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Cómo sigue Estados Unidos después del asalto al Capitolio | María Victoria Murillo, profesora de la Universidad de Columbia, y Ernesto Calvo, profesor de la Universidad de Maryland



La toma del Capitolio por parte de grupos supremacistas blancos para evitar la certificación de Joe Biden como presidente electo de Estados Unidos es el punto álgido de la estrategia del presidente Donald Trump para provocar una crisis institucional. No es la única batalla abierta. A la judicialización del proceso electoral en los Estados más competitivos se suma la arremetida contra los medios tradicionales y las redes sociales, a las que amenazó con regular legalmente sus acciones. Más importante aún, pareciera tratarse de una crónica anunciada que no sorprende a nadie, advierten María Victoria Murillo, de la Universidad de Columbia, y Ernesto Calvo, de la Universidad de Maryland. En diálogo con Página/12, Murillo y Calvo recorren el derrotero que llevó al ataque republicano al Congreso y evalúan las consecuencias que ocasionará sobre la gobernabilidad de los demócratas en el poder como en la institucionalidad republicana.

–¿Cuáles son las implicancias políticas como simbólicas de la toma del Congreso estadounidense?

María Victoria Murillo: —Tiene un efecto internacional y uno doméstico. A nivel internacional, la toma del Congreso norteamericano se presentaba ante los televisores del mundo como si fuera la caída de Roma ante los bárbaros. Fue un golpe muy fuerte a esa capacidad que Estados Unidos se arroga de dirigirse al mundo desde un lugar de una moralidad superior. Una superioridad que nosotros, los latinoamericanos, nunca nos creímos, pero que para los norteamericanos es muy importante. De pronto, eso se cayó y tuvo un fuerte impacto internacional, tal como vimos en las reacciones de los líderes europeos. Es importante marcarlo, en un contexto en el cual sus principales disputas apuntan a países como China y, en menor medida, Rusia, que son países no democráticos.

–¿Cuál fue el impacto en el ámbito doméstico?

MVM: –A nivel doméstico, no debe sorprendernos. Trump avisó lo que haría, fue el propio Trump el que convocó a la marcha. Cuando lo hizo, dijo: “por favor, sean wild (sean violentos)”. Incluso, después de que esto ocurriera, el Partido Republicano votó tal como quería Trump: la mayoría del bloque de diputados republicanos cuestionó los resultados electorales. Lo dijo el propio Trump, en el último tuit que le dejaron publicar: “me robaron la elección”. La idea de que la democracia no funciona es muy fuerte. Y Trump es también el Partido Republicano, es un emergente de algo más grande que él.

–Vista en perspectiva, ¿cómo caracterizarían la estrategia comunicacional de Donald Trump y, más específicamente, el haber usado distintos canales mediáticos para sembrar la idea de que habría fraude en las elecciones?

Ernesto Calvo: –Trump no solo avisó lo que pensaba hacer, sino que lo instaló comunicacionalmente. Desde que comenzó a hablar del voto por correo, hace meses, logró construir políticamente una noción de fraude que luego repitieron sus votantes. Esa narrativa fue usada por Trump en su discurso público y repetida en los debates en el Congreso, para instalar la idea de que la elección no es legítima. Lo interesante de la estrategia comunicacional de Trump es que no hay nada oculto. Lejos de tratarse de una historia secreta sobre la utilización de servicios de inteligencia, asistimos a una estrategia comunicacional abierta que capitalizó la polarización política de Estados Unidos como parte de su estrategia electoral.

MVM: —Lo llamativo es que no estuvieran preparados para detener esto, que se había publicado en todos lados. No es que hubo un mastermind (mente brillante) que lo pergeñó desde las sombras. Era una banda de sátrapas inútiles que lo organizaron como si fuera una fiesta de verano. Entonces, ¿cómo no estuvieron a tiempo el FBI o la Guardia Nacional? El impacto que esto tuvo en la seguridad del Congreso es enorme. Y más importante aún es el impacto de la incapacidad que representa esto a los ojos del mundo.

–También pone de manifiesto la diferencia entre la reacción de las fuerzas de seguridad frente a la toma del Congreso del miércoles pasado y su capacidad de reprimir otro tipo de manifestaciones, como las de Black Lives Matter.

EC: –De hecho, las fotos capturadas y distribuidas por las redes sobre la toma del Congreso son memes. No son imágenes en las cuales la gente está cayéndose, tirándose sobre la policía, golpeando las barricadas. No se parecen a los dibujos de la toma de la Bastilla, sino que se trata de gente tomándose selfies. Brota el sarcasmo, la crítica mordaz. Es decir, la toma fue una forma de ejercer presión política y fue, además, altamente violenta, pero las imágenes son absurdas, cual si fueran memes.

–¿Cuál es el impacto social que tiene el alto nivel de polarización que hay en Estados Unidos, reforzada por el realineamiento de dimensiones como la raza, la clase socio-económica, la identidad partidaria?

MVM: –En la última elección de noviembre de 2020, votó mucha más gente; la polarización trajo un nuevo electorado en ambos lados de la grieta. Es un electorado más diverso que el prototipo del hombre vikingo republicano. Si bien los que tomaron el Capitolio representan el extremo de esa radicalización en Estados Unidos, es cierto que la mayoría de los republicanos cree que la elección fue fraudulenta; y esa mayoría se compone de gente normal a la que no se le ocurre tomar el Congreso. Allí observo una vieja derecha renovada. La cobertura de Fox News se basó en un argumento alocado: decían “esto es fake news, esto no es verdad; son miembros de la antifa se disfrazaron” (N. de la R.: se denomina “antifa” a los grupos de izquierda antifascista). Asistimos a una polarización afectiva que hace que la gente cambie incluso su percepción de lo que ocurre para coincidir con sus partidos. Este proceso está más demorado en América Latina, donde los partidos son más débiles o hay más fragmentación partidaria.

–En este contexto de polarización más afectiva que racional, ¿cómo evalúa la efectividad de la campaña negativa y las operaciones de fake news impulsadas por Trump, en la desestabilización política de los Estados Unidos?

EC: –Propongo recomponer la escena imaginando la forma remota de conexión existente entre 70 millones de votantes de Trump. Mientras un grupo ínfimo de republicanos entraba al Congreso, el senador de Texas, Ted Cruz, enviaba SMS a todos sus votantes en Texas pidiéndoles que donaran dinero para combatir el fraude electoral que evitaba que Trump asumiera la presidencia. Cruz creó una especie de túnel cuántico que conectaba a todos sus votantes de Texas con la operación que se producía en el Congreso norteamericano. Al mismo tiempo que ese grupo pequeño intervenía en el Capitolio, se producía una vinculación institucional, orquestada por actores políticos mediante un mecanismo de difusión de información, que conectaba a los votantes republicanos. Pensemos que cerca de la mitad de los votantes del Partido Republicano cree que hubo fraude, treinta y cinco millones de personas. La polarización está construyendo narrativas a las cuales la gente está siendo incorporada, no porque esté participando en la calle sino porque está permanentemente conectada con la política a través de formas virtuales de integración de esos actores. La polarización afectiva se potencia con la posibilidad de activar al sujeto que participa remotamente de estos eventos.

–¿Qué conexión observan entre el bloqueo de la cuenta de Trump por parte de Twitter y Facebook y la embestida del propio Trump, en mayo del año pasado, cuando amenazó con quitar protecciones legales a las plataformas?

EC: –Lo notable de la campaña de Trump es que fue multidimensional. Mientras asistíamos a las operaciones electorales que se realizaron en los distintos Estados mediante juicios (en Arizona, en Michigan, en Wisconsin, en Pensilvania), las plataformas estaban siendo condicionadas. Singer compró parte del paquete accionario en Twitter, los medidores republicanos actuaron en Facebook para condicionar su accionar, Trump amenazó con modificar la Ley 230 para regular sobre las plataformas después de que Twitter calificara algunas publicaciones de Trump. El Partido Republicano tiene una maquinaria política que incluye todo tipo de acciones: intervención electoral activa, condicionamiento legal, distribución de recursos.

MVM: –Twitter y Facebook son un enemigo apropiado para el discurso populista de Trump, que aparenta avanzar contra las élites que quieren dictarnos lo que pensamos y que quieren controlar lo que se puede decir y lo que no. Porque ciertamente son elites super ricas que te controlan, investigan, usan los datos. No es que Trump creó un espantapájaros para atacar, su estrategia dialoga con la realidad. Entonces, es muy fácil usar esta línea de ataque que es, además, la que lo llevó a ganar la elección en 2016.

EC: –La estrategia fue idéntica en ambos casos. Denunció fraude e instaló la idea del fraude para capitalizarla políticamente. Denunció a las plataformas, usó esa denuncia para condicionar la intervención de las plataformas y después amenazarlas con la Ley 230. Como dice Victoria, son un target fácil por el inmenso poder acumulado: Facebook tiene un 40% de la humanidad registrado entre sus usuarios. Con tamaño poder político, ser condicionado por el gobierno de Estados Unidos y ser útil a la narrativa de Trump… es relativamente fácil.

–¿Cómo proyectan la gobernabilidad del Joe Biden e imaginan el futuro del Partido Republicano, dos caras de la misma moneda?

MVM: –El Partido Republicano va a pagar un costo por esto, sobre todo en el Senado. Es lógico que los diputados republicanos hayan votado en contra de la certificación de la elección, porque tienen miedo de que Trump les organice una primaria o que aparezca un trumpista que les quite el lugar en sus distritos. En el Senado, la lógica es distinta. Los senadores se dieron cuenta de que quedaron solo tres de ellos con Trump, el resto de los que habían estado con él se bajaron del tren para cuidar su carrera política. Esto muestra el riego de lo que fue esa acción. Eso quiere decir que hay líneas muy marcadas y divididas en el Partido Republicano alrededor de Trump. ¿Terminará esto en un tercer partido, en un conflicto dentro del Partido Republicano o en un arreglo al final? Eso no lo sabemos, pero definitivamente vendrán momentos de reacomodamiento en el Partido Republicano.

EC: –Para una parte de la elite republicana, el sueño dorado es quedarse con el votante de Trump sin que esté Trump en el medio. El gran problema del trumpismo, para las élites conservadoras, no es la energía política que este genera. El problema tampoco es la activación del electorado, todo eso les sirve mucho a los republicanos. Lo que no les sirve es que el trumpismo sea liderado por Trump. Ted Cruz trata de capitalizar las elites más tradicionales que están ligadas a las elites económicas. Muestra un juego ambivalente en el que, por un lado, trata de incorporar al trumpismo y, por otro lado, no saben cómo evitar que los insurgentes los terminen arrasando. La dinámica que observo consiste en ver cómo hacer para marginar a Trump sin destruir lo que él ha construido. Por su parte, el juego de Trump es amenazar con una ruptura y con la pérdida del capital político que eso implica para los republicanos y, así, obligarlos a negociar con él. La situación es frágil, pero al mismo tiempo da cuenta del capital enorme que ha acumulado políticamente Trump.

–A partir de los juicios que se iniciarán contra los grupos supremacistas que tomaron el Congreso, ¿de qué forma creen que se pondrán en agenda cuestiones como la raza, la clase social, la identidad partidaria, que tanto contribuyen a la polarización afectiva? ¿Creen que se abre la posibilidad de discutir estos alineamientos en otros términos?

MVM: –Esas dimensiones están a flor de piel, con y sin los juicios. La prensa reporta la conformación del gabinete de Biden enfatizando la demografía de cada personaje antes que su currículum. Es hasta poco feliz, desde mi perspectiva, pero él asume que debe negociar con cada sector. Los términos “raza” y “género” tienen una dimensión política. El grado de polarización no solo se observa en lo ocurrido en el Capitolio en Washington sino en lo ocurrido en otros capitolios estaduales. La victoria de los demócratas en Georgia se debió a los votantes negros, que votaron más que en noviembre. El cambio allí se explica por la participación electoral de los afrodescendientes demócratas en Georgia. Los juicios van a traer de nuevo estos temas, pero estos temas no han salido de agenda. En particular desde el verano, han sido claves en la conversación política de los Estados Unidos.

EC: –Los juicios a los trumpistas que entraron al Congreso son una oportunidad política para separar al trumpismo dentro del republicanismo, limitar sus efectos nocivos y quedarse con su electorado. Me intriga ver cómo van a estructurar los arrestos y los juicios y cómo se va a publicitar eso ante la opinión pública en Estados Unidos. Más precisamente, me interesa ver cómo se va a construir la imagen de un partido que está dispuesto a romper las reglas del juego democrático.

MVM: –Es interesante la forma de ilustrar a la primera víctima, la mujer que estaba atacando el Capitolio. En el titular del Washington Post se afirma que era veterana de la Fuerza Aérea. Esta cosa de alguien que peleó por los Estados Unidos y, al mismo tiempo, ataca el Capitolio y, al mismo tiempo, termina muerta por una bala policial. Va a ser interesante ver cómose crea el framing (encuadre) de los juicios.

EC: –Agrego algo sobre esa primera víctima fatal, de las cuatro que murieron en el ciclo de protestas. Esa mujer fue asesinada, según todo parece indicar, por los que estaban tratando de defender el bloqueo de una zona del Congreso que estaba protegida, no por la seguridad del FBI y de la policía que ingresó para expulsar a los que protestaban. Por lo cual va a ser interesante que todos los que ingresaron para expulsar a los que estaban en el Congreso no dispararon tiros y no ejercieron actos de violencia. La única muerte que se produjo fue tratando de proteger la barricada que habían armado, donde estaban algunos diputados que habían tratado de escapar de la protesta. Es notable la poca información que hay sobre cómo murió esa mujer.

–¿Quién se hará cargo de la seguridad nacional durante la transición?

MVM: –Trump sigue teniendo el poder formal como comandante en jefe y, por ende, está a cargo de la seguridad nacional. Sin embargo, las imágenes de la debilidad de la seguridad del Congreso y el reconocimiento de su incapacidad para gobernar, que se está discutiendo en todo el mundo, abren un interrogante a futuro sobre la transición a Biden respecto a la seguridad nacional. La transición compleja de 2000, vinculada al retraso de la decisión de quien había ganado la elección, ha sido asociada con los problemas de prevención que permitieron que ocurrieran los atentados del 11 de septiembre de 2001. Aunque el tiempo no alcanza para sacar a Trump, hay muchas renuncias en su gabinete. Pero el riesgo para la seguridad nacional ha llevado a esa comunidad a pedirle al secretario de Estado, al director de seguridad nacional y al consejero de seguridad nacional, que no renuncien en este momento y sostengan a la burocracia estatal que se hace cargo de esta área. La transición al equipo de Biden de seguridad nacional es ahora crucial ya que esta será una transición “desordenada” para la tradición norteamericana.



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Débora Tajer: “La mayor parte del psicoanálisis no salió de la matriz binaria” | La perspectiva de género en el diván



¿En qué medida se puede hablar de una clínica psicoanalítica pospatriarcal, posheteronormativa y poscolonial en estos tiempos? El psicoanálisis con perspectiva de género le da respuesta a esta pregunta antes que formular nuevos interrogantes. La psicoanalista y doctora en Psicología Débora Tajer lo aborda en el libro Psicoanálisis para todxs (Topía Editorial) con la precisión justa para entender cómo se puede vincular la práctica clínica con el nuevo paradigma. “Por una clínica pospatriarcal, posheteronormativa y poscolonial” es el subtítulo de su libro. De acuerdo a su lectura, pospatriarcal implica identificar qué conceptos se sostienen y cuáles quedaron atados a modos históricos de las relaciones entre los géneros anclados en un modelo de diferencia jerárquica. Para Tajer, lo posheteronormativo se vincula con salir de una concepción binaria de la sexualidad en la cual se suponen solo dos posiciones, aun cuando esté desamarrada de los cuerpos biológicos, para ser consecuentes con la idea de que la pulsión no tiene objeto a priori. En cuanto a lo poscolonial, tiene que ver con salir de la teoría sexual colectiva que sostiene que “tanto lxs niñxs, como el psicoanálisis, vienen de París”. “Es la apuesta que tenemos que hacer. Hacer una clínica en esos términos no quiere decir que estemos más allá del patriarcado, de la heteronorma y de lo colonial sino que no tenemos que tener intervenciones que manden a esos lugares. O sea que tenemos que tener intervenciones que estén creando lo nuevo”, explica la especialista.

–¿Cuánto incide la perspectiva de género en las modificaciones de los abordajes clásicos en psicoanálisis?

–Ojalá que sirviera más. Está habiendo un cambio muy interesante, fundamentalmente en las nuevas generaciones de colegas que también están rozados, rozadas y rozades por el feminismo y por los cambios en las relaciones entre los géneros y también por los movimientos de la diversidad que se están planteando otras cosas. Y, al mismo tiempo, también estamos quienes trabajamos esos temas hace muchos años. Alguna gente no nos conocía pero esta corriente en la Argentina tiene cuarenta años. Ahora, con el auge de esta necesidad, de esta ola verde, del Ni una menos, el matrimonio igualitario, las marchas del orgullo y muchos cambios que ha habido a nivel de lo social hay una demanda y una expectativa diferentes en mucha gente. Y también en las nuevas generaciones que ven con más interés cuestiones que algunas personas hacíamos y que, a lo mejor, no había un interés tan masivo.

–¿Las leyes de Identidad de Género y de Matrimonio igualitario colaboraron para pensar un psicoanálisis poscolonial?

–No poscolonial pero sí posheteronormativo porque, de hecho, hay parejas y familias del mismo sexo consagradas legalmente. Por lo tanto, hay que revisar las marcas heteronormativas que tiene el psicoanálisis para no estar enviando desde la salud mental hacia lugares donde la sociedad ya tomó decisión de que existen y son legítimas las parejas del mismo sexo.

–¿Qué se mantiene del modo de relaciones entre los géneros y qué tiene para decir el psicoanálisis en este aspecto?

