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¡Schastia v Nóvom Godú! | ¡Feliz año nuevo! 



Cuarenteñevskys; aisladitovich de mi corazónovich; contentuskis y alborozadovichs con la nueva ley (“Interrupcionóvich Voluntarioshka del Embarazovsky”, más conocida por su nom de guerre: “Abortóv Legalsky” —que jamás debió ser un delito, perdonen la intromisión de mi opinión personal—); angustroikes porque ya van muchos días de convivencia con quien no se quiere, con quien se quiere pero no tanto, o con la soledad; jubilenkos y jubilenkas que ojalá recuperen lo que les afanarienko en el plan cuatrienal del equípovich mas siniestroff de los últimos cincuenta añovich; adolesuvskys que ya no saben qué hacer para calmar a sus patrenkos y matrenkas; infantenkos preparados para sumergir en detergente lo que les traigan los Reyes Maguinskys… Payaltsvo (“disculpen”) que les hable en “rusoliche”: todavía no me tocó darme la vacuna, pero parece que ya me está haciendo efecto… ¿o será la sidrita con la que brindé? ¿O los ocho manjares con los que la acompañé? Vaya uno a saber… En todo caso:

¡Feliz año nuevo! o, como se dice en ruso:

¡Schastia v Nóvom Godú! (Gracias, Gugl).

Pido disculpas, queridas lectoros, por las complicaciones que les pudiera haber traído la lectura del párrafo anterior, pero piensen que tuvieron suerte: un par de copas más, y hubiera escrito directamente en alfabeto cirílico, que no sé si ustedes dominan, pero puedo asegurarles que yo no.

Lo que pasa es que la gente a veces hace cosas muy locas, como:

*escribir en idiomas que no sabe

*usar palabras aun ignorando lo que quieren decir

*repetir lo que ignoran otros para reafirmar el concepto

*hablar de un tema como si fueran especialistas doctorados, pero utilizando la info de una revista que su peluquero/a conserva desde los ’70 en la sala de espera

*no jerarquizar bien los hechos y equiparar una palabra poco afortunada con un terremoto

*confundir a la COVID con una gripecinha

*preocuparse por la vida después de la muerte o antes del nacimiento (donde no sabemos si hay vida o no), pero descuidar lo que nos pasa después de nacer y antes de morirnos (donde hay vida seguro)

*salir sin barbijo (o similar) a arriesgar su propia vida y la de sus semejantes en nombre de causas trascendentes o fútiles (la COVID no hace diferencias: es un virus, no un filósofo)

*tomar sidra antes de escribir una columna

*comer de más

*seguir comiendo de más

…y tantas otras absurdancias.

Por supuesto que no todas las cosas locas recién enumeradas tienen las mismas consecuencias ni el mismo peso singular o colectivo, pero ahí están, son las que surgieron de manera “aleatóriavich” en esta noche.

Si todo esto le parece una locura, piense, lector, cómo le habría caído si hace justo un año, el 31 de diciembre de 2019, le decían que durante el año siguiente iba a estar varios meses encerrade en su casa, no necesariamente de luna de miel prolongada; que iba a salir a la calle cual Eternauta; que un abrazo o una cerveza compartida se transformarían en una emboscada viral; y que, al final de ese año, iba a estar con la esperanza puesta en una vacuna, rusa o china o inglesa o cordobesa, usted elige.

Raro, este fin de año.

Aliviante, porque se vienen las vacunas; porque la IVE recién legalizada es, como dijo nuestro presidente, “un tema de salud pública” y no un delito ni un oprobio; porque nos hablan de crecimiento, producción y trabajo, y no de luces al final del túnel ni de segundos semestres.

Preocupante, porque queda muuucho por hacer, por reparar, por construir, y porque parece que como sociedad nos resulta muy difícil cuidarnos, y que más allá de los validísimos motivos singulares o colectivos, COVID sigue mandando en la calle.

Brindo con usted, con ustad y con ustod; no puedo dejar de divertirme con la cantidad de mitos, ritos y leyendas que surgen a partir de la “vacuna rusa”, la Sputnik V. Y fijesé: “Sputnik” quiere decir “compañero (de viaje)”, así que “Sputnik V” quiere decir “compañero de viaje que hace la V”.

Quizás podamos relajarnos un poco, y cantar, al ritmo de Sandro:

Rusa, rusa, la vacuna rusa,/ miente quien la acusa/ no hay que ser ilusa/ usá tu cucuzza/ ponete la rusa/ no seas gil.

O como cantaría Leonardo Favio:

Cuando llegue el COVID/ tendrán miles de excusas /

O quizás, simplemente,/ compren vacunas rusas.

¡Salud!

Recomiendo acompañar esta nota con el video “Por
fin” (interpretado por el Coro de Cosacos Vacunadores de Balvanera), del dúo RS
Positivo (Rudy-Sanz), ubicable en el canal de YouTube de los autores. 



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Dos mil veinte, cambalache  | Todo tiene un final; el año, también 



Cuarentañeros; distanciados pero no enojados; aisladites de mi tricúspide; aguinaldecidos de la tierra; menospudientes, precarizades, vulnerablos y vulnerablas; afashionades; sudacas y nordacas; agrietades de tanta melancolía; carablandas; gemínidos, úrsidos, asteroidas; caídos del imperio romano; sacerdotos del agnosticismo; vegetaurinos; ovolácteas; trilobites del Paleozoico; desencajados; rompedores de axiomas, excepciones de reglas; meritocrotos: es con ustedes, con ustedus.

Ahí vamos, lector, rumbo al 2021 sin excusas.

Solamente nos separan cinco días inexorables, en los que seguramente desearemos que el año que viene se cumplan nuestros nuevos deseos, más todos los que quedaron postergados del 2020 “pandemis causa”. Más todos los del 2019 (menos uno, que sí, se cumplió el 10 de diciembre de ese año), más los del 2018, 2017, 2016 y… cada une sabrá cuántos deseos hay “en la cola” para ser cumplidos, remitentes a otros tiempos, a otras edades e, incluso, a otras generaciones.

Quién le dice, capaz que se cumplen en el 2021. Como en el 2004, por ejemplo, cuando se cumplió uno que estaba pendiente desde 1983: ese de bajar los cuadros de los genocidas (cierto que no fue Papá Noel ni los Reyes Magos, pero se cumplió).

Cuando la ocasión es propicia, o cuando se impone proponer algún deseo, suelo desear que no perdamos la capacidad de desear y agrego: “ni singular, ni colectivamente”.

Disculpen si estoy medio freudiano en estas últimas décadas, pero creo que el deseo es lo que de alguna manera nos mantiene en este planeta, inspirando y exhalando. El deseo es la falta (en el sentido de “me hace falta, quiero”), el aliento mínimo, vital y móvil que nos lleva a circular por ahí, gateando, caminando, corriendo o con un bastón, pero por ahí.

Parte del problema de los deseos, tengo que decirlo, es que suelen ser contradictorios. Y ni siquiera me refiero a contradicciones entre diferentes personas (el que compra quiere que baje el precio; el que vende, que suba), o entre mi deseo de comer asado y el del novillo, de seguir biológicamente activo; sino al de uno con uno mismo:

* “Quiero comer choripán” versus “quiero bajar de peso”.

* “Quiero tomar una cerveza con mis amigues en un bar” versus “quiero seguir sanito” versus “anda el covid por ahí”.

* “Quiero que me vaya mejor en la vida” versus “quiero que me vaya mejor que a mi vecino en la vida, aunque a los dos nos vaya peor”.

* “Quiero no estar en Venezuela” versus “no estoy en Venezuela, entonces mi deseo pierde sentido”.

