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Mitos y dogmas del psicoanálisis contemporáneo | Entrevista al psiquiatra y psicoanalista Hugo Lerner



El médico psiquiatra y psicoanalista Hugo Lerner se propuso una tarea tan difícil como elogiable: generar discusiones y aperturas sobre lo que convoca cada vez más en las prácticas actuales, como el dolor humano, la subjetividad contemporánea, los sufrimientos, el lugar del contexto sociohistórico en la producción de subjetividad, las adolescencias de hoy, las organizaciones fronterizas, las patologías del vacío, entre otros. Todos estos aspectos se materializan en la discusión del psicoanálisis que Lerner propone en Más allá de las neurosis. La práctica psicoanalítica convulsionada (Lugar Editorial). Es el propio autor el que muchas veces funciona –según sus propias palabras– “como un militante apasionado del psicoanálisis, dedicado a cuestionar a los agoreros que afirman livianamente que nuestra disciplina está muerta o agonizante”. Y se pregunta: “¿De qué psicoanálisis hablan estos sepultureros apresurados? ¿Del psicoanálisis real con prácticas reales o de un psicoanálisis ideal con prácticas caducas?”.

–Usted se pregunta en el libro: “¿Qué es un psicoanálisis contemporáneo?”. ¿Cuál es la respuesta que más le convence?

–En principio, definiría que el psicoanálisis siempre debe ser contemporáneo o ha sido contemporáneo. Freud ha sido contemporáneo a su época. Tal vez yo hago hincapié en eso porque muchos colegas no le dan importancia a las situaciones contextuales, actuales, epocales. Freud sí les ha dado importancia. De hecho, tiene artículos en Psicología de las masas y varios otros que da cuenta del advenimiento del nazismo. Iría un paso más allá: si no le da importancia a la contemporaneidad, es un psicoanálisis frizado, congelado, que va a la muerte. Quiero decir con esto que si no tomamos en cuenta, en la producción de subjetividad, el contexto sociohistórico en el cual un individuo se está desarrollando, es una mirada del sujeto humano un poco sesgada.

–¿Considera que el que suele practicarse es un psicoanálisis que no se adapta a los tiempos?

–No es el que mis colegas ni yo practicamos. No se puede cerrar la puerta del consultorio y dejar el afuera porque el sujeto que nos viene a ver es un sujeto que está transitando tanto su mundo interno, todo su mundo fantasmático, como el mundo de la realidad que lo circunda. Y el mundo fantasmático, incluso, está atravesado por el contexto sociohistórico en el cual está inserto. Yo pongo de ejemplo lo que pasó acá en 2002: la crisis monstruosa, saqueos, etcétera. Era imposible que el sujeto argentino no estuviera atravesado por esa sensación de final de mundo. Y en ese momento, hubo en la Argentina un aumento de consultas por depresión. Uno se tendría que preguntar: ¿por qué aumentó la depresión? No es sólo porque están los neurotransmisores extraviados sino que hay una situación contextual que lleva a que los sujetos humanos sean sensibles a determinadas agresiones, violencias sociales que les hacen reaccionar a algunos, de una manera, y a otros, de otra, pero nadie queda indemne.

–¿O sea que se podría decir que las angustias colectivas inciden, de alguna manera, en algún padecimiento mental de los sujetos?

–A ver, pueden ser angustias colectivas (como, por ejemplo, esto que estamos hablando) pero siempre lo colectivo está singularizado en cada uno. Usted y yo podemos estar atravesando la misma angustia, pero la tramitamos de otra manera por nuestra propia subjetividad. Nunca hay dos individuos iguales. El sujeto es singular. Lo que sí es común denominador es qué nos está atravesando en ese momento. Una guerra atraviesa a todos por igual. A algunos les produce más traumatismo que a otros, pero es difícil que alguien esté indemne con una situación de guerra. Cualquiera puede ser violentado, de alguna manera, y todos vamos a sufrir una violencia de algún orden. Pero la singularidad ocupa su lugar.

–No es que usted no está de acuerdo en que se privilegie la singularidad del sujeto sino que no se tenga en cuenta el contexto socio histórico, político, cultural y familiar de un individuo.

–Exactamente. Creo que el sujeto siempre es singular pero que hay que contextualizarlo. No es lo mismo ser analista en Buenos Aires que en La Paz, París o en Corea. Seguramente habrá cosas que yo no entienda porque también el lenguaje se estructura, de alguna manera, con el contexto en el cual somos rodeados y del cual somos hablados.

–¿Hay psicoanalistas que se sienten portadores de una verdad única?

–Sí, creo que sí y es un error. En el libro hago un planteo muy militante acerca de la inter y la transdisciplina. El fanatismo, el seguir a ultranza un autor como si fuese la verdad revelada se parece más a algo talmúdico, religioso que a una indagación acerca del sujeto humano. En eso, soy terminante.

–¿Se refiere a quienes ven a la teoría psicoanalítica como un dogma?

–Bueno, dogma y fanatismo se tocan.

–En ese sentido, ¿se siente un psicoanalista desobediente?

-Y, a las pautas que han sido hegemónicas durante muchos años en la Argentina, sí. Me parece que el psicoanalista debe tener en su labor diaria y en su creación científica algo de creatividad. Si uno se atiene a una letra única, la creatividad queda sepultada, queda muerta. En ese sentido, soy desobediente a seguir, como usted bien citaba recién, un dogma único. Pero esto es con el psicoanálisis como con cualquier disciplina. Ninguna disciplina debería quedar atada a un solo modelo. Por más que sea psicoanalista y que tenga una formación psiquiátrica, no puedo negar que en determinados cuadros clínicos, como puede ser la enfermedad bipolar, que ahí la química está extraviada. Si yo creo que todo es por una situación psicogenética le estoy haciendo daño a ese sujeto humano. Tener una cierta amplitud ayuda. El psicoanálisis ha aportado mucho a la salud mental, a la educación, a las situaciones sociales y a la cultura en general, pero el psicoanálisis que más aportó es un psicoanálisis abierto. En Argentina, hubo un hombre abierto como Pichon-Rivière, que fue uno de los pioneros. O el famoso Winnicott en Inglaterra, que quiso romper con los cánones y preceptos que había que cumplir. Sin embargo, para mí fue uno de los más innovadores.

–Si el psicoanálisis es tomado como un dogma, ¿qué pasa con los casos clínicos?

–Una psicoanalista francesa, Piera Aulagnier (que murió) decía que uno tiene un montón de teorías, pero que al paciente no hay que aplicarle una teoría. Había un concepto famoso de Freud, “atención flotante”, y ella hablaba de la “teorización flotante”. Yo estoy con un paciente y tengo infinidad de teorías. Si me voy a atar a una, voy a seguir machacándole de esa manera. Y no voy a estar, tal vez, escuchando el motivo de su sufrimiento. Justamente, es una buena pregunta la suya porque en la clínica hay que ser lo más abierto que se pueda. Cuanto uno más lea mejor. Y en ese popurrí de teorías que se va armando en nuestro propio psiquismo, si uno está bien analizado, se ha supervisado y se ha formado bien, es más útil para el paciente que aquel que sigue nada más que una línea. 



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Coronavirus: reconocer un cuerpo no es una despedida | Cómo tramita el sistema de salud la muerte y el duelo en pandemia



Una doble bolsa la separaba del cuerpo de su marido. Entre lágrimas y acuclillada, pronunció que cuidaría de sus cinco hijos y prometió que serían todos buenas personas. Luego se detuvo un instante. Levantó la cabeza para alcanzar la mirada del encargado de la morgue, y sintiendo la impaciencia del hombre, volvió la mirada a la bolsa. Se levantó, y sin mirar a nadie en particular, dijo: “No puedo, no puedo abrir la bolsa. Discúlpenme. No tengo el coraje”. Comenzaba a sacarse el equipo de protección cuando el encargado de la morgue le indicó que lo hiciera afuera y lo descartara en el tacho de bolsa roja.

Una vez en el estacionamiento, su vecina, quien la acompañaba, insistió con la necesidad de ver el cuerpo: “Yo puedo hacerlo, no me impresiona”, dijo. Contaba en su vida ya muchas pérdidas y había pasado por esa situación antes. Por mi parte, pensaba que si tenía que volver y pedirle al encargado de la morgue que volviera a sacar el cuerpo para que lo reconociera la vecina me iba a mandar a la mierda. Les aseguré, tal y como me lo habían explicado, que el protocolo de reconocimiento del cuerpo sigue pautas muy estrictas y estaba garantizado por el hospital, que no teníamos dudas de que ese fuera el cuerpo. Sostenida por el mismo tono de voz, les dije que aquello era una despedida y que si veía o no al cuerpo de su marido no era el punto. Podía elegir no verlo. Aceptaron la explicación. ”Sé que era él, por el tamaño. Es que él era petiso, doctora”.

Las invité al jardín del hospital. Era un día de sol, y nos sentamos en uno de los bancos más alejados conservando cierta intimidad. Ella pudo decir del miedo a no saber con qué se iba a encontrar si abría la bolsa y el temor a quedar capturada por una imagen horrorosa. Miedo a que no fuera su marido, pero esta vez por la diferencia entre aquello que esperaba ver y lo que iba a encontrar. El recuerdo, la descomposición, la realidad, la imagen.

La diferencia entre un reconocimiento del cuerpo y una despedida es que mientras para el primero existen protocolos, para la segundo no.

