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La “señora de Neuss”




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Homo Tom




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Antonio Gamoneda: Frío | La coherencia entre el sentir, el pensar y el hacer



Antonio tiene cinco años en 1936. España es un país arrasado por la Guerra Civil. Aunque fue parido en Oviedo, la madre viuda lo cría en la que será su tierra de adopción, la zona obrera y ferroviaria de León, en el linde con lo rural. El hambre, la intemperie y la persecución, la muerte acechando las ventanas. Las escuelas están cerradas. El libro que el chico tiene como aprendizaje de lectura, un libro de poemas, se llama “Otra más alta vida”. Lo escribió su padre, que se llamaba como él y murió cuando tenía un año. Ese libro será su principio y también su herramienta porque, como el padre, se hará poeta. “Considero imposible que, con la muerte por medio, pueda darse una relación más real entre un padre y un hijo que la que aconteció en mi infancia”, diría más tarde. Esto, para empezar, como arranque en una aproximación a Antonio Gamoneda, el estilista mayor de la poesía española contemporánea que, en la actualidad, tiene noventa años y termina de publicar su segundo libro de memorias. Pero volvamos atrás. En el 41 asiste a un colegio religioso que abandona en el 43. Ingresa como empleado en un banco y pasa de un puesto a otro durante veinticuatro años. Su poesía madura, participa en algunas revistas literarias, se casa, tiene tres hijas. En tanto, la autodestrucción, el suicidio, la locura y el envilecimiento dispersan a sus amigos antifranquistas.

Pero, cómo se resume una vida. En todo caso, qué pueden pretender tanto un esbozo biográfico como un ensayo pormenorizado cuando su protagonista es capaz de preguntarse toda su existencia: “¿Qué hago yo delante del abismo?” Y se responde: “Bajo las águilas silenciosas, la inmensidad carece de significado”. Estoy convencido: leerlo lo narra más a fondo. Y si hay un libro suyo que me parece esencial en este sentido, ése es “Libro del frío” (1986-1998). Lo revisé a partir de la lectura de unos versos del poeta islandés Sjon (Sigurjón Birgir Sigurdson, Reikiavik, 1962). Pasa a menudo: la lectura genera un delta, canales que se comunican, una frase puede contactar con otra, una parienta inesperada, un fragmento con otro, y así se arma un circuito que puede desembocar en un libro que uno creía perdido, pero no. Sjón, en islandés, quiere decir vista. Me ganó su “Ars poética”, publicada por Silvina Friera en este diario (“El borde de lo posible”,10.8.20). Sjón lee con voz pausada, tomándose su tiempo: “Sucede a veces en los poemas/ que cuando la niebla se disipa/se lleva consigo la montaña”. Imagino que el efecto de una voz poética no es ninguna novedad: suele tratarse de un insight transformador. Me gusta también imaginar que tal fue el poder que las “kenningar”, esos míticos cantos nórdicos que reemplazan una palabra por una anécdota, ejercieron sobre Borges induciéndolo al estudio del islandés.

Según Gamoneda, “la poesía es arte de memoria en la perspectiva de la muerte”. Quiero atreverme a sugerir además que la poesía suele ser un milagro que no siempre ocurre pero, cuando se da, por lo general una visión, logra que el ser no sea ya el mismo: hablo de un antes y después, una mutación que esquiva la lógica de un lenguaje domesticado. Este es el punto: “la niebla se disipa, / se lleva la montaña”. El milagro está ahí, el estupor al alcance de la mano, gratuito y, no obstante, no es para todos en la medida en que exige algo tan simple como estar alerta, ir al encuentro desprendiéndose de preconceptos y certezas de bolsillo. A una música inaudible, me refiero. Estas reflexiones pueden sonar quizás alucinatorias, pero no.

“Soy autodidacta”, se define quien fuera ese chico que aprendió a leer en el libro de poemas de su padre. “Yo no sé idiomas”, dice. Y, sin embargo, hace unos años, leyendo al austríaco Georg Trakl se dedicó a darle forma en español a su prosa poética. El procedimiento no fue novedoso para Gamoneda: ya antes lo había afiatado versionando con libertad el “Libro de los venenos” de Diascórides o las “Geórgicas” de Virgilio. A estas transfiguraciones las ha bautizado “mudanzas”. Y se traducen en ese regreso a la textualidad de un otro, uno anterior, no importa de qué siglo. No es una operación paternalista de divulgación de lo clásico sino un regreso a lo pasado perdurable, lo que aún puede latir en nosotros. Lo que decía Heráclito: “Nadie baja dos veces al mismo río”. Gamoneda nunca fue un apurado. Un ejemplo: durante su compromiso con la resistencia, entre el 67 y el 75, permaneció en silencio, silencio que legitima el control de la efusión retórica. Al leerlo hay ocasiones en que se tiene la impresión de estar ante un presocrático: “Hierba de soledad, palomas negras: he llegado, por fin, este no es mi lugar, pero he llegado”.

Difícil escribir sobre Gamoneda sin citarlo. Conjeturo: la complicación reside en acercarse a una poesía que escarba en la dificultad de traducir en palabras la experiencia y recurre a imágenes y símbolos. En la complicación de hablar de su escritura, me doy cuenta, citarlo deviene imprescindible. Por ejemplo: “Hay un anciano ante una senda vacía. Nadie regresa de la ciudad lejana: sólo el viento sobre sus últimas huellas. // Yo soy la senda y el anciano, soy la ciudad y el viento”.