–No sé qué se mantiene en este momento. Es una buena pregunta. Estamos en procesos de cambio, pero pasa todo al mismo tiempo. Me parece que hay una coexistencia de modelos anteriores, medianos, actuales al interior de nuestra propia subjetividad. Yo utilizo una nomenclatura que son modelos tradicionales, transicionales e innovadores. Y eso pasa al interior de cada una de nuestras subjetividades. Estamos en un momento de transición en el que pasa todo al mismo tiempo. Y quienes hacemos clínica tenemos que escuchar estos conflictos de época.

–¿El psicoanálisis contemporáneo ha logrado salir de una concepción binaria de la sexualidad?

–No, la mayor parte del psicoanálisis no. Pero habemos quienes sí estamos desde una matriz no binaria y trabajando parta entender desde otro tipo de matrices, de una matriz más diversa. Esto les pasa a todas las disciplinas, pero el psicoanálisis tiene su particularidad: se han fraguado muchos de los conceptos fundamentales en relación a modalidades de relación de los géneros que son históricas. Nuestro trabajo es ver qué es lo que es transhistórico pero desarmar lo que es histórico. Es decir, si yo pongo en el centro de la crianza que el modelo ideal es la familia nuclear, todas las otras familias van a estar en falta, y voy a suponer que todas las otras familias que no sean la nuclear le van a hacer daño a los niños. En ese punto, tengo que ver los modos de crianza y cómo están funcionando los diferentes tipos de familia.

–¿Cómo observa la diferencia de la visión freudiana de “familia” en plena era victoriana a lo que hoy el psicoanálisis entiende como “familia”?

–Yo creo que la mayor parte de los colegas tiene una intención de mirar la diversidad familiar tal como existe. Pero lo que pasa es que muchos de nuestros conceptos están armados en la familia victoriana.

–¿Y qué puede aportar, en ese sentido, el psicoanálisis a las nuevas configuraciones familiares?

–Ponerles palabras a las nuevos vínculos tal como existen y ver dónde esos vínculos funcionan y dónde no funcionan, pero no desde el prejuicio sino en entenderlos. Por ejemplo, en el libro menciono a una familia monoparental de un varón homosexual que hizo un tipo de paternidad con un niño y, en realidad, anotó como niño propio a un niño que le dieron; o sea, se anotó como padre. Lo crio él, pero desde un modelo de varón tradicional, en el sentido que él era el que ganaba la plata y no estaba en la crianza temprana. Y la crianza temprana la hizo la pareja que él tenía en ese momento, otro varón, al cual él no consideraba el otro padre o el otro criador del niño, sí para que lo cuide, pero no como que fue de la pareja. Después se separó de esa pareja y no dejó ver más a ese cuidador primario al niño. Esto no es “Las parejas gay crían así” sino que esta configuración fue de esta manera. Y hay que entender cuáles son los efectos de este tipo de crianza. No hay que generalizar sino ir viendo cómo cada una de las personas van armando las familias, van criando y ahí trabajar con esas configuraciones.

–¿Y el psicoanálisis puede colaborar en el deseo de hijos/as en parejas del mismo sexo?

–Por supuesto. Y también en personas que quieren criar solas. Debemos acompañar sin prejuicio fundamentalmente, pero también viendo qué les pasa a las personas, qué dificultades pueden tener, qué facilidades. También colaborando en armar la novela familiar de minoría porque no es lo mismo armar todo lo que tiene que ver con “quiénes somos como familia” cuando sos una minoría en muchos sentidos. Por ejemplo, muchas familias que se arman entre personas del mismo sexo van a tener que recurrir a técnicas de reproducción asistida. Entonces, ahí tenés un donante y tenés que pensar qué lugar ocupa ese donante en esa familia que estás formando. Estoy hablando fundamentalmente de aspectos fantasmáticos, de la fantasía. Trabajar desde el psicoanálisis con perspectivas de género en esos casos es colaborar armar esto.

–¿Qué rol debe jugar el/la analista en casos de infancias trans? ¿En estos momentos hay más discriminación social que psicopatologización clínica?

–Yo creo que sí, pero al mismo tiempo todavía existe una tensión. Y una tentación a incluirla en el campo de la psicopatología. Y me parece que ahí hay que hacer la distinción fina de qué se trata cada infancia trans porque no son todas iguales. Y, además, también que cuando hay psicopatología también puede ser una infancia trans. No quiere decir que sea una infancia trans que no sea, no es trucho porque haya psicopatología. Pero hay que ver qué hay ahí. Hoy hay más conocimiento (y esto se está generalizando en los y las colegas) de entender que mucho del sufrimiento de estos niños o niñes tiene que ver con la discriminación y con que las instituciones no están preparadas para alojarlos. En este sentido, parte del trabajo es también acompañar a las instituciones. Quienes trabajan con infancias trans muchas veces tienen que trabajar con los pediatras, con las escuelas, con los clubes para que puedan ser receptivos de estas infancias.

–Otro tema: ¿Cuánto incidió la fortaleza del movimiento de mujeres como, por ejemplo, en la lucha por la reivindicación de derechos, por la legalización del aborto y contra la violencia de género en pensar un psicoanálisis más adecuado a este paradigma?

–En lo que influyó fue en la masificación de la necesidad de otro tipo de escucha. Alguien que ya fue a la Plaza, alguien que ya entendió muchas cosas no va querer que le envíen de nuevo a lo binario, a lo heteronomado y lo patriarcal fundamentalmente. En ese sentido, las demandas son diferentes. Se les pide otra cosa a los psicoanalistas. Y se empieza a buscar algo que a muchos colegas les pone los pelos de punta: psicoanalistas con perspectiva de género. Muchos dicen: “Soy psicoanalista. ¿Por qué tengo que tener perspectiva de género? Yo puedo escuchar a todo el mundo”. Pero la gente quiere ser escuchada desde esta perspectiva y yo creo que todos estos movimientos han cambiado mucho la demanda. También ha cambiado que las nuevas generaciones de terapeutas o estudiantes de Psicología quieran tener otro tipo de formación.

–¿Los estudios de género permitieron darle a la feminidad un status de construcción social? ¿Cómo dialoga esto con el psicoanálisis?

–Los estudios de género trabajan la construcción social de la subjetividad. Ya la feminidad es una construcción social, pero la masculinidad también es una construcción social. Hay que tomarlo de esa manera. Ahora, porque sea construcción social no quiere decir que no existen. No hay esencia. No es natural que seamos como somos, lo que no quiere decir que no seamos como somos. Que algo sea cultural no quiere decir que no sea sino que es algo que puede armarse de otra manera o que puede tener otro destino.

–¿El hecho de que se hayan modificado las modalidades vinculares, laborales y amistosas, entre otras, permite entender que hay un terreno propicio para el desarrollo pleno de las mujeres en la sociedad o qué es lo que falta para que esa fortaleza de la que hablábamos se encarne en el tejido social?

–Uno de los temas fundamentales es que todavía lo sexoafectivo, lo amoroso atrasa. En este terreno, los modos deseantes y los modos eróticos tienen mucho que ver con las primeras impresiones y con los primeros años de vida y, entonces, aunque vos a los 20, 30 o 40 años pienses otras cosas tenés marcas de los momentos fundantes. En ese sentido, lo que observamos es que, al mismo tiempo que las personas quieren vivir en relaciones más democráticas o con otro tipo de vincularidad, tienen armado su deseo en modalidades de género anteriores. Entonces, hay conflictos en relación a este tipo de cuestiones y es parte de lo que hay que trabajar.

–¿En qué consiste el patriarcado en su modalidad actual de acuerdo al psicoanálisis con perspectiva de género?

–En su modalidad actual es un patriarcado que todavía existe pero que ha perdido legitimidad social. Por ejemplo, algunos chistes o algunos comentarios se hacen igual pero tenés que pedir perdón. O hay cosas que tienen la sanción social que hace 20 o 30 años no tenían porque hay otra expectativa con respecto al buen trato y la paridad. En ese sentido, éste es el momento del patriarcado, lo que no quiere decir que no exista el patriarcado porque si no hubiera patriarcado las mujeres no ganaríamos menos que los varones y no habría femicidios. Los femicidios son la cara más atroz del patriarcado. Pero no es lo mismo un patriarcado que ha perdido legitimidad que un patriarcado que goza de buena salud. Entonces, permite que la gente diga otras cosas, piense otras cosas y demande otras cosas.

–¿Considera que se logró la autonomía de las mujeres del dominio masculino en distintos espacios de la sociedad?

–Yo creo que sí, pero hay muchas cuestiones de la autonomía que son subjetivas, que no son solamente externas. A lo mejor, te dejan hacer cosas que no te animás a hacer porque fuiste subjetivizada para no hacerlo. Si te criaron para callarte la boca, para componer vínculos, para nunca decir lo que pensás, para no crear problemas o para no alzar tu voz ni para decir que no, probablemente aunque puedas hacerlo no lo hagas.

–En uno de los últimos capítulos de su libro señala que “con el psicoanálisis solo no alcanza pero sin el psicoanálisis no se puede”. ¿Es una valorización de la práctica con perspectiva de género?

–El feminismo (y el campo de la diversidad) sin psicoanálisis tiene un techo porque no tiene posibilidades de pensar desde una concepción de la subjetividad tan compleja y tan rica como el psicoanálisis. Ahí es donde es muy importante la relación entre psicoanálisis y género para pensar estas cuestiones. Por otro lado, también tiene otra punta esa cuestión que yo planteo en el capítulo: para poder pensar lo que está pasando en la actualidad con el psicoanálisis solo no alcanza. Es necesario pero no es suficiente. Hay que leer otras cosas.

¿Por qué Débora Tajer?

Débora Tajer es Licenciada y Doctora en Psicología (UBA). También Magister en Salud (Flacso) y profesora Adjunta a cargo de la Cátedra Introducción a los Estudios de Género, y profesora Adjunta regular de la Cátedra Salud Pública/Salud Mental II de la Facultad de Psicología de la UBA, donde también es directora del Programa de Actualización en Género y Subjetividad. Imparte el Seminario “¿Cómo trabajar en clínica psicoanalítica con perspectiva de género?”. Estuvo a cargo de la Cátedra Alicia Moreau (2019), Universidad Paris 7 Diderot. Es co-fundadora del Foro de Psicoanálisis y Género (APBA) y miembra de su Comité Asesor. Autora de Heridos corazones (2009), es también co-compiladora junto a Irene Meler de Psicoanálisis y Género. Debates en el Foro (2000). 

En Psicoanálisis para todxs. Por una clínica pospatriarcal, posheteronormativa y poscolonial (Topía Editorial) se propone la tarea de construcción de herramientas psicoanalíticas desde un abordaje pospatriarcal, posheteronormativo y poscolonial del sufrimiento humano. La autora hace una doble apuesta. Por un lado, el develamiento de la visión patriarcal, heteronormativa y colonial subyacente a los abordajes “clásicos” psicoanalíticos. Por el otro, los aportes de instrumentos teórico-clínicos en la perspectiva de género y psicoanálisis. A lo largo del libro da cuenta de los cambios en las femineidades y masculinidades, las nuevas configuraciones familiares y vinculares, las actuales formas de inserción laboral, los nuevos ideales, los cambios en las modalidades de asunción de las identidades de género y las formas de expresiones sexuales y amatorias.



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“La organización del cuidado tiene una marca de género muy clara” | Eleonor Faur, especialista en relaciones de géneros, familia y políticas públicas



Eleonor Faur es socióloga (UBA) y doctora en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Es profesora del IDAES, de la Universidad Nacional de San Martín e investigadora del Instituto de Desarrollo Económico y Social (UNGS-IDES).

Es autora de Masculinidades y desarrollo social. Las relaciones de género desde las perspectivas de los hombres (2004), El cuidado infantil en el siglo XXI. Mujeres malabaristas en una sociedad desigual (2014) y Mitomanías de los sexos (con Alejandro Grimson, 2016), entre otras publicaciones.

Pionera en el estudio de los sistemas de cuidado desde una perspectiva de género, Faur se refiere a las tareas de cuidado en un año signado por una mayor permanencia en los hogares, los dispositivos de transmisión de mensajes, la Educación Sexual Integral (ESI), el surgimiento del movimiento Ni Una Menos, el derecho al aborto, y la importancia de “abrir espacios de reflexión y apuntar a un objetivo que en realidad es un horizonte, que es el horizonte de la igualdad”.

–¿A qué nos referimos cuando hablamos de cuidados?

–El cuidado es un elemento central del bienestar humano. No hay nadie que pueda vivir sin ser cuidado o sin haberlo sido. Y aunque hay algunos momentos de la vida en los cuales necesitamos cuidados de una manera más intensa, en realidad a lo largo de toda nuestra vida necesitamos cuidados. Al mismo tiempo somos proveedores y proveedoras de cuidados. Estamos hablando de una serie de actividades que se requieren para que una vida sea vivible, que haya un bienestar físico y emocional, que haya lazos entre las personas que habiliten una vida social agradable. Entonces, aunque todos y todas necesitamos cuidados y todos y todas tenemos la capacidad de cuidar, lo cierto es que, a nivel social, institucional y político, desde hace por lo menos dos siglos los cuidados se han organizado de una cierta manera por la cual se supone que se proveen básicamente dentro del ámbito de los hogares y que somos las mujeres las principales responsables de ofrecer esos cuidados. La organización del cuidado tiene una marca de género muy clara. Ahí tenemos uno de los nudos críticos de la cuestión de los cuidados que, hace varias décadas, estamos tratando de desandar y desanudar desde la academia y el activismo feminista. No se cuida solo en el hogar, sino en distintos escenarios públicos, comunitarios y privados, y no sólo las mujeres tenemos la capacidad de cuidar. Sin embargo, son muchos los engranajes sociales, institucionales, políticos y culturales que definen esta organización del cuidado como una organización generizada. El problema es que, frente a la escasez de políticas públicas, la variable de ajuste para que no se profundice el déficit de cuidados termina siendo la elasticidad del tiempo de trabajo no remunerado de las mujeres.

–¿Qué observó, en términos de cuidados, en estos tiempos de pandemia y aislamiento?

–Las transformaciones a nivel social –en este tipo de cuestiones también–, muchas veces llegan de formas que uno no espera. Al mismo tiempo que uno defiende la necesidad de políticas para acelerar ciertos cambios sociales, hay veces que estos últimos vienen de la mano de un torbellino, digamos, que nadie imaginó. Por ejemplo, en los años ‘80, ‘90, las fuertes crisis económicas en América Latina hicieron que las mujeres salieran masivamente al mercado de trabajo. Esto, junto con una historia de mayores niveles educativos y de haber ido construyendo una aspiración de mayor autonomía. La crisis del coronavirus, el estar todos y todas guardados en nuestras casas, supuso una intensificación de las tareas domésticas y de cuidado. En los hogares donde hay una pareja conviviente –que es alrededor de la mitad de los hogares de nuestro país–, esa intensificación de los cuidados pudo haber tenido algún tipo de impacto y de movimiento para los varones adultos. Si bien todavía no tenemos datos representativos que puedan revelar cuál fue la medida de ese cambio, dentro de la escasa información que tenemos lo que se ve es que hay un aumento de participación y dedicación para ambos géneros, pero que sigue manteniéndose una brecha. Las mujeres dedican más tiempo a los cuidados y al trabajo doméstico. En los casos de personas con hijos en edad escolar son casi siempre las madres las que acompañan las tareas, viendo si se conectan, viendo si le tienen que prestar el celular en caso de sectores populares con dificultades de conexión. Ojalá quede una memoria de lo duro que es el trabajo cotidiano de sostenimiento del hogar; hay que ver cómo se empuja también desde las políticas públicas para generar nuevas condiciones para la organización de los cuidados.

¿Cómo se desarma y desanda esta imagen tan establecida de los roles y las tareas de cuidado?

–Hay muchas maneras. A lo largo de las últimas décadas algo ha ido cambiando. Hay pequeñas transformaciones que todavía son demasiado incipientes. Por ejemplo, todo el auge del feminismo juvenil… Cuando trabajaba en mi tesis sobre cuidados, en los primeros 2000, y decía que era sobre cuidados, la gente me decía “¿sobre qué?”. Era un tema que no estaba en agenda ni siquiera de las feministas; es decir, sí había una agenda feminista sobre esto, pero no era el tema de batalla. Hoy esto circula en las redes sociales, en las conversaciones. Ya es una buena señal. Además, hay grupos trabajando sobre masculinidades, pero todavía más con la agenda de ver cómo se generan o cómo se sostienen masculinidades no violentas que sobre cómo compartir los cuidados.

–En esto, también la Educación Sexual Integral tiene mucho que aportar.

–Sí, la Educación Sexual Integral es una herramienta muy poderosa, que se está trabajando y se está empezando a visualizar en las prácticas pedagógicas pero que todavía hay que reforzar. Históricamente, la escuela fue una de las instituciones que nos formó a las mujeres para con los cuidados. Luego de muchos años y décadas de investigaciónm, Catalina Wainerman señaló cómo representaban la literatura infantil escolar y los libros de lectura de las escuelas primarias las imágenes familiares y las imágenes de géneros. El leitmotiv era “Mi mamá me mima” y las imágenes mostraban a las mujeres cocinando y a los hombres volviendo del trabajo agotados, leyendo el diario o mirando la tele. Lo mismo entre niños y niñas: salían de picnic y las niñas preparaban la ensaladita mientras que los nenes remontaban los barriletes. Todo eso habita nuestro inconsciente. Algo de esto empezó a cambiar a finales del siglo XX, cuando en los libros escolares empezaron a haber familias que no eran necesariamente mamá, papá e hijitos; mujeres que participaban del mercado de trabajo y no solamente con el delantal puesto, lavando los platos o atendiendo al resto de la familia. Son muchas las imágenes que nos atravesaron y que siguen estando presentes en algunas escuelas todavía. Entonces, también desde la perspectiva de los cuidados la ESI es muy importante, porque tiene entre sus componentes centrales la reflexión sobre la construcción social de relaciones de género. El universo a transformar es inmenso. Es necesario transformar desde las leyes, desde las políticas, desde la ESI, desde la escuela, pero también desde nuestras propias prácticas cotidianas.

–Las formas de transmisión de mensajes, además de variadas, son silenciosas. Se puede enseñar que el llanto es una emoción de todas las personas, pero con frecuencia los chicos y las chicas se angustian si el que llora es el padre, por ejemplo.

