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Pandemia: ¿qué hacemos con los inconscientes? | Sobre la supuesta “culpabilidad” de los jóvenes




| Sobre la supuesta “culpabilidad” de los jóvenes



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Qué es el cuerpo para cada quien | El cuerpo, lo propio y lo intruso



                                                                             Algún día un humano le disparará a un robot

                                                                            del que salga sangre y lágrimas y que a su vez

                                                                         le disparará a un humano del que saldrá humo.

                                                                                                                                            Philip Dick

                                                                                          ¿Se ha preguntado alguna vez “quién”

                                                                                                                 es su cuerpo para usted?

                                                                                                                                 Philippe Claudel

Pensar el cuerpo es pensar el mundo, es un tema político mayor, advierte David Le Breton. Las sociedades que intentan prescindir de los individuos fomentando su exclusión y muerte pueden plantearse también prescindir del cuerpo.

Ya no se trata de ciencia ficción. Muchos anhelan una poshumanidad donde proponen deshacerse del cuerpo y vivir en la cybercultura. Una comunidad internáutica donde poder transferir el cerebro a un chip y vivir en una máquina. Distopías pensadas para un mundo donde el sueño de inmortalidad sea algo posible. Retirando el cuerpo de la circulación. “Somos la última generación que va a morirse”, alientan los más fanáticos.

Seamos arcaicos, quedémonos con el cuerpo. ¿Qué es un cuerpo? ¿Qué relación existe entre ese cuerpo que poseemos y nosotros? O mejor dicho, ¿poseemos un cuerpo o somos cuerpo?

En un libro, cuya brevedad no quita la profundidad de su análisis, el filósofo Jean Luc Nancy reflexiona sobre las consecuencias del trasplante de corazón que le realizaron a los cincuenta años.

Se preguntaba si su propio corazón enfermo lo abandonaba hasta dónde podía decir que fuera suyo. “Se me iba volviendo ajeno, una intrusión por defección”.

Su propio corazón un extranjero. Justamente extranjero, nos dice, porque estaba adentro. “Un corazón que latía a medias es sólo a medias mi corazón”, advierte así que una ajenidad se le revela en el “corazón” de lo más familiar.

A ese corazón intruso había, era preciso, extrudirlo.

Comenta que un médico le dice un día, su corazón estaba programado para durar hasta los cincuenta años. Entonces se pregunta, ¿cuál es ese programa del que no puedo hacer destino?

Luego del trasplante sobreviene otra cuestión. La posibilidad del rechazo al órgano trasplantado.

Una doble ajenidad se le impone. La del corazón trasplantado que el organismo identifica y ataca en cuanto ajeno y por otro lado la del estado en que lo coloca la medicina para protegerlo reduciendo su inmunidad para que soporte al extranjero.

El intruso está en mí, revela. Y sin embargo, registra que él se convierte en extranjero de sí mismo.

A partir de este declive provocado de su sistema inmunológico, otras ajenidades se hacen presentes, los viejos virus agazapados desde siempre a la sombra de la inmunidad, ahora perdida, los intrusos de siempre. Diversas enfermedades concurren, estragando su salud.

“Mi corazón tiene veinte años menos que yo y el resto de mi cuerpo tiene una docena, al menos, más que yo”. Corpus meum e interior íntimo meo, utiliza esta frase agustiniana para expresar que su cuerpo se encuentra fuera de lo más íntimo para sí.

Y finalmente advierte que el intruso no es otro que él mismo y sentencia, acaso sea el hombre mismo. Intruso en el mundo tanto como en sí mismo, inquietante oleada de lo ajeno.

Unheimlich, término que Freud convirtió en concepto proveniente de esa peculiaridad de la lengua alemana, esa inquietante familiaridad, eso que debía quedar oculto pero que se ha manifestado. Esa extimidad de nuestro propio cuerpo y que Nancy vivió en lo real.

En 1971, Oliver Sacks, el neurólogo que se propuso sacar a la neurología de su concepción mecanicista y que nos regaló unos textos clínicos de una profundidad y una lucidez maravillosa, cuenta que caminando por una calle céntrica de NY, le pareció identificar tres víctimas del síntoma de Tourette. Eso lo desconcertó porque según se decía el síndrome de Tourette era rarísimo. Tenía, según había leído, una incidencia de uno en un millón y sin embargo él había visto tres en una hora.

¿Podría ser que el síndrome de Tourette no fuese una rareza, se preguntó, sino una cosa bastante corriente, mil veces más corriente de lo que se decía?

Este síndrome, como lo describió por primera vez Gilles de la Tourette en 1885, se caracteriza por un exceso de energía y una gran profusión de ideas y movimientos extraños: tics, espasmos, muecas, ruidos, maldiciones, imitaciones involuntarias. Habría formas suaves y hasta bastantes benignas y otras de un carácter terrible.

Relata el caso que fue pionero en su indagación sobre el tourettismo. Apoda Ray a su paciente de 24 años, incapacitado por múltiples tics de extrema violencia que se producían en andanadas cada pocos segundos. Era víctima de ellos desde los 4 años.

Poseía una elevada inteligencia e ingenio. Desde que había abandonado la universidad lo habían despedido de una docena de trabajos debido a sus tics, su impaciencia, su belicosidad, su descaro y sus exclamaciones involuntarias (mierda, joder, etc.).

Tenía, continúa relatando Sacks, una notable sensibilidad musical y difícilmente hubiese sobrevivido, emocional y económicamente si no hubiese sido un baterista de jazz de fin de semana de auténtico virtuosismo. Famoso por sus improvisaciones súbitas e incontroladas que surgían de un tic o de un golpeteo compulsivo del tambor y que se convertían en el núcleo de hermosas improvisaciones musicales. De modo que, decía el paciente, el “súbito intruso”, así lo llamaba, se convertía en una ventaja altamente apreciable.

Sólo se veía libre de sus intrusos, tics nerviosos súbitos, en el relajamiento poscoito y en el sueño, o cuando nadaba, cantaba o trabajaba rítmica y regularmente hallando una melodía cinética.

Sacks empezó a tratarlo con haloperidol. El comienzo del tratamiento resultó por demás auspicioso, con solo inyectarle un octavo de miligramo el paciente quedó libre de tics durante dos horas.

Viendo este resultado, decidió recetarle una dosis de un cuarto de miligramo tres veces al día.

Dice Sacks que el paciente volvió a la semana siguiente con un ojo morado y la nariz rota y le dijo “se acabó su jodido haloperidol”. Le relató que el medicamente pese a ser una dosis baja, lo había desequilibrado por completo, alterando su velocidad, su ritmo sus reflejos increíblemente rápidos. Muchos de sus tics, en cambio de desaparecer se habían vuelto extremadamente prolongados, casi cayendo en posturas catatónicas.

Se hallaba comprensiblemente decepcionado por esta experiencia y también por otro pensamiento. “Supongamos que pudiese usted quitarme los tics, le dijo, ¿qué quedaría? Yo estoy formado por tics… no hay nada más.

El paciente se describía a sí mismo como “Ray el ticqueur ingenioso”, y no sabía bien si se trataba de un don o de una maldición. Decía que no podía concebir la vida sin el tourettismo, y que no estaba seguro de que le interesase sin él.

Entonces Sacks le propuso que se vieran una vez por semana durante un período de tres meses. Durante este período, le dijo, intentaremos imaginar la vida sin tourettismo.

No estaba en condiciones de abandonar el tourettismo y no podría haber estado nunca en condiciones de hacerlo, reflexiona Sacks, sin aquellos tres meses de preparación intensa, de meditación y análisis profundo tremendamente duros y concentrados.

