Federico Finchelstein y una advertencia sobre el peligroso avance de las derechas del mundo | “Dejemos de hablar de posverdad, hoy circulan mentiras fascistas”



Para Federico Finchelstein hay una continuidad directa que lleva del fascismo “clásico” a los florecidos populismos de derecha de la actualidad. Esa continuidad está dada tanto por el desprecio de la democracia y las tendencias dictatoriales, como por el culto sistemático de la mentira. El fascismo italiano invade Etiopía en los años 30 apelando a una continuidad con el Imperio Romano, en sus memorias Goebbels publica atentados que no recibió, el asesino de veinte personas en la localidad de El Paso invoca una “verdad inconveniente”, a Bolsonaro sus partidarios lo llaman “El Mito”, Trump inventa un fraude electoral y la ultraderecha estadounidense sostiene que Hillary Clinton se alimenta con sangre de bebé. En la era de la posverdad, las redes de derecha y las fake news, todo esto se entrelaza más intrincadamente, haciendo en ocasiones indiscernibles la verdad y la mentira

Especializado en la historia del fascismo y su relación con los populismos de derecha, en el recién publicado Breve historia de la mentira fascista (Taurus) Finchelstein traza la historia del fascismo y sus expresiones en distintos puntos del globo, desembocando en en populismo representado entre otros por Trump, Bolsonaro, el movimiento español Vox, la Liga italiana y el dictador húngaro Víctor Orbán.

– En Breve historia de la mentira fascista señala que los fascistas “clásicos” creían en sus mentiras, como las de la peligrosidad de los judíos como fuente de “contagio” para la raza aria, o el destino imperial de Italia. ¿Los actuales dirigentes populistas de derecha creen en sus mentiras, o son simples cínicos, convencidos de que si mienten y mienten, algo quedará?

El populismo es históricamente una reformulación del fascismo en términos democráticos. Deja arás elementos centrales del fascismo luego de 1945, con su derrota, para participar del mundo de la democracia; en ese marco las mentiras al estilo fascista no son centrales en el populismo. En mi opinión los populistas mienten como otros políticos de otras tradiciones, liberales, conservadores, comunistas, socialistas. Como decía Hannah Arendt, la política y la mentira van de la mano y sin embargo en el fascismo las mentiras adquieren cortes de tipo cuantitativo y cualitativo. Los fascistas mienten mucho más y además creen en sus propias mentiras y a través de esta creencia intentan transformar la realidad. En ese marco, las mentiras de Trump tienen una inspiración más fascista que populista. Lo mismo que Bolsonaro, el primer ministro húngaro Victor Orbán o Narendra Modi, primer ministro de la India,

– ¿Se puede considerar a la llamada “posverdad” y las fake news como productos de la posmodernidad, que descree de la noción de verdad?

– Para nada, esta insistencia en que la información y prácticamente la realidad de tipo empírico es parte de las fake news, es la típica insistencia de Trump, no tiene origen en la tradición posmoderna sino más bien en la tradición fascista.

– ¿Serían imaginables las mentiras de ciertos políticos contemporáneos sin la existencia de las redes, capaces de convertir en hashtag cualquier cosa?

– Evidentemente este nuevo paisaje mediático, este mundo de las redes sociales, permite amplificar una tradición de mentira totalitaria, fascista, que ya existía antes. En la época del fascismo la radio, el cine y otros medios que en su momento representaban una avanzada tecnológica le sirvieron a estos fascistas que, como bien decía el historiador Jeffrey Herf, eran modernistas reaccionarios y usaron este tipo de tecnología para hacer avanzar las causas más retrógradas.

– ¿Por qué se habla de “posverdad”, como si fuera una fase posterior a la de la verdad, y no lisa y llanamente de mentiras? ¿Es un eufemismo instigado por los fabricantes de mentiras?

– Es una pregunta muy interesante porque justamente eso que se presenta como posverdad, en realidad son mentiras. Lo que muestra que muchos de estos mentirosos creen en la verdad de sus mentiras, y eso conlleva a una pregunta más bien filosófica, que ya habían planteado muchos. En el libro recuerdo el caso de Jacques Derrida, quien en una conferencia en la UBA se pregunta: ¿es mentiroso aquel que piensa que está diciendo la verdad? Por otra parte, desde un punto de vista de la historia de la mentira lo que vemos es que cuando esta mentira o así llamada posverdad es creída, conlleva riesgos importantes de violencia y de muerte, porque este tipo de mentiras matan. Lo extraño es que es un eufemismo muchas veces planteado por aquellos que no creen esas mentiras. En concreto, pienso que sería mejor admitir que hoy circulan mentiras fascistas, como planteo en el libro.

– En el libro derriba un mito, el de que Goebbels habría dicho una de las frases más citadas del último siglo: “Miente, miente, que algo quedará”. ¿Cómo generó esa creencia, Goebbels dijo algo parecido, lo dijo otro, o no lo dijo nunca nadie?

– Es un caso muy interesante: no lo dijo Goebbels ni lo dijeron los otros fascistas globales, ya sean los de China, India o Brasil, Alemania o México, que no eran cínicos en ese sentido, sino que eran fanáticos del culto a sus líderes, y creían que sus mentiras eran la verdad. Los fascistas como Goebbels pensaban que lo que decían era cierto y que incluso cuando eso no era cierto, la idea era volver lo que decían cierto, convertir la mentira en realidad. En el libro analizo justamente las mentiras que Goebbels mismo se creía. Incluso cuando percibían el corte, la diferencia, entre lo que se decía y la realidad, pensaban que la propaganda estaba al servicio de una verdad absoluta. Más bien atribuían eso a sus enemigos y de hecho hay una frase parecida a esa, que Goebbels atribuye a Winston Churchill: la idea de que si uno repite las mentiras algo queda. Para Goebbels y para tantos otros fascistas, la propaganda refleja la verdad, que cuando no es debería ser. Los fascistas proponen reemplazar la percepción por la intuición, es decir si la realidad no corresponde con el deseo, es la realidad la que tiene que ser reformulada a través de la violencia, la persecución y la muerte.

– Tras el ataque al Capitolio, los grupos de ultraderecha y sus disparatadas teorías conspirativas, el libro redobló su actualidad. La tierra plana, el Estado Profundo, la red pedófila de políticos, empresarios y ejecutivos de Hollywood, Hillary Clinton bebiendo sangre de niños, los invasores reptilianos escapados de Invasión V… ¿Los que lanzan estos globos creen en ellos? ¿Qué es lo que hace que tengan suficiente entidad como para que estemos hablando de ellos?

– Este tipo de paranoia política reflejada en teorías de la conspiración, de una personalidad conspirativa que cree en cualquier cosa, existe desde siempre. Ya la habían estudiado bastante bien Theodor Adorno y sus colaboradores, en sus estudios sobre la personalidad autoritaria. Se trata de gente que tiene la necesidad de que la complejidad del mundo les sea explicada de una forma simple a través de la idea de que todo aquello que el líder dice es verdad. Es en ese marco que este tipo de mentiras y delirios se vuelven todavía más “virales”.

– ¿Cómo se explica que un personaje como la republicana Marjorie Taylor Greene, negadora de masacres como la de El Paso o postuladora de la delirante teoría del Pizzagate, según la cual Hillary Clinton dirigiría una red pedófila desde una pizzería, haya llegado a la Cámara de Representantes? ¿Su destitución de la comisión que presidía habla de buenos reflejos del sistema democrático, o es sólo una muestra de astucia frente al desprestigio institucional de Trump?

– La diputada Marjonie Taylor Greene representa quizás una forma más extrema de lo que es hoy el trumpismo y el Partido Republicano, o para decirlo de otra manera, el Partido Republicano es hoy en día el partido de Trump y en esa medida las cosas que esta señora dijo han sido muchas veces retuiteadas, repetidas y amplificadas por Trump. Más allá de estas cuestiones que son más bien cosméticas el partido, sigue alineado con el expresidente y sigue siendo entonces un partido de extrema derecha en este momento, comparable por ejemplo al salvinismo en Italia.

– ¿Tiene la época contemporánea alguna clase de inmunidad al disparate, o puede llegar a creer cualquier cosa? ¿O son pocos los que creen? ¿O nadie, en realidad, y se trata de puras excusas para tomar el Capitolio e intentar linchar al vicepresidente “traidor”?

– Yo creo que Trump usó una estrategia fascista de la gran mentira, de insistir con una explicación simple y por supuesto fantasiosa para negar la realidad de su derrota. Creo que la fe absoluta en esa gran mentira fue la gran motivación para este tipo de personajes que son fanáticos, creyentes, estos terroristas domésticos, como se los llama en Estados Unidos. Estos grupos paramilitares justamente reflejaron esa suerte de inmunidad frente a la realidad y sintieron esa motivación de participar del golpe de Estado propiciado por Trump.

– ¿Qué posibilidades hay de que esta fábrica de mentiras, y los que las creen o se amparan en ellas, sean una tendencia creciente? ¿Podrían llegar a masificarse, o se sigue tratando de unos miles de loquitos?

– A pesar de la derrota de Trump estos populismos de extrema derecha, en muchos casos aspirantes a la dictadura y al fascismo, siguen representando un peligro concreto. En el libro critico la idea de una patología personal para pensar a líderes como Trump y Bolsonaro pues demuestro en qué medida participan de una tradición fascista que, por cuestiones profundamente ideológicas, que son parte de su teología política, terminan negando la realidad.

– ¿Esos grupos podrían llegar a tener más éxito en el futuro?

– Todo depende con qué seriedad se afronta a estos grupos golpistas y paramilitares de extrema derecha. Para mí hay que tomarse con gran preocupación el riesgo que representan para la democracia y en el marco de la ley limitar drásticamente sus actividades, que en muchos casos son ilegales.

Lo que sorprende del caso del Capitolio es que mientras en Estados Unidos se reprimen sin ningún prurito minorías y a gente que levanta reclamos populares legítimos en contra del racismo, la discriminación y la desigualdad; a estos golpistas de derecha que son “terroristas domésticos” se los trató, casi diría, con guante blanco cuando lo necesario era el uso de la fuerza. Se debió reprimirlos y arrestarlos inmediatamente. Es necesario recordar que el fascismo triunfó en el pasado cuando la justicia y el Estado ignoraron la ilegalidad de su violencia. Que Trump no haya pagado por sus acciones es algo muy preocupante.

– ¿Qué lazos existen entre los “globos” conspirativos lanzados por la derecha estadounidense y los supremacistas blancos y otros grupos asumidamente fascistas?

– Existen lazos concretos. En los eventos del Capitolio, estos racistas se aliaron a sectores quizá más “moderados” del Partido Republicano, para intentar frenar el trabajo de la democracia. En el libro explico cómo estos vínculos entre neo-fascismos y trumpismo son ideológicos, en tanto militantes y líder comparten afinidades electivas sobre mitos, mentiras y enemigos.

– ¿Pueden llegar a crecer estos grupos en su prédica frente a un gobierno como el de Biden?

– Es difícil saber qué va a pasar, pero por un lado no parece disminuir la actividad de estos grupos extremistas. Por otro lado también dependerá del gobierno de Biden. ¿Qué hará Biden frente a la ineptitud, la desigualdad, el autoritarismo, la represión y la intolerancia generadas por Trump? La pregunta es qué hará Biden para desandar esos caminos que frenan la democracia. Veremos si estos grupos crecen o si Biden sigue manteniendo ese apoyo profundo que obtuvo de una gran mayoría de la población, que lo votó como líder de un frente anti-trumpista, por no decir anti-fascista.

– En el libro señala un ida y vuelta que va de las políticas racistas y segregacionistas en Estados Unidos a comienzos del siglo XX a Hitler, que las adoptó para sí, y vuelve ahora del nazismo al neonazismo estadounidense.

Históricamente, el populismo fue una fusión entre democracia y autoritarismo y lo que vemos ahora en estos nuevos populismos de extrema derecha es menos democracia y más autoritarismo, llegando a esta intentona golpista también caracterizada por racismo, violencia, militarización de la política y mentiras del tipo totalitarias, que eran más bien típicas del fascismo. Lo que vemos es un retorno de muchos elementos que eran típicos de esa época del fascismo clásico.

– Si Trump decide dar un paso al costado, ¿puede surgir otro Trump, otro peor incluso que él? ¿Uno más “clásicamente” fascista?

– Sí, puede surgir otro Trump o incluso un Trump más eficiente y quizás lo que sería aún más peligroso es que surja un “Trump” menos cobarde que Donald Trump, quien dijo que iba a acompañar a sus seguidores al Capitolio y luego se quedó mirándolo por televisión. El peligro de que alguien tome la posta y aumente todavía más ese odio, esa vocación dictatorial, esa militarización de la política, es real.

Una vida dedicada a estudiar el fascismo

Nacido en Buenos Aires en 1975, Federico Finchelstein estudió Historia en la UBA y obtuvo su doctorado en Cornell University en 2006. En la actualidad se desempeña como profesor de Historia en The New York School for Social Research y en Eugene Lang College de la ciudad de Nueva York. Además es director del Programa Janey de Estudios Latinoamericanos.

Ha sido comentarista de política en los diarios The New York Times y The Guardian y ha publicado numerosos artículos en diversas revistas especializadas, así como ensayos en volúmenes colectivos acerca del fascismo, el Holocausto, la historia de los judíos en América Latina y Europa, el populismo en América Latina y el antisemitismo.

Es experto en lo que denomina “fascismo transatlántico”, que va de Mussolini al indomusulmán Khan al-Mashriqi (1888/1963), pasando por el español Ramiro de Maeztu, el padre Castellani, el integralista brasileño Plínio Salgado, los “leopardos” colombianos, el rumano Horia Sima (creador del grupo Guardia de Hierro) y los “camisas pardas” japoneses.

Entre
sus libros destacan Los alemanes, el
Holocausto y la culpa colectiva. El debate Goldhagen
; La Argentina fascista. Los orígenes ideológicos de la dictadura; El canon del Holocausto; Orígenes ideológicos de la “guerra sucia”.
Fascismo, populismo y dictadura en la Argentina en la Argentina del siglo XX

y Del fascismo al populismo en la
historia



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Ziying Li, autora del único libro sobre peronismo que se escribió en China | “Compartimos el desafío del desarrollo sostenible” 



“El peronismo es una corriente de pensamiento, una doctrina política y al mismo tiempo una práctica política”, sostiene la doctora Ziying Li, académica china especializada en Argentina y autora del único libro sobre peronismo que se escribió en China. Ziying Li vivió hace años en la Argentina y es la actual vicedecana de la Academia de Gobernanza Regional y Global de la Universidad de Estudios Extranjeros de Beijing (BFSU), una de las universidades más prestigiosas de China. En 2010 entregó su libro Estudio sobre el Justicialismo de Argentina en forma personal a la actual vicepresidenta Cristina Fernández, durante una visita oficial al país asiático. En diálogo con Página/12, la académica china explica cómo ven al peronismo en China, la relación que tiene el Partido Justicialista con el Partido Comunista de China y cómo vivió la crisis del 2001 residiendo en la Argentina. Además, reflexiona sobre el crecimiento que tiene la enseñanza del idioma español en China.

–¿Cómo se estudia al peronismo desde China?

–Para los académicos chinos que se dedican al estudio político de América Latina, el peronismo es una corriente de pensamiento, una doctrina política y al mismo tiempo una práctica política. Como una rama importante y representativa del populismo latinoamericano y la doctrina más importante en la historia moderna de Argentina, el peronismo ha dejado una huella profunda en la crónica argentina y ha experimentado un camino zigzag de desarrollo. En mi libro Estudio sobre el Justicialismo de Argentina divido la evolución del Justicialismo en tres etapas: la fundación por Juan Domingo Perón, la reforma de Carlos Menem y el nuevo desarrollo desde el matrimonio presidencial Kirchner. En el siglo 21 el peronismo resurge con novedades y representa la exploración del modelo de desarrollo de la nueva generación de líderes de Argentina, lo que se traduce en la respuesta del pueblo argentino ante el impacto de los nuevos cambios en el mundo.

–¿Cómo analiza la relación entre el Partido Justicialista y el Partido Comunista de China?

–Después del establecimiento de las relaciones diplomáticas entre los dos países en 1972, se empezó con intercambios entre los dos partidos. El 3 de julio de 1974 el presidente interino Dong Biwu y el premier Zhou Enlai de nuestro país dieron, a través de un telegrama, las condolencias a la esposa de Perón por el fallecimiento del presidente con las siguientes palabras: “El presidente Perón fue un famoso activista político. Fue respetado por sus esfuerzos de salvaguardar la independencia nacional de Argentina, fortalecer la unidad del tercer mundo y luchar contra la hegemonía”. En la década 90, cuando el peronismo volvió a conducir el país desde el poder ejecutivo, los intercambios amistosos entre los dos partidos fueron más frecuentes, promovido por unas relaciones económicas cada vez más estrechas y con visitas de alto nivel entre los dos países. 

Aparte de los diálogos bilaterales, los dos partidos todavía tienen contactos y cooperaciones en plataforma de alianzas o bloques de partidos, como las existentes entre la Confederación Permanente de Partidos Políticos de América Latina y el Caribe (COPPPAL) y la Conferencia Internacional de Partidos Políticos de Asia (ICCAP) en el cual el rol del gran dirigente peronista Antonio Cafiero, quien fuera presidente de la COPPPAL, fue muy importante para que se pueda iniciar esta cooperación. Hoy en día, como los dos partidos gobiernan ambos países, las relaciones entre ellos sirven no solamente para enriquecer las experiencias de construcción institucional de cada partido partido e intercambiar las prácticas de gobernabilidad, también contribuyen a la lucha en conjunto contra la pandemia y la búsqueda del desarrollo sostenible.

–¿Qué reflexión hace, a la distancia, de su vivencia en el país durante la crisis de 2001?

