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¿Las mucamas contagian? Deconstruyendo a las patronas  




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Derechas y el rechazo del amor



¿Cuándo fue que las derechas ultraderechizadas perdieron el sentido del honor? ¿Desde cuándo prefieren el derrumbe de la propia nación y sus habitantes con tal de imponer sus intereses financieros?

Una de las tesis de Jacques Lacan es que el capitalismo en su construcción discursiva se constituye en un rechazo del amor. El mentado odio, que impregna lo social y donde cuesta mucho su transformación política, ése que propagan las derechas, se desprende de este rechazo del amor. Ahora bien: Lacan compartía con Heidegger y Althusser un antihumanismo decidido. Por ello no se debe ir muy rápido en la comprensión de la fórmula “rechazo del amor”. No se trata del amor a los propios miembros de la familia ni del amor entre amantes o amigos, los que según Hegel siempre constituían un obstáculo para la eticidad pública.

El amor que se rechaza en el capitalismo es el amor por lo Común, que incluye siempre por definición al desconocido, la extraña, lo lejano y especialmente la participación no jerárquica en el “uso público de la razón”. Es este rechazo a este tipo de amor por lo común, patria, educación, salud, medio ambiente, derechos de la mujer, etcétera, el que lleva al odio hacia aquello que en lo común intenta introducir justicia e igualdad. El capitalismo rechaza el amor porque no puede por razones estructurales amar lo que de verdad sostiene a una Nación, un vínculo interpretativo con el pasado y un proyecto para un futuro en el que reinen en el pueblo el amor y la igualdad.

El capitalismo opera en la dimensión del presente absoluto.

El comienzo de la destrucción del amor tiene antecedentes heterogéneos pero se cristaliza en el siglo XX con la modulación neoliberal del capitalismo. El proyecto de transformar a los sujetos en un capital humano que debe darse valor compitiendo contra todo no puede -está definitivamente excluido- tener relación con el amor por lo común. En este punto ha funcionado como un intento de religión ya que intenta vincular lo imposible: la experiencia íntima del sujeto con el movimiento del mercado.

De allí que el concepto de burguesías nacionales, las que aún mantenían un arraigo de amor con los lugares donde sus hijos iban a crecer, ha sido afectado definitivamente por la rapiña global.

Ahora esta pandemia pone a prueba definitivamente hasta dónde puede llegar el rechazo del amor por lo común. ¿Una civilización que no ama aquello que tiene en común merece sobrevivir?

Como un rayo luminoso y oscuro a la vez esta pregunta atravesará nuestro tiempo histórico y serenos nosotros mismos la prueba de su respuesta.

Debajo de la grieta política, en su fondo más insondable, se dibuja una gran fisura ética en el acontecer de lo humano.

Asumir esta cuestión es el primer paso para atravesar la indolente barbarie de los representantes oligarcas que rechazan el amor y propagan el odio irresponsable.



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Fugao en París  | El zángano prófugo



Cuarentadoros, ilusioneras, aguantadores de mi patria; seres, seras y seros que siguen contándole tooodas las noches el mismo relato a su puericultado; niñes que preguntan a sus progenitudes qué quiere decir “pasear”; mascotas que se han vuelto psicoanalistas de sus otrora humanos adoptantes; hinchas de Boca, River, Racing o Flandria que sueñan con cánticos tribuneros en castellano mientras degluten, fin de semana a fin de semana, las amargas tribulaciones del fútbol liechtenteniano; fanáticos de la rivalidad, para quienes ahora el clásico de los clásicos es “Nefli vs. Amazonpraim”, romántiques que buscan enamorarse de alguien que viva a menos de dos cuadras como condición sine qua non: todos ustedes reciban mi más sincero codo.

Les decía, hace pocos días –creo que siete, pero disculpen, mi ritmo circadiano está algo alterado, así que quizás haya sido hace dos años o tres minutos–, que estaba sorprendide por la actitud expresidencial francorrajante; no entendía por qué se fue y nos dejó así; tendía a pensar que se trataba de un exdespechado:

“¿No me votan, no me quieren más? Ahora van a ver: me rajo a Europa para olvidarlos, para no tener que verles la cara de crisis, para que no me echen la culpa de todos sus males y todos mis bienes, y, por sobre todas las cosas, para que no me juzguen”.

