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Las razones ocultas de los odiadores | Una indagación sobre las actitudes desaforadas en la oposición




| Una indagación sobre las actitudes desaforadas en la oposición



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Coronavirus: el “comunismo” de los cuerpos o el fracaso del Hombre Empresa



“La satisfacción del sujeto encuentra cómo realizarse en la satisfacción de cada uno, es decir, de todos aquellos con los que se asocia en la realización de una obra humana” . (Jacques Lacan)

La irrupción de la pandemia suscitada por el brote de la Covid-19 ha trastocado la vida de cientos de millones de personas a lo largo y ancho del planeta. Nadie tiene coronita con este virus que obliga al confinamiento o distanciamiento de los cuerpos cualquiera sea su edad, raza o clase social. Es así que por primera vez en la historia, la Humanidad –como un solo sujeto– se enfrenta a sus límites, allí donde no hay tiempo ni espacio para entretenerse con tonterías, por más cacerolas se pretendan hacer sonar contra el “comunismo” que la salud de los cuerpos impone de hecho. Es que el actual encierro entre las cuatro paredes de un hogar traduce el fracaso de un sistema económico, político y social incapaz de dotar al planeta de las condiciones mínimas de sustentabilidad.

Se abre así una encrucijada después de la cual ya nada será igual. Es cierto que siempre puede haber algo peor, pero también que el futuro depende de todos aquellos que aún respiramos entre las cuatro paredes de este mundo: de lo que hagamos y luchemos, pero sobre todo de los valores en los que depositemos nuestra confianza y buena fe para dejar de ser meros consumidores. De alguna manera, los argentinos –con un gran costo–fuimos testigos del fracaso de una subjetividad que hoy el coronavirus transparenta y de la cual queda un resto que se nutre en el odio constipado de su desvarío: el Hombre Empresa (subrayo lo de Hombre).

El Hombre Empresa se extiende más allá del ámbito específico de las corporaciones, su figura supone una manera de pensar, entender e interpretar la realidad. Se hace sentir en el seno de la familia, la ronda de amigos, la justicia, la educación, la cultura, la cabina del taxi, la pantalla de televisión, el kiosco o las redes sociales. El Hombre Empresa está en el discurso. Su manera de hacerse oír es la sonrisa cínica propia del descreído, del que va a los bifes, el que desprecia los emblemas, vacía los símbolos de contenido, desoye el legado de la historia y se maneja con los resultados, los números, las estadísticas, el cálculo, si bien todo sazonado con algún toque de autoayuda cool. Una ingeniería discursiva fabricada en base a supuestos a los que se le otorgaba el valor de verdades reveladas con el solo fin de justificar que “aunque duela, ésta es la realidad y entonces no queda otra que…”, léase: descartar personas bajo el expediente de bajar los salarios, poner racionalidad, meritocracia, y por supuesto, en los tiempos que corren: levantar la cuarentena y a otra cosa.

En otros tiempos el hombre empresa se creía buen tipo, hablaba de “los pobres” como una raza subhumana a la que convenía ayudar para que todo siga igual. Incluso lograba mostrarse valiente, en las cenas de amigos se animaba a decir: “es que para reducir el gasto de las jubilaciones hay que tener unos huevos así”, y hacía el gesto del tamaño de unos bravos testículos sobre el plato de gambas, pechuga o lomo que acababan de servirle. No más lejos llegaba su manejo de la metáfora, por eso para el hombre empresa el arte se reduce al cartón pintado de lo instituido, allí donde la sensibilidad renuncia al riesgo de la novedad. Así también las quejas de su mujer no hacen más que encarnarle esa insatisfacción que le corroe las tripas de un resentimiento que hoy ya no puede disimular.

Es que el Hombre Empresa no tolera el conflicto como motor de la vida. Por eso cacerolea por una República hueca, una libertad que no va más allá de elegir marca de auto y una justicia instrumentada para que todo siga igual o peor. Su odio testimonia el sin salida de una subjetividad dañina. Hoy el hombre empresa tiene los huevos fritos. “El mejor equipo de los cincuenta años” demostró no ser más una mafia ruin y depredadora. Los números y datos “concretos” que tanto reivindicaba le dieron la espalda. La burbuja que sus cálculos inflaba –con el solo resultado de una pavorosa desigualdad– ha estallado para hacerle saber que un simple virus gripal reveló el comunismo de los cuerpos del que su salud (¡su propia salud!) siempre dependió.

Lo que inventemos, lo que ensayemos, el esfuerzo que pongamos para que el desenlace de esta dura experiencia alumbre algo mejor de lo que teníamos, debe forjar una subjetividad menos vulnerable al fetichismo de las leyes del mercado y más proclive a la satisfacción que brinda la solidaridad, la creatividad y esa eficiencia a la que sólo se arriba con el esfuerzo compartido

Sergio Zabalza es psicoanalista.



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La locura, una defensa para sobrevivir | Diálogo con el psicoanalista español José María Alvarez



Dos pilares sostienen la mirada sobre la psicosis de un profesional con treinta años de experiencia en el campo de la salud mental. El psicoanalista español José María Alvarez se vale de dos fundamentos al momento de reflexionar sobre la psicoterapia de la psicosis: que la locura es una defensa para sobrevivir cuando alguien se ve sobrepasado por experiencias inhumanas y que su tratamiento se basa en la transferencia. A partir de ahí, Alvarez realiza un trabajo exhaustivo acerca de qué decir, qué callar y hasta dónde interpretar. Lo deja plasmado en el libro Principios de una psicoterapia de la psicosis (Xoroi Edicions, de Barcelona, también se consigue en la Argentina). Alvarez, miembro de la Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP), es también Doctor por la Universidad Autónoma de Barcelona, especialista en Psicología Clínica y autor de varios libros, como Estudios sobre la psicosis, Hablemos de la locura y Estudios de psicología patológica (todos de Xoroi Edicions), entre otras publicaciones.

