La cautela como herramienta | Comunicación pública de la ciencia 



La pandemia colocó a la ciencia y a la tecnología en un lugar central. Los discursos de políticos y funcionarios, pronto, se plagaron de referencias para con los científicos y, por ende, con los conocimientos que producían. Términos como “evidencia”; el hecho de que las investigaciones para tener “validez” debían ser publicadas en revistas académicas “revisadas por pares”; el asunto de que las vacunas deben cumplir con parámetros de “eficacia” y “seguridad”, y atravesar todos los “ensayos y fases” correspondientes; se tornaron conceptos e ideas que aterrizaron en las charlas de sobremesa de los argentinos. La ciencia, previamente relegada a un lugar de trofeo en una vitrina, se convirtió en política de gobierno. Nobleza obliga, aunque la pandemia no fue la única responsable en ello –pues ya existía una convicción en la gestión de Alberto Fernández de devolver la jerarquía a un sector que la había perdido durante la administración anterior– sí aceleró los tiempos. Y vaya que los aceleró: en la actualidad, una Ley de Financiamiento para el sector ya cuenta con media sanción en Diputados.

Los especialistas suelen afirmar que la pandemia implicó la puesta en marcha de un “laboratorio en tiempo real”. La sociedad, desacostumbrada a consultar sobre sus procesos, modos y prácticas, también supo que no todo resultaba tan sencillo. Que la ciencia, como fenómeno social y construcción cultural, está más acostumbrada a los fracasos que los éxitos. Que los cambios son moneda corriente, que las verdades son transitorias y no se acumulan sin tensiones. Que el barbijo no se recomienda, que luego sí; que la higiene de superficies es la clave, que en verdad lo principal es ventilar los espacios; que tal medicamento puede funcionar, que luego comprobaron que no así que no comprar por adelantado.

La ciencia es una herramienta con la que los humanos pueden acceder a la comprensión de la realidad para luego intentar transformarla. Está unida a la cultura por intermedio de un cordón umbilical y es practicada por seres humanos que aciertan y erran. De aquí que, necesariamente, la comunicación pública de la ciencia en general y el periodismo científico en particular, deben practicarse de una manera calibrada. A la bendita rigurosidad, hay que combinarla con dosis de literatura –para retener la atención de las audiencias cada vez más diversificadas y exigentes–y de cautela. Si algo enseñó la comunicación en tiempos de pandemia, fue el don de la cautela: evitar los títulos rutilantes, chequear todo cuantas veces fuera necesario y conversar con fuentes que piensen distinto, que tengan trayectorias distintas y que lean libros distintos. Por supuesto que también hubo, hay y habrá espacio para aquellos comunicadores y periodistas que escogen no ser rigurosos, no apelar a la literatura y no ser cautelosos. De la misma manera que hay buenos y malos científicos, hay buenos y malos periodistas. Aquellos que anteceden su afán de “clics”, “likes” y “retweets”, sobre su responsabilidad ciudadana.

Mario Albornoz suele repetir una frase: “La ciudadanía requiere de mayor cultura científica y los científicos requieren de mayor cultura ciudadana”. ¿Qué quiere decir con ello? Que, en primer lugar, es vital que una mayor cantidad de personas pueda acceder a conocer el método científico. En segundo lugar, y esto quizás es lo más importante, que más allá de la autoridad que el discurso científico tenga en el espacio público, es imprescindible que los científicos –a través de sus acciones– jamás olviden el contexto del cual forman parte. Las acciones se hacen en un espacio y en un tiempo determinado. De otra manera, las prácticas científicas degeneran en cientificismo.

Desde mi perspectiva, para una comunicación pública de la ciencia más saludable y atenta a la ciudadanía, será fundamental el despliegue de un mensaje claro y, sobre todo, de una escucha atenta. De lo contrario, el peso de la comunicación sigue recostado sobre el emisor, cuando la parte más interesante del proceso es que quien escucha, seguramente, tiene algo interesante para decir después. Además, si la ciencia es una práctica de la cultura y si nos la pasamos diciendo que la ciencia “está en la vida cotidiana”, ¿por qué insistir en desautorizar otros discursos y observar de reojo, especialmente, aquellos que no parten desde el propio ámbito académico?