* “Quiero que al país le vaya mejor” versus “me encanta votar a los que ya les va mejor, aunque eso haga que a mí me vaya peor, porque por un minuto me creo parte de ellos, hasta que me escupen”.

* “Etcétera” versus “etcétere”.

En esto de los deseos, un factor importante es la correspondencia. No me refiero, obviamente a la epistolar, sino, digamos, al “encaje” necesario para que la cosa funcione. Los deseos tienen que ser correspondientes, no idénticos. Por ejemplo, si Juan ama a Laura y Laura ama a Juan, tal vez la cosa funcione, al menos en los libros de lectura de la escuela, pero si Juan ama a Laura y Laura ama a Laura (siendo la misma Laura, además), la cosa se complica.

A otro nivel, más colectivo, pasa algo parecido: nos decían, hace un par de años, que era de buena gente desear que al gobierno le fuera bien.

Y nos consideramos buena gente.

Pero si el gobierno de aquel entonces deseaba que a nosotros nos fuera mal, desear que al gobierno le fuera bien era desear que a nosotros nos fuera mal.

Y era demasiado.

Entonces, lectore, aclarado o no el tema, nos queda desearle, para este año que ya viene, que mantenga su capacidad de desear.

Habrá notado el lector perspicaz (o sea, todes) que no he hecho en esta nota ningún comentario sobre la actualidad política nacional. Ocurre que, hace unos pocos días, el viernes 18, en La Plata, dijeron y mostraron todo lo que yo hubiera querido decir.

Y muuucho mejor.

Sugiero, para terminar el año con humor, acompañar esta nota con el show Especial de Navidad de RS Positivo (Rudy-Sanz) y amigues, que se puede ver en el canal de Youtube de los autores:



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Las metáforas del adiós | Distintos modos de ser maradoneano



 

Me pasó algo raro durante la despedida a Diego. Odio los velorios y los entierros (incluyo los de mi propia familia) pero algo me empujó a ir a la Plaza. No me interesaba llegar a tocar el cajón, porque considero que ya no hay nada de Diego allí. Tampoco creo en el más allá ni en el alma, y siempre me parecieron inútiles los homenajes post mortem, porque el “homenajeado” nunca se enterará de las lágrimas de Goyco ni de la carta de Macrón ni del mural en la casa de Doña Tota. Es cruel, pero es así, al menos para un agnóstico como yo (si me preguntan digo que sí, que preferiría creer que todo eso existe, y que Diego nos está mirando e incluso, atendiendo a su condición de Dios, está leyendo esto). Como se imaginarán, soy reactivo también a todas las metáforas del adiós, especialmente esas que insisten en imaginar a Maradona en el cielo comiéndose un asado con sus viejos o fumándose un habano con Fidel Castro (si Fidel supiera de semejante atentado a su fe en el materialismo ateo se revolvería en su tumba).

Pero fui. Supongo que lo hice para sentirme parte de un ritual colectivo, para referenciarme en ese amor que casi todo el pueblo argentino, salvo los gorilas más recalcitrantes, siente por su máximo ídolo popular. Al ofrendar ese sentimiento también estábamos despidiendo algo de nosotros mismos.

Llegué a las 11 de la mañana e intenté sumarme a la fila, que por entonces llegaba casi hasta Constitución. Pero a la hora y media desistí porque supe que jamás llegaría a entrar a la Casa Rosada. No me la banqué. Como buen posibilista, me pasé del otro lado de las vallas y pasé a formar parte de otra multitud, menos abigarrada, más fluctuante, que iba y venía por Bernardo de Irigoyen y después por Av de Mayo. En mi caso, en bicicleta. La mayoría caminando, sacando (y sacándose) fotos. Me convertí –o quizás asumí lo que siempre fui– más en un observador que en un protagonista de esa extraña ceremonia dionisíaca.

Éramos todos maradonianos. Pero del lado de las vallas “para allá” (desde mi perspectiva) estaban los maradonianos de la popu. No de la tribuna de ahora, sino de la popu de antes. Gente curtida, bien de abajo, casi todos hombres, muchos en cuero, tatuados, pesados. Por decirlo de un modo tosco y directo: eran los “peronistas”, quizás muchos de ellos sin saberlo. De este lado habíamos quedado los de “¿izquierda?” (o los peronistas de izquierda, o los izquierdistas no gorilas, no sé bien dónde encuadrarme): gente más acostumbrada a leer la realidad que a sufrirla, tipos “consustanciados con las causas de las mayorías populares”, pero siempre desde un prisma modelado por minorías. Quizás peque de prejuicioso, es lo que percibía en mí y en quienes me rodeaban.

El amor a Maradona y el dolor por su muerte se me hacían igualmente genuinos en ambos sectores. Pero se manifestaban de manera diferente. En nuestros ojos había lágrimas y estábamos atados a una suerte de silencio reverencial. En los cuerpos de esa gente que se estaba comiendo horas de espera, después de venir desde lejos, había una extraña euforia, una necesidad de celebrar a Diego y de celebrarse en el aguante a su ídolo. Cantaban por Maradona, gritaban contra los ingleses, se burlaban de Pelé. Se parecían a Diego mucho más que nosotros.

Comprobé la diferencia a través de un ejemplo trivial, pero sintomático. En un momento quise comprarme una lata de cerveza. Como las que vendían los vendedores ambulantes ya no estaban suficientemente frías, tuve la opción de caminar una cuadra, ir a un supermercado chino y comprar la lata más helada que tenían. Ya de vuelta, mientras disfrutaba de mi cerveza, un chabón “del otro lado” llamó al vendedor y le preguntó: “¿Papá, está bien fría la birra?” El vendedor le contestó: “sí, bueno, está bastante fresca…, lo que pasa es que estamos desde temprano, viste…”. Cuando el chabón –en un brazo tatuado al Diego, en el otro el escudo de Deportivo Laferrere– escuchó eso, sin chequear la mercadería sacó del bolsillo un billete de 500 y le dijo: “dame cinco”. Agarró como pudo las latas y empezó a repartirlas entre los que estaban cerca, a sus eventuales compañeros, a quienes seguramente había conocido hacía unas horas.

Un rato después me fui. Pero todavía conmovido, o quizás más conmovido que antes, en lugar de enfilar para mi casa, me fui en bicicleta hasta Villa Fiorito. No sé qué fui a buscar allí. Hablé con alguna gente, me tomé un vino, presencié una pelea entre dos vecinos que se achacaban mutuamente mentir una cercanía con Maradona para aparecer en los medios.

Frente a lo que fue la casa familiar del ídolo había unos pibes cantando: “Che Diego, che Diego, che Diego/che Diego no lo pienses más/ andate a vivir a Malvinas/ las vamos a recuperar”.

La calle donde vivió Maradona está afaltada desde hace algunos años. Es un barrio pobre, pero no es una villa. O ya no lo es. Me gustó conocer a una señora que me reconoció: “yo viví siempre en este barrio, pero nunca lo conocí a Diego. Me hubiera gustado, pero la verdad es que nunca lo vi”. Le hice un comentario sobre el asfaltado de la calle, como queriendo decir algo que aludiera a alguna forma de “progreso” desde los tiempos de Maradona, y su respuesta fue contundente: “Sï, ahora tenemos asfalto, pero antes teníamos trabajo”.

Recorrí las calles con inevitables ojos de forastero, tanto que en cada hombre mayor que me cruzaba me parecía estar viendo a Don Diego. Un barrio donde todos se parecen a Don Diego, pensaba, y quería sacarme de encima esa mirada pequeño burguesa de la Capital, herida para colmo en su romanticismo cuando pasó primero un pibe y después otro, ¡con la camiseta de Cristiano Ronaldo!