–He estado en Argentina trabajando como la representante de una corporación estatal de China por unos años. He observado y vivido la crisis del 2001 con mis propios ojos y mi propia carne. Recuerdo el famoso corralito, las largas colas en los bancos, las manifestaciones para protestar contra el gobierno, los cortes de ruta y saqueos. A mi juicio, lo sucedido fue resultado de una serie de políticas económicas no adecuadas a la situación del país, una política monetaria muy rígida (el plan de convertibilidad), la falta de control y regulación del sector financiero, la alta dependencia a la exportación de pocos productos, especialmente cereales. Obviamente, los problemas sociales y divergencias políticas agudizaron la situación. Todavía recuerdo la frase que pronunció el presidente interino Eduardo Duhalde cuando asumió el poder: “Estoy totalmente convencido de que Argentina merece la victoria”. Lo dijo así, por la fe y el conocimiento del pueblo argentino y la nación. Como una académica que me dedico al estudio de Argentina y como una extranjera que tiene muchos recuerdos lindos de este país tan lejano al mío, coincido totalmente con esa frase, yo pienso igual.

–¿Cómo evalúa la marcha de las relaciones bilaterales y las perspectivas a futuro?

–El año próximo va a coincidir con el 50 aniversario del establecimiento de relaciones diplomáticas entre China y Argentina, durante casi medio siglo las relaciones bilaterales han conseguido significativos progresos. Desde la década del 90 del siglo pasado, los intercambios económicos y comerciales entre ambos son cada vez más estrechos. Hay tres hitos históricos después en siglo 21 en las relaciones bilaterales. En 2001, Argentina apoyó a China en su adhesión a OMC. En 2004, el reconocimiento del status de economía de mercado de China en ocasión de la visita oficial del entonces presidente chino Hu Jintao y en 2014 los dos países establecieron una asociación estratégica integral. Desde entonces se ha profundizado aún más la cooperación bilateral en el comercio de bienes y servicios (por ejemplo el turismo, Argentina es calificado por los turistas chinos como uno de los mejores destinos turísticos durante muchos años consecutivos), la inversión extranjera directa, la construcción de infraestructura, el intercambio cultural y educativo, y en el campo tecnológico, entre otros. Mediante el establecimiento de una serie de organismos bilaterales, se ha proporcionado un mecanismo institucional para garantizar los intercambios regulares y profundizar la cooperación. Sin duda alguna, la perspectiva de futuro de las relaciones bilaterales es brillante. 

En la cooperación económica comercial, los dos países gozan de alta complementariedad en el comercio. La nueva normalidad y el desarrollo sostenible de China significaran que habrá una demanda estable de productos argentinos. Al mismo tiempo, durante los últimos años, las dos partes hicieron un gran esfuerzo por resolver el desequilibrio estructural en el comercio bilateral zanjando canales para promover la exportación de más productos de Argentina a nuestro país. Lo más lindo es que estos esfuerzos se hacen por todas partes de la sociedad, los gobiernos, las empresas y las instituciones académicas. Desde 2018 China empezó a celebrar la Exposición Internacional de Importación en Shanghai expresando los deseos de importar más desde todo el mundo. Y las empresas exportadoras argentinas participan y expusieron sus productos en las tres ediciones realizadas hasta ahora promoviendo más ventas hacia China. En diciembre del año pasado se celebró Ciclo de capacitaciones virtuales para la promoción del comercio exterior con la República Popular China, coorganizado por el Ministerio de Desarrollo Productivo, la SEPYME, el Banco ICBC y universidades de dos países. Al mismo tiempo las inversiones chinas en infraestructura, en el sector manufacturero y en el sector de servicios pueden dinamizar la economía local. Como analiza la OCDE, la inversión en innovación, competencias, integración regional e infraestructuras puede ayudar a que América Latina se beneficie de la “nueva normalidad” de China. Como países en vía de desarrollo, China y Argentina se enfrentan con el mismo desafío de realizar el desarrollo sostenible bajo la nueva circunstancia del mundo. Tienen el consenso de cooperación e intercambio, lo cual garantiza la resolución de los problemas surgidos en las relaciones bilaterales.

–Probablemente Argentina se adhiera a la iniciativa de la Franja y la Ruta. ¿Cuál es su opinión sobre los potenciales beneficios y las ventajas que implicaría para nuestro país?

–La actitud sobre la Iniciativa de la Franja y la Ruta del gobierno argentino siempre es muy positiva y activa. La Franja y la Ruta es una iniciativa de cooperación internacional para la construcción conjunta del desarrollo sostenible y un futuro más feliz y próspero. ¿Por qué nos hace falta una cooperación así? Porque tenemos una sola tierra y todos los países conviven en un mismo mundo. Somos de la Comunidad de Destino Compartido para la Humanidad. Como se ve en la lucha contra la pandemia, solo la cooperación y compartir datos y recursos pueden ayudarnos, necesitamos ayudarnos recíprocamente. Estoy de acuerdo con la secretaria ejecutiva de la Cepal, Alicia Bárcena, que dijo: “Los países de América Latina y el Caribe tienen una oportunidad histórica para estrechar lazos con China y el resto de las economías asiáticas, y el Foro de la Franja y Ruta para la Cooperación Internacional nos entrega una propuesta civilizatoria de conectividad y prosperidad compartida.” También comentó que “en esta crítica encrucijada en la historia humana, América Latina y el Caribe no puede quedarse atrás”. En este sentido, el desarrollo de la Franja y la Ruta significa más oportunidades de cooperación, más sectores en intercambio, más experiencias para el aprendizaje y más resoluciones conjuntas de problemas. Sus resultados podrán ser disfrutados por todos, no solamente por Argentina, sino por todos los países que acompañan esta iniciativa.

–China cuenta con casi cien universidades que enseñan español como carrera universitaria. ¿Por qué se da este fenómeno?

–La enseñanza del idioma español, como una carrera universitaria, ha experimentado un boom durante estos 15 años, lo que refleja el crecimiento de la cooperación e intercambios entre China y los países hispanohablantes. En China, tradicionalmente, el español se consideró como una lengua extranjera de poca demanda. Pero la situación ha cambiado muchísimo. En el mercado laboral los talentos que dominan el español son cada día más necesitados. Actualmente en las universidades chinas la carrera de español cuenta con cinco orientaciones: filología, literatura, traducción, cultura comparada y el estudio regional. Estamos trabajando para que la formación de talentos con dominio del idioma español pueda satisfacer la demanda diversificada del mercado para diferentes niveles.

* Director ejecutivo del Centro Latinoamericano de Estudios Políticos y Económicos de China (CLEPEC). 



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El sexo en la vejez | El psicólogo Ricardo Iacub describe las miradas sobre el erotismo en las personas mayores



Cuesta imaginar el erotismo de los viejos. Sexo y vejez suenan como conectar la Biblia y el calefón. “Asco”, “ridiculez”, “poco estético” son algunos de los términos usados para relacionarlos. Hay una ceguera social en ver a viejos y viejas más allá de la edad que con la pandemia de la covid-19 se radicalizó: fueron enfocados por una sociedad que en general no los ve. Puesta en evidencia su fragilidad ante el virus, fue difícil no ligarlos a la enfermedad y a la muerte e imposible pensarlos como personas con ganas y deseos. “Nuestros gustos han sido en buena medida construidos de manera imperialista y muchas de nuestras dificultades para incluir el erotismo en la vejez se basan en cuestiones políticas cercanas a las formas de discriminación que se ejercen con las minorías sexuales”, dice el doctor en psicología Ricardo Iacub, que en esta entrevista analiza los vínculos y miradas sobre los cuerpos viejos y propone una educación que acerque a la vejez, a la que llegaremos, si tenemos suerte, todos, todas, todes.

“Terminamos viendo como cognitivamente extraño y emocionalmente xenofóbico los cuerpos de estos otros que tenemos tan cerca y que próximamente seremos”, advierte Ricardo Iacub, autor de libros y artículos científicos sobre el tema, entre ellos Erótica y vejez. Perspectivas de Occidente. Además, Iacub es profesor titular de Psicología de la 3ª Edad y Vejez (UBA), Evolutiva III (UMSA) y subgerente en Pami.

–¿Cuándo se es viejo o vieja?

–Las cronologías responden a criterios de organismos internacionales relativos a las expectativas de vida, en países en vías de desarrollo, como el nuestro, 60 y en países desarrollados 65.

–Eso parecería haber cambiado en los últimos tiempos, personas de esa edad no se consideran viejas…

–Se sigue pensando en esa edad más allá de que siempre son en algún punto relativas estas cronologías. Pero una persona que trabaja en el campo a pleno sol tiene mayor deterioro físico, con lo cual se trata una línea intermedia entre lo que podría ser la clase media más educada que entra a la tercera edad a los setenta y los menos privilegiados que entran más tempranamente. Pero la verdad es que la construcción de esta cronología depende de muchos factores porque si te jubilás también tenés una entrada que, de alguna medida, es ritual: la jubilación.

–¿Qué palabra usar para nombrarles?

–Prefiero no tener que evitar nombres que parezcan ofensivos, como viejo o anciano. Hay una serie de tabúes con respecto a la nominación, lo que habla de las dificultades que tenemos como sociedad con este grupo de edad. Las palabras personas o adultos mayores indican esta condición de edad aunque de una manera menos específica.

–En general nuestra sociedad tiene una mirada despectiva hacia la vejez, y al mismo tiempo infantilizante y paternalista ¿está de acuerdo con esto?

–Así es, nuestra sociedad se conduce a partir de varios estereotipos nodulares que conforman el lugar de la vejez. Por un lado, el no gustar-desear la vejez y desconsiderar cualquier condición positiva de los mismos. Factores que redundan en una desvalorización de sus roles, espacios o recursos, lo que al mismo tiempo lleva a esa infantilización. Esto podría ser retraducido como un desempoderamiento progresivo, a partir del cual alguien parece tener que tomar control sobre esa persona, o lo que llamamos paternalismo. Confundiendo categorías asociadas al deterioro cognitivo, que limita las condiciones de autonomía, con el envejecimiento esperable que no debería reducirlas.

–En el ASPO, cuando Horacio Rodríguez Larreta intentó prohibir la circulación de los viejos, usted habló de “viejismo” y lo comparó con la discriminación por género o el antisemitismo ¿puede explicarlo?

–Otro de los fenómenos que produce este lugar social de los mayores es que no vemos el monto de prejuicios, estereotipos y discriminación en nuestra sociedad, incluso personas que militan a favor de otros grupos aminorados socialmente (término de Moscovici), como feministas, LGBT+, les cuesta reconocer las analogías que se producen entre estos grupos. Lo que sucedió con el gobierno de Larreta fue llamativo, porque ni siquiera llegaron a imaginar que lo que comprendían como hacer el bien, no lo era tanto. Cualquier comparación con otro grupo que hubiese intentado ser encerrado, como los diabéticos, obesos u otros, hubiese sido un claro escándalo, con los viejos fue más borroso, a pesar de que la movida que se produjo fue muy interesante. Hubo un “me too” de figuras que pudieron ubicarse en primera persona diciendo soy mayor de 70 años. Algo más, en Chile se hizo algo similar y no hubo la misma repercusión negativa y la medida siguió.

–¿Por qué si todos llegaremos a serlo (con suerte) no podemos entenderlo?

–Creo que se trata de construcciones sociales colectivas en donde ciertos personajes sociales toman roles de mayor poder en un momento histórico y no en otro. La historia de Occidente es mucho menos homogénea con respecto a los espacios de poder otorgados a los viejos que hacia las mujeres y aún más con las personas LGBT+. Sin embargo esta sociedad genera una especie de escisión (¿salvadora?) de pensar que “a mí no me va a tocar”, hasta que alguna condición de limitación (enfermedad, discapacidad, caídas) se presenta. Por eso muchas personas dicen que se sintieron viejas a los 70, 80 o 90, porque es allí que se presentó esta limitación.

–Hay una variable distinta en nuestra sociedad para medir la vejez de las mujeres y de los varones…

–La cuestión de género es un organizador muy potente en relación al envejecimiento, desde variables biológicas, como que las mujeres viven más años que los varones, hasta las condiciones de poder que llevan a que muchas mujeres hoy descubran posibilidades que previamente no había sido previstas o que los varones vean aminorar sus condiciones de “potencia masculina”. De esta manera la jubilación, la enfermedad, los proyectos pueden leerse en clave de género con resultados muy diferentes.

–Palabras como “erotismo”, “deseo”, no las asociamos a los viejos… ¿qué consecuencias tiene esto en la vida de las personas mayores?

–Retomando los estereotipos sobre la vejez, la sexualidad aparece en la otra escena de la vida de los viejos y cuando coincide nos parece verde o perverso. Uno de los factores más interesantes es que nos cuesta imaginar el sexo de los viejos. He trabajado mucho esta temática y aparecen cuestiones llamativas en gente “progre” pero que, ante la visión de una escena de viejos se genera una situación de estar en presencia de algo extraño, inquietante que lleva a considerarlo “raro”, ridículo, negativo. Desde hace años, comienzo las clases sobre el erotismo en la vejez con una escena de la película “Nunca es tarde para amar” o “Nube 9” el título original. En ese marco, los personajes, ambos adultos mayores, apenas comienza la película tienen relaciones sexuales. La escena no apela al amor, ya que ellos se conocen a través de un arreglo de un pantalón; tampoco busca convocar una pasión desbordante, ya que los gestos son mesurados, y brevemente da fin a la misma con una misteriosa retirada. La presentación de una escena sexual, que tiene una naturalidad intimidante, permite mostrar algo que se nos hurta y esconde, el sexo de los viejos. Ver esas escenas nos dicen que allí están los que no deberían estar. Son los jóvenes, los que tienen otras formas y se desplazan de otra manera. Lo que produce que la ficción del deseo se rompa y nos encontremos con el otro lado de la escena, con la rareza y el rechazo de esos cuerpos, en ese lugar, y cogiendo. La presentación abre la pregunta a lo que vieron y, muchos de mis alumnos que cursan el último año de sus carreras de psicología ponen en cuestión si existe el encuentro sexual o si aún continúa el deseo. Lo que para algunos genera una pregunta política, por qué se oculta ese sexo, pero también un quiebre más personal, ya que se encuentran ante un prejuicio, tan implícito, que desconocían padecer. Es allí donde fui codificando las respuestas frente lo visto y aparecieron algunas cuestiones que parecen dar cuenta de lo distinto y difícilmente integrable. Las primeras reacciones apelan a la percepción de extrañeza, la palabra “raro” se repite muy a menudo, y se le suelen agregar frases como “no lo había visto nunca”, “pensé que no sucedía”. Luego suelen aparecer respuestas que aluden disimuladamente a lo que se percibe como feo, pero nadie lo dice de esta forma, se repite el “no es estético”, en parte como eufemismo y en parte como situar algo que la sociedad no sabe cómo interpretar. Pero a medida que siguen los encuentros aparece: “impresión y rechazo” o “acostumbrados a ver cuerpos jóvenes”, “cuesta ver eso”; da impresión, “como un rechazo”, “asquito”, incluso con gestos faciales. Otra variante de lectura aparece interpretar los gestos en clave de ternura, cuando muchos de estos resultaban claramente eróticos. Una alumna señaló: “si fuesen jóvenes (los actores) hubiese dicho que era erótico, al verlos viejos, lo asocié con la ternura”. Así como una dispersión de cuestiones que no resultan relevantes y que aluden a: “qué lindas las manos como se tocaban y como se miraban”. Y otra de las reacciones alude a valorizar el acto sexual a partir de la diferencia: “es lindo que estén entre ellos”, “ellos se gustan”. Tan alejado de sí como si fuesen individuos de otra especie.

–¿Por qué pasa esto?

–Suelo situar una cuestión que no es totalmente moral, ya que las personas no suelen decir ‘esto es negativo’ por razones muy claras, sino más bien aparecen consternados ante algo que les cuesta procesar por la disonancia cognitiva que les genera y a partir de ello construyen relatos que parecen describir una escena exótica, donde puede haber mayor o menor apertura. La rareza pareciera relacionarse con la carencia de representaciones inconscientes que permitan darle un sentido a lo que vemos. Uno de estos sentidos es el estético.

–¿Cómo funciona el sentido estético?

–La estética organiza la interpretación de los estímulos sensibles (sensaciones, percepciones y emociones) del entorno y genera un tipo de conocimiento. Lo que lleva a promover respuestas emocionales y juicios estéticos, que dan lugar al gusto. Lo que trascienden lo bello y lo feo, e incluso dejan márgenes grises de aquello que no encuentra un sitio específico. Me interesa el juicio estético no para pensar el arte específicamente sino como un analizador de lo cotidiano y por su capacidad de producir sensaciones y emociones positivas o negativas. Por ello es factible preguntarse qué tipo de objeto representa para la estética y en qué medida se habilita al erotismo en la vejez. Lo que daría lugar a una erótica que organice la contingencia histórica y cultural de lo deseable, y desde allí su legitimación a ser sujeto y objeto de deseo.

–Usted dice que hay distintas “estéticas de la erótica” de la vejez ¿cuáles son?

–Es un concepto que me permitió situar cómo valora una sociedad ciertos tipos de cuerpos, que dimensión otorga al sujeto y al objeto del deseo. Esto se inscribe en un marco que es el estético y que le otorga una llave que habilita ciertos cuerpos y no otros para desear y ser deseados. Eso implica una serie de estereotipos inconscientes (no en el sentido histórico personal, sino cultural) que organizan la visión y la calificación estética-erótica. Hay algunas respuestas a la descalificación estética que algunos las enlazan con posibles códigos genéticos que ordenen la reproducción, no es esa mi área de expertise, prefiero remitirme a un orden explicativo culturalista y ante lo cual tenemos respuestas elocuentes a la hora de definir quiénes son los deseables y quiénes no. Recientemente aparecieron noticias sobre los blanqueamientos de mujeres negras en Kenia o del rechazo estético que causa ser negro en Sudáfrica. Pero no vayamos tan lejos, los representantes de nuestros pueblos originarios no suelen ser clasificados de bellos y raramente los encontramos en escenas de la pornografía. Así como países con mayorías indígenas los personajes de la televisión no se diferencian de un país europeo. Nuestros gustos han sido en buena medida construidos de manera imperialista y muchas de nuestras dificultades para incluir el erotismo en la vejez se basan en cuestiones políticas cercanas a las formas de discriminación que se ejercen con las minorías sexuales. De todas maneras es interesante ver cuán claramente críticos podemos ser para analizar otra sociedad, cuando nos sorprendimos con los blanqueamientos de mujeres negras, aunque naturalizamos los numerosos estiramientos faciales u otras medidas antiage, en el centro mismo de nuestra sociedad.