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La salud como fenómeno cultural y comunicacional | Comunicación y salud



Que la salud no es apenas falta de enfermedades o de afecciones, sino un estado de completo bienestar físico, mental y social lo dejó establecido conceptualmente la Organización Mundial de la Salud (OMS)  desde antes de la mitad del siglo pasado. Esto no significa que esa definición se plasme efectivamente, tampoco hoy, ni en la totalidad de los y las profesionales de la salud ni entre quienes tienen la responsabilidad de trazar los lineamientos de políticas públicas en la materia. El cambio de perspectiva exige pasar de un enfoque negativo (la ausencia de enfermedad) a uno positivo, vinculado con la calidad de vida y el bienestar de las personas.

A lo anterior habría que agregar que la salud no es un hecho puntual en la vida de las personas, sino una construcción en el contexto social y cultural. Porque, afirma también la OMS, “la salud se crea y se vive en el marco de la vida cotidiana, en los centros de enseñanza, de trabajo y de recreo. La salud es el resultado de los cuidados que cada uno dispensa a si mismo y a los demás, de la capacidad de tomar decisiones y controlar la vida propia y de asegurar que la sociedad en que uno vive ofrezca a todos sus miembros la posibilidad de gozar de un buen estado de salud” (OMS, Carta de Ottawa, 1986). 

Todo lo anterior permite afirmar también que la salud no puede pensarse en términos individuales, sino necesariamente colectivos. A lo que se puede unir que la salud es un concepto socialmente construido y, por la tanto, la cultura es el escenario desde el cual problematizar la cuestión.

¿Por qué lo anterior? Sencillamente porque, en tiempos contemporáneos de coronavirus y altísimo desarrollo de la industria de la comunicación, no se puede separar comunicación de salud y toda búsqueda de salud en términos integrales tiene que ser pensada comunitariamente, en el marco de la cultura y a partir de la comunicación.

Y así como educación y comunicación son como dos caras de una misma moneda, el sistema masivo de medios de comunicación con todo sus recursos tecnológicos, de estilos y formatos, es un soporte para formar opinión, pero también para sensibilizar y movilizar a la ciudadanía. Para bien o para mal, como ha quedado demostrado en el último tiempo en la Argentina y a raíz de la pandemia de la covid-19. Lo señaló Ginés González García, en su informe ante la Cámara de Diputados. “Hay un sistema de falsas noticias que erosiona permanentemente la confianza pública. Y sobre todo las verdades y evidencias que lo someten a uno a cosas tan duras como que lo acusan de asesino o de envenenar de los argentinos. Es una cosa descabellada pero genera quiebres en el ánimo colectivo”, dijo el Ministro de Salud de la Nación.

La promoción de la salud requiere la participación activa y consciente de la comunidad, es parte de un compromiso primero ético y, consecuentemente, de responsabilidad ciudadana de comunicadores y comunicadoras. Anteponer, como se ha hecho, objetivos políticos o sectoriales, alentando a la confusión y la desinformación, no debería ser una conducta compatible con la buena práctica del derecho a la comunicación. Esto sin obviar que también hay que exigir de parte de los responsables de las políticas públicas de salud, transparencia y claridad en el aporte de información pertinente que contribuya a la adecuada, fundada y libre toma de decisiones de la ciudadanía en la materia.

Una propuesta de comunicación pública para la salud además de informar adecuadamente, tiene que alcanzar la virtud de la persuadir, y esto solo se puede lograr si el punto de partida de los mensajes son las necesidades de cada una de las audiencias, en plural, y atendiendo a la segmentación de las mismas en base a preocupaciones y demandas particulares en función de las condiciones particulares (sociales, políticas, ambientales) de las comunidades constituidas en públicos.

Para las autoridades de salud y más allá de la información pública general, una adecuada campaña sanitaria exige también fomentar las comunicaciones interpersonales y el uso de los medios y recursos comunitarios. Porque esos espacios son fundamentales si atendemos, como se dijo antes, a que la cultura es el ámbito natural de construcción del concepto de salud en la vida cotidiana. El uso del barbijo o el distanciamiento social preventivo, para usar tan solo un ejemplo, no puede ser apenas una convicción personal. Este y otros comportamientos afines necesitan construirse como un valor y un logro colectivo, sentido y respaldado por el conjunto de la comunidad en su práctica cotidiana. En esto va la tarea de los espacios de participación y comunicación comunitaria en las campañas de salud.