Este párrafo, digno de un teleteatro setentista –de esos que duraban cinco años–, podría haber reflejado la realidad de los hechos. Y así hubiera sido si el autoeyectado se hubiera llamado a silencio. Pero no. No fue así. No se fue para olvidarnos, sino para que lo recordemos y, digámoslo con la gravedad del caso, para seguir interfiriendo en lo que conocemos como “política nacional”, aunque él lo llamaría “mi caprichito”.

Así, habla de libertades, de reforma judicial y de tantas otras cosas, y pretende, desde su lujosa cuarentena europea, dirigir eso que algunos llamarían “su espacio”, y otres, “su banda”.

La historia y la literatura son pródigas en casos de grandes líderes que, desde su exilio, eran referentes obligatorios de los destinos de su lejano pero no por eso menos añorado país. Recordemos la bellísima novela El recurso del método, de Alejo Carpentier, o señalemos –es inevitable– los tiempos en que el general Juan Domingo Perón residía en España, y allí iban todos y todas les que querían tener voz y voto en nuestro país, para lograr su aval o, al menos, la foto en la puerta.

Quizás, el Ex Sumo Maurífice quiera sentirse a la altura. No lo está. Ni de lejos. Ni siquiera sería “el que se sacó la foto”.

Sus adláteres, lejos de correr a verlo, apenas si dedican parte de su tiempo a anotarse en la carrera sucesoria y la otra parte a intentar la imposible justificación de la escapada: con el futuro meme “reuniones impostergables”, pasando por la digna de un cuento de ciencia ficción “ejercer su cargo de la Fundación FIFA”, para llegar a la número uno del top hit: “Mauricio fue a trabajar”.

¡Naaaaaa…! Las diferencias entre el exilio de Perón y la fuga de Macri son tantas que podrían dar lugar a un libro que nadie estaría interesado en escribir, ya que nadie lo compraría, pues todos, al menos en la Argentina, las conocemos de memoria o de olvido.

Como “el arte se anticipa a la realidad”, terminamos esta nota con la letra de Fugao a París, canción de RS Positivo (Rudy-Sanz) que intenta parodiar un clásico de nuestro acervo cultural tanguero. Además, podrán ustedes ver el video en el cual “el bisnieto de Gardel” lo interpreta –y, si gustan, suscribirse al YouTube
de los autores.

Fugao a París (Rudy-Sanz) -parodia-

Malcriao por la guita que heredó del viejo
dejó Buenos Aires, rajó del país
el tipo se ha ido, bandeado de apremios
nos dejó engrampados, y ahora está en París.

Algunos amigos están enojados
se fue calladito y sin avisar
sospechan que el quía está hasta las manos
por las autopistas y por espiar.

Partió de Buenos Aires, se fue sin saludar
bien llenas las valijas, con ropa pa esquivar
pa esquivar la Justicia, en eso es un “carpeón”
porque él sabe que, en Suiza, no hay extradición.

¿Cómo hará, Cambiemos, su cuenta corriente
ahora que el jefe los abandonó?
Alguien me ha contado que están impacientes
buscando un reemplazo que no apareció.

Las ganas que tienen los jueces de verlo
ya tienen el traje a medida para él
quién sabe, esta vuelta, lo encanen en serio
y ¡chau, manolarga… cantale a Gardel!

Hasta la que viene.



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La impotencia del torito



Dejemos de lado el tono. Supongamos por un minuto que el –todavía, por ahora– fiscal de Cutral Có Santiago Terán no anduvo con toda la violencia al aire. Hagamos de cuenta que no gritó “conmigo no te vas a hacer la torita”, que no dijo “no te hagas la loca” ni “sos de esas personas que se victimizan”. Supongamos que no dejó de lado nociones como derechos humanos, legalidad, intervención del Estado para impedir que la vida cotidiana se convierta en el far west.

Agreguemos otro minuto y pensemos con generosidad. Hagamos de cuenta que el fiscal Terán habló como un señor consciente de la importancia de su cargo y del trabajo que se espera de él. Supongamos que no gritoneó prepoteando a una periodista para hacerla callar y –oh–  respetando su turno para hablar cuando oía la voz de un varón porque vamos, es distinto.

Aun con todos esos resguardos, si Terán hubiera tenido la astucia de camuflar sus privilegios bajo cierta presunta cortesía (educación, se dice también), de todos modos hubiera exhibido una ignorancia supina. Porque lo bravucón, a fin de cuentas, no quita lo burro.

