también se convirtió en un film documental dirigido por Muchiut y el colectivo de arte “La confianza”. Cuando se realizó la difusión de la película, los llamaron desde una asociación para decirle que estaban buscando a un tal Oscar Ojeda. Lo buscaban sus hermanos con una sola foto de cuando los tres eran chiquitos. Los datos coincidían y ahí se produjo el milagro. Era el mismo que sus hermanos Irma y Raúl estaban buscando desde hacía 55 años. Venían de una familia rota, habían sido separados de niños y dados en adopción. Irma y Raúl siempre habían mantenido el contacto y siempre habían buscado a su hermano.

Fue gracias a Daniel Muchiut y la amistad que entabló a través de la fotografía, que la familia pudo reencontrarse en 2017. Inés Ulanovsky concluye su capítulo diciendo que desde ese día, todos los cumpleaños, las navidades, los años nuevos los hermanos se reúnen. “Ahora tienen nuevas fotos de los tres juntos.”

UN A ESTRELLA EN EL CAMINO

Sobre el final del libro, está la segunda historia protagonizada por una foto profesional. Como si tratara de una novela de Manuel Puig, esta historia es contada íntegramente con correos que enviaron sus actores: Dimas Peña y la fotógrafa Estrella Herrera. Sobre el fin de verano de 2017 Herrera había retratado a Dimas con su mujer Corita en Mar del Plata, muy cerca de Playa Grande. Una pareja mayor, simpáticamente ataviados con sombrero de ala –ella—y casco –él— subidos a una moto de gran carrocería. Habían intercambiado sus direcciones de mail para que después de publicarlas en la Revista Lugares, pudiera mandarle algunas copias al matrimonio. El hombre le escribe varias veces, la reportera se encuentra de viaje y le contesta días después, mandándole las imágenes. Él responde parcamente agradeciendo, pero un mes más tarde manda un mail más extenso en el que explica el por qué de su insistencia. Había sido un verano inolvidable para ambos, porque había sido el último. Corita – hasta el nombre parece propio de un personaje de Puig—padecía una enfermedad grave y poco después de ese encuentro había fallecido. Pero las fotos llegaron a tiempo. “Reenvié la foto a todos los amigos, familiares, grupos de WhatsApp de acá, de allá, de más allá. Las fotos geniales, el escenario divertido, para quién conocía a Corita, el personaje ideal. Las edité en el celular, sepia, blanco y negro, antiguo.” El tiempo los favoreció aún más: “El martes por la tarde la voz anunciando que había salido la foto a página entera, vio la foto y fue lo último que vio. A las pocas horas descansó en paz”.

La respuesta de Estrella Herrera sirve también para pensar en el poder que tienen las fotos, ese puente entre los vivos y los muertos del que habló Roland Barthes, pero también muchos otros lazos, todo lo que en ellas pervive: “Leí tu carta hace unas horas y desde entonces estoy pensando en ustedes. Lo cierto es que quedé impactada y conmovida. Siempre que saco retratos siento que es algo que se hace en colaboración, junto con las personas y por eso me gusta mandárselas. Por eso y porque sé que –junto conmigo—son quienes más disfrutan de verlas. Una foto vive más rodeada de los suyos.”

CORITA Y DIMAS EN MAR DEL PLATA, 2017. FOTO: ESTRELLA HERRERA

¿Cuál es el poder que tienen las fotografías, capaces de desatar tantas historias a su alrededor? Muchos escribieron sobre esto, desde el mencionado Barthes a Susan Sontag pasando por el infinitamente citado Walter Benjamin. Índice de que algo fehacientemente “estuvo ahí”, huella indeleble, las fotos conservan el tiempo “como las moscas atrapadas en el ámbar”. A lo largo de su libro Inés Ulanovsky desenrolla, como una película, una pequeña teoría. Y se atreve a discutir ese asentado concepto de que en las fotos no hay aura como en la pintura, porque el proceso que las concibe es mecánico y perpetuamente reproducible. O más que discutirlo, actualizarlo, pensarlo a la luz de los nuevos lugares a donde nos lleva hoy la fotografía: “Creo que en esta época de invasión de imágenes, tengo una idea caprichosa y simplista que indica que lo analógico tiene aura y lo digital no. El peso, la materialidad, las marcas del paso del tiempo y los detalles que se pueden advertir cuando uno mira una copia de papel son también parte de esa experiencia capturada, no solo desde el momento en el que se hizo el registro, sino que también nos da información del recorrido que tuvo ese objeto foto. Entonces por más que pueda haber más de una copia, hecha desde un negativo, cada foto es única.”



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Rosario Bléfari: La estrella de todos los que odiamos el estrellato | El rosarismo 



Leía regularmente lo que Rosario escribía y mandaba desde La Pampa, esa especie de diario de las prácticas en las que ocupaba su vida de reclusa. Pintura, tejido, jardinería, canciones, escritura, cocina, manualidades, transcripciones musicales: en la prosa de Rosario, todas estaban al mismo nivel, merecían la misma atención, inspiraban la misma intriga, producían la misma expectativa: ese suspenso doméstico, íntimo, que destilan hasta los procesos más cotidianos cuando se los sabe mirar, cuando se los mira de cerca, cuando se los mira como si fueran prodigios. Algo de esa fidelidad devota al hacer (porque esas cosas, nobles o nimias, eran quehaceres, una palabra que Rosario parecía repatriar de Puig o simplemente redescubría cada vez que pasaba tiempo en la casa familiar de Santa Rosa), que sus textos detallaban pacientes, con un regocijo sereno y una extraña emoción, me hacía pensar que era indestructible. En la entrada del 2 de febrero hablaba de un collage en papel de calcar que iba a intervenir, unas piezas de guitarra en las que trabajaba, un cuadrado de lana verde inglés que quería destejer. Hablaba del olor del lienzo nuevo, crudo, que le había hecho acordar a su madre y a un novio pintor. El 7 le escribí por Instagram: “Me hizo llorar tu diario del domingo. Quién pudiera escribir, recordar así”. “Qué lindo, Alan, me alegra la mañana”, me contestó. “Tenés una manera increíble de describir lo que hacés: práctica, método, búsqueda. Todo es extremadamente preciso y claro. Eso es muy conmovedor, también. El amor de la práctica. A mí me viene alegrando el día tu texto (son las 5.37 en Berlín)”. Me escribió: “Besos, Alan, gracias por tus palabras”. Yo quería hablar; ella se despedía —pero, cortés como era, tampoco quería dejarme colgado. Me acuerdo que tuve la impresión de que se metía en una cueva, como un animal herido, de la que ya no saldría. Pero cada vez que la leía contando cómo componía, pintaba, ponía unos estantes, dibujaba, cosía, plantaba cosas, escribía, mis sospechas y temores se disolvían: sólo quedaba ese entusiasmo, esa excitación, esa inocencia puestas al servicio de ver qué pasaba si (usaba tal o cual tono, combinaba materiales o colores, etc.). Había algo en la relación de curiosidad que tenía con el mundo que me parecía incompatible con la enfermedad y con la muerte —incompatible radicalmente, por naturaleza. No fui el único, por suerte —también para mi admiración, porque nadie encarnó tan bien como ella una relación ideal, a la vez agradecida y justa, cien por ciento anticomplaciente, con la admiración que le profesaban los otros—, pero Rosario me flechó la primera vez que la vi. Era la protagonista de Doli vuelve a casa, el corto de Martín Rejtman. Tenía 21 años: no era nadie y ya era una estrella, la estrella de todos los que odiamos el estrellato: rápida, inteligente, llena de talento — un talento insólito, a la vez salvaje y austero, lacónico y temerario, que no conocíamos ni sabíamos que podíamos encontrar en alguien tan “como nosotros”. Pero lo que más enamoraba de ella (alguien, creo que Nicolás Zuckerfeld, usó esa palabra en un posteo de homenaje, y la usó como muchos la habíamos usado hace unos meses para decir que estábamos enamorados de Anna Karina, que acababa de morir) era el modo en que cambiaba con el tiempo. Rosario sabía cambiar. Era de hecho lo único que le interesaba saber. Entraba en lo que no conocía despacio, con delicadeza e intrepidez, convencida de que si había algo que hacer habría ahí un lugar para ella, para su amor práctico, de artesana. Pasaba de una cosa a la otra, un arte a otro, una banda a otra, una vida a otra, sin renunciar nunca a nada pero sin avidez, como si cada nueva cosa fuera la continuación de la anterior por otros medios, y se llevaba consigo, de sí, de la artista que había sido en la dimensión que por un momento dejaba en suspenso, ese núcleo de sensibilidad dura, alerta, extraordinariamente perspicaz (ese rosarismo), que le servía para abrirse paso por el nuevo mundo y ser otra. La vi empezar a escribir notas periodísticas, edité sus textos en Página/30, textos contemplativos, colgados pero siempre precisos, crónicas fumadas que brillaban en la revista como gemas traspapeladas, vi de primera mano las ganas increíbles de “aprender a escribir” que tenía, ella, que venía de actuar, de la música, vi cómo en esas ediciones que me agradecía no veía tanto “enseñanzas” como posibilidades, chispazos, programas de aventura que le ofrecía una práctica que todavía no dominaba y por eso, sin duda, la entusiasmaba tanto. La vi convertirse en lo que fue en los últimos tiempos: un genio del método, como todos los grandes artistas, que no inventan tanto cosas como maneras de hacer. Parece que hace unos años, cuando preparaba “canciones a pedido”, la conferencia que dio en el ciclo Mis Documentos, hablaba de un método para componer canciones absolutamente fascinante y absolutamente incomprensible, que sólo podía servirle a ella. Me cuentan que se había ido a Santa Rosa en diciembre pasado, a pasar las fiestas con su padre y recuperarse del tratamiento. Se fue quedando. Vino la cuarentena y se quedó —a morir allá, quién sabe, con su papá, “millenial de 88 años”, como lo llama en su diario. Fue la persona más fotogénica que conocí. La única, en realidad, porque la suya era una fotogenia en vivo, presencial: su cara atraía toda la luz, el mundo se ponía contento cuando sonreía. 