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Placer y control | Debate sobre las redes



Las redes sociales ganan espacios como arena política. Jugaron un rol clave instalando agendas de debate necesarias, en ocasiones colocando temáticas que no estaban en los medios de comunicación tradicionales: #niunamenos y #aparicionconvidadesantiagomaldonado son ejemplos de temáticas traccionadas por la ciudadanía.
Pero también las redes son un espacio donde se mezclan imágenes personaalgoles, cumpleaños, recuerdos y afectos. Se presentan como supuestos espacios neutrales donde opinamos, compartimos miradas, mientras saludamos a una vieja amiga del secundario.
Esa cotidianeidad, ese estado permanente de intercambio, hace que se vuelvan invisibles. Que olvidemos por momentos que estamos usando las plataformas de empresas que responden a intereses políticos y económicos.
Estos escenarios del debate político actual son propiedad de empresas radicadas en Estados Unidos. Empresas que tienen el poder de establecer la censura previa y silenciar voces. Recientemente la temática tomó visibilidad cuando Twitter y Facebook bloquearon las cuentas del presidente estadounidense Donald Trump.
Claramente ese dirigente político representa un modelo del mundo autoritario, sin embargo, ¿son empresas las que pueden arrojarse la facultad de condicionar testimonios?
En ese sentido, el investigador Martín Becerra se preguntó: ¿pueden disponer compañías privadas como Facebook políticas de contenidos que afecten el debate público en temas de interés relevante (elecciones, por caso) a espaldas de los principios internacionales y de las leyes nacionales?
Es necesario remarcar que estas censuras no son situaciones aisladas. Otras voces con menos poder para defenderse fueron silenciadas.
Hace unos meses atrás, en Venezuela, Twitter bloqueó la cuenta del medio alternativo Alba TV. Pablo Kunich, integrante de Alba TV, aseguró que: “Estamos usando las redes sociales de manera inocente, pues son plataformas privadas y privativas. Es un llamado de alerta para los movimientos sociales, para las personas usuarias de que Twitter como las otras redes sociales, no son un campo libre. Esto ha pasado no solo en Venezuela sino en varios países donde Estados Unidos tiene intereses y conflictos”.
En el mismo camino de control del debate político, Twitter suspendió cuentas de dirigentes y de medios de comunicación vinculados al gobierno cubano. Según difundió la BBC, entre los perfiles desactivados, se encuentra el del diario Granma, la web Cubadebate, Radio Rebelde y el Canal Caribe.
Paralelamente hay otra censura invisible que se basa en el placer y el control. Mientras compartimos miles de datos personales, gustos y fotos. Estas cooperaciones reciben información, nos clasifican y determinan mediante algoritmos la información que recibiremos. A modo de ejemplo, en Google las publicaciones que se le presenten a un militante del colectivo LGTBIQ será distinta a la que reciba un católico ortodoxo. Las películas que nos ofrece Netflix, los amigos y amigas que visualicemos en Facebook están condicionadas por un algoritmo que inicialmente buscaba facilitar tus búsquedas pero termina condicionando lo que miramos.
¿Hacia dónde vamos? Si no se fortalecen los espacios alternativos de comunicación, si el Estado no defiende el derecho a la libertad de expresión, pareciera que vamos en camino hacia una democracia de corporaciones basada en el placer y el control.

* Licenciado en Comunicación social UNLZ. Docente de la UNRN



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Trump, víctima de la muralla digital | Un debate sobre derechos y soberanía en la red de redes



Tras los incidentes en el Capitolio y la suspensión de las cuentas de Donald Trump en Twitter, Facebook e Instagram, miles de seguidores del magnate migraron hacia Parler, una red social poco conocida pero que es furor entre los usuarios “anticorporaciones”.

La toma del recinto norteamericano ocurrió el 6 enero y, desde entonces, la batalla dejó el sombrero con cuernos en el perchero para llevar el conflicto a los medios digitales. Una semana más tarde, Amazon, Apple y Google bloquearon los accesos a la red alternativa, lo cual confirmó el poder que ejercen los ya no tan nuevos jinetes del Infocalipsis.

Jeff Bezos (Amazon), Mark Zuckerberg (Facebook, Instagram y WhatsApp), Jack Dorsey (Twitter) y el dúo Larry Page/Sergei Brin (Google) quieren administrar desde Silicon Valley los gobiernos y lo están logrando. Ocurre que Trump les mojó la oreja meses atrás al instruir a la Comisión Federal de Comunicaciones (FCC) para que regule su funcionamiento, además de intentar aplicar medidas antimonopólicas como ocurre en Europa.