También es cierto, debería detenerme más en algún detalle personal, la condición proletaria, la coherencia entre el sentir, el pensar y el hacer. Debería, me digo, subrayar la vinculación estrecha de vida y obra fundiéndose en la terquedad de una escritura que se despelleja hasta el hueso. Su poesía, un querer decir, ilumina mejor su personalidad de apartado. Pareciera estar claro: la escritura suele saber más de quien escribe que su autor. “Tú ya no estás en tus oídos”, escribe. No es que Gamoneda desprecie la exterioridad sino que la interioriza a través de una elaboración que, mediante lo elíptico, alude a lo tácito: “Hay una hierba cuyo nombre no se sabe, así ha sido mi vida”. Desde la infancia, desde la voz del padre ausente, desde ahí regresa en “Libro del frío”: “Amé todas las pérdidas” escribe. “Nada es veloz en tu memoria salvo los ojos del suicida, el que encendía árboles en sus manos expertas en la pobreza y en la ira”, escribe. “Has llegado al gran sábado de la vida”.

Ninguna erudición: una de las virtudes del acto poético es conjurar las conexiones en un único texto esencial. Al borde del fin del libro, inficionado por las radiaciones de su escritura, uno se resiste a su conclusión. En el tramo final hierve la sangre del huérfano: “He atravesado las cortinas blancas: ya sólo hay luz dentro de mis ojos”.

Súbitamente decido hacerla corta. Es que Gamoneda me pide: “Dame la mano para entrar en la nieve”.      



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Niebla negra en Bogotá | Clarice Lispector va a un Congreso Mundial de Brujería



En agosto de 1975, un político y poeta colombiano llamado Simón González organizó el Primer Congreso Mundial de Brujería en Bogotá, e invitó a Clarice Lispector a participar en él. Clarice ya era en Brasil como Borges en Argentina: la conocía todo el mundo, aunque lo hubiera leído sólo el uno por ciento. González la había conocido el año anterior en Cali, en unas jornadas literarias en las que participaron también Vargas Llosa y Antonio Di Benedetto, donde Clarice leyó su famosa frase: “Dejo registrado que, si vuelve la Edad Media, yo estoy del lado de las brujas”. En la carta de invitación le pedía que asistiera aun cuando no quisiese hacer ninguna ponencia: bastaba que llevara con ella esos ojos brujos que tenía. González era un excéntrico en la política colombiana: había sido parte de la pandilla de Los Nadaístas, andaba en una Harley Davidson llamada Rayo de Luna y quería imponer la adoración de la luna verde en el Archipiélago de San Andrés. Pero no se piense que aquel Congreso era una artimaña suya para atraer a Clarice: el secreto deseo del Brother Simón (como se lo conocía en Bogotá) era que ese cónclave de 2500 hechiceros, santones y chamanes generara la suficiente energía para debilitar a los militares que manejaban el gobierno títere y habían decretado el estado de excepción en Colombia.

Mientras la noticia sobre el congreso circulaba sarcásticamente por la prensa del continente (incluso en el programa televisivo mexicano El Chavo del Ocho apareció Don Ramón preguntándole a la Bruja del 71 cuándo partía hacia la capital colombiana), la prensa carioca se enteró de la invitación a Clarice y la revista Veja logró arrancarle estas declaraciones en el aeropuerto: “Mi intención es absorber, más que irradiar. Sólo hablaré si no puedo evitar que eso suceda. Llevo para leer un cuento llamado El huevo y la gallina, que es misterioso incluso para mí”. Nuestro muy querido Eric Nepomuceno, que estaba en ese momento exiliado en México, viendo El Chavo por la tele con su hijito, tuvo una iluminación: con dos llamados telefónicos logró vender la nota y partió a Bogotá con su esposa Martha, el pequeño Felipe y el chileno Enrique Müller, corresponsal del Der Spiegel alemán. El plan era hacer hablar a Clarice, o al menos seguirla.

La cantidad de periodistas extranjeros que apareció a cubrir el congreso fue tan inesperada y tan ofensiva para la iglesia colombiana y sus piadosos fieles de la alta sociedad, que presionaron en doble pinza a las autoridades para que restringieran todo lo posible el acceso de público al recinto, así como la cobertura de prensa. Casi como convocada por la sulfúrea ira católica, una niebla densa encapotó esos días el cielo bogotano como si se viniera el fin del mundo. De manera que, mientras el congreso sucedía casi a puertas cerradas, miles de curiosos, escondidos en la niebla de la policía, en los alrededores del predio, se enteraban de lo que sucedía adentro por el sistema del teléfono descompuesto, dando como resultado un nivel de exageración e irrealidad que generó una histeria colectiva, según Eric.

La estrella del evento era el mentalista Uri Geller, el israelí que doblaba cucharas con su mente. Su show venía después de unos brujos haitanos que demostraron el poder del vudú: poseídos por espíritus, masticaban vidrio, se azotaban, se pasaban antorchas por el cuerpo sin quemarse, mientras hablaban en lenguas que el público, aterrorizado, entendía sin conocer el idioma. La fascinación de la gente con Geller era tal, que un vivaracho (según las malas lenguas, el propio Brother Simón) mandó a sus secuaces a propalar el rumor de que las cucharitas dobladas por la mente del israelí eran amuleto infalible contra el hechizo vudú. Previamente había comprado todas las cucharitas baratas de café que pudo, y puso a todos los chicos de su barrio a doblarlas por la mitad. Luego los mandó a la niebla, con una canasta bajo el brazo, a proclamar: “¡A cincuenta pesos la cucharita doblada por el maestro!” (las malas lenguas bogotanas aseguran hasta hoy que así pagó Brother Simón su congreso).

