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Un elogio del resentimiento



Que fácil era decir que el odio es precursor del amor, aquello que permite expulsar del yo lo que amenaza su integridad. Que en el campo social, odiamos a nuestros enemigos mucho antes de amar a nuestros amigos. Que para Franz Fannon, en nombre de los condenados de la tierra, el odio era un sentimiento prerrevolucionario. Que cuando Evita decía “soy de las que no olvidan” quería decir que en la vida política era necesaria una tajante división entre los leales y los traidores, un continuum de odio hacia los enemigos, pero también una necesidad de ir uno por uno hacia los descamisados redistribuyendo a lo Robin Hood los bienes usurpados. Hoy el odio no necesita ser explicado o llevado al campo político de izquierda para buscar su positividad, desborda en las páginas de lectores de los diarios de derecha, circula por las redes sociales en su sentido más lato, precario en sus arte de la injuria, vomitador de calificaciones que no se avergüenzan sino que enrostran un deseo de aniquilación de un otro a quien no se considera siquiera merecedor de existencia –“negro de mierda”, “yegua”,” puto sidoso” , “KK: Caca”– y cuyo archivo precoz fue la obra Diarios del odio de Roberto Jacoby / Syd Krochmalny, varias veces expuesta y recreada en teatro bajo la dirección de Silvio Lang.
  Este sentimiento se ejerce siempre de “arriba” hacia “abajo” porque como decía Arturo Jauretche “la multitud no odia, odian las minorías, porque conquistar derechos provoca alegría, mientras que perder privilegios provoca rencor.” Le he pedido prestada esta cita a Luis Ignacio García editor del libro La babel del odio de próxima aparición y de su magnífica introducción, Políticas de la lengua en el frente antifascista.
  ¿Como rebautizar entonces “nuestros” odios , la negatividad sentimental hacia los que indentificamos como agentes de la desigualdad y la violencia?
  Propongo el elogio del resentimiento. Si ya sé que Nietzsche, que Spinoza, que Scheler …pero mi bibliografía para una contratapa es González Tuñón el de “con la filosofía poco se goza” y el Charly García de “filosofía barata y zapatos de goma”, aunque no dejo de tomarme el asunto en serio.
  El resentido -palabra en la que se puede escuchar también un sentido que no se clausura, que no cesa de corregirse– es aquel que se niega a recorrer del todo el pasaje a la zona de los privilegiados, el que no concede en recibirse de ser uno de ellos. Académico negro, se peina en medio del paraninfo para que una mota interrumpa el bermellón de la alfombra wasp. Feminista sudaka no le bebotea a la vanguardista consagrada –había que ver a Lohana Berkins, en medio de un gran salón de la Alianza Francesa refregándole a Orlan, la de los cuernitos implantados y las operaciones arty, los vía crucis de los cuerpos travas sometidos al aceite industrial. El resentido nunca acepta las enseñanzas de los conde Chikoff del otro lado aunque las conozca perfectamente y suele vomitar su resaca en el sofá del magnánimo (que lo exotiza y busca su compañía para hacerse pueblo), como hacía el genial Pedro Lemebel de quien el 23 de enero se cumplió el sexto aniversario de su muerte y cuyo resentimiento era repulsa renovada a toda forma de establishment y escrache a los poderosos.
  El resentido no es el Gardel que se mimetiza con su smoking, ni el Monzón que se hace amigo de Delón, sí el Maradona que la embarra porque en la zapatilla más cara tiene la huella de Fiorito. Didier Eribon definió el mundo de quien sobrepasa su destino: “cada uno de nosotros lleva en sí la marca del lugar donde nació, del “lugar” que le corresponde o le correspondió anteriormente, pero que sigue siempre presente en todas las situaciones que puedan vivirse a continuación, a pesar de los cambios y las experiencias que se atraviesan. El tránsfuga es tal vez, de un modo u otro, alguien que ha huido, pero también alguien que no logra jamás escapar del todo, porque el mundo en que se encuentra le recuerda a cada instante que el mundo del que viene era diferente “. El tránsfuga, cuando recuerda a cada instante que el mundo del que viene era diferente pero no deja que se lo recuerden, deviene “resentido”, ese consecuente “espalda mojada” por su elegida conservación de una cierta clandestinidad aún bajo las luces de las marquesinas, pero cuya espalda está mojada no por haber cruzado el Río Bravo sino por el esfuerzo de sostener la memoria de todos los que permanecen secos como cadáveres, o cadáveres en la orilla de los excluidos.
  En ese tratado de pensamiento emancipatorio que es La Berkins, una combatiente de frontera de Josefina Fernández, biografía de la inolvidable travestiarca feminista ya citada, ésta se confiesa entre mundos :
“La mitad de mí perdió interés en el mundo mismo, pocas cosas me hacen dar saltos de alegría del mundo nuevo. Claro que no soy la sufriente Frida Kalho, ¡Para nada! Yo puedo estar un fin de semana, tirada en el super sofá de tu casa, leyendo todo el día, puedo pasar un finde espléndido en tu quinta, a todo placer, lo siento así. Y también el otro mundo, cuando las maricas se traen su chongo, fuman porro, se chupan, ese también es mi mundo y me da placer. Y yo no quiero que el otro sea personal, pero muchas veces no sé cómo trasladarlo a ellas y todo el tiempo quiero que las travas sepan que no me olvidé de ellas, que no las traicioné (…) ¿Cómo hacer para superar sin olvidar? Muchas veces pienso que yo ya estoy marcada, de por vida estoy marcada, que ni mundo tengo. Porque tampoco es que el mundo trava me venga del todo bien, ya perdí también esa parte pero me queda como obligación seguir ahí”.
  No sé si le hubiera gustado a Lohana un elogio del resentimiento como deuda con los suyos que no cesa y, al mismo tiempo, como deuda que no se le permite saldar a los opresores cuando intentan domesticar, a título de excepción, a los otrora injuriados, al otorgarles una visa por tiempo indeterminado en sus dominios. Seguramente hubiera inventado una palabra nueva como lo había hecho con “desaforidas” (mezcla de desaforadas y forajidas), tantas otras, y yo la necesitaría ahora para pensar un elogio del resentimiento que no sea una mera inversión de valor ya que las mutaciones lingüísticas no suelen ser caprichos individuales sino producto de la teoría y activismos militantes .
   Venga de donde venga, se lee en el resentimiento un afecto no rentable, fijación y rumia estéril y, cuando quienes lo enuncian son amos, ceos y kapangas, suelen hacerlo en nombre de la conciliación de las diferencias mediante una amnistía vitalicia, luego de la concesión de un segmento de poder que exige una asimilación sin pasado. Se ignora su potencia radiante, que no es mera lealtad de clase –su versión presurizada y razonable– y que, con su fondo oscuro y doloroso, no es nada Frida Kalho, al decir de Lohana sino fuerza justiciera y soberana.
   Josefina Fernández escribe hacia el final de La Berkins, una combatiente de frontera: “Para las travestis argentinas de entonces, mudas, sordas y condenadas a una identidad abyecta que se debía erradicar, Lohana fue, acaso pese a sí misma, la otra entre sus nosotras, un formidable unicornio socorrista de ese mundo trava del que, inexorablemente, tantas cosas la iban alienando pero del que nunca firmó la partida definitiva. (…) Casi no dudo de que fue su condición de doble extranjería la que le dio esa sagacidad de análisis de la realidad que solía dejarnos perplejas a las que compartíamos con ella la vida de este lado de la medianera, y cuya ausencia se volvió orfandad luego de su muerte”.
  Es ese resentimiento el que, lejos de los anatemas new age de que hay que sanar de él para devolver el cuerpo a la beatitud egoísta pero activa en su rendimiento para el Capital el que propongo oponer al odio nueva generación.   

 



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Matilde y el mar | Matilde Ontiveros, la primera mujer guardavidas de la Argentina



¿Imaginan una mujer guardavidas rescatando a un tipo a punto de ser tragado por el mar? Claro que sí. Pero en la década del ’70 eso era impensado. ¿Una mujer guardavidas rescatando a un tipo a punto de ser tragado por el mar? ¡Claro que no! Eso estaba restringido a un ámbito varonil de músculos, piel bronceada, anteojos de sol y el silbato amarrado a un collar de nudos de soga.