Lo que está detrás de la batalla que protagoniza la supremacía blanca norteamericana adoradora de Trump, es paradójicamente la ausencia de reglas claras para garantizar los derechos fundamentales en materia de libertad de expresión.

Fue un error considerar Internet como una “bomba de libertad”, tal cual lo aseguró en Buenos Aires en 2005 el fallecido Antonio Pasquali. El resultado actual no es otro que un pedido urgente por poner límites a las plataformas y garantizar condiciones de igualdad en Internet, porque las “cajas negras” de los algoritmos tornaron romántica toda iniciativa tendiente a mejorar nuestras vidas, pensando que la circulación de información contribuye a hacer el bien.

Según estimaciones de medios norteamericanos, cerca de medio millón de estadounidenses abrieron una cuenta en la plataforma Parler del 6 al 9 de enero. En noviembre -luego de las elecciones presidenciales- unos dos millones de usuarios siguieron al mandatario republicano por las restricciones de Twitter.

Un dato importante: Google ya quitó del Play Store la aplicación de Parler, asegurando que en esa red se coordinaron los ataques al Capitolio. Y vale aclarar que la plataforma no sólo es territorio de los republicanos. También hay activistas de los movimientos “antifa” -que protesta contra el racismo- y otros grupos de jóvenes en Medio Oriente que la suelen utilizar para gambetear los controles ideológicos.

¿Qué es Parler? (“hablar”, en francés). Se trata de una red de microblogging creada en 2018 por dos egresados de la Universidad de Denver: John Matze y Jared Thompson, quienes aseguran mantener la “libertad de expresión” ante “la censura de las grandes compañías”. En general los contenidos no son removidos ni las cuentas bloqueadas, salvo en casos de pedofilia, entre otros delitos.

Los cruces de Trump comenzaron, luego de que las plataformas digitales fueran la columna vertebral de la campaña conservadora que lo llevó a la presidencia en 2016. En mayo de 2019 Jack Dorsey etiquetó a Trump como autor de un “contenido problemático”. El dueño de Twitter no quería convertirse en el idiota útil de 2015 que no cobró por sus servicios, a diferencia de Zuckerberg que sí lo hizo vendiendo perfiles de Facebook a los mercenarios virtuales de Cambridge Analytica.

En 2020 Trump recogió el guante y firmó una orden ejecutiva que instruyó a la Comisión Federal de Comunicaciones, a la Comisión Federal de Comercio y a diversas dependencias del Poder Ejecutivo a cambiar la normativa de mediados de los años 90, que le otorga inmunidad a los jugadores de Internet por considerarlos una suerte de “puerto seguro”.

No sabemos si Parler será una anécdota en la búsqueda de la “tierra prometida” para Trump y sus seguidores. Lo cierto es que ya nada puede hacerse en términos de garantizar la democracia informativa sin pedir permiso a los actuales mastodontes de la red, salvo que nos desconectemos.

Las democracias son rehenes de nuestra soberanía digital, esa que los usuarios de Internet cedimos hace rato cuando apretamos “aceptar” para entrar a WhatsApp, Google Maps, Tik-Tok o MercadoPago. Lo preocupante es que detrás de esa soberanía digital está la soberanía de los pueblos.

Y ese es un problema grave. Los principales jugadores de Internet, a diferencia de los medios del siglo XX, no estructuran su agenda en función de los títulos relevantes para el público. Están preocupados por generar necesidades constantes de consumo. Si los molestan saben que pueden inventar noticias y bajarle el pulgar al presidente más poderoso del mundo.

Trump quedó parado en la muralla que divide todo lo que fue de lo que será. Ya lo dijeron los Enanitos Verdes, mientras tanto el resto de los mortales seguimos inmersos en las bitácoras a las que nos llevan las plataformas.

* Periodistas y editores del medio digital no comercial PostPeriodismo



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Redes sociales: el agrupamiento del odio | La urgencia de una estrategia política de comunicación en internet



Las redes sociales han evolucionado tanto en los últimos años, que ya nadie duda de la influencia que tienen en la actividad económica, cultural, social, y especialmente política, de todo el mundo. Su poder radica en que, a diferencia de otros medios de comunicación, en éstas todos pueden expresarse libremente, incluso violando las restricciones establecidas en el derecho a la libertad de pensamiento y expresión.