El señor fiscal alardeó, entre muchas, otras cosas, de haberse capacitado en los términos de la ley Micaela no una, sino “dos veces”. Una de esas veces, dijo, “hace cuatro años”.

La ley Micaela, que establece que todas y todos los agentes del Estado deben capacitarse en género, y que con su obligatoriedad puso en blanco sobre uno de los nidos más concentrados de la reacción conservadora (el que protesta contra la “ideología de género”, el que habla de “dictadura” cuando se hacen valer los derechos de la diversidad), fue promulgada en 2018. Tiene sentido, porque Micaela García, la joven cuyo femicidio motivó la ley, fue asesinada en 2017 y no antes.

Hay dos opciones: o bien el fiscal Terán mintió o bien a él todas las capacitaciones lo dejan bien. Como si fueran colectivos difusos, cuyos recorridos de todos modos lo van a alcanzar a su jubilación –que supuestamente le corresponde en 2021–, el fiscal posiblemente haya concurrido al programa de capacitaciones en género obligatorio para el Poder Judicial que existía desde antes, y que había obtenido cierta visibilidad alrededor de 2013, luego del segundo fallo por la desaparición de Marita Verón.

Es más: Terán posiblemente haya concurrido a esa capacitación. Lo seguro es que lo hizo como torito en rodeo ajeno y convencido de que era un desperdicio de su valioso tiempo porque de género él, por favor, ya lo entendía todo. 

No cuesta nada imaginarlo. En la sala, debe habérselo visto como a algunos diputados y senadores se los vio, al comienzo de la pandemia, durante una de las primeras actividades televisadas del Congreso nacional en modalidad semi virtual, en la capacitación obligatoria en género, ya sí ordenada por la ley Micaela: a desgano, sobradores, prestando atención a cualquier otra cosa y, tal vez, hasta tuiteando en contra (porque las redes sociales sí existían hace 4 años).

El desprecio por la perspectiva de género deja en blanco sobre negro la ignorancia: los tiempos cambian. Y aunque no les guste, aun los operadores más rancios del Estado deben entenderlo y aplicarlo. Los agentes de la Justicia, ese mundo opaco, cuyo funcionamiento muchas veces arbitrario impacta negativamente en las vidas de ciudadanas y ciudadanos sin visibilidad y poder, sobre todo.

¿El funcionario público no puede? ¿No quiere? ¿No está de acuerdo? Pues entonces su lugar es otro. 

Esta Justicia patriarcal ejercida con espasmo bravucón, que necesita demostrar vaya una a saber qué para compensar qué otra fragilidad, no va más. Y en realidad patotean porque lo saben.



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10 puntos para entender la Ley de teletrabajo



El jueves pasado votamos en el Senado la ley de teletrabajo.

El teletrabajo no es una relación nueva, es una modalidad de prestación del típico contrato de trabajo. La nueva ley refuerza derechos ya existentes y también los amplía con el reconocimiento de otros nuevos.

Estos son los 10 puntos principales de la nueva regulación:

1) Igualdad: Se ratifica que las personas que realizan teletrabajo cuentan con los mismos derechos y obligaciones que las personas que trabajan bajo la modalidad presencial.

2) Voluntariedad: El traslado de quien trabaja en forma presencial a la modalidad de teletrabajo debe ser voluntario, bilateral y pactado por escrito. Hasta hoy, el art. 66 de la Ley de Contrato de Trabajo permite que el empleador pueda disponerlo unilateralmente (siempre que ese cambio no le cause un perjuicio moral o material al trabajador/a).

3) Reversibilidad: En cualquier momento de la relación el teletrabajador/a puede solicitar unilateralmente regresar al establecimiento para realizar sus tareas. Este derecho a la “reversibilidad” no se tiene si la relación se inició bajo la modalidad de teletrabajo.

4) Remuneración: La remuneración del trabajador que desarrolla sus tareas bajo la modalidad de teletrabajo no podrá ser inferior a la que percibía o percibiría bajo la modalidad presencial.

5) Desconexión: Para garantizar el respeto de la jornada máxima y el descanso de la persona que trabaja, se establece el derecho a desconectarse así como la prohibición al empleador de interrumpir el descanso exigiendo tareas o enviando comunicaciones fuera de la jornada laboral.

6) Tareas de cuidado: Los trabajadores y las trabajadoras bajo esta modalidad que acrediten tener a su cargo niños, personas con discapacidad o adultos mayores con quienes convivan, tendrán derecho a horarios compatibles con las tareas de cuidado y a interrumpir la jornada.