–¿Cómo cambiaron con el tiempo?

–Podemos encontrar diferencias interculturales como las que mostró Françoise Héritier, donde las mujeres de mayor edad, o que rebasaban la menopausia, eran capaces de un poder que no habían contado previamente y que afectaba sobre el control de su sexualidad. Pero también el origen del pueblo judío se basa en la sexualidad de dos viejos, Abraham y Sara, que como mito antropológico nos parece muy llamativo y poco abordado. El judaísmo no solo no limita la edad del erotismo, sino que lo propone para toda la vida.

–¿Y cómo perciben las personas mayores su erotismo?

–En investigaciones sobre la representación del cuerpo en la vejez y del erotismo en las personas viejas manifestaban un tipo de rechazo particular sobre “esos cuerpos”. Las propias personas mayores tendían a ver sus cuerpos viejos como extraños, fragmentados en partes viejas y jóvenes, las primeras vistas como ajenas y las segundas como propias. El trazado dispone de sectores, objetos o partes a las que se les atribuye la condición de viejas, como las arrugas, la panza, el aumento de peso o la flacidez, y las que permanecen continuas en el tiempo o jóvenes, como el brillo de los ojos, las uñas, o el cabello. Las partes envejecidas eran connotadas como partes faltantes y referidas como: “no tengo boca, cintura, cara” mientras que aquellas que se mantienen continuas o recobradas (por la actividad física o cirugías) se las señala como: “recuperé mi cintura” o “volví a ser” con mayor uso del verbo ser que tener, lo que indica que la permanencia del ser se basa en un cuerpo ideal más que real. La polarización entre el tener o no tener se asocia con considerar lo envejecido como un elemento extraño, impuesto exteriormente y que no representa al sujeto o su identidad, de un modo similar a aquellas partes más dolientes o enfermas. Por ello se vuelven comunes las referencias al “verse de golpe”, en un espejo, o vidriera y mirarse desde un afuera que los sorprende en una imagen extraña o vieja. En jóvenes más pero en mayores también existe una relación común de extrañeza y difícil incorporación de la vejez en el sujeto basada en la fuerte represión cultural a la que estamos sometidos. Terminamos viendo como cognitivamente extraño y emocionalmente xenofóbico los cuerpos de estos otros que tenemos tan cerca y que próximamente seremos.

–La pandemia hizo que empezáramos a mirar más a los viejos. ¿Qué hacer para dejar de mirarlos a través de prejuicios?

–Creo que la pandemia radicalizó algunas cuestiones que ya venían traccionando culturalmente. Asistimos a una sociedad donde la edad, como el género, perdieron la capacidad de definir roles y actitudes, lo que derivó en que la cuestión erótica tome una relevancia diferente y que las nuevas generaciones de viejos lo vivan con una mejor expectativa. Ahora estoy investigando brotes de cambio y uno de los más interesantes lo encuentro en la comunidad gay de Los osos y sus Osos plateados (los viejos), en donde la condición de ser más viejo no aparece como negativo o excluyente. Creo que la educación es un elemento importante. Desde mi inserción universitaria, donde todavía en muchas facultades la cuestión de la vejez falta o es optativa, resulta un medio de gran valor para modificar estos criterios. Obviamente el Estado debe tener una posición activa frente la modificación de criterios viejistas y el año pasado el Pami junto a la Defensoría del Público de Servicios de Comunicación Audiovisual generaron videos que mostraron este prejuicio que aún hoy sigue siendo algo desconocido. No creo que haya nada tan limitante que una cultura no pueda cuestionar y modificar.



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Ariel Goldstein analiza cómo los grupos religiosos están copando la política en América | ¿Qué hacer con el poder evangélico?



En diez años, el evangelismo ha duplicado su porcentaje de creyentes en Argentina. En Estados Unidos, los pentecostales, la rama más poderosa dentro de esa iglesia, consumaron en 2016 una alianza con Trump que les permitió ensanchar su poder. En Brasil los votantes evangélicos representan casi un tercio de su población, y en países centroamericanos ese porcentaje es aún mayor. Los presidentes que intentan ganarse el voto evangélico no son sólo los ultraderechistas, como Trump o Bolsonaro. Andrés Manuel López Obrador en México y Dilma y Lula en Brasil, también se lo han planteado como política. ¿Cuál es el verdadero poder evangélico en los países de la región, cuánto crece ese poder, cuáles sus contactos con las altas esferas de la política y en qué medida aumentó en los últimos años su penetración a nivel popular? Son algunas de las preguntas que se hace el sociólogo Ariel Goldstein en Poder evangélico. Cómo los grupos religiosos están copando la política en América, que editorial Marea publicó recientemente.

En entrevista con Página/12, Goldstein da cifras y porcentajes, se remonta a los orígenes del evangelismo en Estados Unidos y su proyección a los países latinoamericanos. Detalla en qué consiste el pentecostalismo, hace una proyección a futuro del posible crecimiento evangélico y se detiene en el caso argentino, donde la reciente sanción de la ley de interrupción voluntaria del embarazo acaba de infligir una importante derrota a esos grupos.

¿Desde cuándo los grupos evangélicos empiezan a asomar con voluntad de poder en América latina?

– La expansión evangélica en América latina varía en función de los distintos países, pero se fortalece desde mediados del siglo XX, más precisamente en las décadas del 70 y el 80, en respuesta a la llamada “teología de la liberación” adoptada por parte de la Iglesia Católica. Mientras el Concilio Vaticano II había promovido la aproximación entre grupos católicos con sensibilidad social y movimientos de izquierda, el auge del evangelismo parece tener otro sentido político. En países como Colombia está imbuido de una fuerte matriz anticomunista.

¿El pentecostalismo es la corriente evangélica más poderosa? 

– Creo que junto con el neopentecostalismo son las dos corrientes que más se han expandido en los últimos años. El pentecostalismo representa un giro carismático en el evangelismo que incluye hablar en lenguas, la creencia en demonios, la curación divina. En la capacidad para adaptar sus formas religiosas a la experiencia cotidiana de los sectores populares reside una de las razones de su expansión. Surge en Estados Unidos a comienzos del siglo XX y luego se va trasladando a distintos países latinoamericanos. Centroamérica es un escenario privilegiado de esa expansión.

“Está la idea de que los elegidos por Dios deben gobernar. Ya no despreciar la política como algo ‘mundano y terrenal’, sino poner a los ministros, presidentes, para definir las políticas en función de sus intereses religiosos”.

¿Cuál son los contactos del evangelismo con el poder?

– En Estados Unidos se ha dado un alineamiento histórico entre el Partido Republicano y los blancos evangélicos. Esto se remonta a la aprobación del Acta de Derechos Civiles en 1964, cuando los blancos del Sur se pasaron al Partido Republicano. Ahí empieza un fuerte proceso de fortalecimiento de la derecha norteamericana vinculado al movimiento evangélico de la Mayoría Moral. También se puede ver actualmente una amplia red de pastores que viven en Estados Unidos pero predican para América latina. Por ejemplo el argentino Luis Palau o Franklin Cerrato, importante para la llegada al poder de Nayib Bukele, presidente de El Salvador. El circuito migratorio entre Estados Unidos y América latina es aprovechado por las iglesias como fuente de construcción de poder.

En el libro cita uno de tantos “trumpismos” pasmosos: “Si Dios alguna vez quisiera un departamento en la Trump Tower, le ofrecería mi mejor suite de lujo a un precio módico”. Hacerle descuento a Dios no suena muy religioso, y sin embargo los más poderosos pastores evangélicos no dudaron en apoyarlo.

Hubo un pacto pragmático con Trump. Muchos de estos pastores parecen haber entendido que aunque Trump no era puritano (de hecho a lo largo de su vida representó más bien los valores contrarios) sí promovió beneficios concretos para estos grupos desde el poder, incluyendo una oficina en la Casa Blanca. Trump fue además el único presidente presente en la Marcha por la Vida. Un personaje clave en esto fue Mike Pence, el vicepresidente que acaba de ponerse en contra de Trump. Pence, que parecía representar el reaseguro de ese puritanismo, es un devoto evangélico, que siempre hace acto de presencia con iglesias y pastores.

– ¿Trump fue el presidente estadounidense con mayor apoyo de estos sectores?

– Con Trump se dio un pacto de beneficio mutuo. El alineamiento que había empezado con Reagan se fue haciendo más profundo. Los números de apoyo en 2016 y 2020 de los blancos evangélicos a Trump son de alrededor de 80% en ambas elecciones. Es un número alto. Sin embargo, es un grupo que a nivel demográfico no está creciendo, mientras que los latinos, por ejemplo, sí lo están haciendo. Este puede ser un dilema para el Partido Republicano. Las bases electorales que históricamente han sustentado su apoyo han entrado en un declive demográfico.

El pastor evangélico brasileño Edir Macedo habló de un “plan de poder” orientado a conquistar espacio en la sociedad y la política. ¿En qué consiste?

– Es la idea de que los elegidos por Dios deben gobernar. Ya no despreciar la política como algo “mundano y terrenal” como antes hacían los grupos evangélicos, sino poner a los ministros, presidentes, para definir las políticas en función de sus intereses religiosos.

¿Qué peso tuvieron los sectores evangélicos en las recientes elecciones en los países de la región?

– En 2016 en Estados Unidos, su papel fue importante porque Trump logró nuclear detrás de sí a un sector del Partido Republicano en parte gracias a los evangélicos. En 2020 tuvieron cierta incidencia para que Trump ganara el Estado de Florida, especialmente porque alrededor de un 20, 30 por ciento de los latinos en Estados Unidos participa de las iglesias. Con Bolsonaro fue importante porque especialmente luego de las manifestaciones del EleNâo, los pastores se alinearon con su candidatura. El apoyo de Edir Macedo fue un momento clave de esa expresión. Bolsonaro se ausentó del debate de TV Globo con el resto de los candidatos, pero dio entrevistas exclusivas con el canal evangélico TV Record, cuyo dueño es Macedo.

“La sanción de la IVE puede haber sido una derrota, pero también han logrado una presencia mediática y en la calle que antes no tenían”.

¿Brasil es el país con mayor porcentaje de votantes evangélicos?

– Se estima que es un 30 por ciento. Pero hay países de Centroamérica, como Guatemala y Honduras, donde ese porcentaje es mayor. En estos países han tenido una fuerte incidencia en la política a partir de su expansión territorial.

Hace poco detuvieron por sospechas de corrupción al pastor Marcelo Crivella, alcalde evangélico de Río de Janeiro. ¿Esto podría representar un desprestigio para esa iglesia, o será tomado apenas como un caso individual?

– Es enorme el poder de la Iglesia Universal del Reino de Dios, la agrupación evangélica más poderosa, que es la que lidera Edir Macedo. Pero Crivella, aliado a Bolsonaro, es un personaje central del pasaje de los evangélicos de las mega-iglesias a la política. Entonces eso puede significar que los pastores deban ser más cuidadosos respecto de qué líderes llevan a la política. La gestión de Crivella en Río ha sido muy criticada, y de hecho ha perdido la reelección contra un político tradicional del PMDB como Eduardo Paes.

– ¿Cómo analiza el acercamiento de Bolsonaro a Israel y el apoyo explícito de líderes evangélicos?

– Israel juega un papel importante como aliado de Estados Unidos. Jerusalén es vista por muchos líderes pastores de las mega-iglesias como parte de un lugar sagrado. Este alineamiento opera como reaseguro de los intereses israelíes en el conflicto con los palestinos. Muchos de estos países, influenciados por los grupos evangélicos, promueven el traslado de las embajadas de Tel Aviv a Jerusalém. Esto ha sucedido en Guatemala, Estados Unidos, Honduras, Brasil ha abierto un escritorio comercial en Jerusalén y el traslado de la Embajada fue parte de las promesas de campaña de Bolsonaro.

¿Qué nivel de penetración tienen estas iglesias en sectores populares?

– Un nivel importante, porque rescatan a los jóvenes de la drogadicción, el alcoholismo y la violencia juvenil, las pandillas en el caso de Centroamérica o la violencia doméstica. Como dice el antropólogo Juliano Spyer, son una especie de estado paralelo de bienestar cuando éste se encuentra ausente. Apuntan a resolver problemáticas concretas que se presentan en el territorio. El perfil brasileño de los evangélicos es revelador: la mayoría son mujeres jóvenes, negras y pobres.

¿Y en la Argentina, hoy?

Según el último estudio del Conicet la población evangélica ha pasado del 9% en 2008 al 15% en 2019. La rama que más ha crecido son los pentecostales, que representan el 13%. Existe una diversidad de corrientes dentro del evangelismo, como sucede en otros países. Pero también entidades que nuclean a estas iglesias, como Aciera. Un elemento característico es la defensa de lo que llaman la “familia tradicional”, lo que supone la oposición al aborto, entre otras cuestiones.

“Hay una prédica que sostiene que ‘la pobreza no es una condición social, sino un mal espiritual’. Se predica un ‘pacto con Dios’ donde el fiel progresa por su esfuerzo y su fe. Es una visión que se sustenta en el individualismo”. 

En ese sentido acaban de sufrir una seria derrota, con la sanción de la legalización del aborto.

– Es posible, pero también han logrado una presencia mediática y en la calle que antes no tenían en la oposición a esta nueva ley. En países como Costa Rica, Perú, Panamá o Colombia, las coyunturas donde se debaten temas como la educación sexual en las escuelas o el matrimonio igualitario les han permitido a estos grupos visibilizar sus reclamos hacia sectores más amplios de la sociedad.

– En el libro señala que algunos sectores del progresismo hicieron pactos con fuerzas religiosas conservadoras. ¿En qué consistieron?

– Un caso interesante es el de Manuel López Obrador, que ha rendido homenaje a Naasón García de la Iglesia La Luz del Mundo, acusado de lavado de dinero y explotación sexual de menores. Pero también puede verificarse su alianza con Arturo Farela, de Confraternice, quien dijo que son “un ejército al servicio de la revolución” que lidera López Obrador. Otros son los casos de gobiernos como Nicaragua o Venezuela, que ante las violaciones de derechos humanos en ambos países y enfrentados con la Iglesia Católica, encontraron en las iglesias evangélicas un apoyo para conservar su estabilidad política. En todo caso, un factor reiterado es que los pastores terminan en general aliados a gobiernos de tendencia autoritaria, más allá de si son de derecha o izquierda.

¿Y Lula?

Lula y Dilma fueron aliados del Frente Parlamentario Evangélico y sus iglesias. Les transfirieron recursos desde el Estado para el trabajo social. Hoy en Brasil el FPE representa 196 diputados y 8 senadores. Esta alianza con el PT entra en crisis alrededor de 2013. Cuando el pastor conservador y aliado de Bolsonaro, Marco Feliciano, se convierte en Presidente de la Comisión de Derechos Humanos de la Cámara de Diputados, eso supuso un gran conflicto con la izquierda del PT. La caída en popularidad de Dilma por las manifestaciones de junio de 2013 también contribuyó a la crisis. La alianza se resquebraja y ya en 2014 el Pastor Everaldo del Partido Social Cristiano (antes aliado al gobierno del PT) lanza su candidatura a la presidencia con el eslogan “privatiza todo”. Estos grupos ya estaban “en disponibilidad” para nuevas alianzas. El ascenso de Bolsonaro y la ola conservadora en 2018 terminó de sellar esta alianza que se mantiene hasta hoy y es uno de los principales apoyos de su gobierno.

“El fiel es visto como consumidor, y observa a la iglesia como espacio de entretenimiento, socialización, pertenencia y consumo”.

¿Qué relación mantienen las distintas corrientes neoliberales con el evangelismo?

– Hay una prédica en muchas iglesias que sostiene que “la pobreza no es una condición social, sino un mal espiritual”. Así, se predica un “pacto con Dios” donde el fiel progresa por su esfuerzo y su fe. El objetivo es que sea emprendedor y alcance el progreso económico y afectivo. Es una visión que prescinde de un análisis de la sociedad en términos colectivos y busca sustento en el individualismo. En ese sentido, especialmente las corrientes neo-pentecostales pueden encontrar afinidad con el neoliberalismo.

Iglesias shopping

– Al analizar la relación del evangelismo con distintas formas de entretenimiento, habla de “iglesias shopping”. ¿En qué consisten?

– Las mega-iglesias se han tornado en centros privilegiados de consumo. Allí hay toda una serie de entretenimientos para los fieles. Bandas musicales cristianas, recitales, y objetos de consumo como libros, CDs, remeras, etc. El fiel es visto como consumidor, y observa a la iglesia como espacio de entretenimiento, socialización, pertenencia y consumo. Otra cuestión es cómo estas iglesias han usado el marketing, la televisión y las redes sociales para promover de forma exitosa sus “marcas religiosas” y reclutar nuevos fieles.

El último capítulo del libro se titula “¿Qué hacer con el poder evangélico?”. ¿Qué hacer?

– Es necesario limitar los dos pilares donde se asienta ese poder en defensa del Estado laico y el pluralismo democrático: la cuestión territorial y la cuestión mediática. Establecer consensos entre fuerzas de izquierda, centro y derecha que busquen una defensa del Estado laico para que no sucedan escenarios como los que se ven hoy en Brasil, donde han acumulado un poder político que pone en riesgo la diversidad de creencias y el pluralismo que debe representar el Estado.