–Exactamente, son tantos los dispositivos de transmisión de mensajes y esa idea de que los varones no lloran, los hombres no lloran, muchas veces puede estar solapada, de manera imperceptible en películas, en dibujos animados, donde simplemente vemos pocos varones llorando, mientras abunda la imagen de mujeres emocionadas hasta las lágrimas. Esas cuestiones forman parte de una sensibilidad social que, si bien cambia, todavía está muy presente. Entonces, es importante comprender que los cambios culturales profundos, como las transformaciones en los estereotipos y en las dinámicas de género, se van desarrollando en capas. No sucede todo al mismo tiempo ni somos conscientes de todo. No hay recetas tampoco. Es fundamental tener esto en cuenta, porque con el auge del feminismo también nos hemos llenado de mandatos y recetas. Hay muchas cuestiones que permean nuestras sensibilidades, nuestras subjetividades. La tarea es más de filigranas, una tarea lenta, una tarea que requiere de autorreflexión y muchas preguntas: “¿por qué te preocupás cuando tu papá llora?”, más que “¡ay, bueno, pero es normal que los varones lloren!”. La ESI es un desafío importantísimo. Es un derecho y al mismo tiempo tiene una complejidad que es más un proceso que un resultado. Hay que dar lugar a la reflexión, a sorprendernos de lo que nos encontramos, a permitir que se habiten las dudas y las preguntas con mayor libertad. Porque si nos llenamos rápidamente de certezas estamos escondiendo muchas de las cuestiones que están ahí todavía persistiendo.

–Entre otras cosas, ¿cuánto de miedo hay detrás de aquellos sectores que se oponen a la ESI?

–Hay una férrea oposición que se expresa en este slogan absolutamente brillante desde el punto de vista comunicacional que dice “Con mis hijos no te metas”. Creo que es una mezcla de activar temores basados en el prejuicio: “que la ESI adoctrina a les niñes”, “que es el nuevo fachismo”. Por un lado, está todo ese temor y, por otro, hay realmente una férrea defensa de ciertas corporaciones religiosas que han encontrado un lenguaje simple y directo para llegar a las familias que tienen dudas. Funcionan a partir de provocar lo que suele denominarse el “pánico moral”, que es eso de “Con mis hijos no”. Estos movimientos vienen de los años ‘90; desde ahí se está hablando de una supuesta ideología de género con una asociación fuerte que se estableció entre el Vaticano y algunos sectores evangélicos conservadores -subrayo porque los evangélicos no son todos conservadores. Estas grandes corporaciones religiosas fueron permeando fuertemente en la capilaridad social a través de iglesias, parroquias y de una cantidad de educadores y educadoras de este tipo de espacios y, en los últimos años, vía redes sociales. Estas posiciones se reflejan también en los triunfos de Jair Bolsonaro, en Brasil, y de derechas muy rancias a lo largo de la región.

–En varios de sus libros aborda el tema de las masculinidades. ¿A qué refiere el concepto?

–Empecé a abordar las masculinidades en los ‘90. En esos años había diferentes maneras de pensar las masculinidades y no todas eran feministas. Había algunas miradas reactivas también con relación a “las mujeres ya avanzaron muchísimo” o “ahora los discriminados somos nosotros”. Siempre un poquito de pánico moral hay alrededor de los movimientos que buscan detener las grandes transformaciones igualitarias. Hubo algunos pensadores y algunas pensadoras que empezaron a trabajar las masculinidades desde una perspectiva feminista, esto es, comprender que las identidades de género –sean femeninas, masculinas o de la diversidad– se producen y se desarrollan en una particular configuración de relaciones sociales de género. Cuando hablamos de masculinidades estamos hablando de una posición dentro de una práctica de género, y al mismo tiempo, de los efectos de esa práctica en los cuerpos y en las subjetividades masculinas. Es imposible ver las masculinidades por fuera de las prácticas de género. No hace sentido desvincularlas de un mundo de relaciones de poder, así como tampoco tienen sentido los feminismos si los desvinculamos del análisis de las relaciones sociales de género.

–Hay varias posiciones e ideas sobre el feminismo. ¿Qué entiende usted por feminismo?

–Cuando pienso en feminismo lo que pienso es un movimiento emancipatorio que ha trabajado desde hace muchísimos años por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, en primer lugar. Luego con la feliz movilización de la diversidad sexual aprendimos que cuando hablamos de igualdad de género no estamos solamente refiriéndonos a un esquema binario donde sólo existen varones y mujeres, presuntamente heterosexuales. En realidad, el feminismo nunca pensó en la heterosexualidad como una pauta universal ni mucho menos. Hoy definir al feminismo es pensar en la igualdad entre géneros, la igualdad entre personas, la igualdad de derechos y la necesidad de igualación de oportunidades para permitir mayores libertades. Todo ello, a través de una serie de dispositivos sociales y políticas públicas. Lo importante es abrir espacios de reflexión y apuntar a un objetivo que en realidad es un horizonte, que es el horizonte de la igualdad.

–Las luchas de mujeres lograron instalar el debate alrededor de la legalización del aborto, la decisión sobre el propio cuerpo, entre otras cuestiones de suma relevancia. ¿Cuánto se ha avanzado en lo que tiene que ver con vivir la sexualidad libremente?

–La posición de feminidades y masculinidades en relación con la sexualidad es un proceso que viene transformándose hace muchas décadas. Hubo un tema importante que fue la píldora anticonceptiva en los años ‘60. En el momento en que se empieza a desligar tecnológicamente la sexualidad de la reproducción tenemos un paso ganado. Entonces ahí las mujeres también se hacen más dueñas de su cuerpo, de su sexualidad, de sus deseos. Pero por supuesto, yendo al contexto argentino, definitivamente el estallido feminista, que lo ubico en el Ni Una Menos, y después el debate del aborto, trajo una nueva ola, asentada en mas de 30 años de Encuentros Nacionales de Mujeres (hoy plurinacionales y conteniendo a las disidencias). Hay una historia larga de feminismo en la Argentina, sobre todo después de la recuperación democrática. Todo eso trajo transformaciones muy importantes en la subjetividad y en la sexualidad femenina y en los últimos años eso se ve cada vez más claro. Empieza a aparecer esto que llamamos una nueva pedagogía del deseo, donde se empiezan a generar ciertas reglas que, para mí, no deben confundirse con recetas: la libertad y el consenso en los vínculos sexo-afectivos.

–¿Cuáles son los estereotipos más comunes en la infancia y cuánto puede aportar la ESI para terminar con ellos?

–Los estereotipos más frecuentes en la infancia siguen siendo que las nenas son dulces y emotivas y los varones son hiperactivos e inquietos y menos detallistas. Habría que mirar si eso responde realmente a algo verdadero o cuánto de lo que pusimos nosotros y nosotras socializando niños y niñas de esa manera no se expresa después en personalidades diferentes. Yendo a la ESI, en relación con estas cuestiones de género, lo importante es poder dejar atrás estereotipos, aceptar que las personas no son sólo una cosa. Dar lugar para que niños, niñas, niñes vayan encontrando cómo quieren vivir, cómo se sienten, a sabiendas de que la identidad es un proceso de construcción permanente. Para mí la ESI tiene eso como una de las batallas: poder dar lugar al desarrollo de cada persona en los términos en los cuales esa persona sienta que va a vivir de la manera más cercana posible a su propia forma de sentir y de pensar, siempre que no vulnere derechos de otras personas. Ese apropiarse de la propia vida es generar todas las condiciones para vivir una vida libre de violencias en la cual podamos promover y proteger los derechos de cada persona, con independencia de su identidad sexo-genérica. 



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Medios y pandemia, una agenda inconexa | Los investigadores Nadia Koziner y Esteban Zunino analizan cómo evolucionó el tratamiento mediático de la enfermedad que cambió el mundo



Desde el comienzo de la pandemia, dos encuadres disputaron la agenda de manera sostenida: un enfoque sanitario de cuidado colectivo y presencia estatal y un encuadre económico que priorizaba las libertades individuales. En esa puja, los medios jugaron un rol central, en la medida en que participaron de la co-construcción discursiva con otros actores, observa la investigadora del Conicet, Nadia Koziner, y co-directora del Observatorio de Medios de la UNQ.

Al mismo tiempo, el tratamiento mediático de la covid-19 mostró oscilaciones, advierte Esteban Zunino, quien registró día a día la cobertura de la pandemia desde el Observatorio de Medios UNCuyo. A lo largo de diferentes etapas —una inicial de consenso y adhesión a la perspectiva oficial, solapada por otra de creciente polarización fuertemente promovida por la oposición política—constataron la falta de correlato entre la evolución de los contagios y la relevancia informativa: el pico sanitario coincide con una agenda mediática pospandémica.

–¿Qué relación encuentran entre el número de contagios y su cobertura noticiosa?

Esteban Zunino: — Desde el inicio del aislamiento, el 20 de marzo, observamos una primera etapa de sobreinformación donde, producto de la novedad de la situación y la centralidad que adquirió en los medios, nueve de cada diez noticias publicadas en los principales portales son sobre covid y desplazan absolutamente al resto de los temas habituales de las agendas. A fines de abril se inicia una segunda etapa de polarización. En ese lapso, las elites políticas logran instalar temas en la agenda que exceden la pandemia.

–¿Cómo cuáles?

E.Z.: –El primer gran tema es “Vicentín”. A partir de allí, la relevancia de la covid en las agendas mediáticas empieza a caer sostenidamente, la curva desde marzo hasta acá es descendente. En esa etapa de “polarización política”, donde se polemiza alrededor de asuntos que exceden la pandemia, aumenta el nivel de beligerancia política. La última etapa es muy interesante. Justo cuando se da el pico sanitario, en septiembre y octubre, surge una agenda mediática pospandémica. Se trata de una agenda mediática que incorpora la pandemia como “normal” y, al mismo tiempo, recupera los temas que son habituales. Lo que llama la atención en esta última etapa, que caracterizamos como de “desinformación”, es que mientras se llega al pico de 18.000 casos diarios se invisibiliza la pandemia como problema público.

–¿Por qué creen que se da esta relación inversa entre cobertura y contagios?

–E.Z.: Claramente, la evolución de su relevancia en los medios no está atada a la evolución de los casos. La cobertura de la pandemia se explica por la irrupción de eventos clave y disruptivos. Lamentablemente, la información sobre muertos y contagiados deja de ser un elemento novedoso y se convierte en rutinario. En las últimas semanas, la pandemia retoma niveles de atención significativos producto del anuncio de las compras de vacunas o su efectividad, pero no está asociada a la evolución de la enfermedad.

–¿Cómo observan la puja entre el enfoque sanitario y el económico desde el comienzo del ASPO?

Nadia Koziner: –Atravesó distintas etapas. La temprana caracterización que el Gobierno hizo de la pandemia como un evento crítico para la Argentina lo habilitó a actuar rápidamente y dictar el ASPO. Eso permitió ralentizar el ritmo de avance de la enfermedad, al tiempo que se procuraba acondicionar al sistema sanitario nacional. Buena parte de los medios mostró una cobertura coherente con ese encuadre, sobre todo, respecto de las prescripciones morales para hacer frente al avance del virus: “quedate en casa” se repitió como mantra en cada programa de televisión. Esa recomendación, sin embargo, no siempre estuvo acompañada por un tratamiento responsable del asunto. El impacto económico de la pandemia fue un tópico relevante desde los inicios, como lo señaló el Observatorio de Medios de la Universidad de Cuyo. En parte porque el foco en las consecuencias económicas es un patrón recurrente en las noticias. Pero lo novedoso aquí es que el enfoque económico se ubicó como el signo que disputó la definición de la pandemia propuesta por el gobierno y coincidió, además, con la fractura que comenzó a vislumbrarse en el seno de la dirigencia política, en particular entre el oficialismo nacional y la oposición.

–¿Cuáles son las consecuencias discursivas de ello?

N.K.: —La percepción sobre la causa de los problemas económicos quedó asociada al ASPO y no la pandemia. La falsa dicotomía entre salud y economía, el respaldo o impugnación de la continuidad de la cuarentena, extremaron las posturas al punto de ocultar que la crisis de la actividad económica no se solucionaría mientras el virus se siguiera expandiendo. En el éxito inicial del ASPO estaba el germen de su disolución. Con la formalización del DISPO en el AMBA y la pérdida de relevancia del encuadre sanitario, ganaron espacio los asuntos económicos. Y por ende, el componente controversial en relación con la covid se desplazó hacia las vacunas.

–Hubo perspectivas confrontadas desde que comenzó la pandemia. ¿Creen que los encuadres en pugna se mantuvieron o advierten algún cambio?

E.Z.: –En las dos primeras etapas, la disputa era entre un enfoque sanitario de cuidado colectivo y presencia estatal, promovido por el gobierno, y un enfoque económico, impulsado fuertemente por ciertas usinas de pensamiento y por los propios medios de comunicación. En la última etapa —el período que denominamos de desinformación—, la política recupera protagonismo y, en paralelo, la discusión económica ya no pasa por la pandemia: si el dólar aumenta o no, si se controla la corrida bancaria, si la negociación con el FMI implica ajuste o no… ninguna de esas variables está relacionada con el tema pandémico. La pandemia como tema desaparece de las agendas mediáticas y se retoma una discusión muy polarizada sobre los problemas macro que deja la pospandemia. Lo interesante aquí, insisto, es que la pandemia no terminó.

–¿Qué tratamiento dieron los medios a la idea de riesgo en este contexto?

E.Z.: –El riesgo se compone de dos dimensiones. Una objetiva, la posibilidad concreta de enfermarse, y una dimensión subjetiva, asociada a la percepción individual: allí las representaciones mediáticas juegan un papel central. Estas dos dimensiones no tienen por qué estar relacionadas. El riesgo es un componente de la construcción de la noticia; eso tiene que ver con las rutinas periodísticas y con la dramatización y espectacularización constitutivas de las noticias. Mientras que el 80% de las noticias se inscriben en un escenario de riesgo, solo cuatro de diez aportan alguna salida o solución en términos de prevención de la enfermedad o de manejo de la vida en el espacio público del confinamiento. Es decir, la construcción de la amenaza, es una amenaza natural.

–¿Por qué lo define como “natural”?

E.Z.: –Hay un virus que nos amenaza, pero al mismo tiempo se construye a ciertos actores políticos como dinamizadores de esos estados de riesgo: el gobierno porque actúa tarde, algunos referentes a los que se responsabiliza por empeorar la situación, cualquier aparición de la expresidenta Cristina Fernández representada como un elemento desestabilizador, tanto cuando habla como cuando no habla. No hay un correlato con la función social que se espera cumplan los medios de comunicación.

N.K.: —Creo que la construcción de las víctimas de la pandemia también puede pensarse en la línea que Esteban presenta sobre la cobertura del riesgo. En paralelo a identificar a sectores medios acomodados y altos como víctimas directas e indirectas, las cámaras televisivas se instalaron en las villas y barrios vulnerables, donde la propagación del virus avanzó con mayor crudeza. Poco después del fallecimiento de Ramona Medina, la referenta de La Poderosa en la Villa 31, se dispuso una cuarentena comunitaria en Villa Azul. Entonces algunos editorialistas se escandalizaron por “el avance sobre las libertades individuales”, porque se condenaba a la gente a vivir aislados. Resulta llamativo que el foco se pusiera en el aislamiento y no en la expansión del virus en una población vulnerable y vulnerada, que debería ser el problema a atender.

–¿Cómo ha sido la cobertura mediática de la pandemia en términos de la ubicación de los hechos?

E.Z.: –En los medios del AMBA, más del 80% de las noticias tienen epicentro en el AMBA y se refieren a problemáticas del AMBA. En segundo lugar, se prioriza la cobertura de otros países. Las provincias más pobladas o en las que la problemática pandémica fue mayor no figuran en el segundo ni en el tercer lugar en términos de coberturas. Hay una cobertura porteño-céntrica muy marcada. La sub-representación de la realidad de las provincias en los diferentes momentos de la pandemia es muy notoria. Al principio de la pandemia, cuando el Chaco era el segundo epicentro de contagios, no había demasiada información sobre esa provincia. Cuando fue Mendoza, Santa Fe o Córdoba, las noticias aparecían esporádicamente. En los medios de las provincias esa situación se revierte: cinco de cada diez noticias tienen epicentro en la región, se cubre la información con una mirada local, pero se retoma la agenda del AMBA. La situación no es simétrica.

–¿A qué lo adjudican?

E.Z.: –A cómo está estructurado el país en la toma de decisiones. El federalismo tiene núcleo en Buenos Aires; los principales actores que tomaron las decisiones y comunicaron los pasos y los estadios de la pandemia fueron, a lo largo de siete meses, el Presidente, el gobernador de la provincia de Buenos Aires y el jefe de gobierno porteño. Y eso, de un modo u otro, hace que los medios de las provincias informen sobre cómo evoluciona el DISPO, el ASPO y los contagios en el AMBA, pero no al revés. Aun en los medios de las provincias, el encuadre también es porteño-céntrico. Aun cuando se informe lo que está ocurriendo en la provincia, hay un encuadre nacional del manejo de la pandemia y de la cuarentena que se asocia a la agenda de Buenos Aires. Un caso elocuente es Mendoza, donde los medios editorializaban sobre el aislamiento y la cuarentena cuando Mendoza no estaba en aislamiento ni en cuarentena, sino en DISPO.

–Distintos estudios de agenda muestran que en las noticias subyace una base moral, que distingue el bien del mal. ¿Cómo funcionó ese rasgo en la pandemia?