                                                              ***

Esta columna forma parte de la Nota de Tapa de Radar, que se completa con los artículos de Mercedes Halfon, Alan Pauls, Susana Pampín y Marcelo Zanelli.



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Una despedida a Rosario Bléfari | Escriben Martín Pérez, Mercedes Halfon, Alan Pauls, Susana Pampín y Marcelo Zanelli



“No se vos, pero a mi/ me matan los recuerdos”.

Antes de ser una voz, Rosario Bléfari fue un grito. El grito bien al frente de una banda llamada Suárez, un grupo que arrancó tocando de espaldas a su público y terminó –cuatro discos más tarde– mirándolo a los ojos. De “Morirían”
a “Río Paraná”
hay una historia que es la que va de esa boca bien abierta en un video de la trasnoche de MTV Latino en la primera mitad de los 90, al protohit que prácticamente selló el inesperado adiós de un quinteto (luego cuarteto) que comenzó apuntando a las estrellas y se despidió embarrado y a mucha honra, remontando la corriente y cantándole a las orillas.

Al comando de Suárez, Rosario fue sónica primero, alternativa después, rockera siempre. Pero a su manera. Y cuando se quedó sin banda, cuando –como ella dijo alguna vez– todos seguro se estarían preguntando cómo se las arreglaría sola, supo abrazarse a las canciones. Esas que, disco a disco, aprendió a construir para el grupo: primero rodeadas de ruido, luego estalladas de guitarrazos al galope, y finalmente capaces de ser directas y llenas de futuro. “Sol o sombra, elija cualquiera”, como repetía de manera deliciosa en el contagioso, siempre soleado y jamás sombrío “Excursiones”
.

El verso con el que abren estas líneas pertenece al último gran milagro musical de Rosario, su dúo junto a Julián Perla, bautizado como Los Mundos Posibles, que tiene un único y encantador disco, capaz de devolverle la fe a cualquier creyente desencantado de la música. Ese único álbum se llama Pintura de guerra
, y contiene apenas 22 minutos de canciones perfectas, una de las cuales es “Condenados”
, que contiene esa y muchas otras frases cotidianas e inolvidables, virtud compartida con las mejores obras que llevan a Rosario al frente.

Pero la primera vez que la protagonista de estos recuerdos que hoy se agolpan y empujan consiguió alcanzar semejante tierra prometida para su público y para sus canciones fue, justamente, cuando ella se imaginaba que todos se estaban preguntando cómo haría. Y lo que hizo fue simplemente ser ella misma. Ser canción y nada más. Lo sé porque tuve la suerte de estar ahí, y quedar simplemente deslumbrado. Rosario Bléfari presentó las canciones
de lo que sería su primer disco solista propiamente dicho en el sótano de Belleza y Felicidad, usina de la posmodernidad artística porteña, pero siendo ferozmente moderna de tan clásica. Sin amplificación, y rodeada de un puñado de músicos con instrumentos acústicos, cuando los 90 ya habían terminado hace rato y se desperezaba un nuevo siglo, los temas de Estaciones

sonaron aún más perfectos, despojados y románticos que lo que jamás se había permitido hasta entonces su autora e intérprete. 

Algo nuevo hizo aparición en esas noches, algo que dejaba sin aliento, y era poder ver por primera vez la clase de artista que era la autora de esas canciones cuando se decidía a ir a fondo, a mostrarse tal cual podía ser. “Yo creía que sabía nombrar lo que quería/ pero cuando apareciste/ no alcanzaron las palabras que tenía”, canta Rosario en “Convicciones”
, uno de los temas que presentó aquellas noches, y esa fue la sensación que despertaron aquellas veladas de estreno.

De cara a una nueva época, la cantante al frente del grupo que tocaba de espaldas demostraba ser capaz de despojarse de todo. A partir de entonces su música se liberó de toda etiqueta, de la misma manera en que también después volvería a ser rockera si el ánimo o la ocasión lo requerían, pero no como escondite sino como estandarte, como estado de ánimo, como volver a casa.

“Probamos la misma miel/ y cómo nos gustó”

Tengo que pedir disculpas porque se me agolpan las palabras. Sé que este relato se apura aquí y se demora allá, pero siento que la mejor forma de intentar abarcar como corresponde a alguien como Rosario es permitirme hacer como ella: en vez de intentar ir tema por tema dejar que todo se escriba al mismo tiempo. O al menos intentarlo. Tal como parece invitar el verso de acá arriba, inicialmente incluido en el poemario La música equivocada
, pero que finalmente encontró su lugar en el disco de Sue Mon Mont
: un seleccionado de músicos del último rock argentino –formado por integrantes de grupos como El Mató un Policía Motorizado o Los Reyes del Falsete– que aceptó orgulloso jugar para ella, tendiendo un puente entre la última década del siglo pasado y la segunda de éste. Pero sin nostalgia, puro presente, confirmándola como referente generacional y –siempre– alternativa.

Uno de los primeros recuerdos creativos de Rosario en la noche porteña se remonta a los 80, y se trata del grupo de happening teatral Los Concretos, bautizado así por el pedido de Omar Chabán para su debut en ese cuartito que era el proteico Café Einstein: “Sean más concretos”. Aplicando ese mismo reclamo de concreción a estas líneas, me atrevería a decir que Bléfari debería haber sido abanderada, tal vez junto a Palo Pandolfo y Francisco Bochatón, entre los herederos naturales del rock nacional si los nuevos tiempos hubiesen sido igual de populares, capaces de superar los límites naturales del género, como la realidad que vivió la generación anterior, la de los Ceratis o Calamaros. Pero los 90 –y después– terminarían siendo tiempos de grupos, de Piojos o Babasónicos, de embanderados capaces de ir a sonar y conquistar cualquier casa ajena. Mientras que nuestra módica santa trilogía de genios musicales terminaría cantando una y otra vez para sus conversos, humildes spinettas de su propia tribu fiel y encendida.

Si, ya sé, todos sabemos: Rosario no fue sólo música, también fue Silvia Prieto
.
Pero en algún momento terminaría aceptando que, si bien al comienzo se pensaba como una actriz que también tenía un grupo, finalmente la música era donde podía hacer todo lo que quería, y tal como quería. Creía que existía –y se podía percibir en pantalla– lo que ella llamaba “la tristeza del actor”, que se producía cuando el intérprete ocasional no tenia ningún control estético sobre la película en la que actuaba pero aceptaba participar ante la ausencia de otras opciones. Si es por eso, se podría decir que Rosario nunca estuvo triste: siempre fue feliz y musical hasta las últimas consecuencias.

“Al ver cuando te vas/ subiendo la escalera/ cuando aplauden al final”

La canción se llama “Cuaderno”
, está incluida en el disco Misterio relámpago
, y habla también del deseo de que el interpelado esté presente por completo. No puedo dejar de tararearla y pensar en Rosario, que a sus tempranos 54 años ya no está. Quedan los recuerdos, que se multiplican en las redes. Todo el mundo parece tener un recuerdo suyo, y está bien que así sea. Quedan sus textos, y sus propios recuerdos, como la reciente evocación online
de aquel cruce juvenil con Charly García, al que le mostró sus primeras canciones e incluso reveló que llegaron a grabar una juntos. “Nunca más lo ví ni hablamos”, escribió. “Me señaló que no usara el ‘tu’. Nunca lo usé”. Y también queda su música, que en el último tiempo –por suerte– no dejaba de multiplicarse. En los últimos años había formado Los Mundos Posibles, Sue Mon Mont, el grupo con el que tocaba su repertorio –“el histórico”, lo llamaba con una sonrisa– y hasta se había reunido con su grupo de siempre. Cuenta el guitarrista Marcelo Zanelli que antes de recluirse en La Pampa había puesto –no sin esfuerzo– las voces en tres temas nuevos de Suárez, que pronto se podrán escuchar: uno suyo, uno de ella y otro firmado por ambos.

Cuando eso suceda, cuando Rosario vuelva a sonar al frente del grupo con el que la conocimos, terminará de partir haciendo el camino inverso a como llegó: de las orillas del río hacia el espacio profundo, dándonos otra vez inevitablemente la espalda, ya en camino de esa estrella solitaria, que siempre, pero siempre siempre, supo brillar para ella.

Y para nadie más. 

Esta columna forma parte de la Nota de Tapa de Radar, que se completa con los artículos de Mercedes Halfon
, Alan Pauls
, Susana Pampín
y Marcelo Zanelli
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Rosario Bléfari en el cine, el teatro y la literatura | La vorágine constante



Hace casi una semana que la noticia de la muerte de Rosario Bléfari recorrió como un rayo las redes sociales y los diarios y medios digitales, que dieron cuenta como pudieron de aquel suceso tan triste, inesperado, que nos dejó sin palabras. Dentro de las notas apuradas que salieron ese día aparecieron ciertos epítetos para nombrarla: “musa”, “ícono”, “artista total” fueron algunos, discutidos o discutibles, porque es difícil anclarla justamente a ella, que no paró nunca de crear, de moverse, hasta el último día, de hacer olas en las aguas donde eligiera posarse. Si bien es claro que inspiró a otras y otros, fue desde esa misma vorágine constante y no desde la pasiva belleza de las musas, o el impacto reposado de los íconos, pero tampoco en el solemne y canónico título de la “artista total”. Es como si Rosario siempre hubiera caminado al costado de las calles centrales, de la música, del cine, del teatro y de la literatura. Artista de las partes y no del todo, porque nunca quiso posarse en la cima de nada, ni eligió una sola disciplina. Su voz se fue multiplicando a través de los años, en diversos territorios, donde dejó su huella inquieta, mutante, como quien escribe en la arena mojada.