¿Por qué Ariel Goldstein?

Ariel Goldstein es doctor en Ciencia Sociales por la Universidad de Buenos Aires e investigador del Conicet en el Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe. Es docente de la cátedra Política Latinoamericana en Ciencia Política de la UBA. Se especializa en el estudio de la sociedad y la política de Brasil. Participa del proyecto internacional del cNPQ de Brasil “Prensa y circulación de ideas: el papel de los diarios en los siglos XIX y XX”. Entre sus libros se destaca Bolsonaro. La democracia de Brasil en peligro (Marea, 2019).

En Poder evangélico. Cómo los grupos religiosos están copando la política en América (Marea, 2020), analiza el crecimiento exponencial que los grupos evangélicos están teniendo en los últimos años en todo el continente americano, logrando consolidarse como nueva fuerza política y social, con presidentes, ministres, diputades y asesores que ocupan puestos clave en los gobiernos de la región. 



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Cómo sigue Estados Unidos después del asalto al Capitolio | María Victoria Murillo, profesora de la Universidad de Columbia, y Ernesto Calvo, profesor de la Universidad de Maryland



La toma del Capitolio por parte de grupos supremacistas blancos para evitar la certificación de Joe Biden como presidente electo de Estados Unidos es el punto álgido de la estrategia del presidente Donald Trump para provocar una crisis institucional. No es la única batalla abierta. A la judicialización del proceso electoral en los Estados más competitivos se suma la arremetida contra los medios tradicionales y las redes sociales, a las que amenazó con regular legalmente sus acciones. Más importante aún, pareciera tratarse de una crónica anunciada que no sorprende a nadie, advierten María Victoria Murillo, de la Universidad de Columbia, y Ernesto Calvo, de la Universidad de Maryland. En diálogo con Página/12, Murillo y Calvo recorren el derrotero que llevó al ataque republicano al Congreso y evalúan las consecuencias que ocasionará sobre la gobernabilidad de los demócratas en el poder como en la institucionalidad republicana.

–¿Cuáles son las implicancias políticas como simbólicas de la toma del Congreso estadounidense?

María Victoria Murillo: —Tiene un efecto internacional y uno doméstico. A nivel internacional, la toma del Congreso norteamericano se presentaba ante los televisores del mundo como si fuera la caída de Roma ante los bárbaros. Fue un golpe muy fuerte a esa capacidad que Estados Unidos se arroga de dirigirse al mundo desde un lugar de una moralidad superior. Una superioridad que nosotros, los latinoamericanos, nunca nos creímos, pero que para los norteamericanos es muy importante. De pronto, eso se cayó y tuvo un fuerte impacto internacional, tal como vimos en las reacciones de los líderes europeos. Es importante marcarlo, en un contexto en el cual sus principales disputas apuntan a países como China y, en menor medida, Rusia, que son países no democráticos.

–¿Cuál fue el impacto en el ámbito doméstico?

MVM: –A nivel doméstico, no debe sorprendernos. Trump avisó lo que haría, fue el propio Trump el que convocó a la marcha. Cuando lo hizo, dijo: “por favor, sean wild (sean violentos)”. Incluso, después de que esto ocurriera, el Partido Republicano votó tal como quería Trump: la mayoría del bloque de diputados republicanos cuestionó los resultados electorales. Lo dijo el propio Trump, en el último tuit que le dejaron publicar: “me robaron la elección”. La idea de que la democracia no funciona es muy fuerte. Y Trump es también el Partido Republicano, es un emergente de algo más grande que él.

–Vista en perspectiva, ¿cómo caracterizarían la estrategia comunicacional de Donald Trump y, más específicamente, el haber usado distintos canales mediáticos para sembrar la idea de que habría fraude en las elecciones?

Ernesto Calvo: –Trump no solo avisó lo que pensaba hacer, sino que lo instaló comunicacionalmente. Desde que comenzó a hablar del voto por correo, hace meses, logró construir políticamente una noción de fraude que luego repitieron sus votantes. Esa narrativa fue usada por Trump en su discurso público y repetida en los debates en el Congreso, para instalar la idea de que la elección no es legítima. Lo interesante de la estrategia comunicacional de Trump es que no hay nada oculto. Lejos de tratarse de una historia secreta sobre la utilización de servicios de inteligencia, asistimos a una estrategia comunicacional abierta que capitalizó la polarización política de Estados Unidos como parte de su estrategia electoral.

MVM: —Lo llamativo es que no estuvieran preparados para detener esto, que se había publicado en todos lados. No es que hubo un mastermind (mente brillante) que lo pergeñó desde las sombras. Era una banda de sátrapas inútiles que lo organizaron como si fuera una fiesta de verano. Entonces, ¿cómo no estuvieron a tiempo el FBI o la Guardia Nacional? El impacto que esto tuvo en la seguridad del Congreso es enorme. Y más importante aún es el impacto de la incapacidad que representa esto a los ojos del mundo.

–También pone de manifiesto la diferencia entre la reacción de las fuerzas de seguridad frente a la toma del Congreso del miércoles pasado y su capacidad de reprimir otro tipo de manifestaciones, como las de Black Lives Matter.

EC: –De hecho, las fotos capturadas y distribuidas por las redes sobre la toma del Congreso son memes. No son imágenes en las cuales la gente está cayéndose, tirándose sobre la policía, golpeando las barricadas. No se parecen a los dibujos de la toma de la Bastilla, sino que se trata de gente tomándose selfies. Brota el sarcasmo, la crítica mordaz. Es decir, la toma fue una forma de ejercer presión política y fue, además, altamente violenta, pero las imágenes son absurdas, cual si fueran memes.

–¿Cuál es el impacto social que tiene el alto nivel de polarización que hay en Estados Unidos, reforzada por el realineamiento de dimensiones como la raza, la clase socio-económica, la identidad partidaria?

MVM: –En la última elección de noviembre de 2020, votó mucha más gente; la polarización trajo un nuevo electorado en ambos lados de la grieta. Es un electorado más diverso que el prototipo del hombre vikingo republicano. Si bien los que tomaron el Capitolio representan el extremo de esa radicalización en Estados Unidos, es cierto que la mayoría de los republicanos cree que la elección fue fraudulenta; y esa mayoría se compone de gente normal a la que no se le ocurre tomar el Congreso. Allí observo una vieja derecha renovada. La cobertura de Fox News se basó en un argumento alocado: decían “esto es fake news, esto no es verdad; son miembros de la antifa se disfrazaron” (N. de la R.: se denomina “antifa” a los grupos de izquierda antifascista). Asistimos a una polarización afectiva que hace que la gente cambie incluso su percepción de lo que ocurre para coincidir con sus partidos. Este proceso está más demorado en América Latina, donde los partidos son más débiles o hay más fragmentación partidaria.

–En este contexto de polarización más afectiva que racional, ¿cómo evalúa la efectividad de la campaña negativa y las operaciones de fake news impulsadas por Trump, en la desestabilización política de los Estados Unidos?

EC: –Propongo recomponer la escena imaginando la forma remota de conexión existente entre 70 millones de votantes de Trump. Mientras un grupo ínfimo de republicanos entraba al Congreso, el senador de Texas, Ted Cruz, enviaba SMS a todos sus votantes en Texas pidiéndoles que donaran dinero para combatir el fraude electoral que evitaba que Trump asumiera la presidencia. Cruz creó una especie de túnel cuántico que conectaba a todos sus votantes de Texas con la operación que se producía en el Congreso norteamericano. Al mismo tiempo que ese grupo pequeño intervenía en el Capitolio, se producía una vinculación institucional, orquestada por actores políticos mediante un mecanismo de difusión de información, que conectaba a los votantes republicanos. Pensemos que cerca de la mitad de los votantes del Partido Republicano cree que hubo fraude, treinta y cinco millones de personas. La polarización está construyendo narrativas a las cuales la gente está siendo incorporada, no porque esté participando en la calle sino porque está permanentemente conectada con la política a través de formas virtuales de integración de esos actores. La polarización afectiva se potencia con la posibilidad de activar al sujeto que participa remotamente de estos eventos.

–¿Qué conexión observan entre el bloqueo de la cuenta de Trump por parte de Twitter y Facebook y la embestida del propio Trump, en mayo del año pasado, cuando amenazó con quitar protecciones legales a las plataformas?

EC: –Lo notable de la campaña de Trump es que fue multidimensional. Mientras asistíamos a las operaciones electorales que se realizaron en los distintos Estados mediante juicios (en Arizona, en Michigan, en Wisconsin, en Pensilvania), las plataformas estaban siendo condicionadas. Singer compró parte del paquete accionario en Twitter, los medidores republicanos actuaron en Facebook para condicionar su accionar, Trump amenazó con modificar la Ley 230 para regular sobre las plataformas después de que Twitter calificara algunas publicaciones de Trump. El Partido Republicano tiene una maquinaria política que incluye todo tipo de acciones: intervención electoral activa, condicionamiento legal, distribución de recursos.

MVM: –Twitter y Facebook son un enemigo apropiado para el discurso populista de Trump, que aparenta avanzar contra las élites que quieren dictarnos lo que pensamos y que quieren controlar lo que se puede decir y lo que no. Porque ciertamente son elites super ricas que te controlan, investigan, usan los datos. No es que Trump creó un espantapájaros para atacar, su estrategia dialoga con la realidad. Entonces, es muy fácil usar esta línea de ataque que es, además, la que lo llevó a ganar la elección en 2016.

EC: –La estrategia fue idéntica en ambos casos. Denunció fraude e instaló la idea del fraude para capitalizarla políticamente. Denunció a las plataformas, usó esa denuncia para condicionar la intervención de las plataformas y después amenazarlas con la Ley 230. Como dice Victoria, son un target fácil por el inmenso poder acumulado: Facebook tiene un 40% de la humanidad registrado entre sus usuarios. Con tamaño poder político, ser condicionado por el gobierno de Estados Unidos y ser útil a la narrativa de Trump… es relativamente fácil.

–¿Cómo proyectan la gobernabilidad del Joe Biden e imaginan el futuro del Partido Republicano, dos caras de la misma moneda?

MVM: –El Partido Republicano va a pagar un costo por esto, sobre todo en el Senado. Es lógico que los diputados republicanos hayan votado en contra de la certificación de la elección, porque tienen miedo de que Trump les organice una primaria o que aparezca un trumpista que les quite el lugar en sus distritos. En el Senado, la lógica es distinta. Los senadores se dieron cuenta de que quedaron solo tres de ellos con Trump, el resto de los que habían estado con él se bajaron del tren para cuidar su carrera política. Esto muestra el riego de lo que fue esa acción. Eso quiere decir que hay líneas muy marcadas y divididas en el Partido Republicano alrededor de Trump. ¿Terminará esto en un tercer partido, en un conflicto dentro del Partido Republicano o en un arreglo al final? Eso no lo sabemos, pero definitivamente vendrán momentos de reacomodamiento en el Partido Republicano.

EC: –Para una parte de la elite republicana, el sueño dorado es quedarse con el votante de Trump sin que esté Trump en el medio. El gran problema del trumpismo, para las élites conservadoras, no es la energía política que este genera. El problema tampoco es la activación del electorado, todo eso les sirve mucho a los republicanos. Lo que no les sirve es que el trumpismo sea liderado por Trump. Ted Cruz trata de capitalizar las elites más tradicionales que están ligadas a las elites económicas. Muestra un juego ambivalente en el que, por un lado, trata de incorporar al trumpismo y, por otro lado, no saben cómo evitar que los insurgentes los terminen arrasando. La dinámica que observo consiste en ver cómo hacer para marginar a Trump sin destruir lo que él ha construido. Por su parte, el juego de Trump es amenazar con una ruptura y con la pérdida del capital político que eso implica para los republicanos y, así, obligarlos a negociar con él. La situación es frágil, pero al mismo tiempo da cuenta del capital enorme que ha acumulado políticamente Trump.

–A partir de los juicios que se iniciarán contra los grupos supremacistas que tomaron el Congreso, ¿de qué forma creen que se pondrán en agenda cuestiones como la raza, la clase social, la identidad partidaria, que tanto contribuyen a la polarización afectiva? ¿Creen que se abre la posibilidad de discutir estos alineamientos en otros términos?

MVM: –Esas dimensiones están a flor de piel, con y sin los juicios. La prensa reporta la conformación del gabinete de Biden enfatizando la demografía de cada personaje antes que su currículum. Es hasta poco feliz, desde mi perspectiva, pero él asume que debe negociar con cada sector. Los términos “raza” y “género” tienen una dimensión política. El grado de polarización no solo se observa en lo ocurrido en el Capitolio en Washington sino en lo ocurrido en otros capitolios estaduales. La victoria de los demócratas en Georgia se debió a los votantes negros, que votaron más que en noviembre. El cambio allí se explica por la participación electoral de los afrodescendientes demócratas en Georgia. Los juicios van a traer de nuevo estos temas, pero estos temas no han salido de agenda. En particular desde el verano, han sido claves en la conversación política de los Estados Unidos.

EC: –Los juicios a los trumpistas que entraron al Congreso son una oportunidad política para separar al trumpismo dentro del republicanismo, limitar sus efectos nocivos y quedarse con su electorado. Me intriga ver cómo van a estructurar los arrestos y los juicios y cómo se va a publicitar eso ante la opinión pública en Estados Unidos. Más precisamente, me interesa ver cómo se va a construir la imagen de un partido que está dispuesto a romper las reglas del juego democrático.

MVM: –Es interesante la forma de ilustrar a la primera víctima, la mujer que estaba atacando el Capitolio. En el titular del Washington Post se afirma que era veterana de la Fuerza Aérea. Esta cosa de alguien que peleó por los Estados Unidos y, al mismo tiempo, ataca el Capitolio y, al mismo tiempo, termina muerta por una bala policial. Va a ser interesante ver cómose crea el framing (encuadre) de los juicios.

EC: –Agrego algo sobre esa primera víctima fatal, de las cuatro que murieron en el ciclo de protestas. Esa mujer fue asesinada, según todo parece indicar, por los que estaban tratando de defender el bloqueo de una zona del Congreso que estaba protegida, no por la seguridad del FBI y de la policía que ingresó para expulsar a los que protestaban. Por lo cual va a ser interesante que todos los que ingresaron para expulsar a los que estaban en el Congreso no dispararon tiros y no ejercieron actos de violencia. La única muerte que se produjo fue tratando de proteger la barricada que habían armado, donde estaban algunos diputados que habían tratado de escapar de la protesta. Es notable la poca información que hay sobre cómo murió esa mujer.

–¿Quién se hará cargo de la seguridad nacional durante la transición?

MVM: –Trump sigue teniendo el poder formal como comandante en jefe y, por ende, está a cargo de la seguridad nacional. Sin embargo, las imágenes de la debilidad de la seguridad del Congreso y el reconocimiento de su incapacidad para gobernar, que se está discutiendo en todo el mundo, abren un interrogante a futuro sobre la transición a Biden respecto a la seguridad nacional. La transición compleja de 2000, vinculada al retraso de la decisión de quien había ganado la elección, ha sido asociada con los problemas de prevención que permitieron que ocurrieran los atentados del 11 de septiembre de 2001. Aunque el tiempo no alcanza para sacar a Trump, hay muchas renuncias en su gabinete. Pero el riesgo para la seguridad nacional ha llevado a esa comunidad a pedirle al secretario de Estado, al director de seguridad nacional y al consejero de seguridad nacional, que no renuncien en este momento y sostengan a la burocracia estatal que se hace cargo de esta área. La transición al equipo de Biden de seguridad nacional es ahora crucial ya que esta será una transición “desordenada” para la tradición norteamericana.



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Débora Tajer: “La mayor parte del psicoanálisis no salió de la matriz binaria” | La perspectiva de género en el diván



¿En qué medida se puede hablar de una clínica psicoanalítica pospatriarcal, posheteronormativa y poscolonial en estos tiempos? El psicoanálisis con perspectiva de género le da respuesta a esta pregunta antes que formular nuevos interrogantes. La psicoanalista y doctora en Psicología Débora Tajer lo aborda en el libro Psicoanálisis para todxs (Topía Editorial) con la precisión justa para entender cómo se puede vincular la práctica clínica con el nuevo paradigma. “Por una clínica pospatriarcal, posheteronormativa y poscolonial” es el subtítulo de su libro. De acuerdo a su lectura, pospatriarcal implica identificar qué conceptos se sostienen y cuáles quedaron atados a modos históricos de las relaciones entre los géneros anclados en un modelo de diferencia jerárquica. Para Tajer, lo posheteronormativo se vincula con salir de una concepción binaria de la sexualidad en la cual se suponen solo dos posiciones, aun cuando esté desamarrada de los cuerpos biológicos, para ser consecuentes con la idea de que la pulsión no tiene objeto a priori. En cuanto a lo poscolonial, tiene que ver con salir de la teoría sexual colectiva que sostiene que “tanto lxs niñxs, como el psicoanálisis, vienen de París”. “Es la apuesta que tenemos que hacer. Hacer una clínica en esos términos no quiere decir que estemos más allá del patriarcado, de la heteronorma y de lo colonial sino que no tenemos que tener intervenciones que manden a esos lugares. O sea que tenemos que tener intervenciones que estén creando lo nuevo”, explica la especialista.

–¿Cuánto incide la perspectiva de género en las modificaciones de los abordajes clásicos en psicoanálisis?