N.K.: –La definición mediática de un problema público no es excluyente de los medios; los medios participan de esa construcción con otros actores y son, a su vez, cajas de resonancia de esos problemas. Esa perspectiva mediática, en particular, conlleva siempre un sustrato moral. Ese sustrato moral fue mutando conforme se han ido modificando los enfoques sobre la pandemia. Al inicio del ASPO, cuando el tratamiento mediático fue en sintonía con el encuadre sanitario del gobierno, las prescripciones acerca de la conducta a seguir apuntaban a la importancia del cuidado. Pero ya se observaba una excesiva atención a historias individuales, tanto como nota de color como para emitir sanciones a ciertos comportamientos considerados desviados de la norma. Ello fue en desmedro de un tratamiento estructural y contextualizado del fenómeno, que aportara información socialmente relevante para prevenir el avance del virus y evitar, a la vez, sembrar pánico en la población. Paralelamente se otorgaba una enorme visibilidad —incluso, en medios considerados oficialistas— a las protestas anticuarentena, que rompían todo tipo de protocolo y, en muchos casos, exhibían conductas violentas. Luego, aun dentro del ASPO en AMBA y de modo congruente con la consolidación del encuadre económico, esas sanciones morales comenzaron a flexibilizarse hasta justificar las conductas que antes habían sido condenadas, amparados en la imposibilidad material y psicológica de sostener un aislamiento durante tanto tiempo y dando por hecho que el ASPO se había terminado.

–¿Cómo se pasó de ese escenario de consenso político a la reedición de la ruptura entre oficialismo y oposición?

E.Z.: –Nosotros decíamos que hubo un primer momento de mucho consenso, que coincide con ese momento de sobreinformación en donde no se ponía en cuestión ni la política sanitaria ni los modos de gestión. Un primer hito de fuerte polarización política intra-pandemia fue la discusión sobre el manejo de la pandemia en la población carcelaria de riesgo. Por fuera de la pandemia, Vicentín. Una vez roto ese consenso político, los medios se alinearon editorialmente de un modo más o menos previsible. Hasta entonces, sin embargo, esa ruptura del consenso político no implicaba una ruptura del consenso sanitario.

–¿En qué sentido?

E.Z.: –Más allá de opinar si la cuarentena era larga o no, si se testeaba mucho o poco, los medios más leídos del país no ponían en duda la gestión sanitaria ni los datos que producía el Ministerio de Salud. Tampoco que la cuarentena hubiera evitado el colapso del sistema sanitario. Y se asumía que la Argentina había evitado niveles de contagio por millón de habitantes y de colapso de su sistema que la distinguían de otros países. Con la decisión acertada de la provincia de Buenos Aires de ajustar la contabilidad de los fallecidos hubo un primer hito a partir del cual empezaron a ponerse en duda los datos que distribuye el Ministerio de Salud. Luego otras provincias también empezaron actualizar su lista de fallecidos, lo que ubicó a la Argentina entre los países más afectados. En ese momento, también se rompió ese consenso sanitario. Hoy no solo se critica abiertamente la gestión política de la pandemia, sino también la sanitaria.

–¿Cuál es la valoración que los medios hacen de la solución a la pandemia, con foco en la vacuna aunque no solamente?

N.K.: –El enfoque que se le de a un asunto público incluye la definición de un problema, la identificación de responsables por ese problema, un sustrato moral que sanciona conductas y propuestas de solución. Prácticamente desde el inicio de la pandemia, la vacuna ha sido presentada como la solución a la crisis sanitaria, incluso entre quienes atacaban la cuarentena como método para morigerar el impacto del virus. Pero hubo dos temas que sumaron controversia y dan cuenta de un tratamiento poco responsable, en el contexto de una crisis sanitaria global. Primero, se otorgó una fuerte visibilidad a sectores antivacunas, amplificando la circulación de este tipo de discursos. Y además no todas las vacunas se valoraron de la misma manera: la de origen ruso fue puesta sistemáticamente en cuestión, aun cuando los niveles de efectividad resultaban parejos. Esoscuestionamientos surgían y se retroalimentaban solo dentro de los medios.  



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Dora Barrancos: “La historia de los feminismos es la historia de la reivindicación de derechos” | La investigadora publicó el libro “Los feminismos en América Latina”



Dora Barrancos acaba de publicar el libro Los feminismos en América Latina. Le llevó tres años escribirlo. “Ha sido un esfuerzo descomunal”, describe la historiadora feminista, investigadora principal del Conicet y actual asesora presidencial. Se trata de una publicación con referato, que forma parte de la colección Historias Mínimas que edita El Colegio de México y dirige el investigador argentino Pablo Yankelevich. Pero no tiene tono académico. Condensa en casi 300 páginas los grandes acontecimientos de los feminismos del siglo XX en los diferentes países de la región, sus protagonistas, sus voces, las demandas. Y también una selección de las movilizaciones multitudinarias más recientes: el surgimiento del movimiento Ni Una Menos y la marea verde de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto, las insurgencias en las universidades chilenas contra los acosos y abusos en ese ámbito institucional educativo; las protestas por la paz en Colombia y en Brasil, “Ele Não”, contra Jair Bolsonaro; la rebelión al patriarcado en las comunidades indígenas y los juicios de Abya Yala a la justicia patriarcal.

–¿Qué se propuso?

–Hacer la historia de los feminismos por supuesto tiene una gran complicidad con la historia de las mujeres, pero no es lo mismo. La historia de las mujeres no implica militancia sobre sus derechos. La historia de los feminismos es agencia por los derechos, asociarse y manifestarse en procura de una reivindicación. Dentro del movimiento de mujeres caben los movimientos feministas. En los encuentros nacionales de mujeres en Argentina, quienes participan seguramente son feministas, pero los encuentros en sí mismo no lo son. El feminismo no es un mero enunciado acerca de cómo es nuestra condición. Tiene el objetivo de reivindicar derechos. El libro cuenta esa historia del siglo XX y la más reciente del XXI.

–¿Cómo trabaja para recuperar la historia de los feminismos?

–El primer paso es recuperar el estado del arte: qué han hecho otras y otros acerca de este objeto, los feminismos. Pero en gran medida, luego de tener ese mapeo en cada país, la orientación hacia las fuentes, por ejemplo, las revistas. La verdad es que fue muy interesante lo que ocurrió con algunos países: Uruguay me sorprende porque tiene una identificación muy precisa de las publicaciones periódicas, aunque faltan algunas feministas que de manera indirecta pude obtener. Chile también ha hecho un esfuerzo muy grande para clasificar ese material. En Argentina no tenemos ese trabajo de identificación y de digitalización de las fuentes. Cuando está hecho en un país facilita inmensamente la tarea. ¿Querés ver cómo se posicionaba el periódico del famoso Movimiento de Emancipación de las Mujeres Chilenas, que quiero tanto, que emerge a mediados de los ’30 con la famosa Elena Caffarena? Se puede conseguir. Después, en algunos lugares hay memorias: alguien la hizo. Ahí se abre la posibilidad de una cierta crisis en relación con esa fuente: qué recupera, qué no dice. 

Quiero hacer una aclaración: Para que el texto aplane su forma rutilante académica, el estilo usado por la colección Historias Mínimas nos complica la vida porque no se hace mención de la bibliografía sino en un apéndice. Para que sea más amigable la lectura y no la interrumpa. Para quienes estamos acostumbrades al ritual autorizante –citar la fuente usada– es muy doloroso porque a veces hay una idea que está originada en una colega, en una emisora, y te obliga a sortear esa información y te da la impresión de que no estás haciendo toda la justicia.

–De la historia reciente de los feminismos recupera el movimiento #NiUnaMenos y la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito en Argentina; el Mayo rosa en Chile, las mujeres movilizadas por la paz en Colombia y en Brasil contra Bolsonaro … ¿Qué aspectos en común las unen?

–Hay una fórmula muy común y que está en tope: las nuclea las luchas contra las violencias de todo tipo, y se observan también manifestaciones al interior de instituciones como en el Mayo chileno, que fue una rebelión en las universidades, especialmente contra la violencia sexopática. Y en segundo lugar, una manifestación diaspórica, que cada vez más en nuestra región latinoamericana absorbe las identidades diversas.

–Hay una reacción muy extendida contra las violencias machistas. Sin embargo, al mismo tiempo se observa como respuesta un ensañamiento contra los cuerpos feminizados. Los femicidios no bajan, y han aumentado durante la pandemia. Y la justicia todavía tiene una mirada patriarcal para ocuparse de estos hechos cuando se denuncian…

–Hay una lucha antipatriarcal, con eje contra las violencias y contra las violencia sexual, sobretodo. Es magmático. Se da en toda Latinoamérica. Ahí vos señalas que a pesar de todo esto, los femicidios no se detienen. Los femicidios los computamos desde que tenemos noción cabal de esta violencia extinguidora: no tenemos idea todavía de la cantidad de femicidios antes de la gran mirada desde los ochenta y pico. A finales de los ’90 hubo una concatenación de mujeres muertas en la zona de Mar del Plata. Creo que en ocho meses se mataron siete mujeres que ejercían la prostitución.

–Lo recuerdo: después se supo que estaba involucrada en esos femicidios la policía bonaerense, para garantizarse impunidad había creado una figura y se los adjudicaba a un supuesto “loco de la ruta”…

–También estuvo involucrado un juez. Yo era legisladora porteña. Estábamos impactadas: me acuerdo que con María Elena Naddeo y con Gaby González Gass, también legisladoras porteñas, nos horrorizábamos. Decíamos: “algo hay que hacer”. Solo eso. No sabemos cuántos femicidios se registraban antes de empezar a poner la mirada en el tema. Muchos se encubrían bajo la figura de la emoción violenta. 

Tengo una serie de fallos hasta 1921, cuando cambia el Código Penal: se mataban mujeres por cuestiones de honor. Y no había castigo: era sana, sana, colita de rana. Hay un caso después de 1921, de un hombre “la society” que era asesor letrado del Ejército, que mata a su esposa y a su amante en la zona de Recoleta. Lo exculpan por emoción violenta primero y le dan una pena simbólica de un par de años. La pena es revisada, se cuestiona la “emoción violenta” porque el hombre había comprado el arma y sabía de la situación de su esposa y su amante, pero le aplican nada más que seis o siete años de cárcel. 

En suma, hoy más allá de la limitación que todavía tiene la justicia para sancionar la violencia por razones de género, en la sociedad hay un horizonte, un imaginario, que está muy prevenido frente a esto: ya no titula como crimen pasional. Pero, sí, la Justicia tiene rémoras. De todas formas, hay fallos interesantísimos, poco conocidos. Por ejemplo, un fallo de Mar del Plata que me mandaron el otro día: un hombre, tratante, que explotaba sexualmente a seis mujeres en un domicilio en Balcarce. Se logran escapar, dos o tres denunciaron. ¿Sabés que hizo el juez? Ordena un resarcimiento completo sobre esas víctimas. El hombre alega que no tiene plata y el juez ordena la venta de la casa y distribución del monto a cada una de las mujeres. Es un fallo notable.

Otro muy interesante en Tucumán, donde un hombre golpeaba a su pareja, una mujer muy pobre, con tres o cuatro criaturas, en un pueblito pequeño. Ella lo denuncia varias veces, le imponen a él una restricción perimetral pero es una medida que no cumple. La jueza dispuso que no viva más en Tucumán y lo exilió. También lo que pasó con el fallo de primera instancia sobre el caso de Lucía Pérez, que fue anulado completamente por la Cámara de Casación. Digo esto para que veamos que no todo es negativo.

–¿Tiene una mirada optimista?

–Tengo una mirada optimista, aunque sé que también hay otros fallos horribles. En todas partes esta demanda contra las violencias machistas está muy vibrante. Tenemos situaciones que antes eran impensadas. A mí lo que más me gusta es la movilización de las queridas congéneres de los pueblos originarios. Esto es novedad. En el libro tomo un texto de Claudia Korol, que hizo una gran investigación sobre Berta Cáceres. Ella es la síntesis de esto nuevo. La indígena que luchaba socialmente, con esa tremenda iluminación acerca de la lucha antipatriarcal. Hoy hay una rebelión al patriarcado en las comunidades indígenas.

–¿Observa a estos movimientos feministas latinoamericanos como la expresión más revolucionaria de los últimos años?

–Sí, por supuesto. Con relación a Europa no cabe duda. El impacto que tuvo el #NiUnaMenos sobre las sociedades europeas es muy grande. Creo que en este momento vuelve a haber una actividad antiviolencia en Europa como consecuencia de las luchas latinoamericanas. ¿Por qué? Porque hay una serie de derechos que allí se conquistaron tempranamente, uno de ellos el aborto, claramente. Salvo el retroceso brutal que se está dando ahora en Polonia, que no sé cómo va a quedar, porque no es tan fácil retroceder. 

¿Por qué puede haber ahora mayor movilización en torno de agencias feministas contra la violencia? Porque las nuevas derechas en el mundo tienen una declaración de principios: son antifeministas y antidiversidad. Mirá a Trump, a Vox. Esa es la novedad de las nuevas derechas. Por eso creo que va a venir ahora ese rebote contra esa manifestación de derecha, con una vuelta de las agencias feministas y una proyección muy grande de lo que está pasando en América latina. Nuestro continente está siendo el inductor. 

–A cinco años del #NiUnaMenos, ¿cómo evalúa su impacto en la Argentina?

–Enorme, porque el #NiUnaMenos hizo una interpretación mucho más aguda y de mucho mayor alcance. El sujeto interpelado fue el mismo sujeto actoral: las mujeres. ¿Se interpelaba al patriarcado? Sí. Pero cuál ha sido su eficacia: una enorme movilización subjetiva y muscular de las mujeres. Subjetiva porque fue una interpelación profunda; muscular porque ha habido mucha movilización de mujeres en las calles. Hay una transformación de la subjetividad magmatizada: no es solamente una que se siente interpelada, es una que llama a la otra. Hay un estado de cabildeo fuerte consigo y con las otras. Las mujeres se conectaron con una subjetividad transformada. Se dio en las más jóvenes, en les adolescentes, pero ellas están impulsando a otras generaciones.

–¿Cómo enhebra el #NiUnaMenos con la marea verde?

–El #NiUnaMenos es el pebetero de la marea verde. Obviamente se constituye con distintos aportes, donde los Encuentros Nacionales de Mujeres han sido decisivos: ahí emerge la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto. Pero el #NiUnaMenos fue como una mecha para la marea verde que se manifestó en junio de 2018.

–¿Qué cambió del 2018 a esta parte en torno al debate por la despenalización y legalización del aborto?

–Se sustanció más la exigencia, en vez de menguar. Quienes estaban convencidas, están híper convencidas. Pero además, tuvo más alcance. Las última encuesta de la CELAG (Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica), de Alfredo Serrano, muestra eso: una amplísima decisión en la población a favor de legalizar el aborto. Hoy hay más gente que lo apoya.

–¿Cree que esa ampliación se expresará en la votación en el Congreso?

–Espero que sí. Hago votos por los votos.

–Ante la nueva apertura del debate que se inicia en la Cámara de Diputados, sectores celestes están anunciando que “si hay aborto hay guerra”, ya hicieron escraches en el domicilio de diputadxs verdes. ¿Cómo analiza esta reacción tan violenta?

El fundamentalismo exacerbado es esperable. ¿Qué se espera cuando ese movimiento reaccionario tiene poder, tiene aglutinación, y consentimiento en la jerarquía eclesiástica? El otro día me encontré con un legislador que pienso que va a votar en contra y me sorprendió porque lo vi como resignado. Me dijo algo así: “que sea lo que sea, pero esto se tiene que acabar ahora”. El propio Papa respondió por carta a un grupo de mujeres que le pedían que intervenga para que no se apruebe la ley: la carta tiene términos esperados pero no sobreactuados. El Papa, yo creo, tiene con el presidente Alberto Fernández un pacto de respetar lo que el Estado decide. Es vituperable esa declaración tan agresiva de grupos celestes, pero no le demos más crédito de lo que tienen. Creo que ese planteo de guerra es tan insensato que no puede hacer magma dentro de las representaciones responsables de la Iglesia Católica.

Dora, la feminista por contraste

Dora Barrancos es socióloga y doctora en Historia, profesora consulta de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA e investigadora principal del Conicet, donde formó parte de su directorio entre 2010 y 2019. Actualmente es asesora presidencial. Escribió numerosos libros en los que rescata la historia de las mujeres, entre otros, Historia y género, La escena iluminada. Ciencias para trabajadores (1890-1930), Inclusión/exclusión. Historia con mujeres, Las mujeres y sus luchas en la historia Argentina, Mujeres en la sociedad argentina. Una historia de cinco siglos, Mujeres, entre la casa y la plaza, Moralidades y comportamientos sexuales: Argentina, 1880-2011 –este último junto a Donna Guy y Adriana Valobra-. En su último libro, Los feminismos en América Latina, que presenta esta semana de forma virtual, reconstruye la historia de los feminismos latinoamericanos del siglo XX y los acontecimientos más relevantes que protagonizaron en lo que va del XXI. 

Barrancos cuenta que se hizo feminista contrastando las posibilidades que ella había tenido con las de la enorme mayoría de las mujeres. “Pero una personalidad decidida no bastaba para ser reconocida y valorada en un mundo que claramente hegemonizaban los varones. En el exilio en Brasil, los balances de todo orden se imponían, y también me impactaron acontecimientos como las movilizaciones para que se condenara al homicida de una mujer de clase media, que era su pareja. El abogado del victimario lo defendía en nombre de la ‘defensa del honor’. Esa circunstancia fue un despertar a fines de la década de 1970″, recuerda. “Tenía muchas amigas feministas en Brasil y me fue pareciendo insólito que no me hubiera dado cuenta de que las jerarquías entre varones y mujeres estaban en la base de todas las otras diferencias”, suele contar. 

Histriónica, divertida y profunda en sus reflexiones, Barrancos reconoce que tuvo “una infancia privilegiada”, no por razones económicas sino porque su familia era especialmente politizada y enfocada hacia la cuestión de la justicia con los sectores populares. “Mi padre, un maestro en escuelas del interior –nací en La Pampa y  allí comencé mi escuela primaria–, era un liberal prosocialista y militante antifascista. Recuerdo su disgusto alguna vez frente a chimentos relacionados con la moral sexual de una maestra a la que consideraba mucho por su talento intelectual y su destreza pedagógica. Mi madre, de origen protestante, se inclinaba decididamente a forjarme profesionalidad e independencia, más allá de sus exigencias en torno de ciertas conductas que las niñas debíamos guardar”, dice. 