Cuando salía de Fiorito por la calle Larrazabal para llegar al Camino de la Ribera que bordea al Riachuelo, pasé por una canchita con piso de cemento, lindante al centro barrial “Uniendo fuerzas”. Hubiese querido ver un potrero, una cancha de tierra, como aquellas en las que jugó Diego, pero se ve que la gente del lugar tiene otras prioridades, menos poéticas. Se ve que quieren que el potrero deje de ser potrero y se convierta en una cancha de verdad, parecida a aquellas en las que jugamos los que idealizamos los potreros.

Me llamó la atención que de los diez chicos que estaban jugando, había seis mujeres y cuatro varones.

 

Se cagaban a patadas sin reparos ni gentilezas de género. De repente vi a una petisita, morocha, trabar la pelota con fuerza y meter una pisada que hizo pasar de largo a un pibe más grandote. Me fui de Fiorito con una sonrisa que convivía con un nudo en la garganta, pensando que a Diego le hubiese gustado ver eso.        



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Diez días que vacunaron al mundo



Cuarenteñeres, aisladites, distanciadus, apapachantes, amuchaditis, apropincuéitors, contertúliex, peripatéticos, consortos, colegus, coincidentos, acercófilos, alejoides, consorcistas al borde de un ataque de nervios, mutualeños: se acerca el día.

¿Qué día se acerca? Bueno, si lo supiera, como me dijo una vez mi analista, estaría en Estocolmo recibiendo el premio Nobel y no aquí, escribiendo esta nota (o sea que es una suerte mi ignorancia, ya que disfruto escribiendo).

Que no sepa qué día se acerca, tiene, como corresponde a un buen texto con no mucho que decir, motivaciones complejas y raíces multidisciplinarias.

La realidad, como planteé hace ya siete días, es que estoy medio desorientado y totalmente desoccidentalizado. No tengo claro en qué día estoy viviendo. Porque hoy, 7 de noviembre, es el Día del Canillita. Pero además se celebran 103 años de la Revolución…

¿de Octubre?

Cierto es que estamos acostumbrados a segundos semestres que nunca llegan; a beneficios que “se van a ver en un par de años”, pero pasan las décadas y no se ven. También nos acostumbramos a que la Unión Soviética quede en Rusia; a que la gente se quiera volver de Venezuela sin haber ido; a que China sea el país comunista más capitalista que existe; a que si en Bolivia gana Evo, la OEA tenga derecho a denunciar un fraude, mientras que en las elecciones en Estados Unidos los votos se cuentan hasta que al presidente se le canten los maníes, o lo que en su defecto haya ahí mismísimo.

Lo de octubre/noviembre no era tan complicado: Rusia, antes de ser la URSS para volver a ser Rusia, se regía por el calendario juliano, que estaba 15 días atrasado respecto del nuestro. Esto le daba una gran ventaja: podía enterarse de qué número saldría en la quiniela la semana que viene, o quién iba a ganar la final de la Champions, o a cuánto iba a cotizar el morrón tipo vendedor.

Lenín decía que había que dar “dos pasos adelante, un paso atrás”, pero dio 15 pasos juntos e igualó los calendarios, así que ahora, si acá es 7 de noviembre, en Rusia es 7 de noviembre. En Estados Unidos, también, aunque algunos piensan que aún viven en la Edad Media -o en el Mesozoico, lo que facilite más la supremacía carapálida-.

Y acá estábamos…

…navegando en aguas blue, contadas con liqui, turistas y paralelas, esperando que la Corte Suprema acordara sobre el sentido de la existencia,

…dilemando (que es la forma intelectuosa de remar) en dulce de leche sobre las maneras de soportar la soledad en medio de tanta gente; o sobre cómo explicarle a la exitosa pareja que hemos armado con nosotros mismos que nos sentimos atraídos hacia otra persona, que no es un avatar ni un perfil que hemos creado para darnos celos, sino un ser de carne y bytes que nos espera en la otra punta de nuestro celular,

…preguntándonos si Mr Trump sabría que Pensilvania es un estado de la USA pero Venezuela no, por lo cual SÍ debe contar los votos de la primera y NO debe contar con el petróleo de la segunda,

…esperando que un iceberg del tamaño de Madrid encallase en las Georgias del Sur para que los apocalípticos de siempre le echasen la culpa a Cristina,

…dilucidando si estaba mal “que se murieran los que se tenían que morir”—como propuso el Maurificiente—, ya que “la gente vive demasiado”, como cantó Mme Lagardel en su particular versión de Mi noche triste (si hay una percanta que nos amuró, no tengan duda de que fue ella: logró lograr ese logro),

…alucinando con las últimas declaraciones de Lilitazepam y Halopichetol Compuesto respecto de una cosa que en verdad quería decir otra que en verdad viene a colación de una tercera, y así hasta el infinito y más allá.

Así estábamos acá y, de pronto, nos gritaron “¡Sputnik!”, y todos pusimos los barbijos en remojo.

Ya tenemos algo más con qué esperanzarnos, ilusionarnos, discutir, polemizar, seducir, dividirnos, potenciarnos, preguntarnos y, por ahora, quedarnos en casa, distanciarnos unos metros -incluso de nosotros mismos, si nos volvemos agobiantes- y cuidarnos mucho.

Hasta la que viene.

Sugiero acompañar esta nota con el video La vacuna roja, de RS Positivo (Rudy-Sanz), hallable en:



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Desoriente medio



Cuarenteñeros; aisladites de mi corazón ansioso; esperangustiados, adas y ades; esenciales y existenciales; padres, tutores o encargades que no mandan a sus niñes a contagiarse curricularmente; fóbiques de siempre que cada día se toman el trabajo creativo de imaginar algo nuevo a lo que temerle; dependientes de Histernet, esa que desaparece de pronto dejándonos calentites y vuelve como si no hubiera pasado nada; obsesives del mundo uníos que cuentan segundo a segundo cuánto falta para que aparezca una vacuna de origen alfacentaurino; insólites televidentes que miran azorades lo que ocurrió en Etcheverelandia cual remake berreta de Bonanza: todes y todus ustedis me acompañan, me acompasan y me acompotan.

Contarles que esta semana estoy medio confundido sería decirles una mentira a medias, o una verdad contada con Liqui, una afirmación blue. La realidad, que encima es la única verdad, fluctúa, cual brecha cambiaria, entre:

*la alegría porque Chile finalmente deconstituyó a Pinochet,

*la emoción en el recuerdo de Néstor Kirchner, a 10 años de que nos dejara tanto,

*las ganas de gritar y cantar y festejar en medio de la calle, como aquel inolvidable 27 de octubre de hace solo un año, cuando la Argentina, a votazo limpio, sepultaba al neoliberalismo zombi,

*la estupefacción cuando Lilitazepam, la exsubsecretaria de Asuntos Ansiolíticos, llama “mi presidente” a “nuestro” presidente,

*la injusticia cuando en el far north-east, acá nomás, en Entre Ríos, los “fake dueños” de La Ponderosa le gritan: “¡Ríndete y tendrás un juicio justo!” a les postergades de siempre,

*y el horror, el miedo, la incertidumbre nivel Esteban Bullrich cuando la Covid sigue enfermatando personas, y gran parte de las sociedades miran para otro lado. Y en ese otro lado también está la Covid; entonces se ponen el barbijo en los ojos, y pueden cantar “con el virus en la mano y Lagarde en el corazón, nos importa tres carajos si se muere otro millón”. Así de crueles, cruelos y crueles son las huestes que preparan.