–Ojalá que sirviera más. Está habiendo un cambio muy interesante, fundamentalmente en las nuevas generaciones de colegas que también están rozados, rozadas y rozades por el feminismo y por los cambios en las relaciones entre los géneros y también por los movimientos de la diversidad que se están planteando otras cosas. Y, al mismo tiempo, también estamos quienes trabajamos esos temas hace muchos años. Alguna gente no nos conocía pero esta corriente en la Argentina tiene cuarenta años. Ahora, con el auge de esta necesidad, de esta ola verde, del Ni una menos, el matrimonio igualitario, las marchas del orgullo y muchos cambios que ha habido a nivel de lo social hay una demanda y una expectativa diferentes en mucha gente. Y también en las nuevas generaciones que ven con más interés cuestiones que algunas personas hacíamos y que, a lo mejor, no había un interés tan masivo.

–¿Las leyes de Identidad de Género y de Matrimonio igualitario colaboraron para pensar un psicoanálisis poscolonial?

–No poscolonial pero sí posheteronormativo porque, de hecho, hay parejas y familias del mismo sexo consagradas legalmente. Por lo tanto, hay que revisar las marcas heteronormativas que tiene el psicoanálisis para no estar enviando desde la salud mental hacia lugares donde la sociedad ya tomó decisión de que existen y son legítimas las parejas del mismo sexo.

–¿Qué se mantiene del modo de relaciones entre los géneros y qué tiene para decir el psicoanálisis en este aspecto?

–No sé qué se mantiene en este momento. Es una buena pregunta. Estamos en procesos de cambio, pero pasa todo al mismo tiempo. Me parece que hay una coexistencia de modelos anteriores, medianos, actuales al interior de nuestra propia subjetividad. Yo utilizo una nomenclatura que son modelos tradicionales, transicionales e innovadores. Y eso pasa al interior de cada una de nuestras subjetividades. Estamos en un momento de transición en el que pasa todo al mismo tiempo. Y quienes hacemos clínica tenemos que escuchar estos conflictos de época.

–¿El psicoanálisis contemporáneo ha logrado salir de una concepción binaria de la sexualidad?

–No, la mayor parte del psicoanálisis no. Pero habemos quienes sí estamos desde una matriz no binaria y trabajando parta entender desde otro tipo de matrices, de una matriz más diversa. Esto les pasa a todas las disciplinas, pero el psicoanálisis tiene su particularidad: se han fraguado muchos de los conceptos fundamentales en relación a modalidades de relación de los géneros que son históricas. Nuestro trabajo es ver qué es lo que es transhistórico pero desarmar lo que es histórico. Es decir, si yo pongo en el centro de la crianza que el modelo ideal es la familia nuclear, todas las otras familias van a estar en falta, y voy a suponer que todas las otras familias que no sean la nuclear le van a hacer daño a los niños. En ese punto, tengo que ver los modos de crianza y cómo están funcionando los diferentes tipos de familia.

–¿Cómo observa la diferencia de la visión freudiana de “familia” en plena era victoriana a lo que hoy el psicoanálisis entiende como “familia”?

–Yo creo que la mayor parte de los colegas tiene una intención de mirar la diversidad familiar tal como existe. Pero lo que pasa es que muchos de nuestros conceptos están armados en la familia victoriana.

–¿Y qué puede aportar, en ese sentido, el psicoanálisis a las nuevas configuraciones familiares?

–Ponerles palabras a las nuevos vínculos tal como existen y ver dónde esos vínculos funcionan y dónde no funcionan, pero no desde el prejuicio sino en entenderlos. Por ejemplo, en el libro menciono a una familia monoparental de un varón homosexual que hizo un tipo de paternidad con un niño y, en realidad, anotó como niño propio a un niño que le dieron; o sea, se anotó como padre. Lo crio él, pero desde un modelo de varón tradicional, en el sentido que él era el que ganaba la plata y no estaba en la crianza temprana. Y la crianza temprana la hizo la pareja que él tenía en ese momento, otro varón, al cual él no consideraba el otro padre o el otro criador del niño, sí para que lo cuide, pero no como que fue de la pareja. Después se separó de esa pareja y no dejó ver más a ese cuidador primario al niño. Esto no es “Las parejas gay crían así” sino que esta configuración fue de esta manera. Y hay que entender cuáles son los efectos de este tipo de crianza. No hay que generalizar sino ir viendo cómo cada una de las personas van armando las familias, van criando y ahí trabajar con esas configuraciones.

–¿Y el psicoanálisis puede colaborar en el deseo de hijos/as en parejas del mismo sexo?

–Por supuesto. Y también en personas que quieren criar solas. Debemos acompañar sin prejuicio fundamentalmente, pero también viendo qué les pasa a las personas, qué dificultades pueden tener, qué facilidades. También colaborando en armar la novela familiar de minoría porque no es lo mismo armar todo lo que tiene que ver con “quiénes somos como familia” cuando sos una minoría en muchos sentidos. Por ejemplo, muchas familias que se arman entre personas del mismo sexo van a tener que recurrir a técnicas de reproducción asistida. Entonces, ahí tenés un donante y tenés que pensar qué lugar ocupa ese donante en esa familia que estás formando. Estoy hablando fundamentalmente de aspectos fantasmáticos, de la fantasía. Trabajar desde el psicoanálisis con perspectivas de género en esos casos es colaborar armar esto.

–¿Qué rol debe jugar el/la analista en casos de infancias trans? ¿En estos momentos hay más discriminación social que psicopatologización clínica?

–Yo creo que sí, pero al mismo tiempo todavía existe una tensión. Y una tentación a incluirla en el campo de la psicopatología. Y me parece que ahí hay que hacer la distinción fina de qué se trata cada infancia trans porque no son todas iguales. Y, además, también que cuando hay psicopatología también puede ser una infancia trans. No quiere decir que sea una infancia trans que no sea, no es trucho porque haya psicopatología. Pero hay que ver qué hay ahí. Hoy hay más conocimiento (y esto se está generalizando en los y las colegas) de entender que mucho del sufrimiento de estos niños o niñes tiene que ver con la discriminación y con que las instituciones no están preparadas para alojarlos. En este sentido, parte del trabajo es también acompañar a las instituciones. Quienes trabajan con infancias trans muchas veces tienen que trabajar con los pediatras, con las escuelas, con los clubes para que puedan ser receptivos de estas infancias.

–Otro tema: ¿Cuánto incidió la fortaleza del movimiento de mujeres como, por ejemplo, en la lucha por la reivindicación de derechos, por la legalización del aborto y contra la violencia de género en pensar un psicoanálisis más adecuado a este paradigma?

–En lo que influyó fue en la masificación de la necesidad de otro tipo de escucha. Alguien que ya fue a la Plaza, alguien que ya entendió muchas cosas no va querer que le envíen de nuevo a lo binario, a lo heteronomado y lo patriarcal fundamentalmente. En ese sentido, las demandas son diferentes. Se les pide otra cosa a los psicoanalistas. Y se empieza a buscar algo que a muchos colegas les pone los pelos de punta: psicoanalistas con perspectiva de género. Muchos dicen: “Soy psicoanalista. ¿Por qué tengo que tener perspectiva de género? Yo puedo escuchar a todo el mundo”. Pero la gente quiere ser escuchada desde esta perspectiva y yo creo que todos estos movimientos han cambiado mucho la demanda. También ha cambiado que las nuevas generaciones de terapeutas o estudiantes de Psicología quieran tener otro tipo de formación.

–¿Los estudios de género permitieron darle a la feminidad un status de construcción social? ¿Cómo dialoga esto con el psicoanálisis?

–Los estudios de género trabajan la construcción social de la subjetividad. Ya la feminidad es una construcción social, pero la masculinidad también es una construcción social. Hay que tomarlo de esa manera. Ahora, porque sea construcción social no quiere decir que no existen. No hay esencia. No es natural que seamos como somos, lo que no quiere decir que no seamos como somos. Que algo sea cultural no quiere decir que no sea sino que es algo que puede armarse de otra manera o que puede tener otro destino.

–¿El hecho de que se hayan modificado las modalidades vinculares, laborales y amistosas, entre otras, permite entender que hay un terreno propicio para el desarrollo pleno de las mujeres en la sociedad o qué es lo que falta para que esa fortaleza de la que hablábamos se encarne en el tejido social?

–Uno de los temas fundamentales es que todavía lo sexoafectivo, lo amoroso atrasa. En este terreno, los modos deseantes y los modos eróticos tienen mucho que ver con las primeras impresiones y con los primeros años de vida y, entonces, aunque vos a los 20, 30 o 40 años pienses otras cosas tenés marcas de los momentos fundantes. En ese sentido, lo que observamos es que, al mismo tiempo que las personas quieren vivir en relaciones más democráticas o con otro tipo de vincularidad, tienen armado su deseo en modalidades de género anteriores. Entonces, hay conflictos en relación a este tipo de cuestiones y es parte de lo que hay que trabajar.

–¿En qué consiste el patriarcado en su modalidad actual de acuerdo al psicoanálisis con perspectiva de género?

–En su modalidad actual es un patriarcado que todavía existe pero que ha perdido legitimidad social. Por ejemplo, algunos chistes o algunos comentarios se hacen igual pero tenés que pedir perdón. O hay cosas que tienen la sanción social que hace 20 o 30 años no tenían porque hay otra expectativa con respecto al buen trato y la paridad. En ese sentido, éste es el momento del patriarcado, lo que no quiere decir que no exista el patriarcado porque si no hubiera patriarcado las mujeres no ganaríamos menos que los varones y no habría femicidios. Los femicidios son la cara más atroz del patriarcado. Pero no es lo mismo un patriarcado que ha perdido legitimidad que un patriarcado que goza de buena salud. Entonces, permite que la gente diga otras cosas, piense otras cosas y demande otras cosas.

–¿Considera que se logró la autonomía de las mujeres del dominio masculino en distintos espacios de la sociedad?

–Yo creo que sí, pero hay muchas cuestiones de la autonomía que son subjetivas, que no son solamente externas. A lo mejor, te dejan hacer cosas que no te animás a hacer porque fuiste subjetivizada para no hacerlo. Si te criaron para callarte la boca, para componer vínculos, para nunca decir lo que pensás, para no crear problemas o para no alzar tu voz ni para decir que no, probablemente aunque puedas hacerlo no lo hagas.

–En uno de los últimos capítulos de su libro señala que “con el psicoanálisis solo no alcanza pero sin el psicoanálisis no se puede”. ¿Es una valorización de la práctica con perspectiva de género?

–El feminismo (y el campo de la diversidad) sin psicoanálisis tiene un techo porque no tiene posibilidades de pensar desde una concepción de la subjetividad tan compleja y tan rica como el psicoanálisis. Ahí es donde es muy importante la relación entre psicoanálisis y género para pensar estas cuestiones. Por otro lado, también tiene otra punta esa cuestión que yo planteo en el capítulo: para poder pensar lo que está pasando en la actualidad con el psicoanálisis solo no alcanza. Es necesario pero no es suficiente. Hay que leer otras cosas.

¿Por qué Débora Tajer?

Débora Tajer es Licenciada y Doctora en Psicología (UBA). También Magister en Salud (Flacso) y profesora Adjunta a cargo de la Cátedra Introducción a los Estudios de Género, y profesora Adjunta regular de la Cátedra Salud Pública/Salud Mental II de la Facultad de Psicología de la UBA, donde también es directora del Programa de Actualización en Género y Subjetividad. Imparte el Seminario “¿Cómo trabajar en clínica psicoanalítica con perspectiva de género?”. Estuvo a cargo de la Cátedra Alicia Moreau (2019), Universidad Paris 7 Diderot. Es co-fundadora del Foro de Psicoanálisis y Género (APBA) y miembra de su Comité Asesor. Autora de Heridos corazones (2009), es también co-compiladora junto a Irene Meler de Psicoanálisis y Género. Debates en el Foro (2000). 

En Psicoanálisis para todxs. Por una clínica pospatriarcal, posheteronormativa y poscolonial (Topía Editorial) se propone la tarea de construcción de herramientas psicoanalíticas desde un abordaje pospatriarcal, posheteronormativo y poscolonial del sufrimiento humano. La autora hace una doble apuesta. Por un lado, el develamiento de la visión patriarcal, heteronormativa y colonial subyacente a los abordajes “clásicos” psicoanalíticos. Por el otro, los aportes de instrumentos teórico-clínicos en la perspectiva de género y psicoanálisis. A lo largo del libro da cuenta de los cambios en las femineidades y masculinidades, las nuevas configuraciones familiares y vinculares, las actuales formas de inserción laboral, los nuevos ideales, los cambios en las modalidades de asunción de las identidades de género y las formas de expresiones sexuales y amatorias.



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“La organización del cuidado tiene una marca de género muy clara” | Eleonor Faur, especialista en relaciones de géneros, familia y políticas públicas



Eleonor Faur es socióloga (UBA) y doctora en Ciencias Sociales por la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (FLACSO). Es profesora del IDAES, de la Universidad Nacional de San Martín e investigadora del Instituto de Desarrollo Económico y Social (UNGS-IDES).

Es autora de Masculinidades y desarrollo social. Las relaciones de género desde las perspectivas de los hombres (2004), El cuidado infantil en el siglo XXI. Mujeres malabaristas en una sociedad desigual (2014) y Mitomanías de los sexos (con Alejandro Grimson, 2016), entre otras publicaciones.

Pionera en el estudio de los sistemas de cuidado desde una perspectiva de género, Faur se refiere a las tareas de cuidado en un año signado por una mayor permanencia en los hogares, los dispositivos de transmisión de mensajes, la Educación Sexual Integral (ESI), el surgimiento del movimiento Ni Una Menos, el derecho al aborto, y la importancia de “abrir espacios de reflexión y apuntar a un objetivo que en realidad es un horizonte, que es el horizonte de la igualdad”.

–¿A qué nos referimos cuando hablamos de cuidados?

–El cuidado es un elemento central del bienestar humano. No hay nadie que pueda vivir sin ser cuidado o sin haberlo sido. Y aunque hay algunos momentos de la vida en los cuales necesitamos cuidados de una manera más intensa, en realidad a lo largo de toda nuestra vida necesitamos cuidados. Al mismo tiempo somos proveedores y proveedoras de cuidados. Estamos hablando de una serie de actividades que se requieren para que una vida sea vivible, que haya un bienestar físico y emocional, que haya lazos entre las personas que habiliten una vida social agradable. Entonces, aunque todos y todas necesitamos cuidados y todos y todas tenemos la capacidad de cuidar, lo cierto es que, a nivel social, institucional y político, desde hace por lo menos dos siglos los cuidados se han organizado de una cierta manera por la cual se supone que se proveen básicamente dentro del ámbito de los hogares y que somos las mujeres las principales responsables de ofrecer esos cuidados. La organización del cuidado tiene una marca de género muy clara. Ahí tenemos uno de los nudos críticos de la cuestión de los cuidados que, hace varias décadas, estamos tratando de desandar y desanudar desde la academia y el activismo feminista. No se cuida solo en el hogar, sino en distintos escenarios públicos, comunitarios y privados, y no sólo las mujeres tenemos la capacidad de cuidar. Sin embargo, son muchos los engranajes sociales, institucionales, políticos y culturales que definen esta organización del cuidado como una organización generizada. El problema es que, frente a la escasez de políticas públicas, la variable de ajuste para que no se profundice el déficit de cuidados termina siendo la elasticidad del tiempo de trabajo no remunerado de las mujeres.

–¿Qué observó, en términos de cuidados, en estos tiempos de pandemia y aislamiento?

–Las transformaciones a nivel social –en este tipo de cuestiones también–, muchas veces llegan de formas que uno no espera. Al mismo tiempo que uno defiende la necesidad de políticas para acelerar ciertos cambios sociales, hay veces que estos últimos vienen de la mano de un torbellino, digamos, que nadie imaginó. Por ejemplo, en los años ‘80, ‘90, las fuertes crisis económicas en América Latina hicieron que las mujeres salieran masivamente al mercado de trabajo. Esto, junto con una historia de mayores niveles educativos y de haber ido construyendo una aspiración de mayor autonomía. La crisis del coronavirus, el estar todos y todas guardados en nuestras casas, supuso una intensificación de las tareas domésticas y de cuidado. En los hogares donde hay una pareja conviviente –que es alrededor de la mitad de los hogares de nuestro país–, esa intensificación de los cuidados pudo haber tenido algún tipo de impacto y de movimiento para los varones adultos. Si bien todavía no tenemos datos representativos que puedan revelar cuál fue la medida de ese cambio, dentro de la escasa información que tenemos lo que se ve es que hay un aumento de participación y dedicación para ambos géneros, pero que sigue manteniéndose una brecha. Las mujeres dedican más tiempo a los cuidados y al trabajo doméstico. En los casos de personas con hijos en edad escolar son casi siempre las madres las que acompañan las tareas, viendo si se conectan, viendo si le tienen que prestar el celular en caso de sectores populares con dificultades de conexión. Ojalá quede una memoria de lo duro que es el trabajo cotidiano de sostenimiento del hogar; hay que ver cómo se empuja también desde las políticas públicas para generar nuevas condiciones para la organización de los cuidados.

¿Cómo se desarma y desanda esta imagen tan establecida de los roles y las tareas de cuidado?

–Hay muchas maneras. A lo largo de las últimas décadas algo ha ido cambiando. Hay pequeñas transformaciones que todavía son demasiado incipientes. Por ejemplo, todo el auge del feminismo juvenil… Cuando trabajaba en mi tesis sobre cuidados, en los primeros 2000, y decía que era sobre cuidados, la gente me decía “¿sobre qué?”. Era un tema que no estaba en agenda ni siquiera de las feministas; es decir, sí había una agenda feminista sobre esto, pero no era el tema de batalla. Hoy esto circula en las redes sociales, en las conversaciones. Ya es una buena señal. Además, hay grupos trabajando sobre masculinidades, pero todavía más con la agenda de ver cómo se generan o cómo se sostienen masculinidades no violentas que sobre cómo compartir los cuidados.

–En esto, también la Educación Sexual Integral tiene mucho que aportar.