Fue también legisladora porteña por el Frente Grande entre 1997 y 2000 y dirigió el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. En 2019 fue candidata a senadora nacional por la Ciudad por el Frente de Todos. 



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Mariano Castex: “Hay una atracción muy poderosa por el horror” | El reconocido psiquiatra forense y su relación con la historia del crimen



Artistas, locos y criminales. En el manual del psiquiatra forense Mariano Narciso Castex hay lugar para todos. Lleva más de cuarenta años sondeando las mentes de simuladores y asesinos, humillados y ofendidos, víctimas y extraviados, ilustres y desconocidos. Su muestrario incluye nombres y causas que silenciaron el país: Alberto Nisman, Carlos Menem Jr., Ricardo Barreda, el padre Grassi, Nora Dalmasso, el soldado Carrasco, el “tirador de Belgrano”, Horacio Conzi, Fabián Tablado. “He participado hasta la fecha, calculo, entre causas en lo Penal y en lo Civil y Laboral, en más de mil cómodo”, dice Castex, ochenta y ocho años, en el amplio estudio de Recoleta donde trabaja. “Ahora con esto del encierro encontré el Zoom y fue un descubrimiento magnífico. Me reinventé”.

Desde que comenzó la pandemia se dedicó a desempolvar los cuadernos arrumbados y puso en orden su archivo digital. Cientos y cientos de peritajes psiquiátricos, reconstrucciones de crímenes, entrevistas con asesinos, sentencias examinadas, tests psicológicos. En términos de Nietzche, contaba con su propia genealogía de la moral. Luego de hacer una precisa curaduría, estaba listo para salir al mercado.

“Como ya me jubilé de la docencia universitaria, desenterré los casos y abrí mis propias clases virtuales. Empecé en abril. Todas las semanas analizo un caso en el que trabajé”, explica Castex, que entre sus credenciales cuenta con un doctorado en Medicina, licenciaturas en Filosofía y en Teología, el sacerdocio jesuita y la militancia política, además de haber publicado poesías, cuentos fantásticos, obras de teatro, novelas en clave mitológica, ensayos y cerca de cuatrocientos trabajos científicos. “Zaffaroni me dijo que yo podría haber sido un excelente cardenal del Renacimiento, y puede que esté en lo cierto”, se ríe.

–Estamos en medio de una “explosión” mediática de los casos policiales, a partir de las series en plataformas digitales. Ocurrió hace poco con Nisman: El fiscal, la presidenta y el espía y ahora con Carmel: ¿Quién mató a María Marta? Están en camino proyectos audiovisuales sobre Ricardo Barreda, Nahir Galarza y Nora Dalmasso. ¿Cómo observa este fenómeno?

–Vivimos en una sociedad donde abunda la morbosidad. Hay una atracción muy poderosa por el horror, por las pasiones más crueles del ser humano. Entonces estos hechos horrendos, fuera de lo común, pero que además le ocurren a alguien cercano, en términos de especie, son como un imán. Luego uno se acerca por la curiosidad científica.

–¿En su caso la atracción por el crimen es puramente científica?

–Sigo sin tener claro el por qué… desde jesuita yo quería hacer criminología y no me dejaron. Hubiese salido un positivista bruto, así que fue mejor. Yo a los veintidós años me recibí de médico y entré a los jesuitas. Ahí ya había algo germinal. Estaba interesado en la biología y trabajé con los peces venenosos. Estando en la orden fui el único latinoamericano en ir al Primer Simposio sobre Toxinas Animales, en 1966. Fue en Atlantic City y llevé una investigación sobre las rayas de río. De la orden me salí en 1970 y estudié psiquiatría. Eso se juntó con la cárcel y ahí empecé en el peritaje forense.

–¿Qué sucedió en la cárcel?

–En realidad estuve presos dos veces. Primero en 1953, mucho antes de la orden, con 21 años. Pasé noventa días encerrado por haber participado en lo que se llamó “la conspiración de los bebés”. Habíamos preparado un atentado para asesinar a Perón, que fue descubierta apenas unos días antes. Veíamos en él la reencarnación del fascismo. Pero la vida me fue haciendo ver las cosas de una manera muy diferente. Yo terminé como director del Observatorio de San Miguel, creado por Perón, y durante ese tiempo me escribí cartas con él. En julio de 1971 me avisaron que quería conocerme. Viajé a Madrid, a Puerta de Hierro. En ese encuentro le pedí disculpas por haber intentado matarlo. Fue una cosa muy agradable, se rió, recordaba perfectamente la conspiración. Lo que me impactó fue su lucidez y su pensamiento como estadista. Estaba muy atraído e impresionado por De Gaulle. Era otra época, otros valores, sucedían esas cosas.

–¿Y cuál fue su otra experiencia?

–Luego estuve preso entre 1981 y 1982. Volví al país luego de estar exiliado la mayor parte del Proceso y enseguida me armaron una causa. Me acusaron de prescribir recetas indebidas. Solo a mí me hicieron eso. Me perseguían porque para ese momento ya llevaba varios años militando en el Peronismo de Base. En la cárcel leí mucho pero nada de ciencia. Tenía un montonero que era bibliotecario y me pasaba libros de Herman Hesse, García Márquez, Alejo Carpentier, Vargas Llosa. Esas lecturas, pero por sobre todo las horas y horas y horas hablando con presos y las esperas inacabables, me fueron movilizando. Te sacaban a las tres de la mañana, te ponían en fila, en pelotas, te tenían horas así para hacer las requisas, te cagaban a trompadas, te cargaban en camiones. Yo juré, el día que salí, que iba a hacer todo lo posible para que las personas que estaban presas estuvieran en una cárcel el menor tiempo posible. Hay que determinar el estado mental de una persona que comete un crimen antes de meterlo en una cárcel.

–¿Qué hay de cierto en la idea de que para un acusado de asesinato la mejor opción es que lo declaren inimputable?

–Se cree erróneamente que el hecho de que un victimario sea loco, psicótico, implica salvarlo de la prisión. Nada más alejado de la verdad. La internación equivale muchas veces a una condena perpetua. Pero lo que sí habilita es un tratamiento. El encierro en cambio solo agrava esos casos. En los noventa yo gané el concurso para ser parte del Cuerpo Médico Forense, pero era el único psiquiatra que seguía la línea de Zaffaroni y me consideraban de “ideas peligrosas”. Decían que conmigo “todos los presos iban a estar libres”, porque yo sostenía la inimputabilidad de muchos de ellos.

–Ese pensamiento luego se reduce, en una amplia porción de la sociedad, al sentido común que asegura que los presos “entran por una puerta y salen por la otra”.

–Hay una necesidad muy fuerte de castigar. Una alquimia peligrosa que une el castigo con la venganza. Y lo que hay que hacer es buscar justicia. El caso típico es el de Martín Ríos, el “tirador de Belgrano”. Querían tenerlo en la cárcel y ahora está en la calle, para matar gente de vuelta. De entrada los cinco peritos oficiales y los dos de parte dijimos que estaba loco. Y sobresimulando. Era tan inteligente en su locura que se dio cuenta de que podía exagerar los síntomas. Pedimos la inimputabilidad. Tenía que ir al Hospital Borda, pero la jueza nos contestó: “¿Qué va a decir el periodismo y la opinión pública?”. Pidieron pericias y pericias hasta que una “ilustre” forense, ubicada a dedo, aseguró que todos estábamos inventando, que el tipo no estaba loco. Lo declararon lúcido para meterlo en la cárcel y ya está en la calle. La locura en muchos casos dejan intacto el conocimiento y eso permite el engaño. Lo mismo sucedió con Conzi. Si hubiese sido inimputable no salía nunca, ahora está más loco que antes y en la calle.

–¿Cómo se originan esos conflictos entre peritos?

–Se aplica mal el artículo 34 del Código Penal, que es el de la inimputabilidad. El artículo dice que si la persona “no comprende o no dirige”, hay que tratarlo e internarlo, porque está enfermo. Muchos presos que cometieron grandes crímenes actúan en función de un trastorno mental, que a veces es transitorio y otras permanente. Hay médicos que todavía sostienen que para declarar inimputable a alguien, el artículo exige una persona totalmente “perdida”. Pero hay enfermedades psiquiátricas como la neurosis, las obsesiones, que pueden llevar a alguien a matar. Cualquier persona con una alteración que requiere ayuda psiquiátrica es un enfermo mental y tenemos que tratarlo como tal.

–¿Qué incidencia tienen los medios de comunicación y la opinión pública en un fallo judicial?

–El periodismo hace oscilar las causas. Por ejemplo con Barreda, que para mí no era imputable. Se falló por la presión que había, y eso que en aquel momento los medios no estaban tan en contra de él. Luego sucede que hay diarios que se dicen garantistas sin saber siquiera de qué se trata. La Nación, que se jacta tanto de ser un diario que aboga por las garantías y la república, es un diario antigarantista. Están en la línea del castigo, de la venganza, predican el odio. Instalan un discurso que deforma y oculta lo que sucede en la Justicia.

–¿En qué casos siente que eso se expresa con más claridad?

–Son medios, por ejemplo, que nunca hablan de la gente que pasó años encerrada, acusada de un crimen que no cometió. Personas que vieron destruidos sus hogares. Yo por ejemplo estuve dos años preso y salí absuelto. Pero uno de mis hijos es psicótico a raíz de eso, era muy chiquito cuando tuvo que atravesar esa situación. He tenido muchos casos de jóvenes acusados con dibujos policiales. El chico acusado de haber matado un policía en Mercedes, tres años estuvo preso. Destruyeron su familia y luego salió absuelto. Los medios para montar su discurso se ponen del lado de la víctima, de la familia de un muerto, que es humano que tengan resentimiento y pidan venganza. Pero una cosa es la venganza y otra la justicia. Eso no debería confundirse. La madre del chico que había desaparecido en el sur, Facundo Astudillo, ella pide justicia y no venganza. Hay una diferencia muy clara.

–¿En dónde nace esa confusión entre la justicia y la venganza?

–La venganza está afincada en la naturaleza del ser humano: la pasión, el odio, la bronca. Pero cuando hablamos de justicia sin venganza es algo que también surge de la naturaleza humana. Es la ecuanimidad, la prudencia, la misericordia. La tradición judeocristiana tiene una postura de venganza: la ley de talión, el ojo por ojo. La grecorromana en cambio es la justicia de Temis, la diosa de la equidad. Cuando Orestes mata a su madre cumpliendo con el oráculo de Delfos, las Furias lo persiguen y se refugia en el templo de Atenea. Ella las convence de que es mucho más sano, que en vez de vengarse en él, se conviertan en diosas venerables. Siguen ese consejo y dejan ir el odio.

–Trabajó en casos que estuvieron en el centro de los debates mediáticos. En la causa del fiscal Alberto Nisman defendió al único imputado, Diego Lagomarsino. ¿Por qué aceptó ese caso?

–En Nisman lo primero que dijeron fue “esta loca lo mandó a matar”. Eso nace porque la gente opositora a la línea de los Kirchner quería tirarles el caso. Y Lagomarsino quedó en el medio. El Cuerpo Médico Forense y el policial dijeron ya al principio que no había indicios de asesinato. Sin indicadores, solo quedaba el suicidio. Menos Osvaldo Raffo, que estaba medio perdido ya. Y Julio Ravioli, que dijo cualquier cosa. En la psiquiátrica, la que yo trabajé, dije que Nisman tenía aspectos inmaduros que permitían explicar por qué desbarrancó. El día anterior a su acusación contra Cristina Kirchner, apenas tenía material para investigar, nada para acusar. Se da cuenta de eso y ahí se terminó todo. Un narcisista como él, “coqueto”, como decían sus allegados, que exhibía sus fotos con mujeres, se le derrumbó el ego y se pegó un tiro. Un acting out. Después lograron encarajinar toda la causa y la verdad quedó sepultada.

–¿Hubo alguna persona a quien haya decidido no defender?

–Solo me dio asco el caso del ex comisario Etchecolatz, que tiene noventa años y sigue preso. Yo peleaba con los organismos de Derechos Humanos porque digo que los militares represores tienen que salir de la cárcel en caso de enfermedades. Pero lo digo porque siento que así defiendo un derecho a la legalidad. Lo que me indigna a mí es la injusticia, el mal procedimiento, la manipulación en la Justicia argentina, los fiscales que persiguen como la única verdad su propia hipótesis o la sugerida por el poder de turno. A partir de eso siento que toda persona tiene derecho a ser defendida honestamente. Y yo tengo una empatía por quien está preso, caído, perseguido. Sin importar quién sea. No me comprometo afectivamente con los casos, aunque a veces sucede. Etchecolatz me dio la impresión de que era un farsante, un hijo de puta. Y lo rechacé. En su mirada me dio la impresión de que nos estaba sobrando a todos. Solo vi esa mirada otra vez, en Pablo Schoklender, a quien también defendí. Eran iguales en su mirada. Uno se vuelve muy observador y entiende mucho más con los sentidos que con el pensamiento.

–¿Es posible desarrollar un peritaje forense basándose en la intuición?

–Creo que la intuición es un modo de conocimiento mucho más importante que el deductivo inductivo. Intuitivamente se avanza mucho más. El problema es cómo lo fundás. Tenés que buscar los indicadores, los fundamentos. También es algo que te hace mucho más humilde. Cuando hago los dictámenes, siempre digo que me puedo equivocar. Admito la duda prudente contra lo que sostengo. Nada en psiquiatría y psicología es cierto. Todo es probable. No hay certezas, solo dudas prudentes en contra. La seguridad siempre son posturas inventadas. La suma de indicadores te llevan a una respuesta, una solución. Pero hay siempre indicadores que quedan por fuera y señalan otro camino.

–¿Cuál es el método más efectivo que tiene un psiquiatra forense para detectar la locura, el engaño, la violencia, en un ser humano?

–El mejor método es escuchar. Lo que no hace ninguna pericia forense. Dicen que eso no es pericia. Escuchar es lo esencial, lo decía ya Pichon-Rivière. Él pasaba horas escuchando a los pacientes para poder comprenderlos. No para interpretar analíticamente sino para comprender la estructura de la personalidad. Pero todo el mundo trabaja rápido, apurado, quieren informar cuanto antes, presionados por el juez. Improvisan cualquier cosa. Fiscales que acusan casi sin preguntar. Preguntan de dónde viene, su nombre, edad y listo. El sesgo domina el Poder Judicial, la inclinación a ver las cosas desde una sola lente. Solo persiguen condenas fuertes. Y lo que tendrían que buscar, lo único que tendrían que buscar, es la verdad.

¿Por qué Mariano Castex?

Mariano Narciso Castex, hijo del reconocido médico argentino Mariano Rafael Castex, nació en 1932. Es uno de los peritos forenses más requeridos y prestigiosos de los últimos treinta años en la Argentina. Se define a sí mismo como un “humanista por excelencia”. Es doctor en Medicina por la Universidad de Buenos Aires (UBA), Licenciado en Filosofía por la Universidad del Salvador y en Teología por la Compañía de Jesús, conocida como la orden jesuita, de la que formó parte durante quince años.

Como docente universitario trabajó en las cátedras de Medicina Legal de la Facultad de Medicina –de la que fue titular– y de Psicología Forense de la Facultad de Psicología, ambas de la UBA. En 2012 publicó el libro Mito, Transgresión Creación y Transiciones. Reminiscencias de una vida rebelde (Editorial Ad Hoc), en el que reúne sus cuentos, novelas, obras de teatro y ensayos, escritos algunos en la cárcel y otros becado por la Fundación Rockefeller. “Me aceptaron porque en mi presentación mandé una nota del diario La Nación donde decían que yo no sabía escribir. Cuando pregunté por qué me eligieron, me dijeron que si alguien mandaba un recorte del diario La Nación haciéndolo pelota, a modo de recomendación, debía valer”.



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El exorcista, versión 2020 | La socióloga Verónica Giménez Béliveau explica el fenómeno de los procesos de sanación



El exorcismo no es un asunto del pasado. Se ve en series y películas que renuevan escenarios y coordenadas temporales para contar historias de mujeres o niños endemoniados. Pero no es un asunto exclusivo de la ficción. La demanda de exorcismos aumentó en los últimos años y con ella la necesidad de formar agentes “especializados” y recuperar una antigua función dentro del mundo eclesiástico.

Las miradas desde adentro y desde afuera del catolicismo son variadas y no siempre coincidentes e incluso se trata de una práctica asociada a otros cultos religiosos. Verónica Giménez Béliveau, doctora en Sociología en la EHESS de París y de la UBA e investigadora del Conicet estudió este fenómeno en Argentina y en Francia a través de un cuidadoso trabajo de campo, entrevistas en profundidad y relevamiento documental. En el contexto de la actual pandemia la práctica adquiere formas y significados ampliados.

–El tema de la posesión y los exorcismos es recurrente en el cine de terror de amplia difusión: ¿qué elementos de las series y películas aparecen en su investigación sobre los exorcismos?

–Las películas de terror o las series proporcionan imágenes que están muy presentes en nuestra cultura, desde chicos hemos visto eso. Si ustedes hablan, por ejemplo, con niños o adolescentes urbanos, siempre va a haber alguno que proponga jugar al juego de la copa o comente una película sobre la tabla ouija. Y eso es retomado por los exorcistas cuando dicen que esos juegos de adolescentes con el “otro mundo”, en realidad son puertas que se abren al mal. Quiere decir que hay un diálogo entre estas maneras de concebir el mal, ligadas a la posesión y al demonio, y toda la industria cultural. Eso se ve bien en la película El Rito, por ejemplo, ahí uno puede reconocer lo que dicen los exorcistas en el trabajo de campo.

–En sus trabajos identifica un aumento de la demanda de la práctica de exorcismos, ¿en qué consiste?

–Sí, hay un aumento de la demanda. Una demanda amplia que en realidad da cuenta de malestares diversos. Algunos de estos malestares son interpretados por los sacerdotes como “maleficios productos de la brujería” y ahí lo que aparece, dentro de esta interpretación, es una multiplicidad de agentes no humanos que están dando vueltas por ahí, causando el mal. Pero, básicamente, los exorcistas hablan de los demonios, en plural: toda una serie de entidades malignas que se asocian con seres humanos, es decir, los agentes humanos del mal.