Actualmente, concluye Sacks, durante las horas de trabajo, Ray se mantiene sobrio, firme, normal con haloperidol. Serio, firme y normal es como el paciente describe su yo de haloperidol. Es lento, parsimonioso en sus movimientos, sin impaciencia ni impetuosidad pero sin aquellas inspiraciones ni improvisaciones deslumbrantes. Ha perdido sus obscenidades, su descaro grosero, pero también su chispa y ha llegado a creer que progresivamente está perdiendo algo importante.

Cuando se hizo patente esta situación y después de analizarlo conmigo, dice Sacks, Ray tomó una decisión trascendental, tomaría haloperidol durante la semana laboral pero prescindiría de él y se “dispararía” los fines de semana. Esto es lo que ha hecho durante los últimos años, y ahora hay dos Ray, uno con haloperidol y otro sin él. Hay un ciudadano sobrio, cavilador, pausado, de lunes a viernes, y hay el “Ray, el ticqueur ingenioso” frívolo, frenético, inspirado, los fines de semana.

He atravesado varios géneros de salud y sigo atravesándolos, decía Nietzsche y podría decirlo también Ray, quien ha sabido hacer finalmente algo con ese intruso.

Oliver Sacks concluye que su paciente ha hallado una nueva salud logrando una flexibilidad de espíritu a pesar de padecer o quizás por ello, el síndrome de Tourette.

Desde tiempos inmemoriales toda sociedad, de una forma u otra modifica culturalmente el cuerpo de sus integrantes. “Toda sociedad humana alberga ese deseo de convertir la presencia en el mundo, y particularmente el cuerpo, en una obra que le sea propia. Nunca el hombre existió en estado salvaje, siempre está inmerso en la cultura, es decir en un universo de significados y valores”, comenta David Le Breton.

Es el cuerpo, más particularmente la piel, un lugar de la memoria. En la piel se escriben momentos señalados de una vida. Narraciones de hazañas, de flaquezas, de amores y de odios. Voluntariamente, mediante tatuajes, adornos, pinturas, indelebles o transitorias. Involuntariamente por las marcas que deja la vida en la piel, una especie de cartografía donde se inscribe el tiempo vivido, la relación con el mundo y el encuentro con el Otro.

El cuerpo es entonces siempre enunciado y enunciación. Enunciado porque transmite a los demás significados a través de su simple apariencia, somos cuerpo. Enunciación porque es aquel que se dirige a uno mismo con sus reclamos, sus requerimientos y sus inscripciones jeroglíficas, tenemos cuerpo.

Hay una historia en Moby Dick de Herman Melville sobre el arponero de Pequod que ilustra de modo impactante esta cuestión, una suerte de geografía íntima de la piel.

“Este tatuaje –cuenta el narrador– había sido obra de un difunto profeta y vidente de su isla, que, con esos jeroglíficos, había escrito en el cuerpo de Queequeg una completa teoría de los cielos y la tierra, y un tratado místico sobre el arte de alcanzar la verdad. De modo que el cuerpo de Queequeg era un enigma por resolver; una prodigiosa obra en un solo tomo; pero cuyos misterios no podía leer él mismo, aunque su corazón latiera contra ellos. Y esos misterios, por tanto estaban condenados a disiparse con el pergamino vivo en que estaban inscritos, y quedar así para siempre sin resolver. Y esta idea debió ser la que sugirió al capitán Ahab aquella salvaje exclamación suya, una mañana, al volverse de espaldas después de inspeccionar al pobre Queequeg: ‘Ah, diabólico suplicio de Tántalo de los dioses’”.

¿Quién es tu cuerpo para ti?

Luis Vicente Miguelez es psicoanalista.



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Pandemia: el pasaje del miedo al odio y el miedo a generar odio | La función social de los psicoanalistas en relación a la catástrofe sanitaria



¿Podemos los psicoanalistas cumplir una función social en relación a una catástrofe sanitaria como la actual? ¿Podemos aspirar a algo más que acompañar e intentar paliar los sufrimientos a un nivel individual o grupal?

A mi entender esto es posible señalando la existencia de mecanismos de defensa como la negación, en particular si lo hacemos en relación a campañas que tienden a inducirla, y a procesos tales como el pasaje del miedo al odio y asimismo del temor al odio que sienten inevitablemente los responsables de la estrategia de prevención.

Las catástrofes naturales generan habitualmente solidaridad social en mayor grado que las violaciones a los DDHH, especialmente cuando son circunscriptas (inundaciones, terremotos, etc). Cuando son masivas y se extienden en el tiempo, como en el caso de esta pandemia, tienden a generar reacciones sociales de negacionismo que son aprovechados y manipulados por grupos de poder o de influencia para fines propios, políticos y/o económicos, que producen grandes daños a la salud de la comunidad.

Los procesos mentales que acontecen en un fenómeno como la pandemia transcurren por tres ejes que van 1) del miedo al odio, 2) de la percepción a la desmentida y 3) de la incertidumbre a la certeza. La búsqueda del punto intermedio preciso entre evitar el pánico por un lado y la negación por otro es saludable y deseable pero la posibilidad de lograrla con exactitud es una ilusión imposible. La psicopatologizacion de las reacciones a la pandemia no es sólo inaplicable a la sociedad en general sino que es también parte de un proceso negacionista. Las minorías que pasan a la acción directa en contra de las medidas de prevención pueden provocar aún un gran daño en la etapa actual.

La intolerancia omnipotente respecto al no saber y la consecuente incertidumbre genera fantasías omnipotentes y un hambre de causalidad imposible de satisfacer. Cabe diferenciar también la negación espontánea que naturalmente puede producir en forma individual una catástrofe sanitaria y aquella que surge fogoneada por una manipulación inducida. En estas circunstancias la negación individualista se profundiza. La antigua expresión de la época de los genocidios: “algo habrá hecho” tiende a reemplazarse por un “es todo una gran mentira” o diferentes formas de teorías conspiracionales. Produce más angustia la incertidumbre hacia el futuro que la reacomodación subjetiva frente a otro tipo de duelos.

La transgresión a las medidas de cuidado frente a la infección pueden ser en lo manifiesto el resultado de varias posibilidades, cansancio, ideología individualista previa y/o inducida, etc. Más allá de eso podemos pensar que la incertidumbre tiende a producir una confusión entre la falta de proyecto y la falta de futuro, con el consiguiente sentimiento de profunda angustia. El odio es generado por el deseo de aniquilación de enemigos precisables.

Grandes grupos humanos se transforman así fácilmente en blanco de una necropolítica que tiende a manipularlos para fines específicos partidarios o económicos. La fotografía que mostró en nuestras pantallas a grupos anticuarentena de Alemania que ostentaban símbolos nazis, la quema de barbijos en Madrid o Buenos Aires o las manifestaciones armadas y racistas con consignas que denunciaban las medidas protectoras como dictadura, que ocurrieron en USA o Brasil y otros paises, son una clara imagen que lo ilustra. Los medios de distintas latitudes que de una forma abierta o encubierta acompañaron ese tipo de prédicas contribuyeron al mismo propósito. Los psicoanalistas podemos y debemos expresar nuestras opiniones frente a los ataques que alimentan ese odio, ya que quienes se aprovechan de la necesidad de enemigos para vencer la incertidumbre pueden dañar también el instinto de supervivencia.

Podemos también pensar que esta manipulación de los vínculos sociales hacia la negación o la búsqueda de enemigos tiende a profundizar un individualismo sentido erróneamente como fuente de alivio o de supervivencia. La búsqueda infructuosa de causalidad para vencer el dolor de las incertezas crea también un sentimiento de encierro, con el consecuente círculo vicioso. El estigmatizar como hipocondríacos o paranoicos a quienes sienten miedo frente al peligro o angustia frente a la incertidumbre puede llegar incluso a generar culpa en ellos, facilitando la aparición de cuadros depresivos.