–Sí, la Educación Sexual Integral es una herramienta muy poderosa, que se está trabajando y se está empezando a visualizar en las prácticas pedagógicas pero que todavía hay que reforzar. Históricamente, la escuela fue una de las instituciones que nos formó a las mujeres para con los cuidados. Luego de muchos años y décadas de investigaciónm, Catalina Wainerman señaló cómo representaban la literatura infantil escolar y los libros de lectura de las escuelas primarias las imágenes familiares y las imágenes de géneros. El leitmotiv era “Mi mamá me mima” y las imágenes mostraban a las mujeres cocinando y a los hombres volviendo del trabajo agotados, leyendo el diario o mirando la tele. Lo mismo entre niños y niñas: salían de picnic y las niñas preparaban la ensaladita mientras que los nenes remontaban los barriletes. Todo eso habita nuestro inconsciente. Algo de esto empezó a cambiar a finales del siglo XX, cuando en los libros escolares empezaron a haber familias que no eran necesariamente mamá, papá e hijitos; mujeres que participaban del mercado de trabajo y no solamente con el delantal puesto, lavando los platos o atendiendo al resto de la familia. Son muchas las imágenes que nos atravesaron y que siguen estando presentes en algunas escuelas todavía. Entonces, también desde la perspectiva de los cuidados la ESI es muy importante, porque tiene entre sus componentes centrales la reflexión sobre la construcción social de relaciones de género. El universo a transformar es inmenso. Es necesario transformar desde las leyes, desde las políticas, desde la ESI, desde la escuela, pero también desde nuestras propias prácticas cotidianas.

–Las formas de transmisión de mensajes, además de variadas, son silenciosas. Se puede enseñar que el llanto es una emoción de todas las personas, pero con frecuencia los chicos y las chicas se angustian si el que llora es el padre, por ejemplo.

–Exactamente, son tantos los dispositivos de transmisión de mensajes y esa idea de que los varones no lloran, los hombres no lloran, muchas veces puede estar solapada, de manera imperceptible en películas, en dibujos animados, donde simplemente vemos pocos varones llorando, mientras abunda la imagen de mujeres emocionadas hasta las lágrimas. Esas cuestiones forman parte de una sensibilidad social que, si bien cambia, todavía está muy presente. Entonces, es importante comprender que los cambios culturales profundos, como las transformaciones en los estereotipos y en las dinámicas de género, se van desarrollando en capas. No sucede todo al mismo tiempo ni somos conscientes de todo. No hay recetas tampoco. Es fundamental tener esto en cuenta, porque con el auge del feminismo también nos hemos llenado de mandatos y recetas. Hay muchas cuestiones que permean nuestras sensibilidades, nuestras subjetividades. La tarea es más de filigranas, una tarea lenta, una tarea que requiere de autorreflexión y muchas preguntas: “¿por qué te preocupás cuando tu papá llora?”, más que “¡ay, bueno, pero es normal que los varones lloren!”. La ESI es un desafío importantísimo. Es un derecho y al mismo tiempo tiene una complejidad que es más un proceso que un resultado. Hay que dar lugar a la reflexión, a sorprendernos de lo que nos encontramos, a permitir que se habiten las dudas y las preguntas con mayor libertad. Porque si nos llenamos rápidamente de certezas estamos escondiendo muchas de las cuestiones que están ahí todavía persistiendo.

–Entre otras cosas, ¿cuánto de miedo hay detrás de aquellos sectores que se oponen a la ESI?

–Hay una férrea oposición que se expresa en este slogan absolutamente brillante desde el punto de vista comunicacional que dice “Con mis hijos no te metas”. Creo que es una mezcla de activar temores basados en el prejuicio: “que la ESI adoctrina a les niñes”, “que es el nuevo fachismo”. Por un lado, está todo ese temor y, por otro, hay realmente una férrea defensa de ciertas corporaciones religiosas que han encontrado un lenguaje simple y directo para llegar a las familias que tienen dudas. Funcionan a partir de provocar lo que suele denominarse el “pánico moral”, que es eso de “Con mis hijos no”. Estos movimientos vienen de los años ‘90; desde ahí se está hablando de una supuesta ideología de género con una asociación fuerte que se estableció entre el Vaticano y algunos sectores evangélicos conservadores -subrayo porque los evangélicos no son todos conservadores. Estas grandes corporaciones religiosas fueron permeando fuertemente en la capilaridad social a través de iglesias, parroquias y de una cantidad de educadores y educadoras de este tipo de espacios y, en los últimos años, vía redes sociales. Estas posiciones se reflejan también en los triunfos de Jair Bolsonaro, en Brasil, y de derechas muy rancias a lo largo de la región.

–En varios de sus libros aborda el tema de las masculinidades. ¿A qué refiere el concepto?

–Empecé a abordar las masculinidades en los ‘90. En esos años había diferentes maneras de pensar las masculinidades y no todas eran feministas. Había algunas miradas reactivas también con relación a “las mujeres ya avanzaron muchísimo” o “ahora los discriminados somos nosotros”. Siempre un poquito de pánico moral hay alrededor de los movimientos que buscan detener las grandes transformaciones igualitarias. Hubo algunos pensadores y algunas pensadoras que empezaron a trabajar las masculinidades desde una perspectiva feminista, esto es, comprender que las identidades de género –sean femeninas, masculinas o de la diversidad– se producen y se desarrollan en una particular configuración de relaciones sociales de género. Cuando hablamos de masculinidades estamos hablando de una posición dentro de una práctica de género, y al mismo tiempo, de los efectos de esa práctica en los cuerpos y en las subjetividades masculinas. Es imposible ver las masculinidades por fuera de las prácticas de género. No hace sentido desvincularlas de un mundo de relaciones de poder, así como tampoco tienen sentido los feminismos si los desvinculamos del análisis de las relaciones sociales de género.

–Hay varias posiciones e ideas sobre el feminismo. ¿Qué entiende usted por feminismo?

–Cuando pienso en feminismo lo que pienso es un movimiento emancipatorio que ha trabajado desde hace muchísimos años por la igualdad de derechos entre hombres y mujeres, en primer lugar. Luego con la feliz movilización de la diversidad sexual aprendimos que cuando hablamos de igualdad de género no estamos solamente refiriéndonos a un esquema binario donde sólo existen varones y mujeres, presuntamente heterosexuales. En realidad, el feminismo nunca pensó en la heterosexualidad como una pauta universal ni mucho menos. Hoy definir al feminismo es pensar en la igualdad entre géneros, la igualdad entre personas, la igualdad de derechos y la necesidad de igualación de oportunidades para permitir mayores libertades. Todo ello, a través de una serie de dispositivos sociales y políticas públicas. Lo importante es abrir espacios de reflexión y apuntar a un objetivo que en realidad es un horizonte, que es el horizonte de la igualdad.

–Las luchas de mujeres lograron instalar el debate alrededor de la legalización del aborto, la decisión sobre el propio cuerpo, entre otras cuestiones de suma relevancia. ¿Cuánto se ha avanzado en lo que tiene que ver con vivir la sexualidad libremente?

–La posición de feminidades y masculinidades en relación con la sexualidad es un proceso que viene transformándose hace muchas décadas. Hubo un tema importante que fue la píldora anticonceptiva en los años ‘60. En el momento en que se empieza a desligar tecnológicamente la sexualidad de la reproducción tenemos un paso ganado. Entonces ahí las mujeres también se hacen más dueñas de su cuerpo, de su sexualidad, de sus deseos. Pero por supuesto, yendo al contexto argentino, definitivamente el estallido feminista, que lo ubico en el Ni Una Menos, y después el debate del aborto, trajo una nueva ola, asentada en mas de 30 años de Encuentros Nacionales de Mujeres (hoy plurinacionales y conteniendo a las disidencias). Hay una historia larga de feminismo en la Argentina, sobre todo después de la recuperación democrática. Todo eso trajo transformaciones muy importantes en la subjetividad y en la sexualidad femenina y en los últimos años eso se ve cada vez más claro. Empieza a aparecer esto que llamamos una nueva pedagogía del deseo, donde se empiezan a generar ciertas reglas que, para mí, no deben confundirse con recetas: la libertad y el consenso en los vínculos sexo-afectivos.

–¿Cuáles son los estereotipos más comunes en la infancia y cuánto puede aportar la ESI para terminar con ellos?

–Los estereotipos más frecuentes en la infancia siguen siendo que las nenas son dulces y emotivas y los varones son hiperactivos e inquietos y menos detallistas. Habría que mirar si eso responde realmente a algo verdadero o cuánto de lo que pusimos nosotros y nosotras socializando niños y niñas de esa manera no se expresa después en personalidades diferentes. Yendo a la ESI, en relación con estas cuestiones de género, lo importante es poder dejar atrás estereotipos, aceptar que las personas no son sólo una cosa. Dar lugar para que niños, niñas, niñes vayan encontrando cómo quieren vivir, cómo se sienten, a sabiendas de que la identidad es un proceso de construcción permanente. Para mí la ESI tiene eso como una de las batallas: poder dar lugar al desarrollo de cada persona en los términos en los cuales esa persona sienta que va a vivir de la manera más cercana posible a su propia forma de sentir y de pensar, siempre que no vulnere derechos de otras personas. Ese apropiarse de la propia vida es generar todas las condiciones para vivir una vida libre de violencias en la cual podamos promover y proteger los derechos de cada persona, con independencia de su identidad sexo-genérica. 



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Medios y pandemia, una agenda inconexa | Los investigadores Nadia Koziner y Esteban Zunino analizan cómo evolucionó el tratamiento mediático de la enfermedad que cambió el mundo



Desde el comienzo de la pandemia, dos encuadres disputaron la agenda de manera sostenida: un enfoque sanitario de cuidado colectivo y presencia estatal y un encuadre económico que priorizaba las libertades individuales. En esa puja, los medios jugaron un rol central, en la medida en que participaron de la co-construcción discursiva con otros actores, observa la investigadora del Conicet, Nadia Koziner, y co-directora del Observatorio de Medios de la UNQ.

Al mismo tiempo, el tratamiento mediático de la covid-19 mostró oscilaciones, advierte Esteban Zunino, quien registró día a día la cobertura de la pandemia desde el Observatorio de Medios UNCuyo. A lo largo de diferentes etapas —una inicial de consenso y adhesión a la perspectiva oficial, solapada por otra de creciente polarización fuertemente promovida por la oposición política—constataron la falta de correlato entre la evolución de los contagios y la relevancia informativa: el pico sanitario coincide con una agenda mediática pospandémica.

–¿Qué relación encuentran entre el número de contagios y su cobertura noticiosa?

Esteban Zunino: — Desde el inicio del aislamiento, el 20 de marzo, observamos una primera etapa de sobreinformación donde, producto de la novedad de la situación y la centralidad que adquirió en los medios, nueve de cada diez noticias publicadas en los principales portales son sobre covid y desplazan absolutamente al resto de los temas habituales de las agendas. A fines de abril se inicia una segunda etapa de polarización. En ese lapso, las elites políticas logran instalar temas en la agenda que exceden la pandemia.

–¿Cómo cuáles?

E.Z.: –El primer gran tema es “Vicentín”. A partir de allí, la relevancia de la covid en las agendas mediáticas empieza a caer sostenidamente, la curva desde marzo hasta acá es descendente. En esa etapa de “polarización política”, donde se polemiza alrededor de asuntos que exceden la pandemia, aumenta el nivel de beligerancia política. La última etapa es muy interesante. Justo cuando se da el pico sanitario, en septiembre y octubre, surge una agenda mediática pospandémica. Se trata de una agenda mediática que incorpora la pandemia como “normal” y, al mismo tiempo, recupera los temas que son habituales. Lo que llama la atención en esta última etapa, que caracterizamos como de “desinformación”, es que mientras se llega al pico de 18.000 casos diarios se invisibiliza la pandemia como problema público.

–¿Por qué creen que se da esta relación inversa entre cobertura y contagios?

–E.Z.: Claramente, la evolución de su relevancia en los medios no está atada a la evolución de los casos. La cobertura de la pandemia se explica por la irrupción de eventos clave y disruptivos. Lamentablemente, la información sobre muertos y contagiados deja de ser un elemento novedoso y se convierte en rutinario. En las últimas semanas, la pandemia retoma niveles de atención significativos producto del anuncio de las compras de vacunas o su efectividad, pero no está asociada a la evolución de la enfermedad.

–¿Cómo observan la puja entre el enfoque sanitario y el económico desde el comienzo del ASPO?

Nadia Koziner: –Atravesó distintas etapas. La temprana caracterización que el Gobierno hizo de la pandemia como un evento crítico para la Argentina lo habilitó a actuar rápidamente y dictar el ASPO. Eso permitió ralentizar el ritmo de avance de la enfermedad, al tiempo que se procuraba acondicionar al sistema sanitario nacional. Buena parte de los medios mostró una cobertura coherente con ese encuadre, sobre todo, respecto de las prescripciones morales para hacer frente al avance del virus: “quedate en casa” se repitió como mantra en cada programa de televisión. Esa recomendación, sin embargo, no siempre estuvo acompañada por un tratamiento responsable del asunto. El impacto económico de la pandemia fue un tópico relevante desde los inicios, como lo señaló el Observatorio de Medios de la Universidad de Cuyo. En parte porque el foco en las consecuencias económicas es un patrón recurrente en las noticias. Pero lo novedoso aquí es que el enfoque económico se ubicó como el signo que disputó la definición de la pandemia propuesta por el gobierno y coincidió, además, con la fractura que comenzó a vislumbrarse en el seno de la dirigencia política, en particular entre el oficialismo nacional y la oposición.

–¿Cuáles son las consecuencias discursivas de ello?

N.K.: —La percepción sobre la causa de los problemas económicos quedó asociada al ASPO y no la pandemia. La falsa dicotomía entre salud y economía, el respaldo o impugnación de la continuidad de la cuarentena, extremaron las posturas al punto de ocultar que la crisis de la actividad económica no se solucionaría mientras el virus se siguiera expandiendo. En el éxito inicial del ASPO estaba el germen de su disolución. Con la formalización del DISPO en el AMBA y la pérdida de relevancia del encuadre sanitario, ganaron espacio los asuntos económicos. Y por ende, el componente controversial en relación con la covid se desplazó hacia las vacunas.

–Hubo perspectivas confrontadas desde que comenzó la pandemia. ¿Creen que los encuadres en pugna se mantuvieron o advierten algún cambio?

E.Z.: –En las dos primeras etapas, la disputa era entre un enfoque sanitario de cuidado colectivo y presencia estatal, promovido por el gobierno, y un enfoque económico, impulsado fuertemente por ciertas usinas de pensamiento y por los propios medios de comunicación. En la última etapa —el período que denominamos de desinformación—, la política recupera protagonismo y, en paralelo, la discusión económica ya no pasa por la pandemia: si el dólar aumenta o no, si se controla la corrida bancaria, si la negociación con el FMI implica ajuste o no… ninguna de esas variables está relacionada con el tema pandémico. La pandemia como tema desaparece de las agendas mediáticas y se retoma una discusión muy polarizada sobre los problemas macro que deja la pospandemia. Lo interesante aquí, insisto, es que la pandemia no terminó.

–¿Qué tratamiento dieron los medios a la idea de riesgo en este contexto?

E.Z.: –El riesgo se compone de dos dimensiones. Una objetiva, la posibilidad concreta de enfermarse, y una dimensión subjetiva, asociada a la percepción individual: allí las representaciones mediáticas juegan un papel central. Estas dos dimensiones no tienen por qué estar relacionadas. El riesgo es un componente de la construcción de la noticia; eso tiene que ver con las rutinas periodísticas y con la dramatización y espectacularización constitutivas de las noticias. Mientras que el 80% de las noticias se inscriben en un escenario de riesgo, solo cuatro de diez aportan alguna salida o solución en términos de prevención de la enfermedad o de manejo de la vida en el espacio público del confinamiento. Es decir, la construcción de la amenaza, es una amenaza natural.

–¿Por qué lo define como “natural”?

E.Z.: –Hay un virus que nos amenaza, pero al mismo tiempo se construye a ciertos actores políticos como dinamizadores de esos estados de riesgo: el gobierno porque actúa tarde, algunos referentes a los que se responsabiliza por empeorar la situación, cualquier aparición de la expresidenta Cristina Fernández representada como un elemento desestabilizador, tanto cuando habla como cuando no habla. No hay un correlato con la función social que se espera cumplan los medios de comunicación.

N.K.: —Creo que la construcción de las víctimas de la pandemia también puede pensarse en la línea que Esteban presenta sobre la cobertura del riesgo. En paralelo a identificar a sectores medios acomodados y altos como víctimas directas e indirectas, las cámaras televisivas se instalaron en las villas y barrios vulnerables, donde la propagación del virus avanzó con mayor crudeza. Poco después del fallecimiento de Ramona Medina, la referenta de La Poderosa en la Villa 31, se dispuso una cuarentena comunitaria en Villa Azul. Entonces algunos editorialistas se escandalizaron por “el avance sobre las libertades individuales”, porque se condenaba a la gente a vivir aislados. Resulta llamativo que el foco se pusiera en el aislamiento y no en la expansión del virus en una población vulnerable y vulnerada, que debería ser el problema a atender.

–¿Cómo ha sido la cobertura mediática de la pandemia en términos de la ubicación de los hechos?

E.Z.: –En los medios del AMBA, más del 80% de las noticias tienen epicentro en el AMBA y se refieren a problemáticas del AMBA. En segundo lugar, se prioriza la cobertura de otros países. Las provincias más pobladas o en las que la problemática pandémica fue mayor no figuran en el segundo ni en el tercer lugar en términos de coberturas. Hay una cobertura porteño-céntrica muy marcada. La sub-representación de la realidad de las provincias en los diferentes momentos de la pandemia es muy notoria. Al principio de la pandemia, cuando el Chaco era el segundo epicentro de contagios, no había demasiada información sobre esa provincia. Cuando fue Mendoza, Santa Fe o Córdoba, las noticias aparecían esporádicamente. En los medios de las provincias esa situación se revierte: cinco de cada diez noticias tienen epicentro en la región, se cubre la información con una mirada local, pero se retoma la agenda del AMBA. La situación no es simétrica.