Se multiplicaron también las anécdotas con ella, todos arrojados a narrar las escenas en que la descubrimos con un disco, un poema, un recital, una película. Era tan abierta y tan cercana que fue notable la proliferación de microhistorias en la que ella se ponía a charlar con sus fans, a comentarle a uno el pin de una banda en una lectura de poesía, o a regalarle una entrada para un recital a otra, o simplemente a crear un universo totalmente personal, en el que a la vez muchos nos sentimos incluidos. Yo también. La entrevisté dos veces en los tempranos 2000: una con el estreno de sus obras teatrales ensayísticas Somos nuestro cerebro
y ¿Somos nuestros genes?
que hizo con Susana Pampín en el Centro Cultural Rojas. La otra, con la salida de la caja que compilaba todos los discos de Suarez en el 2005. Desafortunadamente no tengo guardadas ninguna de las dos notas, ni tampoco están en la web –es bueno recordar que internet no es eterno, que también como nosotros, puede desaparecer en cualquier momento– pero quedaron grabadas en mi memoria las escenas de las entrevistas. Ella llegando, diáfana y serena, con los labios rojos y un jean gastado, copando con su simpatía desbordante los bares de la zona de Boedo donde vivía, poniéndose al hombro la charla que queríamos llevar adelante con otro periodista cachorro como yo. Recuerdo que quería preguntarle por un libro. Pocos años antes había salido Poemas en prosa, su primera incursión en la literatura, editado por Belleza y Felicidad. El interrogante era algo así como cuál era para ella la diferencia entre la letra de una canción y algo que después podía convertirse en un poema. Dijo que cuando escribía una canción quería que eso pudiera ser escuchado por todos, que se imaginaba el tema saliendo por los parlantes de esos autos que recorren las calles anunciando algo y que los transeúntes casuales se sintieran cautivados y se pusieran a cantar. Que lo que se escribe en una canción es algo que quiere gritarse, cosas como “¡Tengo miedo!” o “¡Estoy enamorada!”, pero que en los poemas podía darse otro clima, que un poema no era para gritarlo, sino que allí sucedía otra cosa. Pienso que esa imagen de la melodía saliendo por cualquier parte y conmoviendo instantáneamente es algo que pasó con sus canciones, que está pasando ahora mismo, mientras la evocamos y escribimos esta infinita cantidad de anécdotas que intentan volver a traerla con nosotros.

La frase me quedó grabada y es tal cual lo que ocurre en sus libros. En aquel primero, editado en 2001, ya está condensado todo el universo literario que iba a desplegar después. En La música equivocada (2009, Mansalva), Antes del río (2016, Mansalva), Mis ejemplos (2016, Lecturas ediciones de Chile) y Las reuniones (2018, Rosa Iceberg). Un itinerario que concluye con un inédito llamado Diario del dinero que en pocos días saldrá a la luz por Editorial Mansalva. Un universo grácil, inesperado, urbano y natural, donde conviven las calles conocidas –“Un tomate tirado en el cordón y otro más allá, en la vidriera. La avenida Libertador resplandece igual que cuando cumplí quince años. Quince más han pasado y eso no significa nada. Todavía se inunda.”— con pueblos que fueron suyos, como el poema Santa Rosa: “Flores que se agachan a tomar la noche, después se levantan y empujan el aire, estiran sus cuellos si no mira nadie, empujan el aire y fabrican su sangre. Un relámpago en miniatura. Su raíz atmosférica hecha orquesta.”

Un detalle poco conocido de Rosario Bléfari es que en los últimos años se había convertido en estudiante de la carrera Artes de la Escritura de la Universidad de las artes. Era raro verla a ella, a quienes todos considerábamos una maestra del indie, convertida en alumna de escritura, pero a la vez, esta artista de las partes no tenía ningún problema en estar ahí a horario, discutir con sus compañeros un texto, o ponerse a leer a un autor que no conocía. Siempre estaba empezando, siempre un fragmento nuevo se unía a su gran rompecabezas, siempre buscando un estímulo nuevo que alimentara su voz.

Y quizás habría que haber empezado por ahí. Porque fue en 1999 con la película Silvia Prieto de Martín Rejtman, que muchos la conocimos. Allí era la jovencita en pleno proceso de repensar su vida, cambiando de trabajo, dejando las drogas –apenas unos cigarrillos de marihuana que cambiaba con un dealer a quien invitaba a comer pollo al horno—, se preguntaba tan profundamente por si misma que se encontraba con otras. Había muchas otras Silvia Prieto en el mundo y ella estaba curiosa de conocerlas. La película tenía voz en off de la propia Bléfari en ese código de actuación depurado que Rejtman hizo estilo cambiando para siempre el cine argentino, pero que se grabó a fondo en la voz de su protagonista. La voz de Bléfari ahí, con esos textos graciosos y maquinales, ese tono construido como en bloques, como una pintura hecha solo de colores primarios, es la que siempre nos iba a acompañar. Una misma voz en canciones, poemas, muchas otras películas y obras de teatro.

Silvia Prieto de Martín Rejtman

Recuerdo las obras que Rosario escribió y dirigió en el Rojas —Somos nuestro genes y Somos nuestro cerebro—que eran también una indagación sobre la identidad con unos procedimientos muy nuevos para el momento, eran como conferencias performáticas, con pequeñas escenas recreadas, los personajes se llamaban como los actores y se preguntaban una y otra vez por quiénes somos, qué lugar ocupamos en el universo, qué nos determina y dónde está nuestra libertad. La última obra en la que actuó Bléfari se llamó Reinos, una pieza de extraña belleza dirigida por un grupo de mujeres
 –Agustina Muñoz, Romina Paula y Margarita Molfino–. Transcurría en el campo y era también una puesta en abismo de una cantidad inmensa de preguntas. Una larga conversación sobre nuestro modo de vida, la posibilidad del amor, el trabajo y la comunidad. 

La presencia de Rosario en aquella obra, además de aportarle su vigor flotante, su calidez genuina, creo ahora, también era testimonial. Como si ella siempre hubiera estado conversando, con distintas personas y en distintas lenguas, apuntando a esas formas de vínculos inestables, que debían comenzar siempre de nuevo, repensarse, abrirse más y más. Toda una obra hecha de conversaciones con amigos, un pensamiento abierto al mundo, en permanente transformación, hecho carne en la voz de una mujer que hablaba sin proponérselo para y por una comunidad. O mejor dicho, pensaba en voz alta. Esa voz inconfundible, inolvidable, que por suerte tenemos toda la vida para escuchar. 

                                                                         ***

Esta columna forma parte de la Nota de Tapa de Radar, que se completa con los artículos de Mercedes Halfon, Alan Pauls, Susana Pampín y Marcelo Zanelli.



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Las memorias fotográficas de Andy Cherniavsky | De Serú Giran, Charly García y Los Abuelos de la Nada a Peter Gabriel y Bruce Springsteen



Un padre progre y multidisciplinario que filmaba películas y producía artistas y que trajo a la Argentina a tocar a Santana; una madre psicóloga de prestigio y vanguardista muy a gusto pasando temporadas en un campo nudista en Bahía; un hermano muerto de muy joven en un accidente de auto; un romance fugaz con Charly García; un amor de nueve años con Andrés Calamaro y, siempre, la lente. Andy Cherniavsky vio demasiado y su cámara estuvo ahí, registrando lo sublime y lo ominoso del rock and roll. Desde Luca Prodan mostrando su costado más vulnerable hasta las hordas desaforadas de The Cure en Ferro.

No reveló todo, pero reveló mucho: primero el agobio de la represión de los ’70 y la desolación adolescente; luego el banquete de los ’80, la amistad, el insomnio creativo y el vacío existencial, las drogas blandas y las duras, el rock inspirado y la hoguera de las vanidades, la poesía y los pop stars atrapados en conductas psicóticas, las groupies trepando combis y la búsqueda de la canción perfecta. Cherniavsky ya narraba, maravillosamente, en imágenes. Ahora venció el pudor y se puso a escribir su historia que es, al fin, generacional. El título del libro es elocuente: Acceso directo: Memorias de una fotógrafa del rock argentino en los años 80. También se podría haber titulado Memorias de una sobreviviente.

En la tapa aparece recostada y sostenida por los seis integrantes de Los Abuelos de la Nada, sonriente y sensual como una vedette de la década del 70 apoyada sobre bailarines de teatro de revistas. Esa sonrisa y esa sensualidad son las mismas de la mujer que hoy –cabello corto y rojo, modales serenos, confinada en su casa del deslinde de Palermo Viejo- habla de la mirada. De la posibilidad de mirar un poco más allá de lo que se ve. “En el libro traté de contar mi experiencia en el torbellino de un rock sensible, intenso y que tiene también un costado triste. Yo en principio no quería escribirlo. Tengo un perfil bajo y me daba no sé qué tanta exposición. Pero me llamaron los de la editorial, y dudé. Para que me decidiera fue definitiva la opinión de mi hija, que tiene 26 años y es psicóloga. Me dijo: ‘Hacelo ma. ¿Por qué no?’. Ella siempre me pregunta cosas de aquellos tiempos. Este libro sirve para contarle todo de un tirón. Por eso se lo dediqué. Para Liza, mi hija, mi evolución. Que lo es.”