El miedo al odio que genera el enfrentar la negación juega, a mi entender, un papel importante en la toma de decisiones de los responsables de instalar socialmente las medidas de prevención. A nivel consciente puede atribuirse en algunos casos la flexibilización excesiva de las mismas a motivos demagógicos o decisiones ideológicas de priorización de la economía sobre la vida, pero a nivel preconsciente e inconsciente, el miedo al odio juega un papel importante aun sin manipulaciones oportunistas.

Quienes deciden las medidas de precaución no pueden evitar el miedo a ataques profundos y masivos de dicho odio si mantienen a fondo los recaudos necesarios, y se perciben como sector alternativo donde este pueda recaer, en lugar del minúsculo virus. Esto está incrementado por circunstancias de hastío social generalizado luego de un largo periodo de encierro e incertidumbre.

Algunos estilos de comunicación que intentan apaciguar el miedo contribuyen a que la sociedad crea que todo está pasando y no se cumpla con las medidas de cuidado que muchos especialistas señalan como aún imprescindibles.

* Néstor Carlisky es psicoanalista, psiquiatra, coordinador del Capítulo de DDHH de la Asociación Psicoanalítica Argentina.



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Una reacción espontánea | En torno a la “profanación” de Lacan




| En torno a la “profanación” de Lacan



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“Éste es un mundo de solteros” | El psicoanalista y filósofo Luciano Lutereau sobre “el fin de la masculinidad”



El destacado doctor en Psicología y en Filosofía por la UBA Luciano Lutereau cierra una trilogía con su nuevo libro El fin de la masculinidad (Editorial Paidós). Una trilogía que empezó con Más crianza, menos terapia (donde aborda el tema de la niñez y el análisis) y siguió con Esos raros adolescentes nuevos, que lo dedicó a analizar la juventud. En su nueva publicación, se puede conocer cómo viven los varones el amor en tiempos modernos. Pero este psicoanalista aborda muchos temas más: los prejuicios masculinos, la actitud de “soltero”, la falsa dicotomía entre masculino y femenino, la relación entre psicoanálisis y género (“El psicoanálisis no puede ser el mismo después del auge del feminismo”, plantea el autor), la nueva misoginia, la “incompatibilidad” entre amor y masculinidad, la mirada sobre el considerado “hombre perfecto” que puede ser, en realidad, un “varón disociado”, la dificultad de los varones de no llevarse bien con la palabra de amor porque la masculinidad no prepara al varón para estar enamorado, el analista varón con pacientes varones, entre muchos otros temas. “Después de un libro dedicado a la infancia y otro libro dedicado a los jóvenes, ahora éste está dedicado a la adultez, a los problemas de la adultez y a la adultez como problema”, señala Lutereau en diálogo con Página/12. “También porque hay un punto en que este libro tiene cierta crisis de los valores propios de la adultez. Lo que plantea –al final, sobre todo– es una progresiva disolución de los modos de vida considerados hasta hace un tiempo adultos”, agrega el autor que también dedica un capítulo a analizar lo masculino en cuatro películas.

–¿Por qué ser soltero es más bien una actitud psíquica?

–Lo que planteo tiene que ver con pensar la soltería no como una cuestión de estado civil sino como modo de relación con el otro. En este punto, el soltero es aquel que se desentiende de que algo del otro lo pueda marcar o tocar, que algo del otro le pueda imponer algún tipo de compromiso o restricción, o que en última instancia lo confronte con un acto. Eso lleva a algo muy propio de nuestra época. Por eso digo que éste es un mundo de solteros, en la medida en que el soltero es el que todo el tiempo se remite a sí mismo como instancia de referencia. De criticar o de repensar la necesidad de validación del otro pasamos a una instancia en la cual nada del otro me tiene que tocar, nada del otro me tiene que representar algún tipo de conflicto. Y esto es algo que marca una diferencia central con la época freudiana, en la medida en que todos los pacientes de Freud sufren por su relación con el otro, sufren por aquello que el otro espera de ellos, ya sea en términos de ideales; sufren por lo que el otro espera de ellos, ya sea por el deseo. El deseo es algo que nos pone en relación con otros. Sufren también por la relación con el otro. En el psicoanálisis freudiano sufrir por la relación con el otro es, en última instancia, estar determinado por un conflicto que exige algún tipo de toma de posición o renuncia que es equivalente a algún tipo de crecimiento. Nuestra época ya destituyó el conflicto en la relación con el otro o que el otro implique algún tipo de conflicto.

–¿Qué diferencias plantea entre masculinidad y virilidad?

–Ahí hay distintos prejuicios que, incluso, fueron muy fecundos en psicoanálisis. En psicoanálisis, la cuestión de la feminidad despertó muchísimas más preguntas. De hecho, los libros dedicados a lo femenino son muchísimos. Siempre se publicó más sobre el tema de las mujeres que sobre la cuestión de los varones. Dos prejuicios básicos del psicoanálisis en torno a lo masculino son, por un lado, hacer equivalentes a masculino y fálico, como si todo lo masculino fuese fálico, sin tener en cuenta un conflicto que Freud ubicó como muy importante en la masculinidad que es la posición pasiva o la pasividad en los varones. Y, en segundo lugar, la confusión entre lo viril y lo masculino, donde justamente lo viril tiene que ver con el modo en que un varón atraviesa el conflicto de pasividad en la relación con su propio padre. La virilidad tiene, en un primer momento, una fuente reactiva, defensiva: todo varón se viriliza para no ser pasivo. Ahora, la pregunta es si la única de manera de atravesar los conflictos masculinos que mencioné antes es con una virilidad reactiva o no.

–¿Por qué los varones necesitan demostrar la masculinidad?

–Porque no es algo que se desprenda anatómicamente, biológicamente. Como toda posición subjetiva necesita, de alguna forma, consolidarse a través de ciertos actos. Actos que, por lo general, son sintomáticos o actos que logran evitar el rodeo sintomático, pero no por eso dejan de implicar algún tropiezo. En ese sentido, esto es la manera de decir que no se trata de pensar lo masculino en términos de identidad o de una esencia. Primero, no se trata de pensarlo como algo natural. Segundo, no se trata de pensarlo como algo esencial. Y, en tercer lugar, tampoco como una identidad, al menos para el psicoanálisis. Lo masculino tiene que ver fundamentalmente con los conflictos o con tipos de conflictos. El psicoanálisis piensa en términos de posiciones relativas a conflictos que implican algún tipo de división, de desgarramiento íntimo, de transición de una posición a otra. En ese sentido, también se puede entender por qué desde el punto de vista del psicoanálisis, cuando decimos “masculino” no es lo mismo que por ahí cuando habla alguien del campo de la sociología o de otra orientación.

–Menciona el tema de las fantasías de impotencia en el hombre actual. ¿Cómo funciona esto en el caso de la violencia como recurso de impotente?

–La impotencia como síntoma masculino es hoy en día uno de los motivos de consulta más frecuentes. En principio, se trata de una impotencia que no tiene que ver con causas orgánicas. Y habría que distinguir dos tipos de impotencia. Una es la impotencia que tiene que ver con la infidencia del deseo, que muestra claramente cómo para un varón el deseo es algo que pone en cuestión su potencia. Dicho de otra forma: el varón no es potente cuando desea. La mayor cantidad de situaciones que cuentan los varones en análisis cuando se encuentran con alguien que no encarna para ellos el desafío del deseo es que pierden la erección. Como potente un varón no es deseante. Ahora, otro tipo de impotencia es la impotencia por una insuficiente libidinización de una posición masculina. Si en el primer caso la impotencia es efecto de la excitación, en el segundo caso es por efecto de la falta de excitación por algo que no se termina de consolidar. Freud habló principalmente del primer tipo de impotencia. Hoy en día, nosotros podemos agregar ese segundo tipo de impotencia que tiene que ver con algo muy propio de nuestra época, que es la creciente deserotización. Por ejemplo, podemos encontrar que, entre los jóvenes, una fase exploratoria basada en la masturbación empezó a desaparecer. Para muchos varones es más importante la conquista y la seducción antes que la realización de un deseo. Una de las ideas que trabajo en el libro es cómo una de las formas de la impotencia actual es la del seductor. La posición de seductor como consolidación en el varón está más cerca de la impotencia que de un varón deseante. 