Alvarez parte, entonces, de concebir a la locura como una defensa y que el tratamiento de la psicosis depende de esa visión. “La mirada que introduce Freud es clásica porque en la locura antigua también hay una visión de huida, de defensa pero el argumento que Freud le da es de una sobriedad que nunca se había visto”, explica Alvarez en la entrevista con Página/12. “Si una persona tiene algún conocimiento de historia de la clínica verá cómo en un momento determinado, a fines del siglo XIX, aparece un pensamiento que no tiene prácticamente que ver con los demás, con sus contemporáneos provenientes de la psiquiatría clínica. Y Freud es realmente como un astro en el firmamento. El compone una psicopatología no en función de los síntomas ni de la evolución de la enfermedad. El lo organiza a partir de un criterio que nunca se había visto antes: que el sujeto toma una acción determinada, una decisión determinada para protegerse y defenderse. Y a eso lo llama ‘mecanismos de defensa’. El piensa que, dependiendo de la palanca que el sujeto pulse, de qué tipo de defensa eche en mano y ponga en marcha, así se organiza o cristaliza un tipo de configuración psíquica u otra. Esto es algo novedoso. Fue novedosa, lo es y yo creo que seguirá siendo novedosa”, entiende este prestigioso profesional español.

–¿Un poco lo que usted busca demostrar es que el mejor fármaco es la transferencia?

–Sí. Esto es una afirmación muy rotunda que hago en el libro, pero no es una afirmación gratuita puesto que yo trabajo en un Servicio de Psiquiatría de Salud Mental. Trabajo con compañeros que tienen otro tipo de perspectiva. Usamos otro tipo de herramientas terapéuticas, pero lo que yo veo a diario es que es más potente la transferencia. Los medicamentos pueden hacer mucho efecto, pueden aturdir mucho, tumbar a una persona que está dando saltos, pero verdaderamente lo que es más consistente de todo es la transferencia. Mucho más que cualquier medicamento.

–Un gran aporte suyo es el tema de la transferencia psicótica que, a su vez, se diferencia de la transferencia neurótica. Piensa a la transferencia no como algo binario y en oposición entre la neurótica y la psicótica sino como manifestaciones diferentes de un sujeto con su terapeuta, ¿no?

–Sí, es una lectura correcta. La enseñanza del psicoanálisis, de la psicopatología, se hace siempre de una manera muy binaria. La manera binaria es la que tenemos para representarnos algo que es irrepresentable, y nuestra pequeña ciencia se ha construido con elementos binarios. Pero no quiere decir que lo binario sea la realidad. Se construye desde la antigüedad con la oposición locura-razón, locura-realidad, neurosis-psicosis. Y dentro de la neurosis, la histeria y la obsesión. Pensar que la histeria es lo contrario de la obsesión o que la psicosis es lo contrario de la neurosis es, desde el punto de vista clínico, una gran ignorancia, porque una cosa son las manifestaciones clínicas y otra cosa es la construcción epistemológica de un conocimiento. Nuestro conocimiento, nuestro saber se construye desde un punto de vista epistemológico binario oponiendo una cosa a otra. Pero esa no es la realidad clínica. La neurosis no se opone a la psicosis punto por punto. Es diferente, pero no es lo contrario. La histeria no es lo contrario de la obsesión. Entonces, cuando se enseña psicoanálisis da la impresión de que la neurosis es todo lo contrario de la psicosis, que si un sujeto psicótico no desea y no ama, el neurótico desea y ama. Y eso no es verdad. Que un histérico busca una relación de insatisfacción con el deseo, y el obsesivo, de imposibilidad, puedo decir que sí y que no, porque la histeria y la obsesión están mucho más mezcladas de lo que tendemos a pensar y hay sujetos que son histéricos y obsesivos. A veces, están muy enfermos y están más obsesivos; a veces, están mejor y están más histéricos. Y en la psicosis es igual: no hay esa separación a menudo tan clara entre la paranoia, la esquizofrenia o la esquizofrenia y la melancolía. Son polos y el sujeto transita entre ellos.

–¿Y con la transferencia sucede lo mismo?

–Sí. Lacan desarrolló mucho el punto de vista de la transferencia erotomaníaca, pero eso es una parte muy pequeña de la transferencia en la psicosis. No es toda la transferencia en la psicosis. Ni toda la transferencia en la psicosis es todo lo contrario que la transferencia en la neurosis. Es bastante distinta, pero no lo contrario.

–Incluso, usted entiende que hay particularidades de la transferencia psicótica, ¿no?, como la indiferencia en la esquizofrenia, la ambivalencia y la dependencia exigente en la melancolía y la erotomanía en la paranoia.

–Sí, si hubiera que caracterizarlas de alguna manera, normalmente en los casos de locura o de psicosis están esas polaridades, donde a veces hay sujetos claramente paranoicos. Incluso, pueden estar años o prácticamente toda la vida dentro de unas manifestaciones clínicas paranoicas o esquizofrénicas, o maníacomelancólicas. Pero, a veces, hay sujetos que están paranoicos y después están melancólicos; o que están esquizofrénicos y después más paranoicos, o más melancólicos. Con la transferencia sucede lo mismo: depende en qué polo de la psicosis o de la locura esté el sujeto, tiene una tendencia más paranoide, más erotomaníaca o más indiferente, más autística, más replegada sobre sí mismo, más indiferente (es decir, más esquizofrénica) o más melancólica; digamos más carente de deseo de vida. Y, en ese sentido, más ambivalente y más exigente. Esas polaridades se pueden caracterizar así, pero pueden variar dentro del sujeto.