7) Elementos de trabajo: se establece que el empleador deberá proporcionar el equipamiento y el soporte necesario para el desempeño de las tareas, tales como la computadora y sus softwares, o bien, compensar al trabajador por la utilización de herramientas propias. Esta compensación se determina en el convenio colectivo de trabajo.

8) Compensación por gastos: La persona que trabaja bajo la modalidad del teletrabajo tendrá derecho a la compensación por los mayores gastos en conectividad y/o consumo de servicios que deba afrontar. Esta compensación también se establece en el convenio colectivo de trabajo.

9) Ratificación de otros derechos: Quienes trabajen bajo esta modalidad también tienen derecho a instancias de capacitación y los mismos derechos sindicales que el resto de los trabajadores. Además, se establece la protección de sus datos personales así como de su intimidad, por lo que se prohíbe al empleador hacer uso de software de vigilancia.

10) Vigencia: La ley entrará en vigor luego de 90 días contados a partir de que se determine la finalización del período de vigencia del Aislamiento Social, Preventivo y Obligatorio.

Como cada vez que se aprueba una nueva ley a favor de los trabajadores y trabajadoras, los grandes empresarios nos quieren hacer creer que esto implicará una caída del empleo o una fuga de inversiones. Los augurios catastróficos, como la historia demuestra, nunca se cumplen.

El problema que tuvieron las empresas y por el que cerraron sus puertas en los últimos 4 años fue por los tarifazos, por la caída del consumo, en definitiva: por las políticas de un gobierno que priorizó la especulación financiera sobre la producción nacional.



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Identidad, unidad y amplitud | Opinión



La unidad fue el factor decisivo para lograr el triunfo electoral que acabó con el intento de perpetuación del proyecto neoliberal iniciado en el 2015. La decisión de Cristina de colocar en el primer lugar de la fórmula a Alberto Fernández tuvo el coraje, la creatividad y la virtud de condensar todos los esfuerzos unitarios que estaba realizando el peronismo en dirección a construir una alternativa electoral que impidiera la continuidad de uno de los peores gobiernos de la historia argentina. Al mismo tiempo, esta unidad posibilitó el armado de una amplitud política mayor, que desbordó el peronismo y permitió la representación en el Frente de Todos de muchos sectores que, independientemente de la opinión que tenían respecto del proceso del 2003/15, privilegiaron con su voto el cambio de gobierno.

Alguien acuñó la frase “unidad hasta que duela”. No podía haber dolor mayor para las grandes mayorías populares que la prolongación de la crisis y la pobreza en la que el gobierno de Macri había sumido al país. Pero esta unidad y amplitud no habrían tenido éxito si no hubieran estado sustentadas en la enorme resistencia popular que permitió defender las conquistas logradas en el período anterior y desnudar la naturaleza antinacional, concentradora de la riqueza y represiva del gobierno macrista. Estas luchas fueron encabezas por quienes supieron mantener la identidad peronista y kirchnerista y que desde las organizaciones, el territorio, las calles y el Congreso Nacional libraron fuertes batallas para evitar que se profundizaran los procesos de dependencia, vulneración de los derechos sociales y desigualdad.

Desde el primer día del gobierno de Macri, y aun cuando algunos pregonaban que había que tener expectativas en el nuevo oficialismo porque estábamos ante el surgimiento de una “nueva derecha con características democráticas y contenido social”, la existencia de una oposición consecuente y firme colocó en el horizonte político y el imaginario social que había una alternativa. Las jornadas de lucha en contra de la reforma previsional del 14 y 18 de diciembre del 2017 fueron un ejemplo de esa complementación entre la calle y el Parlamento que rápidamente tiró abajo la ilusión de continuidad que había despertado en el gobierno el resultado electoral favorable en las elecciones parlamentarias de octubre. También impidió que avanzaran los proyectos oficiales más retrógrados como la flexibilización laboral y la reforma impositiva que habían sido presentados al Parlamento.

De esta manera, identidad, unidad y amplitud fueron factores fundamentales para asegurar el enorme triunfo electoral de octubre. Tres factores que hoy vuelven a ser imprescindibles para enfrentar los enormes desafíos de la hora. Algunos son impostergables: cuidar la vida y la salud de nuestro pueblo en el contexto de pandemia; terminar la exitosa negociación la deuda externa que se acaba de anunciar; reconstruir la Argentina y recuperar el crecimiento económico lautónomo e integrado, y avanzar hacia una sociedad más justa e igualitaria.