“A veces, cuando una tiene a las personas con una no dice lo que siente, y entonces después las pierde y eso duele. Hay que decir. Yo pasé por muchas pérdidas, enterré a mi nieta de un año y medio, y ahora mi nuera está embarazada. La vida te da y te quita, es así. Duele y no se entiende. Pero es así cuando uno ama”.

Ella, atenta a las palabras de su vecina, llevó su mano al pecho.

–Gracias por permitirme decirle a mi marido eso que tenía acá. Ahora ya puede descansar.

La mujer del relato, como tantas otras personas, se despidió una tarde de su marido en la Unidad de Febriles del Hospital. Veinticinco días habían pasado desde entonces.

En el relato de los familiares en duelo advertimos el dolor y las dificultades que genera la imposibilidad de acompañar en los tratamientos, la falta de despedida y en muchos casos incluso la imposibilidad de reconocimiento del cuerpo. La incredulidad ante la muerte y la fantasía de errores que pudieran desmentirla son procesos característicos de la activación de mecanismos psíquicos de defensa frente a lo traumático de la pérdida. Estos escenarios se potencian por la imposibilidad de una participación sensible y activa de los familiares: imposibilidad de ver, decir, escuchar, asistir, tocar.

Cuidados Paliativos es una especialidad interdisciplinaria que produce su conocimiento en el acompañamiento de personas con enfermedades incurables, progresivas y amenazantes para la vida. Desde sus cimientos, esta especialidad entiende la muerte como un hecho de impacto fuertemente social y habla de “unidad de tratamiento”, lo que incluye al paciente y a su entorno significativo, reconociendo la importancia de dirigir las intervenciones en ambas direcciones.

Ver es fundamental para la inscripción de lo acontecido. Se sabe de la dificultad extrema en el duelo cuando, como es el caso de los desaparecidos, no hay un cuerpo efectiva y tangiblemente fallecido que soporte la idea de su muerte. De allí la importancia de los rituales funerarios. Pero en el funeral se compone además una elaboración social hecha de fragmentos, retazos y contrastes. Podríamos aventurar que la despedida de alguien depende de la construcción de un relato respecto de su existencia: ¿de qué existencia es este desenlace?

Para que ese relato exista, son necesarios testigos que puedan soportarlo. Es imprescindible que existan otros dispuestos a acompañar, escuchar, mirar, preguntar, conmoverse, afectarse y reírse. La participación sensible desborda la tarea de ver, tanto para los familiares como para los lazos comunitarios, incluidos allí los profesionales de la salud.

Esa mañana en el jardín del hospital improvisamos un funeral y compusimos una despedida.

Ante la multiplicación de los fallecimientos y contemplando tanto el impacto emocional como el enorme costo social de las dificultades en el proceso de duelo en los familiares se publicó recientemente un protocolo para posibilitar las visitas de familiares en situación crítica o ante la proximidad de la muerte. Pese a esto, no existe aún en todos los hospitales públicos la implementación sistematizada y de forma justa de esta tarea, teniendo por consecuencia transformar eso que podría ser un derecho, en el privilegio de algunos familiares que consiguen por insistencia, querella o empatía que les sea posibilitado, lo que para otros es inviable.

Quedan dudas respecto de la disponibilidad de equipos de protección suficientes y la posibilidad de llevar el protocolo adelante en salas donde los profesionales se encuentran desbordados de trabajo. Existe también en los profesionales de la salud la pregunta por los propios recursos de afrontamiento y la capacidad de brindar contención emocional ante la difícil tarea de ser testigos del dolor, ahora también el de los familiares.

Fueron muchas las transformaciones que produjo en la tarea asistencial la pandemia y la situación de aislamiento social, preventivo y obligatorio. Entre ellas, obligó a que el tratamiento de la muerte quedara prácticamente en forma exclusiva en manos del sistema de salud, recortando su devenir social y comunitario. Es esa participación la que hoy se reclama y se pone en el centro de escena, haciendo notar las consecuencias de su falta. Sin embargo, resulta necesario observar que el tránsito por esta situación extrema y excepcional pone en evidencia la actitud que caracteriza a nuestra época y cultura frente a la muerte, lo espinoso que resulta el tema y el tratamiento sintomático que en consecuencia hace de ella el sistema de salud. Habitamos un paradigma curativo y técnico, que tiende a colocar la lucha contra la enfermedad como su objetivo y a entender los límites que encuentra como fracaso. En este contexto la tarea de curar es privilegiada por encima de la de cuidar.

A la hora de poner en práctica los protocolos, se evidencia la insuficiente preparación de las instituciones hospitalarias y sus profesionales para afrontar la difícil tarea de asistir y acompañar en el proceso de morir. A su vez, en los programas de formación médica son escasas las referencias al entrenamiento en herramientas técnicas especialmente necesarias en casos de enfermedades limitantes para la vida: técnicas comunicacionales, estrategias de contención emocional, manejo de la empatía y compromiso personal, construcción de la alianza terapéutica y toma de decisiones difíciles.

Es habitual escuchar cómo el temor al desborde emocional y la percepción de falta de recursos para su contención por parte del personal sanitario deriva en actitudes de distanciamiento emocional y evitación. Philippe Ariès hace corresponder esta actitud con el tratamiento de la muerte que caracteriza nuestra época, en tanto que “si los médicos y las enfermeras retasan lo máximo posible el momento de avisar a la familia, y si jamás se deciden a alertar al propio enfermo, es por temor a verse comprometidos en una cadena de reacciones sentimentales que tanto a ellos como al enfermo o la familia, les harían perder el control de sí”.

En este tiempo se han reunido e implementado en muchos hospitales públicos equipos interdisciplinarios de cuidados integrales para la contención emocional y asistencia de pacientes y familiares; para ello, especialistas en Cuidados Paliativos hemos sido convocados por nuestra experiencia en la tarea. Desde ya, resultaría por demás beneficioso aumentar la disponibilidad de este recurso especializado, tanto durante la pandemia como más allá de ella, siendo que nos encontramos muy lejos de alcanzar el acceso a los cuidados paliativos a todo aquel que lo requiera, tal lo contemplado en la Ley de muerte digna sancionada en el año 2012. No obstante, podemos también reconocer en este escenario excepcional una invitación a repensar las representaciones que nos atraviesan culturalmente y en consecuencia a nuestro sistema de salud, para que estos saberes y prácticas de cuidado consigan instalarse como característica transversal de la tarea asistencial.

Ana Azrilevich es psicóloga especialista en Cuidados Paliativos.



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Adolescentes, uso de las redes sociales y consumos problemáticos | El dilema social



Laboratorios de la persuasión o la producción de “cuerpos dóciles”[1]

Escena 1. En una dimensión no consciente, un adolescente de entre 15 y 17 años duerme colgado de un hilo invisible y, sin apoyar los pies sobre el piso, es víctima de un tablero de estímulos permanentes tales como: “X publicó una foto contigo: dale like”, “Tu amigo Z acaba de conectarse: salúdalo ahora”.

El fin de semana pasado tuve oportunidad de ver el documental que Netflix emite bajo el título El dilema de las redes sociales, pero cuyo título original –y más apropiado por cierto– es The social dilemma.

Me resultó interesante y me quedé pensando varias cuestiones, algunas relativas a la ilusión de autonomía al menos pensándonos como sujetos del mercado. Cuánto del “yo elijo” es posible en el marco de un pequeño universo de posibles y cómo esto puede complejizarse si en lugar de adultxs hablamos de infancias y adolescencias cuyas identidades se encuentran en plena construcción.

Yo ya venía pensando en la(s) grieta(s) y las pertenencias a pequeños grupos de intercambio social que a veces nos da una idea poco realista acerca de la diversidad de perspectivas. Quiero decir, si en mi FB solo he ido quedándome con contactos cuyos pensamientos son más o menos parecidos a los míos puedo caer en la falsa creencia de que hay un “todxs pensando lo mismo”.

Creo que en algunos momentos en particular tiene mucho sentido preguntarnos acerca de: ¿Cómo tomamos decisiones en general? O, más específicamente, ¿de qué forma elegimos qué consumir?

Ya en 2015 el Informe sobre el desarrollo mundial 2015: Mente, sociedad y conducta aludía a la idea de que las personas imbuidas en su realidad cotidiana rara vez son tan coherentes como se las supone desde la perspectiva de las políticas económicas y que en ocasiones “no persiguen sus propios intereses”. Según Kaushik Basu, vicepresidente y economista jefe del Banco Mundial “los encargados de ventas y los políticos conocen desde hace tiempo el papel de la psicología y de las preferencias sociales como motores de las elecciones individuales”.

Black Mirror y los consumos problemáticos

Escena 2. El adolescente de la Escena 1 integra un grupo familiar en que dos de sus componentes (él y una de sus hermanas) no pueden soltar el celular siquiera a la hora de almorzar. Luego de haber escuchado un documental en que se habla del uso excesivo de la tecnología, la madre propone antes de comenzar el almuerzo que cada unx deje su celular en un frasco con tapa y temporizador (lo que impedirá su apertura durante el lapso que transcurra entre el inicio y el final de la comida).

Todxs se miran sin hablar hasta que comienzan a sonar las notificaciones de los teléfonos dentro del frasco que nadie alcanza a ver. De pronto, la más pequeña del grupo se acerca a la mesada en que descansa el preciado frasco y lo rompe en busca desesperada de su dispositivo móvil. En ese acto daña además, la pantalla del teléfono móvil de su hermano. Acá se inaugura una escena que considero central para el tema en debate cuando la madre le propone a su hijo comprarle uno nuevo si es capaz de permanecer siete días desconectado.