Ellas constituyen una forma de comunicación distinta a la que permitían los medios masivos tradicionales, en los que existía un solo emisor y millones de receptores. Hasta finalizado el siglo XX, éramos receptores del mensaje sin posibilidad de que nuestros reclamos y opiniones pudieran ser escuchados. Hoy estamos frente a una circulación de información personal que estandariza las preferencias, las demandas, poniendo en lenguaje de algoritmos esas expresiones, empaquetándolas como si fuesen una mercancía que identifica intereses y demandas que llegan a los políticos y los formadores de opinión. En este proceso, el individuo se enajena de su condición y se convierte en un cúmulo simbólico de opiniones estandarizadas que son mediatizadas y recopiladas por quienes quieren influir de alguna manera u otra en la opinión pública.

Esta mediatización produce una individuación en la que se refuerza la divergencia de las identidades difuminando el sentido de lo colectivo propio de las sociedades de masas de mediados del siglo XX. Es así como se fortalecen los individuos en sus gustos, particularidades y consumos culturales en detrimento de las identidades colectivas, es así como en esta etapa emergen una variedad de ofertas de consumo que serán los cimientos de las sociedades hiper fragmentadas del futuro.

La explosión de internet y de las redes sociales intensificaron este proceso produciendo y reproduciendo guetos (Pariser, 2017) con capacidad de interacción, que se retroalimentan entre sí creando climas de opinión y grupos de intereses que muy poco se condicen con la realidad.

En estos microclimas lo falso es creíble y lo creíble es una herramienta para contradecir a otros guetos, es así como el odio crece y se retroalimenta amontonándose para compartir su representación del mundo. Frente a esta fragmentación, el sociólogo español, Manuel Castells nos recuerda que “aunque los medios de comunicación están interconectados a escala global, los programas y mensajes circulan en la red global, no estamos viviendo en una aldea global sino en chalecitos individuales, producidos a escala global y distribuidos localmente” (Castells, 1999).

El odio se desplaza, circula y es capitalizado por una minoría política que en connivencia con los grupos de poder influyen a través de las fake news y el manejo de las redes en estos guetos de opinión. De esta forma se genera un malestar social que luego traspasa al ámbito de lo público debilitando los ámbitos de discusión política, agrietándolos, construyendo antinomias debilitando el debate de ideas.

Las redes actúan como grandes imanes que atraen a los individuos para que encajen como una pieza de tetris en estos espacios virtuales de opinión. El gurú de la tecnología, Eli Pariser, denominó a este proceso «filtro burbuja» y lo entiende como “una selección personalizada de la información que recibe cada individuo que lo introduce en una burbuja adaptada a él para que se encuentre cómodo”.

El problema de estos espacios es que están condenados a involucionar ya que solo pueden generar intolerancia hacia el que piensa distinto porque no ven más allá del horizonte autoritario que su ideología les permite. Estos microgrupos de odio se sienten cognitivamente cómodos insultando y descalificando porque es el modo que encuentran para vehiculizar su rechazo a los proyectos populares ya que consideran que son la génesis de los males del siglo XXI.

Las redes aumentan la velocidad con que se expande el odio. Fuera de estos guetos hay heterogeneidad, dentro de ellos el algoritmo construyó un tapiz homogéneo que se retroalimenta endogámicamente. Si no pensamos de forma urgente políticas orientadas que garanticen los términos democráticos de discusión de lo público, los consensos serán un recuerdo del pasado como consecuencia de la multiplicidad de demandas de las sociedades fragmentadas.

* Licenciada en Ciencias Políticas e integrante de Agenda Argentina

** Magíster en Comunicación e integrante de Agenda Argentina



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Se sabe por tu boca | Gustos populares a través de la radio



“Yo no sé nada de este programa, ni siquiera entendí bien si es un programa de comidas, de historia de las comidas, de los alimentos, del hambre, ¿De qué es este programa?”, así comienza el relato la productora de contenidos radiales América Profunda-Asociación Civil Pura Semilla- y nos invita a escucharlo. Desde hace más de cinco meses, cada domingo estrenan un nuevo programa radial donde a través de diversas voces, sonidos, músicas y silencios nos traducen sabores y olores, nos comparten recetas y secretos de la cocina popular de nuestra América.