Andy Cherniavsky se metió en el mundo del rock como por una claraboya. Hay tragedia y azares en ese ingreso. Como colegiala, en el Instituto de Enseñanza Norte de la avenida Santa Fe, conoció a Dani García Moreno, el hermano de Charly. Se pusieron de novios. Ella vivía en un departamento sobre la calle Salguero con su hermano, Ariel. “Mi vieja se había ido de San Salvador de Bahía a España, y nos mandó pasajes a mi hermano y a mí para que fuéramos para allá. Yo me quería quedar con Dani. Mi madre podría haberme obligado, pero sabía que no lo iba a hacer. Ella era permisiva, fumaba porro y consumía LSD con sus colegas o amigos. Militaba en las nuevas corrientes de la Psicología, y obligarme hubiera sido ir contra sus principios”.

Temprano descubrió que, de alguna manera, tenía que ser madre de su madre. Comprenderla. “No fue sencillo… Ya está, ya reparamos todo entre nosotras… ¡Ahora en cuarentena está viviendo conmigo! Soy una virginiana maternal, por eso también estuve y estoy atenta a lo que le pasa a mi hija. Tal vez con algunos músicos también tuve una actitud maternal. Pero volviendo a aquellos años, nada era fácil en los ‘70. Nada”.

Escribe Andy: “En 1976 todo cambió con la muerte de mi hermano. Sola me tomé un avión a Zaragoza para despedirme de Ari, y me quedé allí unas semanas con mamá. No sabíamos qué hacer ni a dónde ir. Un tiempo más tarde con ella y su marido emprendimos un viaje muy largo por Europa, como para elaborar el duelo. Finalmente ellos decidieron volver a radicarse en Brasil, pero yo no estaba invitada. Casi todos mis amigos se exiliaron, eran muchísimos los que se iban del país”.

Se animó a volver a Buenos Aires. Al poco tiempo su padre le contó que habían puesto una bomba en su oficina en el Centro de Artes y Ciencias, que era su gran creación. Y que había decidido irse a vivir a Brasil.

Te quedaste completamente sola.

-Completamente. Había empezado Psicología en la Universidad de Belgrano, y tuve que dejar para viajar al entierro de mi hermano. Seguía mi duelo, y me acababa de separar de Dani.

No hablás mucho en el libro de lo que debe haber significado lo de tu hermano.

-Fue tremendo. Tremendo. Es cierto. No sé… No quise centrarme en mis dolores más profundos.

Tema que configura una cabriola psicoanalítica –como tantos que habitan Acceso directo– el que ocupó la cama vacante de su hermano muerto en el departamento fue Charly García. Andy frecuentó a la familia durante el noviazgo con Dani. Tenía muy buen vínculo con Carmen, la madre. Un día la llamó por teléfono para pedirle si le podía hacer un lugar “a Carlitos”. “Por supuesto Carmen sabía de la habitación vacía. Charly venía de convivir con María Rosa Yorio en una pensión. Se instaló. No tenía nada: un par de teclados, una guitarra y poca ropa.

¿Cómo fue la convivencia?

– Muy buena. El era reservado, hasta tímido te diría. En esa época era muy común quedarse hasta tarde a escuchar música. Muy variado. Lo que escuchaban todos: Floyd, Yes, Genesis, Led Zeppelin y también Joni Mitchell, Carole King, Procol Harum, Premiata Forneria Marconi. María Rosa Yorio venía con amigas. Sobre todo con dos, Diana Lía y Patricia. Para mí era importante, porque podía compartir cosas de mujeres. Había mucho diálogo, poco rollo. Nos gustaba la ropa de feria americana.

Aun en medio de un clima represivo, encontraban espacios de libertad.

-Sí. El clima era una mierda, pero yo me crié en un ámbito de total libertad. Mi viejo fundó el Centro de Artes y Ciencias. Antes que lo cerraran los militares, pasaron por ahí Vinicius De Moraes, la madre del Che, Ángel Parra, Nacha Guevara, Mercedes Sosa, Daniel Viglietti, Norman Briski, Manal, Moris, Les Luthiers, León Gieco, Pappo´s Blues… Muchos más: Horacio Guarany, el Mono Villegas, Vittorio Gassman, Arco Iris, Mikis Theodorakis, el ballet Bolshói de Rusia, Miguel Abuelo, Facundo Cabral, los Quilapayún, Astor Piazzolla, Chico Buarque, Joan Báez, Billy Bond y La Pesada… Uf, había un movimiento increíble.

Impresionante tu padre.

-Daniel Cherniavsky. Lo que te decía, yo tenía 11 años y entendí con el ejemplo que no había una sola manera de vivir, sino millones. Mi viejo también dirigió películas y obras de teatro. Esa fue mi cuna. Mi mamá anda por ahí, por el Di Tella, con nueva pareja… Yo era chiquita pero absorbí todo. Podía disfrutar Mozart y Sui Generis. Digamos que entré en los ‘80 con el bagaje de los ‘60.

YO ESTUVE AHI

Empezó a sacar fotos en las plazas, como mero pasatiempo y para ganar un peso, y a los meses ya estaba incursionando profesionalmente en el arte de la fotografía. Con ayuda de su abuela políglota traducía artículos de revistas importadas como International Photography y Popular Photography. “Esas publicaciones, más un curso que tomé con un fotógrafo llamado Teófilo Dabbah, fue toda mi formación. Soy básicamente autodidacta, aprendí con el ensayo y error, experimentando, pasando horas y horas en el cuarto oscuro. Era todo analógico. Anotaba a cuánto revelaba los rollos, jugaba, hacía collages con las caras de Charly”.

¿Él seguía en tu casa?

-No, se casó con María Rosa y se fue. Y después le pasaron un montón de cosas en muy poco tiempo: se separó, conoció a Zoca, nació Miguel, se disolvió La Máquina de Hacer Pájaros, empezó a juntar dinero para hacer Serú….

El rock la arropaba como una familia adoptiva. Con su novio y socio Clota Ponieman anduvieron por Brasil y aguantaron los trapos de los primeros escarceos de Serú Girán. En Buzios y San Pablo y también aquí, en la Buenos Aires gris y hostil que no los comprendía. Andy siguió vinculada a la banda, conoció a Daniel Grinbank y, por ejemplo, eligió la foto de tapa de Peperina junto a Charly. En un momento que escaseaba el trabajo y que era, todavía, una olímpica desconocida, García la recomendó a León Gieco para que hiciera la foto de Pensar en nada. Así, deslizándose entre los capos de un rock bastante endogámico -por entonces era como un club pequeño en el que todos se conocían- un angelado día conoció a Los Abuelos de la Nada. De Miguel Abuelo se acordaba: había actuado en un concierto organizado por su padre. Fue una performance memorable por la negativa; casi un gesto de músico contemporáneo experimental. Andy Cherniavsky la cuenta deliciosamente en Acceso directo:

“El recuerdo más antiguo que tengo del Centro de Artes y Ciencias relacionado con el rock es la imagen de Miguel Abuelo sobre el escenario, sentado en el centro sobre una banqueta alta, solo, con su guitarra. Esto fue en el Auditorio Kraft; el lugar estaba lleno. Se apagaron las luces… salió Miguel, miró para todos lados, pero no tocaba. Silencio. Murmullos. Risitas. Pasó un rato, se levantó y se fue.

Yo tendría unos once años y la escena quedó fijada en mi memoria, porque comencé a ponerme muy nerviosa y lo fui a buscar a mi viejo.

—¡Papá, papá! ¡Se levantó y no tocó! —le grité desesperada.

Mi padre se encogió de hombros.

—Bueno, si no quiere tocar que no toque.— Y siguió impertérrito su marcha, sin hacerse demasiado problema.”

La banda incluía a un viejo conocido de La Máquina, Gustavo Bazterrica en guitarra, y tenían, según describe Andy “a un bajista alto y flaco, Cachorro López, a Polo Corbella en la batería, y a un saxofonista muy buen mozo que respondía al nombre de Daniel Melingo. Pero lo que me quitó el aliento fue el tecladista que en aquel tiempo era casi un escolar: Andrés Calamaro”.

Los Abuelos de la Nada fue el primer grupo disruptivo masivo del rock argentino. No pasó por el under y tuvo una popularidad instantánea. Fueron proyectados por Daniel Grinbank –que pisaba fuerte con Serú Girán- y el productor del disco debut fue el propio Charly. El rock “nacional” se ponía patas para arriba con la energía reformulada de un trovador pionero de La Cueva como Miguel Abuelo y su decisión de amalgamar un huracán latino de funk, reggae y pop. No tenían la afectación dark de las nuevas bandas como Sumo y Soda Stereo, espejadas en el post punk británico. Era otra actitud, procesada por América del Sur y el Caribe. En su relato, Cherniavsky elabora de su experiencia personal afectiva una lúcida descripción de ese instante bisagra. “Me enamoré de Andrés en medio segundo. Y parece que el flechazo fue mutuo. Mi relación con Clota ya estaba flaqueando, pero no me animaba a separarme de él. Pasó mucho tiempo hasta que Andrés y yo empezáramos a salir. Los Abuelos era una banda muy poderosa, y le llevaba mucho tiempo”.

¿Qué diferencias encontrabas entre Serú Girán y Los Abuelos de la Nada?

-Eran muy distintos. En Serú había un ambiente de joda, relajado, de compañerismo. Los Abuelos eran más complejos. Miguel decía que era una estrella de seis puntas. Había buena onda, pero competían. Cada uno era el compositor de sus propias canciones, cada uno sabía cómo quería que sonaran sus propios temas y eso generaba cierto roce cuando otro opinaba. Andrés era un pendejo. En seguida lo empezaron a respetar. La primera vez que mostraron en vivo “Sin gamulán”, la gente flasheó. La canción era de Andrés. No me olvidó más las caras de los otros, más grandes, experimentados: no lo podían creer.