Ignoramos qué hizo Clarice en sus días en Bogotá, pero gracias a la formidable Martina Colasanti, su confidente y albacea, hoy sabemos que tenía preparada una breve conferencia como introducción a su lectura de El huevo y la gallina, en la que pensaba decir, entre otras cosas: “Todo lo que llamamos natural es, en última instancia, sobrenatural, como el hecho de que hayamos inventado a Dios y que él, de milagro, exista. Lo que voy a leer a continuación es misterioso hasta para mí misma. Así que les pido que me escuchen no sólo con la razón, y si media docena de los presentes sienten realmente este texto me daré por satisfecha”. Pero, a la hora de enfrentar al público, Clarice tuvo uno de sus conocidos ataques (“A veces me espeluzna la gente. Después pasa y me vuelvo curiosa y atenta”), y no sólo se negó a hacer esa introducción sino que tampoco quiso leer el cuento ella misma.

Lo había llevado traducido, tal como le pidieron, pero la única traducción que tenía era al inglés. Así que no fue la autora sino una persona de la embajada brasileña la que leyó, en inglés, ese cuento hipnótico, que no es tan largo pero parece infinito, y les resumo aquí: “Por la mañana en la cocina veo el huevo. Sólo ve el huevo quien ya lo ha visto. Pongo mucho cuidado en no entender al huevo porque, si hay pensamiento, no hay huevo. Lo miro en forma superficial, para no romperlo. La gallina, me han dicho, es el disfraz del huevo. Sí, para eso sirven las madres. La vida interior de la gallina consiste en actuar como si entendiera. Pero yo sólo entiendo el huevo roto. Mientras hablo del huevo me olvido del huevo. Lo olvido por devoción. Hay quienes se presentan voluntarios al amor, pensando que el amor enriquecerá su vida personal. Pero en realidad es lo contrario: el amor es pobreza. Amor es no tener”.

 

El escritor colombiano Cobo Borda, que estaba ahí, dice que cuando acabó la lectura del cuento, Clarice permaneció en silencio, vestida de negro de pies a cabeza, hasta que el último de los decepcionados espectadores abandonaba la sala, y entonces se fue ella también. Nuestro querido Eric se perdió la escena. Esa mañana su hijito se había dado un golpe feo en el baño del hotel, hubo que llevarlo al hospital, Eric estaba tan tenso que de los nervios se rompió una muela y el chileno Müller chocó en el taxi en el que se dirigía de apuro al hospital. “Había una niebla muy negra en esa ciudad, ese día”, recuerda Eric. Pero, como pertenece a la raza de los periodistas que nunca se dan por vencidos, cuando volvió a México logró con paciencia y gracias a la siempre eficaz ley de los seis grados de separación, dar por teléfono con Marina Colasanti, la amiga de Clarice, que había ido a visitarla el día que ésta llegó de Bogotá, y la Colasanti le contó a Eric que mamá gallina había traído de regalo de su viaje, a cada uno de sus dos hijos, una cucharita doblada, y cuando se las dio les dijo que las cuidaran mucho porque eran un amuleto contra la brujería.



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Odios desatados e irracionales sin barbijo: La cultura del insulto 



En estos tiempos de odios desatados, aparentemente irracionales, conviene por una parte comprender el nivel de frustración y los miedos que acaban por desencadenar dichos discursos repulsivos, y por la otra analizar la racionalidad que se esconde tras los variados improperios.

Ciertos temas que se vociferan en el fervor de la protesta, entre banderas argentinas que le dan un toque falsamente patriótico al asunto y cacerolazos y ruidazos que no sé por qué me recuerdan a los bombos peronistas, ciertos temas, repito, no admiten análisis alguno. Son la cosa en sí, como diría Kant aunque me temo que esa particular cosa en sí no le interesaría en absoluto.

Pienso por ejemplo en aquella señora, enfervorizada y muy segura de su alegato, que le repitió al movilero el acuciante motivo de su presencia en esa particular movilización:

“No queremos ser Valenzuela” repitió varias veces la tal señora, sin flaquear. Y no quieren, o ella al menos no quiere, porque “Queremos ser libres, la libertad se defiende con todo”.

No me sentí aludida, en absoluto; este mundo está lleno de Valenzuelas que ni siquiera somos parientes, y en última instancia yo, por mi parte, no quisiera ser esa señora. Estamos a mano por lo tanto, pero en veredas opuestas, si bien concuerdo con la idea de que la libertad se defiende con todo, y ese todo incluye indefectiblemente la responsabilidad.

Pero esa es otra historia.

Lo que hoy me enfurece –para replicar el estilo enfático de quienes protestan — y me llena de inquietud y desconcierto, son mis compatriotas que con total ceguera ante las aciagas circunstancias actuales (llámense pandemia, muertes por contagio, crisis económica y tutti quanti) salen a despotricar por las calles, en general sin barbijo o quemándolos. Por lo cual trato de poner un poco de racionalidad en el asunto, y ya que no puedo entender sus motivaciones profundas (aunque sí, claro, explicaciones hay: odio a la política que les quitó sus prebendas, o las prebendas que gozaban aquelles que antes reinaban en el país, desmantelándolo, y que hoy les llenan la cabeza con engaños de todo color y laya).

Pero hoy el motivo de mi reflexión es otro.

La racionalidad de lo irracional

Propongo hurgar detrás de las palabras haciendo un análisis semántico o al menos intencional de algunos insultos. En particular aquellos que mandan a algún lado específico al otro (contrincante, rival, asqueroso opositor a mis brillantes postulados y convicciones). Lo mismo vale para las damas, que no se privan ni son privadas de estas encomiásticas interjecciones.

Tomemos para empezar esa habitual invitación (para llamarla de alguna manera) tan destituyente: “¡Andate a la concha de tu madre!”.