–¿A qué lo adjudican?

E.Z.: –A cómo está estructurado el país en la toma de decisiones. El federalismo tiene núcleo en Buenos Aires; los principales actores que tomaron las decisiones y comunicaron los pasos y los estadios de la pandemia fueron, a lo largo de siete meses, el Presidente, el gobernador de la provincia de Buenos Aires y el jefe de gobierno porteño. Y eso, de un modo u otro, hace que los medios de las provincias informen sobre cómo evoluciona el DISPO, el ASPO y los contagios en el AMBA, pero no al revés. Aun en los medios de las provincias, el encuadre también es porteño-céntrico. Aun cuando se informe lo que está ocurriendo en la provincia, hay un encuadre nacional del manejo de la pandemia y de la cuarentena que se asocia a la agenda de Buenos Aires. Un caso elocuente es Mendoza, donde los medios editorializaban sobre el aislamiento y la cuarentena cuando Mendoza no estaba en aislamiento ni en cuarentena, sino en DISPO.

–Distintos estudios de agenda muestran que en las noticias subyace una base moral, que distingue el bien del mal. ¿Cómo funcionó ese rasgo en la pandemia?

N.K.: –La definición mediática de un problema público no es excluyente de los medios; los medios participan de esa construcción con otros actores y son, a su vez, cajas de resonancia de esos problemas. Esa perspectiva mediática, en particular, conlleva siempre un sustrato moral. Ese sustrato moral fue mutando conforme se han ido modificando los enfoques sobre la pandemia. Al inicio del ASPO, cuando el tratamiento mediático fue en sintonía con el encuadre sanitario del gobierno, las prescripciones acerca de la conducta a seguir apuntaban a la importancia del cuidado. Pero ya se observaba una excesiva atención a historias individuales, tanto como nota de color como para emitir sanciones a ciertos comportamientos considerados desviados de la norma. Ello fue en desmedro de un tratamiento estructural y contextualizado del fenómeno, que aportara información socialmente relevante para prevenir el avance del virus y evitar, a la vez, sembrar pánico en la población. Paralelamente se otorgaba una enorme visibilidad —incluso, en medios considerados oficialistas— a las protestas anticuarentena, que rompían todo tipo de protocolo y, en muchos casos, exhibían conductas violentas. Luego, aun dentro del ASPO en AMBA y de modo congruente con la consolidación del encuadre económico, esas sanciones morales comenzaron a flexibilizarse hasta justificar las conductas que antes habían sido condenadas, amparados en la imposibilidad material y psicológica de sostener un aislamiento durante tanto tiempo y dando por hecho que el ASPO se había terminado.

–¿Cómo se pasó de ese escenario de consenso político a la reedición de la ruptura entre oficialismo y oposición?

E.Z.: –Nosotros decíamos que hubo un primer momento de mucho consenso, que coincide con ese momento de sobreinformación en donde no se ponía en cuestión ni la política sanitaria ni los modos de gestión. Un primer hito de fuerte polarización política intra-pandemia fue la discusión sobre el manejo de la pandemia en la población carcelaria de riesgo. Por fuera de la pandemia, Vicentín. Una vez roto ese consenso político, los medios se alinearon editorialmente de un modo más o menos previsible. Hasta entonces, sin embargo, esa ruptura del consenso político no implicaba una ruptura del consenso sanitario.

–¿En qué sentido?

E.Z.: –Más allá de opinar si la cuarentena era larga o no, si se testeaba mucho o poco, los medios más leídos del país no ponían en duda la gestión sanitaria ni los datos que producía el Ministerio de Salud. Tampoco que la cuarentena hubiera evitado el colapso del sistema sanitario. Y se asumía que la Argentina había evitado niveles de contagio por millón de habitantes y de colapso de su sistema que la distinguían de otros países. Con la decisión acertada de la provincia de Buenos Aires de ajustar la contabilidad de los fallecidos hubo un primer hito a partir del cual empezaron a ponerse en duda los datos que distribuye el Ministerio de Salud. Luego otras provincias también empezaron actualizar su lista de fallecidos, lo que ubicó a la Argentina entre los países más afectados. En ese momento, también se rompió ese consenso sanitario. Hoy no solo se critica abiertamente la gestión política de la pandemia, sino también la sanitaria.

–¿Cuál es la valoración que los medios hacen de la solución a la pandemia, con foco en la vacuna aunque no solamente?

N.K.: –El enfoque que se le de a un asunto público incluye la definición de un problema, la identificación de responsables por ese problema, un sustrato moral que sanciona conductas y propuestas de solución. Prácticamente desde el inicio de la pandemia, la vacuna ha sido presentada como la solución a la crisis sanitaria, incluso entre quienes atacaban la cuarentena como método para morigerar el impacto del virus. Pero hubo dos temas que sumaron controversia y dan cuenta de un tratamiento poco responsable, en el contexto de una crisis sanitaria global. Primero, se otorgó una fuerte visibilidad a sectores antivacunas, amplificando la circulación de este tipo de discursos. Y además no todas las vacunas se valoraron de la misma manera: la de origen ruso fue puesta sistemáticamente en cuestión, aun cuando los niveles de efectividad resultaban parejos. Esoscuestionamientos surgían y se retroalimentaban solo dentro de los medios.  



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Dora Barrancos: “La historia de los feminismos es la historia de la reivindicación de derechos” | La investigadora publicó el libro “Los feminismos en América Latina”



Dora Barrancos acaba de publicar el libro Los feminismos en América Latina. Le llevó tres años escribirlo. “Ha sido un esfuerzo descomunal”, describe la historiadora feminista, investigadora principal del Conicet y actual asesora presidencial. Se trata de una publicación con referato, que forma parte de la colección Historias Mínimas que edita El Colegio de México y dirige el investigador argentino Pablo Yankelevich. Pero no tiene tono académico. Condensa en casi 300 páginas los grandes acontecimientos de los feminismos del siglo XX en los diferentes países de la región, sus protagonistas, sus voces, las demandas. Y también una selección de las movilizaciones multitudinarias más recientes: el surgimiento del movimiento Ni Una Menos y la marea verde de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto, las insurgencias en las universidades chilenas contra los acosos y abusos en ese ámbito institucional educativo; las protestas por la paz en Colombia y en Brasil, “Ele Não”, contra Jair Bolsonaro; la rebelión al patriarcado en las comunidades indígenas y los juicios de Abya Yala a la justicia patriarcal.

–¿Qué se propuso?

–Hacer la historia de los feminismos por supuesto tiene una gran complicidad con la historia de las mujeres, pero no es lo mismo. La historia de las mujeres no implica militancia sobre sus derechos. La historia de los feminismos es agencia por los derechos, asociarse y manifestarse en procura de una reivindicación. Dentro del movimiento de mujeres caben los movimientos feministas. En los encuentros nacionales de mujeres en Argentina, quienes participan seguramente son feministas, pero los encuentros en sí mismo no lo son. El feminismo no es un mero enunciado acerca de cómo es nuestra condición. Tiene el objetivo de reivindicar derechos. El libro cuenta esa historia del siglo XX y la más reciente del XXI.

–¿Cómo trabaja para recuperar la historia de los feminismos?

–El primer paso es recuperar el estado del arte: qué han hecho otras y otros acerca de este objeto, los feminismos. Pero en gran medida, luego de tener ese mapeo en cada país, la orientación hacia las fuentes, por ejemplo, las revistas. La verdad es que fue muy interesante lo que ocurrió con algunos países: Uruguay me sorprende porque tiene una identificación muy precisa de las publicaciones periódicas, aunque faltan algunas feministas que de manera indirecta pude obtener. Chile también ha hecho un esfuerzo muy grande para clasificar ese material. En Argentina no tenemos ese trabajo de identificación y de digitalización de las fuentes. Cuando está hecho en un país facilita inmensamente la tarea. ¿Querés ver cómo se posicionaba el periódico del famoso Movimiento de Emancipación de las Mujeres Chilenas, que quiero tanto, que emerge a mediados de los ’30 con la famosa Elena Caffarena? Se puede conseguir. Después, en algunos lugares hay memorias: alguien la hizo. Ahí se abre la posibilidad de una cierta crisis en relación con esa fuente: qué recupera, qué no dice. 

Quiero hacer una aclaración: Para que el texto aplane su forma rutilante académica, el estilo usado por la colección Historias Mínimas nos complica la vida porque no se hace mención de la bibliografía sino en un apéndice. Para que sea más amigable la lectura y no la interrumpa. Para quienes estamos acostumbrades al ritual autorizante –citar la fuente usada– es muy doloroso porque a veces hay una idea que está originada en una colega, en una emisora, y te obliga a sortear esa información y te da la impresión de que no estás haciendo toda la justicia.

–De la historia reciente de los feminismos recupera el movimiento #NiUnaMenos y la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro y Gratuito en Argentina; el Mayo rosa en Chile, las mujeres movilizadas por la paz en Colombia y en Brasil contra Bolsonaro … ¿Qué aspectos en común las unen?

–Hay una fórmula muy común y que está en tope: las nuclea las luchas contra las violencias de todo tipo, y se observan también manifestaciones al interior de instituciones como en el Mayo chileno, que fue una rebelión en las universidades, especialmente contra la violencia sexopática. Y en segundo lugar, una manifestación diaspórica, que cada vez más en nuestra región latinoamericana absorbe las identidades diversas.

–Hay una reacción muy extendida contra las violencias machistas. Sin embargo, al mismo tiempo se observa como respuesta un ensañamiento contra los cuerpos feminizados. Los femicidios no bajan, y han aumentado durante la pandemia. Y la justicia todavía tiene una mirada patriarcal para ocuparse de estos hechos cuando se denuncian…

–Hay una lucha antipatriarcal, con eje contra las violencias y contra las violencia sexual, sobretodo. Es magmático. Se da en toda Latinoamérica. Ahí vos señalas que a pesar de todo esto, los femicidios no se detienen. Los femicidios los computamos desde que tenemos noción cabal de esta violencia extinguidora: no tenemos idea todavía de la cantidad de femicidios antes de la gran mirada desde los ochenta y pico. A finales de los ’90 hubo una concatenación de mujeres muertas en la zona de Mar del Plata. Creo que en ocho meses se mataron siete mujeres que ejercían la prostitución.

–Lo recuerdo: después se supo que estaba involucrada en esos femicidios la policía bonaerense, para garantizarse impunidad había creado una figura y se los adjudicaba a un supuesto “loco de la ruta”…

–También estuvo involucrado un juez. Yo era legisladora porteña. Estábamos impactadas: me acuerdo que con María Elena Naddeo y con Gaby González Gass, también legisladoras porteñas, nos horrorizábamos. Decíamos: “algo hay que hacer”. Solo eso. No sabemos cuántos femicidios se registraban antes de empezar a poner la mirada en el tema. Muchos se encubrían bajo la figura de la emoción violenta. 

Tengo una serie de fallos hasta 1921, cuando cambia el Código Penal: se mataban mujeres por cuestiones de honor. Y no había castigo: era sana, sana, colita de rana. Hay un caso después de 1921, de un hombre “la society” que era asesor letrado del Ejército, que mata a su esposa y a su amante en la zona de Recoleta. Lo exculpan por emoción violenta primero y le dan una pena simbólica de un par de años. La pena es revisada, se cuestiona la “emoción violenta” porque el hombre había comprado el arma y sabía de la situación de su esposa y su amante, pero le aplican nada más que seis o siete años de cárcel. 

En suma, hoy más allá de la limitación que todavía tiene la justicia para sancionar la violencia por razones de género, en la sociedad hay un horizonte, un imaginario, que está muy prevenido frente a esto: ya no titula como crimen pasional. Pero, sí, la Justicia tiene rémoras. De todas formas, hay fallos interesantísimos, poco conocidos. Por ejemplo, un fallo de Mar del Plata que me mandaron el otro día: un hombre, tratante, que explotaba sexualmente a seis mujeres en un domicilio en Balcarce. Se logran escapar, dos o tres denunciaron. ¿Sabés que hizo el juez? Ordena un resarcimiento completo sobre esas víctimas. El hombre alega que no tiene plata y el juez ordena la venta de la casa y distribución del monto a cada una de las mujeres. Es un fallo notable.

Otro muy interesante en Tucumán, donde un hombre golpeaba a su pareja, una mujer muy pobre, con tres o cuatro criaturas, en un pueblito pequeño. Ella lo denuncia varias veces, le imponen a él una restricción perimetral pero es una medida que no cumple. La jueza dispuso que no viva más en Tucumán y lo exilió. También lo que pasó con el fallo de primera instancia sobre el caso de Lucía Pérez, que fue anulado completamente por la Cámara de Casación. Digo esto para que veamos que no todo es negativo.

–¿Tiene una mirada optimista?

–Tengo una mirada optimista, aunque sé que también hay otros fallos horribles. En todas partes esta demanda contra las violencias machistas está muy vibrante. Tenemos situaciones que antes eran impensadas. A mí lo que más me gusta es la movilización de las queridas congéneres de los pueblos originarios. Esto es novedad. En el libro tomo un texto de Claudia Korol, que hizo una gran investigación sobre Berta Cáceres. Ella es la síntesis de esto nuevo. La indígena que luchaba socialmente, con esa tremenda iluminación acerca de la lucha antipatriarcal. Hoy hay una rebelión al patriarcado en las comunidades indígenas.

–¿Observa a estos movimientos feministas latinoamericanos como la expresión más revolucionaria de los últimos años?

–Sí, por supuesto. Con relación a Europa no cabe duda. El impacto que tuvo el #NiUnaMenos sobre las sociedades europeas es muy grande. Creo que en este momento vuelve a haber una actividad antiviolencia en Europa como consecuencia de las luchas latinoamericanas. ¿Por qué? Porque hay una serie de derechos que allí se conquistaron tempranamente, uno de ellos el aborto, claramente. Salvo el retroceso brutal que se está dando ahora en Polonia, que no sé cómo va a quedar, porque no es tan fácil retroceder. 

¿Por qué puede haber ahora mayor movilización en torno de agencias feministas contra la violencia? Porque las nuevas derechas en el mundo tienen una declaración de principios: son antifeministas y antidiversidad. Mirá a Trump, a Vox. Esa es la novedad de las nuevas derechas. Por eso creo que va a venir ahora ese rebote contra esa manifestación de derecha, con una vuelta de las agencias feministas y una proyección muy grande de lo que está pasando en América latina. Nuestro continente está siendo el inductor. 

–A cinco años del #NiUnaMenos, ¿cómo evalúa su impacto en la Argentina?

–Enorme, porque el #NiUnaMenos hizo una interpretación mucho más aguda y de mucho mayor alcance. El sujeto interpelado fue el mismo sujeto actoral: las mujeres. ¿Se interpelaba al patriarcado? Sí. Pero cuál ha sido su eficacia: una enorme movilización subjetiva y muscular de las mujeres. Subjetiva porque fue una interpelación profunda; muscular porque ha habido mucha movilización de mujeres en las calles. Hay una transformación de la subjetividad magmatizada: no es solamente una que se siente interpelada, es una que llama a la otra. Hay un estado de cabildeo fuerte consigo y con las otras. Las mujeres se conectaron con una subjetividad transformada. Se dio en las más jóvenes, en les adolescentes, pero ellas están impulsando a otras generaciones.

–¿Cómo enhebra el #NiUnaMenos con la marea verde?

–El #NiUnaMenos es el pebetero de la marea verde. Obviamente se constituye con distintos aportes, donde los Encuentros Nacionales de Mujeres han sido decisivos: ahí emerge la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto. Pero el #NiUnaMenos fue como una mecha para la marea verde que se manifestó en junio de 2018.

–¿Qué cambió del 2018 a esta parte en torno al debate por la despenalización y legalización del aborto?

–Se sustanció más la exigencia, en vez de menguar. Quienes estaban convencidas, están híper convencidas. Pero además, tuvo más alcance. Las última encuesta de la CELAG (Centro Estratégico Latinoamericano de Geopolítica), de Alfredo Serrano, muestra eso: una amplísima decisión en la población a favor de legalizar el aborto. Hoy hay más gente que lo apoya.

–¿Cree que esa ampliación se expresará en la votación en el Congreso?

–Espero que sí. Hago votos por los votos.

–Ante la nueva apertura del debate que se inicia en la Cámara de Diputados, sectores celestes están anunciando que “si hay aborto hay guerra”, ya hicieron escraches en el domicilio de diputadxs verdes. ¿Cómo analiza esta reacción tan violenta?

El fundamentalismo exacerbado es esperable. ¿Qué se espera cuando ese movimiento reaccionario tiene poder, tiene aglutinación, y consentimiento en la jerarquía eclesiástica? El otro día me encontré con un legislador que pienso que va a votar en contra y me sorprendió porque lo vi como resignado. Me dijo algo así: “que sea lo que sea, pero esto se tiene que acabar ahora”. El propio Papa respondió por carta a un grupo de mujeres que le pedían que intervenga para que no se apruebe la ley: la carta tiene términos esperados pero no sobreactuados. El Papa, yo creo, tiene con el presidente Alberto Fernández un pacto de respetar lo que el Estado decide. Es vituperable esa declaración tan agresiva de grupos celestes, pero no le demos más crédito de lo que tienen. Creo que ese planteo de guerra es tan insensato que no puede hacer magma dentro de las representaciones responsables de la Iglesia Católica.

