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A 10 años de la muerte de Néstor Kirchner un suplemento especial de Página/12    | El PDF con todos los artículos 




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Poder popular | Lo que Néstor decía en serio y quería hacer



Desde hace una década escribo al menos una vez por año sobre Néstor Kirchner, y siempre es el contexto en el que la nota es escrita el que constituye la perspectiva de la memoria, la puesta en foco de su figura, el amplificador de lo que extrañamos, necesitamos y guardamos de Néstor. Fue el único gobernador del país, en 2001, en firmar al acta constitutiva del FRENAPO (Frente Nacional contra la Pobreza), que reclamaba ya entonces un ingreso universal para los más desprotegidos por la crisis, que muchos años después quedó enmarcado en al AUH, en 2009. Y sin embargo, en 2001, Santa Cruz quedaba muy lejos, él era reacio a los medios y no fue de los nombres más pronunciados entonces.

Cuando por cuestiones de trabajo debí reconstruir al menos gran parte de su vida política, y me encontré con el joven de anteojos de marco cuadrado y grueso que discutía con sus compañeros la militarización de la política; cuando lo vi enterarse del golpe la madrugada del 24 de marzo del 76, escuchando la radio con Chiche Labolita en una pensión en la que se habían refugiado con sus compañeras, Cristina Fernández y Gladis Dalessandro; cuando poco después discutió a gritos con Cristina porque se negaba a abandonar La Plata, pese al peligro, antes de recibirse, porque tenía la idea fija de ser gobernador de su provincia, y ella, que veía avanzar la dictadura con pies de plomo, le contestaba “¡Pero gobernador de qué querés ser!”, porque parecía que no iba a quedar nada, finalmente quedó un abogado que se afincó con su esposa en Río Gallegos.

Y no pasaron más de dos años cuando recomenzó la política en el Ateneo Juan Domingo Perón, que ambos fundaron entre otros. Se conservaron algunos videos y allí uno puede verlos, jóvenes, persistentes, empecinados, siempre, como dijo ella, con el tiqui tiqui de la política sobrevolando las escenas domésticas. En esa reconstrucción, lo que siempre me impactó fue la seriedad con la que Néstor se negaba a inscribirse en los términos “serios” para casi todo el arco de la política, en tanto generadora, antes que de otra cosa, de imágenes y eslóganes. La primera intendencia de su ciudad la ganó con una campaña que no incluía ninguna foto suya. Eran stickers con la dirección del municipio que los militantes pegaban casa por casa.

Para la primera candidatura a la gobernación, Cristina eligió una imprenta de Capital porque en Santa Cruz no había imprentas para formatos tan grandes. Ella, que era la que ya conocemos, puntillosa y perfeccionista de la imagen, llegó una tarde con la foto que se le reclamaba: era una foto de cumpleaños. Le pidieron una foto de estudio. Cristina les dijo que lo olvidaran, que Néstor jamás iría a un estudio fotográfico para eso.

Ese desdén por lo que se suponía que debía exhibir, y la insistencia en lo que él decidía exhibir, que era una diferencia, lo asimilamos muy rápido cuando en 2003 llegó a la Presidencia y comprobamos que no se trataba de los mocasines o el traje recto o cruzado, de la reducción del protocolo a su mínima expresión y de la necesidad física y psíquica de entrar en contacto con la gente. Era algo más, que todos sintonizamos en el discurso inaugural. Muchos podrían haber dicho cosas por el estilo. La diferencia era que Néstor las decía en serio y que estaba dispuesto a llevarlas a cabo. Que fue el primer presidente que tuvimos que había pertenecido a la “generación diezmada” y que otras voces venían cargadas en su voz, que había una deuda pendiente con los que habían quedado en el camino y que la “voluntad política”, que hasta Néstor era una expresión retórica, se convirtió en política de Estado.