La escena en que la púber hace trizas el frasco exasperada parece retratar la compulsión a consumir algún tipo de objeto (compras), práctica (juego de apuestas) y/o sustancia (legal o ilegal).

La otra cara de la compulsión es el vacío. El adolescente que acepta el desafío de no utilizar su teléfono durante una semana a cambio de conseguir uno nuevo permanece en su habitación sin saber qué hacer. El tiempo pasa lentamente y no logra conectar con otras actividades. Asiste a clases pero “se siente observado” por sus otrxs o simplemente por esos otrxs a cuya tribu pertenece aunque no se conozcan que parecen organizar sus vínculos alrededor de lo que ocurre en las redes. Tras varios días y en su habitación, cae en una ensoñación que lo mantiene suspendido hasta que pasa cerca de su teléfono y ya no logra sostener el no contacto. Una vez allí transcurre toda la noche actualizando lo no visto hasta que queda dormido con su teléfono sobre sí.

Vale reflexionar sobre esas sensaciones. El quedar atrapado en espejismos de juegos y personas. Reales e irreales. El producto final de todo ese proceso es a condición de la falta. Sin embargo, en las vivencias del documental, como en la cotidiana experiencia en las redes, la ilusión de la completud y su materialidad quedan confundidas.

El adolescente privado de su celular por unos días asiste luego a una experiencia angustiante que le muestra descarnadamente todo lo que “ha perdido” en la realidad de sus vínculos. Aunque sigue siendo ilusorio (la chica que le gusta ha conseguido novio, su rol en un juego grupal ya ha sido reemplazado por otro jugador, etc.) la vivencia para sí es real y lo golpea en su singularidad, en su ser. Es sabido por nosotrxs lxs psi, que la experiencia es fallida por definición. El punto de inflexión es cuando la pérdida es real, cuando no puede simbolizarse y nos enfrenta a un gran desafío de deconstrucción de esas realidades, irreales claro, de felicidad, belleza y éxito. Casos de niñxs y adolescentes desmotivados o sumidos en enormes sufrimientos por las experiencias vívidas. Estas emergen de las duplas tener-no tener (objetos, éxito), encajar-no encajar (según cánones de belleza, acceso a actividades y/o recursos según niveles adquisitivos, etc.).

La tensión entre pertenecer-no pertenecer es especialmente padeciente en momentos de la vida en que las identidades se encuentran en pleno armado. Históricas series norteamericanas han retratado las disputas entre adolescentes y jóvenes de escuelas medias agrupados en “populares” y “perdedores”. El fenómeno de los “losers” ha contribuido a una nutrida producción de textos, series y films[2] en las últimas décadas que da cuenta de la persistencia de estos procesos sociales y de los sufrimientos singulares que produce.

Yo regulo, tu regulas, ellxs regulan. ¿Quién regula?

Frente a todo esto vale la pregunta acerca de ¿qué hacemos?

El documental compila una serie de entrevistas a ex altos ejecutivos de las compañías de internet más importantes del mundo (tales como Facebook, Google, Instagram, Pinterest) que plantean que han dejado sus lugares de trabajo por las consecuencias que el uso de sus propias creaciones está produciendo en los usuarios. Sus reflexiones van desde afirmar que desde adentro de las empresas es imposible frenar estos efectos hasta el no permitir a sus hijos pequeños exponerse a los algoritmos y/o dispositivos que muchos de ellos crearon.

Recientemente escuché una charla Ted de Santiago Bilinkis en la que se analiza la manipulación de las redes sociales. Allí señala que cuando vamos a comprar un producto y pagamos por ello formulamos un conjunto de interrogantes tales como: ¿será de buena calidad?, ¿el precio es adecuado?, pero cuando algo es gratis “bajamos la guardia”. Y deja planteada una provocadora pregunta: ¿Por qué querría una gran empresa multinacional incurrir en los enormes costos de desarrollar una red social, una plataforma de videos, un sistema de correo electrónico para que lo usemos gratis? Si no estamos pagando con dinero, ¿de qué otra manera estaremos pagando?

No estamos ya discutiendo si tecnología sí o no, ya sabemos que sí. Que llegó para quedarse, que aporta mejoras en la vida de las personas que no están en discusión. Sí parece ser el momento de delinear políticas de ética de la tecnología que incluyan la obligación por parte de las empresas de informar acerca de las técnicas de persuasión y de los posibles efectos que esto podría generar en la población general y en algunas parcelas poblacionales en particular. Construir mensajes que permitan buenas prácticas de uso de pantallas, redes sociales y/o video juegos. Algo así como: “el uso excesivo es perjudicial para su salud”. También podrían formularse normativas específicas.

Lo que no podemos pedirles a las empresas es que nos reemplacen en nuestros roles de adultxs. Si llevamos nuestros dispositivos móviles a nuestras habitaciones y nos quedamos dormidos sobre ellos, se torna difícil luego transmitirles algún uso responsable a nuestrxs hijxs. Si permitimos que los teléfonos celulares descansen al lado de los platos y los tenedores en los momentos de compartir la mesa familiar resulta difícil luego reunir niñxs en un espacio para jugar y reprocharles que solo puedan jugar si cuentan con una pantalla encendida…

Hace muchos años reflexionaba acerca de una noticia que describía el episodio en que una niña de 5 años de edad llevaba al jardín de infantes una tableta de ansiolíticos y repartió pastillas entre sus compañeritxs de sala. En ese momento me preguntaba ¿cómo es que unas pastillas que se venden con receta duplicada, psicofármacos, estaba disponible en el hogar a la altura de la mano de una pequeña de nivel inicial de escolaridad? Allí descubrí que la mayor parte de las personas con las que hablé guardaba ese tipo de medicamentos en algún cajón bajo la mesada de la cocina, en los cajoncitos de las mesas de luz, en el último estante de la mesita de la TV o en alguna caja o frasco entre otros que conservaban artículos de limpieza o alimentos. Siendo así: ¿por qué un niño debería considerar que “esas pastillas” son diferentes de otras consumidas como golosinas? Capítulo aparte merecería la disponibilidad de alcohol y medicamentos en formatos cuyo packaging se asemeja al de dulces y/o bebidas para menores de edad.

Solo me resta agregar que el documental transmite una perspectiva psicológica muy enfocada en lo cognitivo-conductual-individual que elude los aportes de otras teorías como la psicoanalítica y por tanto evita el uso de unas categorías que considero especialmente útiles para pensar estos procesos tales como las de subjetividad de época y sufrimiento o padecimiento psíquico.

No podemos pensarnos más que como subjetividades producidas en el marco de una temporalidad concreta y con unos sentidos delimitados por la época que nos toca transitar. Me parece fundamental visibilizar los intereses que sostienen la búsqueda de cada decisión que somos empujadxs a tomar dentro de un minúsculo universo de posibilidades contenidas entre el “Me gusta” y el “No me gusta”. Más cerca del encierro que de la autonomía.

Andrea Vázquez es doctora en Psicología y profesora de la Cátedra II de Salud Pública y Salud Mental de la Facultad de Psicología de la UBA.

[1] En 1976 Foucault se refirió a las “disciplinas” como los métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción permanente de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad. La disciplina fabrica así cuerpos sometidos y ejercitados; cuerpos “dóciles”.

[2] “Losers” (2019) una serie de Netflix que retrata la vida después de una pérdida en el mundo del deporte. “The Losers” (2010) es una película de acción basada en la novela homónima de Andy Diggle. “Un perdedor con suerte” (2000) relata las vivencias de un universitario que es acosado por sus compañeros. El libro “Losers: Historias de famosos perdedores del rock” (2018) cuenta la vida de personas que no llegaron a ser parte del “Olimpo” rockero. El tema musical “Losers” (2015) de The Weeknd.



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Borgen, una mirada psi sobre la serie danesa | Una oda al pragmatismo ético: todes enamorades de Birgitte



Se está emitiendo por Netflix una serie cuya trama transcurre en el acotado perímetro que delimita la sede de los tres poderes del estado en Dinamarca: lo que allí se conoce como “Borgen”, nombre que da título a la exitosa ficción. La protagonista es Birgitte Nyborg, primera mujer en acceder al cargo de primera ministra en aquella nación escandinava. Estrenada ya hace varios años en diferentes pantallas del mundo, el abrumador éxito que hoy cosecha la serie en nuestro suelo merece interrogar las razones de una convocatoria cuya audiencia crece día tras día. 

Por empezar, una mujer en el poder siempre llama la atención, aun en países al que el sentido común criollo consideraría como normales y avanzados. A ello se suma las especiales características del personaje, una mujer que gusta y cultiva el semblante femenino pero –para derribar todo prejuicio–  a la hora de tomar decisiones lo menos que le falta es coraje o convicción. 

Desde ya el símil con nuestro país se hace evidente. Nuestra nación estuvo gobernada por una mujer tan femenina como firme durante dos períodos presidenciales, tras los cuales una multitud se convocó para expresarle su cariño y agradecimiento. Hoy, además de ser la vicepresidenta es la política con mayor poder y convocatoria de toda América Latina. Y como no podría ser de otra manera, la que más oposición, ataques, operaciones y cuanta canalla maniobra en su contra el lector pueda imaginar. Vaya como ejemplo el recurso de atacar a su hija hasta quebrantarle la salud con el solo fin de esmerilar el ánimo de la ex presidenta, situación similar a la que en cierto momento debe padecer la primera ministra en la serie. 