Cherniavsky transitó los ’80 de la mano de Andrés Calamaro & amigos. Acceso directo representa en ese sentido un diario de viaje casi periodístico con aspectos no tan conocidos de los años locos. Desde noches eternas con Charly en Mau Mau hasta, por ejemplo, una bitácora de la multiplicación de bandas paralelas. La que trascendió más allá de la anécdota tal vez fue la Ray Milland Band. Pero Andy hace un punteado de otras aún más secretas. Textuales del libro:

Los Proxenetas Prófugos. “Era un grupo muy copado, que tocó muy poco. Estaban Miguel Zavaleta, Daniel Melingo, Camilo Iezzi, Duilio Pierri como maestro de ceremonias, Hilda Lizarazu, Fabiana Cantilo y Gabi Aisenson en coros; Jorge Alem y Alfi Martins hacían no recuerdo qué. Duilio Pierri es un artista plástico con quien compartíamos salidas y eventos en aquel tiempo. Realizó algunas pinturas para las tapas de los discos de Suéter. Uno de los temas de Los Proxenetas Prófugos era “Extraño ser”, una canción de Miguel Zavaleta que luego versionó Man Ray, y también fue interpretada por Suéter con Andrés de invitado. Y me encanta.”

Escuela Basilio. “Otro extraño experimento de Daniel Melingo.”

Sistema Oscar. “Estaba formada por Andrés, Camilo Iezzzi, Pipo y Melingo. Tocaban La Biblia de Vox Dei, pero en versión marxista. Una genialidad.”

What’s the look“Duró solo una noche, en Prix D’ami y tocó solo un tema. La banda más efímera de todas. Tocaron “War”, de Bruce Springsteen. Participaron Andrés, Vicentico, Fernando Lupano, Sergio Marchi y Mc Phantom.”

Zoilo Goes to Rancho. “Estaba inspirado en Frankie Goes to Hollywood. Un cuartetazo gótico de Andrés, Pipo y Melingo, que siempre contaba con un integrante eventual. Podía ser alguien del público. Fueron los autores de “Corazón de mandril”, canción que terminó en el tercer disco de Los Twist, La máquina del tiempo.”

Los Barros Jarpa: “Andrés, Melingo, Zavaleta, el Zorrito Quintiero y Pipo. Uno de sus pocos temas logró trascender como “Himno óptico” y fue inmortalizado en La máquina del Tiempo de Los Twist.

Los Lamidozo’s. “Con el Cuino Scornik. En uno de los paltas hexagonales, Andrés escribió: “Los Lamidozo´s rock pesado” presentan: “Basilio was a Punk Rocker”.

Mientras Andy hacía fotos para diversos medios gráficos –desde la alternativa Periscopio hasta la revista Rock & Pop, del ya omnipresente Grinbank- se deslizaba por ese submundo celebratorio. Trabajaba muchísimo y la relación con Andrés Calamaro fluía, dice, “con el encanto de lo cotidiano”. Vivían en una casa en la calle Serrano de Palermo que se llenaba de amigos. Era el cobijo de memorables zapadas y de mascotas estrafalarias, como una tortuga y una lechuza llamada Basualdo. Habían montado un estudio casero, El Hornero Amable. Parte del material registrado ahí fue cuidado en el transcurso de las décadas por Andy. Aún ya separados, fue la cancerbera de maquetas y bocetos. Algunos de ellos tuvieron como destino los varios volúmenes de Grabaciones encontradas. Como la versión de Calamaro y Luca Prodan de “Años”.

Escribe: “La convivencia con Andrés funcionó a las mil maravillas y nos divertimos muchísimo siempre. Éramos los creadores del Club Palta, nos gustaban nuestros respectivos trabajos, leíamos, escuchábamos muchísima música, veíamos tele —seguíamos Starsky y Hutch y Dinastía, las series del momento—, hicimos mil viajes, giras. Teníamos mucha vida social, los mismos amigos, una familia Calamaro y una gatuna. Como Andrés trabajaba mucho durante la noche, dormía de día. Por eso se grababa toda la programación televisiva de la jornada y después la veía a la noche. Teníamos horarios totalmente disímiles y todo era muy gracioso.”

Llegó a hacer más de trescientas producciones fotográficas para Rock & Pop, tapas de DG discos, festivales, coberturas. Le sacó a todo el rock local. A todo: a las celebrities, a las bandas emergentes y a las del sótano del under. Buenos Aires no dormía y hervía en rock y pop. De artistas de afuera hizo fotos en vivo o de estudio de Sting, Tina Turner, The Cure, Siouxsie and the Banshees, INXS, Gary Burton, Blitz, La Unión, Nina Hagen, Los Paralamas, Hermeto Pascoal, Chick Corea, Ney Matogrosso, The Bolshoi, Pat Metheny, Chico Buarque, Gilberto Gil, The Mission Jezebel, Larry Corryell, Stanley Clarke, Iggy Pop, Weather Report, John Mc Laughlin, Peter Gabriel, Bruce Springsteen, Youssou N’Dour y Tracy Chapman y sigue la lista. Fue su consolidación como una de las mejores fotógrafas argentinas.

Las bandas paralelas con su grado de disparate artie tal vez significaron el punto musical-tóxico justo de la festichola de los ‘80. Funciona como un símbolo de un estado de gracia. Una foto, precisamente. Pronto la carcajada se volvería una mueca dura. Todo se fue oscureciendo, como el país. “Un día dije basta –cuenta Andy-. Pasaron varias cosas. Una vez estaba en Cemento, en un recital de los Redonditos de Ricota. Todavía seguía en la vereda, no había entrado. Estaba lleno de policías. De pronto vino un tipo de la nada y me metió una tremenda trompada en la cara. Quedé sangrando en el suelo, y ningún cana hizo nada. Estaba con Juana Molina, llorábamos las dos… En 1987 fui a cubrir a Los Ramones a Obras y otra vez, violencia, agresiones y muchas escupidas. ¡Parte del público escupía a los fotógrafos! Después estuve en el Ferro de The Cure. Era tremendo. Feo, triste. En un momento ya no disfrutaba cubrir conciertos”.

Fue como el fin de un sueño. Y el comienzo de la pesadilla.

– Sí. Escribir el libro también tuvo su costado doloroso. Porque desenterré episodios lejanos… No soy nostálgica, pero me provocó un revoltijo interno.

¿Por qué terminó así la década del ’80?

-Las drogas. En el caso de los músicos, creo que el artista es un ser muy frágil. Elige una forma de vida, tiene éxito y después queda sumido en una inestabilidad emocional difícil de soportar. Ser rockero es tener la fantasía de una adolescencia eterna.

¿Vos cómo la viviste?

-Bien. Fue intenso. Mi hija me preguntó una vez: “Mamá, ¿probaste la cocaína?” Por suerte no tengo una personalidad adictiva. Y trato siempre de ir por caminos amables. De hecho, no quise seguir a Andrés cuando decidió irse a España por muchos motivos. Pero uno de ellos es porque no me interesaba el ambiente que sabía que se cocinaba en Madrid.

¿Le contaste a algunos de los protagonistas del libro que ibas a escribir esta historia?

-No. La verdad que no. Pero me parece que está todo bien. No creo tener enemigos, y siempre he sido respetuosa, honesta. Con Charly tengo una relación muy profunda… Mirá que me ha llegado a gritar “puta puta puta puta”… Pero me quedo con lo mejor de él. En 2016 hicimos con Hilda Lizarazu y Nora Lezano la muestra Los ángeles de Charly en el Palais de Glace. Tuve un reencuentro muy lindo con él. Después de ver las fotos, dijo: “Es como si fuera una gran bola de espejos y cada espejo, una foto que refleja toda mi locura”. Fue la primera vez que lo escuché referirse a la locura.

¿Y qué pensás?

– Me pareció brillante.


Un fragmento de Acceso directo

Ángel de Charly

Una (otra) infidelidad de Clota me llevó a caer en los brazos de mi amigo Charly, que a su vez tenía diversos desencuentros con Zoca. Tenían muchas peleas, y en una de esas huidas de Zoca de la relación —se iba por largos períodos a Brasil con la intención de separarse y no volver más— sucedió el encuentro. Sin querer queriendo, mientras era mi paño de lágrimas, todo nos fue llevando a un romance furtivo. Pero nunca fuimos una pareja.

Había mucho cariño: fue Charly el que me contuvo cuando yo lloraba por los engaños de su hermano Dani, cuando estaba de novia con él y Charly vivía en casa. Y ahora me consolaba por los engaños permanentes de Clota. Yo sentía algo de culpa porque la relación de Charly y Zoca estaba en un impasse del cual podían volver —en cambio, lo mío con Clota se había marchitado sin remedio— y mi relación con Zoca era buena. Ella participaba de mis sesiones “artísticas” en las que fotografiaba a todas mis amigas.

Ellos peleaban por muchas cosas, pero la principal causa de conflicto tenía que ver con una razón objetiva: Zoca no tenía una actividad concreta y lo seguía a Charly a todos lados, aburridísima. Él estaba todo el tiempo creando, componiendo y tocando. En cambio ella había abandonado su grupo de danza para vivir en Buenos Aires con él, y era lógico que esa situación no la conformara. Entonces allí había una puja: Zoca se encontraba entre enojada y enamorada, y Charly estaba ocupado en lo suyo. Siempre le costó hacer lugar para algo más. A la vez, a Zoca le encantaba toda la escena rockera de Buenos Aires y a Charly también. Todo eso junto daba por resultado una relación tumultuosa, se peleaban constantemente, aunque se querían con locura.

Con Charly nos encontrábamos en el hotel Alfar, en Arenales y Vidt, y nos refugiábamos de nuestras respectivas parejas, que ya no eran tales. Organizar esos encuentros requería de una logística complicada, porque yo tenía que bajar de mi departamento a la avenida Cabildo, buscar un teléfono público y llamar a Charly sin que Clota sospechara, aunque la verdad, después de haberlo encontrado in fraganti varias veces, ya no me importaba. Tenía veintidós años y quería ser feliz.