Hasta que en la primera mañana de la temporada ’73 Matilde Ontiveros se subió a un mangrullo y cambió todo para siempre.

Ocurrió en Villa Gesell, donde hizo el curso de la Cruz Roja que aprobaba sólo a las cinco mejores calificaciones. Y ella, la primera mujer anotada en la historia del pueblo, obtuvo la más alta. Nacida y criada en Avellaneda, aprendió a nadar en Independiente. Fue una de las promesas deportivas del club: competía a nivel nacional y sudamericano con buenos resultados, incluso estuvo seleccionada. Hasta que un día, a los 15 años, se aburrió y abandonó el agua. Y no se volvió a tirar a una pileta ni en verano, para sacarse el calor.

El desbloqueo llegó muchísimo después, orillando los 30, cuando se mudó a Gesell con sus dos hijos. Pero no lo hizo por el mar: lo hizo por necesidad y por las oportunidades que ese pujante destino balneario ofrecía a todo aquel que caía a ver qué onda, a ver qué se podía hacer.

Los primeros años en la Villa fueron de experiencias comerciales. Y una de ellas le generó el desaire del propio Carlos Gesell. Matilde había puesto una cigarrería y luego una tienda de artesanías. Hasta que apareció una persona que conseguía flippers, éxito porteño que todavía no había desembarcado en la costa. El local fue tan exitoso que debió agregarse, además, un bar. El Viejo odiaba los juegos de cartas, el casino (jamás hubo uno en la ciudad, y el más cercano, sobre la ruta a Pinamar, cerró) y los bingos (autorizados mucho después de su muerte). Y en sus últimos años de vida no llegó a entender qué eran esas maquinitas que tanto cebaban a la gente.

Para la época de los flippers, Matilde ya era guardavidas. Pero su vuelta al agua fue casi repentina, brusca. No estaba en sus planes. Un desbloqueo intenso, fuerte. Pero, a la vez, casual. Una tarde, en su local de artesanías, apareció un tipo pidiendo permiso para pegar un cartelito en la vidriera. Ofrecía clases de natación en una pileta que acababa de construir. En un momento ambos sintieron que estaban ante una cara conocida. Se preguntaron los nombres. Y sí, claro: habían sido compañeros en Independiente. Juan Galeano estaba frente a Matilde Ontiveros, aquella nadadora que todos miraban y admiraban. La misma que abandonó la competencia a los 15 años y no se supo más sobre ella.

Matilde no quería volver al agua. Pero Juan no le iba a proponer clases en su pileta: la convenció invitándola al curso oficial de guardavidas que él mismo dictaba en la sede geselina de la Cruz Roja. Ontiveros siempre recordaba la frase con la que Galeano le terminó de despertar su vuelta al agua: “Siendo guardavidas no sólo aprendes a nadar, sino a salvar vidas… que podrían ser las de tus hijos, o las de los míos”.

El curso duró tres meses. “La gente se juntaba alrededor de la pileta para ver cómo bochaban a una chica que quería ser guardavidas”, recordaba Matilde. La prueba final consistía de dos exámenes: uno teórico, y otro práctico, nadando 400 metros en estilo crol. Matilde Ontiveros se graduó con las notas más altas en ambas evaluaciones y, de esa forma, se convirtió en la primera mujer guardavidas en la historia argentina. Fue en 1972, tenía 32 años.

Su estreno en la playa fue en el verano siguiente, el de 1973. El mar no es como la pileta, tiene sus peligros y sacar a una persona a veces puede implicar rescatarlo de un chupón o del poder absorbente de olas picadas, reanimarlo en la orilla con distintas técnicas, incluso llamar a la ambulancia y hasta tener que explicar lo que pasó si es necesario que acuda la policía. Resolver todo eso demanda de fuerza física, claro. Pero también de carácter. Saber templar el ánimo es indispensable en un trabajo donde la muerte siempre está mirando de reojo cualquier desgracia.

El primer rescate de Matilde fue a un amigo se lo estaba llevando el mar. Agradecido por siempre: literalmente, le salvó la vida. Pero también vivió situaciones bizarras. No fueron pocos los tipos que, al verse acudidos por una mujer, sentían incomodidad y hasta trataban de volver a la orilla por su propia cuenta. Parecía una escena de dibujitos animados. Como todavía no había protectores labiales, ella bloqueaba el sol en esa zona sensible con rouge.

Flippers y rescates con rouge: en una época donde todos descubrían la pólvora en Gesell (desde sus primeras instituciones hasta sus primeros grandes bares), Matilde Ontiveros también lo hizo. Pero fue más allá. Tal vez demasiado: pasó mucho tiempo hasta que otras mujeres penetraron el varonil universo guardavidas. En la década del ’90, ya con sesenta años, Matilde se corrió del mangrullo, pero para redoblarle la apuesta al mar: armó un balneario que llevó su nombre de pila. El balneario Matilde quedaba en la 301 y ella siempre andaba de acá para allá, observando todo. Escrutando.

Cuando creyó que ya estaba todo hecho, volvió a su Avellaneda natal. Ahí falleció el 30 de noviembre de 2018, a los 78 años. Pero sus cenizas volvieron a Gesell para ser llevadas más allá de la primera rompiente, a la altura de su viejo balneario. Lo hizo un grupo de guardavidas en un acto donde la valoraron no como mujer, ni siquiera como la primera, sino como una maestra. Poco tiempo atrás ella misma había participado de otro acto. A la hora de hablar, quiso convencer a las chicas presentes de ser guardavidas, acaso del mismo modo que lo había hecho su amigo Juan Galeano aquella tarde en el local de artesanías: “Para cumplir el oficio hay que tener cierto sentimiento de amor hacia un prójimo que, en su mayoría es desconocido. Un anónimo al que se le salva la vida abrazándolo, reanimándolo boca a boca o haciéndole lo que fuese necesario para rescatarlo”.



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Juan Carlos Fiorillo, poeta del pueblo | Sobre soñadores y despedidas



Entre las pérdidas con las que empieza este enero pandémico, la partida del poeta Juan Carlos Fiorillo, salteño, periodista e investigador del folklore, desgaja una tristeza profunda y sencilla. Así era él. Un hombre dedicado a contar lo popular en una vasta obra de divulgación: “Efemérides Folklóricas Argentinas” y “Las grandes letras del folklore”, sus obras más conocidas, lo atestiguan. A eso se dedicó luego de ser florista y bibliotecario. Y se inició como promotor cultural creando bibliotecas populares en Salta, la ciudad donde nació, el 8 de febrero de 1945. Allí fundo también la Biblioteca y Museo del Folklore.

Pero Juan Fiorillo se fue a medias, como todos los que transitan sus días a consciencia. Su obra lo ubica en un sitio privilegiado para los amantes del folklore. Ese legado permanece. Eso pensaba, pero no lo dije, mientras acompañaba a Libertad Marilef, su compañera, al cementerio del Parque Pereyra Iraola. Preferí hablar de la historia del parque, de esos bosques “donde se reunieron por primera vez las Madres para escapar de la persecución, y organizarse”, le digo, para distraerla, para acompañarla, mientras el coche recorría la ciudad. Era sábado y estaba fresco, una suerte para el verano porteño. Ella lloraba.

Seguíamos al coche fúnebre hasta el cementerio del parque para el oficio de cremación de Juan, el erudito que no necesitó oropel para transmitir sabiduría. Esa generosidad le permitió crear una original enciclopedia que tituló “Efemérides Folklóricas”. Reeditada tres veces desde el 2000 –en 2008 por Conabip–, allí contó la historia de las canciones, autores y compositores, pero también reseñó a bailarines, artesanos, copleras, luthiers, talabarteros. Como historiador entendía el folklore en un sentido amplio.

Su obra en más de veinte títulos, perfila ese contorno. Es exhaustiva y rigurosa. Sus “Efemérides” contienen más de ocho mil datos y son la fuente donde abrevan periodistas especializados para dirimir dudas. Por eso era invitado como jurado o expositor a festivales y congresos: Desde Cosquín al Congreso de la Lengua, desde Perú a Cuba, Latinoamérica lo reconocía. Fiorillo transformó la palabra de la gente del pueblo. Les daba entidad. Por radio o en sus periódicos, como la revista “Folkloreadas” que dirigía y llegaba a 4.000 miembros de la Asociación de Cronistas del Folklore.