Y los medios enfermónicos no ayudan: desayudan. Ponen el grito en el cielo sobre vacunas que aún no existen. Hablan en nombre de la libertad para proponer la esclavitud. Cuando dicen: “Está bien que abran los shoppings, porque va el que quiere ir”, no están considerando a los que trabajan allí y no pueden elegir entre el riesgo de la salud y la desocupación. Tratan de mostrar que “hay diferencias entre Alberto y Cristina, tanto como entre MM y HRL”, sin darse cuenta -o sabiéndolo perfectamente- que “tratar de hacer las cosas bien es difícil, y a veces surgen diferencias respecto de medidas, tiempos o maneras”, mientras que, cuando lo único que se busca es el negocio, la diferencia suele girar acerca de quién se queda con el cacho de torta más grande.

(Pequeña asociación libre, en esta nota ya desorientada: en un concurso internacional, la chocotorta ha sido distinguida como “el postre más rico del mundo”. Me asombra que haya un resultado que coincida con mi propio criterio, y felicito a la susodicha, con quien espero tener un encuentro muy cercano a la brevedad).

Volviendo a los medios. La manera como trataron esta semana la carta que nuestra vicepresidenta le envió a nuestro presidente -un texto que denota respeto, cariño y apoyo a su gestión- es un notorio ejemplo del confusionismo predominante.

Se habla de crítica, distancia, “carta documento”, pedido de cambio en el gabinete. ¿Podemos pensar, honestamente, conociendo a nuestras autoridades, que cualquiera de estas cosas se haría en forma pública, y no en un diálogo “a puertas cerradas”?

¡Pod favod!

*Son los mismos medios que, como dice un viejo chiste, al día siguiente que Cristo caminara sobre las aguas, titularían “Jesús no sabe nadar”.

*Son los que, cuando Moisés abrió en dos el mar Rojo, hubieran titulado: “Con una maniobra demagógica y populista, Moisés dejó sin agua a sus propios seguidores”.

*Los que, cuando David derrotó al gigante Goliat con su honda, hubieran titulado, a cuerpo catástrofe: “¡Fraude, fraude!”, e incitado a una marcha para que la Justicia encerrase a David y le dieran los puntos a Goliat.

*Los que, si en una carrera entre Alberto y Macri ganara Alberto, titularían: “El republicano llegó segundo, mientras que el K llegó anteúltimo”.

Eses sen les que nes desorienten, o algo asá.

Sugiero acompañar esta columna con el video El fogón de los viejos hippies. Parte 2, de RS Positivo (Rudy-Sanz).

Podrán disfrutar de este y otros videos del dúo, suscribirse y recibir las novedades, e incluso participar de la taquilla virtual en:



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¿Dónde está la República?



La Argentina, lamentablemente (a no dudarlo), está atravesada por una profunda grieta.

Antes de avanzar, creo que corresponde, en primer lugar, hacer algunas aclaraciones, por así decirlo, morfológicas. Me refiero a que sería un reduccionismo grave pensar que la grieta remite a una frontera política o ideológica que separa al llamado “kirchnerismo” del resto del tejido político nacional. También sería erróneo pensar que la grieta invita a ver las cosas como determinada por dos mundos: oficialismo y oposición.

Yo quisiera, por lo menos en estos primeros párrafos, darle la razón al sector del cual me siento más alejado en lo ideológico. Me refiero a aquellos “pensadores” que representan al sector que nos gobernó entre 2015/2019. Sí, tienen razón en la descripción o la mera invocación de aquel concepto que para ellos refleja el lugar de la grieta o ruptura: la República.

Cuando se manifiestan algunos empresarios, exministros, algunos filósofos, un sector del periodismo y otros personajes auto-identificados con ser, hoy día, opositores, es común observar o escuchar la designación ilustrativa del “ellos y nosotros” como referida al respeto a los valores republicanos.

Yo creo que tienen razón y debo expresar un reconocimiento: por fin se ha identificado una razón trascendente, casi dramática, para la justificación de esa grieta y del abismo moral que impide a unos y otros cruzar de lado y mezclarse con el resto sin más ni más. Por lo menos yo así lo entiendo.

Quien no crea en la República no puede estar del lado de los que hacen del modelo repúblicano una especie de ética de la vida en sociedad.

En eso estamos de acuerdo. La cuestión es definir en qué lugar de esa grieta se encuentra la defensa genuina de ese valor republicano. Veamos.

De un lado están quienes para elegir miembros de la Corte Suprema establecieron uno de los modelos más participativos, transparentes y democráticos que recuerde nuestra historia institucional. Del otro lado están quienes cuando fueron gobierno intentaron designar a dos miembros por la vía de un drecreto del Poder Ejecutivo. ¿Dónde estará la República? ¿De qué lado?

Los criterios de búsqueda pueden continuar. De un lado de la grieta también estan quienes montaron un sistema de conexiones clandestinas entre servicios de inteligencia interna, algunos jueces y fiscales, algunos medios de comunicación (destinados a blanquear información falsa o verdadera pero obtenida ilícitamente) y algunas y algunos legisladores oficialistas que confesaron contar con información de contrainteligencia, todo a efectos de dirigir la persecusión penal de un modo acorde a los intereses políticos coyunturales. Del otro lado está quienes, cumpliendo una promesa preelectoral destinaron con eficacia los primeros meses de gobierno a desmantelar los servicios de inteligencia a los cuales se los denominó “los sótanos de la democracia”. Nuevamente, me pregunto, ¿dónde estará la República?

Para seguir con los ejemplos. De un lado están aquellos que aprovecharon la coyuntura de las vacantes judiciales para designar en lugares clave, a dedo, a jueces amigos. En el sector opuesto están quienes cuando son gobierno proponen que las designaciones atraviese el virtuoso y claro camino constitucional sin excepciones. Y la República… ¿en que lugar se encontrará?

A veces conviene no dejarse llevar por aquellas voces que enseguida se llenan la boca con conceptos autolegitimantes y concentrarse en las acciones de cada uno de los sectores. Nuestra historia está llena de ejemplos de sujetos que se arroparon con discursos fraudulentos.

Hemos escuchado que: “las instituciones políticas no pueden ser improvisadas” y que “la República tiene una larga y dolorosa experiencia al respecto“, pero cuando uno repara que esa frase salió de la boca del dictador Onganía, a seis meses del golpe de Estado de 1966, entonces le damos otro valor a la expresión.

Videla al asumir no dudó en afirmar que: “El país transita por una de las etapas más difíciles de su historia. Colocado al borde de la disgregación, la intervención de las Fuerzas Armadas ha constituido la única alternativa posible, frente al deterioro provocado por el desgobierno, la corrupción y la complacencia”. Parece mentira, ¿no?

El mismo y tristemente célebre Uriburu, el 6 de septiembre de 1930, no dudó en decir que: “El gobierno provisorio interpreta el sentimiento unánime de la masa de opinión que le acompaña al agradecer en esta emergencia a la prensa seria del país el servicio que ha prestado a la causa de la República, al mantener latente por una propaganda patriótica y bien inspirada, el espíritu cívico de la Nación y provocar la reacción popular contra los desmanes de sus gobernantes”.

De ese lado estaban las palabras, pero la República estaba en la piel del pueblo perseguido.

Eso me recuerda que, en general, es díficil pensar que la República está donde no está el pueblo.

*Abogado y doctor en derecho.



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El salto de la Corte | El máximo tribunal se prueba el traje de monarca y avanza hacia la suma del poder público



El martes 29 de septiembre la Corte Suprema dictó un fallo sorpresivo y de alto impacto político, al admitir el tratamiento de un recurso extraordinario por salto de instancia promovido por los dos jueces más conocidos del momento (después del difunto sheriff de Comodoro Py). Me refiero a Leopoldo Bruglia y Pablo Bertuzzi, iconos de un republicanismo del siglo XXI aggiornado a los tiempos del big data y del absolutismo liberal del mercado.