–A diferencia de lo que Freud pensaba, ¿el psicótico va al consultorio por la soledad que lo aplasta?

–Sí. Parecería una paradoja argumentar que la transferencia psicótica es muy densa, muy potente, puesto que es verdad que los psicóticos “están” en la Luna (de hecho, en inglés se les llama “lunáticos”), que están en su mundo. Pero, en realidad, comprobamos que los lazos transferenciales entre los locos y el terapeuta son muy densos, muy resistentes, muy potentes. La pregunta que hay que hacerse es cuál es el fundamento de ese lazo. Porque son lazos que pueden durar toda la vida y que dependen completamente del terapeuta. Es decir, uno se va a jubilar atendiendo a esos sujetos. Van a estar en una transferencia potentísima con uno, aunque no lo vean, aunque sólo llamen por teléfono. ¿Cuáles el fundamento de la transferencia de la locura? Yo creo que no es el saber, como puede ser un sujeto de la calle que se hace preguntas, trata de indagar, piensa en papá y mamá. En la psicosis no se ve eso. El psicótico está bastante lejos de todo eso. Entonces, yo creo que lo que le trae a la consulta es que él vive en un mundo bastante incompatible con las relaciones con los otros y que algunas personas no pueden soportar la angustia que les genera estar con ellos. En general, la gente huye de ellos. Están radicalmente solos porque la locura implica una soledad radical o real. Entonces, a partir de ahí, si nosotros sabemos jugar bien nuestras cartas, ellos nos eligen para que podamos acompañarlos. Y cuando nos eligen realmente se teje una tupida relación, a veces, más potente que en una histeria o en sujetos fóbicos o de otro tipo.

–¿Esa soledad del loco no tiene tanto que ver con la falta de compañía sino con la sensación intensa de soledad?

–Sí, prácticamente en todas las soledades de la locura, lo que escuchamos cuando nos cuentan, o lo que leemos de la gente verdaderamente que trabaja con este tipo de personas, es que ellos dicen cosas como “Yo soy como un astronauta que está en la Luna descolgado por completo de todo vínculo con nadie”. O sea, en la soledad de la locura hay dos componentes principales. Por una parte, es una huida, una soledad buscada porque la relación con los semejantes es muy complicada y los locos se ponen muy paranoides con eso, pero por otra parte, es una soledad que constituye, en sí misma, un encierro; es decir, una imposibilidad de vínculo con el otro. Son las dos cosas. Parecen contradictorias, pero yo las veo perfectamente relacionadas. La prueba la tenemos en lo contrario: hay muchos intentos por parte de la terapéutica e, incluso, de la psiquiatría comunitaria de que la gente se relacione, se vincule, vaya a grupos, salga. A veces, lo que se consigue con eso son verdaderos estragos y verdaderos enloquecimientos más grandes porque los pacientes que necesitan esa distancia de los otros, cuando se les mete en grupos y se les hace relacionarse, los interlocutores insinúan ciertos deseos y expectativas para con ellos. Y se ponen muy locos porque ahí lo único que ven es mala intención. No ven seducción, ven mala intención. Y esto hay que respetarlo. Si el loco toma distancia hay que dejarlo. Déjalo que venga, pero no lo invadas.

–¿Por qué puede haber hostilidad en la soledad?

–Eso lo dicen los antiguos, como que hay una parte de la soledad que está llena de enemistad. Si tú tienes enemigos es porque le gente tiene algo malo para contigo. Esto es así de claro. El que busca enemigos, los encuentra. Basta encontrarlos para que todos sean mucho más enemigos. En la huida, por la otra cara está siempre el enemigo. ¿De qué huyes? Huyes de ti mismo, pero ese sí mismo es la proyección en el otro de tu propia maldad. Con lo cual, aunque huyas, siempre está el otro ahí, porque la maldad la llevas contigo. Eso es lo chocante de la locura: de lo que huyes lo llevas contigo.

–¿Es por eso que el delirante prefiere la persecución a la soledad y las voces serían la compañía del alucinado?

–Sí. La visión médica o médico-psicológica de la locura de ver las alucinaciones como un problema probablemente de neuroclínica, como una desgracia que tienen que soportar los enfermos, etcétera, todo eso es así, pero tienes que dejar que te expliquen ellos y que te hablen. Entonces, cuando van un poco avanzados en el trato que ellos mismos tienen con sus voces, también te dicen que la única compañía que tienen son esas voces. La voz tiene una parte de injuria. La lectura que hace Freud de la clínica de la psicosis es verdaderamente apabullante. Tiene algunos errores muy graves, por ejemplo pensar que la paranoia tiene que ver con una homosexualidad inconsciente. Eso es una bobada que se le ocurrió. No tenía experiencia en ese sentido. Pero cuando habla, por ejemplo, de las voces o de estas cosas, él se refiere a un mecanismo que llama un “rechazo radical”. Este tipo de rechazo implica que aquello de lo que yo me deshago es tan importante para mí, tan problemático, tan traumático, tiene tanta potencia en mi vida que si me deshago y lo echo afuera, eso está vivo. Y eso vuelve contra mí. No vuelve contra mí como algo que yo pienso sino que se me presenta en mi realidad, es real. Y eso es lo que rechazo y el retorno de lo que rechazo. O lo que reprime y el retorno de lo que reprime. En este caso, sería de lo que forcluye, en términos de Lacan. Entonces, hay una parte de la voz que siempre es injuria. ¿Y qué te dice la voz? Lo que tú no quieres oír de ninguna manera: puta, maricón, las obscenidades más obscenas. Siempre dicen lo mismo. Pero, por otra parte, el trabajo que los locos hacen con las voces acaban por convertir todo eso -o al menos una parte- en la única compañía con la que están. Hace de sí mismo un poco más bondadoso. Por eso, la locura tiene esa parte de defensa, de nueva manera de estar en el mundo, loco, pero de poder estar.