Charly siempre le tuvo fobia al teléfono y no lo atendía o lo desconectaba para que no le hincharan las pelotas, porque recibía llamados de todo tipo. Pero en ocasiones, el destino conspiraba para que estuviéramos juntos, nos topábamos en alguna fiesta o en algún show o estudio de grabación y arreglábamos así, de improviso, una cita. 



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“Ya no estoy aquí”, la revelación de Netflix | La película rescata una cultura adolescente mestiza entre el narco, la cumbia y la frontera



La historia personal del director Fernando Frías de La Parra está muy lejos de la que presenta en su segundo largometraje de ficción, y sin embargo, el mexicano asegura que nunca quiso filmar una película con una mirada exótica de la otredad. Tampoco, una historia con el letargo contemplativo que muchas veces habita los festivales de cine, ese que casi puede ver belleza en la miseria y que expulsa a cualquier espectador no entrenado. Quería hacer el intento por filmar una película con la que sus propios protagonistas —no actores, adolescentes de clase trabajadora, oriundos de Monterrey— pudieran vincularse en serio. Y al final, parece haberlo conseguido, porque Ya no estoy aquí, la historia de un pandillero que huye a Estados Unidos perseguido por un cartel de Monterrey, casi no estuvo en festivales de cine europeo y sin embargo, se convirtió muy rápido en un pequeño suceso del streaming y las redes sociales. Desde su estreno en Netflix, los datos de color alrededor de la película abundaron. Guillermo del Toro twitteó recomendándola con bastante vehemencia, y Daniel García, el protagonista de 20 años que ni siquiera lo conocía, le respondió descreído invitándolo a tomar un tinto. Más tarde, una “botarga” con la cara del protagonista —es decir, una persona con un corpóreo gigante que anima eventos— apareció por la calles de Monterrey abierta a contrataciones. ¿Acaso hay otra cosa más consagratoria?.

La historia es así. Ulises es un chico de 17 años que lidera a Los Terkos, una pandilla callejera que tiene la cumbia rebajada como eje identitario. Hablamos de los “Kolombias” o los “Cholombianos”, una expresión contracultural extinta a principio de los dos mil; asimilación de la cumbia colombiana y el vallenato por los adolescentes del norte de México, que adoptaban esos ritmos festivos pero lentos, la ropas enormes, y en este caso, un corte de pelo con cresta naranja, patillas largas y cabezas rapadas. La película empieza como celebración de la juventud —aún cuando habite un contexto de extrema violencia— pero todo se ve truncado cuando un malentendido entre carteles obliga a Ulises a migrar de ilegal a Estados Unidos y empezar a trabajar como albañil en Queens, Nueva York.

Hay algo muy refrescante en Ya no estoy aquí: parece no interesarle la pornomiseria. La violencia lo habita todo, pero de forma seca, nunca declamatoria. Da por sentado la sordidez, no se engolosina en filmarla con pirotecnia. Y en esa latencia libera a sus personajes. Frías de la Parra nació en Ciudad de México, ganó la beca Fulbright, estudió cine en Columbia y, consciente de su privilegio, por suerte, no quiso filmar un retrato aleccionador, ni falazmente hiperrealista, y al mismo tiempo, logró algo que no es tan sencillo por estos días: hacer que un objeto de autor, muy bello y muy libre, también devenga en fenómeno pop.

Muy cerca de Estados Unidos, muy poco para hacer, hiper industrializada pero endogámica, en la ciudad de Monterrey la narcoviolencia fue parte del paisaje cotidiano de principios de siglo. Y el vínculo de los carteles con los pobladores muchas veces fue también de dependencia, ya que suplieron necesidades básicas que el aparato estatal ausente negaba. Por esa misma época, los jóvenes de los sectores marginales de la sociedad regia abrazaban la cumbia y encontraban en ella su propia respuesta contracultural a otra violencia, la clasista, la estructural: “Algo así como: ‘La sociedad no me quiere porque me considera feo y pobre, pues entonces voy a hacer más estridentes mi aspecto y mis gustos”, contó Frías a este mismo diario, durante el breve paso de la película por la Sala Lugones en Buenos Aires. Esas escenas de cumbia ralentizada —un baile tan poco conocido hacia el sur del mundo que asombra— podrían ser tan solo pintorescas, y sin embargo, están filmadas con una belleza que abraza: la cumbia parece corporizarse en la película. Las letras tristisimas, de una melancolía antigua, parecen anacrónicas cuando las canta una pandilla de niños que bailan muy lento como si fueran almas muy viejas. La cumbia tiene la misma eficacia cuando sale tristemente de un mp3 sobre una azotea de Nueva York en soledad, como cuando se festeja con brío en multitudinarios encuentros populares en villas miseria que el joven expatriado no deja de añorar.

Por momentos, parece que la película está a punto de deslizarse a un lugar común. Por ejemplo, cuando una prostituta colombiana entrada en edad podría acoger a Ulises como a un hijo en la ciudad más indiferente del planeta, o cuando una adolescente asiática en el Queens multicultural, parece interesarse sentimentalmente en él y salvarlo. Pero todas las oportunidades para la redención y el éxito pasan de largo. La angustia adolescente está apenas delineada y —aunque a menudo los críticos la encasillan en el género—, ni siquiera se puede decir que este sea un coming of age de tomo y lomo: no anticipa necesariamente una revelación, nunca explota una aventura superadora, incluso, hay acaso una pizca de comedia cruel. ¿Quizás el realismo sea eso?

En el 2012, Fernando Frías de la Parra ya había dirigido Rezeta, una película con ímpetu de falso documental en la que una albanesa aspirante a modelo recorría una Ciudad de México salvaje. Luego, en 2019, se consagró en la dirección de televisión con Los Espookys , la primera serie en español de HBO para un público angloparlante, un proyecto de la estrella latina de Saturday Night Live, Fred Armisen, bien lejos del realismo, bien cerca del corazón de la comedia absurda, donde un grupo de “darkis” —acá, los góticos latinos— tenían aventuras dementes ubicadas en un país hispano sin nombre. Ahora, Ya no estoy aquí, parece estar en un centro indeterminado entre ambas y confirmar la obsesión del director por la vida en las grandes urbes, y en cómo los consumos culturales y acaso las mismas ciudades, se reinterpretan y convierten en identidad a través de las experiencias disímiles de quienes la habitan. “Me apasionan este tipo de manifestaciones difíciles de predecir. Siento que vivimos en un mundo cada vez más uniforme, por eso me apasionan la espontaneidad, la posibilidad del accidente cultural, los sincretismos. Que se escuchara cumbia colombiana en Monterrey ya me resultaba fascinante”, contó el director, cuyo mayor acierto es elegir alejarse —dentro de lo posible— del exotismo, y regalarle la película a sus personajes. “Cuando llegué con los protagonistas a la presentación en Monterrey, la policía los detuvo y los revisó. ¡E iban al estreno de su película en el centro de la ciudad! Ya hay una discriminación sistemática y yo no quiero contribuir a eso para tener una película que me haga quedar bien”.



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El MT Unplugged de Liam Gallagher | El ex Oasis repasa sus éxitos y canciones nuevas en un show impecable que se editó como disco



“Ah, ahí estás”, dijo entre dientes Noel Gallagher al promediar la grabación del MTV Unplugged de Oasis. Su mirada parecía perdida en el vacío, pero acababa de identificar a su hermano Liam en uno de los palcos del Royal Festival Hall de Londres. Mientras el menor bebía cerveza y fumaba como si estuviera en una fiesta animada, el mayor se ponía el compromiso al hombro también como cantante. Imperceptible para la mayoría de los presentes, una corriente de odio fraterno alimentaba la escena. Con sus canciones vestidas para la ocasión, la banda insignia del britpop tenía la chance de entregar una noche de antología. Pero Liam ya se había mostrado desenfocado y desaliñado en la prueba de sonido. Y al filo de la hora señalada para subir al escenario, tenía tanto alcohol en sangre que, según los testigos, apenas podía mantenerse en pie. La explicación oficial fue que una repentina laringitis lo había dejado fuera de combate.

Aunque aquel 23 de agosto de 1996 Noel salió relativamente bien parado de la encrucijada, los directivos del canal musical no quedaron del todo conformes con el producto. Y decidieron ponerlo al aire recién unos meses más tarde, cuando el propio Noel se bajó en medio de una gira y los rumores de separación empezaron a tomar forma. Fue un capítulo más en la agitada y conmovedora historia de los Hermanos Macana del rock inglés. Y aunque muchos esperaban que su MTV Unplugged pudiera volar a una altura similar a la que había alcanzado Nirvana unos años atrás, el registro en cuestión nunca llegó a editarse oficialmente. Fue, de alguna manera, su disco maldito. Visto retrospectivamente, los de Manchester venían de hacer cima en su propio Everest: (What’s the Story) Morning Glory? fue una jugada magistral, repleta de melodías imbatibles y estribillos con alma de clásicos que conquistó al mundo hace casi veinticinco años.

Al calor de himnos recién estrenados como “Wonderwall” y “Don’t Look Back in Anger”, el grupo estaba subiendo por su propia escalera al cielo. Unos pocos días antes de tocar el set “desenchufado” frente a cámaras, habían convocado a un total de 250 mil personas en dos fechas consecutivas en Knebworh House . Y más de 2 millones se habían quedado afuera, básicamente porque no había más entradas disponibles. Quizás borracho por esa atmósfera de omnipotencia y gloria fue que Liam se perdió la cita en la que habían brillado Jimmy Page y Robert Plant, entre otros héroes del género. Si la performance de Noel por momentos se acercaba a la de un solista con banda propia, entonces resulta casi natural que su hermano, socio y archirrival haya accedido a dejar su propia impronta en la extensa lista de shows curados por MTV. Ninguna de las dos experiencias se acerca a lo que hubiese sido un álbum de Oasis en su esplendor, pero ambas funcionan como opuestos complementarios de una retorcida tradición familiar.