Este recurso requiere la concurrencia de requisitos muy estrictos y específicos para su procedencia: notoria gravedad institucional, necesidad de solución definitiva y rápida del conflicto planteado, que el recurso sea el único remedio eficaz para proteger el derecho invocado y evitar “perjuicios de imposible o insuficiente reparación ulterior”.

Es una rareza en nuestro sistema porque –además– permite al litigante saltearse un tribunal dentro de la escalera jerárquica que hay que subir para llegar a la Corte Federal. Del Juzgado de Primera Instancia se pasa directamente al máximo Tribunal del país, a los efectos de que sea éste el revisor de la sentencia de grado, y no la Cámara de Apelaciones, a la que se le sustrae la causa por prestidigitación de los supremos.

Tal es así que su uso práctico tiene contados precedentes: no más de cinco ocasiones durante la década del ’90, todas ellas cuando el recurso era todavía una creación pretoriana (derivada de la práctica de los tribunales). La restante, y última, tuvo lugar después de su consagración legal (recepción en el Código), en 2013, no casualmente durante el segundo mandato de CFK. En esa oportunidad se discutía la constitucionalidad de una de las leyes de reforma del sistema judicial que la expresidenta había mandado al Congreso de la Nación: la que pretendía modificar las pautas de conformación del Consejo de la Magistratura, a saber, elección por voto popular de los y las consejeras.

En ese fallo, la Corte se encargó de fulminarla con el decreto supremo de inconstitucionalidad, en el marco de un recurso de este tipo planteado por el Colegio Público de Abogados de la Capital Federal, que pujaba por conservar el sitial que la Constitución de 1994 le aseguraba en las confortables poltronas del Consejo.

Con el fallo del martes 29 de septiembre sería la segunda vez en 23 años de vida democrática que los jueces supremos habilitan el tratamiento de un “per saltum”. En otro gobierno kirchnerista y cuando –como ayer– los intereses corporativos de la “familia judicial” están en peligro.

Cronología

Bruglia y Bertuzzi trabajaban en un Tribunal Oral Federal, un tribunal de juicio de instancia única (equivalente a grado o primera instancia), cuyas sentencias condenatorias o absolutorias son revisables de modo directo por la Cámara Federal de Casación Penal, revisión instrumentada para garantizar el principio de la “doble instancia” que constituye un derecho reconocido por la Convención Americana sobre Derechos Humanos, como componente esencial del Derecho a Garantías Judiciales previsto en su artículo 8º.

Entre los meses de abril y septiembre de 2018, Macri los trasladó a la Sala I de la Cámara Federal en lo Criminal y Correccional, tribunal de segunda instancia que interviene revisando las resoluciones adoptadas por los Juzgados Federales en lo Criminal y Correccional con asiento en la Ciudad de Buenos Aires. Es decir, los trasladó a un Tribunal con diversidad de materia y de jerarquía. Por decreto, previa recomendación del Consejo de la Magistratura, pero –y aquí está el núcleo del debate– sin el acuerdo del Senado.

Vamos a explicar dónde yace esa diversidad entre el tribunal de origen y el de destino.

En cuanto a la materia, si bien son dos tribunales con competencia penal (excluye lo civil, comercial, laboral o contencioso administrativo, por ejemplo), los Tribunales Orales Federales son los que terminan decidiendo si el acusado es culpable o inocente, si lo absuelven o lo condenan. Es el responsable del juicio oral, del debate, el que recibe parte de la prueba de la instancia anterior de instrucción, toma las declaraciones de testigos, los informes de peritos, escucha los alegatos y la palabra del acusado, y finalmente pronuncia su sentencia. Todos los vimos alguna vez en las películas de Hollywood, como aquella memorable escena de “Cuestión de Honor” (1992) en la que un joven abogado de la Marina de Guerra Norteamericana (Tom Cruise) provoca la confesión de un experimentado coronel (Jack Nicholson) y su participación en un crimen que compromete la responsabilidad de la fuerza.

En cambio, la Cámara Federal a la que fueron trasladados interviene siempre en una etapa procesal previa, la de investigación del delito, la instrucción probatoria y la resolución en torno al grado de sospecha suficiente para enjuiciar al acusado. Lo hace en todos los casos como tribunal de alzada o apelación de los Juzgados Federales de Primera Instancia en lo Criminal y Correccional. Son los que revisan los procesamientos y las prisiones preventivas, entre los actos más transcendentes de esa etapa procesal, vía recurso de apelación promovido por alguna de las partes.

La diferencia jerárquica entre un tribunal y el otro es fácilmente observable. Subrayo: el tribunal oral es un tribunal de grado (equivalente a primera instancia), sobre todo teniendo en cuenta que sus sentencias se revisan en la Cámara Federal de Casación Penal, que se constituye como alzada o segunda instancia de lo decidido por ellos. Por su parte, la Cámara Federal funciona como alzada o segunda instancia de los juzgados federales de grado (estos son en ese caso su primera instancia).

Judicialización de la política

El 30 de julio el Consejo de la Magistratura de la Nación (CM) expidió la resolución N° 183-2020. Declaró que los traslados dispuestos en relación a diez jueces federales (dos entre 2003 y 2015; ocho entre 2016 y 2019, entre los cuales están Bruglia, Bertuzzi y Castelli) no completaron “el procedimiento Constitucional previsto en el art. 99 inc. 4 de la Constitución Nacional conforme la jurisprudencia de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, así como a las Acordadas Nros. 4/2018 y 7/2018”. En función de ello, comunicaron al Poder Ejecutivo y a la Corte la decisión y les remitieron los antecedentes de los traslados en revisión.

La norma constitucional establece que la designación de los y las juezas parte de la iniciativa del Consejo de la Magistratura. Allí se hacen los concursos académicos, se elabora una terna vinculante que se somete a la consideración del Poder Ejecutivo y, finalmente, éste remite los pliegos de los y las candidatas al Senado quien deberá dar el acuerdo correspondiente. Es un sistema de controles recíprocos que garantiza la idoneidad y la independencia judicial, reduciendo los favoritismos y la discrecionalidad por parte del Ejecutivo.

A comienzos de septiembre el Senado citó a los y las magistradas para revisar los pliegos y darles, en su caso, el acuerdo constitucional. De los diez concurrieron siete. Hubo tres jinetes rebeldes que cabalgaron directo hacia los Tribunales y rápidamente abrieron el frente judicial: Bruglia, Bertuzzi y Castelli. Los dos primeros instalaron una acción de amparo en el fuero contencioso administrativo federal (con un pedido de medida cautelar), en la que cuestionan la validez de la resolución 183 del CM, llevando así la discusión al palacio de las togas y los mazos. Castelli hizo una jugada aparte, por el momento sin suerte. Los siete jueces y juezas que sí asistieron a la citación al día de hoy aguardan la decisión del Senado.

La jueza de primera instancia (María Alejandra Biotti) les rechazó la demanda con sólido despliegue argumental, sin necesidad de expedirse sobre la cautelar. Para ello, le bastó recurrir -esencialmente- a las acordadas 4 y 7 dictadas por la Corte como antesala de los traslados, que los jueces díscolos invocaron en su favor en un verdadero arte del contrasentido.