–¿Por qué es importante no interpretar al psicótico?

–Interpretar es revelar o arrojar luz sobre algo que está escondido, sobre algo que está oculto. O, incluso, es darle un sentido a algo que, de momento, alguien no encuentra un sentido en eso. Todo ese tipo de maniobras, de levantar lo que hay debajo del suelo, puede venir bien para un tipo de sujetos. Por ejemplo, para un fóbico, revelarle que, en realidad, no es a un pájaro a lo que tiene miedo sino que es a otro tipo de pájaro (a lo que él llama “pájaro”, en sentido popular, que tiene que ver con otra cosa), le puede dar una luz y una perspectiva y eso le puede servir para ablandar esa concentración de miedo que es su fobia. El fóbico, el histérico o el obsesivo son defensas de medio pelo, por así decir; son defensas para ir tirando, pero la locura es una defensa brutal, radical. Entonces, lo que entiendo yo, por la experiencia que tengo, es que si alguien necesita construir un muro de cemento impenetrable, uno no puede tirarlo ni horadarlo, ni hacer un agujerito. Eso no quiere decir que a los pacientes psicóticos o locos no se les digan algunas cosas que uno puede considerar interpretativas. Por ejemplo, yo tengo un paciente que es brillantísimo y que va a publicar un libro. Y no encuentra la manera, no le gusta. ¿No será porque tendrá un poco de miedo de sacar una obra y que la gente la juzgue? Es una interpretación light o de medio pelo, pero no es que le interpreto no sé qué cosa oculta de la relación que no se sabe que tiene que ver con su padre o cuestiones como eso. Eso es lo que no conviene.



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El mandato de ser feliz en cuarentena | Qué significa la exigencia de “aprovechar” el tiempo durante el aislamiento



El mandato de felicidad redobla su apuesta en esta cuarentena, no es solo un imperativo de la época, tenes que aprovechar el tiempo: producir, seguir trabajando, estudiar, aprender cosas nuevas, reunirte por zoom, estar y disfrutar de les hijes, hacer tareas del cole, limpiar la casa, renovar, pintar, coger, tener sextng, etc.

Hay un meme que me hace reír, un gato furioso con una ametralladora en mano frente a todos estos mandatos. ¿Cómo se instala en cada une de nosotres la respuesta a eso? ¿Somos conscientes y podemos pesquisar a la letra lo potente de ese discurso? ¿Por qué habría que “aprovechar” el tiempo de ese modo en cuarentena? ¿Qué implicancias tiene ese supuesto aprovechamiento?

Sabemos que cada vez que se instala un discurso que propone “herramientas para estar bien”, los sujetos corremos a ponernos la camiseta. Pero este discurso es más bien siniestro, en plena cuarentena y aislamiento social hacer creer que son unas seudovacaciones donde tenés que aprovechar el tiempo invita al menos a interrogarlo.

En este sentido se delinean al menos dos vías para pensar: por un lado, la cuestión del aprovechamiento como una supuesta ganancia de placer y por el otro, el mandamiento del discurso amo que pareciera tener la posta de la cuarentena, te dice: “hace cosas, no pares de producir y así serás más feliz”.

Me interesa interrogar estas dos vertientes específicamente en el contexto de la cuarentena. Comencemos por la primera: ¿qué es aprovechar? Búsquenlo en el diccionario que fuera, sacar provecho, obtener una ganancia.

Describo uno de sus significados literales: “Emplear útilmente algo, hacerlo provechoso o sacarle el máximo rendimiento”.

¿Cuál es mi ganancia en la cuarentena? Cada uno podrá ver eso en las propias coordenadas de su vida; en términos capitalistas la ganancia apunta al plusvalor, a enriquecer cada vez más a los grandes magnates del mundo, pues si no hay muchos pobres no habría un par de ricos que estén al poder.

No es mi tema la sociología ni la economía política, pero tampoco hay que ser una luz para comprender eso.

Sacarle provecho a la cuarentena se ordena en la misma línea de siempre: una exigencia que invita a que todos aquellos que se sientan mal por estar aislados y viviendo tiempos donde hay un virus suelto que mata gente se sobreexijan creyendo que, por ejemplo, “si fuera normal haría un curso de algo y estaría bien”, es mentira.

La cuarentena instala un “entre tiempo” y si pensamos en esa idea, en términos cronológicos, podríamos decir que el tiempo 1 fue el decreto de nuestro presidente, pero el tiempo 2 aún no está establecido, no lo sabemos, suponemos ciertas cosas nomás. Lo que sí sabemos es que en algún momento el tiempo 2 llegará, o sea, sabemos que en algún momento termina, aunque no sepamos cuándo.

Adelantarse en el tiempo es una virtud neurótica por excelencia, vivimos adelantándonos: adelantamos nuestra existencia pensando “cuando tenga esto, pasará esto otro”, “cuando sea aquello, lograré tal cosa”, incluso adelantamos las respuestas del otro “si le digo tal cosa me dirá esto otro”.

Adelantarnos en el tiempo nos hace caer siempre en nuestra propia trampa: creyendo que me voy a calmar con la “idea adelantada” me genero mayor ansiedad, nerviosismo, malestar. Es que el único tiempo que puedo vivenciar es hoy. Claro está que ese hoy integra en mí un ayer, un pasado, una historia, así es como armamos un cuerpo que anda por el mundo cargado de afectos, ideas, ilusiones, desilusiones, vidas, muertes, etc.