Hasta aquí la comparación con nuestra CFK. Intentemos sin “spoilear” ampliar la perspectiva. La serie deja ver la trama de presiones, intrigas, extorsiones y canalladas que el juego político y mediático parece imponer en este planeta y sus alrededores, aun en países con un mínimo nivel de corrupción como es el caso de la pequeña Dinamarca, apenas habitada por poco más de cinco millones personas (para no hablar del machismo –velado a veces, explícito en otras– que la primera ministra y sus congéneres deben enfrentar). 

No en vano las frases de autores que encabezan cada capítulo convocan más de una vez a Maquiavelo. “Un príncipe siempre tiene una buena razón para incumplir sus promesas”, reza una de ellas, cita cuyo objeto no recae tanto sobre Birgitte –cuya lealtad con sus ideales, sin embargo no le resta lugar al pragmatismo– sino sobre Borgen, es decir el Poder que impera más allá de las buenas intenciones de quien eventualmente gobierna una nación. 

En este punto vale señalar que, al menos en lo que nuestra criolla audiencia respecta, Birgitte atraviesa la grieta. De uno y otro lado del escindido espectro partidario argentino se habla bien de la primera ministra. Quizás un dato a tener en cuenta para esas “almas bellas” que, no bien escuchan hablar de “negociaciones”, critican la política como si ésta no fuera parte de la cosa humana que a todes nos habita por igual. Pero es aquí donde una vez más todo lo político prueba también ser personal. La serie muestra con maestría las idas y vueltas de los avatares familiares y amorosos de las principales figuras de la trama

De hecho, para quienes dedicamos horas a escuchar el padecer de las personas, resulta notorio constatar que una y otra vez los pacientes expresan frases tales como: “No sé si estás viendo una serie que se llama Borgen…”. Lo cierto es que tras responder: “No…, contame…”, el sujeto se sirve de la serie para ubicar alguna situación íntima, amorosa, un enfrentamiento o un dolor. 

En definitiva todas cuestiones que de una u otra manera convocan esa decisiva negociación entre los ideales y el pragmatismo de un cierto saber hacer allí con lo que hay, en definitiva: el síntoma, ese partenaire que un análisis permite transformar en herramienta al servicio del sujeto. Por algo: “Que el término haya salido de otra parte, a saber del síntoma tal como Marx lo ha definido en lo social, no quita nada a lo bien fundado de su empleo en, si puedo decir, lo privado”[1], decía Lacan, del cual no sabemos si visitó Dinamarca pero sí que abogó por una política del síntoma.

Sergio Zabalza es psicoanalista.

[1] Jacques Lacan, El seminario: Libro 22, “ RSI”, clase del 21 de enero de 1975. Inédito. 



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Coronavirus: el “comunismo” de los cuerpos o el fracaso del Hombre Empresa



“La satisfacción del sujeto encuentra cómo realizarse en la satisfacción de cada uno, es decir, de todos aquellos con los que se asocia en la realización de una obra humana” . (Jacques Lacan)

La irrupción de la pandemia suscitada por el brote de la Covid-19 ha trastocado la vida de cientos de millones de personas a lo largo y ancho del planeta. Nadie tiene coronita con este virus que obliga al confinamiento o distanciamiento de los cuerpos cualquiera sea su edad, raza o clase social. Es así que por primera vez en la historia, la Humanidad –como un solo sujeto– se enfrenta a sus límites, allí donde no hay tiempo ni espacio para entretenerse con tonterías, por más cacerolas se pretendan hacer sonar contra el “comunismo” que la salud de los cuerpos impone de hecho. Es que el actual encierro entre las cuatro paredes de un hogar traduce el fracaso de un sistema económico, político y social incapaz de dotar al planeta de las condiciones mínimas de sustentabilidad.

Se abre así una encrucijada después de la cual ya nada será igual. Es cierto que siempre puede haber algo peor, pero también que el futuro depende de todos aquellos que aún respiramos entre las cuatro paredes de este mundo: de lo que hagamos y luchemos, pero sobre todo de los valores en los que depositemos nuestra confianza y buena fe para dejar de ser meros consumidores. De alguna manera, los argentinos –con un gran costo–fuimos testigos del fracaso de una subjetividad que hoy el coronavirus transparenta y de la cual queda un resto que se nutre en el odio constipado de su desvarío: el Hombre Empresa (subrayo lo de Hombre).

El Hombre Empresa se extiende más allá del ámbito específico de las corporaciones, su figura supone una manera de pensar, entender e interpretar la realidad. Se hace sentir en el seno de la familia, la ronda de amigos, la justicia, la educación, la cultura, la cabina del taxi, la pantalla de televisión, el kiosco o las redes sociales. El Hombre Empresa está en el discurso. Su manera de hacerse oír es la sonrisa cínica propia del descreído, del que va a los bifes, el que desprecia los emblemas, vacía los símbolos de contenido, desoye el legado de la historia y se maneja con los resultados, los números, las estadísticas, el cálculo, si bien todo sazonado con algún toque de autoayuda cool. Una ingeniería discursiva fabricada en base a supuestos a los que se le otorgaba el valor de verdades reveladas con el solo fin de justificar que “aunque duela, ésta es la realidad y entonces no queda otra que…”, léase: descartar personas bajo el expediente de bajar los salarios, poner racionalidad, meritocracia, y por supuesto, en los tiempos que corren: levantar la cuarentena y a otra cosa.

En otros tiempos el hombre empresa se creía buen tipo, hablaba de “los pobres” como una raza subhumana a la que convenía ayudar para que todo siga igual. Incluso lograba mostrarse valiente, en las cenas de amigos se animaba a decir: “es que para reducir el gasto de las jubilaciones hay que tener unos huevos así”, y hacía el gesto del tamaño de unos bravos testículos sobre el plato de gambas, pechuga o lomo que acababan de servirle. No más lejos llegaba su manejo de la metáfora, por eso para el hombre empresa el arte se reduce al cartón pintado de lo instituido, allí donde la sensibilidad renuncia al riesgo de la novedad. Así también las quejas de su mujer no hacen más que encarnarle esa insatisfacción que le corroe las tripas de un resentimiento que hoy ya no puede disimular.

Es que el Hombre Empresa no tolera el conflicto como motor de la vida. Por eso cacerolea por una República hueca, una libertad que no va más allá de elegir marca de auto y una justicia instrumentada para que todo siga igual o peor. Su odio testimonia el sin salida de una subjetividad dañina. Hoy el hombre empresa tiene los huevos fritos. “El mejor equipo de los cincuenta años” demostró no ser más una mafia ruin y depredadora. Los números y datos “concretos” que tanto reivindicaba le dieron la espalda. La burbuja que sus cálculos inflaba –con el solo resultado de una pavorosa desigualdad– ha estallado para hacerle saber que un simple virus gripal reveló el comunismo de los cuerpos del que su salud (¡su propia salud!) siempre dependió.

Lo que inventemos, lo que ensayemos, el esfuerzo que pongamos para que el desenlace de esta dura experiencia alumbre algo mejor de lo que teníamos, debe forjar una subjetividad menos vulnerable al fetichismo de las leyes del mercado y más proclive a la satisfacción que brinda la solidaridad, la creatividad y esa eficiencia a la que sólo se arriba con el esfuerzo compartido

Sergio Zabalza es psicoanalista.



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La locura, una defensa para sobrevivir | Diálogo con el psicoanalista español José María Alvarez



Dos pilares sostienen la mirada sobre la psicosis de un profesional con treinta años de experiencia en el campo de la salud mental. El psicoanalista español José María Alvarez se vale de dos fundamentos al momento de reflexionar sobre la psicoterapia de la psicosis: que la locura es una defensa para sobrevivir cuando alguien se ve sobrepasado por experiencias inhumanas y que su tratamiento se basa en la transferencia. A partir de ahí, Alvarez realiza un trabajo exhaustivo acerca de qué decir, qué callar y hasta dónde interpretar. Lo deja plasmado en el libro Principios de una psicoterapia de la psicosis (Xoroi Edicions, de Barcelona, también se consigue en la Argentina). Alvarez, miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), es también Doctor por la Universidad Autónoma de Barcelona, especialista en Psicología Clínica y autor de varios libros, como Estudios sobre la psicosis, Hablemos de la locura y Estudios de psicología patológica (todos de Xoroi Edicions), entre otras publicaciones.

Alvarez parte, entonces, de concebir a la locura como una defensa y que el tratamiento de la psicosis depende de esa visión. “La mirada que introduce Freud es clásica porque en la locura antigua también hay una visión de huida, de defensa pero el argumento que Freud le da es de una sobriedad que nunca se había visto”, explica Alvarez en la entrevista con Página/12. “Si una persona tiene algún conocimiento de historia de la clínica verá cómo en un momento determinado, a fines del siglo XIX, aparece un pensamiento que no tiene prácticamente que ver con los demás, con sus contemporáneos provenientes de la psiquiatría clínica. Y Freud es realmente como un astro en el firmamento. El compone una psicopatología no en función de los síntomas ni de la evolución de la enfermedad. El lo organiza a partir de un criterio que nunca se había visto antes: que el sujeto toma una acción determinada, una decisión determinada para protegerse y defenderse. Y a eso lo llama ‘mecanismos de defensa’. El piensa que, dependiendo de la palanca que el sujeto pulse, de qué tipo de defensa eche en mano y ponga en marcha, así se organiza o cristaliza un tipo de configuración psíquica u otra. Esto es algo novedoso. Fue novedosa, lo es y yo creo que seguirá siendo novedosa”, entiende este prestigioso profesional español.