Como quien dice hacete humo, rajá de acá, desaparecé de mi vista.

Pero no es tan simple. La carga emocional es mucho mayor, su poder denigratorio es inconmensurable y suena a escupitajo de lo peor.

Pero lejos está de ser así, si lo pensamos bien.

Se trata en realidad de una invitación, o más bien una inapelable orden, de profundas implicancias freudianas.

Como es de conocimiento público, la concha está a un paso del útero. Y el útero es aquel refugio añorado, cálido, seguro, alejado de toda preocupación externa, al cual los regresivos, a decir de Freud, aspiran retornar. La envidia del pene es un poroto (con perdón) al lado de la añoranza uterina. Fue la famosa psicóloga Karen Horney quien dio la clave cuando describió la envidia de ser madre, es decir la envidia del útero o envidia de la vagina.

Saliendo de pesca no con una red sino en la red de redes, encontré en un blog un tipo de trabajo terapéutico que consiste, según sus promotores, en “regresar al útero para sanar”. La hipnosis, según alegan, permite “acceder a todo ese material inconsciente que forma parte de nuestra memoria implícita y que, al no estar codificada como recuerdos, resulta más difícil de recuperar. Las experiencias fetales quedan grabadas de forma arquetípica, onírica, y ese lenguaje ha de ser desencriptado”.

Tomando en cuenta esta posibilidad, el simple hecho de mandar a alguien a la concha de su madre puede encerrar, más allá de la voluntad de quien cree estar insultando de la peor manera, buenas y sanadoras intenciones. Dialéctica pura.

Acá mi reflexión se bifurca:

Por una acción de boomerang, o por una jugarreta de sus propias neuronas espejo, quienes porfíen lo que creen ser una orden terminante de emprender ese viaje imaginario a la etcétera etcétera, podrían acabar practicándolo elles mismes. En cuyo caso, sin proponérselo, se encontrarían en una situación inconsciente donde podrán ver el germen de su conflicto y la razón de ser de su desmedida, incontrolable e irracional bronca, y lograr por fin tener una vida sosegada y hasta cariñosa.

Distinto es cuando te manda a la concha de tu hermana. Por el momento opto por no dejarme distraer con temas de incesto. Porque nos espera

El no-lugar

Ahora bien. Tenemos otra imprecación, asaz antigua que sin embargo se ofrece a una lectura de actualidad. Para comprenderla en su verdadero sentido ya no acudiremos a Freud sino a Marc Augé, el conocido etnólogo francés quien acuñó el término y definió por primera vez los no-lugares. Según él, un no-lugar es un espacio intercambiable donde el ser humano permanece anónimo.

El término se presta a más interpretaciones, sobre todo cuando nos asomamos a la cuántica y pensamos en el multiverso y en lugares que no por inexistencia dejan de ser.

Ejemplo: La concha de la lora.

Sí señor, señora. Andate a… imprecación habitual y algo demodée, pero vistosa quizá por ser verde por fuera y roja por dentro al igual que la sandía.

Pero esas son vanas ilusiones porque, sepámoslo de una vez por todas, ¡la concha de la lora no existe!

Se trata del no-lugar por excelencia, absolutamente nones, es decir que si una zarpara en respuesta a la orden, imprecación o mandato, se encontraría flotando en lo infinito o al menos perdida en los vericuetos del inconmensurable espacio.

Resulta que las aves carecen de genitalia externa, concha o pito o lo que fuere. Así es, no más. El aparato reproductor externo de las aves, machos y hembras, es idéntico y se denomina cloaca. Nombre denigrante por cierto, pero qué se le va a hacer, se trata de un orificio común para todo uso. Y hete aquí, para ser bien precisa, que la mayoría de los pájaros tienen la cortesía de lucir diferente plumaje para facilitar la identificación de su género. Vistosos los machos, opaquitas las hembras pero simpáticas. La mayoría, dije, porque los psitáceos (loros y cia) carecen de este elemento identificatorio a simple vista. Al punto que no sé si mi Kokopelli es Koko o Koka, porque me niego a hacerle una endoscopía para espiar sus adentros.

“La percepción de un espacio como no-lugar es, sin embargo, subjetiva: cada persona con su subjetividad puede ver un sitio dado como un no-lugar o como una encrucijada de relaciones humanas” comenta Augé.

Razón por la cual, tras estas maduras reflexiones, podemos ir donde se nos antoja sin esperar que nadie nos mande. Y reír cuando nos lo tiran a la cara.



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Algo más sobre Venezuela



Difícil entender la cuestión venezolana. Los puntos de vista se amontonan y dificultan una toma de posición o el posible acercamiento a una verdad. ¿Por qué nos importa tanto Venezuela? Porque es un país de un continente pobre, devastado por dictaduras y golpes de Estado que propulsa el gran poder del Norte. Eso que ellos llaman “América” (y tantísimos otros países también) porque así se consideran. Creen con firmeza que “América” son ellos, solo ellos, nada más que ellos. Sin embargo, siempre se han encargado de dominar el Sur del continente. Hegel decía que en el futuro se vería la lucha entre la América del Norte y la del Sur. Esa lucha no pertenece el futuro, viene de lejos. La conquista de California fue el asalto a un territorio que pertenecía a los mexicanos. México ha padecido largamente su cercanía con EEUU. Hay un dicho –célebre- que dictamina: “Pobre México, tan lejos de Dios y tan cerca de los Estados Unidos”. Hoy, eso nos pasa a todos. Que estamos lejos de Dios no tengo dudas o tal vez diría que Dios se alejó de nosotros. Y en cuanto a la cercanía con el Imperio menos dudas tengo aún. El Imperio tiene en cada país latinoamericano embajadas que funcionan como bases militares. Ahora, nosotros, tenemos a un embajador de apellido Prado que ha decidido retomar la belicosidad del famoso Spruille Braden. Vino para meterse en cuestiones internas. Dijo, sin más, que quería restaurar la Justicia en este país, el que decimos que es nuestro pero se lo roban y gozan unas pocas familias.