Juan Fiorillo murió el jueves en el Hospital Español de Buenos Aires. No fue covid, sino una arritmia en medio de una intervención quirúrgica. Y hasta las enfermeras lo lloraron. Lo vi esa tarde mientras sostenía de la mano a Libertad, mi tía ‘Libe’, que no paraba de llorar, desconsolada.

A las pocas horas comenzaron a llamar los amigos de Juan. Ella quería atender a todos “porque él era del pueblo”, explicaba. El dolor se lo impedía, pero organizó las exequias impuestas por la pandemia y decidió que las cenizas, tal como él quiso, serían llevadas al cerro San Bernardo “cuando se pueda”, dijo. Iremos a Salta. Será un honor acompañarte, Juan.

Querido y reconocido en el mundo del folklore, Fiorillo fue respetado por la humildad con la que compartía sus hallazgos, como cuando dio a conocer al mundo en 1997, a Eulogia Tapia, la inspiradora de la zamba “La pomeña” de Gustavo ‘Cuchi’ Leguizamón y Manuel Castilla.

Su mirada era política y su corazón peronista. Fue detenido por esa razón en los ‘70. Al salir, viajó por Europa, también por el norte de África estudiando las costumbres de esos pueblos, luego lo hizo en México y Panamá. Al volver no quiso adherir al resarcimiento del Estado porque “Hebe, dijo que no lo hiciéramos” contaba con orgullo, hijo adoptivo de las Madres de Plaza de Mayo, militante consecuente. Romántico y creativo.

En 1984, ya en Buenos Aires, se incorporó a Radio Municipal y comenzó a publicar poesía: “De común acuerdo”, “Era otro lugar”, “Brevedad del infinito” y entre otros “Los restos ancestrales”. En 1999 aparecen sus relatos “De bares y bolicheríos”, en ese libro trabajaba para una reedición –que ya tenía pruebas de galera– mientras se dedicaba a su radio “on line”, un medio por el que había ganado un Martín Fierro. Fue en 2004 por el programa “Copla y Canto” de Radio Aries. Ya había publicado la primera edición de sus “Efemérides” en 12 tomos –uno por mes–, de manera artesanal y se dedicó a perfeccionarla, convirtiéndola a la manera de Umberto Eco en una verdadera “obra abierta”.

Se vinculaba a regañadientes con la superestructura, fue asesor de cultura de la CGT, del Centro de Estudios Juan D. Perón, de la Comisión de Homenaje a César Perdiguero, en Salta. Fue presidente de la SADE y de ANCROF, y delegado del Pre Cosquín. Representó a su provincia en la Feria del Libro por una década. Fue libretista de Cosquín entre 1998 y 2015. En 2016 aparece el segundo tomo de “Las Grandes Letras del Folklore” donde reúne más de treinta y cinco géneros musicales. En 2018 es declarado personalidad de la cultura por la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires.

Pero su disfrute eran las peñas y pequeños festivales: la corrida de toros de Casabindo (Jujuy), la Serenata de Cafayate, los Corsos del Carnaval salteño, o concursos literarios como el de los internos de la cárcel de Salta. En todos fue jurado. También en los concursos nacionales de zamba, canción infantil, y baguala.

Dejó de participar de los Congresos de Cosquín porque habían perdido “la autenticidad popular”, sostenía. Juan prefería el campo abierto, la sensibilidad de Armando Tejada Gómez, la ternura en el cantar de Mercedes Sosa.

Le gustaba jugar. Se reía con melancolía. Contaba sobre religiosidad popular con el respeto de quien habla del milagro, y cree en él. Cuando entregó el primer premio de ANCROF, llovía torrencialmente en Buenos Aires. El lugar que había contratado fue cerrado, se inundó, era un subsuelo. El público y los nominados esperaban en la vereda cuando él salió a buscar otro lugar, un sábado a la noche… Una hora después estábamos a resguardo, a dos cuadras de allí, en la peña que había sido una capilla gótica, sobre la calle Viamonte, casi Larrea. “Lástima que no vio el papelito, pero llamó para avisarme” contaba sobre el mensaje del Chango Spasiuk, que no había llegado a la capilla donde la peña siguió hasta la madrugada.

Su casa, la que compartió por quince años con Libertad, está atiborrada de libros. Su estudio, el comedor y la sala de esa casa en el barrio de Caballito, está tomada por bibliotecas que revisten las paredes del piso al techo con CDs, libros y cajas de revistas, junto a los equipos desde donde emitía la experiencia radial de “Folkloreadas”, una radio pensada para escuchar en las escuelas durante los recreos, lo que sucedió en varios establecimientos hasta que llegó la pandemia: Juan era un divulgador del folklore. Daba la palabra, y era un “decidor” como cuenta el periodista rionegrino Carlos Espinosa al evocarlo.

Hoy se lo recuerda en coplas y en milongas, los músicos de los caminos, los poetas del pueblo, los artesanos, los domadores, los campesinos. Sus amigos y su familia, esperaremos para despedirlo en el cerro San Bernardo donde el Señor de los Milagros al que veneraba, esparce sus misterios y lo cobija.  



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En busca de Biden: una clave



En este momento crítico en que el mundo se pregunta si Joe Biden, ya inaugurado, podrá enfrentar exitosamente los arduos desafíos que asedian a su presidencia, quiero aportar, por medio de un encuentro que tuve con él, una posible clave.

Aunque el modo en que se resuelvan las múltiples crisis de los Estados Unidos –una pandemia desatada, una economía en ruinas, una emergencia climática, una situación internacional inestable y peligrosa y, sobre todo, un país dividido por la violencia y el odio racial y antinmigrante– depende de muchas fuerzas sociales y políticas que están fuera del control del nuevo presidente, la historia enseña que la personalidad del individuo que enfrenta un trance histórico de tal envergadura suele también ser un factor decisivo.

Es ese ser humano y la forma en que se plantea ante los conflictos con sus adversarios que pude sondear el día en que conocí a Joe Biden.

Fue a principios de marzo del 2003 y George W. Bush estaba a punto de invadir Iraq, bajo la falsa pretensión de que Saddam Hussein poseía armas de destrucción masiva. Yo había escrito un comentario en The Washington Post (que también publiqué en Página/12), en que rechazaba vigorosamente esa aventura insensata, dirigiéndome a tantos iraquíes que exigían esa invasión como el medio más apropiado para liberarse de la dictadura que padecían. Como alguien que había sido activo en la lucha contra Augusto Pinochet en Chile, entendía yo esa urgencia, pero argumentaba que era mejor que los ciudadanos de Iraq terminaran con los estragos de Saddam por sus propios medios –tal como lo habíamos hecho los chilenos– y no a raíz de una intervención extranjera que arrojaría a la humanidad a una vorágine de caos.

Debido a ese artículo de opinión, la cadena NBC me llevó a Nueva York para que participara en un panel en el “Today Show” –el programa matutino de mayor sintonía en los Estados Unidos– sobre la guerra que se avecinaba. A favor de la invasión estaban un par de exiliados iraquíes y el entonces senador Joe Biden, que había votado, en octubre del 2002, para autorizar amplios poderes de guerra a Bush, aduciendo que era la única manera de salvar a la humanidad de un holocausto nuclear. Fue una discusión intensa con él y, especialmente, con los iraquíes que hablaban de las torturas y demencias de Saddam, de que era imperioso liquidarlo como fuera.

Después de que finalizó el debate, Biden se me acercó de inmediato. Me pidió que detallara las razones que motivaban mi desavenencia con los iraquíes presentes, cuya desazón le había tocado, dijo, profundamente. ¿Cómo era posible, preguntó, que alguien que se oponía a las dictaduras, podía negarles a otros la posibilidad de zafarse de su propio déspota? Se inclinó hacia mí como si estuviéramos no en una enorme sala de televisión, sino que en una iglesia, únicamente yo y él conversando en voz baja.