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Maradona: un cuerpo que nos hablará por siempre | El Diego como significante



Murió Maradona, el Diego. El mejor jugador de la historia, y algo más. El mejor deportista de la historia, y algo más. El argentino más conocido del planeta. El que supo tocar la fibra más íntima de un pueblo. Ese pueblo al que supo cantarle con la música de su cuerpo. Un cuerpo hecho de pobreza, de amor, de potrero, de talento, de vibrante inteligencia y picardía. Murió Maradona. El mismo que hace llorar a este escriba. El mismo que pudo decir un día inolvidable: “yo me equivoqué mucho, pero la pelota no se mancha”: una de las tantísimas frases que Diego supo decir con la misma precisión con que en los tiros libres clavaba la pelota en un ángulo. “La pelota no se mancha” traduce el respeto que este pequeño e inmenso gladiador tuvo por un juego al que supo elevar a la dignidad de arte. Maradona nos maravilló con su arte. Nos hizo mejores. Maradona hizo poesía con su cuerpo, te hacía olvidar del resultado. La pelota no se mancha significa también que Diego jamás fue violento ni adentro ni afuera de la cancha. Adentro le pegaron pa’ que tenga –como se dice en el barrio– y sin embargo, jamás contestó con golpes lo que prefirió devolver con jugadas, con creación, con entrega. Todos los jugadores que compartieron un equipo con Maradona atestiguan que su presencia les hacía rendir mucho más. Diego se ponía al hombro el equipo y también el campeonato. Ese cuerpo jamás eludió responsabilidades, al contrario quizás cargó con demasiadas.

Afuera de la cancha soportó todo tipo de presiones y críticas injustas. Diego no se callaba ante los poderosos. Había mucho Fiorito guardado en ese pequeño cuerpo como para someterse ante los amos. Decía lo que pensaba. Siempre defendió a los más humildes. Tenía una clara concepción política y siempre fue congruente con la misma.

Ese cuerpo hablaba y es aquí donde quizás el psicoanálisis –cuya práctica parte de considerar que un sujeto habla con el cuerpo– tenga algo para decir sobre humanidades privilegiadas como la que supo tener Maradona y el efecto que su genio, oportunidad y decisión ejercieron para que una comunidad alcanzara en algún instante la dignidad de pueblo.

Freud rompió el molde cartesiano entre cuerpo y mente (res extensa y res cogitans): decía que “psique es extensa y nada sabe de eso”[1]. En otras palabras, las personas no podemos pensar pensar, solo podemos pensar representaciones, creemos que somos el cuerpo del que nos hacemos una idea a partir del espejo y sobre todo del contacto con las personas que amamos. No por nada, Lacan bien se encargó de decirnos que del cuerpo no tenemos ni idea. Toda la cuestión está en que el famoso inconsciente reposa en ese cuerpo del que no tenemos idea. El mismo al que se le doblan las rodillas en el momento menos pensado, el mismo al que no se le para ante la dama de sus sueños, el mismo que balbucea o se hace encima cuando recibe un premio.

El deportista que, quizás sin pretenderlo, hace de su práctica un arte es aquel que no sólo cumple con la eficacia que el juego exige, sino que además transmite un plus de belleza ética y estética por el cual el compañero de equipo, el hincha que está en la cancha o el espectador en la pantalla experimenta una emoción que va más allá de un resultado. Es un cuerpo que –por hacerse metáfora de algo presente en algún nosotros– – nos transforma, nos convoca en un rasgo común e inalcanzable, imposible de ser pensado. Una vez más: “Psique es extensa y nada sabe de eso”. Ocurrió con muchos deportistas en distintas disciplinas. Guillermo Vilas es un ejemplo; Nicolino Locche y su arte en el ring es otro; y quién podría desconocer lo que transmitía Lucha Aymar en hockey o Hugo Porta en el rugby, pero hay algo más en el caso de Diego.

Está la cuestión del fútbol que es un juego muy hermoso, pero además está lo que es este deporte en nuestro país, algo que está presente en la lengua que hablamos: “la dejó pasar”; “la dejó picando”; “le falta un jugador”; “ la clavó en un ángulo”; “ se abrió de gambas”; “ abran cancha” y tantas otras frases que las personas utilizan sin pensar el juego al que remiten las palabras que emiten. El fútbol nos habla y somos hablados por el fútbol sin que podamos pensar en ello. “Psique es extensa y nada sabe de eso”.

Diego Maradona estuvo a la altura de semejante desafío: transmitir con su cuerpo lo que el fútbol tenía para decirle a un pueblo que habla fútbol. Diego nos señaló lo mejor que el fútbol reserva para ese pueblo que a veces somos: la creatividad, el talento, la pasión y la nobleza para jugarse por aquello en lo que se cree. Un desafío enorme a cargo de ese pequeño cuerpo sin igual. Bastaba verlo entrenar para comprobar ese amor por la pelota porque “la pelota no se mancha”.

Por eso seguiremos hablando fútbol y hablaremos –lo sepamos o no– Maradona por siempre. Hay significantes que renuevan la política; otros que la nutren de interés y otros que permiten alguna suerte de encuentro más allá de mezquindades y recelos. Maradona puede ser uno de esos significantes que colabore de manera que el arte, el talento y la entrega prevalezcan por sobre la mediocridad y el odio.

Para terminar: un pasaje por lo que la emoción del gol propio de este deporte produce en las personas. La escena bien puede transcurrir en un club, la playa o una colonia de vacaciones. Un grupo chicos juegan al fútbol. El entusiasmo domina las acciones, nada hay en el momento más importante que la pelota: ese objeto privilegiado capaz de concitar las miradas y las voluntades. Es tan solo un juego, pero algo muy serio se tramita con él. El homo ludens equipara al homo faber observaba Huizinga[2], para quien el juego ocupa en la cultura un lugar tan nodal como el trabajo o la reflexión. Volvamos al partido, que está emocionante. De pronto, uno de los participantes –hombre o mujer, lo mismo da– recibe una asistencia, se acomoda y aplica un formidable disparo. Durante un instante eterno, jugadores, árbitro y testigos quedan absortos tras la trayectoria que dibuja el balón. Lo cierto es que, antes de que alguien tome conciencia de esa ex-sistencia, la pelota se introduce en el ángulo conformado por el travesaño y el poste. Nace un nuevo día, otra escena, estalla la euforia y ya no importa la pelota. Solo la alegría del juego. Que el recuerdo de Diego nos ayude a marcar ese gol que nos permita encontrar un camino menos tonto y cruel. Que nos ayude a entender eso de que… “la pelota no se mancha”.

Sergio Zabalza es psicoanalista. Licenciado en Psicología. Magíster en Clínica Psicoanalítica (Unsam). Actual doctorando en la Universidad de Buenos Aires. Profesor Nacional de Educación Física (INEF). Exentrenador de equipos deportivos.

[1] Freud, S. (1938). “Conclusiones, ideas, problemas”. En Obras Completas, tomo XXIII, Buenos Aires, 1978. P. 302.

[2] Johan Huizinga, Homo ludens, Alianza, Madrid, 1990.  



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Maradona, te volveremos a ver, siempre te volveremos a ver | El lugar de la identidad



Este 25 de noviembre despertó con una noticia que nos impactó, ese momento que pasará a la memoria de los argentinos por la muerte de Maradona. La cantidad de mensajes que llegaron tenía todos los colores pero sobre todo la tristeza y la constatación de lo importante que es y seguirá siendo nuestro 10. Nos sorprendió la noticia por más que sus hospitalizaciones comenzaron hace veinte años, creíamos que iba a poder gambetear la muerte una vez más.