Podría recordar muchas más cosas, pero como he dicho al principio, es el contexto el que cada año me marca por dónde recordarlo. Entonces vuelvo a la visita que hizo a 678 en el verano de 2010, y dirigiéndose sin mencionarlo a un sector que ahora está adentro del Frente de Todos pero entonces no, dijo que lo importante, lo más importante, era la construcción del poder popular. Que las conducciones podrían ir variando, pero que lo irrenunciable era ese objetivo porque ésa había sido siempre la diferencia: el tema no era llegar al poder, sino tener en claro para qué se quería llegar al él. Y no era para tener una Ferrari. No era para tener privilegios. No era para satisfacer su ego. No era para aferrarse a nada más que a la posibilidad de facilitar la construcción del poder popular.

Me gusta recordar esa escena porque no habíamos sido pródigos en cuadros políticos con objetivos que estuvieran más allá de sus intereses personales. Y creo que cuando deseó que florecieran mil flores pensó en flores de ese tipo: silvestres, perfumadas por intenciones de fondo que se reflejaban en sus formas. Néstor nos hizo amarlo con un amor que el tiempo no desgasta, porque si el mundo ha llegado a esta hecatombe, es por falta de ese tipo de cuadros políticos en todo el mundo. El neoliberalismo es un pacman que se ha comido a mucha gente prometedora. Néstor resultó inmune a los fuegos de artificio, quedó pegado en paredes de cuartos de adolescentes, quedó inmortal en su escafandra que lo mantuvo a salvo del aire tóxico del poder. Nunca olvidó para qué había llegado hasta allí. Y se entregó a esa pelea con cuerpo y alma, hasta que el corazón le dijo basta.

Fue único y valiente como ninguno antes. Lo que prometió en campaña y lo que hizo en su gobierno fue cumplido con creces. Y hoy más que entonces, de un modo mucho más apremiante que entonces, la construcción del poder popular es el horizonte que vemos como salida a los laberintos en los que nos encajona la ultraderecha. La superestructura política se decide en lugares a los que el pueblo no tiene acceso. Néstor fue el primero en enunciar que esa puerta que nos parece cerrada está abierta si es que nos decidimos a entrar.    



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Recordando a Néstor   | Un encuentro en el Sur, una oferta diplomática




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Néstor y uno | “Viste, flaco, vos no me creías, pero voy cumpliendo”.



Al principio fue difícil. Cuando él hablaba uno no sabía dónde mirarlo. Un ojo enfocaba a un lado y otro al opuesto. Era imposible mirarlo de frente. O se lo miraba a uno o se lo miraba a otro, ambos separados por esa narizota que complicaba aún más el enfoque correcto.

Fueron varios los almuerzos compartidos, cuando él soñaba con la posibilidad de ser candidato en 2007 o recién en 2011. A una de esas reuniones llegó luego de un acto en el Conurbano, y aún aturdido por el fervor que encontraba a su paso, sacó de sus bolsillos los papelitos que le habían dado mientras caminaba fundido con la gente. Los volcó sobre la mesa, eran muchísimos, y eligió uno para ponerlo como ejemplo. El papelito decía: “Néstor, no te mueras nunca”. A ese le fallaste; tal vez no.

Explicaba apasionadamente cómo iba a hacer para renegociar la deuda, para sumar a los movimientos sociales, para estatizar algunas empresas, para aumentar las jubilaciones, para reiniciar los juicios a los genocidas. Y uno pensaba cuántos candidatos ya habían dicho lo mismo para hacer exactamente lo contrario. Pero uno le creía. Un poco nomás, pero le creía.

El tipo se las arreglaba para que uno le arrimara alguna ficha. Quizás por esa forma atrevida con la que hacía sus planteos, quizás porque su estatura obligaba a tener que mirar para arriba hasta encontrarlo, quizás porque uno intuía una audacia superior a la de otros políticos. Este era distinto: más zarpado, más atrevido en los planteos. Desordenado pero coherente, feo pero entrador, irrespetuoso pero simpático.