Parece evidente que la coalición política y social que se necesita para enfrentar con éxito y minimizar las gravísimas consecuencias del COVID 19 debe ser enorme. Sólo deben quedar afuera aquellos que prefieren abrazarse al sufrimiento y la muerte de nuestra gente y apostar a la difusión de la pandemia con el manifiesto objetivo de que el fracaso de la cuarentena golpee la sustentabilidad del gobierno popular. No les importa la vida de los/las argentinos/as. Para vencer un enemigo que despliega un nivel de odio de semejante magnitud es imprescindible conservar la amplitud que se observa en las conferencias de prensa que encabeza el Presidente, donde se muestra con gobernadores y responsables de gestión pertenecientes a otras fuerzas políticas.

Muchos, quizás no todos, de los que participan en la “coalición anti- pandemia”, integraron la amplia sumatoria de fuerzas políticas, sociales y económicas que acompañaron la exitosa renegociación de la deuda externa alcanzada por el gobierno de Alberto y que es imprescindible para atender las imperiosas demandas de nuestro pueblo y emprender el camino del crecimiento. Es verdad que algunos de quienes acompañaron a Alberto en la presentación de la propuesta de canje de deuda fueron artífices o cómplices del endeudamiento, pero el objetivo de que no se pague con la postergación de las necesidades del pueblo ameritó que sostengamos la amplitud que permitió mostrar a los acreedores una dirigencia política nacional unida atrás de esta causa.

Ahora bien, estamos seguros de que concluir la pandemia con la menor cantidad posible de daño y pérdida de vidas humanas, y renegociar la deuda, son objetivos prioritarios en la coyuntura que nos toca vivir. Pero si bien estos objetivos son urgentes y necesarios, no son suficientes para emprender el proceso de transformaciones que requiere la construcción de una sociedad con un modelo de desarrollo que combine el crecimiento económico integrado, ampliación de derechos y crecientes niveles de justicia social. En este punto será imprescindible la unidad de todos los sectores políticos y sociales que acompañaron la fórmula de Alberto y Cristina. Como sabemos, quienes defienden los intereses de los sectores privilegiados por las políticas de la concentración de la riqueza y la especulación financiera presentarán dura resistencia a los cambios que exige un modelo económico-social soberano e igualitario. Como hemos visto en otros países de la región, estos grupos no dudaron en desafiar la institucionalidad democrática para imponer sus políticas regresivas.

Para garantizar la potencialidad de cambio, a la cabeza de esa unidad deberán estar, como en el período de la resistencia, quienes mantienen la identidad transformadora del peronismo y el kirchnerismo y se proponen como principal objetivo la construcción de una sociedad más justa. No se trata únicamente de crecer. La disputa principal se va a producir en torno al tipo de crecimiento. Se trata de que el patrón de desarrollo esté sustentado en un modelo con autonomía en las decisiones, fuertemente industrial, que amplíe la matriz de las exportaciones y que esté basado en la capacidad de agregar desarrollo científico-tecnológico, innovación y trabajo de alta calidad de los/las argentinos/as. Un modelo donde no se espere el “desborde de la copa” para distribuir, sino en que la distribución y la ampliación del mercado interno sean el motor del crecimiento. Que recupere lo mejor de lo realizado en el período 2003/15, de cuenta de los cambios que se han producido en Argentina y el mundo y avance hacia las asignaturas pendientes.

De esta manera, nos animamos a proponer que es tan grave mostrar sectarismo e intolerancia hacia la amplitud del gobierno nacional al trabajar con otros sectores políticos para resolver los impostergables desafíos de la coyuntura; como diluir la identidad transformadora de quienes nos planteamos que el objetivo del gobierno de Alberto y Cristina no puede ser otro que el de transformar profundamente la realidad y construir una patria más soberana y más justa.