Y todos decimos lo que sentimos, Galeano en el libro “Cerrado por Fútbol” (2017), lo nombra como el “el más humano de los dioses”, una definición formidable porque pocas personas tienen tantas trasformaciones a lo largo de su vida y en todas nunca se podía dejar de mirarlo y nunca sus palabras pasaban desapercibidas.

Siempre fue gambeteador y polémico, una por cada gol que le hizo a Inglaterra, la mano de Dios y el gol del siglo donde gambeteó todo aquel que se cruzara en su camino incluido a sí mismo, en las miles de veces que se perdió en la noche, en las salidas que no tenían retorno salvo cuando un amigo lo volvía a llevar a la soledad de su cuarto.

Silvia Bleichmar, una conocida y querida psicoanalista escribió hace algunos años que eso que resiste se llama Maradona, eso que resiste “en un país cuya población resiste diariamente al despojo ya no sólo de sus bienes sino de su identidad, en un país que se resiste a la agonía de despojarse de su identidad para asumir esa otra, supuestamente más verdadera, que los acreedores del primer mundo le proponen, en ese país que resiste, resiste también el amor a Maradona”.

Maradona es haber salido de la villa miseria pero nunca olvidarse de lo que fue, el espacio de la pobreza en la vida de como decía mi padre que se lleva en el orillo, es el ombligo de donde salimos y donde se puede ir a buscar algo de nuestra identidad.

Maradona es aquel donde podemos ir a buscar algo de nuestra identidad. Siempre lo imprevisible, como nuestra identidad, contradictoria pero con algunas cuestiones, se mantuvo cada vez más firme aunque su cuerpo se iba poniendo menos dúctil y todos nos preguntábamos cómo seguiría, sabía que no debería ser nunca sino nacional y popular, que había que denunciar los despojos de los múltiples imperialismos.

Muchos dirán que el Diego era Dios, y en algo tienen razón; como sostiene Juan José Panno, Maradona no murió a los sesenta sino a los novecientos setenta años como Matusalén, estuvo en tantos lados, se dijo de él tanto, la mayoría de los argentinos y argentinas lo hemos visto en algún lado. Recuerdo un fin de año en una playa, ahí estaba en el medio de una fiesta, y llamaba la atención, los que pasábamos le decían Diego y alguien tenía hasta la osadía de tirarle una pelota y él respondía, a veces respondía, su gran hazaña era ser amado por la pelota y sabía que hasta el final de su vida viviría rodeado de ella y así fue.

Como recuerda Juan Forn, algunos de sus nombres: “Pelusa, cebollita, barrilete cósmico, mano de Dios, Segurola y Habana, me cortaron las piernas, la pelota no se mancha, más solo que Kung-Fu, ¿sabés qué jugador hubiera sido sin droga? Rey del bardo, siempre al mango, el que dijo, el que se animó a decir: “Yo nunca quise ser un ejemplo”. Y también: “Yo me equivoqué y pagué”. El que dijo: “Yo nací en un barrio privado: privado de luz, de agua, de teléfono y de gas”. Y también: “Cuando entré al Vaticano y vi todo ese oro dejé de creer”. El que dijo: “Soy completamente zurdo: con el pie, con la mano, con la cabeza y con el corazón”. Y también: “Gracias a la pelota le di alegría a la gente; con eso me basta y sobra”.

El pueblo argentino te despide, las Madres y Abuelas de plaza de mayo, los políticos decretan tres días de duelo y abren la Casa Rosada para que millones quizás todos y todas no importa la ideología política te despidan, y mientras que escribo estas palabras, escucho a una mujer cuestionar a Maradona por sus posiciones machistas y sus contradicciones en relación a sus hijos e hijas, pero así es, cada cual encuentra la manera de que hablemos de él. Pero lo que nadie va a dudar jamás es que Maradona es la pasión viva de esta Argentina que ha sufrido con ese Dios, hecho a la imagen y semejanza de nuestras contradicciones, de una genialidad que sale en la viveza criolla, en las caídas y resurrecciones, en la resistencia identitaria de las múltiples despojos cometidos. Nuestro barrilete cósmico, te volveremos a ver, siempre te volveremos a ver. 

Martín Smud es psicoanalista y escritor.



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Mitos y dogmas del psicoanálisis contemporáneo | Entrevista al psiquiatra y psicoanalista Hugo Lerner



El médico psiquiatra y psicoanalista Hugo Lerner se propuso una tarea tan difícil como elogiable: generar discusiones y aperturas sobre lo que convoca cada vez más en las prácticas actuales, como el dolor humano, la subjetividad contemporánea, los sufrimientos, el lugar del contexto sociohistórico en la producción de subjetividad, las adolescencias de hoy, las organizaciones fronterizas, las patologías del vacío, entre otros. Todos estos aspectos se materializan en la discusión del psicoanálisis que Lerner propone en Más allá de las neurosis. La práctica psicoanalítica convulsionada (Lugar Editorial). Es el propio autor el que muchas veces funciona –según sus propias palabras– “como un militante apasionado del psicoanálisis, dedicado a cuestionar a los agoreros que afirman livianamente que nuestra disciplina está muerta o agonizante”. Y se pregunta: “¿De qué psicoanálisis hablan estos sepultureros apresurados? ¿Del psicoanálisis real con prácticas reales o de un psicoanálisis ideal con prácticas caducas?”.

–Usted se pregunta en el libro: “¿Qué es un psicoanálisis contemporáneo?”. ¿Cuál es la respuesta que más le convence?

–En principio, definiría que el psicoanálisis siempre debe ser contemporáneo o ha sido contemporáneo. Freud ha sido contemporáneo a su época. Tal vez yo hago hincapié en eso porque muchos colegas no le dan importancia a las situaciones contextuales, actuales, epocales. Freud sí les ha dado importancia. De hecho, tiene artículos en Psicología de las masas y varios otros que da cuenta del advenimiento del nazismo. Iría un paso más allá: si no le da importancia a la contemporaneidad, es un psicoanálisis frizado, congelado, que va a la muerte. Quiero decir con esto que si no tomamos en cuenta, en la producción de subjetividad, el contexto sociohistórico en el cual un individuo se está desarrollando, es una mirada del sujeto humano un poco sesgada.

–¿Considera que el que suele practicarse es un psicoanálisis que no se adapta a los tiempos?

–No es el que mis colegas ni yo practicamos. No se puede cerrar la puerta del consultorio y dejar el afuera porque el sujeto que nos viene a ver es un sujeto que está transitando tanto su mundo interno, todo su mundo fantasmático, como el mundo de la realidad que lo circunda. Y el mundo fantasmático, incluso, está atravesado por el contexto sociohistórico en el cual está inserto. Yo pongo de ejemplo lo que pasó acá en 2002: la crisis monstruosa, saqueos, etcétera. Era imposible que el sujeto argentino no estuviera atravesado por esa sensación de final de mundo. Y en ese momento, hubo en la Argentina un aumento de consultas por depresión. Uno se tendría que preguntar: ¿por qué aumentó la depresión? No es sólo porque están los neurotransmisores extraviados sino que hay una situación contextual que lleva a que los sujetos humanos sean sensibles a determinadas agresiones, violencias sociales que les hacen reaccionar a algunos, de una manera, y a otros, de otra, pero nadie queda indemne.

–¿O sea que se podría decir que las angustias colectivas inciden, de alguna manera, en algún padecimiento mental de los sujetos?