–¿Un poco lo que usted busca demostrar es que el mejor fármaco es la transferencia?

–Sí. Esto es una afirmación muy rotunda que hago en el libro, pero no es una afirmación gratuita puesto que yo trabajo en un Servicio de Psiquiatría de Salud Mental. Trabajo con compañeros que tienen otro tipo de perspectiva. Usamos otro tipo de herramientas terapéuticas, pero lo que yo veo a diario es que es más potente la transferencia. Los medicamentos pueden hacer mucho efecto, pueden aturdir mucho, tumbar a una persona que está dando saltos, pero verdaderamente lo que es más consistente de todo es la transferencia. Mucho más que cualquier medicamento.

–Un gran aporte suyo es el tema de la transferencia psicótica que, a su vez, se diferencia de la transferencia neurótica. Piensa a la transferencia no como algo binario y en oposición entre la neurótica y la psicótica sino como manifestaciones diferentes de un sujeto con su terapeuta, ¿no?

–Sí, es una lectura correcta. La enseñanza del psicoanálisis, de la psicopatología, se hace siempre de una manera muy binaria. La manera binaria es la que tenemos para representarnos algo que es irrepresentable, y nuestra pequeña ciencia se ha construido con elementos binarios. Pero no quiere decir que lo binario sea la realidad. Se construye desde la antigüedad con la oposición locura-razón, locura-realidad, neurosis-psicosis. Y dentro de la neurosis, la histeria y la obsesión. Pensar que la histeria es lo contrario de la obsesión o que la psicosis es lo contrario de la neurosis es, desde el punto de vista clínico, una gran ignorancia, porque una cosa son las manifestaciones clínicas y otra cosa es la construcción epistemológica de un conocimiento. Nuestro conocimiento, nuestro saber se construye desde un punto de vista epistemológico binario oponiendo una cosa a otra. Pero esa no es la realidad clínica. La neurosis no se opone a la psicosis punto por punto. Es diferente, pero no es lo contrario. La histeria no es lo contrario de la obsesión. Entonces, cuando se enseña psicoanálisis da la impresión de que la neurosis es todo lo contrario de la psicosis, que si un sujeto psicótico no desea y no ama, el neurótico desea y ama. Y eso no es verdad. Que un histérico busca una relación de insatisfacción con el deseo, y el obsesivo, de imposibilidad, puedo decir que sí y que no, porque la histeria y la obsesión están mucho más mezcladas de lo que tendemos a pensar y hay sujetos que son histéricos y obsesivos. A veces, están muy enfermos y están más obsesivos; a veces, están mejor y están más histéricos. Y en la psicosis es igual: no hay esa separación a menudo tan clara entre la paranoia, la esquizofrenia o la esquizofrenia y la melancolía. Son polos y el sujeto transita entre ellos.

–¿Y con la transferencia sucede lo mismo?

–Sí. Lacan desarrolló mucho el punto de vista de la transferencia erotomaníaca, pero eso es una parte muy pequeña de la transferencia en la psicosis. No es toda la transferencia en la psicosis. Ni toda la transferencia en la psicosis es todo lo contrario que la transferencia en la neurosis. Es bastante distinta, pero no lo contrario.

–Incluso, usted entiende que hay particularidades de la transferencia psicótica, ¿no?, como la indiferencia en la esquizofrenia, la ambivalencia y la dependencia exigente en la melancolía y la erotomanía en la paranoia.

–Sí, si hubiera que caracterizarlas de alguna manera, normalmente en los casos de locura o de psicosis están esas polaridades, donde a veces hay sujetos claramente paranoicos. Incluso, pueden estar años o prácticamente toda la vida dentro de unas manifestaciones clínicas paranoicas o esquizofrénicas, o maníacomelancólicas. Pero, a veces, hay sujetos que están paranoicos y después están melancólicos; o que están esquizofrénicos y después más paranoicos, o más melancólicos. Con la transferencia sucede lo mismo: depende en qué polo de la psicosis o de la locura esté el sujeto, tiene una tendencia más paranoide, más erotomaníaca o más indiferente, más autística, más replegada sobre sí mismo, más indiferente (es decir, más esquizofrénica) o más melancólica; digamos más carente de deseo de vida. Y, en ese sentido, más ambivalente y más exigente. Esas polaridades se pueden caracterizar así, pero pueden variar dentro del sujeto.

–A diferencia de lo que Freud pensaba, ¿el psicótico va al consultorio por la soledad que lo aplasta?

–Sí. Parecería una paradoja argumentar que la transferencia psicótica es muy densa, muy potente, puesto que es verdad que los psicóticos “están” en la Luna (de hecho, en inglés se les llama “lunáticos”), que están en su mundo. Pero, en realidad, comprobamos que los lazos transferenciales entre los locos y el terapeuta son muy densos, muy resistentes, muy potentes. La pregunta que hay que hacerse es cuál es el fundamento de ese lazo. Porque son lazos que pueden durar toda la vida y que dependen completamente del terapeuta. Es decir, uno se va a jubilar atendiendo a esos sujetos. Van a estar en una transferencia potentísima con uno, aunque no lo vean, aunque sólo llamen por teléfono. ¿Cuáles el fundamento de la transferencia de la locura? Yo creo que no es el saber, como puede ser un sujeto de la calle que se hace preguntas, trata de indagar, piensa en papá y mamá. En la psicosis no se ve eso. El psicótico está bastante lejos de todo eso. Entonces, yo creo que lo que le trae a la consulta es que él vive en un mundo bastante incompatible con las relaciones con los otros y que algunas personas no pueden soportar la angustia que les genera estar con ellos. En general, la gente huye de ellos. Están radicalmente solos porque la locura implica una soledad radical o real. Entonces, a partir de ahí, si nosotros sabemos jugar bien nuestras cartas, ellos nos eligen para que podamos acompañarlos. Y cuando nos eligen realmente se teje una tupida relación, a veces, más potente que en una histeria o en sujetos fóbicos o de otro tipo.

–¿Esa soledad del loco no tiene tanto que ver con la falta de compañía sino con la sensación intensa de soledad?

–Sí, prácticamente en todas las soledades de la locura, lo que escuchamos cuando nos cuentan, o lo que leemos de la gente verdaderamente que trabaja con este tipo de personas, es que ellos dicen cosas como “Yo soy como un astronauta que está en la Luna descolgado por completo de todo vínculo con nadie”. O sea, en la soledad de la locura hay dos componentes principales. Por una parte, es una huida, una soledad buscada porque la relación con los semejantes es muy complicada y los locos se ponen muy paranoides con eso, pero por otra parte, es una soledad que constituye, en sí misma, un encierro; es decir, una imposibilidad de vínculo con el otro. Son las dos cosas. Parecen contradictorias, pero yo las veo perfectamente relacionadas. La prueba la tenemos en lo contrario: hay muchos intentos por parte de la terapéutica e, incluso, de la psiquiatría comunitaria de que la gente se relacione, se vincule, vaya a grupos, salga. A veces, lo que se consigue con eso son verdaderos estragos y verdaderos enloquecimientos más grandes porque los pacientes que necesitan esa distancia de los otros, cuando se les mete en grupos y se les hace relacionarse, los interlocutores insinúan ciertos deseos y expectativas para con ellos. Y se ponen muy locos porque ahí lo único que ven es mala intención. No ven seducción, ven mala intención. Y esto hay que respetarlo. Si el loco toma distancia hay que dejarlo. Déjalo que venga, pero no lo invadas.

–¿Por qué puede haber hostilidad en la soledad?

–Eso lo dicen los antiguos, como que hay una parte de la soledad que está llena de enemistad. Si tú tienes enemigos es porque le gente tiene algo malo para contigo. Esto es así de claro. El que busca enemigos, los encuentra. Basta encontrarlos para que todos sean mucho más enemigos. En la huida, por la otra cara está siempre el enemigo. ¿De qué huyes? Huyes de ti mismo, pero ese sí mismo es la proyección en el otro de tu propia maldad. Con lo cual, aunque huyas, siempre está el otro ahí, porque la maldad la llevas contigo. Eso es lo chocante de la locura: de lo que huyes lo llevas contigo.

–¿Es por eso que el delirante prefiere la persecución a la soledad y las voces serían la compañía del alucinado?

–Sí. La visión médica o médico-psicológica de la locura de ver las alucinaciones como un problema probablemente de neuroclínica, como una desgracia que tienen que soportar los enfermos, etcétera, todo eso es así, pero tienes que dejar que te expliquen ellos y que te hablen. Entonces, cuando van un poco avanzados en el trato que ellos mismos tienen con sus voces, también te dicen que la única compañía que tienen son esas voces. La voz tiene una parte de injuria. La lectura que hace Freud de la clínica de la psicosis es verdaderamente apabullante. Tiene algunos errores muy graves, por ejemplo pensar que la paranoia tiene que ver con una homosexualidad inconsciente. Eso es una bobada que se le ocurrió. No tenía experiencia en ese sentido. Pero cuando habla, por ejemplo, de las voces o de estas cosas, él se refiere a un mecanismo que llama un “rechazo radical”. Este tipo de rechazo implica que aquello de lo que yo me deshago es tan importante para mí, tan problemático, tan traumático, tiene tanta potencia en mi vida que si me deshago y lo echo afuera, eso está vivo. Y eso vuelve contra mí. No vuelve contra mí como algo que yo pienso sino que se me presenta en mi realidad, es real. Y eso es lo que rechazo y el retorno de lo que rechazo. O lo que reprime y el retorno de lo que reprime. En este caso, sería de lo que forcluye, en términos de Lacan. Entonces, hay una parte de la voz que siempre es injuria. ¿Y qué te dice la voz? Lo que tú no quieres oír de ninguna manera: puta, maricón, las obscenidades más obscenas. Siempre dicen lo mismo. Pero, por otra parte, el trabajo que los locos hacen con las voces acaban por convertir todo eso -o al menos una parte- en la única compañía con la que están. Hace de sí mismo un poco más bondadoso. Por eso, la locura tiene esa parte de defensa, de nueva manera de estar en el mundo, loco, pero de poder estar.