–¿Cómo llega una persona a recurrir a un exorcista?

–Primero la persona entiende que tiene determinados síntomas ¿cuáles son los síntomas que me relataron los exorcistas?: no poder hacer las cosas normalmente, despertarse a la noche, no poder dormir, padecer pesadillas, tener perturbaciones en la casa, puertas que se cierran, corrientes de aire, no poder concentrarse en su trabajo, hasta manifestaciones físicas como por ejemplo la presencia de rasguños en la piel. Una de mis entrevistadas, por ejemplo, me decía: “yo siento que a la noche algo me oprime y quiere tener sexo conmigo”. Otras personas consideran que padecen un encadenamiento de desgracias: primero tuvieron un problema con el auto, después se les rompió un caño en la casa, luego los echaron del trabajo. Y en algún momento aparece alguien del entorno que les dice “esto me parece que no es del todo natural… ¿por qué no vas a ver a alguien?”. Son personas que, en general, están relacionadas con grupos eclesiales católicos y que se atribuyen la capacidad de interpretar y de considerar que lo que sucede está relacionado o tiene que ver con la “acción del demonio”, con determinadas maldiciones. A este grupo algunos autores lo denominan posesionistas.

–¿Cómo se identifican las maldiciones?

–Estas maldiciones son portadas por objetos que pueden estar fabricados con desechos corporales (uñas, pelos, sangre), pueden ser hilos o muñecos hechos con arcilla. En general los sacerdotes relatan que se van encontrando esos objetos en la casa. Esto es interesante porque ¿cómo podría saber el sacerdote que hay un muñeco en ese lugar? Y ahí los asistentes cumplen una función muy importante. En general hoy, los exorcistas no trabajan solos, sino organizados en pastorales donde suele haber agentes de salud, psiquiatras, psicólogos. Hay muchos laicos muy formados en algo que para mí es central en todo este proceso que es la escucha. Son personas que están formadas para escuchar y preguntar “¿qué problema tenés, por qué viniste?”. Y dispuestos a una escucha abierta, sobre problemas de los más variados. También, a veces, en esos grupos hay personas que “ven”, en general son mujeres. No les gusta que se las llame videntes, pero están ahí en función de ese “don” de identificar, por ejemplo, que el problema está en tal ambiente de la casa. Una vez identificado esto, se hace algún tipo de ritual y las ritualidades son siempre oraciones… Frente a los objetos que transmiten el mal, lo que hacen los exorcistas es trabajar con objetos que transmiten el bien, que son los sacramentales: agua bendita, símbolos sagrados poderosos como la cruz, estampitas bendecidas, medallas de San Benito…

–De acuerdo a los testimonios que relevó, ¿cómo es que actúa o entra el demonio?

–Se supone que puede entrar de diferentes maneras. Primero porque la persona hizo un pacto, que es la manera más clásica. Está muy presente la idea de hacer un pacto con San La Muerte. Entonces ahí también aparece vinculado todo el tema de lo carcelario y de ambientes en donde hay un mal, que es a la vez un mal social y que se expresa como un mal cósmico. Por otro lado, las personas no necesariamente deciden hacer un pacto, sino que, sin quererlo, “abren puertas” por las que entra el mal, por ejemplo el juego de la copa o el juego de la tabla ouija, como señalaba recién. También puede actuar a partir de personas del entorno, familiares o vecinos, quienes por envidia (la envidia resulta un concepto clave) causan maldiciones: mirar mal, desear el mal (como el famoso mal de ojo) o recurrir a un especialista para que haga un “trabajo”. Incluso para el Catecismo de la Iglesia católica, el mal puede estar en el cuerpo de la persona, pegado a los lugares, eventualmente circular en animales y también puede estar en el árbol genealógico. Y para esto hay exorcismos específicos: los intergeneracionales.

–¿Qué características tienen estos exorcismos intergeneracionales?

–Lo que plantean es que las generaciones pasadas pueden haber hecho algo del orden del pacto, de la entrega o de la consagración al mal. Si esa consagración al mal de los antepasados no pasa por un proceso de perdón, entonces lo que sucede es que se transmite de generación en generación. Y finalmente un niño hoy puede tener un problema, porque su bisabuelo hizo un pacto que nunca fue perdonado y procesado ritualmente en la familia. Entonces lo que vemos, son distintas manifestaciones de sanación del árbol genealógico con muchas similitudes, por otra parte, con terapias como las constelaciones familiares. ¿En qué consisten? en que las personas tienen que identificar cuál fue el problema y ahí aparece lo de buscar hacia atrás. Pero no es un rastreo orientado por el conocimiento histórico, sino por la búsqueda de saber dónde estuvo el quiebre en la familia, dónde se produjo el mal. Entonces una vez que se identifica, se ora sobre él, se pide perdón por él y esto produce un efecto reparador y sanador. Y así se corta el pacto.

A veces se trabaja con un instrumento específico que se llama genograma (con el cual también trabajan algunas ramas de la Psicología). En el genograma se identifica el nombre del antepasado y si hubo “pecado físico” o enfermedades. Entonces preguntan, por ejemplo, por enfermedades, por pactos, si hubo suicidios, depresión o incluso abusos. Es una concepción de la salud muy vinculada a la esfera de lo espiritual. Por eso es que los exorcistas hablan de discernimiento y de diagnóstico. Es decir, usan una palabra o la otra, tomando un vocablo de larga tradición eclesiástica utilizado también para otras situaciones, como por ejemplo para decidir la vocación, y una palabra tomada directamente de la situación médica.

–Teniendo en cuenta esta concepción de salud a la que se refiere, ¿el exorcismo podría pensarse como la “última” pelea entre la ciencia y la religión por definir quién ostenta el saber sobre este tema?

–Yo entré a investigar con esa idea, pero dentro del proceso ritual hay un diálogo muy notorio con la ciencia médica moderna y hay una idea muy fuerte de que la medicina se tiene que ocupar de esto. Pero hay asuntos a los que no se llega porque la ciencia no los atiende. Entonces pareciera que los exorcistas trabajan en ese lugar chiquitito que les dejó la ciencia. Son universos de sentido distintos, pero que dialogan mucho. Para mí lo que sucede es que todos estos procesos de sanación y liberación dan cuenta de que el discurso biomédico es lo dominante. No pueden construirse por fuera o en contra de ese discurso, porque no funcionarían. Entonces trabajan en los márgenes del discurso biomédico y, al mismo tiempo, muy en diálogo con él.

–¿Quiere decir que los exorcistas cuentan con una batería de dispositivos rituales y procedimientos de distinto tipo para combatir el “mal”?

–En general, el grueso de la gente es atendida y luego es invitada a que se integre a un esquema ritual en la comunidad, que vuelva a una vida cristiana, que si le falta algún sacramento lo tome (que se case, se confiese, comulgue). Estos grupos trabajan, por un lado, con una parte ritual pública destinada a todo el mundo, y por otro lado con una atención más privada, a demanda. En las llamadas “misas de sanación” o “liberación”, a los ruegos por la salud física se suman las peticiones por la salud espiritual. En estas misas se habla de la presencia del mal, del “maligno enemigo” y, luego, se ora para que las personas se liberen de heridas, pactos o acechanzas malignas. Se le pide a Jesús que libere y luego en la misma oración se constata que Jesús liberó. El sacerdote puede decir: “Jesús, ven a sanar este problema de reuma” y, luego, “Jesús me muestra que está sanando problemas de reuma y me muestra una rodilla sanada, gloria a Dios”.

En este tipo de ceremonias, las personas suelen llorar, toser, caerse, desmayarse. Hay toda una cuestión con los fluidos. Los fluidos expulsados del cuerpo son interpretados como fluidos liberadores. Las lágrimas son fluidos liberadores, cuando las personas lloran es símbolo de que el Espíritu Santo entró y está sanando. Cuando las personas vomitan, es símbolo de que están saliendo espíritus malignos. Esto se ve mucho, además, en ceremonias realizadas en los grupos carismáticos católicos, tanto en Francia como en Argentina.

–Todo lo que cuenta acerca de los distintos sujetos que intervienen se aleja bastante de esa imagen del exorcista actuando solo frente a alguien que está “endemoniado”, ¿hay una dimensión comunitaria en estas prácticas?

–Hay una comunidad de apoyo. Esa comunidad puede estar en el momento del exorcismo o no. Por ejemplo, en Francia trabajé con un exorcista que vivía en un lugar medianamente alejado y que, cuando tenía que hacer algún ritual, le avisaba a unas religiosas que trabajaban con él y ellas se ponían en oración. Un elemento muy usual en las películas, y que aparece también en el trabajo de campo, es la idea de que el mal va a tratar de tentar al sacerdote y en general va a hacerlo a través de la soberbia (“hablá conmigo y expulsame de este cuerpo”). El sacerdote puede pecar de soberbia si siente que es él y no “en nombre de Dios” quien expulsa al demonio.

–A todo esto, ¿qué dice la jerarquía eclesiástica?

–El ritual del exorcismo promulgado por Juan Pablo en 1999 destaca el tema de la autoridad, es decir, la práctica de este rito, en primer lugar, tiene que estar siempre avalada por un obispo. Consiste en una serie de letanías, seguidas de una serie de indicaciones, pero solo se puede hacer el exorcismo mayor cuando una persona está probadamente poseída. En la Iglesia del presente esta comprobación tiene que pasar sí o sí por un elemento que es el de la medicina, por ello deben trabajar con algún psiquiatra para que este profesional distinga la posesión demoníaca de una enfermedad mental. Ese es el nudo del exorcismo en la época contemporánea. Para los exorcistas, el punto central es distinguir a una persona enferma de una persona posesa. Hay exorcistas que dicen que ellos no realizan exorcismos si no hay un médico presente. Hay otros que no. Pero en los equipos en donde yo trabajé, fundamentalmente en Francia y en menor medida en Argentina, hay varios que tienen psiquiatras de manera permanente. Y si no, siempre está la intención de consultarlos. No siempre es fácil encontrar un psiquiatra que esté dispuesto a trabajar con un exorcista. Por lo tanto, además de ser psiquiatra, tiene que ser un católico convencido.

A la Iglesia lo que sí le importa mucho es regular este tipo de prácticas, a la Iglesia le interesa poner reglas y éstas están vinculadas con volver a la autoridad. Fíjense que para hacer los exorcismos mayores los obispos son los únicos que pueden decidirlo. Ya sea porque dan la autorización a un sacerdote de manera permanente o porque se la dan de manera ocasional (“ad casum”). Por lo tanto, encontramos que es una práctica que está muy centrada en la autoridad del obispo y es de las prácticas más reguladas actualmente en la Iglesia. Sin embargo, el episcopado argentino no habla mucho del tema. Si bien es una demanda que ellos tienen, no hay publicaciones ni pronunciamientos, no es lo que a ellos más les preocupa, están más pendientes de otras cosas.

–¿Pudo registrar algo de lo que pasa con la práctica del exorcismo en el contexto de la actual pandemia?

–Cuando hacía entrevistas, una cosa que me contaron es que efectivamente se habían hecho exorcismos telefónicos con personas que estaban lejos. Es decir, ya existía algún tipo de mediación tecnológica para la cuestión del exorcismo. En este momento, lo que existe seguro es toda una “virtualización ritual”. Es una virtualización de la escucha, es decir, que esto sigue existiendo. Los sacerdotes siguen atendiendo por WhatsApp y siguen teniendo demandas. A mí me comentaron que hubo algún tipo de intento de hacer exorcismo virtual, pero no funcionó, entonces no se siguió con este tema.

Lo que identifican es un crecimiento de problemas psicológicos y espirituales y por eso también hay una intensificación de trabajo ritual a través de medios virtuales. El trabajo del exorcista pasa más que nada por la escucha. Está lleno de “misas de sanación” realizadas de manera virtual. Hay algunos sacerdotes que, en este contexto, alcanzaron gran notoriedad porque ya tenían un canal de YouTube, una cuenta de Instagram, por lo que empezaron a aumentar sus seguidores y entonces ahora hacen “misas de sanación” multitudinarias. Sin embargo, la santidad de la eucaristía no pasa por la pantalla, como sí lo hace la bendición del agua y de la sal. Entonces en estas “misas de sanación” se dice: “hoy vamos a bendecir el agua y la sal”, vos ponés tu agua y tu sal, el cura la bendice y quedan bendecidos. Hay cosas que pasan por la pantalla y hay cosas que no.



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Silvio Rodríguez: “Todas las canciones, hablen de lo que hablen, son políticas” | El trovador cubano habla sobre su último trabajo, su vida y la pandemia



En junio último Silvio Rodríguez presentó Para la espera, un trabajo compuesto por trece canciones, diez inéditas y tres divulgadas anteriormente.

Para la espera incluye algunas de las canciones que he compuesto en los últimos años. En todos los casos son primeras versiones, realizadas poco tiempo después de haberlas compuesto”, aclara Silvio. “Los instrumentos y voces que aquí se escuchan soy yo mismo, tomando apuntes para desarrollar después. Solo tres de estos temas fueron divulgados anteriormente: ‘Jugábamos a Dios’ (2010) para los créditos del filme ‘Afinidades’ –dirigido por Jorge Perugorría y Vladimir Cruz–, ‘Viene la cosa’ (2016), interpretada en múltiples conciertos en barrios de La Habana y ‘Noche sin fin y mar’ (2017), dedicado a mi querido amigo Eduardo Aute. Los 10 temas restantes son inéditos”, detalla.

El total se completa con “La adivinanza”, “Aunque no quiero, veo que me alejo”, “Conteo atrás”, “Si Lucifer Volviera al Paraíso”, “Una sombra”, “Los Aliviadores”, “Modo frigio”, “Danzón para la Espera”, “Después de vivir”, y en la instrumental “Página Final”. El disco, que llega cinco años después de Amoríos (2015), tiene de todo: melancolía, reflexión, causas justas, esperas, familia y amigos.

Trece canciones en su regreso a un formato solitario, donde se acompaña con la guitarra, pero también toca el bajo, la percusión y hace las segundas voces. Intimidad y comunión para dedicar su nueva entrega a siete amigos que murieron entre marzo y abril de este año: Tupac Pinilla, Juan Padrón, Luis Eduardo Aute, César López, Luis Sepúlveda, Marcos Mundstock y Óscar Chávez.

Se presenta como “trovador nacido en San Antonio de los Baños, Cuba, en 1946, hijo de Argelia y Dagoberto”.

–Dedicó Para la espera a siete amigos que murieron este año. El nombre del disco aparece en “Danzón para la espera”, una canción que habla sobre las esperas, la esperanza, los danzones que se van. ¿De los anhelos más profundos, hay alguno que espere especialmente?

–Algunos de los más profundos anhelos suelen vivir en una incertidumbre constante: sí pero no, pero sí, pero a lo mejor… La suerte es que uno es tan insolente (o necesitado) que apuesta. Sobre la dedicatoria, unos fueron más cercanos que otros, pero con todos tuve algún vínculo entrañable por su quehacer. En Para la espera hay canciones que visitan o se asoman a misterios. Una es “Noche sin fin y mar”, que le dediqué a Eduardo Aute, amigo de muchos años y de muchas cosas. Su familia es mi familia española. Está también “Después de vivir”, que es como una pausa, una suerte de respiro antes de soltar amarras, aunque todos los grandes cambios suelen tener sus preámbulos, sus limbos.

–Es músico de contacto, de mirada y aplauso cercano. En este contexto, ¿cómo vivió la experiencia de lanzar y presentar su nuevo disco en plataformas digitales?

–Hay que decir que ha sido el disco más gentil de los que he hecho. No tuve que ir a dar la lata a ningún sitio. Nadie tuvo que cambiar planes y movilizarse. Suavidad que nos regala el éter (aunque la musculatura se resienta).

–De chico soñaba con ser astronauta y, de hecho, muchas de sus canciones hacen referencia a la astronomía, al espacio. ¿Qué lugar ocupa lo lúdico en su música?

–Las estrellas son muy atractivas a los niños, todos nos preguntamos qué hay allá; supongo que era eso. También dije que quería ser astrónomo. Lo cierto es que yo leía comics de ciencia ficción: Buck Rogers, Flash Gordon, Cadetes del Espacio y otros. Años después fui dibujante de comics. Ahora los canto. Imagínese que a mi pueblo le dicen San Antonio del Humor. Se lo ganó por haber dado a dos de los dibujantes más importantes de la historia de Cuba: Eduardo Abela y René de la Nuez; y a un tercero que, aunque nació en Asturias, vivió con nosotros desde su adolescencia: José Luis Posada. Por eso en mi pueblo hay una Bienal del Humor y un Museo del Humor. Esto no quiere decir que todos los nacidos en el Ariguanabo seamos graciosos. Yo, por ejemplo, he tenido muy mala suerte haciendo chistes. Casi nunca la gente se percata de mis bromas y me toman en serio. Aunque por suerte cuando he hablado en serio me han tomado en broma.

–El documental Silvio Rodríguez. Mi primera gran tarea, realizado por The Literacy Project (El proyecto Alfabetizador) y producido por la realizadora Catherine Murphy, que se presentó en septiembre pasado, relata su fuerte compromiso social desde muy temprana edad. ¿Se identifica con la imagen que reproduce el trabajo de Murphy?

–Nombrar y clasificar ayuda al conocimiento, por eso es bueno tener organizado lo que se sabe; pero, tratándose de personas, me parece que nadie es en realidad el cartelito que le ponen. No somos más que una vida que casualmente apareció en una geografía; los nietos de nuestros abuelos, los hijos de nuestros padres; la muchacha o el muchacho que vivía en tal calle y edificio, en un número de apartamento; el compañero de clase de muchos. Los que por alguna razón nos visibilizamos tampoco sabíamos lo que nos esperaba, mucho menos que habría nuevas clasificaciones y exámenes de rendimiento. Uno nunca se despoja de sus ancestros, de su historia, de su familia, de los rincones de su vida; todos andamos con eso a todas partes.