Cuando se iba, te dejaba discutiendo. “Está medio pirado, pero hacen falta locos así”, rumiaba uno, mientras pensaba la paradoja de creer en la política, y al mismo tiempo desconfiar siempre de todos los políticos.

Es que uno viene de otro palo: de la militancia en organizaciones, no en partidos. De caminar los barrios, las villas, las fábricas, las universidades. Uno viene de la más pura izquierda setentista, y para esa izquierda el peronismo fue la maldición burguesa que impedía la llegada del paraíso socialista. Minga de proyecto nacional, “revolución socialista o caricatura de revolución”, como decía Guevara.

Luego vino la dictadura y barrió con todo y con todos: con el proyecto nacional, con los clásicos vietnamitas, con las canciones de protesta, con los libros de tapas duras y los de tapas blandas, con los compañeros y las compañeras, y con los hijos de tantos que aún buscan las Abuelas. Vino la dictadura y se acabó la vida. Nos mataron, nos secuestraron, nos torturaron, nos arrojaron de aviones, nos metieron en campos de concentración o en cárceles de las que nos sacaban para fusilarnos.

De ahí venimos.

Festejamos la llegada de Alfonsín, fuimos a la Plaza en Semana Santa, nos comimos las “Felices Pascuas”, la Obediencia Debida, el Punto Final. Hasta hubo algunos que creyeron que Menem traería soluciones. Bastaron meses para darse cuenta del desastre que duró diez años. En medio, el Indulto y los pocos asesinos que quedaban presos, a casa. A las pantuflas, el diario y el mate mañanero.

Pero como todo tiene un final, terminó y festejamos. Tibiamente, es cierto, porque De la Rúa no entusiasmaba a nadie. Pero se había ido el “Turco” y además estaba “Chacho”. Lo que vino fue peor. Cavallo, López Murphy, corralito, ajuste y la frutilla: represión y muerte antes del helicóptero que lo salvo a él y a todos nosotros de él. Antes de Duhalde, algunos otros. Luego Duhalde, hasta Kosteki y Santillán.

Y de pronto aparecía este flaco con pinta de loser, un pingüino desconocido que solamente ganaba elecciones en Santa Cruz. Aparecía y prometía por izquierda. Y uno un poco le creía. Y lo votó en esas elecciones que perdió pero ganó contra Menem. Sí, lo votó y creía decepcionarse de nuevo en cuanto asumiera.

Pero empezó bien: mandó al carajo al diario La Nación y al pliego de condiciones que le quiso imponer Claudio Escribano. No haré el recuento de sus logros, porque muchos lo han hecho en los últimos días. Pero sí de algunos muy especiales para los nacidos en el 53, años más, años menos.

Lo vuelvo a ver descolgando los cuadros de los genocidas en pleno Colegio Militar de la Nación. Declarándose hijo de las Madres de Plaza de Mayo. Abriendo la ESMA para que los sobrevivientes y los organismos de derechos humanos recuperen para la vida un espacio sembrado de muerte. Anulando las leyes del perdón para que los genocidas vuelvan a la cárcel, de donde nunca deberían haber salido.

Y, sobre todo, lo vuelvo a ver en un recuerdo muy íntimo, aquel miércoles 15 de noviembre de 2007, apretando el botón que terminó de destruir la terrible cárcel de Caseros. Aquella mañana Néstor Kirchner accionó el detonador y, luego de que el muro gigante se viniera abajo, nos saludó a uno por uno. Mientras me abrazaba muy fuerte y yo buscaba su mirada sin poder encontrarla, me dijo despacito al oído: “Viste, flaco, vos no me creías, pero voy cumpliendo. Se cayó el muro, tengo muy buena puntería”.

(De su libro Los días eran así publicado por Editorial Octubre)



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Néstor al rescate | Lo que hizo por la democracia, lo que hizo por el peronismo



Recuerdo las dudas con que lo voté. Me llamaban algunos conocidos para saber a quién iba a votar y no quería decirlo, porque no estaba convencido. Pero lo voté. Y el día que asumió fui a la Plaza de los Congresos. Escuché el discurso por los altoparlantes desde la vereda y por primera vez desde el regreso del exilio me sentí aludido. Fue una sensación rara, como si me nombrara.