“Se sabe por tu boca” es una hora de historias de alimentos vinculados no sólo a recetas sino a la producción, la soberanía alimentaria, los componentes de cada alimento y su significado. “La comida es el lugar donde la identidad se mantiene, es la lucha y la resistencia por vivir ahí”, afirma una de las voces en el programa. En este sentido, la productora recupera tanto las luchas populares como los saberes populares en la cocina y en la producción de alimentos y los pone en tensión con el análisis científico. ¿Cuándo un alimento es nutritivo? ¿Quién o quiénes lo afirman? ¿Existe la cocina de autor? ¿A qué llamamos cocina popular? Los saberes y conocimientos son un eje central del contenido del programa. Se pueden escuchar voces de la ciencia como antropólogas, médicas y nutricionistas, y voces de mujeres y hombres con prácticas y saberes ancestrales sobre la tierra. Entre ellas nos encontramos con Galdis, productora de ajo, anís y cebolla de Calingasta, San Juan, quien nos cuenta que “la tierra, es algo necesario para la humanidad. Porque si no tuviéramos tierra, no tuviéramos qué comer. Porque de eso producimos el alimento para nosotros, para lo animales que también sacamos la comida de ahí. Para mí la tierra es algo importante. Yo como mujer lo veo así”.

Con diversos recursos sonoros, el programa nos propone descubrir de qué se trata lo que comemos y qué platos podemos preparar, de dónde obtenemos los alimentos y cómo dejar de lado la comida chatarra para reconciliarnos con prácticas ancestrales como cultivar y cocinar en casa. También nos abre las puertas para conocer temas musicales vinculados al programa y otros que nos hacen viajar a lo más profundo del ritual de la cocina.

El programa es un deleite y se ha extendido por más de 70 emisoras comunitarias, públicas y online del país. También se transmite cada semana por una radio de México, otra de Chile y 5 universitarias de nuestro continente.

Para América Profunda, la producción de contenidos desde y para las radios comunitarias es una dimensión fundamental de su sostenibilidad y es por ello que en cada programa participan algunas de ellas, como por ejemplo, FM El Brote de Villa Ciudad Parque Los Reartes de Córdoba. Además, las voces y sonidos fueron recolectados en viajes que las y los miembros de la productora realizaron por América Latina. Incluso, muchas de las voces son parte del recorrido de “Radio por Radio, el camino de las palabras”, un viaje realizado entre 2014 y 2015 por Juan y Sofía, en el que conocieron y colaboraron con 150 radios de 100 comunidades entre 16 provincias a lo largo de 9.000 kilómetros de la Argentina.

Desde la productora, Sofía nos invita a saborear este programa que asegura “es una gran comilona porque está lleno de voces que nos cuentan desde los distintos países de América”.

* CONICET-UNSJ



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La libertad de expresión y sus demonios | La multiplicación de discursos de odio



Libertad de expresión

Nunca suficientemente reiterado. En 1948, la Organización de la Naciones Unidas declaró a la libertad de expresión como derecho humano. El derecho implica deberes y responsabilidades, entre ellos proteger el orden público y la salud de los ciudadanos. Nadie, y mucho menos los trabajadores de la palabra, debería usar la libertad de expresión como argumento para engañar e incitar al odio y a la violencia. Quien lo hace, comete acciones ilegales.

Algo más.

La libertad de expresión suele confundirse con la libertad de prensa es decir, el derecho de los medios de comunicación (gráfica, radio, televisión, digitales) para investigar, informar y difundir informaciones sin censura previa. También, se ataca la libertad de prensa cuando se monopoliza el suministro de papel, las frecuencias radioeléctricas, las plataformas y herramientas para difundir información, lo cual impide la libre difusión de ideas y opiniones.

Lamentablemente, como expresó Georges Bernanos en 1943: “Los periodistas no debemos hacernos ilusiones sobre la eficacia de nuestra acción frente a los hipócritas que prosiguen su trabajo de corrupción en nombre de los mismos principios que nosotros defendemos… adoptando, según los principios del Mein Kampf, el nombre y la actitud que mejor favorecen sus intenciones”.

La cita no es casual.

La historia enseña que, detrás de actos como el penoso banderazo del pasado 9 de julio, hay planes destituyentes, profesionales de la calumnia y mentirosos seriales que reiteran los patrones de la propaganda nazi y usan la libertad de expresión y de prensa (como en la República de Weimar) para esparcir discursos de odio similares a los elaborados por Goebbels, para lograr el ascenso electoral de Hitler.

Durante el Reichstag, la propaganda nazi basaba su eficacia en la naturalización del resentimiento, la violencia, la represión y la discriminación. Ya en el poder, produjeron amables puestas de escena de campos de concentración (subtitulados en inglés) para embajadores extranjeros; en tanto perpetraban sus crímenes y servicios a la muerte.