–¿Por qué es importante no interpretar al psicótico?

–Interpretar es revelar o arrojar luz sobre algo que está escondido, sobre algo que está oculto. O, incluso, es darle un sentido a algo que, de momento, alguien no encuentra un sentido en eso. Todo ese tipo de maniobras, de levantar lo que hay debajo del suelo, puede venir bien para un tipo de sujetos. Por ejemplo, para un fóbico, revelarle que, en realidad, no es a un pájaro a lo que tiene miedo sino que es a otro tipo de pájaro (a lo que él llama “pájaro”, en sentido popular, que tiene que ver con otra cosa), le puede dar una luz y una perspectiva y eso le puede servir para ablandar esa concentración de miedo que es su fobia. El fóbico, el histérico o el obsesivo son defensas de medio pelo, por así decir; son defensas para ir tirando, pero la locura es una defensa brutal, radical. Entonces, lo que entiendo yo, por la experiencia que tengo, es que si alguien necesita construir un muro de cemento impenetrable, uno no puede tirarlo ni horadarlo, ni hacer un agujerito. Eso no quiere decir que a los pacientes psicóticos o locos no se les digan algunas cosas que uno puede considerar interpretativas. Por ejemplo, yo tengo un paciente que es brillantísimo y que va a publicar un libro. Y no encuentra la manera, no le gusta. ¿No será porque tendrá un poco de miedo de sacar una obra y que la gente la juzgue? Es una interpretación light o de medio pelo, pero no es que le interpreto no sé qué cosa oculta de la relación que no se sabe que tiene que ver con su padre o cuestiones como eso. Eso es lo que no conviene.



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El mandato de ser feliz en cuarentena | Qué significa la exigencia de “aprovechar” el tiempo durante el aislamiento



El mandato de felicidad redobla su apuesta en esta cuarentena, no es solo un imperativo de la época, tenes que aprovechar el tiempo: producir, seguir trabajando, estudiar, aprender cosas nuevas, reunirte por zoom, estar y disfrutar de les hijes, hacer tareas del cole, limpiar la casa, renovar, pintar, coger, tener sextng, etc.

Hay un meme que me hace reír, un gato furioso con una ametralladora en mano frente a todos estos mandatos. ¿Cómo se instala en cada une de nosotres la respuesta a eso? ¿Somos conscientes y podemos pesquisar a la letra lo potente de ese discurso? ¿Por qué habría que “aprovechar” el tiempo de ese modo en cuarentena? ¿Qué implicancias tiene ese supuesto aprovechamiento?

Sabemos que cada vez que se instala un discurso que propone “herramientas para estar bien”, los sujetos corremos a ponernos la camiseta. Pero este discurso es más bien siniestro, en plena cuarentena y aislamiento social hacer creer que son unas seudovacaciones donde tenés que aprovechar el tiempo invita al menos a interrogarlo.

En este sentido se delinean al menos dos vías para pensar: por un lado, la cuestión del aprovechamiento como una supuesta ganancia de placer y por el otro, el mandamiento del discurso amo que pareciera tener la posta de la cuarentena, te dice: “hace cosas, no pares de producir y así serás más feliz”.

Me interesa interrogar estas dos vertientes específicamente en el contexto de la cuarentena. Comencemos por la primera: ¿qué es aprovechar? Búsquenlo en el diccionario que fuera, sacar provecho, obtener una ganancia.

Describo uno de sus significados literales: “Emplear útilmente algo, hacerlo provechoso o sacarle el máximo rendimiento”.

¿Cuál es mi ganancia en la cuarentena? Cada uno podrá ver eso en las propias coordenadas de su vida; en términos capitalistas la ganancia apunta al plusvalor, a enriquecer cada vez más a los grandes magnates del mundo, pues si no hay muchos pobres no habría un par de ricos que estén al poder.

No es mi tema la sociología ni la economía política, pero tampoco hay que ser una luz para comprender eso.

Sacarle provecho a la cuarentena se ordena en la misma línea de siempre: una exigencia que invita a que todos aquellos que se sientan mal por estar aislados y viviendo tiempos donde hay un virus suelto que mata gente se sobreexijan creyendo que, por ejemplo, “si fuera normal haría un curso de algo y estaría bien”, es mentira.

La cuarentena instala un “entre tiempo” y si pensamos en esa idea, en términos cronológicos, podríamos decir que el tiempo 1 fue el decreto de nuestro presidente, pero el tiempo 2 aún no está establecido, no lo sabemos, suponemos ciertas cosas nomás. Lo que sí sabemos es que en algún momento el tiempo 2 llegará, o sea, sabemos que en algún momento termina, aunque no sepamos cuándo.

Adelantarse en el tiempo es una virtud neurótica por excelencia, vivimos adelantándonos: adelantamos nuestra existencia pensando “cuando tenga esto, pasará esto otro”, “cuando sea aquello, lograré tal cosa”, incluso adelantamos las respuestas del otro “si le digo tal cosa me dirá esto otro”.

Adelantarnos en el tiempo nos hace caer siempre en nuestra propia trampa: creyendo que me voy a calmar con la “idea adelantada” me genero mayor ansiedad, nerviosismo, malestar. Es que el único tiempo que puedo vivenciar es hoy. Claro está que ese hoy integra en mí un ayer, un pasado, una historia, así es como armamos un cuerpo que anda por el mundo cargado de afectos, ideas, ilusiones, desilusiones, vidas, muertes, etc.

Lo que más escuchamos hoy en día es la inestabilidad, cada quien, con su propia historia, pero montada sobre un escenario de cuarentena y pandemia que sienta las bases más inciertas que hemos vivido hasta el momento, en la misma medida lo incierto se vuelve cada vez más cierto: “si no hago algo este es un año perdido”.

Quizás la ganancia subjetiva tenga que ver con esa pérdida, es como cuando en las relaciones amorosas uno le dice a otro “no quiero perder el tiempo, decime si vamos a convivir o no”, por dar un ejemplo. Y bueno, si no están conviviendo pues es que no lo están, hay algo que no puede forzarse allí. Entonces “no perder el tiempo” se instala como una idea capitalista y productiva del tiempo, que, conjugado a la noción de “adelantarse”, hacen una bomba explosiva en nuestro psiquismo. El Otro tampoco sabe si van a convivir o no, sin embargo, tiene que responder y se ve obligado a eso. Es que en cuanto algo se torna una exigencia se transforma en un pedido superyoico y el sujeto siente que queda a expensas de tener que dar una respuesta porque ya no hay lugar para la pérdida, que podría ser el lugar desde donde lanzar el deseo, pues es ahí mismo donde todo se cae y la supuesta pérdida de tiempo se convierte en un tiempo presente donde “ya sé”. Existe la creencia engañosa de pensar que en ese “ya sé” hay alivio, y no, es solo momentáneo.

“Perder el tiempo” es en otro sentido ganarlo. Sin embargo, si en la idea de “perder el tiempo” se produce un arrasamiento del sujeto, ya no hablamos de lo mismo. Que el sujeto quede arrasado no se debe a que “pierda el tiempo” pero muchas veces, según el contexto de cada uno, no hay lugar para vislumbrar esto. Entonces aparece una pregunta frente a la idea de “perder el tiempo” y es “¿qué estoy esperando?”, pregunta que puede tornarse muy confusa si no es alojada con seriedad. Si la espera se traduce en arrasamiento subjetivo, se instala el padecimiento y será una buena causa para comenzar un análisis.

Si el tiempo se pierde es porque es su condición, estar a la espera puede ser alojar un tiempo de incertidumbre que integre la idea de que no sé todo, la idea de que no existe un saber exacto sobre cada cosa.

Si sacamos de la ecuación estas dos ideas: la de “adelantarse” y la de “perder el tiempo” (en términos productivos), hagan el imaginario por un instante, ¿no viviríamos más amablemente con nosotres y los otres?

El meme del gato que comentaba es gracioso porque la respuesta del gato es violenta en un sentido metafórico, eso nos produce risa. Los memes que circulan son un nuevo modo de “risa social”, apuntan al lazo con otres, nos hacen reir. Miramos memes, los compartimos, decimos cosas con ellos, haciendo valer en la “pérdida del tiempo” un afecto fundamental para estos tiempos: la alegría que tiene como correlato la risa manifiesta en el cuerpo y sus concominantes.

El mandamiento actual articula “no pierdas el tiempo” y “ponete a producir” y el resultado de eso es que supuestamente estaríamos en mejores condiciones al finalizar la cuarentena. Pero en el mientras tanto, que es el tiempo actual que transitamos, nos topamos todos los días con sus límites, allí donde el discurso amo me ordena, el sujeto se borra.