–Justamente, sobre los rincones de su vida, ¿cómo fueron los tiempos en San Antonio de los Baños?

–En San Antonio viví en varios lugares: en casa de mis abuelos, que fue donde nací; después en una cuartería (ustedes les llaman conventillos); luego en una casita de madera que tenía un patio común con otra familia; más tarde en casa de un primo y por último en otra casita donde mi madre peinaba señoras y yo subía por las noches a los ómnibus locales a cantar, con varios compinches. Pero lo que más tengo presente de mi pueblo es el río y el monte, a donde me escapaba cada vez que podía (y cuando no también). La mayoría de mis mejores recuerdos de infancia tienen que ver con mi pueblo. De La Habana recuerdo felizmente las noches de los viernes en que mi tío Angelito me llevaba al cine, y al final íbamos a los chinos, a comer arroz frito.

–Con tan solo 14 años en 1961 decidió unirse a la Campaña Nacional de Alfabetización. ¿Cómo recuerda esa experiencia y cuánto aporto al Silvio Rodríguez que vendría?

–No era nada extraordinario. Hubo alfabetizadores más jóvenes que yo. Acababa de triunfar la Revolución y la inmensa mayoría de los jóvenes deseábamos contribuir en algo, ser útiles a nuestro país. Aunque la transformación de la enseñanza ya estaba pensada desde antes del triunfo, quizá Fidel percibió la predisposición juvenil y por eso nos pidió que, para enseñar a quienes no sabían, donáramos un año de nuestra formación. Esto, en lo personal, fue un paso de compromiso, por la entrega que significaba, aunque yo ya pertenecía a las milicias estudiantiles y hacía guardias en mi centro de estudios. Toda aquella etapa de principios de los ‘60 significó mi incorporación a la vida ciudadana.

–¿Qué relación encuentra entre esa vivencia y su “Gira por los Barrios”?

–Es una consecuencia, pero tiene razones. Primero, porque yo venía de dos familias de trabajadores, de gente bondadosa; incluso algunos hermanos de mi madre eran militantes socialistas. Segundo, porque después del 1º de enero de 1959 empezó a generalizarse una filosofía de generosidad. La primera vez que vi al Ballet Nacional de Cuba no fue en un teatro sino al pie de la colina universitaria, en una populosa calle habanera. Por entonces se pensaba que el ballet era un arte elitista, de la burguesía. Pero Alicia y Fernando Alonso, fundadores de esa compañía mundialmente prestigiosa, buscaron bailarines no en las élites sino que atendieron la vocación de jóvenes del pueblo. Al triunfo de la Revolución había gente en Cuba que nunca había ido a un cine, que ni siquiera sabía lo que era. Alfredo Guevara, fundador del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC), compró camiones proyectores y los hacía subir a las montañas, por caminos intrincados, haciendo llegar el arte cinematográfico a personas que no podían ni soñarlo. Hay un documental de Octavio Cortázar, llamado “Por primera vez”, sobre una proyección en un lugar remoto de la Sierra Maestra, una película de una ternura maravillosa. O sea que mi adolescencia transcurrió en una realidad donde el arte y los artistas estaban en función social y solidaria. Mis propios orígenes y esa realidad me formaron.

–Si hiciéramos un racconto de situaciones trascendentes, como la cruzada alfabetizadora, el pesquero Playa Girón en 1969, la visita sorpresiva de Fidel Castro, la influencia de Ernesto “Che” Guevara, ¿qué de toda esa inmensidad lo marcó particularmente?

–Debo aclarar dos cosas. Esa visita de Fidel, el día que cumplí 50 años, no fue exactamente en mi casa sino en otra cercana donde yo estaba de visita. Felipe Pérez Roque (excanciller cubano) llamó a mi casa para decirme que Fidel tenía un obsequio para mí; allí le dijeron dónde me encontraba y entonces Fidel fue a llevarme un libro de fotos en el que aparecemos juntos. Lo otro que debo aclarar es que el Che no influyó en mi arte sino en mi persona, en la persona que empezaba a hacer un arte. Aunque la verdad es que al principio yo no estaba muy convencido del internacionalismo guerrillero. Pensaba que había mucho que arreglar Cuba y que era un tanto peregrino lanzarse al mundo, con tanto por hacer. Después de que murió el Che fue que me dio de lleno la fuerza su ejemplo y se me despertó el deseo de tratar de imitarlo. Parece absurdo, porque su muerte implicaba cierto fracaso de sus ideas; pero así funcionó, al menos en mí. Por eso en 1976 estuve dos veces en la guerra de Angola.

–En más de una ocasión sostuvo que nunca le atrajo la política, pero sus letras y sus recorridos son políticos.

–En cierto sentido todas las canciones, hablen de lo que hablen, son políticas. Todo lo que nos identifica con algo, a su manera, está haciendo una labor política; toda proposición, aunque sea sesgadamente, es como una especie de invitación; incluso lo que llega por la vía sentimental. Si se refiere a eso, estamos de acuerdo. La realidad es política. Uno camina de su casa al trabajo y todo lo que ve y escucha puede llevarlo a votar por algo, o no. Claro que hacer canciones tiene una considerable implicación política, más si uno se atreve a exponerlas. Pero las canciones también están hechas de deseos, ilusiones, subjetividades, incluso de ficción (si es que eso existe). Me consuela pensar que estoy en un rango de delirio que me exime del adoctrinamiento (cosa que nunca he soportado). Otro alivio es no haber usado nunca el odio como materia prima.

–¿Por qué cree que muchas veces se estigmatiza como persona violenta a quien lucha o se manifiesta?

–Porque no todo el mundo está dispuesto a cambiar o a ser cambiado, mucho menos si no le conviene. Eso me recuerda una vieja canción que decía: “Siempre que un hombre le pega a otro hombre no es al cuerpo al que le quiere dar: dentro del puño va el odio a una idea que lo agrede, que lo hace cambiar”.

–La coyuntura de la covid-19 le impidió presentar su disco en vivo y lo obligó a interrumpir momentáneamente sus presentaciones en los barrios. Hace poco dijo que “la pandemia mostró lo que somos”. ¿En qué sentido?

–Eso fue lo que me pareció aquel día. Aunque la pandemia también ha mostrado lo que no somos. Recuerdo haber mencionado que a los países con Estados fuertes les estaba yendo mejor. Es lógico; sobre todo si esos Estados tienen buenos sistemas de salud. En Cuba tenemos un dicho sobre cierto tipo de gente: “Solo se acuerda de Santa Bárbara cuando truena”. Y es que ahora mismo está tronando, y duro, y es lógico que le vaya mejor al que prevé. Digo esto aclarando que no es que defienda a ultranza a los Estados fuertes; a menos que sean expresión de una ciudadanía saludable, activa, determinante. Todas las sociedades tienen asignaturas pendientes.

–¿El mundo aprenderá de todo esto?

–Las proporciones de lo que nos está pasando apuntan a una gran enseñanza. Aunque ha habido otras en la historia que se han olvidado. Dicen que somos así. ¿Aprenderemos a ser mejores? Ojalá.

–¿Hay algo en lo que piense seguido, alguna imagen recurrente, o algo que sueñe repetidamente?

–Prefiero no contarle eso a una argentina. Menos a una periodista. Con la cantidad de psicólogos que hay en ese país, ni loco.

–¿Alguna canción, propia o ajena, que lo pinte de cuerpo entero?

–Hay algunas muy personales, como “Me veo claramente”. Lo que habla de un espécimen de allá, del pleistoceno. Cuando uno es joven puede sucumbir a la tentación de autopintarse, pero con los años eso merma, se le va la gracia.



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Enrique Viale: “Lo que hacen unos pocos lo pagamos todos” | Entrevista al abogado ambientalista que es referente argentino en la materia



Enrique Viale es un abogado poderosamente influido por dos mujeres: las sociólogas Maristella Svampa y Norma Giarracca. “Me descolonizaron la cabeza. De no ser por ellas hubiera sido un abogado cuadrado”, expresa a Página/12. En el último tramo de su carrera empezó a tener una inclinación hacia lo social y después, más específicamente, hacia la dimensión “socioambiental”. Así devino abogado ambientalista, referente en la materia en la Argentina.

En los tribunales enfrentó a Barrick Gold, Monsanto, el grupo IRSA. Recorre el país acompañando luchas contra la megaminería, el agronegocio, el fracking y por la defensa de bosques nativos. Tiene una “obsesión”: que, de una vez por todas, la justicia social se hermane a la ambiental. “Los mapas de la pobreza coinciden con los de la degradación ambiental”, postula. 

Acaba de publicar junto a Svampa el libro El colapso ecológico ya llegó. Una brújula para salir del (mal) desarrollo (Siglo XXI)que en tiempos de pandemia y de incendios en varias provincias del país se vuelve más que oportuno. El colapso abarca cambio climático, extractivismo urbano, agroquímicos, la necesidad de una transición energética y de un nuevo pacto “ecológico, social, económico, intercultural”, algunos de los temas sobre los que Viale se explaya en esta entrevista.

-¿Vivíamos en una ficción tranquilizadora que nos convencía de que el colapso ecológico llegaría más tarde? 

–En la sociedad hay una negación permanente de lo que significa el colapso. Y hay una cuestión de época, una creencia de que la tecnocracia nos va a salvar, de que va a haber una solución tecnológica para todo. Pero no es así. La naturaleza tiene otros tiempos, otras formas, y si no cambia el mundo, la situación se va a ir agravando. Los mapas de la pobreza coinciden con los de la degradación ambiental. Tenemos a más de la mitad de los pibes en la pobreza. Mucho tiene que ver el colapso ecológico en eso. La pandemia hizo que se profundizara. Mi obsesión es que el modelo productivo pueda encontrar a la justicia social con la ecológica.

–¿Cuáles son los factores centrales del colapso?

–Estamos viviendo un colapso sistémico, encerrados en nuestras casas hace meses, en todo el planeta, por un virus zoonótico, que saltó de animales a humanos como consecuencia de la degradación ambiental, de la destrucción de hábitats silvestres de gran parte de la fauna. Se invisibilizan las causas de la pandemia. Estamos hablando siempre sobre cómo enfrentarla, pero poco hablamos de eso. Sería fundamental. Además, el año pasado vivimos los dantescos incendios en el pulmón del planeta, la Amazonia, y los sufrimos en nuestro país. También las causas se invisibilizan: tienen que ver con los modelos productivos. El agronegocio del Delta del Paraná es responsable, y en Córdoba el extractivismo urbano, el avance de la especulación inmobiliaria, que es la misma matriz. La naturaleza está explotada como nunca antes. Están en riesgo hasta sus funciones vitales. El cambio climático global… hay muchas cosas irreversibles. El contexto nos tiene que hacer reflexionar. 

–¿Cuál será el impacto de los incendios?

–La destrucción de cientos de miles de hectáreas de bosques y de humedales que tienen una función ecosistémica incluso en la regulación climática. Son alteraciones que sumadas al cambio climático global hacen un desaguisado que provoca eventos climáticos extremos, como inundaciones y sequías más acentuadas. Lo que hacen unos pocos lo pagamos todos con nuestros territorios y cuerpos.

–¿Cree que todos estos temas se están haciendo más visibles ahora?

–Con Maristella rápidamente salimos a plantear la necesidad de firmar un nuevo pacto ecológico, social, económico, intercultural, entre nosotros y con la naturaleza, buscando las oportunidades que se abren a partir de estas crisis. Como consecuencia de lo acelerado del proceso de degradación, cada vez más personas están interesadas en la cuestión socioambiental y la consideran central. Tengo curiosidad de qué hubiera pasado si la pandema no existía, cuánta gente hubiera estado en la calle en contra del acuerdo porcino con China o los incendios. Hay un paralelismo con el movimiento de mujeres, que un día hizo un clic y se masificó. Hay un empoderamiento muy grande de los y las jóvenes. Hace apenas diez meses ocurrió el “Mendozazo” (el triunfo del pueblo mendocino contra la megaminería contaminante).

–Esa fue una movilización exitosa. ¿Hay espacio para que otros debates socioambientales deriven en acciones concretas?

–Es complejo, hay que vencer el concepto de las “commodities”, esa creencia de que América latina es exportadora de naturaleza como si fuese su destino y no una decisión geopolítica. ¿Quién puede discutir en Argentina Vaca Muerta? ¿Quién puede discutir el modelo sojero, de agronegocios? Parecieran intocables. Esto está basado en la visión “eldoradista” que tenemos en América latina.

–¿Qué es la visión “eldoradista”?

–La ilusión desarrolista mágica, de un descubrimiento repentino; vinculada a la historia de Eldorado, esa ciudad que en realidad no existía y que mantuvo en vilo a los conquistadores que venían detrás de esa riqueza. Está en el imaginario del latinoamericano. “Vaca Muerta nos va a salvar.” Si no es Vaca Muerta es el convenio con China. Confrontar con eso no es fácil: es pelear el sentido común. El agronegocio lo ganó: le hicieron creer a la sociedad que la única agricultura posible es el paquete tecnológico de transgénicos, con agroquímicos, a pesar de que está autorizado en nuestro país hace 24 años nada más, y la agricultura tiene 10 mil años. Generar alimentos con veneno debería ser un escándalo y no pasa nada. Pero (a los ambientalistas) ya no nos invisibilizan ni ridiculizan más. Estamos disputando el sentido común, en un momento de crisis como ahora.

–En el libro, enlazada a la idea “eldoradista” está la del “progresismo selectivo”. ¿La lucha socioambiental está por fuera del sistema de partidos políticos?

–“Progresismo selectivo” es un concepto de Darío Aranda: hay gobiernos que tienen una política impresionante de derechos humanos, de vanguardia, incluso a nivel mundial. Que luchan norte-sur, contra el imperalismo, pero en términos de extractivismo la situación es totalmente distinta. Se pacta con Barrick Gold en San Juan, con Monsanto para que instale una planta o con las grandes corporaciones que el progresismo ha siempre cuestionado. La vanguardia en esta disputa de sentidos no está viniendo de los partidos. Miran de atrás, por eso no es casual que el otro día por primera vez Cristina Kirchner tuiteara por un cuestión ambiental, por el Acuerdo de Escazú, o que Máximo Kirchner haya hablado de la juventud. Los partidos están viendo que hay una masa muy grande de jóvenes que ponen su rebeldía en la lucha climática y etcétera. Antes quizás la ponían en partidos. Están los peligros de la posibilidad de cooptación. Hay que encontrar límites para eso. Pero es importante influr en los partidos y la política, para cambiar políticas públicas y modelos de mal desarrollo.

–¿En el sentido común persiste una dicotomía entre la dimensión ecológica y la social, o entre ambiente y desarrollo?

–En Argentina no hay ningún enfrentamiento entre ambiente y desarrollo. No es que la mitad de los pibes son pobres porque hay regulaciones ambientales fuertes. Por el contrario, hay libertad absoluta. El agronegocio hace lo que quiere, como el fracking en la Patagonia o la megaminería en la Cordillera. Nuestra riqueza, de alguna manera, genera nuestra propia pobreza. Para salir de eso, el plan que nos proponen es más de lo que nos trajo hasta aquí: más megaminería, fracking, agronegocios. ¿No será el momento de repensar los modelos productivos? ¿No es la historia de América latina y Africa una historia de saqueo y contaminación? Una cosa no va sin la otra. Estos modelos de desarrollo generan desigualdad social y territorios devastados. El modelo de agronegocios en la Argentina expulsó a cientos de miles de personas del campo a la ciudad. Este es uno de los países más urbanizados del mundo: 93 por ciento de los argentinos vive en ciudades; el promedio mundial es 54 por ciento. En América latina, 84. 

–Desde la vereda opuesta se suele argumentar que la Argentina depende de los dólares que se obtienen de las actividades que cuestionás, más en el marco de una crisis…

–Es la disputa que necesitamos dar. Pareciera que la crisis genera la excusa para cualquier cosa: “Está bien lo ambiental, dejame verlo, pero ahora no es momento.” Hay que salir de todo esto de manera transicional, pero no podemos profundizar lo que nos trajo hasta acá.

–¿Cómo se imagina a la Argentina sobreviviendo y funcionando económicamente por fuera de las ilusiones “eldoradistas”? 

–El planteo de un nuevo acuerdo social lejos está de ser verde solamente. Empieza con el ingreso universal ciudadano. El segundo punto es una reforma tributaria, con el impuesto a las grandes fortunas y la recuperación del impuesto a la herencia que sacó Martínez de Hoz con Videla. A la vez, una transformación socioecológica radical. Empezar el camino sin pausa. La trasformación del sistema energético puede traer muchos puestos de trabajo: necesitamos una YPF del siglo XXI, con la impronta que tenía YPF a comienzos del siglo XX, que desarrolló ciudades, cuando los combustibles fósiles no eran una amenaza para el planeta, que generó desarrollo real en la Patagonia y el norte argentino. En la Patagonia tenemos los mejores vientos del mundo para generar energía eólica; en el norte argentino, el mejor sol para energía solar. Con un Estado atrás y esa impronta se pondrían fundar pueblos. Hay que empezar la reconversión de los trabajadores petroleros y de las ciudades. Con Maristella plantemos la vuelta al campo. Hay que repoblar la Argentina, generar condiciones de arraigo en las pequeñas y medianas localidades rurales y semirurales. Tenemos que empezar un camino hacia la agroecología, una agricultura con agricultores, que genere alimentos y no solamente forraje para exportación. En Tapalqué, a más de 200 kilómetros de la Ciudad, el intendente hizo un acuerdo con la Unión de Trabajadores de la Tierra para generar colonias para producir alimentos. Tapalqué, en plena pampa húmeda, donde el alimento crece solo, le estaba comprando al Mercado Central. Eso tenemos que empezar a hacer. Generar, además, buenas condiciones de ocio, recreación, una mejor educación, para que la gente no tenga que migrar a las grandes ciudades, que son insustentables. Todo este proceso generaría trabajo y garantizaría alimentos sanos, seguros, baratos. Tenemos que hacer la transición. No queda otra, por el cambio climático. 