Dora, la feminista por contraste

Dora Barrancos es socióloga y doctora en Historia, profesora consulta de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA e investigadora principal del Conicet, donde formó parte de su directorio entre 2010 y 2019. Actualmente es asesora presidencial. Escribió numerosos libros en los que rescata la historia de las mujeres, entre otros, Historia y género, La escena iluminada. Ciencias para trabajadores (1890-1930), Inclusión/exclusión. Historia con mujeres, Las mujeres y sus luchas en la historia Argentina, Mujeres en la sociedad argentina. Una historia de cinco siglos, Mujeres, entre la casa y la plaza, Moralidades y comportamientos sexuales: Argentina, 1880-2011 –este último junto a Donna Guy y Adriana Valobra-. En su último libro, Los feminismos en América Latina, que presenta esta semana de forma virtual, reconstruye la historia de los feminismos latinoamericanos del siglo XX y los acontecimientos más relevantes que protagonizaron en lo que va del XXI. 

Barrancos cuenta que se hizo feminista contrastando las posibilidades que ella había tenido con las de la enorme mayoría de las mujeres. “Pero una personalidad decidida no bastaba para ser reconocida y valorada en un mundo que claramente hegemonizaban los varones. En el exilio en Brasil, los balances de todo orden se imponían, y también me impactaron acontecimientos como las movilizaciones para que se condenara al homicida de una mujer de clase media, que era su pareja. El abogado del victimario lo defendía en nombre de la ‘defensa del honor’. Esa circunstancia fue un despertar a fines de la década de 1970″, recuerda. “Tenía muchas amigas feministas en Brasil y me fue pareciendo insólito que no me hubiera dado cuenta de que las jerarquías entre varones y mujeres estaban en la base de todas las otras diferencias”, suele contar. 

Histriónica, divertida y profunda en sus reflexiones, Barrancos reconoce que tuvo “una infancia privilegiada”, no por razones económicas sino porque su familia era especialmente politizada y enfocada hacia la cuestión de la justicia con los sectores populares. “Mi padre, un maestro en escuelas del interior –nací en La Pampa y  allí comencé mi escuela primaria–, era un liberal prosocialista y militante antifascista. Recuerdo su disgusto alguna vez frente a chimentos relacionados con la moral sexual de una maestra a la que consideraba mucho por su talento intelectual y su destreza pedagógica. Mi madre, de origen protestante, se inclinaba decididamente a forjarme profesionalidad e independencia, más allá de sus exigencias en torno de ciertas conductas que las niñas debíamos guardar”, dice. 

Fue también legisladora porteña por el Frente Grande entre 1997 y 2000 y dirigió el Instituto Interdisciplinario de Estudios de Género, de la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA. En 2019 fue candidata a senadora nacional por la Ciudad por el Frente de Todos. 



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Mariano Castex: “Hay una atracción muy poderosa por el horror” | El reconocido psiquiatra forense y su relación con la historia del crimen



Artistas, locos y criminales. En el manual del psiquiatra forense Mariano Narciso Castex hay lugar para todos. Lleva más de cuarenta años sondeando las mentes de simuladores y asesinos, humillados y ofendidos, víctimas y extraviados, ilustres y desconocidos. Su muestrario incluye nombres y causas que silenciaron el país: Alberto Nisman, Carlos Menem Jr., Ricardo Barreda, el padre Grassi, Nora Dalmasso, el soldado Carrasco, el “tirador de Belgrano”, Horacio Conzi, Fabián Tablado. “He participado hasta la fecha, calculo, entre causas en lo Penal y en lo Civil y Laboral, en más de mil cómodo”, dice Castex, ochenta y ocho años, en el amplio estudio de Recoleta donde trabaja. “Ahora con esto del encierro encontré el Zoom y fue un descubrimiento magnífico. Me reinventé”.

Desde que comenzó la pandemia se dedicó a desempolvar los cuadernos arrumbados y puso en orden su archivo digital. Cientos y cientos de peritajes psiquiátricos, reconstrucciones de crímenes, entrevistas con asesinos, sentencias examinadas, tests psicológicos. En términos de Nietzche, contaba con su propia genealogía de la moral. Luego de hacer una precisa curaduría, estaba listo para salir al mercado.

“Como ya me jubilé de la docencia universitaria, desenterré los casos y abrí mis propias clases virtuales. Empecé en abril. Todas las semanas analizo un caso en el que trabajé”, explica Castex, que entre sus credenciales cuenta con un doctorado en Medicina, licenciaturas en Filosofía y en Teología, el sacerdocio jesuita y la militancia política, además de haber publicado poesías, cuentos fantásticos, obras de teatro, novelas en clave mitológica, ensayos y cerca de cuatrocientos trabajos científicos. “Zaffaroni me dijo que yo podría haber sido un excelente cardenal del Renacimiento, y puede que esté en lo cierto”, se ríe.

–Estamos en medio de una “explosión” mediática de los casos policiales, a partir de las series en plataformas digitales. Ocurrió hace poco con Nisman: El fiscal, la presidenta y el espía y ahora con Carmel: ¿Quién mató a María Marta? Están en camino proyectos audiovisuales sobre Ricardo Barreda, Nahir Galarza y Nora Dalmasso. ¿Cómo observa este fenómeno?

–Vivimos en una sociedad donde abunda la morbosidad. Hay una atracción muy poderosa por el horror, por las pasiones más crueles del ser humano. Entonces estos hechos horrendos, fuera de lo común, pero que además le ocurren a alguien cercano, en términos de especie, son como un imán. Luego uno se acerca por la curiosidad científica.

–¿En su caso la atracción por el crimen es puramente científica?

–Sigo sin tener claro el por qué… desde jesuita yo quería hacer criminología y no me dejaron. Hubiese salido un positivista bruto, así que fue mejor. Yo a los veintidós años me recibí de médico y entré a los jesuitas. Ahí ya había algo germinal. Estaba interesado en la biología y trabajé con los peces venenosos. Estando en la orden fui el único latinoamericano en ir al Primer Simposio sobre Toxinas Animales, en 1966. Fue en Atlantic City y llevé una investigación sobre las rayas de río. De la orden me salí en 1970 y estudié psiquiatría. Eso se juntó con la cárcel y ahí empecé en el peritaje forense.

–¿Qué sucedió en la cárcel?

–En realidad estuve presos dos veces. Primero en 1953, mucho antes de la orden, con 21 años. Pasé noventa días encerrado por haber participado en lo que se llamó “la conspiración de los bebés”. Habíamos preparado un atentado para asesinar a Perón, que fue descubierta apenas unos días antes. Veíamos en él la reencarnación del fascismo. Pero la vida me fue haciendo ver las cosas de una manera muy diferente. Yo terminé como director del Observatorio de San Miguel, creado por Perón, y durante ese tiempo me escribí cartas con él. En julio de 1971 me avisaron que quería conocerme. Viajé a Madrid, a Puerta de Hierro. En ese encuentro le pedí disculpas por haber intentado matarlo. Fue una cosa muy agradable, se rió, recordaba perfectamente la conspiración. Lo que me impactó fue su lucidez y su pensamiento como estadista. Estaba muy atraído e impresionado por De Gaulle. Era otra época, otros valores, sucedían esas cosas.

–¿Y cuál fue su otra experiencia?

–Luego estuve preso entre 1981 y 1982. Volví al país luego de estar exiliado la mayor parte del Proceso y enseguida me armaron una causa. Me acusaron de prescribir recetas indebidas. Solo a mí me hicieron eso. Me perseguían porque para ese momento ya llevaba varios años militando en el Peronismo de Base. En la cárcel leí mucho pero nada de ciencia. Tenía un montonero que era bibliotecario y me pasaba libros de Herman Hesse, García Márquez, Alejo Carpentier, Vargas Llosa. Esas lecturas, pero por sobre todo las horas y horas y horas hablando con presos y las esperas inacabables, me fueron movilizando. Te sacaban a las tres de la mañana, te ponían en fila, en pelotas, te tenían horas así para hacer las requisas, te cagaban a trompadas, te cargaban en camiones. Yo juré, el día que salí, que iba a hacer todo lo posible para que las personas que estaban presas estuvieran en una cárcel el menor tiempo posible. Hay que determinar el estado mental de una persona que comete un crimen antes de meterlo en una cárcel.

–¿Qué hay de cierto en la idea de que para un acusado de asesinato la mejor opción es que lo declaren inimputable?

–Se cree erróneamente que el hecho de que un victimario sea loco, psicótico, implica salvarlo de la prisión. Nada más alejado de la verdad. La internación equivale muchas veces a una condena perpetua. Pero lo que sí habilita es un tratamiento. El encierro en cambio solo agrava esos casos. En los noventa yo gané el concurso para ser parte del Cuerpo Médico Forense, pero era el único psiquiatra que seguía la línea de Zaffaroni y me consideraban de “ideas peligrosas”. Decían que conmigo “todos los presos iban a estar libres”, porque yo sostenía la inimputabilidad de muchos de ellos.

–Ese pensamiento luego se reduce, en una amplia porción de la sociedad, al sentido común que asegura que los presos “entran por una puerta y salen por la otra”.

–Hay una necesidad muy fuerte de castigar. Una alquimia peligrosa que une el castigo con la venganza. Y lo que hay que hacer es buscar justicia. El caso típico es el de Martín Ríos, el “tirador de Belgrano”. Querían tenerlo en la cárcel y ahora está en la calle, para matar gente de vuelta. De entrada los cinco peritos oficiales y los dos de parte dijimos que estaba loco. Y sobresimulando. Era tan inteligente en su locura que se dio cuenta de que podía exagerar los síntomas. Pedimos la inimputabilidad. Tenía que ir al Hospital Borda, pero la jueza nos contestó: “¿Qué va a decir el periodismo y la opinión pública?”. Pidieron pericias y pericias hasta que una “ilustre” forense, ubicada a dedo, aseguró que todos estábamos inventando, que el tipo no estaba loco. Lo declararon lúcido para meterlo en la cárcel y ya está en la calle. La locura en muchos casos dejan intacto el conocimiento y eso permite el engaño. Lo mismo sucedió con Conzi. Si hubiese sido inimputable no salía nunca, ahora está más loco que antes y en la calle.

–¿Cómo se originan esos conflictos entre peritos?

–Se aplica mal el artículo 34 del Código Penal, que es el de la inimputabilidad. El artículo dice que si la persona “no comprende o no dirige”, hay que tratarlo e internarlo, porque está enfermo. Muchos presos que cometieron grandes crímenes actúan en función de un trastorno mental, que a veces es transitorio y otras permanente. Hay médicos que todavía sostienen que para declarar inimputable a alguien, el artículo exige una persona totalmente “perdida”. Pero hay enfermedades psiquiátricas como la neurosis, las obsesiones, que pueden llevar a alguien a matar. Cualquier persona con una alteración que requiere ayuda psiquiátrica es un enfermo mental y tenemos que tratarlo como tal.

–¿Qué incidencia tienen los medios de comunicación y la opinión pública en un fallo judicial?

–El periodismo hace oscilar las causas. Por ejemplo con Barreda, que para mí no era imputable. Se falló por la presión que había, y eso que en aquel momento los medios no estaban tan en contra de él. Luego sucede que hay diarios que se dicen garantistas sin saber siquiera de qué se trata. La Nación, que se jacta tanto de ser un diario que aboga por las garantías y la república, es un diario antigarantista. Están en la línea del castigo, de la venganza, predican el odio. Instalan un discurso que deforma y oculta lo que sucede en la Justicia.

–¿En qué casos siente que eso se expresa con más claridad?

–Son medios, por ejemplo, que nunca hablan de la gente que pasó años encerrada, acusada de un crimen que no cometió. Personas que vieron destruidos sus hogares. Yo por ejemplo estuve dos años preso y salí absuelto. Pero uno de mis hijos es psicótico a raíz de eso, era muy chiquito cuando tuvo que atravesar esa situación. He tenido muchos casos de jóvenes acusados con dibujos policiales. El chico acusado de haber matado un policía en Mercedes, tres años estuvo preso. Destruyeron su familia y luego salió absuelto. Los medios para montar su discurso se ponen del lado de la víctima, de la familia de un muerto, que es humano que tengan resentimiento y pidan venganza. Pero una cosa es la venganza y otra la justicia. Eso no debería confundirse. La madre del chico que había desaparecido en el sur, Facundo Astudillo, ella pide justicia y no venganza. Hay una diferencia muy clara.

–¿En dónde nace esa confusión entre la justicia y la venganza?

–La venganza está afincada en la naturaleza del ser humano: la pasión, el odio, la bronca. Pero cuando hablamos de justicia sin venganza es algo que también surge de la naturaleza humana. Es la ecuanimidad, la prudencia, la misericordia. La tradición judeocristiana tiene una postura de venganza: la ley de talión, el ojo por ojo. La grecorromana en cambio es la justicia de Temis, la diosa de la equidad. Cuando Orestes mata a su madre cumpliendo con el oráculo de Delfos, las Furias lo persiguen y se refugia en el templo de Atenea. Ella las convence de que es mucho más sano, que en vez de vengarse en él, se conviertan en diosas venerables. Siguen ese consejo y dejan ir el odio.

–Trabajó en casos que estuvieron en el centro de los debates mediáticos. En la causa del fiscal Alberto Nisman defendió al único imputado, Diego Lagomarsino. ¿Por qué aceptó ese caso?

–En Nisman lo primero que dijeron fue “esta loca lo mandó a matar”. Eso nace porque la gente opositora a la línea de los Kirchner quería tirarles el caso. Y Lagomarsino quedó en el medio. El Cuerpo Médico Forense y el policial dijeron ya al principio que no había indicios de asesinato. Sin indicadores, solo quedaba el suicidio. Menos Osvaldo Raffo, que estaba medio perdido ya. Y Julio Ravioli, que dijo cualquier cosa. En la psiquiátrica, la que yo trabajé, dije que Nisman tenía aspectos inmaduros que permitían explicar por qué desbarrancó. El día anterior a su acusación contra Cristina Kirchner, apenas tenía material para investigar, nada para acusar. Se da cuenta de eso y ahí se terminó todo. Un narcisista como él, “coqueto”, como decían sus allegados, que exhibía sus fotos con mujeres, se le derrumbó el ego y se pegó un tiro. Un acting out. Después lograron encarajinar toda la causa y la verdad quedó sepultada.

–¿Hubo alguna persona a quien haya decidido no defender?

–Solo me dio asco el caso del ex comisario Etchecolatz, que tiene noventa años y sigue preso. Yo peleaba con los organismos de Derechos Humanos porque digo que los militares represores tienen que salir de la cárcel en caso de enfermedades. Pero lo digo porque siento que así defiendo un derecho a la legalidad. Lo que me indigna a mí es la injusticia, el mal procedimiento, la manipulación en la Justicia argentina, los fiscales que persiguen como la única verdad su propia hipótesis o la sugerida por el poder de turno. A partir de eso siento que toda persona tiene derecho a ser defendida honestamente. Y yo tengo una empatía por quien está preso, caído, perseguido. Sin importar quién sea. No me comprometo afectivamente con los casos, aunque a veces sucede. Etchecolatz me dio la impresión de que era un farsante, un hijo de puta. Y lo rechacé. En su mirada me dio la impresión de que nos estaba sobrando a todos. Solo vi esa mirada otra vez, en Pablo Schoklender, a quien también defendí. Eran iguales en su mirada. Uno se vuelve muy observador y entiende mucho más con los sentidos que con el pensamiento.

–¿Es posible desarrollar un peritaje forense basándose en la intuición?

–Creo que la intuición es un modo de conocimiento mucho más importante que el deductivo inductivo. Intuitivamente se avanza mucho más. El problema es cómo lo fundás. Tenés que buscar los indicadores, los fundamentos. También es algo que te hace mucho más humilde. Cuando hago los dictámenes, siempre digo que me puedo equivocar. Admito la duda prudente contra lo que sostengo. Nada en psiquiatría y psicología es cierto. Todo es probable. No hay certezas, solo dudas prudentes en contra. La seguridad siempre son posturas inventadas. La suma de indicadores te llevan a una respuesta, una solución. Pero hay siempre indicadores que quedan por fuera y señalan otro camino.

–¿Cuál es el método más efectivo que tiene un psiquiatra forense para detectar la locura, el engaño, la violencia, en un ser humano?

–El mejor método es escuchar. Lo que no hace ninguna pericia forense. Dicen que eso no es pericia. Escuchar es lo esencial, lo decía ya Pichon-Rivière. Él pasaba horas escuchando a los pacientes para poder comprenderlos. No para interpretar analíticamente sino para comprender la estructura de la personalidad. Pero todo el mundo trabaja rápido, apurado, quieren informar cuanto antes, presionados por el juez. Improvisan cualquier cosa. Fiscales que acusan casi sin preguntar. Preguntan de dónde viene, su nombre, edad y listo. El sesgo domina el Poder Judicial, la inclinación a ver las cosas desde una sola lente. Solo persiguen condenas fuertes. Y lo que tendrían que buscar, lo único que tendrían que buscar, es la verdad.

¿Por qué Mariano Castex?

Mariano Narciso Castex, hijo del reconocido médico argentino Mariano Rafael Castex, nació en 1932. Es uno de los peritos forenses más requeridos y prestigiosos de los últimos treinta años en la Argentina. Se define a sí mismo como un “humanista por excelencia”. Es doctor en Medicina por la Universidad de Buenos Aires (UBA), Licenciado en Filosofía por la Universidad del Salvador y en Teología por la Compañía de Jesús, conocida como la orden jesuita, de la que formó parte durante quince años.

Como docente universitario trabajó en las cátedras de Medicina Legal de la Facultad de Medicina –de la que fue titular– y de Psicología Forense de la Facultad de Psicología, ambas de la UBA. En 2012 publicó el libro Mito, Transgresión Creación y Transiciones. Reminiscencias de una vida rebelde (Editorial Ad Hoc), en el que reúne sus cuentos, novelas, obras de teatro y ensayos, escritos algunos en la cárcel y otros becado por la Fundación Rockefeller. “Me aceptaron porque en mi presentación mandé una nota del diario La Nación donde decían que yo no sabía escribir. Cuando pregunté por qué me eligieron, me dijeron que si alguien mandaba un recorte del diario La Nación haciéndolo pelota, a modo de recomendación, debía valer”.



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