No es que estuviera congelado en el pasado ni mucho menos. No tuve la tentación de subirme a algunas de las patrullas perdidas en el tiempo. Pero la sociedad nos colocaba allí. Así que tampoco esperé que me incluyeran en un discurso de asunción presidencial. Mi generación estaba más acostumbrada a ser vilipendiada. Y la verdad, no me desvelaba que lo hicieran. Crecimos en ese lugar, una generación molesta. Al que sí le molestara ese lugar, tenía que deshacerse en explicaciones o hacerse el burro y tampoco me interesó hacerlo.

Sin embargo, cuando escuché por los altoparlantes: “formo parte de una generación diezmada, castigada por muchas y dolorosas ausencias” algo me pasó. Néstor no tenía necesidad de decirlo. Esa primera persona con la que se definía. Y yo no sabría explicar bien los disparadores que esa frase puso en automático.

Y pensé en las Madres cuando dijo “Somos todos hijos de las Madres de Plaza de Mayo”. Néstor buscaba interlocutores que los demás rechazaban. Los demás nos echaban flit.

Soy de reacciones lerdas y desconfiado para esas cosas. Tardé un poco en digerir lo que escuchaba y en ese proceso de cámara lenta sentí primero que mi voto estaba amortizado con ese discurso. Se lo dije a mi primo y a mi mujer, parados en esa vereda donde empieza la Rivadavia de verdad.

Y ahora, después de todo estos años, siento un enorme agradecimiento personal y como parte de este país. Por dos cosas: Néstor rescató al peronismo y reafirmó la democracia.

El peronismo fue muy golpeado por la dictadura, de la que salió todavía grogui, sin proyecto claro. La primera candidatura no había sido buena y Carlos Menem, que tuvo la oportunidad de hacerlo, hizo todo lo contrario: convirtió al peronismo a imagen y semejanza de como lo ven los antiperonistas, una carcasa vacía llena de oportunistas que disputaban el poder.

La globalización neoliberal se había tragado a las socialdemocracias europeas y a movimientos populares históricos de América Latina. Menem metió al peronismo por ese camino que lo convertía en el caballo de Troya del neoliberalismo en Argentina, todo lo contrario a los principios que le dieron origen. Y después de Menem, el neoliberalismo se terminó de tragar a los radicales con el gobierno de Fernando de la Rúa.

Parecía que todo iba para atrás. La democracia que empezaba a la salida de la dictadura, tenía que sortear obstáculos que en la historia reciente de la Argentina la habían convertido en un simulacro trágico. Primero tenía que demostrar que un presidente elegido de forma democrática podía terminar su gestión sin que un golpe militar la truncara.

Decir eso, ahora parece una estupidez. En concreto, significaba sacarse de encima la tutela del partido militar. Fue la tarea que le tocó a Raúl Alfonsín. En ese momento, el peronismo no estaba perfilado para asumirla. Implicaba remover el obstáculo autoritario que marcó la historia del país desde el golpe del ’30 hasta el ’83, con algunos lapsus democráticos, casi todos interrumpidos por golpes militares digitados por el poder económico aliado a los intereses de Estados Unidos. El único gobierno que cumplió una gestión entera fue el de Perón, pero en la segunda presidencia lo sacaron con un golpe sangriento.

La otra tarea pendiente era demostrar que en democracia se puede producir cambios a favor de los más humildes, impulsar un proyecto de país que no fuera mangoneado por las corporaciones ni por la embajada. Esos dos factores –el de los golpes y el de la imposibilidad de gobiernos populares en democracia– fueron los que habían moldeado a varias generaciones, incluyendo a la nuestra.