Secretario de Malvinas, Antártida y Atlántico Sur



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Bolivia: La democracia en suspenso | Opinión




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El turbocapitalismo del fútbol de cartón | Opinión



La nuestra es una sociedad remendada con las costuras del odio. En medio de la peste se han instalado los días de la ira, y se discute mal con estos barbijos “bolivarianos”. Es increíble la cantidad de humanidad que se va detrás de la tragedia y del rencor. Hay un nosotros sagrado, amenazado, un nosotros que es un cuerpo colectivo que asedian, con furia, sin tregua, en esa insólita dureza de corazón, de rencor turbio, de negación del otro como ser humano. El evangelio de Mateo contiene un paso conocido que dice: “A todo el que tiene se le dará y le sobrará, pero al que no tiene se le quitará hasta lo que tiene”. El paso forma parte de la “Parábola de los Talentos”, y basta con evocar un libro importante, El Capitalismo Utópico, de Pierre Rosanvallon, para advertir que antes de su éxito, el neoliberalismo también fue una utopía.

El fútbol argentino hace tiempo que no vive de utopías. Dibuja sueños distópicos desde el “turbocapitalismo” del vaciamiento humano que es la televisión. Las plataformas televisivas americanas ya empiezan a ladrar alrededor del balón. Sabemos que cuando pase la guadaña regresará la vida robada, y el fútbol televisado iluminará las canchas vacías llenas de cartones con caras de un pasado que no termina de pasar. Paciencia: sabemos que si hay un sitio donde uno puede ser feliz, incluso sin un libro en la mano, es en un estadio de fútbol. La vida que no podemos vivir podemos soñarla. Soñar es otra manera de vivir, más libre, más bella, más auténtica. Soñemos. Cuando el fútbol regrese a los estadios coloquemos cartones de consenso, de tolerancia, de armonía: coloquemos cartones de hinchas de Racing entremezclados con hinchas de Independiente, de Boca con River, de Central con Newell´s: figuras de respeto, de vida, de paz. 

Empecemos por algo, empecemos por los cartones; por ese sueño imaginario de convivencia, de cordialidad, de civismo. Nos lo debemos. Empecemos por los cartones para saldar esa deuda infinita de la ética de la razón con nuestros menores, con nuestro padres, con nosotros mismos. Instalemos en los estadios la pedagogía sutil de los estoicos: el pensar por uno mismo, el pensar libremente. Educación para la ciudadanía como metáfora de una realidad perdida. En los espacios “barrabravas”, en la tribuna de los violentos, de los intolerantes, de los fanáticos, coloquemos cartones con el rostro de Bolsonaro, de Baby Etchecopar, de Trump, de Paul Singer, de Cambridge Analytic, de Matteo Salvini; cartones de Fox News, de Patricia Bullrich, de Dick Cheney, de Marie Le Pen, del húngaro Órban: rostros que fueron amamantados con el odio y destetados con la violencia. 

En la tribuna del “gallinero”, en el abismo de las espaldas del mundo, arrinconados, olvidados, en los asientos donde la televisión no llega y se hace la tonta -más todavía- coloquemos cartones de Snowden, de Ramona, de niños de Gaza jugando entre los escombros de siempre; cartones de la familia Maldonado, del barco de Open Arms, de Chelsea Manning, de Greta Thunberg; cartones de las Villas, de los obreros textiles de Bangladesh, cartones de Floyd, cartones de los desheredados del mundo, de los olvidados de cartón piedra; cartones del sonido ronco de los invisibles. 

En la tribuna de la Derecha, la del “turbocapitalismo”, coloquemos cartones de Macri e Infantino merendándose la Fundación FIFA; cartones de Cristine Lagarde, de Kristalina Georgieva, de Angela Merkel, de Faceboox, de Joseph Blatter, de Amazon; cartones de ExxonMobil, de la prensa “gaucha” dominante, de Warren Buffet, de la Bolsa de Chicago, del The Wall Street Journal; protegidos por los patrocinadores de siempre desde las vallas publicitarias del hambre: “Créditos sin condiciones en su entidad amiga: Fondo Monetario Internacional”; “Misiles 2×1 en su súper de confianza: El Pentágono”; “Ofertón, si tiene hambre llámenos: Banco Mundial, sucursal Davos-Suiza”. La suya es una libertad solo individual. La libertad de actuar como quieras, de decir lo que quieras, cuando quieras, a quien quieras. Eso no es libertad, eso es el twitter de Baby Etchecopar.

(*) Ex jugador de Vélez, y campeón Mundial Tokio 1979.



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Reforma comunicacional o disolución nacional



Es cada día más evidente que la pandemia ha llegado para trastornar al planeta, y todo indica que para quedarse un tiempo imprecisable. También parece evidente que el sistema económico mundial está colapsado y en vísperas de arrastrar al cementerio de las ideas a toda la imaginería política que imperó en el mundo hasta ahora.