Venezuela también está cerca de los Estados Unidos… y para colmo tiene mucho petróleo. Ya se sabe de qué es capaz el Imperio cuando de petróleo se trata. Ahí está la devastación de Irak y Afganistán. Con Venezuela intentan (hasta ahora) otro camino. Pusieron al payasesco Juan Guaidó de presidente. Y todo el Occidente democrático y civilizado (según creen y dicen) lo respaldó. O sea, Venezuela tiene a medio mundo en contra. Apoyando, para colmo, a un irresponsable cuyo golpe de Estado fracasó en el ya alejado verano de 2019 pero aún sigue intentando las vías antidemocráticas y destituyentes. Sólo este encuadre geopolítico bastaría para apoyar al gobierno de Maduro. Toda la derecha lo ataca. Aquí, fue un blanco predilecto de MauMac y todavía lo sigue siendo. De él y de su aliada Bullrich, que directa y sencillamente llamó a la “rebelión” en el país del petróleo. Si en Venezuela sólo hubieran arvejas y rabanitos el país no estaría bloqueado ni asediado por la comunidad mundial del capitalismo financiero. Bullrich no estaría llamando a la rebelión. Y tendrían una saludable existencia económica. Si Maduro viola los derechos humanos, quienes lo atacan violan los derechos soberanos de las naciones. Y aún no tengo certezas sobre esa ultradenunciada violación. No me gusta Maduro. Me gustaba Chávez. Pero no se justifica el bloqueo ni el ataque sistemático a un gobierno que está ahí por el voto popular. Todo es parte de un plan impiadoso contra los populismos latinoamericanos. Cuando Bullrich llama a la rebelión no sólo habla de Venezuela, habla de Argentina. Aún no lo ha dicho pero en eso están ella y los suyos. El gobierno de los Fernández debe entender que su destino está unido antes al de Venezuela que al del Grupo de Lima, que juega para el Imperio tal como lo hace la OEA. Debió abstenerse. Insisto: no me gusta Maduro. Su poder ya no se basa en el pueblo sino en los militares. Lo quieren voltear igual que a Evo Morales. Pero Maduro no es Evo. Nada, sin embargo, justifica lo que le están haciendo. Jeanine Añez y Guaidó son dos caras de una misma moneda. Ni Maduro ni Venezuela se merecen este asedio destituyente internacional. Argentina votó mal, no se puede estar con el Grupo de Lima, que apoyaría cualquier intento de hacer aquí lo que se hizo en Bolivia.

Corren malos tiempos. La pandemia sube sus números en nuestro país. Y los destituyentes se alegran porque quieren que el gobierno fracase. Embisten con el maldito dólar y con la muerte pestífera. Si salen a la calle no es porque la ganen. Lo que ganan es visibilidad. Todos los graban o los filman. Si se apestan, mejor. Más números para tirarle por la cabeza a Alberto F. Ahí lo tienen: es un ineficaz. No frena al dólar blue ni evita los contagios. ¿De qué sirve? Además, votó contra Venezuela. ¿Le vamos a creer? se preguntan divertidos los destituyentes. Claro que no, dicen. Si él es Venezuela. Es un dictador, un populista peronista. Y con él está la figura maldita de esta tierra, Cristina. Mejor si vota contra Venezuela. Lo vamos a felicitar. ¿Qué le va a decir a los suyos de nuestras felicitaciones? ¡Son nefastas para él! Como si a nosotros nos felicitara ella, la yegua comunista.

Y la mala sombra que oscurece a Venezuela nos cubre también a nosotros. Esa sombra es el gobierno de derecha republicana de Donald Trump. ¡Dejó libre al policía que mató a George Floyd! Y aquí la justicia del poder antidemocrático se prepara para darle un beso de salvación al policía Chocobar, con el apoyo y la alegría de Bullrich y MauMac. Malos tiempos. El informe de Bachelet no es confiable, ella no lo es. Durante su gobierno no tocó la Constitución de Pinochet ni reemplazó a los carabineros como fuerza de represión por una policía democrática. Además, no hizo un informe sobre la violación de los derechos humanos en su país, ahora, bajo Piñera, cuyo apellido empieza con P de Pinochet. A la realidad le gustan las simetrías, escribió Borges en “El Sur”. Si es así, este (¿nuestro?) país es claramente simétrico con el destino de Venezuela y no con los gobiernos obedientes del Grupo de Lima.

 

Se dice que Alberto votó como votó para caerle bien al FMI en momentos de negociar la deuda. No es así. Se negoció formidablemente con los bonistas y sin agacharse ante nadie. Se puede negociar con el Fondo sin perjudicar la estabilidad democrática e institucional en América Latina, cuyas venas se abren y se cierran, se abren y otra vez se cierran. Hoy se están abriendo peligrosamente. Hay que luchar y gobernar por cerrarlas. Y el voto contra Venezuela no ayuda a esa tarea soberana. 



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Encrucijadas: El Coronavirus y los dos mundos posibles



Cada día que pasa nos alejamos más del día anterior a la aparición de la pandemia. Parecía una peste más, de esas que cíclicamente han arrasado con millones de vidas en todas las épocas. Y cada una de ellas tuvo su pico y su bajada; hace unos meses pensábamos que así sucedería también con ésta, quizá alentados por el desarrollo de la ciencia y quizá todavía pueriles, como cuando vimos las tapas de todos los diarios argentinos saliendo con una portada de lucha en común. Pero el covid-19 no llegó en un momento cualquiera, sino en el de la encrucijada de la especie: hay dos mundos posibles por delante, e incluso puede que no haya ninguno.