Los ayudantes del senador revoloteaban a su alrededor, murmurando que debía atender todo tipo de asuntos importantes –más importantes, implicaban, que este chileno díscolo que no beneficiaba para nada la carrera de su patrón–, pero él no les hizo caso y continuó hablando conmigo durante largos minutos. Quiso averiguar más sobre mi pasado, cómo había sobrevivido con mi familia al exilio, si alguna vez hubiera consentido a que USA, por ejemplo, invadiera Chile para ayudar a deponer al general Pinochet. Y dije “que Dios me ayude”, no habría aceptado un compromiso perverso que habría sometido a mi país a la tutela extranjera, incluso si eso significara salvar la vida de tantos de mis propios camaradas, de mi propia vida. Parecía Biden particularmente preocupado por esa angustia mía, llegó a tocarme el hombro con sincera simpatía –pensé que me iba a dar un abrazo. En ese momento no sabía yo de su historia de pérdidas personales, la mujer e hija que habían fallecido en un accidente de auto, los dos hijos varones que habían quedado malheridos, no tenía la menor idea de cómo esa tragedia había creado en él una necesidad incesante de consolar a los afligidos. Pero intuí que su interés por mí no surgía tan solo de sus afanes compasivos, sino que estaba genuinamente interesado en opiniones que contradecían sus propias creencias y prejuicios, que estaba listo para escuchar a alguien con quien podía tener serias divergencias intelectuales e ideológicas.

Todavía tengo, casi dieciocho años más tarde, discrepancias con quien es ahora el presidente de su país. Fui un partidario ferviente, si bien pragmático, de Bernie Sanders, y sigo creyendo que los Estados Unidos requieren reformas estructurales más drásticas que las que propone Biden, pero he apoyado con entusiasmo su candidatura y campaña, comprendiendo que era la mejor opción –¡alguien por fin decente!– para deshacernos de la malignidad de Trump. Y celebro que ha ido mostrando una tendencia cada vez más nítida a comprender que hay que encarar a fondo las inequidades que la patria de Lincoln viene acumulando desde los inicios de su historia, así como me anima que haya puesto en el centro de su política la decisión de contener las catástrofes ecológicas que amenazan a nuestro planeta.

Pero mi verdadera esperanza nace de esa conversación remota con Biden, el recuerdo amable de las dos cualidades que demostró mientras hablábamos: la empatía con el dolor ajeno y la disposición a aprender de aquellos cuyas opiniones no siempre coinciden con las suyas. Es cierto que estas mismas características pueden llevarlo a compromisos innecesarios con sus acérrimos contrincantes republicanos, a perderse en busca de la misma mítica unidad nacional que menoscabó la presidencia de Obama. Tengo, sin embargo, la cautelosa impresión de que va a prevalecer en él su compasión por los menos afortunados, las grandes mayorías de su país. Igualmente importante es que se abra cada día más a los sueños rebeldes de sus adherentes, aunque disientan de su propia visión moderada.

Espero, entonces, por el bien de todos los que ansiamos justicia e igualdad en estos tiempos de plagas y víctimas y expectativas frustradas, que aquello que vislumbré adentro de Biden una lejana mañana del 2003 siga siendo crucial en su existencia, que permanezca en él ese deseo de compartir la congoja de sus semejantes, y que sea, por lo tanto, capaz de aliviar el sufrimiento inmensode su país y, por qué no, del mundo más allá de sus fronteras.

* Ariel Dorfman es escritor. Sus últimos libros son el ensayo, “Chile: Juventud Rebelde”, y “Allegro”, una novela narrada por Mozart.



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Piedad para la novia de Whitman



Hermanos y hermanas de la tierra entera, tenemos que avisarle a Walt Whitman. Pronto. Están sucediendo barbaridades, ya no quedan colmos por desnucar. Viene al caso recordar que el inmenso Whitman estaba enamorado de la democracia; a ella le cantaba desde el huracán de su poesía. A ella, la democracia, la nombraba como me femme. Hoy, en el sísmico año 2021 después de Cristo, al novio de la democracia tenemos que avisarle que ella, la democracia, desde hace tiempo viene siendo ultrajada, en fin, violada por los cuatro costados.

Esto de la violación, a la vista de media humanidad y de la otra mitad también, tuvo su apogeo cuando el pasado 6 de enero una banda de barras bravas de histrionismo fascista asaltó nada menos que al Capitolio. El Capitolio de Washington para la democracia vendría a ser como el Vaticano de Roma para el catolicismo. Hagamos un esfuerzo: ¿podemos imaginar una turba de chupacirios violentando la capilla Sixtina; una turba soltando gargajos, escupiendo insultos, meando y lo que venga?

No es delirio, sucedió con el alarde de la impunidad, en las entrañas del congreso del país-imperio (por el momento) más poderoso del planeta.

Un resuello, sigamos. Los norteamericanos preferían consumar sus salvajadas puertas afuera; puertas adentro se mostraban ejemplares para la platea mundial: los candidatos presidenciales se saludaban sonrientes, tras de los debates. Actuaban bien, cuidaban las apariencias. Los Golpes de Estado, los hacían afuera enarbolando con descaro la excusa de salvaguardar las sagradas democracia y libertad. Pero esta vez el simulacro se les fue al mismo carajo: a la excusa le pusieron un petardo en el culo y ella, la bendita democracia, estalló descuartizada. En apenas un ratito los televisores le mostraron al mundo que el Gran País del Norte a la democracia la usaba de la boca para afuera; para decirlo con la rotunda elocuencia de la vereda: la usaba como preservativo, es decir, como condón.

Todo sucedió tras una arenga alevosa de un presidente matón, ridículo, irreparable. ¿Quién es el tipo? Es alguien que acostumbra ser millonario, tiene nombre y apellido: Donald Trump. Buen porte, cuando hay cámaras cerca camina con prepotencia. Se imita a sí mismo; “sí mismo” imita a su vez a aquel desatado gesticulador que se llamaba Mussolini. No tiene semblante, Donald, tiene maquillaje. Su hablar, de constipada sintaxis, se sostiene con espray. A los caricaturistas se les hace refácil dibujarlo: ostenta un jopo incomparable –por lo ridículo– que deviene en flequillo rasante. El caso es que, en realidad, este tipo no es más que un vocero del Pentágono. Convengamos: desde hace años los norteamericanos no eligen “presidentes”, eligen “voceros” del Pentágono y de las Grandes Burbujas que anidan bancos y más bancos.

Este Trump ampuloso y matón, es temible en la medida que irresponsable. No podemos catalogarlo como un “coso”, sería excesivo. El coso este es medio coso. Así y todo admitamos que es extremadamente peligroso; tanto como un mono que juega al balero con una granada; borracho el mono.

Pero no nos engolosinemos con el divertimento de su identikit. No miremos la punta del dedo –como de costumbre– sino lo que el dedo señala. Por favor, no olvidemos que, democracia-condón mediante, el señor Trump fue votado por unos 70 millones de humanos con sus respectivos cuerpos y almas y albedríos; a esto sumemos los millones que ni se molestan en concurrir a las urnas. Esos millones curten la antipolítica y profesan la indiferencia activa. Son los que convirtieron a la paranoia en la más eficaz de las ideologías. Lo grave es que esto es contagioso. Como el miedo. Y el miedo es más antiguo que el amor.

Algo saludable tiene el escándalo del Capitolio: sirvió para arrancarle la careta al imperio. Para sus invasiones, ya nunca más podrán utilizar la excusa de “salvar la democracia”. Pero cuidado: eso que estalló lejos tiene consecuencias aquí. No somos ajenos. Siempre estamos en la cornisa. Hay elementos que relacionan la alegre invasión al Capitolio, con el cercano rodeo a la quinta presidencial de Olivos. En ambos casos asombra el grado de orfandad de la democracia, la campante impunidad. Estamos a merced de una docena de locos muy sueltos. Dicho esto, con perdón de los respetables locos. Esta vulnerabilidad vale para la primera potencia mundial y vale para las patrias chicas que no terminan de coagular en la patria grande. Cuando decimos que nuestra democracia recién está en la adolescencia, nos pasamos de optimistas. Lo real es que todavía estamos gateando. Cumplir años no siempre significa crecer. Para crecer hay que superar el hambre, la desocupación y la analfabetización de los medios. Los desesperados no tienen por qué ser reflexivos.