Así, el panorama que se puede observar desde cualquier ventana se define ante todo por incertezas e inestabilidades. Guste o no, es lo que hay ante nuestros ojos, y entonces parece imperativo repensar, imaginar y encontrar respuestas no apocalíticas y, dentro de lo posible, esperanzadoras. Pero sinceras.

Por eso el título de esta nota, obviamente provocativo, pretende precisamente incitar a la reformulación de uno de los aspectos más degradados y arrasadores de la vida nacional: el sistema comunicacional, que en la Argentina es ya intolerable, y modificarlo y reencauzarlo es la verdadera llave del futuro de la democracia.

Parto de la hipótesis –y constatación– de que la comunicación, para el gobierno nacional, parece no existir como problema verdadero, grave y urgente. No es que el sistema de comunicación oficial vigente sea bueno o malo, mejor o peor. Es que no existe, en el sentido de que no hay reglas, y si las hay no se cumplen. Lo que equivale a una forma de anarquía inadmisible para una democracia moderna y en construcción como es la nuestra. Y que contrasta, además, con muchas medidas acertadas del gobierno actual, como el atinado manejo sanitario, la prudencia y parsimonia como estilo de construcción política, el espíritu no confrontativo, la vocación federal de la gestión (aunque sólo declamativa, algo es algo) y su firme confianza en el equilibrio de los tres poderes constitucionales. Es precisamente por todo eso que resulta urgente y necesario un cambio comunicacional de 180 grados.

Habemos muchos -­–decenas, centenares, acaso miles de comunicadores–- que venimos asombrándonos ante la falta de respuestas de un gobierno que tiene todo para enfrentar a éste, que es posiblemente el peor de los males que afectan hoy a la república: el desquicio comunicacional que abusa de un pueblo desvalido, acosándolo con mentiras, agresiones y la aparición sistemática del odio de clases.

Todo eso se puede -–y se debería, urgentemente–- morigerar y controlar con las armas que el gobierno del FdeT tiene: legitimidad, voto popular, urgencia por pacificar e integrar sectores sociales, necesidad de informar con verdad y seriedad, impulso al empleo y al desarrollo económico equilibrado, más todas las urgencias educacionales y de construcción de ciudadanía que la Argentina se plantea desde hace décadas.

Desde que en enero de 2002 fundamos El Manifiesto Argentino con Héctor Timerman y una veintena de compatriotas de casi todas las provincias, propusimos adoptar en la Argentina ciertos valores del sistema norteamericano de comunicación. Por ejemplo, el principio de que ningún conglomerado televisivo puede tener también radios y diarios, y viceversa. Así el New York Times o el Washington Post son solamente diarios, y así la CBS o la CNN son solamente servicios televisivos. Las leyes estadounidenses limitan claramente los monopolios comunicacionales. En la Argentina esos límites no existen.

En la actualidad, y en nuestra vida cotidiana, el sistema mediático local está alcanzando niveles disparatados extremos, y no sólo por la práctica constante del falseamiento (esta columna los bautizó hace años mentimedios), sino por el absurdo monopolio que ejercen y que ningún gobierno se atrevió a limitar seria y consistentemente, y cuando lo hizo, con la Ley de Medios, su aplicación fue tan tímida como errática, y así el macrismo la hizo trizas con un veloz decreto.

Y aunque ahora hay una incipiente cantidad de medios alternativos, libres de verdad y a cargo de comunicadores veraces, liberales en sentido clásico y con clara identidad democrática, tan cierto como eso es que su alcance es mínimo frente al macizo poder de la comunicación venenosa de las corporaciones que dominan todos los espectros en nuestro país y continente.

Está archicomprobado el temor fáctico de todos los gobiernos a ser acusados por “atacar la libertad de prensa, o de expresión”, sambenito que aterra a todos los gobernantes, incluso los mejor habidos, que parecen ver en esas acusaciones panfletarias y exageradas al demonio mismo a punto de someterlos. Casi sin excepciones, éste es el derrotero comunicacional que han seguido y siguen todo los gobiernos y medios, absurdo que llega al punto de que se ha naturalizado el hecho de que cuando hay 200 personas con banderas y en autos carísimos en una esquina, eso ya “es nota” y destacada para hablar de “libertades”. Una estupidez insostenible desde la razón, pero que se valida en cada expresión del fastidio porteño –anticuarentena y apañado por el macrista Larreta–- que jamás rejunta más que grupitos en la 9 de Julio o en Plaza de Mayo. Pobre comunicación social, además, si le asigna importancia a “movilizaciones” clasemedieras como la última, contra la reforma judicial, que fue patética: había más automóviles que gente. “¿A qué se le tiene miedo para darles esa importancia que no tienen?” fue la pregunta que formulé noches atrás en C5N y que motivó que un conocido periodista me sacara del aire en el acto.