–A ver, pueden ser angustias colectivas (como, por ejemplo, esto que estamos hablando) pero siempre lo colectivo está singularizado en cada uno. Usted y yo podemos estar atravesando la misma angustia, pero la tramitamos de otra manera por nuestra propia subjetividad. Nunca hay dos individuos iguales. El sujeto es singular. Lo que sí es común denominador es qué nos está atravesando en ese momento. Una guerra atraviesa a todos por igual. A algunos les produce más traumatismo que a otros, pero es difícil que alguien esté indemne con una situación de guerra. Cualquiera puede ser violentado, de alguna manera, y todos vamos a sufrir una violencia de algún orden. Pero la singularidad ocupa su lugar.

–No es que usted no está de acuerdo en que se privilegie la singularidad del sujeto sino que no se tenga en cuenta el contexto socio histórico, político, cultural y familiar de un individuo.

–Exactamente. Creo que el sujeto siempre es singular pero que hay que contextualizarlo. No es lo mismo ser analista en Buenos Aires que en La Paz, París o en Corea. Seguramente habrá cosas que yo no entienda porque también el lenguaje se estructura, de alguna manera, con el contexto en el cual somos rodeados y del cual somos hablados.

–¿Hay psicoanalistas que se sienten portadores de una verdad única?

–Sí, creo que sí y es un error. En el libro hago un planteo muy militante acerca de la inter y la transdisciplina. El fanatismo, el seguir a ultranza un autor como si fuese la verdad revelada se parece más a algo talmúdico, religioso que a una indagación acerca del sujeto humano. En eso, soy terminante.

–¿Se refiere a quienes ven a la teoría psicoanalítica como un dogma?

–Bueno, dogma y fanatismo se tocan.

–En ese sentido, ¿se siente un psicoanalista desobediente?

-Y, a las pautas que han sido hegemónicas durante muchos años en la Argentina, sí. Me parece que el psicoanalista debe tener en su labor diaria y en su creación científica algo de creatividad. Si uno se atiene a una letra única, la creatividad queda sepultada, queda muerta. En ese sentido, soy desobediente a seguir, como usted bien citaba recién, un dogma único. Pero esto es con el psicoanálisis como con cualquier disciplina. Ninguna disciplina debería quedar atada a un solo modelo. Por más que sea psicoanalista y que tenga una formación psiquiátrica, no puedo negar que en determinados cuadros clínicos, como puede ser la enfermedad bipolar, que ahí la química está extraviada. Si yo creo que todo es por una situación psicogenética le estoy haciendo daño a ese sujeto humano. Tener una cierta amplitud ayuda. El psicoanálisis ha aportado mucho a la salud mental, a la educación, a las situaciones sociales y a la cultura en general, pero el psicoanálisis que más aportó es un psicoanálisis abierto. En Argentina, hubo un hombre abierto como Pichon-Rivière, que fue uno de los pioneros. O el famoso Winnicott en Inglaterra, que quiso romper con los cánones y preceptos que había que cumplir. Sin embargo, para mí fue uno de los más innovadores.

–Si el psicoanálisis es tomado como un dogma, ¿qué pasa con los casos clínicos?

–Una psicoanalista francesa, Piera Aulagnier (que murió) decía que uno tiene un montón de teorías, pero que al paciente no hay que aplicarle una teoría. Había un concepto famoso de Freud, “atención flotante”, y ella hablaba de la “teorización flotante”. Yo estoy con un paciente y tengo infinidad de teorías. Si me voy a atar a una, voy a seguir machacándole de esa manera. Y no voy a estar, tal vez, escuchando el motivo de su sufrimiento. Justamente, es una buena pregunta la suya porque en la clínica hay que ser lo más abierto que se pueda. Cuanto uno más lea mejor. Y en ese popurrí de teorías que se va armando en nuestro propio psiquismo, si uno está bien analizado, se ha supervisado y se ha formado bien, es más útil para el paciente que aquel que sigue nada más que una línea. 



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Coronavirus: reconocer un cuerpo no es una despedida | Cómo tramita el sistema de salud la muerte y el duelo en pandemia



Una doble bolsa la separaba del cuerpo de su marido. Entre lágrimas y acuclillada, pronunció que cuidaría de sus cinco hijos y prometió que serían todos buenas personas. Luego se detuvo un instante. Levantó la cabeza para alcanzar la mirada del encargado de la morgue, y sintiendo la impaciencia del hombre, volvió la mirada a la bolsa. Se levantó, y sin mirar a nadie en particular, dijo: “No puedo, no puedo abrir la bolsa. Discúlpenme. No tengo el coraje”. Comenzaba a sacarse el equipo de protección cuando el encargado de la morgue le indicó que lo hiciera afuera y lo descartara en el tacho de bolsa roja.

Una vez en el estacionamiento, su vecina, quien la acompañaba, insistió con la necesidad de ver el cuerpo: “Yo puedo hacerlo, no me impresiona”, dijo. Contaba en su vida ya muchas pérdidas y había pasado por esa situación antes. Por mi parte, pensaba que si tenía que volver y pedirle al encargado de la morgue que volviera a sacar el cuerpo para que lo reconociera la vecina me iba a mandar a la mierda. Les aseguré, tal y como me lo habían explicado, que el protocolo de reconocimiento del cuerpo sigue pautas muy estrictas y estaba garantizado por el hospital, que no teníamos dudas de que ese fuera el cuerpo. Sostenida por el mismo tono de voz, les dije que aquello era una despedida y que si veía o no al cuerpo de su marido no era el punto. Podía elegir no verlo. Aceptaron la explicación. ”Sé que era él, por el tamaño. Es que él era petiso, doctora”.

Las invité al jardín del hospital. Era un día de sol, y nos sentamos en uno de los bancos más alejados conservando cierta intimidad. Ella pudo decir del miedo a no saber con qué se iba a encontrar si abría la bolsa y el temor a quedar capturada por una imagen horrorosa. Miedo a que no fuera su marido, pero esta vez por la diferencia entre aquello que esperaba ver y lo que iba a encontrar. El recuerdo, la descomposición, la realidad, la imagen.

La diferencia entre un reconocimiento del cuerpo y una despedida es que mientras para el primero existen protocolos, para la segundo no.

“A veces, cuando una tiene a las personas con una no dice lo que siente, y entonces después las pierde y eso duele. Hay que decir. Yo pasé por muchas pérdidas, enterré a mi nieta de un año y medio, y ahora mi nuera está embarazada. La vida te da y te quita, es así. Duele y no se entiende. Pero es así cuando uno ama”.

Ella, atenta a las palabras de su vecina, llevó su mano al pecho.

–Gracias por permitirme decirle a mi marido eso que tenía acá. Ahora ya puede descansar.

La mujer del relato, como tantas otras personas, se despidió una tarde de su marido en la Unidad de Febriles del Hospital. Veinticinco días habían pasado desde entonces.

En el relato de los familiares en duelo advertimos el dolor y las dificultades que genera la imposibilidad de acompañar en los tratamientos, la falta de despedida y en muchos casos incluso la imposibilidad de reconocimiento del cuerpo. La incredulidad ante la muerte y la fantasía de errores que pudieran desmentirla son procesos característicos de la activación de mecanismos psíquicos de defensa frente a lo traumático de la pérdida. Estos escenarios se potencian por la imposibilidad de una participación sensible y activa de los familiares: imposibilidad de ver, decir, escuchar, asistir, tocar.

Cuidados Paliativos es una especialidad interdisciplinaria que produce su conocimiento en el acompañamiento de personas con enfermedades incurables, progresivas y amenazantes para la vida. Desde sus cimientos, esta especialidad entiende la muerte como un hecho de impacto fuertemente social y habla de “unidad de tratamiento”, lo que incluye al paciente y a su entorno significativo, reconociendo la importancia de dirigir las intervenciones en ambas direcciones.