El inaudito episodio del Capitolio no le ocurrió sólo a los norteamericanos. Nos viene ocurriendo a nosotros. Recordemos: el (ex) ingeniero Blumberg estuvo a tres metros de tomar nuestro Capitolio porteño. Le hubiera bastado con un gesto ¡y adentro! Madremía. Algo debemos hacer para no seguir alimentando nuestra latente vulnerabilidad. Sin ir muy lejos: ¿cómo es posible que la Mesa de Enlace del autodenominado campo –los dueños de la patria– nos sigan y nos sigan corriendo con la vaina?

Buena ocasión esta la del sumo Capitolio para reflexionarnos, accionando. Esto que pasó allá arriba del mapa, es tan grave como la voladura de las Torres Gemelas. Muchos miden los hechos por la cantidad de muertos. De acuerdo. Pero, ¿cuántos muertos, mejor, cuántas vidas, sembraron la conquista de la democracia?

Se me cruza enseguida un rosario de atentados contra la democracia. Atentados con descaro y alevosía. Sin ir más lejos ahí tenemos lo de Lula, lo de Evo y los nombres continúan, y así llegamos a esa criminal profanación que fue el bombardeo a la Moneda. Allí se aniquiló la primera y maravillosa experiencia de marxismo en democracia. Dicho sea: Salvador Allende murió en su sitio. (El Chicho sí que tuvo a la altura de la fe que el pueblo le tenía).

Supongamos que lo del Capitolio equivale a la caída de otra Torre Gemela. La democracia basureada, violada. ¡Pobre Walt Whitman! En realidad pobre de nosotros, que debemos afrontar ahora una pregunta antipática: Aniquilada la democracia, ¿cómo, cómo será vivir huérfanos de imperialismo?

Llegó la hora de soltarnos de la comodidad de ser huérfanos, de ser siempre víctimas. A dormir con un ojo abierto y el otro también. Ya nada debemos esperar de un país-imperio atravesado de capitalismo. Un país en el que se autorizan las torturas nombrándolas con un eufemismo desvergonzado: “Interrogatorios exigentes”.

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Creatividad vs. violencia



Borrón y cuenta nueva parecería estarnos diciendo la realidad en esos tiempos aciagos.

El llamado nuevo milenio comenzó en plena algarabía, el mundo entero festejando en forma esplendorosa por la paz universal. Paz que duró un año y monedas, se desmoronó junto con las torres gemelas y la humanidad siguió avanzando a los tumbos, como siempre. Hasta llegar a este enero 2021 con su universal virulencia y la caída estrepitosa de la supuestamente más emblemática de las democracias. Por primera vez en la historia un presidente norteamericano ha sido procesado en dos oportunidades, ahora falta esperar que se lo condene.

Mientras tanto, en los Estados Unidos cunde el pánico de manera jamás experimentada antes, cuando el enemigo por más feroz era un enemigo externo fácil de señalar por más difícil de combatir que fuera. Ahora el enemigo está enquistado entre ellos, en la propia sociedad con sus desigualdades y sus prepotencias. Cunde el pánico en USA y el miedo no es zonzo. Lo que es muchísimo peor que zonzo es el no haberlo visto venir, desde un principio. A la toma del Capitolio la llaman “La insurrección de Trump”, pero él no es el único. La cosa viene de lejos. ¿Acaso un sociópata conoce límites, acaso sus enceguecidos seguidores razonan? Un pálido reflejo del tema sufrimos por estas costas, aunque lo nuestro es juego de niños en comparación. Polimorfos perversos diría el maestro de Viena, pero no viene al caso. Lo que sí viene al caso es un cartel irónico que circuló por WhatsApp en inglés. Dice así, traduzco:

“A ver si entiendo. ¿La persona con los códigos nucleares ha sido considerada demasiado peligrosa para tener una cuenta en Twitter?”

Y no sólo Twitter. Las demás redes sociales le hicieron eco faltando muy pocos días para el cambio de gobierno. Pero no es cuestión de días, ni siquiera de horas. El célebre botón rojo parecería estar titilando. Todo el sistema se siente amenazado: los diputados republicanos que se pronunciaron a favor del impeachment, los capitolios de cada uno de los estados para no hablar de todo Washington que está en pie de guerra preventiva. Los vándalos debidamente pertrechados hicieron trizas el sueño americano. Una forma de “protesta” nunca vista por esas latitudes, que ha visto muchas. Al mejor estilo boomerang, las insurrecciones que los Estados Unidos financiaron en diversas zonas del llamado Tercer Mundo acabó por explotarles en la cara.

Son éstos unos tiempos despiadados, de feroces grietas y desencajadas broncas. Pálidos reflejos, nocivos a su modo, se dan por nuestras costas. Sólo que por fortuna el gobierno ya ha cambiado.

Cabe tomarse un respiro. Para hacerlo elijo un nombre y me detengo en su recuerdo: Grace Paley. La excelsa cuentista y poeta de empática ironía que revolucionó la literatura gringa fue una activista de primera agua. Su conciencia pacifista, ácrata, feminista, ecologista, se puso en manifiesto ya en la escuela primaria y no la abandonó en toda su larga vida (1922/2007). El humor fue su combustible. Le gustaba recordar entre risas aquella magna acción cuando un grupo de intelectuales se propuso levitar el Pentágono. Nada demasiado ambicioso, se habrían conformado con despegarlo al menos unos veinte centímetros del suelo americano, aclaró conciliadora.

La brillante idea se generó en Washington en 1967, plena guerra de Vietnam. La propuesta inicial (no hay nada nuevo bajo el sol) era tomar por asalto el Capitolio, pero cuando la convocatoria llegó a San Francisco y a Berkeley, los hippies del momento con Jerry Rubin a la cabeza entendieron que no era cuestión de atacar la emblemática institución, que el enemigo real estaba en el Pentágono.

En el Pentágono, entendieron, residía el corazón de la guerra, en ese preciso pentáculo de brujos con sus cinco lados maléficos. Fue el poeta Gary Sneyder quien sugirió la necesidad de un exorcismo, y se optó por armar un ritual gigantesco al que se unieron intelectuales neoyorquinos de izquierda, entre otros Grace Paley y Robert Lowell, y Norman Mailer quien lo narraría en su libro Armies of the Night. Y más de diez mil seguidores de toda procedencia, color y laya. La memorable acción tuvo por fin lugar el 21 de octubre 1967, diez días antes de la noche de brujas y seis meses antes del mayo francés.

En Virginia, donde se yergue el Pentágono, no se trató de “la imaginación al poder” sino de la imaginación enfrentándose al poder. El impacto simbólico fue enorme. Se erigieron múltiples altares, se oficiaron ceremonias diversas para todos los cultos. Hubo carradas flores y las marionetas gigantes de Bread and Puppet, articuladas y desmedidas marionetas como hemos visto en diversas manifestaciones antinucleares. Allen Ginsberg supo sintetizar el descomunal evento:

“El Pentágono fue levitado simbólicamente en la cabeza de la gente, en el sentido de que perdió una autoridad que no había sido cuestionada ni desafiada hasta entonces. Pero una vez que circuló esa noción y una vez que un pibe le puso una flor en el caño del rifle a otro pibe como él pero que lucía tenso y nervioso, la autoridad del Pentágono psicológicamente se disolvió”.

(De alguna manera, lo pongo entre paréntesis, por la vía del mal el efecto que lograron los vándalos del día de Reyes fue equivalente: disolvieron de manera simbólica pero a lo bruto la autoridad del Capitolio).

En los años 80, paseando con Grace Paley por el bellísimo jardín de Jefferson’s Market en el corazón del West Village, ella recordó su semana pasada en el Centro de Detención para Mujeres cuando esa mole de cemento estaba plantada allí mismo y las detenidas les gritaban obscenidades desde los ventanucos a sus amantes y a sus cafishos. Grace recordaba con afecto a sus compañeras de infortunio, casi todas negras o portorriqueñas, allí por prostitución o drogas. Pero no recordaba bien las fechas, y fue entonces cuando hizo referencia a la levitación del Pentágono, quizá porque el solo nombrarla la alegraba. En realidad había sido detenida unos meses antes, por haberse plantado en medio de la Quinta Avenida con un gran cartel antibélico para impedir el avance de un desfile militar. La caballería nada menos, que debió interrumpir su paso redoblado ante la presencia inamovible de esa mujer pequeña, maciza, de blancos rulos al viento e indeclinable determinación.