Después del punto final de la aventura compartida, Noel se lanzó al ruedo con los High Flynig Birds, mientras que Liam siguió adelante con los miembros restantes del grupo bajo el paraguas de Beady Eye. Fue su primer intento de abrirse camino en el mundo de la canción ya alejado del indudable talento de su hermano mayor. Cuando inauguró su etapa solista a secas en 2017, confesó en una entrevista publicada por Rolling Stone: “Todavía no confío en mí mismo como songwriter”. Tanto en su disco debut As You Were c omo en el posterior Why Me? Why Not , buscó aliarse con especialistas en la materia como Greg Kurstin (Celine Dion, Beck, Lilly Allen) y Andrew Wyatt (Lady Gaga, Lorde, Bruno Mars). El resultado pudo haber mejorado su autoestima en el ítem composición, pero por momentos la sobreproducción terminó por quitarle relieve y textura a su principal atributo: ese timbre nasal, a veces desprolijo y siempre sentido que funcionó durante años como sello de calidad en Oasis.

En ese sentido, lo que su demoradísimo MTV Unplugged viene a reponer es precisamente lo que en términos barthesianos se podría describir como el grano de la voz. Ese aire arrogante y canchero, mitad peleador callejero y mitad príncipe de dudosa alcurnia, que en definitiva lo pinta de cuerpo entero y le otorga su verdadera dimensión como artista: su calidad como intérprete. El recital grabado el 3 de agosto del año pasado en el Hull City Hall de Kingston upon Hull, en el condado de Yorkshire, reúne una decena de piezas que remiten en partes iguales a su pasado y a su presente. Como sea, la balanza termina inclinándose para el lado de la nostalgia. Aunque se trate de “One of Us”, un tema de su último trabajo en el que le reprocha a un interlocutor que podría o no ser imaginario: “Después de todo esto vas a descubrir/ que siempre fuiste uno de los nuestros/ Dijiste que viviríamos por siempre/ A quién pensás que estás engañando?”.

No hace falta aclarar que los puntos más altos del álbum llegan con sus relecturas de ciertas páginas doradas de la historia de Oasis. Un recorrido cargado de emociones en el que pisan fuerte dos temas del consagratorio (What’s the Story) Morning Glory?, “Cast No Shadow” y “Champagne Supernova”, la gema encargada de ponerle el broche final a la velada. El repertorio también incluye a “Some Might Say”, “Stand by Me” y un Lado B de Definitely Maybe como “Sad Song”, que originalmente interpretó Noel, con Paul Arthurs, más conocido como Bonehead, en el rol de guitarrista invitado. Ovacionado por su público, Liam hasta se permite hacer una broma en referencia al episodio fallido de 1996: le dedica “Once” a Bonehead, “que tuvo que hacer el MTV Unplugged… dos veces”. En definitiva, un cuarto de siglo más tarde el menor de los Gallagher viene a enrostrarnos que el conocido refrán que reza que ‘las segundas partes nunca fueron buenas’ puede estar pifiado.



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Carlos Bosch, compañero de redacción de Gelman, Walsh y Urondo | La increíble historia del fotorreportero que retrató el mundo



“Y luego tengo esta, de Cortázar; es de las últimas, en Barcelona, en el ’84, cuando volvía de la Argentina. El poeta Alberto Szpunberg me dijo ‘che, está Julio’: la tristeza que tenía, el tipo estaba hecho mierda. Sabía que tenía leucemia, la mujer se había muerto no hace mucho. Y además, lo que no entendía era cómo estos hijos de puta lo habían boicoteado, no lo recibió Alfonsín, no le dieron ni cinco de pelota. A Cortázar lo había conocido en Chile, en el ’70, cuando asumió Allende; tuvimos una discusión, porque me dice: ‘Yo no publico en hebdomadarios argentinos’. Me fui y dije: ‘¿Qué carajo significará eso?’ Así que volví y lo encaré: ‘Perdoname, te tengo que hacer una pregunta: ¿qué quiere decir hebdomadarios?’ El tipo se cagó de risa: ‘Semanarios, boludos’. Ese día no me dio bola. Yo ya tenía a Nicolás Guillén, a los vietnamitas, al Chicho en su despacho: nos habíamos colado con Mempo Giardinelli, ahí, laburábamos para las revistas de la Editorial Abril. Bueno, pero me faltaba Cortázar. Una tarde daba una conferencia en el Pen Club que había en Santiago: me fui dos horas antes y me escondí debajo de la mesa del orador, que tenía un mantel hasta el suelo. Yo tenía una seis por seis, que me permitía mirar, viste, y sacar el lente. Cuando él me vio, ¡te imaginás! Pero no dijo nada, se quedó, y le hice una foto muy linda, justo con toda una araña enorme alrededor, como si fuera un santo. Bueno, me tuve que quedar ahí hasta que se terminó. Cada tanto me miraba, como diciendo: ‘No lo puedo creer’”.

De la serie de autoretratos Los miedos: Placard

Además de ser un fotógrafo fuera de serie, Carlos Bosch contaba unas historias fabulosas acerca de cómo había conseguido hacer sus fotos, o qué acontecimientos se ponían en marcha tras su publicación. El relato sobre esa imagen icónica de Cortázar (la voluta del humo del cigarrillo como un alma en la boca) es de 2011, cuando Bosch volvía a “ponerse de manifiesto” en el país, luego de treinta y dos años en Europa: ese año ganó el primer premio en el Salón Nacional de Artes Visuales por “La bala policial”, el retrato de un piquetero de La Matanza, y accedió a montar una retrospectiva en la galería del Teatro San Martín con sus trabajos asombrosos de los años ’70 y ’80 en diarios y revistas argentinas y españolas. “Tengo 66 años y estoy empezando de nuevo”, decía por entonces en su casa de San Cristóbal, cuando recién había arrancado con su “Taller continuo de la imagen” e intensificaba el trasvase de su mirada y su experiencia a fotógrafos de diversas generaciones. En medio del tembladeral de estos meses de pandemia, el lunes temprano la mañana se cargó de tristeza con la noticia de su muerte. Aunque la salud se le venía enemistando en los últimos tiempos, Bosch seguía con sus proyectos y planeaba ir en septiembre a Barcelona, donde se montará una muestra con sus fotos de la Transición española. “Gran fotógrafo, gran reportero gráfico, gran compañero de notas compartidas en la vieja Editorial Abril –escribió Norma Osnajanski-. Siento una gran pena”. “En un medio, el de los fotógrafos y el periodismo en general, de algunos egoísmos, de ciertos egos inflados, sus amigos, sus colegas, los que pasaron por sus talleres, no callaron su dolor, pero tampoco callaron su generosidad, su simpleza, su valentía para retratar los lados oscuros de estos tiempos”, escribió Eduardo Longoni. “A través de Carlos descubrí mi amor por la fotografía analógica de formato medio –escribió Sarah Pabst-. Me prestó su Hasselblad sin pestañear, me ayudó siempre, me alentó. Su pasión y empuje me dieron impulsos importantes y estoy profundamente agradecida por estos aprendizajes”. “Estoy hecho pomada, era mi hermano -dijo Mempo Giardinelli-. Lo lloro y lo río por todo lo que vivimos juntos, como él quería y me pidió”.

CHICO CAMPESINO, SANTIAGO DEL ESTERO 1970

EL FOTÓGRAFO NO OFICIALISTA

“Siempre me sentí miembro de una generación en transición, la primera generación nuclear, con prisa para hacer las cosas, con una especie de necesidad de agotar cada instante del día y de la noche, una vida como una gran montaña rusa en la que se alternan períodos de gran actividad física y creativa con otros de muy bajo nivel de producción. Mi vida, como mi fotografía, está formada con altibajos”. Bosch escribió eso en la presentación del volumen que publicó en 2015 Argra, en la colección Pequeño Formato: es el único libro de fotos suyas editado en el país y contiene una infinitésima parte de su producción, que es enorme. Nació el 10 de marzo del 45 en Buenos Aires: familia patricia, de derecha, antiperonista. Estudió en Córdoba Sociología, Antropología, Técnicas Audiovisuales. A los 22, mientras iba al taller de pintura de Demetrio Urruchúa, le mostró la foto de un lustrabotas de once años, en un rincón de Retiro, con la idea de que sirviera como apunte para un mural testimonial contra el desalojo de un asentamiento. “Maestro, si yo pinto esto en una pared, con mucha suerte van a decir ‘¡Qué lindo mural!’; en cambio, si muestro esta fotografía, van a decir: ‘¡Pobre pibe!’” Urruchúa lo echó, y así empezó su vida de fotógrafo.

En 1969 entró a Abril. “Yo era de derecha mientras estaba en la universidad, y empiezo a tomar conciencia en la medida en que vivo la realidad, que es la vida del reportero gráfico, que es decir ‘hoy hacés esta cosa y mañana otra’, la cobertura de un accidente, de esto o lo otro –contaba Bosch en el precioso documental Sombras de luz, estrenado hace dos años, y que podrá verse desde mañana online, desde las redes de La Olla Producciones-. Uno va viendo el mundo real, y no el mundo que le vendieron los medios, o la universidad, o los filósofos. Y además lo conozco a Osvaldo Soriano, que era de izquierda, y a Mempo, y bueno, no es que me convencen del todo, pero empiezo a ver las cosas de otra manera”. Con Soriano y Giardinelli coincidió en Semana Gráfica, Panorama, Siete Días, y compartieron viajes y coberturas de todo tipo, desde la represión a la pobreza extrema, sucesos y personajes de la política, el deporte, la cultural, el espectáculo. Para el ’73 el cura Carlos Mugica lo encaró, le dijo “vos tenés que estar en este proyecto”, y lo acercó al grupo que armaría el diario Noticias, donde compartió redacción con Walsh, Urondo, Gelman, Verbitsky, Bonasso. Bosch quedó al frente del equipo de fotografía y junto Oscar Smoje, el diseñador, produjeron un salto en la historia de la prensa gráfica argentina.