Esta peste cayó en el clímax de una aceleración integral, y en su transcurso el mundo y las poblaciones también han mutado: la iniciativa política de la ultraderecha, de usar la catástrofe como un escenario en el que afloren subjetividades descentradas y esquizoides, no permitirá regresar al día anterior a la pandemia. Porque incluso cuando se encuentre la vacuna, habrá que ver qué formas bizarras adopta ese fuera de sí de los negacionistas.

La vida o la economía fue el primer falso dilema que nos plantearon. Quienes lo difundieron no pensaban en los dueños de gimnasios ni de peluquerías. Pensaban en los negocios grandes que hacen ellos. Ya Bérgamo había sido la prueba del delito: para miles de italianos, mantener el trabajo les costó la vida o la de sus seres queridos. Y sin embargo es como si eso no hubiese sucedido. Ya existe la evidencia histórica de ese fracaso, pero el ocultamiento de la realidad no permite que se vuelva experiencia histórica reciente. Encontraron su caldo de cultivo en los sectores bajos y medios que necesitan volver a tener ingresos, y que por supuesto tienen derecho al pataleo. El problema es a quién le reclaman. En otros contextos de crisis tan abismales, se dio por entendido que eran los Estados, con la contribución de los más poderosos, los que debían encargarse de la reconstrucción. Fue así en Estados Unidos después de cada guerra. Hoy lo que los poderosos quieren es quedarse con todo sin socorrer a nadie: los mandan a contagiarse y de paso se elimina un sobrante de población.

“Tendremos montañas de muertos en todas partes, el Gobierno intentará esconderlos, habrá censura para evitar difundir las muertes, pero la opinión pública internacional lo sabrá. ¿Y qué pasará? Con todos los países saliendo del encierro después de una experiencia dramática, lo primero que van a hacer es poner un cordón sanitario a Brasil. ¿Quién va a querer comprar carne brasileña, de un país totalmente contaminado?”, se preguntaba en abril Vladimir Safatle, filósofo de Sao Pablo de paso por Madrid. En una entrevista esbozaba ya entonces que el único modo de evitar no sólo centenares de miles de muertos sino la crisis económica inédita en la que caerá Brasil en la pospandemia, era el juicio político a Jair Bolsonaro. Su política al respecto, como la del recuperadísimo-en-tiempo-record Donald Trump, causó más pérdidas de vidas que varias guerras. Y por eso esta peste es distinta a las anteriores: en su transcurso y de modo no convencional, se declaró una guerra que no necesita soldados. Están dispuestos a enervar y acelerar el enorme malestar que generan las restricciones en personas susceptibles a ese relato. Ese relato a su vez enfoca al enemigo en los Estados que quieren proteger vidas, y hace a sus fieles y seguidores aliados de aquellos que los han explotado siempre y que no están dispuestos a dejar de ganar dinero ahora tampoco.

En la encíclica Fratelli Tutti, que el Papa firmó en Asís hace una semana, en el párrafo en el que se refiere al mercado, usó esta expresión: “fe neoliberal”. En efecto, el neoliberalismo ha introyectado en millones de personas otro relato sin pruebas ni evidencias, sino todo lo contrario, por lo que es metabolizado más que como una ideología, como una fe.

Al analizar la gestión sanitaria del presidente de su país, la antigestión negacionista, Safatle no recurría a la figura del “contagio de rebaño” como sonaba por aquel entonces esa estrategia por cuya aplicación muy poco después el gobierno sueco pidió disculpas públicas ya que se hubieran podido salvar muchas vidas de haberse decidido restricciones tempranas. El filósofo brasileño recurría, en cambio, a una figura local, casi fundante de las grandes fortunas coronadas por apellidos ilustres en América Latina. “Sólo se justifica por un pensamiento esclavista que nunca se ha superado. Piensan como los dueños de los ingenios, que a su vez pensaban sobre sus esclavos en las plantaciones de caña de azúcar: ¿Van a morir algunos? El molino no se va a detener por eso. Por lo general, esta lógica se usaba para someter a la clase trabajadora afrodescendiente. Ahora la diferencia es que están sometiendo a esa lógica de la esclavitud a toda la población”.

Safatle señalaba puntos alienados de esa lógica: el virus es “democrático, no entiende de clases, por eso exige alienación y no le alcanza la supremacista. “Si he entendido correctamente, el sector que posee los medios de producción apoya a Bolsonaro debido al ADN esclavista que nunca abandonarán y pasa de generación en generación”.

En todos nuestros países se replica esa lógica, que recae en poblaciones emocionalmente fragilizadas por la alteración de los parámetros de normalidad. Si ha pasado de generación a generación la autopercepción de superioridad de las elites, eso sólo fue posible porque encontraron las herramientas simbólicas para hundir a las respectivas poblaciones en la autopercepción de inferioridad: violar los protocolos, presionar para acelerar las aperturas en momentos de picos de contagios, se ha convertido en un acto de “libertad”, cuando no es más que el acto reflejo de identificación con el discurso del amo.

¿Y cómo se le va a pedir al amo que pague más impuestos para contribuir con los Estados que sostienen a los sistemas sanitarios y que claro que deberían sostener económicamente a los sectores paralizados? Les han bloqueado la posibilidad de esa perspectiva, y no por arte de magia: han construido el mito de que las grandes fortunas justifican un poder que no se cuestiona, que es “legítimo”: desde esa ilegitimidad absoluta y hasta abyecta –como lo es aspirar a que se gobierne sólo en su beneficio– es que surge la reacción. 