Su mayor angustia en los días de encierro había sido no poder escribir, no contar con papel y lápiz ni siquiera para anotar la letra de la conmovedora canción de una de las prisioneras. “Con lo cual, entendí más tarde, no era que me hacía falta lápiz y papel sino mi propia mente memorizadora. Renuncié a ella junto con cientos de poemas, culpa del llamado aprendizaje de memoria que en aquel entonces considerábamos el enemigo del pensamiento creativo; un gran don humano repudiado”, habría de consignar en “Seis días. Algunos recuerdos” memoria aparecida en 1998 en esa magnífica colección de ensayos y conferencias titulada Just as I though (Tal cual lo pensé), libro insoslayable si de luchas e ideales se trata.

Grace Paley, esa “pacifista bastante combativa y anarquista dispuesta a la cooperación” según propia definición, tenía la empatía a flor de piel. Y de la letra. Espíritu travieso, valiente, brillante al máximo y de radiante humor. Que por supuesto habría de volver a enfrentarse con el Pentágono –porque la guerra de Vietnam tardó años en cesar y el armamento nuclear no ofrecía tregua- pero esta vez desde un acérrimo feminismo. Sus palabras de entonces parecen expresadas hoy:

“Durante dos años las mujeres nos hemos juntado frente al Pentágono porque tememos por nuestras vidas. Y aún más tememos por la vida del planeta, nuestra tierra, y por la vida de los niños y las niñas que son nuestro futuro humano”.

Así empieza el manifiesto redactado por Grace y sus colegas de la Acción de Mujeres ante el Pentágono (Women’s Pentagons Action) en 1982. “Sabemos que hay una forma sana, sensata, amorosa de vivir, y nuestra intención es vivirla así” es la propuesta de las miles de mujeres que conformaban el colectivo, y siempre siempre teniendo en cuenta –Grace Paley mediante– la fuerza de la imaginación, de la creatividad y del humor para llevar adelante las más osadas movilizaciones.

Cuánta falta nos hace ahora –les hace sobre todo a sus compatriotas que se las están viendo más feas que nunca– esta sublime escritora que siempre puso el cuerpo donde estaban sus convicciones y entendió que cuando se escribe con pasión, en el género que fuere, se ilumina aquello que está oculto y por eso mismo escribir es en esencia un acto político.

Me permito en consecuencia cerrar esta columna con una frase excesivamente cándida pero esperanzada:

Abajo la violencia, arriba la creatividad. Con barbijo por ahora, eso sí.



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Disfraces



La imagen de Jake Angeli, con su gorro de piel con cuernos, su cara pintada de rojo, azul y blanco, y su torso tatuado, no fue casualmente la más difundida del intento de copamiento del Capitolio por parte de miembros de Qanon, uno de los grupos que alimentó y fogoneó el odio trumpista.

Hubo debate sobre a qué remitían los símbolos elegidos por esos descentrados cuya irrupción violenta provocó cuatro muertos. Este último número, cuatro, es el primer dato a destacar, porque los asaltantes eran blancos supremacistas. Si hubieran sido los negros que Trump estuvo instando a aplastar en todas las protestas que se vinieron desatando en los últimos años, después de cada asesinato a mansalva de ciudadanos negros por parte de la policía, los hubieran matado a todos.

Mucha gente aventuraba si esos supremacistas habían elegido evocar a Daniel Boom, si apelaban a disfraces para ser “neo-originarios”, si tomaban símbolos vikingos para adelantarse incluso a la primera colonización. Entre los disfrazados, posaban también los que llevaban remeras que decían que “6 millones no fue suficiente”: neonazismo explícito.

Roberto Pagani, un historiador italiano que se especializa, en una universidad de Islandia, en los estudios sobre la Edad Media nórdica, publicó esta semana en un sitio especializado en historia, un artículo en el que desmenuza los símbolos dispersos en las imágenes del Capitolio. Cuenta allí que los estudios filológicos germánicos comenzaron a tener auge en el siglo XIX, ya entonces motivados por la búsqueda ideológica en sentido racial: los propios nazis no ubicaron su supremacía aria en el territorio de lo que entonces era Alemania, sino precisamente en Islandia. Alemania era ya un entramado de sucesivas migraciones desde la Edad Media. El ideal lo colocaron en una prehistoria antojadiza pero como era desconocida, pasible de imaginerías: la supremacía blanca tenía su origen en el supremacismo nórdico, especialmente el islandés. Sólo allí existían viejos documentos sobre la mitología pagana germánica.

De allí sacaron el biotipo étnico que propulsaron y que estos nuevos grupos como Quanon retoman: hombres y mujeres altos, de piel transparente y ojos celestes muy claros, resistentes a los climas adversos y ansiosos por más conquistas. Ya entonces esos antecedentes eran viscosos: esos primeros documentos sobre los germánicos habían sido escritos doscientos años después por autores nórdicos convertidos al cristianismo. Pero el rigor histórico nunca fue un obstáculo para los nazis, ni los de antes ni los de ahora.

En esa mitología construida al servicio de una ideología supremacista, se encuentra el casco con cuernos. Muchos de los tatuajes de los Quanon, afirma el historiador, como el símbolo vegvisir y leyendas en alfabeto rúnico, también surgen de ese pasado que no existió tal como lo relatan.

De hecho, señala Pagani, a fines del año pasado la revista Science publicó un trabajo inconveniente para estos nuevos supremacistas que reivindican el medievalismo nórdico: se probó que ni siquiera entonces había ninguna “pureza”, y que los habitantes de las tierras heladas no eran una mayoría rubia, sino una mixtura con muchos habitantes castaños de tez mate.

Volviendo al Capitolio, Angeli volvió luego a ser noticia: se negó a comer nada que no sea vegano. Pura banalidad. Pura comedia. Disfraces. Ese eje es importante.

Las ultraderechas, como los nazis en su momento, no tienen argumentos ni pueden dar los debates para dar a conocer un proyecto político. Son pura antipolítica y lo dicen con sus disfraces. Son antidemocráticos, naturalmente, aunque su líder se sirvió de la política para ayudar a destruir el sistema político más hipócrita del mundo, y generar pseudomilicias armadas. No conciben nada que no implique la eliminación de otros.

Se disfrazan porque el disfraz es el uniforme de estos soldaditos que el plomo no lo llevan puesto sino listo para disparar sobre otros cuerpos. Se disfrazan como algunos que vemos por acá. El disfraz de lo primero que habla es de neoliberalismo, desde un baño de inmersión con patitos, o desde abajo de peinados que laboriosamente son pelucas bizarras.

A ninguno de estos exponentes en todo el mundo les importan tres balines las cosas públicas, aunque quienes los alentaron a juntarse y armarse sí están interesados en quedarse con todo. El líder inspirador de estos mamarrachos los habilitó como fuerza de choque. Los ubicó en un borde desde donde tarde o temprano saldría la violencia, aunque los demócratas pongan caras de asombro.

¿Y Trump, con su jopo de canario y su mujer barbie-florero no era un disfraz de político que se puso un hombre de negocios con otras intenciones? ¿Y Bolsonaro no es él mismo un disfraz de energúmeno que todos podríamos imitar, impostando la voz hasta la disfonía para decir cosas como que los brasileños no sirven para nada? ¿Carrió no es un disfraz de lo que fue ella misma, cuando usaba otros disfraces, como el de la mística de la cruz exagerada? ¿Su republiquita no es un disfraz de la república que ayuda a destruir? ¿Y Macri? ¿No era un disfraz de presidente ése que despreció a destajo a docentes y a alumnos pero ahora pide que se vuelvan ya, en un pico pandémico, las clases presenciales?