Algo hay que hacer. La hora llegó hace rato. No es imposible cambiar este sistema, estas conductas. Por el camino de la Constitución, la Ley y la Justicia es perfectamente posible –­­y urgente y necesario– empezar a dar vuelta la taba. Sobre todo porque la sociedad argentina está madura a este respecto. Y no es tan difícil lo que hay que hacer. Está a la mano. Está en el corpus legal de nuestra república tener una política de comunicación oficial maciza y activa, respetuosa de todos los disensos pero no por eso temerosa.

Un gobierno que brinde la información con verdad y eficiencia tendrá llegada segura a todo el país, y no sólo a las audiencias porteñas, a las que hoy teme. Y además el apoyo al gobierno que se atreva a dar estos pasos será contundente. 



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Política o Nopolítica



Hace tiempo que se confirma que el Capitalismo tiende hacia el Estado de excepción. Lo que antes exigía el golpe militar clásico, ahora se desplaza y se condensa en un poder que constituye un conglomerado de corporaciones, grupos financieros y conexiones internacionales.

Este nuevo “Soberano” decide sobre la vida y la muerte de la población. Denomino con el neologismo “nopolítica” una modalidad donde la política ya no tiene punto de anclaje. Va hacia una deriva sin límites donde la relación con la verdad, la ética, los legados históricos quedan suspendidos sin necesidad de declarar el estado de sitio.

Las condiciones de posibilidad para estos dispositivos de poder exigen de una novedad. Esta novedad consiste en que la paranoia, el odio y la sospecha querellante que la acompaña (todos elementos constitutivos de la llamada personalidad) puedan transitar y crecer exponencialmente a través de los vínculos sociales. La tesis de Lacan: la paranoia es la personalidad y su fórmula definitiva, todo el mundo delira. Esto parece cristalizarse en un mundo donde cada vez más hay sujetos que más que demandar sus derechos democráticos piden que sus delirios sean reconocidos.

Si bien la paranoia y la ultraderecha no tienen el patrimonio original del odio y la paranoia, no obstante saben explotar estas dimensiones del ser hablante en una nueva economía de sentido. La ultraderecha actual renació convencida que lo que ellos llaman libertad está amenazada por un peligro terrible inventado por ellos mismos. La primera forma de este delirio “nopolítica ” fue Venezuela.

En países donde muchos de sus ciudadanos hubieran tenido serios problemas para señalar a Venezuela en el mapa, las derechas que antecedieron a la ultraderechas actuales esgrimieron de un modo eficaz que el país caribeño se había infiltrado en la nación europea a partir de algunos de sus representantes. De este modo Corbyn, Melenchòn, Podemos; no solo eran chavistas, sino que llevarían a sus naciones europeas a las condiciones de Venezuela.

 Si en la “guerra fría ” ya existían las fake news, éstas tenían aún una correlación con la lógica de la contienda. Lo de Venezuela fue un gran momento delirante de la Nopolítica. Por ello, está Nopolítica no puede valerse de cualquiera, exige que sus representantes participen de la paranoia y la “debilidad mental“. Entendiendo debilidad mental en un sentido Lacaniano, nada que ver con un déficit orgánico sino como una subjetividad flotante, sin ningún amarre a nada, si sujeción a la ética y de vocación transgresora y desinhibida. Por supuesto una de las posibilidades que inaugura está horrible pandemia con el crujir civilizatorio que la acompaña es que esta Nopolítica sea lo que termine ocupando el centro de la escena en la mundialización del nuevo estado de excepción propia del Capitalismo contemporáneo. Cuidar de lo político es ahora más que nunca un freno a la locura peligrosa. No hablamos del loco real que en una insondable decisión eligió ser libre más allá de toda apariencia, sino de la locura mala que ve en la vida solo un fondo disponible para sus maquinaciones.



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