Lo que más escuchamos hoy en día es la inestabilidad, cada quien, con su propia historia, pero montada sobre un escenario de cuarentena y pandemia que sienta las bases más inciertas que hemos vivido hasta el momento, en la misma medida lo incierto se vuelve cada vez más cierto: “si no hago algo este es un año perdido”.

Quizás la ganancia subjetiva tenga que ver con esa pérdida, es como cuando en las relaciones amorosas uno le dice a otro “no quiero perder el tiempo, decime si vamos a convivir o no”, por dar un ejemplo. Y bueno, si no están conviviendo pues es que no lo están, hay algo que no puede forzarse allí. Entonces “no perder el tiempo” se instala como una idea capitalista y productiva del tiempo, que, conjugado a la noción de “adelantarse”, hacen una bomba explosiva en nuestro psiquismo. El Otro tampoco sabe si van a convivir o no, sin embargo, tiene que responder y se ve obligado a eso. Es que en cuanto algo se torna una exigencia se transforma en un pedido superyoico y el sujeto siente que queda a expensas de tener que dar una respuesta porque ya no hay lugar para la pérdida, que podría ser el lugar desde donde lanzar el deseo, pues es ahí mismo donde todo se cae y la supuesta pérdida de tiempo se convierte en un tiempo presente donde “ya sé”. Existe la creencia engañosa de pensar que en ese “ya sé” hay alivio, y no, es solo momentáneo.

“Perder el tiempo” es en otro sentido ganarlo. Sin embargo, si en la idea de “perder el tiempo” se produce un arrasamiento del sujeto, ya no hablamos de lo mismo. Que el sujeto quede arrasado no se debe a que “pierda el tiempo” pero muchas veces, según el contexto de cada uno, no hay lugar para vislumbrar esto. Entonces aparece una pregunta frente a la idea de “perder el tiempo” y es “¿qué estoy esperando?”, pregunta que puede tornarse muy confusa si no es alojada con seriedad. Si la espera se traduce en arrasamiento subjetivo, se instala el padecimiento y será una buena causa para comenzar un análisis.

Si el tiempo se pierde es porque es su condición, estar a la espera puede ser alojar un tiempo de incertidumbre que integre la idea de que no sé todo, la idea de que no existe un saber exacto sobre cada cosa.

Si sacamos de la ecuación estas dos ideas: la de “adelantarse” y la de “perder el tiempo” (en términos productivos), hagan el imaginario por un instante, ¿no viviríamos más amablemente con nosotres y los otres?

El meme del gato que comentaba es gracioso porque la respuesta del gato es violenta en un sentido metafórico, eso nos produce risa. Los memes que circulan son un nuevo modo de “risa social”, apuntan al lazo con otres, nos hacen reir. Miramos memes, los compartimos, decimos cosas con ellos, haciendo valer en la “pérdida del tiempo” un afecto fundamental para estos tiempos: la alegría que tiene como correlato la risa manifiesta en el cuerpo y sus concominantes.

El mandamiento actual articula “no pierdas el tiempo” y “ponete a producir” y el resultado de eso es que supuestamente estaríamos en mejores condiciones al finalizar la cuarentena. Pero en el mientras tanto, que es el tiempo actual que transitamos, nos topamos todos los días con sus límites, allí donde el discurso amo me ordena, el sujeto se borra.

Y “me ordena” (me ordena el Yo) en dos sentidos, por eso es tan potente, el primer sentido es que me da una orden: “hacé tal cosa y serás feliz”. El segundo sentido es que me ordena organizando mis acciones, mis haceres (o más bien deberes). Este segundo sentido es el que moviliza a que seamos tan obedientes, es que ¡es tan tentadora la propuesta! Gracias al segundo sentido y la tentación que despierta creer que “si hago eso voy a estar bien”, el primer sentido queda oculto en tanto imperativo, produciendo cada vez más arrasamientos subjetivos que conllevan afectos como el hastío, el fastidio, el aburrimiento, etc.

Ser tan obedientes a un discurso que ordena los cuerpos de la época tiene sus efectos, como decía, sujetos arrasados que, fastidiados y hastiados por no poder cumplir con los cánones sociales de felicidad, resignan sus deseos ¡porque no hay tiempo que perder!

Una vez comenté que el deseo es indestructible, idea freudiana, por cierto, a eso hay que agregar que el deseo tiene su origen en la pérdida. Si no hay pérdida, si no hay lugar vacío, no habrá deseo que tenga espacio para circular. Y el deseo del sujeto, para circular, no necesita del permiso del código QR de la app “Cuidar” (lo subrayo para aquellos que invierten esta idea, allí donde el gobierno cuida a su pueblo de una pandemia se pretende hacer creer que disponen de nuestros deseos a su merced). El deseo entonces, para circular, requiere sí algo importante: que tengamos un espacio donde podamos pensar cada vez los discursos que nos imponen, hacer o no lugar a ello y dejarse interpelar dependerá de cada quien.

Florencia González es psicóloga y psicoanalista, docente de la Facultad de Psicología (UBA) e investigadora UBACyT.