Con la escalada de violencia al galope dejó Noticias un par de meses antes de su cierre y se camufló como fotógrafo de moda en Claudia, otra de las revistas del grupo Abril: se hizo famoso y cultivaba un perfil snob, Pinky lo entrevistaba en la televisión, y a la vez aprovechaba para retratar e identificar en algunos actos a los represores de la Triple A, que hacia fines del ’75 asesinaba a mansalva. Por entonces percibió movimientos sospechosos ante su departamento y su padre lo convocó por algo urgente y grave a Mar del Plata. “Siempre tuve muy mala relación con mi viejo, un facho –contaba Bosch-. Cuando llegué al restaurante en el que nos citamos tenía sentado al lado a Osiris Villegas, un ex comandante del Ejército, un facho peor que Onganía, que me dijo: ‘En homenaje a la amistad que me une con su padre, que es un caballero, no como usted, más vale que se vaya del país, y rápido’”.

Volvió de inmediato a Buenos Aires y encaró la salida: aunque le ofrecieron trabajo seguro en Venezuela, en España acababa de morir Franco tras cuatro décadas de dictadura e intuyó una apertura atractiva para el oficio. Recaló en Madrid y la ciudad le pareció rancia, gris. Decidió ir a Roma, previa parada de tren en Barcelona. “Mientras hacía tiempo para tomar otro tren, me senté en un muelle. ¡Un día de sol precioso! –contaba Bosch-. Había humedad como en Buenos Aires, y el olor de los bacaladeros, que por entonces todavía estaban. Compré un mapa y vi que el muelle en el que estaba ¡se llamaba Bosch y Alsina! Dejé en consigna dos valijas y me fui a caminar. Empiezo a subir la rambla y cuando llego al Mercado de la Boquería veo un montón de gente que venía gritando, ooooh-oh, ooooh-oh, con las banderas rojas y amarillas, a rayas; yo no conocía la bandera catalana, así que pensé que era algo del fútbol. Y de repente escucho: ‘¡Amnistía, libertad! ¡Amnistía, libertad!’. ¡Uh! Puse el veinte y largué las fotos. Apenas saqué la cámara me vinieron a prevenir: ‘Guarda eso, que están los sociales’, por la policía vestida de civil. Seguí sacando. Luego vi que de un furgoncito bajaban unos gordos, que al lado de la infantería… Y entonces me largué encima de la marcha y le dije a la gente: ‘¡Tápense la cara con la bandera!’ Un reflejo de lo que hacíamos acá. Salió una foto maravillosa: la bandera catalana y ojos. Con esa foto me fui a un diario, les gustó y me la compraron”.

Con la experiencia que llevaba desde Buenos Aires en Barcelona empezaron a abrírsele puertas, una tras otra. Tenía por entonces creatividad, arrojo, velocidad, intuición, desparpajo y mirada excepcionales: enseguida talló en el diseño de portada de El Correo Catalán, y fue co-fundador de El Periódico de Barcelona, y editor en Cambio/16 y en Interviú. “En ningún lugar estuve más de un año y medio”, contaba, pero dejó una huella indeleble: sus compañeros de entonces lo recordaron en estos días, cuando supieron de su muerte. “Cambió la concepción oficialista de la fotografía de prensa vigente en esos años y nos enseñó cómo había que construir unas secciones de fotografía modernas basadas en la vitalidad, en la experimentación, en romper moldes estilísticos, en abordar nuevos temas y hacerlo asumiendo riesgos profesionales y personales”, escribió el fotógrafo Pepe Baeza. Otro de los compañeros de esa época, Pepe Encinas, lo recordó en El Periódico: “Por un lado estaban las fotos extraordinarias que conseguía, pero era incluso mejor cuando contaba cómo las había obtenido. Le decíamos en broma que no hacía falta que nos enseñara la foto, que nos bastaba con que nos contara qué había hecho para lograrla”. En esa segunda mitad de los ’70 hizo series increíbles, como la de la primera marcha del orgullo gay en Barcelona, o la de los campesinos de la España profunda del posfranquismo, o las de los fascistas que seguían reivindicando a Franco con toda la furia, entre los que se infiltró durante años.

Sus fotos y reportajes aparecían en Stern, The Observer, El país, Tiempo. Cubrió guerras en El Líbano, Nicaragua, Afganistán. Una etapa en los bordes. Un episodio en Beirut lo llevó a un límite: no estaba conforme con lo que había conseguido y un pibito se le ofreció para cruzar, por veinte dólares, una zona acechada por francotiradores. “Fenómeno, le dije, ni me lo planteé. El pibe iba con el Kalashnikov en la mano y le empiezan a tirar, pim, pim, pim. Y entonces me dije: ‘Lo voy a hacer matar’. Y tengo la foto con el tiro que pega justo debajo del pie. En ese momento sentí que me había vuelto loco. ‘Me fui a la mierda’, pensé. Cuando el chico estaba volviendo hacia mí, sentí un golpe en la cabeza: me la abrieron con el mango de un fusil. Me doy vuelta y era el hermano: ‘¡Hijo de puta, lo podrían haber matado, sos un cabrón!’, me dijo. ‘Sí, tenés razón.’ Ni me quejé. Menos mal que me rompió la cabeza. Volví a España y dije: ‘Nunca más esto’. No soy apto para estas cosas”.

Un joven con abanico. Barcelona 1976

LLEGAR MÁS LEJOS

Entre el ’89 y el ’99 se recluyó en una granja de Luxemburgo: al margen, sin fotos. Luego, hasta 2007, alternó con temporadas con Madrid y Barcelona. Y entonces volvió a Buenos Aires, en principio para cuidar a su madre enferma. Hizo una serie de fotografías de piqueteros en La Matanza, que se publicó en una revista francesa con poemas de Juan Gelman. Con el paso del tiempo su trabajo era aquí prácticamente desconocido, pero en los últimos años volvió a ponerse en circulación, como le gustaba decir. De a poco fue haciendo la serie de autorretratos de “Los Miedos”, una vuelta de tuerca rotunda en su fotografía: cuidadísimas producciones en blanco y negro que representan la cárcel, la miseria, el tiempo, el acv, la muerte. Con el número dos de la serie consiguió en 2016 el Gran Premio del Salón Nacional de Artes Visuales: su alegría al recibir la noticia, conmovedora, está registrada en Sombras de luz. “Me gustaría mostrarle a la gente joven qué le pasa a un viejo –dice allí, sobre el final-. Porque una de las cosas que me faltó en mi vida es que los mayores… Eran un ejemplo, un ejemplo, pero no enseñaban nada. Nunca me dijeron ‘mirá, cuando llegues a la vejez te va a pasar tal cosa’. Nunca estuve preparado para llegar a la vejez. Y resulta que llegué a la vejez y me pegué una hostia enorme. Porque me encuentro con que yo sigo con la cabeza bien, y pienso, y tengo ganas de laburar, pero el cuerpo no me acompaña”.

Venía con achaques varios de salud: tuvo accidentes graves durante su vida profesional, como cuando un auto lo pisó en Roma mientras fotografiaba a Miguel Bosé. A fines de febrero lo operaron de urgencia, por una infección intestinal. Estuvo casi un mes internado, pero en los bordes de la pandemia consiguió volver a su casa, al cuidado de enfermeros y de sus amigos. La periodista y amiga Paloma García, que estuvo muy cerca de Bosch en los últimos años, cuenta que cuando se enteró de la movida de los fotógrafos para vender fotos como para recaudar fondos para barrios populares, él insistió para ser parte y envió “El fantasma”, retrato de un hombre entrando a un bar en Extremadura. El fotógrafo y editor Diego Sandstede también lo visitaba hasta la semana pasada, para darle una mano en lo que fuera: “Se estaba recuperando, unas ganas y una fuerza de voluntad increíbles –cuenta-. Con la idea de ir a la muestra de Barcelona; hacía ejercicio con unas pesitas, se bajaba solo de la cama a una silla de ruedas para moverse por la casa. Súper inquieto. ‘Vos que hacés meditación, recomendame algún libro’, me dijo. Le recomendé uno, pero le aclaré que estaba medio agotado: a los tres días me mandó la foto de la tapa, porque lo había comprado, y dos días después lo había leído”. El domingo pasado, primera noche del invierno, tuvo una crisis respiratoria. Murió en las primeras horas del lunes.

Balas que pican cerca: Beirut 1980

Y la desgracia adicional de estos días, lo anómalo de las despedidas. Tuvo tres hijas y un hijo, Bosch: Agustina y Enriqueta, que nacieron aquí y se exiliaron en España; Eliane, nacida de un segundo matrimonio, en la época de Luxemburgo; Vittorio, que tiene 9 años, con una tercera pareja. Eliane, que es música y vive entre Londres y Cuba, escribió: “Mi papá se fue repentinamente pero en paz, habiendo tenido una vida increíble. Era un fotógrafo, y no exactamente un fotógrafo frío: hizo fotos que cambiaron el curso de la historia, observó y fotografió bombas cayéndole encima en varias guerras, se perdió en el Amazonas durante semanas, fue encarcelado y arrestado, se infiltró en grupos extremistas, y finalmente tuvo un documental sobre él. Vivió una vida tremenda, y cuando contaba sus historias, todos se reunían a su alrededor, con aperitivos y almohadones, y escuchaban durante horas”.

“El lema mío –dice Bosch en el documental- es que sólo los idiotas se quedan conformes por haber llegado. Porque no saben que podían haber llegado más lejos. Es lindo eso, ¿no?”



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