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Trump y Pinochet, a 32 años del plebiscito chileno  | Presagios de una victoria inolvidable



¿Pueden acaso los lectores reconocer el país que estoy a punto de describir?

Un Presidente, que nunca ha ganado el voto popular, desata toda la fuerza de sus poderes ejecutivos para evitar la derrota en una elección trascendental. En mítines fervientes y fascistoides, acusa a sus contrincantes democráticos de ser marionetas al servicio de oscuros intereses extranjeros, cautivos de revolucionarios y extremistas empeñados en propagar el caos y la violencia, una amenaza para la civilización cristiana y occidental. Advierte a sus enardecidos partidarios que si no gana la contienda venidera, sus barrios se verán invadidos por hordas de pobres y sus mujeres corren peligro. Denigra a quienes protestan contra él y no hace nada para impedir que sean atacados por matones de derecha bien equipados. Hay temores de que este hombre, que se proclama el salvador de la patria, se niegue a aceptar el veredicto de las urnas, invocando su grado de Comandante en Jefe para continuar en el cargo.

¿Los Estados Unidos en 2020?

En realidad, estaba retratando una situación similar en Chile hace treinta y dos años cuando se celebraba un plebiscito para determinar si el general Augusto Pinochet, nuestro dictador desde el golpe de Estado de septiembre de 1973, permanecería en el poder o si el país iniciaría una transición a la democracia.

Es escalofriante que los intentos de Pinochet de triunfar en ese referéndum a principios de octubre de 1988 presagian la retórica incendiaria y las amenazantes medidas de Donald Trump ante la probabilidad cada vez más cierta de perder ante Joe Biden en los comicios de noviembre. Pero esa elección distante en Chile también ofrece un ejemplo alentador para los Estados Unidos de cómo la gente común y corriente puede a través de la movilización pacífica salvar a su república del autoritarismo.

En efecto, el 5 de octubre de 1988, el pueblo chileno votó abrumadoramente -como mi esposa y yo lo hicimos ese día en Santiago- para terminar con la pesadilla de Pinochet, con un contundente 56 % del electorado marcando la opción NO en la boleta electoral. Tal paliza era esencial para la estrategia de la coalición antidictatorial. No podríamos prevalecer a menos que lográsemos una victoria de tal magnitud que el general Pinochet y sus aliados no pudieran disputar el revés. Aunque el tirano, agazapado en el Palacio Presidencial, quiso declarar la ley marcial e ignorar el recuento final, se encontró aislado después de que la Fuerza Aérea, Carabineros y destacados portavoces conservadores reconocieron el éxito incontestable de la oposición.

Muchos habían predicho que tal hazaña era imposible, dado el régimen de terror del dictador y el fanatismo de sus seguidores, pero yo estaba entre aquellos que siempre creyeron que íbamos a ganar. Cuando me preguntaban cómo se lograría semejante victoria alucinante, mi respuesta era que confiaba en la dignidad y decencia del pueblo chileno, su capacidad de lucha y amor por la justicia. Profeticé que nuestro pueblo, como tantos otros que han mostrado un heroísmo empecinado en circunstancias adversas, sabría salir de las sombras.

Me encuentro lanzando hoy una profecía análoga para los Estados Unidos, país en que el resido y del que soy también ciudadano. Trump es una figura menos temible que Pinochet. Por mucho que el actual presidente estadounidense admire a hombres fuertes en el extranjero, no ha podido, pese a sus apetencias y bravuconadas, imitar esas tácticas totalitarias, es incapaz, como sí lo hizo el dictador chileno, de encarcelar y torturar a los disidentes, desaparecer y exiliar a los opositores, ni menos silenciar a los medios de comunicación. Siendo más vulnerable que Pinochet, debería ser más fácil, por lo tanto, propinarle una derrota, una vulnerabilidad que sólo hace más patente el virus que acaba de contraer. Le viene a pesar, por fin, la arrogancia con que desechó los riesgos de ese contagio.

Algunos pueden acusarme de excesivo optimismo. A pesar del daño que Trump ha hecho a su país, a pesar de su manejo criminal de la pandemia, su vandalización del medio ambiente, su guerra contra la ciencia y la convivencia, su divisiva jerga supremacista blanca, sigue siendo favorecido por el sesgo en el absurdo colegio electoral y goza de un margen considerable – y casi inverosímil -de popularidad, cercano al 44% que el general Pinochet recibió en el referéndum de 1988. Ese apoyo debería ser suficiente, si los resultados de la noche electoral llegaran a retrasarse, para que el Presidente estadounidense aprovechara la confusión para declarar una emergencia nacional, invocar la Ley Insurreccional y pedir que las entusiastas y bien armadas milicias que lo apoyan se dediquen a imponer “ley y orden”. No es inconcebible que, ante tal encrucijada, se desate una guerra civil.

Para evitar un escenario tan aterrador, la oposición no puede contentarse con sólo tres, cuatro o cinco millones de votos de ventaja. Trump debe ser golpeado de una manera irrefutable. Esa exhibición inmediata y concluyente de la voluntad popular tiene que estar respaldada por la decisión de esos incontables votantes de defender en las calles con sus cuerpos aquella victoria electoral.