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Las jóvenes y los movimientos sociales | Algunos conceptos psicoanalíticos para entender los nuevos discursos juveniles



En los últimos años estamos asistiendo a un fenómeno social y subjetivo singular: el modo en que la gente joven se pone en movimiento, con diversos criterios de agrupación, para expresar en el ámbito público, en calles y plazas, su disconformidad hacia determinadas condiciones de vida críticas para con la salud, el ambiente, el trabajo, la educación, reclamando a las autoridades por cambios legislativos y poniendo en acción variados recursos para expresar su malestar. Desde las protestas juveniles para la defensa del ambiente y denuncias hacia la sobreexplotación salvaje de la naturaleza y por el cambio climático –como lo hace el ecofeminismo– hasta el repudio a la utilización de armas en las escuelas y de otros modos de violencia, la gente joven sale a la calle. El movimiento feminista no ha quedado ajeno a estos modos de manifestar su protesta y sus propuestas de transformación, y actualmente, con variadas modalidades, la gente joven ocupa las calles denunciando violencias de género diversas, poniendo en crisis los clásicos modelos patriarcales, así como también sus reclamos por la legislación relativa a la interrupción del embarazo, a la salud sexual y reproductiva, a la incorporación de la educación sexual integral en las escuelas, y muchas otras cuestiones referidas a condiciones de vida desigualitarias que merecen ser cambiadas. Las teorías y prácticas feministas, que iniciamos en Latinoamérica hacia los años 70 del siglo pasado, se vuelven a poner en práctica en los grupos juveniles, por ejemplo, mediante los grupos de autoconciencia sobre las condiciones de vida opresivas, subalternizadas, invisibilizadas, ahora con el agregado de nuevos dispositivos, originales y creativos, que hacen que aquella revolución silenciosa iniciada por muchas de nosotras en aquellas décadas, hoy pase a ser una revolución bulliciosa, con una polifonía de voces plena de significados y posibilidades. Antiguos lemas utilizados por entonces, tales como “hacer visible lo invisible”, y “lo personal es político”, son revitalizados actualmente por la gente joven.

Se trata de un colectivo juvenil, formado en su mayoría por adolescentes y jóvenes, que se ha configurado como un nuevo sujeto político, que reclama tener su propia voz, y ser escuchados, no sólo como sujetos de derechos, sino también como sujetos sensibles y atentos al modo en que evalúan sus experiencias, tanto desde el punto de vista subjetivo como social. Quienes venimos del campo del psicoanálisis con perspectiva de género escuchamos sus voces, sus malestares, y procuramos darle sentidos no sólo en clave individual sino también como parte de un colectivo, el juvenil, que padece condiciones específicas de sufrimientos. En una escucha calificada de sus malestares, hemos incorporado la noción de empoderamiento, o sea, la capacidad que puedan desarrollar para ser sujetos de la enunciación de sus conflictos, con su particular lenguaje y modos de expresión, y no sólo objetos de los discursos de quienes hablan por ellos. La gente joven, con sus particulares lenguajes y modos de expresión, trata de demostrar que lo que manifiestan es creíble, a menudo relatando experiencias vividas que sobrepasan sus límites porque se trata de situaciones abusivas. Tratamos de alejarnos de los contextos clásicos de la interpretación de estos sujetos sólo en clave adultocéntrica, además de androcéntrica –tan propia de las teorías y prácticas psicoanalíticas convencionales– y ofrecer otros recursos de escucha de sus conflictos, a partir de sus mismos protagonistas. Nuestra cultura patriarcal y adultocéntrica, o sea, centrada en las valoraciones y criterios basados en perspectivas masculinistas y de gente adulta, desconoce la riqueza y heterogeneidad con que se presentan los padecimientos de la gente joven actual, por lo cual necesitamos ofrecer nuevos recursos de comprensión para ese colectivo.

Para ello necesitamos disponer de una reflexión crítica respecto de aquel paradigma con que hemos operado hasta ahora, que suponía que nuestra posición como gente adulta nos otorgaba la máxima autoridad para configurarnos como sujetos de la enunciación. Algunos conceptos psicoanalíticos pueden contribuir a encontrar una clave de entendimiento para los nuevos discursos juveniles, entre ellos el análisis del juicio identificatorio y del juicio crítico. Una de las claves de inteligibilidad con que contamos para comprender los rasgos subjetivos creativos, las propuestas innovadoras, la disposición para las acciones específicas que proponen los jóvenes desde el punto de vista del género es la construcción del juicio crítico. El juicio crítico es una forma de estructurar el pensamiento, ligado al sentimiento de injusticia. Es un tipo de pensamiento que se consolida en la adolescencia, pero que ha encontrado sus precursores en la temprana infancia, a partir de la ruptura de un juicio anterior, que es el juicio identificatorio, que se desarrolla habitualmente durante el primer año de vida del infante humano. El juicio identificatorio opera con las reglas impuestas por el narcisismo temprano, donde no hay diferenciación Yo/no-Yo, una fase del desarrollo donde el supuesto es “yo-el otro somos lo mismo”. En el segundo año de vida, con la adquisición de la marcha y del lenguaje, la criatura experimenta la capacidad para alejarse de aquello –su objeto libidinal en la teoría psicoanalítica– con quien mantenía un firme lazo identificatorio. Poder utilizar sus capacidades psicomotrices y la adquisición de la palabra, fundamentalmente del “no”, lo habilita para alejarse, diferenciarse, de aquel objeto libidinal con quien había establecido un vínculo narcisista en el que “yo-el otro somos lo mismo”. A partir de la experiencia de frustración de ese supuesto, se inicia la ruptura del juicio identificatorio, porque va perdiendo eficacia la premisa de que “yo-el otro somos/deseamos lo mismo”. El juicio crítico consecuente con esta ruptura se instala como resultado de la puesta en crisis de aquel supuesto anterior, con la experiencia de la diferenciación, del recortamiento subjetivo. El colectivo juvenil que participa activa y críticamente en la construcción y deconstrucción de nuevas posiciones genéricas apela a esta modalidad del pensamiento, denominada juicio crítico.