En nombre de la libertad, demonios se buscan

Aunque atroz, el pasado permite observar que, ante las miradas de quienes conforman masa, el camión de exteriores de C5N asemeja un carro de asalto hostil a sus castillos y descubrir por qué hay sujetos capaces de perseguir y golpear a los trabajadores a gritos de “Demonio” y “Basta de ataques a la libertad de expresión”.

Sin duda, la mayor responsabilidad política corresponde a aquellos líderes que, en defensa de mezquinos intereses, teledirigen a los odiadores hacia la violencia y la violación de la cuarentena.

Tampoco sorprende que sus voceros, al enfrentar obvias contradicciones se justifiquen distribuyendo culpas y demonios. Todos reprimen. Todos mienten y espían, espiaron o espiaran.

“Ninguna de esas críticas aludirá a la violencia estructural” dice Daniel Feierstein en “Los dos demonios recargados”.

Jamás mencionarán paraísos fiscales, apropiación de tierras, vaciamiento de empresas u operaciones de prensa.

Sin embargo,la mayoría de los comunicadores creemos que, “como toda la ciudadanía, estamos sometidos al escrutinio público y a la ley. No tenemos privilegios. Y no toda crítica, por exagerada o injusta que sea, puede ser considerada como un ataque a la libertad de expresión”.

A casi un siglo de la Primera Gran Guerra, la espiral de los tiempos exhibe, al ritmo de las crisis del mundo global, la multiplicación de discursos de odio.

El reto es aceptar una única libertad de expresión humana, aquella queconstruye opinión pública libre, plural y solidaria.

De ello dependen las democracias y la supervivencia del planeta.

* Antropóloga. 



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LAS FAKE NEWS Y LA LEY DEL RUMOR  | Control ciudadano de la información



En tiempos de coronavirus, pandemia y encierro social junto a informaciones de funcionarios, investigadores y especialistas en los tradicionales medios de comunicación y en las diferentes redes sociales, también proliferan las noticias falsas o fake news.

Si bien el concepto de fake news ha tomado relevancia en el último tiempo, lo cierto es que las noticias falsas y los rumores han estado junto a nosotrxs hace siglos. También en el mundo empresarial hay variedad de casos en donde noticias falsas y rumores pusieron en crisis a empresas de todo tipo. A muchos consumidorxs nos han llegado cadenas de denuncias sobre productos de baja calidad o que directamente causan problemas de salud; el remedio ante dudas sobre productos alimenticios o de salud es el serio contralor de la ANMAT.

Gobiernos, medios de comunicación, entidades científicas de diversa naturaleza, empresas y ciudadanxs debemos entender que la posibilidad de irradiación de una fake news se encuentra determinada por la importancia y la ambigüedad de la noticia.

Gordon Allport y Leo Postman en su libro “Psicología del rumor” precisaron la ley del rumor. La fake news al igual que el rumor se esparcirán en tanto que la problemática a la que se refiere sea importante, haya falta de información sobre el tema o escasa rigurosidad en la que existe. Y que el desmentido del rumor o de la falsa noticia no sea convincente. Es decir que el rumor (la fake news) es semejante a importancia por ambigüedad.

En tiempos extraordinarios, inimaginados hace escasos meses, las posibilidades de rumores o noticias falsas que tengan por objetivo crear malestar o desánimo en la población es alto. Está en cada uno de nosotrxs, con la diversidad de labores y responsabilidades que tenemos, tener la disposición de ayudar a contrarrestar a los creadores y las creadoras de rumores y fake news.

Investigaciones cuali-cuantitativas que llevamos a cabo y similares estudios muestran que la opinión pública en general vive en paralelo el mundo virtual y la interacción cara a cara, y sigue viendo en los medios de comunicación, tradicionales emisores de mensajes y contenidos, la capacidad de poder y de establecer imaginarios sociales. No obstante ello y sin entrar a considerar el supuesto o no empoderamiento ciudadano, lo cierto es que poseemos más herramientas comunicacionales a nuestro alcance y está en nosotrxs el uso que hagamos.

Actualmente enfrentamos un incremento exponencial de información en comparación con años atrás, pero tenemos más posibilidades de efectuar controles sobre la veracidad de la información que nos afecta, a partir de las mismas redes sociales que nos proveen de información.