Y “me ordena” (me ordena el Yo) en dos sentidos, por eso es tan potente, el primer sentido es que me da una orden: “hacé tal cosa y serás feliz”. El segundo sentido es que me ordena organizando mis acciones, mis haceres (o más bien deberes). Este segundo sentido es el que moviliza a que seamos tan obedientes, es que ¡es tan tentadora la propuesta! Gracias al segundo sentido y la tentación que despierta creer que “si hago eso voy a estar bien”, el primer sentido queda oculto en tanto imperativo, produciendo cada vez más arrasamientos subjetivos que conllevan afectos como el hastío, el fastidio, el aburrimiento, etc.

Ser tan obedientes a un discurso que ordena los cuerpos de la época tiene sus efectos, como decía, sujetos arrasados que, fastidiados y hastiados por no poder cumplir con los cánones sociales de felicidad, resignan sus deseos ¡porque no hay tiempo que perder!

Una vez comenté que el deseo es indestructible, idea freudiana, por cierto, a eso hay que agregar que el deseo tiene su origen en la pérdida. Si no hay pérdida, si no hay lugar vacío, no habrá deseo que tenga espacio para circular. Y el deseo del sujeto, para circular, no necesita del permiso del código QR de la app “Cuidar” (lo subrayo para aquellos que invierten esta idea, allí donde el gobierno cuida a su pueblo de una pandemia se pretende hacer creer que disponen de nuestros deseos a su merced). El deseo entonces, para circular, requiere sí algo importante: que tengamos un espacio donde podamos pensar cada vez los discursos que nos imponen, hacer o no lugar a ello y dejarse interpelar dependerá de cada quien.

Florencia González es psicóloga y psicoanalista, docente de la Facultad de Psicología (UBA) e investigadora UBACyT.



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Las jóvenes y los movimientos sociales | Algunos conceptos psicoanalíticos para entender los nuevos discursos juveniles



En los últimos años estamos asistiendo a un fenómeno social y subjetivo singular: el modo en que la gente joven se pone en movimiento, con diversos criterios de agrupación, para expresar en el ámbito público, en calles y plazas, su disconformidad hacia determinadas condiciones de vida críticas para con la salud, el ambiente, el trabajo, la educación, reclamando a las autoridades por cambios legislativos y poniendo en acción variados recursos para expresar su malestar. Desde las protestas juveniles para la defensa del ambiente y denuncias hacia la sobreexplotación salvaje de la naturaleza y por el cambio climático –como lo hace el ecofeminismo– hasta el repudio a la utilización de armas en las escuelas y de otros modos de violencia, la gente joven sale a la calle. El movimiento feminista no ha quedado ajeno a estos modos de manifestar su protesta y sus propuestas de transformación, y actualmente, con variadas modalidades, la gente joven ocupa las calles denunciando violencias de género diversas, poniendo en crisis los clásicos modelos patriarcales, así como también sus reclamos por la legislación relativa a la interrupción del embarazo, a la salud sexual y reproductiva, a la incorporación de la educación sexual integral en las escuelas, y muchas otras cuestiones referidas a condiciones de vida desigualitarias que merecen ser cambiadas. Las teorías y prácticas feministas, que iniciamos en Latinoamérica hacia los años 70 del siglo pasado, se vuelven a poner en práctica en los grupos juveniles, por ejemplo, mediante los grupos de autoconciencia sobre las condiciones de vida opresivas, subalternizadas, invisibilizadas, ahora con el agregado de nuevos dispositivos, originales y creativos, que hacen que aquella revolución silenciosa iniciada por muchas de nosotras en aquellas décadas, hoy pase a ser una revolución bulliciosa, con una polifonía de voces plena de significados y posibilidades. Antiguos lemas utilizados por entonces, tales como “hacer visible lo invisible”, y “lo personal es político”, son revitalizados actualmente por la gente joven.

Se trata de un colectivo juvenil, formado en su mayoría por adolescentes y jóvenes, que se ha configurado como un nuevo sujeto político, que reclama tener su propia voz, y ser escuchados, no sólo como sujetos de derechos, sino también como sujetos sensibles y atentos al modo en que evalúan sus experiencias, tanto desde el punto de vista subjetivo como social. Quienes venimos del campo del psicoanálisis con perspectiva de género escuchamos sus voces, sus malestares, y procuramos darle sentidos no sólo en clave individual sino también como parte de un colectivo, el juvenil, que padece condiciones específicas de sufrimientos. En una escucha calificada de sus malestares, hemos incorporado la noción de empoderamiento, o sea, la capacidad que puedan desarrollar para ser sujetos de la enunciación de sus conflictos, con su particular lenguaje y modos de expresión, y no sólo objetos de los discursos de quienes hablan por ellos. La gente joven, con sus particulares lenguajes y modos de expresión, trata de demostrar que lo que manifiestan es creíble, a menudo relatando experiencias vividas que sobrepasan sus límites porque se trata de situaciones abusivas. Tratamos de alejarnos de los contextos clásicos de la interpretación de estos sujetos sólo en clave adultocéntrica, además de androcéntrica –tan propia de las teorías y prácticas psicoanalíticas convencionales– y ofrecer otros recursos de escucha de sus conflictos, a partir de sus mismos protagonistas. Nuestra cultura patriarcal y adultocéntrica, o sea, centrada en las valoraciones y criterios basados en perspectivas masculinistas y de gente adulta, desconoce la riqueza y heterogeneidad con que se presentan los padecimientos de la gente joven actual, por lo cual necesitamos ofrecer nuevos recursos de comprensión para ese colectivo.

Para ello necesitamos disponer de una reflexión crítica respecto de aquel paradigma con que hemos operado hasta ahora, que suponía que nuestra posición como gente adulta nos otorgaba la máxima autoridad para configurarnos como sujetos de la enunciación. Algunos conceptos psicoanalíticos pueden contribuir a encontrar una clave de entendimiento para los nuevos discursos juveniles, entre ellos el análisis del juicio identificatorio y del juicio crítico. Una de las claves de inteligibilidad con que contamos para comprender los rasgos subjetivos creativos, las propuestas innovadoras, la disposición para las acciones específicas que proponen los jóvenes desde el punto de vista del género es la construcción del juicio crítico. El juicio crítico es una forma de estructurar el pensamiento, ligado al sentimiento de injusticia. Es un tipo de pensamiento que se consolida en la adolescencia, pero que ha encontrado sus precursores en la temprana infancia, a partir de la ruptura de un juicio anterior, que es el juicio identificatorio, que se desarrolla habitualmente durante el primer año de vida del infante humano. El juicio identificatorio opera con las reglas impuestas por el narcisismo temprano, donde no hay diferenciación Yo/no-Yo, una fase del desarrollo donde el supuesto es “yo-el otro somos lo mismo”. En el segundo año de vida, con la adquisición de la marcha y del lenguaje, la criatura experimenta la capacidad para alejarse de aquello –su objeto libidinal en la teoría psicoanalítica– con quien mantenía un firme lazo identificatorio. Poder utilizar sus capacidades psicomotrices y la adquisición de la palabra, fundamentalmente del “no”, lo habilita para alejarse, diferenciarse, de aquel objeto libidinal con quien había establecido un vínculo narcisista en el que “yo-el otro somos lo mismo”. A partir de la experiencia de frustración de ese supuesto, se inicia la ruptura del juicio identificatorio, porque va perdiendo eficacia la premisa de que “yo-el otro somos/deseamos lo mismo”. El juicio crítico consecuente con esta ruptura se instala como resultado de la puesta en crisis de aquel supuesto anterior, con la experiencia de la diferenciación, del recortamiento subjetivo. El colectivo juvenil que participa activa y críticamente en la construcción y deconstrucción de nuevas posiciones genéricas apela a esta modalidad del pensamiento, denominada juicio crítico.

Nuestra ubicación en América Latina también contribuye a que nuestra escucha y nuestras intervenciones androcéntricas y patriarcales pueda implicar la legitimación del modelo patriarcal, naturalizando la masculinidad hegemónica y la femineidad tradicional. El largo proceso iniciado ya hace varias décadas está mostrando sus efectos: ya no es aceptable en la mayoría de los contextos sociales, familiares, educativos, tolerar las conductas violentas, los abusos emocionales y/o sexuales, ni el silenciamiento ante los mismos cuando estos se producen aun en situaciones sacralizadas como las instituciones religiosas, familiares y educativas. Los lemas actuales que circulan en Buenos Aires, “No es no”, y “Yo te creo, hermana”, junto con el movimiento “Ni una menos”, y más recientemente “El violador eres tú”, dan cuenta de estos nuevos posicionamientos ante todo tipo de abuso, gestionados por colectivos de gente joven. Estos movimientos se acompañan de la deconstrucción crítica –y a menudo conflictiva– de los supuestos del amor romántico en los vínculos de pareja, así como en el vínculo materno-filial y en otros vínculos de intimidad, afrontando la decepción resultante cuando reconocen que este modo de amar y de desear puede llevar a desconocer situaciones de violencia entre los géneros, al interior de un mismo género, o entre las generaciones. No se trata de deconstrucciones sencillas: implican dolor, angustia y una dimensión ética que requiere hacerse cargo de la responsabilidad con que se involucran en los vínculos intersubjetivos. Es una responsabilidad individual y colectiva a la vez, para anticipar y prevenir todas las formas de violencia.

La gestión de la elaboración de estas situaciones conflictivas se realiza a veces en forma individual –es frecuente encontrarlas en las consultas y sesiones de psicoanálisis con perspectiva de género–, así como también en el interior de la vida familiar, y más acentuadamente, en los contextos grupales de las escuelas e instituciones educativas.