Hubo otra frase en aquel discurso memorable: “Me sumé a la lucha política creyendo en valores y convicciones que no pienso dejar en la puerta de la Casa Rosada”. Tenía muy claro cuál era la tarea que la historia le había puesto por delante. Implicaba dos factores decisivos: reafirmar la democracia como sistema viable para lograr transformaciones y además revalorizar a la política como la herramienta para lograr ese objetivo y no como una mera rosca para la disputa de poder sin contenido.

El sistema y la herramienta, más la representación de la mayoría popular en un proyecto que la contenga, y no que la excluya como había sido hasta entonces. La democracia, la política y un proyecto. Gracias a ese envión de Néstor, que completó Cristina, hubo nuevas generaciones que se formaron en una experiencia tan diferente a la de ellos y la mía. Esas nuevas generaciones serán garantía de democracia plena, de lucha democrática y de política con contenidos.

Néstor avanzó bajo una andanada de descalificaciones y puñaladas traperas, un mecanismo que se mantiene y se incrementó. Será el obstáculo que deberán superar. Es la tarea que les tocará a esas nuevas generaciones para lograr una democracia más fuerte.



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Quería que lo recordaran | Un gran presidente que eligió con coherencia



“Quisiera que me recuerden” dice el primer verso de un poema de Joaquín Areta, obrero y militante detenido desaparecido. Néstor Kirchner solía recitarlo, “shesheando” la ese. Como presidente, quiso que lo recordaran entreverando realizaciones, gestos y palabras inolvidables. Discursos o epigramas porque Kirchner fue un precursor del tuit con frases punzantes e inolvidables. “¿Qué te pasha Clarín?” entre tantas. Las palabras o las imágenes no funcionaban como simulacros: complementaban a los hechos.

El cuadro del dictador Jorge Rafael Videla no llegó descolgado: lo precedían la renovación de la Corte Suprema, la reapertura de la ESMA, la anulación de las leyes del perdón construida por los tres poderes del Estado. El gesto visibilizaba, popularizaba, la complejidad de la política pública.

A veces la intuición anticipaba a las movidas. Fidel Castro y Hugo Chávez estuvieron presentes en la jura. Por entonces Kirchner no estaba convencido de dedicarse mucho a la política internacional, menos aún de viajar fuera del país. Le parecía una pérdida de tiempo con tantas urgencias pendientes en la Argentina. A la vez, no terminaba de empatizar con el caribeño Chávez ni con el brasileño Lula da Silva. Se adaptó pronto porque asumió que la política exterior era un capítulo de la doméstica o viceversa. A los dos años, se tiraba paredes con Lula, ambos “conducían” al líder bolivariano (como éste mismo reconoció) en la Cumbre del ALCA o lo persuadían para que se jugase convocando al referéndum revocatorio. Redondeó el ciclo, durante el primer mandato de Cristina Fernández de Kirchner, aceptando la presidencia de UNASUR que asumió mientras poroteaba voto a voto en el Congreso para garantizar la ley de Matrimonio Igualitario. La única que votó en Diputados.

Se fotografió en las primeras paritarias que empujo favoreciendo a los sindicatos, en la recuperación de sentido del Consejo del Salario. Las instituciones se reconfiguraban: trabajadores recuperaban terreno en la puja distributiva, con el apoyo del Estado. Suele evocarse que anotaba en un cuadernito indicadores económicos, atento a los equilibrios fiscales. También seguía mes a mes los indicadores sobre desempleo, creación de puestos de trabajo. Comprendía y predicaba que la autoestima de un laburante depende de tener conchabo digno, de poder educar a los hijos, de comer un asado los domingos. Puso en cuestión cien veces al “pejotismo” al que traccionó a izquierda sin poder vencerlo. El peronismo le brotaba por los poros cuando activaba la redistribución de ingresos, el regreso de derechos conculcados.