Nuestra ubicación en América Latina también contribuye a que nuestra escucha y nuestras intervenciones androcéntricas y patriarcales pueda implicar la legitimación del modelo patriarcal, naturalizando la masculinidad hegemónica y la femineidad tradicional. El largo proceso iniciado ya hace varias décadas está mostrando sus efectos: ya no es aceptable en la mayoría de los contextos sociales, familiares, educativos, tolerar las conductas violentas, los abusos emocionales y/o sexuales, ni el silenciamiento ante los mismos cuando estos se producen aun en situaciones sacralizadas como las instituciones religiosas, familiares y educativas. Los lemas actuales que circulan en Buenos Aires, “No es no”, y “Yo te creo, hermana”, junto con el movimiento “Ni una menos”, y más recientemente “El violador eres tú”, dan cuenta de estos nuevos posicionamientos ante todo tipo de abuso, gestionados por colectivos de gente joven. Estos movimientos se acompañan de la deconstrucción crítica –y a menudo conflictiva– de los supuestos del amor romántico en los vínculos de pareja, así como en el vínculo materno-filial y en otros vínculos de intimidad, afrontando la decepción resultante cuando reconocen que este modo de amar y de desear puede llevar a desconocer situaciones de violencia entre los géneros, al interior de un mismo género, o entre las generaciones. No se trata de deconstrucciones sencillas: implican dolor, angustia y una dimensión ética que requiere hacerse cargo de la responsabilidad con que se involucran en los vínculos intersubjetivos. Es una responsabilidad individual y colectiva a la vez, para anticipar y prevenir todas las formas de violencia.

La gestión de la elaboración de estas situaciones conflictivas se realiza a veces en forma individual –es frecuente encontrarlas en las consultas y sesiones de psicoanálisis con perspectiva de género–, así como también en el interior de la vida familiar, y más acentuadamente, en los contextos grupales de las escuelas e instituciones educativas.

Una política de las subjetividades: la gente joven y los movimientos sociales

Estamos asistiendo a modalidades novedosas de construcción de los géneros, autorizando el discurso del colectivo juvenil como nuevos sujetos políticos a partir de sus experiencias subjetivas, lo cual supone adoptar una categoría de análisis que hemos caracterizado como política de las subjetividades, poniendo en foco las relaciones de amor y de poder entre los géneros, al interior de un mismo género, y entre las generaciones. Es una política de las subjetividades de carácter feminista, en que se pone nombre al malestar que anteriormente se sentía en forma difusa, difícil de expresar, percibido como un trastorno íntimo, individual, que merecía escasa credibilidad cuando se lo manifestaba públicamente. Aquella era una modalidad propia del género femenino tradicional, descrita ampliamente en la literatura feminista de décadas anteriores, basada en la experiencia vivida, encarnada y padecida por aquellas personas que anteriormente habían sido desestimadas en su capacidad de agenciamiento. Ahora necesitamos disponer del mismo dispositivo de inteligibilidad utilizado entonces, para comprender el malestar de este nuevo colectivo juvenil, enunciado por sus mismos protagonistas. Su fortalecimiento a menudo se produce gracias a los criterios de alianzas con otros grupos, tales como los de derechos humanos, los de preservación de la naturaleza tales como el ecofeminismo, etc.

En otro momento habíamos desarrollado la hipótesis de que es posible que en condiciones de crisis social, la participación activa en un proyecto colectivo promueve la salud mental de los sujetos, en contraposición con las actitudes de aislamiento y repliegue. Entendemos la salud mental como un estado de bienestar subjetivo que favorece la creatividad y las propuestas innovadoras. En el estudio antes mencionado nos hemos preguntado sobre algunas características que ofrece la incorporación a los movimientos sociales que podrían contribuir a la salud mental de la gente joven, y hemos realizado las siguientes propuestas:

a) Los movimientos sociales como espacios transicionales: el problema del reconocimiento.

Nuestra formación psicoanalítica nos permite suponer que la inclusión de los jóvenes en los movimientos sociales los habilita para integrarse en un espacio social distinto, específico, no asimilable a los clásicos espacios familiares, laborales, deportivos, artísticos, etc. Los movimientos sociales constituirían un espacio transicional, un concepto caracterizado el psicoanalista inglés D. Winnicott (1972) para otras circunstancias vitales, pero que en este caso podemos aplicar a los espacios intermedios entre una situación previamente establecida y el pasaje a otra aún desconocida a la que el sujeto tiende a incorporarse. Estos espacios transicionales participan de una doble inscripción: son objetivos y subjetivos a la vez. En tanto espacios objetivos, los movimientos sociales ofrecen a la gente joven incorporarse a grupos que diseñan actividades específicas, reunidos en determinados lugares, bajo ciertas circunstancias temporales y con objetivos establecidos en conjunto. Cuentan con una cultura propia que expresan mediante consignas, lemas y proyectos que son compartidos por todo el colectivo que está incluido en ellos. En sus aspectos subjetivos, los movimientos sociales contienen las fantasías, ilusiones, deseos, tensiones y conflictos de los sujetos que los componen, y que a menudo depositan en las estructuras de estos colectivos, ya sea para movilizarlos o bien para obstaculizarlos. Desde el punto de vista subjetivo, estos movimientos sociales requieren de quienes los integran una actitud de identificación y compromiso con sus proyectos y actividades, que da como resultado el reconocimiento mutuo. La búsqueda y el logro de reconocimiento por parte de sus pares es una de las motivaciones subjetivas fundantes para la inclusión en estos colectivos. Cuando el grupo fracasa en reconocer y aceptar a algunos de sus miembros, ya sea debido a rasgos de personalidad contrarios a la cohesión grupal, o bien a la disidencia con los proyectos o modalidades de interacción dentro del grupo, la crisis y ruptura del movimiento puede llevar no sólo al quiebre y la claudicación del mismo, sino también a una profunda situación de crisis personal en los miembros que lo integraban. En términos de las condiciones necesarias para contribuir a la salud mental de sus integrantes, este sería un factor de riesgo que operaría en detrimento del bienestar subjetivo de los sujetos involucrados. También se plantean problemas por el reconocimiento cuando hacemos un análisis desde la perspectiva de género. El supuesto de igualdad entre los géneros puede entrar en crisis cuando al interior de la organización de los movimientos se perciben desigualdades e inequidades, por ejemplo en la distribución y asignación de tareas, de tiempos, de oportunidades de acceso a los medios de difusión, a tomar la palabra en público, etc.

b) Los movimientos sociales crean figurabilidad ante la crisis.