Una política de las subjetividades: la gente joven y los movimientos sociales

Estamos asistiendo a modalidades novedosas de construcción de los géneros, autorizando el discurso del colectivo juvenil como nuevos sujetos políticos a partir de sus experiencias subjetivas, lo cual supone adoptar una categoría de análisis que hemos caracterizado como política de las subjetividades, poniendo en foco las relaciones de amor y de poder entre los géneros, al interior de un mismo género, y entre las generaciones. Es una política de las subjetividades de carácter feminista, en que se pone nombre al malestar que anteriormente se sentía en forma difusa, difícil de expresar, percibido como un trastorno íntimo, individual, que merecía escasa credibilidad cuando se lo manifestaba públicamente. Aquella era una modalidad propia del género femenino tradicional, descrita ampliamente en la literatura feminista de décadas anteriores, basada en la experiencia vivida, encarnada y padecida por aquellas personas que anteriormente habían sido desestimadas en su capacidad de agenciamiento. Ahora necesitamos disponer del mismo dispositivo de inteligibilidad utilizado entonces, para comprender el malestar de este nuevo colectivo juvenil, enunciado por sus mismos protagonistas. Su fortalecimiento a menudo se produce gracias a los criterios de alianzas con otros grupos, tales como los de derechos humanos, los de preservación de la naturaleza tales como el ecofeminismo, etc.

En otro momento habíamos desarrollado la hipótesis de que es posible que en condiciones de crisis social, la participación activa en un proyecto colectivo promueve la salud mental de los sujetos, en contraposición con las actitudes de aislamiento y repliegue. Entendemos la salud mental como un estado de bienestar subjetivo que favorece la creatividad y las propuestas innovadoras. En el estudio antes mencionado nos hemos preguntado sobre algunas características que ofrece la incorporación a los movimientos sociales que podrían contribuir a la salud mental de la gente joven, y hemos realizado las siguientes propuestas:

a) Los movimientos sociales como espacios transicionales: el problema del reconocimiento.

Nuestra formación psicoanalítica nos permite suponer que la inclusión de los jóvenes en los movimientos sociales los habilita para integrarse en un espacio social distinto, específico, no asimilable a los clásicos espacios familiares, laborales, deportivos, artísticos, etc. Los movimientos sociales constituirían un espacio transicional, un concepto caracterizado el psicoanalista inglés D. Winnicott (1972) para otras circunstancias vitales, pero que en este caso podemos aplicar a los espacios intermedios entre una situación previamente establecida y el pasaje a otra aún desconocida a la que el sujeto tiende a incorporarse. Estos espacios transicionales participan de una doble inscripción: son objetivos y subjetivos a la vez. En tanto espacios objetivos, los movimientos sociales ofrecen a la gente joven incorporarse a grupos que diseñan actividades específicas, reunidos en determinados lugares, bajo ciertas circunstancias temporales y con objetivos establecidos en conjunto. Cuentan con una cultura propia que expresan mediante consignas, lemas y proyectos que son compartidos por todo el colectivo que está incluido en ellos. En sus aspectos subjetivos, los movimientos sociales contienen las fantasías, ilusiones, deseos, tensiones y conflictos de los sujetos que los componen, y que a menudo depositan en las estructuras de estos colectivos, ya sea para movilizarlos o bien para obstaculizarlos. Desde el punto de vista subjetivo, estos movimientos sociales requieren de quienes los integran una actitud de identificación y compromiso con sus proyectos y actividades, que da como resultado el reconocimiento mutuo. La búsqueda y el logro de reconocimiento por parte de sus pares es una de las motivaciones subjetivas fundantes para la inclusión en estos colectivos. Cuando el grupo fracasa en reconocer y aceptar a algunos de sus miembros, ya sea debido a rasgos de personalidad contrarios a la cohesión grupal, o bien a la disidencia con los proyectos o modalidades de interacción dentro del grupo, la crisis y ruptura del movimiento puede llevar no sólo al quiebre y la claudicación del mismo, sino también a una profunda situación de crisis personal en los miembros que lo integraban. En términos de las condiciones necesarias para contribuir a la salud mental de sus integrantes, este sería un factor de riesgo que operaría en detrimento del bienestar subjetivo de los sujetos involucrados. También se plantean problemas por el reconocimiento cuando hacemos un análisis desde la perspectiva de género. El supuesto de igualdad entre los géneros puede entrar en crisis cuando al interior de la organización de los movimientos se perciben desigualdades e inequidades, por ejemplo en la distribución y asignación de tareas, de tiempos, de oportunidades de acceso a los medios de difusión, a tomar la palabra en público, etc.

b) Los movimientos sociales crean figurabilidad ante la crisis.

Otro aspecto que merece destacarse desde la perspectiva psicoanalítica es que la participación de los jóvenes en los movimientos sociales crea figurabilidad, esto es, vuelven figurable, representable y comprensible, muchos aspectos de la realidad vivida y padecida, por ejemplo, ante la falta de trabajo en sociedades crecientemente desiguales que excluyen principalmente a los jóvenes del universo laboral, así como de otras inequidades generizadas. Esta posibilidad de elaborar una representación subjetiva y social de lo que sucede en situaciones de crisis les permite sobrellevar las situaciones inesperadas, contando con marcos de comprensión para la condición actual, que les habiliten para operar ante las nuevas realidades, si las perciben como desesperantes. El riesgo de catástrofe subjetiva, con una ruptura de todos los recursos previos de comprensión, está siempre como telón de fondo amenazante. Al reunirse con sus pares y encontrar nuevas significaciones a sus conflictos, y nuevas claves de comprensión de los mismos, el colapso subjetivo deja de ser tan amenazante porque puede compartir con otros sus observaciones, el análisis y la reflexión crítica de las mismas, y diseñar acciones específicas para enfrentarlos. Este sería el beneficio de la figurabilidad: volver representable lo irrepresentable, lo indecible, que de lo contrario se inscribiría en su psiquismo como hecho traumático. Contar con estos recursos de inteligibilidad opera como factor de protección para la salud mental de la gente joven.

c) Los movimientos sociales permiten la ampliación del repertorio deseante.

Otro aspecto que contribuiría a la salud mental de los jóvenes que se incorporan a los movimientos sociales consiste en la ampliación de su repertorio deseante. Quizá en este punto es donde podamos observar situaciones más novedosas desde la perspectiva del género, al considerar a las mujeres como el grupo que más ha innovado sus modos de desear en las últimas décadas. En tanto los estereotipos tradicionales de género masculino nos ofrecían figuras de varones que a lo largo de la historia han participado en movimientos sociales de todo tipo, con modos específicos de despliegue en el ámbito público, por el contrario, los estereotipos de género femenino tradicionales se referían a mujeres cuyos deseos se desplegaban al interior de la vida familiar y doméstica, en el ámbito privado. Los tiempos han cambiado, a lo largo de los siglos las mujeres fueron expandiendo cada vez más sus ámbitos de representación social junto con la ampliación del concepto de ciudadanía. Hoy en día la participación de las jóvenes en los movimientos sociales es numéricamente similar a la de los varones, así como también existen muchos grupos y colectivos de mujeres que proponen reivindicaciones específicas para su género, tales como los movimientos que luchan por sus derechos sexuales y reproductivos, y en contra del abuso y de la violencia en sus vidas cotidianas.

Los deseos tradicionales descriptos por la teoría psicoanalítica para ser desplegados en la vida privada, tales como el deseo de ser amada, el deseo de completud narcisística a través de un hijo, y otros, han sido revisados en la actualidad por nuevos grupos de mujeres jóvenes que plantean otros deseos constitutivos de su subjetividad. Se trata de deseos que habrán de ser desplegados fundamentalmente en el ámbito público, que incluyen el deseo de autonomía, de independencia económica, el deseo de reconocimiento social, el deseo de decidir sobre sus cuerpos, y el deseo de equidad y de justicia. Esta ampliación del repertorio deseante se observa no sólo en las mujeres en los movimientos sociales, sino en los sujetos feminizados, y aquellos inscriptos en variados colectivos con modalidades generizadas diversas.

Como se puede apreciar, aquel tradicional concepto de salud mental equiparado a establecer condiciones de equilibrio y armonía está siendo reemplazado por otra hipótesis acerca de la salud mental: es la que los sujetos comprometidos construyen a partir del enfrentamiento de las situaciones de tensión y de conflicto, provocadoras de malestar.

La perspectiva del género nos lleva a preguntarnos si las mujeres jóvenes perciben sus condiciones específicas de exclusión y de discriminación social, o si éstas quedan ocultas tras el así llamado “velo de la igualdad” (Lagarde, M., 2003). Varios estudios indican que aunque los discursos que se enuncian son políticamente correctos en cuanto a la igualdad de oportunidades y de acceso al mundo social y laboral entre varones y mujeres, en las prácticas estas condiciones todavía no se cumplen. Muchas jóvenes consideran que aquellos espacios ya han sido conquistados por las mujeres que las precedieron, y que sus posibilidades actuales no necesariamente están vinculadas con las anteriores luchas de género. La persistencia de ciertos estereotipos tradicionales de género femenino, por ejemplo, respecto de la maternidad, así como la violencia de género aún presente en todos los contextos sociales, nos llevan a considerar que todavía es necesario el trabajo de reflexión crítica sobre una conciencia de género que sigue siendo inequitativa para las mujeres.

Mabel Burin es doctora en psicología, directora del Programa de Estudios de Género y Subjetividad, Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES). El presente texto es un fragmento de la conferencia dictada en el Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la Universidad Nacional Autónoma de México, (CRIM-UNAM), enero 2020.



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