La ultraderecha no vendrá nunca a decirnos que tiene pensado copar el poder para alzarse con lo poco que queda, cueste las vidas que cueste. Con la ultraderecha no se puede pensar en debate, diálogo o intercambios armónicos. Su fuerte es el cinismo y su capacidad para atraer hacia su propia arena toda la luz mediática posible. La tienen.

No quieren nada parecido a la razón, porque su lógica es la del disfraz y no tienen idea de cómo contestarle a un argumento. Ahora mismo los vemos escupir sobre vacunas que la enorme mayoría del mundo espera ansiosamente.

Es mentira que descreen de la vacuna rusa o de la china. Puede que sus acólitos lo hagan pero los ideólogos de esas corrientes se podrían una de Corea del Norte si la hubiera porque también saben que la pandemia existe. Lo saben abajo del disfraz. Tampoco creen en lo que dicen. Repiten cualquier cosa que les convenga, sin pruritos por la verdad. Quieren inyectar todo el veneno posible, toda la confusión y el desequilibrio posible, porque es su llave del éxito.

 

Las ultraderechas apuestan por el disfraz, que es fotogénico. Muy pronto Jake Angeli tendrá un club de fans. Así funciona la sociedad occidental que brotó al calor de la brutalidad neoliberal, como un circo en el que a veces parece que hay payasos, pero se trata de otro circo: casi siempre hay esclavos a los que ellos les sueltan los leones.



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La flor en el pantano | Gigi Meroni versus la patria catenaccia



Turín, 15 de octubre de 1967. El Torino acaba de ganarle a la Sampdoria y se mantiene en la punta del campeonato. El joven Attilio Romero abandona eufórico el estadio junto a sus amiguitos ricachones y se sube al volante de su Fiat 124, tapizado de fotos de la estrella del Torino, Gigi Meroni. El joven Attilio debería estar estudiando medicina (su padre es una respetada eminencia) pero su único desvelo es seguir a su ídolo, a quien imita en todo: se ha dejado las patillas y el pelo largo, se viste con ropa multicolor, hasta le copia la manera de caminar. Todo es jolgorio, no se habla de otra cosa que de la magia de Gigi Meroni en ese Fiat 124, hasta que Attilio embiste y hace volar por los aires a un peatón.

Gigi Meroni había nacido durante la Segunda Guerra. Quedó huérfano de padre a los dos años. Su madre, apretada por la necesidad, lo llevó con ella a trabajar en una fábrica de corbatas. El pequeño Gigi juntaba los restos de tela que quedaban en el piso del taller, armaba una pelota de trapo y se iba a patearla contra la pared del fondo. De ahí el mito: que trataba a la pelota como si fuera de seda. Los operarios del taller lo amparaban, los vecinos del barrio también; hasta el cura párroco calmaba a la madre cuando Gigi se escabullía de misa, porque todos querían verlo hacer magia con la pelota y todos iban a verlo donde fuese que jugara. Del club del barrio pasó al Como, de la serie B pasó a Primera cuando lo fichó el Genoa, y después de apenas veinticinco partidos lo contrató el Torino por una cifra récord en el fútbol de la época.

Permítanme contar qué era el Torino para los turineses. Antes de que los Agnelli empezaran a hacer poderosa la Juventus a fuerza de billetes, el club por excelencia de Turín era el Torino. Desde el fin de la guerra, el Torino había ganado cinco scudettos consecutivos, tenía diez de los once titulares de la selección italiana, estaba considerado el mejor equipo de Europa (aunque por entonces no existía una copa europea que les permitiera refrendarlo) y volvían de dar una exhibición en Lisboa cuando el avión se estrelló en las afueras de Turín y murió todo el equipo. No se había vuelto a ver buen fútbol en Italia desde aquella tragedia. Desde entonces reinaba el catenaccio: la defensa a rajatabla, la anulación del rival como táctica, la mezquindad como credo. De hecho, el técnico que contrató el Torino cuando fichó a Gigi Meroni era Nereo Rocco, que venía de ganar con el Milan la primera Copa de Europa, en 1963, jugando al más clásico catenaccio. Pero ya en los primeros entrenamientos del Torino decidió cambiar de doctrina, en cuanto vio que las gambetas endiabladas de Gigi y sus movimientos anárquicos por toda la cancha producían un milagro: hacían jugar al Torino como si Gigi hubiese resucitado entero al equipo de 1949.

Ya empezaban a soplar los primeros vientos de la rebeldía sesentista y Gigi sintió instantánea familiaridad con esos aires. En 1963, en un puesto de tiro al blanco de un parque de diversiones, conoció a Cristiana Uderstadt, una beldad hija de feriantes. El flechazo fue mutuo. Con ella se animó a mostrar un costado de su personalidad que no había mostrado a nadie. El mundo del fútbol italiano era conformista y conservador, pero Gigi no era como los demás futbolistas: vivía en una buhardilla, usaba el pelo largo, bigote y patillas, se vestía con ropa que Cristiana diseñaba para él, confesaba que sus ídolos eran Marilyn Monroe y el Che Guevara, hacía ingenuas declaraciones que explotaban en los titulares de la prensa (“Hay gambetas que deberían valer más que un gol”; “Se puede jugar bien al fútbol con el pelo largo”). Un día, Vittorio De Sica va a filmar su segmento de Bocaccio 70 a la barraca del parque de diversiones donde trabajaba Cristiana, y el asistente de dirección se enamora de la ragazza y pide su mano a la madre (Cristiana era menor edad). Gigi se presenta en la iglesia cuando el cura pregunta si hay alguien que se oponga a ese matrimonio y huye con ella.

Mientras tanto, el Torino juega cada vez mejor, gracias a su estrella. Llegan terceros en el campeonato 1964-65 y se perfilan como candidatos al siguiente scudetto. Entonces Gianni Agnelli se presenta en las oficinas del Torino con una oferta de 750 millones de liras por Gigi y la ciudad se paraliza. Los tifosi hacen una manifestación delante de la sede del club. El presidente sale al balcón a decir que así Gigi seguiría representando a la ciudad y recibe una rechifla generalizada. Los tifosi del Torino que trabajan en la FIAT amenazan con huelga a su patrón y el propio Gigi rechaza un cheque en blanco que le había dado Agnelli, para que él mismo decidiera cuánto quería ganar.

Gigi logra quedarse en el club y, en la temporada 66-67, el Torino vive un esplendor que no conocía desde 1949. Jugadas más de treinta fechas están a la cabeza de la tabla y vienen de quebrarle un invicto de tres años al temible Inter de Helenio Herrera. Pero Gigi se ha puesto en contra a la mitad de Italia, la mitad poderosa: la patria catenaccia, los enemigos del ser. La iglesia lo condena por vivir en concubinato, la prensa lo acosa, lo demonizan por lo que hace afuera y adentro de la cancha, por sus patillas, por jugar con las medias caídas y la camiseta afuera del pantalón, por sus gambetas de “payaso intrascendente”. Cada partido del Torino es una batalla de media Italia contra Gigi. Pero el equipo sigue ganando.

Llegamos así al 15 de octubre de 1967. El Torino juega en casa contra la Sampdoria, gana con lujos 4 a 2, la hinchada está feliz. Terminado el partido, Gigi convence a su amigo Fabrizio Poletti de escabullirse del vestuario y arrimarse a un bar de las inmediaciones del estadio, para “sentir” a la gente. Cruzando Corso Re Umberto, que es de doble mano, quedan varados en medio de la avenida. Cuando un Lancia les pasa muy rápido por delante, Gigi da un paso instintivo hacia atrás y es embestido de lleno por el Fiat 124 de Attilio Romero. Los aterrados pasajeros que bajan del Fiat parecen réplicas del caído. Se junta un montón de gente en cuanto corre el rumor de que el caído es Gigi. El embotellamiento impide la llegada de la ambulancia. Un fornido peatón de nombre Giuseppe Messina lo carga en brazos hasta el hospital. Pero Gigi llega muerto a las escaleras del policlínico Le Molinette.