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Enunció en la Asamblea de las Organización de Naciones Unidas (ONU) “somos los hijos de las Madres y las Abuelas de Plaza de Mayo”. Corría el mes de septiembre de 2003, el hombre imprimía ritmo de vértigo. A esa altura las puertas de la Casa Rosada se habían abierto para las Madres y las Abuelas como jamás antes. Pasaron a tener espacio central en los actos, en las visitas de estado de gobernantes extranjeros, en el día tras día. Los compañeros gobernadores del PJ trinaron de lo lindo al principio, porque Kirchner los mandó (a veces literalmente) a segundo plano. Tuvieron que acostumbrarse.

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Kirchner recordaba queriendo. En su primer trayecto del Congreso a la Casa de Gobierno rememoró las Plazas de los ’70. Lo conmovía la gente. La primera vez que se abalanzó sobre la multitud desconcertó a propios, extraños y a la custodia presidencial. Después se hizo regla. Discutidor o peleón, sabía terminar una rencilla con un gesto amical, un abrazo, una palmada, un empujón. No se destacaba por la destreza fina, sabía transmitir los sentimientos. Esta columna rehuye los contrafactuales, tan tentadores cuando un líder parte de modo abrupto y prematuro. Con una excepción: imposible no pensar cuánto le hubiera costado a Kirchner en esta coyuntura distópica la carestía de abrazos o empellones, tan suyos como el cuadernito de contabilidad pública.

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No lo conocían quienes lo votaron por descarte ni sus colegas de la región. Estos lo despidieron conmovidos y respetuosos, incluso el colombiano Juan Manuel Santos, de derechas él. El pueblo lo lloró y lo honró trasfundiendo fuerza a Cristina a apenas siete años de conocer su apellido, hace justo una década.

“ Quisiera que me recuerden/ sin llorar ni lamentarse/ quisiera que me recuerden/ por haber hecho caminos/ por haber marcado un rumbo” prosigue el poema de Areta. Así fue, para millones de argentinos y de argentinas.

Resultó ser un gran presidente porque eligió rumbos con coherencia. Con errores y hasta con inconsecuencias. Pero su legado queda enorme, se agiganta con el tiempo y explica por qué la fuerza que refundó sigue vigente.

Los movimientos populares tocan cuerdas emocionales que los ajenos ignoran. Y a menudo desprecian, algo que deberían evitar. Los líderes procuran hacerse querer pero no mediante artificios sino defendiendo intereses, ideas y valores. Kirchner anheló que lo quisieran de ese modo, claro. Y vaya si lo logró.

Ah… lo de “sin llorar ni lamentarse” que cada cual lo maneje a su manera.

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Koraje | Néstor Kirchner, un Presidente que aprovechó el tiempo



–Si podes, hablá con el Flaco Kirchner, ése la tiene clara –me dijo un compañero de Página12 un día que tuve que ir a cubrir una reunión de gobernadores. Confieso que sólo sabía que era de Santa Cruz. 

Era cierto, el tipo la tenía clara. No era un protagonista de la política nacional por esos años pero pronto la debacle incubada durante el menemismo, desatada por la Alianza que Duhalde atajó hasta los asesinatos de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán, aceleraría los tiempos. Se transformó en el Presidente impensado.

No lo voté. Empecé a escuchar con reparos su discurso inaugural y a medida que avanzaba sentí que la palabra política podía volver a tener sentido. “Fue conmovedor, ojalá pueda cumplir”, grabé en el contestador telefónico de uno de sus asesores. Fue un impulso, una necesidad de volver a creer. Una necesidad que inundaba a la Argentina, la urgencia de recobrar el sentido de la democracia. 

“No voy a dejar mis convicciones en la puerta de la Casa Rosada”, leyó ese día y selló en público el compromiso que habían elaborado junto con Cristina Fernández y Carlos Zannini. Sin perder un minuto, apuró el proceso de juicio político a la Corte Suprema de la mayoría automática, reimpulsó los juicios por delitos de lesa humanidad, empezó a poner coto a las exigencias del Fondo Monetario Internacional y afianzó el entramado de relaciones latinoamericanas como escudo de dignidad en la definición de la política exterior.