En ese sentido, la magistrada señaló que en la acordada 4 la Corte abandonó una posición que hasta ese momento había sido mayoritaria en la jurisprudencia del Tribunal, al apropiarse de la disidencia expresada por los jueces Belluscio y Petracchi en la causa “Del Valle Puppo” (fallos: 319:339), y expresamente vedó la posibilidad de sortear el acuerdo del Senado previsto en la Constitución Federal, acuerdo al que definió como “un correctivo a la facultad peligrosa y corruptora depositada en manos de un solo hombre, de distribuir empleos honoríficos y lucrativos de un orden elevado”.

A su vez, en relación a la acordada 7, citó una de las conclusiones del máximo Tribunal que más interesan para la adecuada solución del caso: “no es necesaria la instrumentación de un nuevo procedimiento de designación conforme las exigencias del artículo 99, inc. 4° de la Constitución Nacional, […] con relación al supuesto de traslado de magistrados federales para desempeñar funciones de la misma jerarquía dentro de la jurisdicción federal, con igual o similar competencia material, mediando consentimiento del magistrado respectivo”.

En el caso de estos “paladines de la República” no concurre ninguno de esos presupuestos, ya que los cargos de origen y de destino tenían distinta jerarquía y competencia material. Esta apreciación constituye el argumento decisivo que esgrime Biotti.

Contra esa sentencia los actores hicieron dos cosas en paralelo: apelaron para llegar a la Cámara y presentaron el “per saltum” directamente ante la Corte.

Respecto de la apelación, la Sala V de la Cámara de Apelaciones en lo Contencioso Administrativo Federal (con el voto de los jueces Jorge Alemany y Guillermo Treacy) se pronunció –en un primer momento– sobre la cautelar, rechazándola con fundamentos similares a los volcados en la sentencia de primera instancia. Remarcaron que no existía verosimilitud del derecho ni peligro en la demora, y que no habían sido traídos a juicio los destinatarios de la medida: el Senado de la Nación y el Poder Ejecutivo.

Cuando la Cámara se disponía a sentenciar sobre la cuestión de fondo la Corte la corrió de un empellón y le susurró por la espalda: “movete que de esto me ocupo yo; la guardiana máxima de La República entra en acción”. Para ese entonces el presidente Alberto Fernández ya había anulado los decretos de traslado firmados por Macri. Esta circunstancia le dio pie al máximo tribunal para justificar que el derecho invocado por Bertuzzi y Bruglia corría peligro de un perjuicio irreversible, y que había un claro interés público en juego, dando lugar a la admisión formal del recurso después –y a pesar de– advertir sobre su condición excepcional de procedencia. Conviene apuntar que el apuro en asumir el caso no tiene asidero, sobre todo si se advierte que la propia Corte acaba de conceder a “las víctimas” una licencia extraordinaria por 30 días.

En rigor de verdad, y más allá de los festejos de figuras prominentes de la oposición política, la Corte no dijo nada ni resolvió sobre el fondo del asunto. Para eso se tomaría un par de semanas más, adelantando en ese sentido que abreviaba los plazos de sustanciación del recurso, esto es, 48 horas para que el CM conteste el recurso y otras 48 para el Dictamen del Procurador Interino Eduardo Casal. Los plazos ordinarios del recurso son de cinco días hábiles. Sobre el cierre de esta nota el CM contestó el traslado pertinente solicitando el rechazo de la acción.

En el interín la Corte decidió suspender los efectos de la sentencia de la jueza Biotti, manteniendo a los jueces en sus cargos actuales hasta tanto sobrevenga su pronunciamiento de fondo sobre la legitimidad o constitucionalidad de los decretos de Macri. En otras palabras, les otorgó una medida cautelar de facto, sin sujeción alguna a los históricos recaudos que ese anticipo jurisdiccional tuvo siempre en nuestras leyes procesales (la verosimilitud en el derecho y el peligro en la demora, actualizados y ampliados en 2013 por la ley 26.854 de medidas cautelares). Curioso ejercicio creativo el de la Corte. Inédito.

En su voto individual por separado, el juez Carlos Rosenkrantz sentenció que había en el caso una “inusitada gravedad institucional”, porque existiría un importante número de jueces que estarían en la misma situación que “los recurrentes”, y que potencialmente podrían verse afectados por el mismo tipo de revisión sobre sus traslados.

Es un argumento amañado y engañoso. Si se convalidara el mecanismo de traslado por decreto (sin acuerdo del Senado), actualmente el presidente Fernández podría replicarlo a su antojo, moviendo jueces a dedo según su propia conveniencia y la de su partido. Y lo mismo podría hacer cualquier presidente constitucional en el futuro, con mucho mayor peligro para la “independencia judicial” y “la totalidad de los habitantes de la Nación” que el invocado por Rosenkratz para justificar su voto. Basta identificar quién es el presidente de la Corte, su legitimidad de origen, el perfil de clientes de su estudio antes de ser designado en el cargo por Macri, para saber a qué “habitantes” del país se refiere y cuál es su concepto de independencia judicial.

Catarata de mentiras

En una nota del diario La Nación del 17 de septiembre, el periodista Diego Cabot sostiene que las acordadas de la Corte Federal Nº 4 y 7 de 2018 autorizaron al Poder Ejecutivo de entonces a disponer los traslados de referencia, sin necesidad de cumplir con el procedimiento constitucional. Cierra su nota afirmando que si la Corte fallase contra la pretensión de los jueces “deberá borrar con tinta blanca lo que dijo en 2018 en la acordada 7 y pagará el costo de desdecirse cuando los vientos cambian”.

En declaraciones que hizo el mismo día del fallo en otro de los medios del grupo reafirmó esa idea apelando al folklore futbolístico: dijo que en aquél momento la Corte ya había definido el tema por 5 a 0.

Ambos señalamientos son falsos y confunden a la población.

Como lo demostraron los fallos de los tribunales inferiores hasta el momento, las acordadas de la Corte de 2018 establecen lo contrario a lo que afirma Cabot. Ese tipo de traslado (el de los jueces B y B) requiere necesariamente el acuerdo del Senado.

Sin perjuicio de esto, las acordadas son reglamentos internos de la Corte, de naturaleza administrativa, que se dictan para regular cuestiones que van desde la forma que deben respetar los litigantes en los escritos que le dirigen, hasta asuntos relacionados por la organización interna del Poder Judicial. No son leyes en sentido formal ni material. Tampoco surten los efectos de una sentencia del máximo tribunal, único supuesto en que ésta ejerce su competencia jurisdiccional, fallando en casos concretos sometidos a sus estrados por partes en litigio. Esos fallos, además, tienen fuerza de ley pero solo para las partes en litigio, lo que significa que no tienen efectos generales ni suplantan la voluntad de los otros poderes del Estado.

La acordada CSJN 4 de 2018 se dictó en el marco de la sanción de la Ley 27.307 de “Fortalecimiento de los Tribunales en lo Criminal Federal y de los Tribunales Orales en lo Penal Económico”, la cual transformó cinco Tribunales ordinarios (con competencia común, sobre determinados delitos) en Tribunales Federales (con competencias complejas ligadas a narcotráfico, graves violaciones a derechos humanos, corrupción, entre otras). La implementación de la ley exigía el traspaso de jueces y juezas. La Corte intervino en consulta de la Cámara Federal de Casación Penal y, en ese marco, emitió directrices sobre el procedimiento de designación y traslado de jueces federales de tribunales inferiores, supuestos que equiparó en términos del procedimiento que se requiere para su formalización.

Por su parte, la acordada 7 de 2018 tuvo su origen en una consulta del entonces ministro de Justicia y Derechos Humanos, Germán Garavano, en relación –precisamente- al propósito de trasladar por decreto –entre otros– a Bruglia y Bertuzzi. Evidentemente el resultado de la consulta no alteró sus planes iniciales.