Ver es fundamental para la inscripción de lo acontecido. Se sabe de la dificultad extrema en el duelo cuando, como es el caso de los desaparecidos, no hay un cuerpo efectiva y tangiblemente fallecido que soporte la idea de su muerte. De allí la importancia de los rituales funerarios. Pero en el funeral se compone además una elaboración social hecha de fragmentos, retazos y contrastes. Podríamos aventurar que la despedida de alguien depende de la construcción de un relato respecto de su existencia: ¿de qué existencia es este desenlace?

Para que ese relato exista, son necesarios testigos que puedan soportarlo. Es imprescindible que existan otros dispuestos a acompañar, escuchar, mirar, preguntar, conmoverse, afectarse y reírse. La participación sensible desborda la tarea de ver, tanto para los familiares como para los lazos comunitarios, incluidos allí los profesionales de la salud.

Esa mañana en el jardín del hospital improvisamos un funeral y compusimos una despedida.

Ante la multiplicación de los fallecimientos y contemplando tanto el impacto emocional como el enorme costo social de las dificultades en el proceso de duelo en los familiares se publicó recientemente un protocolo para posibilitar las visitas de familiares en situación crítica o ante la proximidad de la muerte. Pese a esto, no existe aún en todos los hospitales públicos la implementación sistematizada y de forma justa de esta tarea, teniendo por consecuencia transformar eso que podría ser un derecho, en el privilegio de algunos familiares que consiguen por insistencia, querella o empatía que les sea posibilitado, lo que para otros es inviable.

Quedan dudas respecto de la disponibilidad de equipos de protección suficientes y la posibilidad de llevar el protocolo adelante en salas donde los profesionales se encuentran desbordados de trabajo. Existe también en los profesionales de la salud la pregunta por los propios recursos de afrontamiento y la capacidad de brindar contención emocional ante la difícil tarea de ser testigos del dolor, ahora también el de los familiares.

Fueron muchas las transformaciones que produjo en la tarea asistencial la pandemia y la situación de aislamiento social, preventivo y obligatorio. Entre ellas, obligó a que el tratamiento de la muerte quedara prácticamente en forma exclusiva en manos del sistema de salud, recortando su devenir social y comunitario. Es esa participación la que hoy se reclama y se pone en el centro de escena, haciendo notar las consecuencias de su falta. Sin embargo, resulta necesario observar que el tránsito por esta situación extrema y excepcional pone en evidencia la actitud que caracteriza a nuestra época y cultura frente a la muerte, lo espinoso que resulta el tema y el tratamiento sintomático que en consecuencia hace de ella el sistema de salud. Habitamos un paradigma curativo y técnico, que tiende a colocar la lucha contra la enfermedad como su objetivo y a entender los límites que encuentra como fracaso. En este contexto la tarea de curar es privilegiada por encima de la de cuidar.

A la hora de poner en práctica los protocolos, se evidencia la insuficiente preparación de las instituciones hospitalarias y sus profesionales para afrontar la difícil tarea de asistir y acompañar en el proceso de morir. A su vez, en los programas de formación médica son escasas las referencias al entrenamiento en herramientas técnicas especialmente necesarias en casos de enfermedades limitantes para la vida: técnicas comunicacionales, estrategias de contención emocional, manejo de la empatía y compromiso personal, construcción de la alianza terapéutica y toma de decisiones difíciles.

Es habitual escuchar cómo el temor al desborde emocional y la percepción de falta de recursos para su contención por parte del personal sanitario deriva en actitudes de distanciamiento emocional y evitación. Philippe Ariès hace corresponder esta actitud con el tratamiento de la muerte que caracteriza nuestra época, en tanto que “si los médicos y las enfermeras retasan lo máximo posible el momento de avisar a la familia, y si jamás se deciden a alertar al propio enfermo, es por temor a verse comprometidos en una cadena de reacciones sentimentales que tanto a ellos como al enfermo o la familia, les harían perder el control de sí”.

En este tiempo se han reunido e implementado en muchos hospitales públicos equipos interdisciplinarios de cuidados integrales para la contención emocional y asistencia de pacientes y familiares; para ello, especialistas en Cuidados Paliativos hemos sido convocados por nuestra experiencia en la tarea. Desde ya, resultaría por demás beneficioso aumentar la disponibilidad de este recurso especializado, tanto durante la pandemia como más allá de ella, siendo que nos encontramos muy lejos de alcanzar el acceso a los cuidados paliativos a todo aquel que lo requiera, tal lo contemplado en la Ley de muerte digna sancionada en el año 2012. No obstante, podemos también reconocer en este escenario excepcional una invitación a repensar las representaciones que nos atraviesan culturalmente y en consecuencia a nuestro sistema de salud, para que estos saberes y prácticas de cuidado consigan instalarse como característica transversal de la tarea asistencial.

Ana Azrilevich es psicóloga especialista en Cuidados Paliativos.



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Adolescentes, uso de las redes sociales y consumos problemáticos | El dilema social



Laboratorios de la persuasión o la producción de “cuerpos dóciles”[1]

Escena 1. En una dimensión no consciente, un adolescente de entre 15 y 17 años duerme colgado de un hilo invisible y, sin apoyar los pies sobre el piso, es víctima de un tablero de estímulos permanentes tales como: “X publicó una foto contigo: dale like”, “Tu amigo Z acaba de conectarse: salúdalo ahora”.

El fin de semana pasado tuve oportunidad de ver el documental que Netflix emite bajo el título El dilema de las redes sociales, pero cuyo título original –y más apropiado por cierto– es The social dilemma.

Me resultó interesante y me quedé pensando varias cuestiones, algunas relativas a la ilusión de autonomía al menos pensándonos como sujetos del mercado. Cuánto del “yo elijo” es posible en el marco de un pequeño universo de posibles y cómo esto puede complejizarse si en lugar de adultxs hablamos de infancias y adolescencias cuyas identidades se encuentran en plena construcción.

Yo ya venía pensando en la(s) grieta(s) y las pertenencias a pequeños grupos de intercambio social que a veces nos da una idea poco realista acerca de la diversidad de perspectivas. Quiero decir, si en mi FB solo he ido quedándome con contactos cuyos pensamientos son más o menos parecidos a los míos puedo caer en la falsa creencia de que hay un “todxs pensando lo mismo”.

Creo que en algunos momentos en particular tiene mucho sentido preguntarnos acerca de: ¿Cómo tomamos decisiones en general? O, más específicamente, ¿de qué forma elegimos qué consumir?

Ya en 2015 el Informe sobre el desarrollo mundial 2015: Mente, sociedad y conducta aludía a la idea de que las personas imbuidas en su realidad cotidiana rara vez son tan coherentes como se las supone desde la perspectiva de las políticas económicas y que en ocasiones “no persiguen sus propios intereses”. Según Kaushik Basu, vicepresidente y economista jefe del Banco Mundial “los encargados de ventas y los políticos conocen desde hace tiempo el papel de la psicología y de las preferencias sociales como motores de las elecciones individuales”.

Black Mirror y los consumos problemáticos

Escena 2. El adolescente de la Escena 1 integra un grupo familiar en que dos de sus componentes (él y una de sus hermanas) no pueden soltar el celular siquiera a la hora de almorzar. Luego de haber escuchado un documental en que se habla del uso excesivo de la tecnología, la madre propone antes de comenzar el almuerzo que cada unx deje su celular en un frasco con tapa y temporizador (lo que impedirá su apertura durante el lapso que transcurra entre el inicio y el final de la comida).

Todxs se miran sin hablar hasta que comienzan a sonar las notificaciones de los teléfonos dentro del frasco que nadie alcanza a ver. De pronto, la más pequeña del grupo se acerca a la mesada en que descansa el preciado frasco y lo rompe en busca desesperada de su dispositivo móvil. En ese acto daña además, la pantalla del teléfono móvil de su hermano. Acá se inaugura una escena que considero central para el tema en debate cuando la madre le propone a su hijo comprarle uno nuevo si es capaz de permanecer siete días desconectado.