Diez meses después, el 24 de marzo de 2004 este oficio me otorgó otro privilegio: ser testigo del momento en que Néstor Kirchner como comandante en jefe de las Fuerzas Armadas le ordenó al general Roberto Bendini que descolgara los cuadros de Videla y Bignone del Colegio Militar. 

La tensión se respiraba en el patio de armas. Habían pasado diecinueve años del Juicio a las Juntas Militares y los retratos de esos dos genocidas seguían resistiendo desde las paredes de la institución donde se forman los nuevos oficiales. El Centro de Estudios Legales y Sociales le acercó la idea a Kirchner y el Presidente la ejecutó. Los dos ex presidentes de facto habían sido directores del Colegio Militar, habían sido condenados por el Juicio a las Juntas durante el gobierno de Alfonsín, indultados por Menem y estaban en prisión domiciliaria por causas abiertas por robo de bebés. La plana mayor del Ejército sentía como una humillación la ceremonia, habían pensado que un ordenanza cumpliera la misión. Llegó Kirchner y a Bendini no le quedó margen. Tuvo que subirse a la escalerita y sacar el retrato de los genocidas. Ese nuevo retrato quedó grabado como mojón del kirchnerismo.

A los pocos días de ese acto, donde el entonces Presidente dijo: “Que las armas nunca más puedan ser direccionadas hacia el pueblo”, altos oficiales seguían rumiando bronca. Uno de ellos le dijo entonces a esta cronista: “No lo esperábamos de Kirchner, él nos construyó cuarteles, nos ayudó muchísimo en Santa Cruz. Su hermana (Alicia) montó todo el plan de salud provincial con la ayuda de médicos del Ejército. Nos están gobernando los montoneros. Sobrevivieron los más aptos”. Dos generales y un coronel mayor fueron pasados a retiro. La mayoría de la oficialidad se cuadró. Las conspiraciones no pudieron nunca más trascender las puertas de los cuarteles. Por entonces sólo 77 oficiales estaban en prisión, una vez declarada la inconstitucionalidad de los indultos y de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, los juicios se reactivaron. Hoy en día llegan a 999 las condenas a los responsables del Terrorismo de Estado. 

Poco antes, en uno de los primeros viajes a Venezuela cuando el Tango O1 llevaba también a periodistas, Kirchner se acercó a hablar. Lo recuerdo impresionado por el poder de PDVSA, la petrolera venezolana, y lamentándose: “Si nosotros pudiéramos manejar nuestro petróleo”. Pasaron pocos años y Yacimientos Petrolíferos Fiscales (YPF) pasó a manos del Estado, eran tiempos en que el precio del barril marcaba diferencia. Los Kirchner fueron adecuando sus movidas a la correlación de fuerzas que acumularon en cada momento. Avances y retrocesos signaron el camino, quizás el más costoso fue el conflicto con las patronales del campo. Ya no estaba en la Casa Rosada pero desde Diputados padeció la reacción organizada del establishment contra el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.

“Traté de hacer lo mejor que pude”, dijo al poco tiempo de cumplir su mandato durante el cual hizo realidad aquello de un hombre común con responsabilidades importantes. Ejerció el poder con coraje. Supo ganarse el respeto y el cariño de una mayoría popular.

El coraje, entendido como la conjugación de valor, decisión y pasión, fue la amalgama que unió las decisiones más trascendentes de Néstor Kirchner. Un sustantivo que merecería adoptar la “K”, esa letra que los medios hegemónicos quieren transformar en maldita.

El 27 de octubre de 2010, gran parte del país estaba de duelo. Este oficio me había llevado apenas un mes antes a 678. El programa se transformó en una ceremonia de despedida donde Madres, Abuelas, artistas, científicos, sacerdotes, juristas, políticos se acercaron para conjurar el dolor por esa muerte inesperada.  “Aprovechó el tiempo que le dio la vida y la historia”, dijo Susana Rinaldi. Nada más cierto. Se lo extraña.



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