Otro aspecto que merece destacarse desde la perspectiva psicoanalítica es que la participación de los jóvenes en los movimientos sociales crea figurabilidad, esto es, vuelven figurable, representable y comprensible, muchos aspectos de la realidad vivida y padecida, por ejemplo, ante la falta de trabajo en sociedades crecientemente desiguales que excluyen principalmente a los jóvenes del universo laboral, así como de otras inequidades generizadas. Esta posibilidad de elaborar una representación subjetiva y social de lo que sucede en situaciones de crisis les permite sobrellevar las situaciones inesperadas, contando con marcos de comprensión para la condición actual, que les habiliten para operar ante las nuevas realidades, si las perciben como desesperantes. El riesgo de catástrofe subjetiva, con una ruptura de todos los recursos previos de comprensión, está siempre como telón de fondo amenazante. Al reunirse con sus pares y encontrar nuevas significaciones a sus conflictos, y nuevas claves de comprensión de los mismos, el colapso subjetivo deja de ser tan amenazante porque puede compartir con otros sus observaciones, el análisis y la reflexión crítica de las mismas, y diseñar acciones específicas para enfrentarlos. Este sería el beneficio de la figurabilidad: volver representable lo irrepresentable, lo indecible, que de lo contrario se inscribiría en su psiquismo como hecho traumático. Contar con estos recursos de inteligibilidad opera como factor de protección para la salud mental de la gente joven.

c) Los movimientos sociales permiten la ampliación del repertorio deseante.

Otro aspecto que contribuiría a la salud mental de los jóvenes que se incorporan a los movimientos sociales consiste en la ampliación de su repertorio deseante. Quizá en este punto es donde podamos observar situaciones más novedosas desde la perspectiva del género, al considerar a las mujeres como el grupo que más ha innovado sus modos de desear en las últimas décadas. En tanto los estereotipos tradicionales de género masculino nos ofrecían figuras de varones que a lo largo de la historia han participado en movimientos sociales de todo tipo, con modos específicos de despliegue en el ámbito público, por el contrario, los estereotipos de género femenino tradicionales se referían a mujeres cuyos deseos se desplegaban al interior de la vida familiar y doméstica, en el ámbito privado. Los tiempos han cambiado, a lo largo de los siglos las mujeres fueron expandiendo cada vez más sus ámbitos de representación social junto con la ampliación del concepto de ciudadanía. Hoy en día la participación de las jóvenes en los movimientos sociales es numéricamente similar a la de los varones, así como también existen muchos grupos y colectivos de mujeres que proponen reivindicaciones específicas para su género, tales como los movimientos que luchan por sus derechos sexuales y reproductivos, y en contra del abuso y de la violencia en sus vidas cotidianas.

Los deseos tradicionales descriptos por la teoría psicoanalítica para ser desplegados en la vida privada, tales como el deseo de ser amada, el deseo de completud narcisística a través de un hijo, y otros, han sido revisados en la actualidad por nuevos grupos de mujeres jóvenes que plantean otros deseos constitutivos de su subjetividad. Se trata de deseos que habrán de ser desplegados fundamentalmente en el ámbito público, que incluyen el deseo de autonomía, de independencia económica, el deseo de reconocimiento social, el deseo de decidir sobre sus cuerpos, y el deseo de equidad y de justicia. Esta ampliación del repertorio deseante se observa no sólo en las mujeres en los movimientos sociales, sino en los sujetos feminizados, y aquellos inscriptos en variados colectivos con modalidades generizadas diversas.

Como se puede apreciar, aquel tradicional concepto de salud mental equiparado a establecer condiciones de equilibrio y armonía está siendo reemplazado por otra hipótesis acerca de la salud mental: es la que los sujetos comprometidos construyen a partir del enfrentamiento de las situaciones de tensión y de conflicto, provocadoras de malestar.

La perspectiva del género nos lleva a preguntarnos si las mujeres jóvenes perciben sus condiciones específicas de exclusión y de discriminación social, o si éstas quedan ocultas tras el así llamado “velo de la igualdad” (Lagarde, M., 2003). Varios estudios indican que aunque los discursos que se enuncian son políticamente correctos en cuanto a la igualdad de oportunidades y de acceso al mundo social y laboral entre varones y mujeres, en las prácticas estas condiciones todavía no se cumplen. Muchas jóvenes consideran que aquellos espacios ya han sido conquistados por las mujeres que las precedieron, y que sus posibilidades actuales no necesariamente están vinculadas con las anteriores luchas de género. La persistencia de ciertos estereotipos tradicionales de género femenino, por ejemplo, respecto de la maternidad, así como la violencia de género aún presente en todos los contextos sociales, nos llevan a considerar que todavía es necesario el trabajo de reflexión crítica sobre una conciencia de género que sigue siendo inequitativa para las mujeres.

Mabel Burin es doctora en psicología, directora del Programa de Estudios de Género y Subjetividad, Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES). El presente texto es un fragmento de la conferencia dictada en el Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias de la Universidad Nacional Autónoma de México, (CRIM-UNAM), enero 2020.



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