Lo cierto es que existen más certezas que dudas en torno a que la Corte no tiene competencia para dictar acordadas de esa naturaleza y definir cuestiones tan sensibles como el traslado de jueces sin que exista un caso judicial que convoque su rol jurisdiccional. Más bien pareciera que se las sustrae al CM que sí las posee por mandato constitucional.

De hecho, para el momento en que se emitió la acordada 4 de 2018, el CM ya tenía un Reglamento específico para Traslado de Jueces, que no solo respeta el procedimiento constitucional sino que contempla recaudos formales adicionales (resolución 155 de 2000, luego actualizada por resolución 270 de 2019).

Por otro lado, se insistió mucho desde los medios hegemónicos para vincular la revisión de estos traslados con la vicepresidenta y con su necesidad de garantizarse impunidad en los procesos penales que la afectan. Lo que ocultan intencionalmente es que todas las causas contra CFK se encuentran en los Tribunales Orales de Juicio. Es decir que Bruglia y Bertuzzi –de permanecer en sus cargos en la Cámara Federal – ya no tienen ningún tipo de competencia sobre ellas. Lo paradójico es que tal vez podrían tenerla (o haberla tenido) en sus viejos cargos, a los cuales la oposición más furiosa se resiste a que vuelvan. Además, la anulación de sus traslados involucró a distintos poderes del Estado: empezó por el CM, siguió en el Senado y concluyó con decretos del presidente de la Nación.

Epílogo

El fallo de la Corte pareciera consolidar un proceso que comenzó en la última etapa del gobierno de CFK, de “progresiva regresividad” institucional del Tribunal de mayor jerarquía en la Argentina. Las acordadas 4 y 7 de 2018, el fallo “Bertuzzi” del 29 de septiembre, son hitos cada vez más acabados de una vocación de poder que erosiona las bases fundamentales de la democracia. Un poder decididamente contra-mayoritario que succiona cada vez más prerrogativas o facultades de los otros poderes del Estado. En silencio, en la comodidad de su palacio y fuera de todo escrutinio público, se prueba el ropaje del monarca: la suma de todos los poderes en uno solo.

En las próximas semanas la Corte Federal dictaría sentencia definitiva en el caso “Bertuzzi”. Si bien el pronóstico es reservado, existe un margen legal e institucional muy acotado para hacer lugar a la acción de amparo. Cabe preguntarse si, al día siguiente, esa noticia tendrá el mismo impacto y la misma repercusión que la que todavía estamos procesando.

*Abogado.



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Lo urgente y lo importante



Cuarenteñeres:

Quizá sea el momento para una reflexión (y unas cien flexiones). Empieza octubre, mes especialísimo, desde lo personal, y, hay que decirlo, desde la historia que compartimos los argentinos.

Octubre es el del 17 del ’45, es el del 27 de 2010, es el del 27 también, pero del 2019 (y el triunfazo de Alberto, Cristina, Axel, y -permítome opinar- la Argentina toda). El 12 de octubre de 1973, asumía su tercera presidencia el general Perón, cuyo cumpleaños es el 8 de octubre. El 12 de octubre de 1916 asumía Hipólito Yrigoyen, la democracia real debutaba en nuestra historia. El 9 de octubre de 1967 era asesinado el Che Guevara en Bolivia. Y un hecho de la Historia mundial, pero que nos marcó a todes: el 24 de octubre de 1917, la revolución soviética. Sí, ya sé que fue el 7 de noviembre, pero resulta que allá se basaban en otro calendario, 15 días atrasado (modificado luego de la Revolución), por lo cual, en noviembre (de acá) se hizo la revolución de octubre (de allá).

Una canción de mi adolescencia, “Octubre, mes de cambios”, de Roque Narvaja, decía: “Y es octubre quien manda en la calle,/ son los cambios que deben llegar”. Obviamente, se refería a cambios revolucionarios, progresistas; si quieren populistas. Eran cambios, no “sustituciones”, como se atreven, entre copa y copa, o entre pastillita y pastillita, a sugerir algunes miembres de “Juntos por el Caos”, los Campeones de la Injusticia, archivillanos.

¡Y qué bueno que haya empezado octubre! Porque septiembre se fue mal. Se fue con Quino, que nos dejó, eso sí, tanto. Tanto para pensar, tanto para reír.

Duros, estos tiempos de idas. Demasiadas personas se están volviendo queridos recuerdos. Quino, Marcos Mundstock, Jorge Schussheim, Tom Lupo, Fontova.

Todo eso eran los fines de los ’60, inicios de los ’70. En mi vida, un trecho clave en el que todo eso era lo cotidiano.

Y no hablo de épocas. Porque -discúlpeme, lectore-, quizás esto no sea políticamente correcto, pero no creo en las “épocas” y muuucho menos en los “fenómenos epocales”, palabra esta última de difícil digestión para mi pobre intestino lingüístico.

No creo en las épocas, porque me parece una falacia estadística para volver “universal” lo que en verdad les pasa a algunes poques. Hablar de época sería, a mi modo de ver, como “marcar agenda”, decidir qué es, o era, lo importante de uno u otro momento de la Historia.

Y, para mí, eso es una truchada. ¿Por qué? A ver, por ejemplo: mientras algunas personas luchan por conseguir un derecho, otras ese derecho ya lo tienen, otras no lo tienen pero tampoco les importa, otras están preocupadas por conseguir otro derecho, otras se movilizan para no perder otro derecho, otras hacen todo lo posible para que quienes tienen un derecho dejen de tenerlo o por conseguir otra cosa.

Entonces, ¿cuál de todos estos grupos de personas definirían “la época”? ¿Sería una época de lucha? ¿De desinterés? ¿De derrotas? ¿De utopías? Y… depende para quiénes.

Alguien podría decir: “Bueno, también es posible que todos esos grupos coincidan, ya no en el mismo país, ciudad o barrio, sino en el mismo edificio”. De hecho, puede ser que en un mismo piso, el departamento A esté viviendo una tragedia y el B una celebración, que en el C haya una ruptura y en el D un gran encuentro, que los del E celebren que estamos viviendo con un gobierno nacional y popular y los del F traten infructuosamente de conseguir pasajes para volver de Valenzuela, país en el que no están. Y que algunos vecinos se interesen por “el otro” y otres sean profundamente egoístas.

Pero volvamos a Quino. Y a su Mafalda, publicada entre 1964 y 1973. El mismo autor se sorprendió, hace unos años, de la permanencia de su personaje. No entendía por qué la gente lo sigue leyendo. La respuesta es casi obvia: porque sigue vigente.

Sigue habiendo Mafaldas que preguntan y Susanitas con cacerola, Manolitos que apuestan al negocio antes que a la vida, Libertades que esperan que termine la pandemia para llenar la plaza, Felipes en el diván, Miguelitos a los que “su” dedo les importa más que un edificio, y Guilles que, cuando hace calor, preguntan “¿Es pod el gobiedno, verdad?” -aunque la respuesta de Mafalda: “Es muy chico, todavía no aprendió a repartir culpas” no se pueda aplicar a quienes hoy portan ya varias décadas, como la tira de Quino-.

Sigue existiendo “el palito de abollar ideologías”, y uno puede salir del supermercado gritando “¡Sunescán, daluna, buso!”. Quizás Sartre haya escrito “el último pollo que comimos”, y ante las ofertas, ya no del almacén, pero sí de algunos bancos o empresas que nos llaman por teléfono para vendernos… nada, pero caro, y en cuotas, solamente podamos decir “grapcias”.

Y por supuesto, el neoliberalismo sabe muy bien, y lo usó todos los días, cómo decidir qué es lo urgente, para que no podamos meternos, de una vez por todas, con lo importante.