La escena en que la púber hace trizas el frasco exasperada parece retratar la compulsión a consumir algún tipo de objeto (compras), práctica (juego de apuestas) y/o sustancia (legal o ilegal).

La otra cara de la compulsión es el vacío. El adolescente que acepta el desafío de no utilizar su teléfono durante una semana a cambio de conseguir uno nuevo permanece en su habitación sin saber qué hacer. El tiempo pasa lentamente y no logra conectar con otras actividades. Asiste a clases pero “se siente observado” por sus otrxs o simplemente por esos otrxs a cuya tribu pertenece aunque no se conozcan que parecen organizar sus vínculos alrededor de lo que ocurre en las redes. Tras varios días y en su habitación, cae en una ensoñación que lo mantiene suspendido hasta que pasa cerca de su teléfono y ya no logra sostener el no contacto. Una vez allí transcurre toda la noche actualizando lo no visto hasta que queda dormido con su teléfono sobre sí.

Vale reflexionar sobre esas sensaciones. El quedar atrapado en espejismos de juegos y personas. Reales e irreales. El producto final de todo ese proceso es a condición de la falta. Sin embargo, en las vivencias del documental, como en la cotidiana experiencia en las redes, la ilusión de la completud y su materialidad quedan confundidas.

El adolescente privado de su celular por unos días asiste luego a una experiencia angustiante que le muestra descarnadamente todo lo que “ha perdido” en la realidad de sus vínculos. Aunque sigue siendo ilusorio (la chica que le gusta ha conseguido novio, su rol en un juego grupal ya ha sido reemplazado por otro jugador, etc.) la vivencia para sí es real y lo golpea en su singularidad, en su ser. Es sabido por nosotrxs lxs psi, que la experiencia es fallida por definición. El punto de inflexión es cuando la pérdida es real, cuando no puede simbolizarse y nos enfrenta a un gran desafío de deconstrucción de esas realidades, irreales claro, de felicidad, belleza y éxito. Casos de niñxs y adolescentes desmotivados o sumidos en enormes sufrimientos por las experiencias vívidas. Estas emergen de las duplas tener-no tener (objetos, éxito), encajar-no encajar (según cánones de belleza, acceso a actividades y/o recursos según niveles adquisitivos, etc.).

La tensión entre pertenecer-no pertenecer es especialmente padeciente en momentos de la vida en que las identidades se encuentran en pleno armado. Históricas series norteamericanas han retratado las disputas entre adolescentes y jóvenes de escuelas medias agrupados en “populares” y “perdedores”. El fenómeno de los “losers” ha contribuido a una nutrida producción de textos, series y films[2] en las últimas décadas que da cuenta de la persistencia de estos procesos sociales y de los sufrimientos singulares que produce.

Yo regulo, tu regulas, ellxs regulan. ¿Quién regula?

Frente a todo esto vale la pregunta acerca de ¿qué hacemos?

El documental compila una serie de entrevistas a ex altos ejecutivos de las compañías de internet más importantes del mundo (tales como Facebook, Google, Instagram, Pinterest) que plantean que han dejado sus lugares de trabajo por las consecuencias que el uso de sus propias creaciones está produciendo en los usuarios. Sus reflexiones van desde afirmar que desde adentro de las empresas es imposible frenar estos efectos hasta el no permitir a sus hijos pequeños exponerse a los algoritmos y/o dispositivos que muchos de ellos crearon.

Recientemente escuché una charla Ted de Santiago Bilinkis en la que se analiza la manipulación de las redes sociales. Allí señala que cuando vamos a comprar un producto y pagamos por ello formulamos un conjunto de interrogantes tales como: ¿será de buena calidad?, ¿el precio es adecuado?, pero cuando algo es gratis “bajamos la guardia”. Y deja planteada una provocadora pregunta: ¿Por qué querría una gran empresa multinacional incurrir en los enormes costos de desarrollar una red social, una plataforma de videos, un sistema de correo electrónico para que lo usemos gratis? Si no estamos pagando con dinero, ¿de qué otra manera estaremos pagando?

No estamos ya discutiendo si tecnología sí o no, ya sabemos que sí. Que llegó para quedarse, que aporta mejoras en la vida de las personas que no están en discusión. Sí parece ser el momento de delinear políticas de ética de la tecnología que incluyan la obligación por parte de las empresas de informar acerca de las técnicas de persuasión y de los posibles efectos que esto podría generar en la población general y en algunas parcelas poblacionales en particular. Construir mensajes que permitan buenas prácticas de uso de pantallas, redes sociales y/o video juegos. Algo así como: “el uso excesivo es perjudicial para su salud”. También podrían formularse normativas específicas.

Lo que no podemos pedirles a las empresas es que nos reemplacen en nuestros roles de adultxs. Si llevamos nuestros dispositivos móviles a nuestras habitaciones y nos quedamos dormidos sobre ellos, se torna difícil luego transmitirles algún uso responsable a nuestrxs hijxs. Si permitimos que los teléfonos celulares descansen al lado de los platos y los tenedores en los momentos de compartir la mesa familiar resulta difícil luego reunir niñxs en un espacio para jugar y reprocharles que solo puedan jugar si cuentan con una pantalla encendida…

Hace muchos años reflexionaba acerca de una noticia que describía el episodio en que una niña de 5 años de edad llevaba al jardín de infantes una tableta de ansiolíticos y repartió pastillas entre sus compañeritxs de sala. En ese momento me preguntaba ¿cómo es que unas pastillas que se venden con receta duplicada, psicofármacos, estaba disponible en el hogar a la altura de la mano de una pequeña de nivel inicial de escolaridad? Allí descubrí que la mayor parte de las personas con las que hablé guardaba ese tipo de medicamentos en algún cajón bajo la mesada de la cocina, en los cajoncitos de las mesas de luz, en el último estante de la mesita de la TV o en alguna caja o frasco entre otros que conservaban artículos de limpieza o alimentos. Siendo así: ¿por qué un niño debería considerar que “esas pastillas” son diferentes de otras consumidas como golosinas? Capítulo aparte merecería la disponibilidad de alcohol y medicamentos en formatos cuyo packaging se asemeja al de dulces y/o bebidas para menores de edad.

Solo me resta agregar que el documental transmite una perspectiva psicológica muy enfocada en lo cognitivo-conductual-individual que elude los aportes de otras teorías como la psicoanalítica y por tanto evita el uso de unas categorías que considero especialmente útiles para pensar estos procesos tales como las de subjetividad de época y sufrimiento o padecimiento psíquico.

No podemos pensarnos más que como subjetividades producidas en el marco de una temporalidad concreta y con unos sentidos delimitados por la época que nos toca transitar. Me parece fundamental visibilizar los intereses que sostienen la búsqueda de cada decisión que somos empujadxs a tomar dentro de un minúsculo universo de posibilidades contenidas entre el “Me gusta” y el “No me gusta”. Más cerca del encierro que de la autonomía.

Andrea Vázquez es doctora en Psicología y profesora de la Cátedra II de Salud Pública y Salud Mental de la Facultad de Psicología de la UBA.

[1] En 1976 Foucault se refirió a las “disciplinas” como los métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción permanente de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad. La disciplina fabrica así cuerpos sometidos y ejercitados; cuerpos “dóciles”.

[2] “Losers” (2019) una serie de Netflix que retrata la vida después de una pérdida en el mundo del deporte. “The Losers” (2010) es una película de acción basada en la novela homónima de Andy Diggle. “Un perdedor con suerte” (2000) relata las vivencias de un universitario que es acosado por sus compañeros. El libro “Losers: Historias de famosos perdedores del rock” (2018) cuenta la vida de personas que no llegaron a ser parte del “Olimpo” rockero. El tema musical “Losers” (2015) de The Weeknd.



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