Los rumores, las noticias falsas concernientes al ámbito político, económico, social, cultural, empresarial son un fenómeno social que seguirá estando entre nosotrxs. Ambas se disfrazan conteniendo algún tipo de información que responde a intereses de la ciudadanía, por lo cual poner en evidencia su falsedad implica algún grado de compromiso en la búsqueda de certificar la información.

Lo mejor que nos puede pasar en nuestra exposición permanente a las redes sociales es que las convirtamos en un herramental que ponga en crisis la creación y propagación de rumores y fake news, haciendo realidad el empoderamiento ciudadano, o al menos un poder compensatorio.

* Profesor e investigador – CICEOP- FPyCS UNLP



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DERECHO A LA CONECTIVIDAD | La agenda postpandemia



La pandemia de la covid-19 ha puesto en blanco sobre negro muchas situaciones habitualmente relegadas en el escenario anterior al que denominamos “normalidad” y al que realmente no sabemos si habremos de volver alguna vez. Así como han aparecido recursos antes impensados y manifestaciones maravillosas de solidaridad en el compartir, también saltaron a la vista muchas limitaciones y restricciones que coartan posibilidades y, sobre todo, lesionan derechos legítimos ciudadanos.

Es así que la conectividad digital se impuso como parte de nueva normalidad pero ya no como una elección sino como una necesidad vinculada con la integración social, la vida cultural y las posibilidades económicas. La exclusión del mundo de internet y sus beneficios era de por sí y antes de la pandemia un modo de marginación, pero todo ello se profundizó con la llegada de la covid-19. Y la nueva realidad se precipitó sobre muchas personas y familias como un agravante más de la ya de por sí agobiante situación que provoca la difusión del virus y el aislamiento social obligatorio.

Solo entonces parte de la sociedad argentina comenzó a ver que a personas y familias enteras se les hizo sumamente engorroso acceder a los mecanismos digitales para registrar un pedido, hacer un reclamo, abrir una cuenta bancaria a distancia o solicitar un beneficio. Pero más allá de ello la cuarentena hizo que el consumo de bienes culturales y de información solo fuera viable mediante la conectividad digital y con el avance de los días y la generación de propuestas en línea, también el acceso quedó limitado para quienes no contaban o no cuentan con tales posibilidades.

Es verdad que como sucede en gran parte del mundo, la conectividad y el uso las redes sociales digitales ha ido creciendo de distintas maneras en nuestro país: mayor cantidad de usuarios, más variedad pero también y sobre todo, más interacción. No menos cierto es que la cultura de la conectividad impone condiciones hasta hace no mucho impensadas en la vida cotidiana de los pueblos y de las comunidades. Pero también genera nuevas formas de exclusión. Por todo ello es necesario reflexionar acerca del tema del acceso, del uso de Internet y de las redes desde la perspectiva del derecho a la comunicación y de la participación popular democrática de los actores populares en nuestro país.

La conectividad digital ha dejado de ser -desde hace mucho tiempo- un privilegio para convertirse en una necesidad para todas las personas y, por lo tanto, en un derecho que le concierne a la condición ciudadana. Porque está relacionado con la información y con la cultura, pero también con los servicios, con la posibilidad de acceder a las políticas públicas, a la educación, a la salud, para mencionar tan solo algunas.

Pero el derecho a la conectividad a internet no puede reducirse simplemente a la conexión física, que debe ser de calidad y económicamente asequible: es inseparable del desarrollo de capacidades y habilidades de las personas para el uso de la red de redes y la eliminación de las barreras que existen para su uso adecuado y útil. Por ello es preciso considerar que no se trata solamente de cuestiones tecnológicas, sino de pensar al mismo tiempo las formas de acceso y apropiación de los diferentes grupos sociales, atendiendo a las condiciones sociales, políticas y culturales particulares de cada uno de ellos.

Hoy la conectividad a internet es parte integral del derecho a la comunicación que debe ser considerado como un derecho humano fundamental. Y tal como lo hemos afirmado en otras ocasiones, tal derecho tiene que ser entendido como un derecho habilitante del conjunto de los derechos, como una puerta de acceso a la integralidad de los derechos políticos, económicos, sociales y culturales. Y le corresponde al Estado, mediante políticas públicas, asegurar las condiciones básicas para que tal derecho se haga efectivo, tanto en lo que hace a la conectividad física como a los procesos de capacitación para el desarrollo de habilidades para el uso de internet. Un tema más pero impostergable para incluir en la agenda de salida del Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio (ASPO).

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