–¿Horacio Rodríguez Larreta sería uno de los exponentes del extractivismo urbano?

Los últimos 15 años de la Ciudad son el paradigma. Se entregaron más de 500 hectáreas de tierras públicas a la especulación inmobiliaria. Es una ciudad planificada en base a la especulación. En las ciudades no hay minerales, no hay oro; lo que hay es tierra pública. Las grandes corporaciones inmobiliarias tienen la misma lógica que Barrick Gold. El grupo IRSA es a las ciudades lo que Monsanto es al campo o lo que Barrick Gold es a la Cordillera. En la ciudad de Buenos Aires en los últimos 15 años se construyeron más de 20 millones de metros cuadrados de inmuebles. En el mismo período, creció el 50 por ciento de la población que vive en las villas. No creció la cantidad de habitantes: se mantuvo en 3 millones. ¿Para quién se construye y para qué? El inmueble pasó de ser un bien de uso a un bien de cambio. No es una commodity, pero tiene todas las caracteristicas. 

-El Presidente presentó un plan ambiental, existe un proyecto para proteger a los ecosistemas de los incendios, se debate la Ley de Humedales. ¿Cómo evalúa estas iniciativas?

–Es bastante contradictorio. El mismo día en que Máximo (Kirchner) presenta el proyecto de incendios, el Gobierno le baja las retenciones al agronegocio, el causante de los incendios. Está bien tener una ley de educación ambiental, pero necesitamos más que eso. Pensar en los modelos productivos y no está pasando. Se acaba de aprobar el primer trigo transgénico del planeta. No hay país del mundo que haya aprobado trigo, pan transgénico. Es un déjà vu de lo que fueron los noventa con la soja. Seguimos siendo un lugar de experimento masivo. No hay lugar en el mundo que tenga ocupado su territorio, porcentualmente, con soja transgénica como Argentina, o que aplique tantos agroquímicos en su territorio por persona. 

–“La Argentina ostenta el triste récord de ser el mayor aplicador de glifosato por persona del mundo (más de 350 millones de litros por año)”, precisa el libro. ¿Cuánto sabemos del daño que nos hizo? Se suele subrayar la falta de estadísticas oficiales al respecto.

–No las hay, ni siquiera de cuántos litros de agroquímicos se aplican en nuestro país. Tenemos siempre que buscarlas en forma indirecta. Hay cientos de estudios hechos por investigadores del Conicet y de todo el mundo, acerca de lo que los agroquímicos hacen en la salud humana y los ecosistemas, pero pareciera que no se puede hablar, que es un tema tabú, oculto. Todos tenemos glifosato en nuestros cuerpos. Yo me lo medí, lo tengo. Está en el aire, en la lluvia, en los ríos. En el lecho del río Paraná hay más que en un campo de soja. A los pueblos fumigados directamente se lo tiran en la cabeza. Está en nuestros alimentos, las frutas, las verduras.

–¿Hay conciencia en la Argentina sobre el cambio climático?
–No está instalado como en otros países, donde es un tema central. En el primer debate de presidentes norteamericanos fue uno de los grandes temas. En Europa es central. En Argentina no, por varias razones. Se instaló la idea del cambio climático casi como una excusa. Pasaba con Macri. Había una inundación o una sequía, y la excusa era el cambio climático. Es como una toma de judo: algo que generaron ellos mismos lo terminan usando como excusa. Dicen que “los responsables somos todos” y de esa manera absuelven a los verdaderos responsables. A nivel mundial 100 empresas son responsables del 70 por ciento de los gases de efecto invernadero. Estados Unidos, que tiene al 4 por ciento de la población mundial, emite el veintipico porciento de los gases de efecto invernadero. La deuda norte-sur. Hay un ambientalismo popular y uno superficial que el sistema trata de imponer. Para este último, si te lavás los dientes y cerrás el grifo, o separás la basura, es suficiente. Sólo con un cambio individual sería posible el cambio. La verdad que no es posible. Si no se confronta con los modelos de desarrollo, el cambio climático continuará de la misma manera o peor.



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Daniel Feierstein: “En poblaciones que lidiaron con crisis fueron muy comunes los procesos de negación” | Una mirada sociológica de la pandemia en la Argentina



La pandemia no es un partido de fútbol, por ende, hay que dejar de creerse los geniales DT del coronavirus. “Lo que hay que hacer es poner muchas cabezas a pensar”, dice Daniel Feierstein, investigador del Conicet, que viene pensando desde las ciencias sociales cómo salir de la crisis provocada por el coronavirus. En esta entrevista desmenuza los conceptos de negacionismo y proyección que se han usado en los últimos meses para dirigir un odio antigubernamental: “No son los chinos, no los judíos, no son los barrios populares, entonces es el gobierno. Alguien tiene que tener la culpa”. Analiza además los errores y aciertos del gobierno, el rol de los medios de comunicación, de la oposición política y de los poderes económicos.

Feierstein es doctor en Ciencias Sociales por la UBA. Dirige el Centro de Estudios sobre Genocidio de la Untref. Sus últimos libros son La construcción del enano fascista (Capital Intelectual, 2020), Los dos demonios recargados (Marea, 2018), e Introducción a los estudios sobre genocidio (FCE, 2016).

–¿Porqué fracasan las estrategias para frenar los contagios? Usted habló de negacionismo y proyección

–Planteaba que los dos tienen características distintas. Una está ocurriendo y el otro es una amenaza a la que hay que estar muy atentos. El mecanismo de negación forma parte de nuestro aparato psíquico, todos nosotros lo tenemos y tiene que ver con una forma protectiva pero problemática ante circunstancias que no podemos afrontar. Cuando vivimos un suceso al que nuestro aparato psíquico le resulta difícil incorporar, muchas veces lo que hacemos es anularlo, hacer de cuenta como que no existiera para poder seguir viviendo y no acusar el impacto de esa transformación. Este mecanismo protectivo en algunas situaciones de la vida puede jugar un rol interesante. El problema es que en ciertas situaciones, estos mecanismos de negación generan respuestas muy disfuncionales. En una crisis de estas características en la que está en cuestionamiento nuestra vida y la de nuestros seres queridos, en la que nuestras prácticas cotidianas se ven transformadas de un modo muy abrupto y muy radical, es lógico que se generen respuestas de negación. Pero al mismo tiempo, se requiere asumir la transformación de esa realidad.

–El problema se estructura cuando el negacionismo se racionaliza y entonces ya no es solamente un mecanismo de negación, sino que también empezamos a darnos explicaciones de que la pandemia no existe, que no es tan grave, que estamos exagerando y que no tendríamos por qué cambiar nuestros comportamientos.

–Y a esto también se le dio un uso político buscando generar enojo frente al gobierno y construir un clima político que revirtiera esa interesante construcción comunitaria que se logró en marzo.

–En la historia se pasó por situaciones similares…

–Esto es lo que me llevó preguntarme si tenía algo que aportar desde mi campo. Entre los modos en que distintas poblaciones lidian con las crisis, la destrucción y los fenómenos genocidas, fueron muy comunes los procesos de negación y construcciones de modalidades de negacionismo racionalizado. En el caso del nazismo, hay un testimonio de uno de los miembros del Sonderkommando de Auschwitz, que cuenta sobre la llegada del contingente de un pueblo en el que vivió uno de los integrantes del comando. No toleraba la idea de que los iban a asesinar a todos y mientras le cortaban el pelo a una de sus amigas, decide contarle lo que les iba a suceder. La mujer comenzó a informárselo a todo el grupo. Inmediatamente comienzan a violentarse con ella y a pedirle que se calle. Finalmente ella desesperada comienza a gritar y alertar a todos los demás. Terminan asesinándola no sin previamente torturarla hasta que revelara cuál fue el miembro informante. Finalmente lo denuncia y lo arrojan vivo a los crematorios. El testimonio es desgarrador, pero muestra que aun en situaciones de muchísima más evidencia y gravedad que la de una pandemia, nuestros mecanismos de negación pueden llevarnos a negar lo evidente. Hemos sobreestimado el riesgo de pánico y la realidad es que no hemos visto en ningún lugar del mundo escenas de pánico con relación a la pandemia y subestimamos el rol de la negación.

¿Cómo influyeron los medios?

–Por un lado, una cuestión que no ayudó fue que ningún periodista asumió lo que esta situación le iba a generar o le estaba generando a nivel personal, entonces no hubo un proceso de autorreflexión. En muchos medios masivos, los periodistas transfieren su angustia a la audiencia y esto es tremendamente negativo. Me parece que no es algo que quieran hacer intencionalmente, pero sin embargo genera un daño. Entonces me parece que esto no es sólo un modo general de asumir la responsabilidad que tiene un medio de comunicación, sino que también es poder estar uno mismo centrado, para que su intervención busque llevar racionalidad y tranquilidad. Creo que en general los medios de comunicación jugaron el rol contrario.

–¿Hubo errores del gobierno?

–Más allá de los distintos errores del gobierno (que los hubo y muchos), se fue instalando la dificultad para encarar otro tipo de medidas e irradió a todo el país. Porque además podría entenderse que por el modo en el que se manejó la situación en Buenos Aires ese clima no era homologable respecto del resto país y sin embargo irradió en un estado de ánimo. Los medios nacionales, desde un clima de cansancio, de hartazgo, de “no queremos estar encerrados” producen paradójicamente el efecto contrario, porque si no podemos entender que tenemos que restringir los movimientos 15 días, entonces al final tenemos como resultado mucho más muertos y además tenemos que restringir los movimientos mucho más días.

Hay un discurso centrado en los números de muertos, de enfermos, acá y de todo el mundo. ¿Cómo se procesa?

–Me parece que por un lado es imposible de evitar. Uno tiende a tratar de adaptarse a la dimensión de lo que está pasando y también es cierto que genera una serie de efectos negativos la anonimización de las víctimas que pasan a ser solo un número. Es problemático pero diría que es muy difícil que ocurra de otra manera. Es un proceso y tiene que ver con la forma en que tratamos de simbolizar lo que pasa. El problema, y me gusta pensarlo como una metáfora futbolística, es que se presentó muy mal la situación desde un principio. Con una lógica muy triunfalista, clásicamente Argentina, de pensar que éramos el ejemplo del mundo, que estábamos manejando la pandemia mejor que Suecia. Creo que hubo una serie de errores que después jugaron muy en contra a la hora de tomar decisiones. Era totalmente irreal pensar que con la estructura sanitaria argentina, los lazos sociales que tenemos y con un Estado destrozado, íbamos a poder ser el ejemplo del mundo. Me parece que hubiese sido más realista plantear la posibilidad de tener un desempeño un poco mejor que el resto de América Latina. Y luego no nos habríamos frustrado tanto al encontrarnos en una situación que era como uno podría esperar, una de las peores del mundo.

–¿Cómo impacta la noción de que por nuestra argentinidad nos cuesta acatar las normas?

–En la Argentina hay grandes sectores de la población –no son los más vulnerables sino los más acomodados–, que creen que están por encima de la ley. Del mismo modo que alguien considera que no tiene que pagar los impuestos del lugar donde vive y que no tiene por qué aportar nada para la situación en la comunidad, cree que no tiene por qué respetar una medida de restricción de la movilidad en el contexto de una pandemia. Esto creo que se vio incluso en el momento de mayor cumplimiento, en los meses de marzo-abril y que en general fue uno de los motivos por los cuales en el AMBA no se pudo controlar la situación. Hubo una pésima administración del regreso de quienes estaban en el exterior, que se basó en confiar en que un sector social y un grupo de gente que históricamente se caracterizó por no cumplir las normas, iba a cumplir simplemente porque le decían la norma de quedarse 14 días en su casa.

–Usted criticó la mirada únicamente médica, que no tuvo en cuenta a las ciencias sociales.

–Absolutamente, una mirada médica que implicó no sólo no tener en cuenta las ciencias sociales sino no tener en cuenta cómo es la sociedad argentina. Un modo de trazar los casos, que quiere decir identificarlos y poder aislarlos aclarando su contacto, se logra por ejemplo en Corea geolocalizado a la gente y con un mensaje por celular que la gente recibe y se queda en su casa. En Argentina y en el resto de Latinoamérica no tenemos geolocalizada a la gente, ni siquiera lo queremos construir. Con los servicios de inteligencia que tenemos, no sería recomendable. Entonces el desafío era: cómo construimos una trazabilidad a la latinoamericana y cómo hacemos para poder identificar y aislar esos casos con las herramientas que nosotros tenemos. Yo lo llamo una trazabilidad analógica, a través de procedimientos más caseros, pidiéndole a la población que haga una lista de sus contactos. Tuvimos un equipo de trazadores que comenzó a armar la provincia de Buenos Aires, pero en el mes de agosto; a nivel nacional no existe nada así. En muchas jurisdicciones tampoco, en algunas pequeñas sí pudieron tratar de implementarlo y funciona medianamente bien. También tuvo que ver con la falta de la mirada de las ciencias sociales la cuestión de las cinco fases que nadie nunca terminó de entender, porque es imposible en esta situación. Ningún lugar sabe en qué fase está.

–¿Qué habría que haber hecho?

–En una situación de crisis hay que apelar a modelos más binarios porque son mucho más fáciles de incorporar. Esta pandemia tiene dos momentos, cierre y apertura. Lo que hay que entender es que ninguno de esos dos momentos va a ser la vida que teníamos antes, y es una cuestión importante que creo que no se machacó lo suficiente. Aun los momentos de apertura implican que hay un montón de limitaciones, un montón de cuidados que tenemos que tener, que no necesariamente son invitaciones económicas.  No podemos reunirnos en nuestra casa con nuestros seres queridos mayores. Y si lo hacemos tenemos que implementar toda una serie tremenda de cuidados. Si yo quiero ver a mi padre la única forma de hacerlo de un modo seguro, es aislarme 14 días y estar convencido que no me vi con nadie, de que no tengo el virus y, sólo en esa situación, podría hacer esa visita. Ahora se dan dos opciones: no veas nunca más a tus seres queridos o andá a verlos, jugate y ya está. Falta trabajar la instancia intermedia. Hay que saber qué cuidados y protocolos deben utilizarse en la instancia apertura y cuando la cosa se pone fiera, hay que cerrar; y cerrar no implica seis meses, sino que voy a estar dos semanas con una restricción muy severa.

–Nos quedó pendiente hablar de la proyección.

–Yo la veía más como una amenaza. La proyección es otro tipo de respuesta pero que muchas veces está muy vinculada con la negación. Se manifiesta cuando estamos frente a una situación en que desborda la incertidumbre, el odio, la imposibilidad de entender, incluso la negación, el enojo y la desazón. Es una forma de salir de esas situaciones encontrando un responsable. Eso a lo largo de la historia –también en procesos genocidas, en desastres naturales, en epidemias–, ha implicado la posibilidad incluso de que se llevaran a cabo masacres que no tienen que ver con propio desastre, sino una masacre como resultado de las proyecciones. Acá hemos visto asomar esos dos o tres meses, al principio de la pandemia, la cuestión de la comunidad china o algunas acciones, por suerte muy incipientes, como los responsables que traían el virus. Cuando empezaron a llegar desde Europa y Estados Unidos se dejó de estigmatizar. Después apareció toda la lógica conspirativa.

–También contra China y Rusia…

–Tal cual. Entonces me parece que hay que estar muy atentos, porque por suerte eso se fue más o menos controlando en nuestro país, pero yo creo que se ha utilizado en los últimos meses como un intento de dirigir un odio antigubernamental. No son los chinos, no los judíos, no son los barrios populares, entonces es el gobierno. Alguien tiene que tener la culpa.

–¿Cuál es la responsabilidad de los opositores que lo usan en su propio beneficio?

–Creo que en el gran conjunto de partidos opositores, no refiriéndome solo a Juntos por el cambio, la respuesta inicial que se vio, y en muchos casos se sigue viendo, es una respuesta de mucha responsabilidad, sobre todo en aquellos partidos opositores con responsabilidad de gestión. Lo que tenemos es un núcleo que yo lo venía trabajando justamente en mi último libro La construcción del enano fascista, que habla de cómo ha atravesado a la estructura política el surgimiento de un neofascismo en Argentina. Entonces vemos surgir por primera vez un partido político que tiene representación electoral, que sacó en las PASO del 2019 un 3% en todo el país, que sale del 0,1% que tenía históricamente en la Argentina. Pero después lo vemos emerger también en figuras de la estructura política más representativa. Me llama la atención el rol que empiezan a jugar Patricia Bullrich y Miguel Ángel Pichetto. También vemos emerger el fascismo en el propio peronismo. Se puede señalar a Sergio Berni o a Guillermo Moreno expresando más o menos lo mismo, aunque sea con una direccionalidad distinta, que es el rol de las fuerzas de seguridad, la estigmatización permanente del otro, la burla y el desprecio por la defensa de los Derechos Humanos, toda una cantidad de cuestiones que son clásicas del fascismo y que uno las ve atravesando a las grandes estructuras políticas.

–El rol de los poderes económicos estuvo siempre de fondo y en los últimos días con las restricciones a la compra de dólares, sumó una alarma más.

—Es la creación de un clima económico de inestabilidad que lo que busca es complicar la posibilidad de gobierno en el contexto de una pandemia, aun sabiendo que complicar esa posibilidad de gobierno implica ir directo hacia el caos y por lo tanto darle mucho poder a la posibilidad de emergencia al fascismo. Esto no es nuevo, el fascismo en los años 40 en Europa también fue acompañado por los grupos económicos concentrados porque ese caos creado por el fascismo permite redistribuciones regresivas de la riqueza de gran contundencia.

–¿Cómo salimos de este escenario?

–Tenemos que abandonar la mirada también propiamente argentina de que todos sabemos cómo son las cosas. Yo decía, todos somos los DT de la pandemia. Me parece que uno puede poner un granito de arena. Lo único que puedo decir es que tomemos en cuenta estos elementos, incorporemos estas cuestiones. Las cuestiones centrales son: construir un sistema de trazabilidad, aclarar qué implica la nueva normalidad, olvidarnos de las cinco fases y construir viabilidad sociopolítica para los casos de los lugares en que el sistema de salud está en peligro.



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