 

Cincuenta mil personas fueron a su entierro. Hasta los hinchas de la Juventus lloraron, además de desconsoladas mujeres de todas las edades que pugnaban por tocar el féretro. El Torino ganó finalmente el scudetto en 1968 y se lo dedicaron póstumamente a Gigi (“Fue la flor que creció en el pantano del catenaccio, el desubicado que le daba sentido a todo, el artista en un mundo picapiedra”). En cuanto a Attilio Romero, no fue médico. Se hundió en un pozo depresivo que duró diez años, hasta que descubrió que tenía habilidad para los negocios y se convirtió en empresario. Con los años hizo fortuna, compró con unos amigotes el club Torino, se autonombró presidente y en el 2005 llevó el club a la bancarrota.



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Homo Ensoñado




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Encarnación Ezcurra, la Eva Perón del siglo XIX



Febrero de 1833. Juan Manuel de Rosas parte hacia el río Colorado con sus tropas. Gauchos, indios y negros lo acompañan. Uno de los objetivos de la expedición, además de tejer alianzas con poblaciones indígenas de la frontera interior, es atravesar pampa adentro hasta llegar al lugar, y desactivar el contrabando ilegal de ganado que se hacía —vía tal río– con Chile. Recién había concluido su primer gobierno, y Buenos Aires se encaminaba a otra dura lucha intestina: sus seguidores, los federales netos, de un lado, y los cismáticos aliados a unitarios nostálgicos del golpe de diciembre de 1828 –los fusiladores de Dorrego– por otro. Un lío, en resumidas cuentas, en el que su compañera Encarnación Ezcurra tendría una intervención nodal. Tenía entonces 34 años, ella, y ya había mostrado su avasallante personalidad en varias circunstancias.

De chica, cuenta su sobrino el escritor Lucio Mansilla (h), se imponía ante sus hermanos varones… se les plantaba y no le ganaban una discusión.

Ya pintaba en ella, por éste y otros motivos, una especie de feminismo visceral, instintivo, bastante exótico para una época en que el ideal de mujer era ser “el ángel del hogar”. Lejos de ello, Encarnación no dudaría en enfrentarse a la moralina imperante, y ser la mejor compinche de su hermana, María Josefa, cuando ésta osó tener un hijo “ilegitimo” con Manuel Belgrano, en 1813. No solo guardó el secreto, protegió y consoló en soledad a su hermana, sino que se hizo cargo de Pedro Pablo Rosas y Belgrano –así se llamaría el niño– al punto de criarlo junto y a la par de Manuelita y Juan Bautista, sus hijos con Rosas.

Otro pasaje crucial en la juventud de Encarnación fue la maniobra que urdió junto a Juan Manuel para poder casarse con él, ante la rotunda negativa de Agustina, la brava madre de Rosas que la quería poco, básicamente por esas cosas del qué dirán. El plan fue tan ingenioso como efectivo: el futuro caudillo le pidió a su novia que le escribiera una esquela contándole que estaba embarazada y que, por tal motivo, tenían que casarse. “Apresurá nuestro casamiento, porque estoy embarazada”, escribió ella y se la pasó a él, que la apoyó en su cama, sitio en que su madre iba a verla sí o sí. Y así fue. Agustina no solo leyó la carta, sino que de inmediato le pasó el dato a su consuegra Teodora –madre de Encarnación– y no quedó otra que habilitar un matrimonio indeseado por ambas familias. Una pareja que, durante sus primeros devenires, no dudó en resignar sus herencias para vivir en libertad, sin el peso de tener que rendir cuentas por su sangre. Y que, incluso, huyó con lo puesto de sus respectivos hogares bajo similar fin.

No había llegado entonces el momento de la Encarnación caudilla, Heroína de la Federación, pero ya había mostrado su temple. Su dignidad. El punto de inflexión llegaría en 1828, cuando ella –al igual que vastos sectores de la sociedad– ya pensaba a su marido como el único ser capacitado para gobernar esta tierra que se desangraba en luchas imparables. Fueron el terrible golpe de Estado que provocaron los rivadavianos comandados por Lavalle el 1 de diciembre –pletórico en persecuciones, asesinatos, clasificaciones, torturas y deportaciones– y el fusilamiento de Dorrego, trece días después, los hechos que terminarían inclinándola hacia el lado de la acción directa, en las calles y junto al pueblo. Fue Encarnación, a partir de ese momento, una de las poquísimas excepciones femeninas en la actividad política “en serio”, durante un siglo abrumadoramente patriarcal. La única, incluso, que orbitó muy cerca del poder, en tanto nexo vital entre el líder y los sectores plebeyos, orilleros, negros, a los que –con el mismo amor que le tuvo a su hermana “pecadora”– protegió, dignificó y empoderó en momentos en que la política también era cosa de elites… tanto se identificó con ellos la caudilla que la aristocracia solía llamarla, despectivamente, “la negra Toribia”.

Hete aquí un punto central: pocas diferencias hay entre Encarnación y Eva Perón, más allá de la cuestión contrafáctica y las obvias diferencias de origen social. Una y otra enfrentaron a sus hombres, tanto como los amaron al punto de dar la vida por ellos. ¿Acaso no fue ese cáncer de útero que mató a Eva el resultado de su incansable lucha por la patria liberada y por Perón?; ¿acaso la parálisis que apagó a Encarnación no tuvo entre sus causas los golpes traidores y extranjerizantes que atacaron a Rosas apenas asumió su segundo mandato o de su afiebrada lucha por defender los intereses de la Confederación Argentina que, en ese contexto en que unitarios y liberales se aliaban a franceses, brasileños e ingleses para dominar el Río de la Plata, eran los del pueblo argentino?

Artemisas rebeldes, pasionarias, entregadas a la causa de los humildes, ambas gozan de más similitudes que contrastes, al punto que una hizo jugar fuerte en la arena política a esos sectores marginados, similares a los que –cien años después– la otra llamaría “Queridos Descamisados”. Hasta puede inferirse que el compromiso de Encarnación tuvo el plus estoico que implica “desclasarse” para integrarse cultural, social y emocionalmente al barro sacrificial de la “baja”, cuando podría haberse quedado tranquila, disfrutando de las mieles de la riqueza.

El bemol es que de Eva felizmente se ha escrito mucho y no hay ser –también por suerte– que la desconozca. En cambio, de Encarnación no. Y de ahí el primer motivo de por qué traerla al presente. El segundo va enganchado y consiste en justificar la necesidad de saber sobre su vida. Para eso están sus cartas a Rosas que –vuelta al principio– ella le escribe entre 1833 y 1834, y que se publican en 1923, sin que, salvo excepciones, se les preste demasiada atención. Fueron aquellas misivas tremendas que documentan cómo la caudilla le cuidaba las espaldas a su marido, advirtiéndolo de los traidores del partido; de los que estaban con él “solo por interés”; de los “cajetillas” y “ricachones” que “no valían un Perú” porque eran unos “cagados”; de lo importante que, por contrario, eran los de “hacha y chuza”, esos negros, mulatos y orilleros que ella misma convocaría, organizaría e integraría a la Sociedad Popular Restauradora –luego Mazorca– cuyo devenir contaron sino pobre al menos sesgadamente las tradiciones historiográficas conservadoras, liberales o progresistas que se parecen bastante. También hablaban las vehementes esquelas de lo que decían de ella –en turbias maniobras mediáticas parecidas a las que sufrirían luego Eva y Cristina– los pasquines de la época. “Borracha” y “licenciosa” era lo menos.

Leerlas apasiona. Desglosarlas también. Tan gravitante fue el rol de la caudilla, según se destila de tal correspondencia y de algunas otras pocas fuentes directas, contemporáneas, como el citado Mansilla, Vicente González –coronel rosista a quien Encarnación le asegura que era capaz “hasta de hacerle una revolución a Rosas”–, o de mismísimo Payssac, cónsul francés de la era, que llegó a escribir: “No me equivocaría si digo que si su marido o la patria estuvieran en peligro, esta mujer sería capaz de la mayor entrega y de los mayores esfuerzos que el coraje solo puede inspirar”.

Tanto amó el pueblo a Encarnación que cuando murió, el 20 de octubre de 1838, sus funerales fueron los más tristes y concurridos del siglo XIX. Y se sabe, como dijo González Tuñón al morir Gardel, que “cuando el pueblo llora, que nadie diga nada, porque está todo dicho”.

 

* Autor del libro “Encarnación Ezcurra, la caudilla” (Editorial Marea).



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