Sugiero acompañar esta nota con el video “redes y algoritmos” compuesto por RS Positivo (Rudy-Sanz). Está instalado en su canal de YouTube (al que, si gusta, puede suscribirse) y, para verlo, alcanza con hacer clic en este link:

Hasta la que viene.



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A Favor de la meritocracia, en contra del meritocaradurismo



La cuestión de la meritocracia retorna como discusión en nuestra sociedad y polariza posiciones, también, como si se tratara de un River–Boca. El actual presidente aludió hace poco a ella y diferentes referentes sociales desde el Papa a Batistuta emiten su opinión. Quienes se exasperan frente a cualquier cuestionamiento a la meritocracia, cuestionamientos que comparto, pretenden instalar una división entre los defensores de “la cultura del esfuerzo” (meritocracia) y los promotores del “facilismo”. No me identifico en esta nueva grieta que pretenden instalar. Por mi parte, bajo ciertas condiciones, apoyo la meritocracia, pero me opongo fuertemente al meritocaradurismo.

“Hay que ser caradura.” Es una frase popular que no hace más que señalar la capacidad de alguien de decir algo que en forma evidente para todos, es falso, fundamentalmente porque el que lo expresa es un contraejemplo de lo que enuncia. Pero lo dice igual, a viva voz, “suelto de cuerpo”, “sin que se le mueva un pelo”, sin que “se le caiga la cara de vergüenza” es decir: es un caradura.

Hace unos meses, el expresidente Macri, un defensor declarado de la meritocracia, hizo una demostración magistral de esta capacidad (el caradurismo), cuando en un foro, señaló que:

“Se está discutiendo cuando hablamos de integración, que es si queremos realmente y creemos que las sociedades progresan cuando son meritocráticas o queremos caer en el relativismo moral (…) nos quieren decir que todo da lo mismo: lo verdadero y lo falso, el rol del docente versus el alumno, los derechos del ciudadano y la víctima versus el delincuente, que todos tenemos derechos y ninguna obligación y buscan sistemáticamente destruir la cultura del trabajo y el respeto de la ley“.

La dicotomía que se intenta reforzar en el imaginario social sostiene que la meritocracia es la clave del desarrollo y el progreso y que el populismo (sea lo que sea que se quiera significar) destruye, porque alienta el facilismo, la pereza, la desidia. Porque se otorgan “derechos sin obligaciones”.

En el fondo, lo que parece cuestionarse desde esta posición de defensa dogmática de la meritocracia es precisamente la perspectiva de ampliación de derechos, que efectivamente, por ser derechos humanos y mal que le pese a muchos, incluyen a todos, sin distinciones.

De ninguna manera hay que aceptar que los derechos implican facilismo, dejadez, desidia. Todos los ciudadanos, precisamente porque tenemos derechos (todavía de manera imperfecta y desigual), somos responsables de nuestras vidas y responsables frente a nosotros mismos y frente a la sociedad. De ninguna manera el derecho del delincuente es sinónimo de impunidad, el derecho del estudiante lo exime del esfuerzo de estudiar, el derecho del trabajador lo habilita a la pereza. En todo caso, cuando algo de esto sucede, el problema son los procesos institucionales que lo permiten, de ninguna manera el problema es el derecho.

Quiero señalar que cuando defiendo una perspectiva de derechos, no me opongo a la meritocracia en lo que hace a su valoración del esfuerzo personal. Al contrario. Pero considero que solo en una sociedad suficientemente solidaria y cooperativa, que garantiza derechos para todos, es posible apelar a la meritocracia, porque se ocupó de que todos estén en iguales condiciones para competir y hacer méritos.

Cuando esas oportunidades no son iguales para todos. ¿De qué mérito estamos hablando? La meritocracia en sociedades desiguales como las nuestras, pasa a ser de esta manera, una mera justificación, coartada, legitimación de una sociedad injusta y una estrategia de quienes se han beneficiado históricamente de esa injusticia.

Por supuesto que hay miles de ejemplos en todo el mundo de personas de origen pobre que gracias a su esfuerzo, entre otras cuestiones, han alcanzado posiciones sociales destacables y desaeables. Así que Bati, quedate tranquilo, no fuiste un idiota, no es con vos la cosa. Es contra aquellos que desde un “meritocaradurismo” berreta siguen pretendiendo socavar la ampliación de derechos para defender sus privilegios.

*Investigador y docente de la Universidad Nacional de General Sarmiento.



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La responsabilidad popular de cada cual 



El campo popular alcanza su verdadera legitimidad cuando no sólo satisface demandas sociales de los sectores más vulnerables sino también si establece nuevas lógicas en la responsabilidad republicana. Lo popular y lo republicano no constituyen ámbitos separados; más bien, en su dinámica social, un gobierno popular también debe ser generador de Derecho e Institucionalidad. Siempre lo Popular y lo Republicano se encuentran en mutua reciprocidad. Es de ese modo que finalmente se constituye un legado histórico que luego se establecerá como una latencia que siempre puede retornar en la lucha por la igualdad y la justicia.

Entre los sentimientos que el neoliberalismo ha destruido está el de la vergüenza. La vergüenza es un velo que junto al pudor revelan que uno mismo no se encuentra dominado por los intereses más obscenos en el puro goce de acumular. Ya no es la acumulación de goce lo que rige actualmente, sino la compulsión de gozar acumulando y que los demás paguen con su sacrificio.

La cantidad de energúmenos desvergonzados que se pavonean en la escena del mundo practicando una impunidad ilimitada ya no constituyen solo un triunfo de las derechas sobre la democracia. Ahora son también el testimonio del comienzo del derrumbe de una civilización. La Política y la Ética nunca se recubren del todo, pero nunca habíamos llegado a este punto donde los dilemas éticos y políticos se encuentran tan cercanos.

Por ello, aunque se hable una y otra vez y se analicen desde distintas teorías la manipulación ejercida por las redes sociales, los chantajes mediáticos y todo lo que constituye a la agenda de las derechas ultraderechizadas, esto no exime la responsabilidad popular. El problema que se presenta en esta cuestión es el siguiente: dado que el Pueblo nunca es algo establecido de antemano y nunca tiene a priori una identidad definitiva, la clave pasa por su construcción política e histórica. Por ello, nunca se puede borrar en la constitución de un pueblo el rol central que tiene en ese proceso del devenir popular la responsabilidad de cada uno de los sujetos que formarán parte de su proyecto. Así como no se puede culpabilizar a las víctimas de la manipulación que ejercen las maquinaciones de las redes y no se debe culpabilizar a los destinatarios de la violencia sistémica de la alianza entre los poderes mediáticos y las derechas antidemocráticas, tampoco ya se puede eludir la responsabilidad de la existencia singular en sus adhesiones políticas.

Es hora de qué la política abra un debate en el que exista la responsabilidad de cada uno y una y se tenga en consideración la problemática cuestión de su abordaje.

Si hay algo nuevo que el gran desastre de la pandemia ha introducido en la vida política es que no puede haber un proyecto transformador si el mismo no comienza por interrogarnos a nosotrxs mismos en la vida de cada unx por el deseo de comunidad que nos habita. En este punto crucial los célebres motivos de la manipulación no son suficientes. Insistir todo el tiempo con ello esconde de un modo implícito una claudicación: establecer que todos seremos tarde o temprano marionetas de un poder horrible. Así como las religiones históricas comenzaron con la entrega singular de cada unx hasta inventar sus propias correas simbólicas de transmisión, la política en medio del colapso debe poder mostrar y desplegar lo que insiste en cada unx como aquello que no puede manipular ningún sistema.



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