Confío en el futuro. He sido testigo en los últimos años del despliegue masivo de tantos estadounidenses en favor del cambio climático y luchando por los derechos de las mujeres, los inmigrantes y la justicia racial. Eso me hace creer que, como los intrépidos patriotas de Chile que se enfrentaron a un dictador hace más de tres décadas, una mayoría categórica de los ciudadanos de los Estados Unidos mostrará al mundo que el hombre más poderoso de la tierra será doblegado por la voz más poderosa de un pueblo pacífico y movilizado.

* Ariel Dorfman es el autor de “La Muerte y la Doncella”. Sus últimos libros son la novela Allegro y el ensayo Chile: Juventud Rebelde.



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¿La monarquía de Cristina?



A veces lo miro a Carlos Pagni. Es igual a todos los demás que hacen “periodismo de guerra”. Pero es más pulcro. Semeja un señor educado que analiza con elegancia y precisión el escenario político de este complicado país. Diría que es el Mariano Grondona de estos tiempos. No cita tanto a los griegos, pero siempre tiene a mano una referencia histórica o alguna frase de algún ilustre pensador para reforzar lo que dice y pasmar a sus seguidores. En verdad, dice lo mismo que todos.

Lo último que inventó es algo a lo que dio el título de “La monarquía de Cristina”. Prolijamente dijo que Cristina maneja el Senado. Que ahí es la dueña de las voluntades y obra a capricho. Tendría, así, el poder legislativo. En el ejecutivo está Alberto Fernández, pero para esta gente el cauteloso Alberto F. está manipulado por completo por Cristina K. Quien, de este modo, posee también el poder ejecutivo. Ella manda, Alberto le hace caso. Tenemos ya el poder legislativo y el ejecutivo. Falta el judicial. Sobre el que Cristina se arroja con su ambición incontenible a través de la reforma de la justicia y la remoción de jueces que la incomodan. Queda así establecida la monarquía de Cristina. Ella domina el país. Lo cual es altamente peligroso. Pues ya se sabe que es una irredenta populista, que quiere aniquilar a los grandes medios de comunicación (que son los dueños de ese mercado oligopólico) y busca democratizar ese mercado a través de un odioso intervencionismo de Estado que, se sabe, atenta contra las libres leyes de la economía. También busca “expropiar” (palabra de demoníacos efluvios comunistas) a las grandes empresas de capital privado. Buscar la impunidad jurídica para ella y su tropa de “corruptos”. Agredir al campo y a las grandes fortunas. También (según la doctora Carrió) está preparando saqueos de masas y hacerle un golpe a Alberto F. Porque quiere estar ella en la presidencia. “Porque”, explicó la citada doctora, “no puede parar”. Algunas de estas cosas no llegó a decirlas Pagni. Pero con afirmar que vivimos bajo la monarquía de Cristina las está diciendo.

Esto horada la subjetividad de los receptores que terminan por creerse todo. En gran medida porque quieren creer eso. Y agradecen que les fundamenten los motivos de su odio. El receptor antiperonista no es una marioneta manipulable (eso es Alberto F. para el “periodismo de guerra”), pero es un sujeto que está largamente convencido de lo que escucha por los medios. Sobre todo en las grandes ciudades. La bella y parisina Buenos Aires y la docta Córdoba. Aquí abundan los odiadores de Cristina F. y Alberto F.

El devenido Sebreli (una voz tardía y algo patética en el coro de los destituyentes) llegó a decir “La democracia está en peligro”. Alguien (un poco más cuerdo o lúcido) le preguntó por qué y el Juanjo Sebreli (por toda prueba) exclamó: “¡Si gobierna Cristina Kirchner!” No es así. Cuesta entender cómo puede decirse eso de un político como Alberto F. Parece cualquier cosa antes que una marioneta. Es seguro, piensa bien, tiene un logos sereno y preciso. Además, cuando se enoja, se enoja. Sin duda Cristina debe tener mucha gravitación en este gobierno, pero el presidente es Alberto.

Sucede que decir “gobierna Cristina” o “esta es la monarquía de Cristina” fortalece los elementos que se amontonan para destituir al gobierno. Algo que –no lo dudo- se está preparando. Los empresarios salen a decir que el impuesto a los nueve mil y pico de ultramillonarios espantará a los inversionistas externos. Larreta que desliza o abiertamente dice que han iniciado con Buenos Aires pero seguirán con otras provincias porque quieren destruir al federalismo. El campo que se aferra a la palabra “expropiación” para afirmar que empiezan con Vicentín y van a seguir con un ataque total a la propiedad privada. Que agregan que las retenciones son también expropiadoras y tienen listos sus tractores y sus 4×4 para salir a las rutas. Los periodistas que, con entusiasmo y hasta con fervor, enumeran las propiedades de Lázaro Báez “ese socio de los Kirchner” para insistir con la “corrupción K”. Los economistas que detallan los porcentajes de la pobreza, el hambre y la desocupación y vaticinan que todo se va al demonio. Los anticuarentena. Los runners. Y todos esos belicosos personajes que se dan cita en el Obelisco. Que son capaces de decir: “La próxima va a ser con sangre”. O peor: “Vas a volver a tener miedo”. ¿Qué otra cosa sino una amenaza procesista es eso? ¿Miedo? ¿Por qué? ¿Piensan empezar a matar gente? ¿Quieren llevar a cabo la terrible ametralladora que puso el diputado Fernando Iglesias en un tweet? (Proponía dejar der lado las cacerolas y tomar las armas.) ¿Quieren que la policía no sólo rodee la Quinta de Olivos, sino que entre a matar al presidente y su gabinete?

Recordemos que la estrafalaria Carrió dijo “De Olivos nos sacan muertos” ¿Así lo quieren sacar a Alberto Fernández? Entre tanto, la militancia peronista está guardada. Regala la calle a los que buscan enfermarse o morir por el Covid-19 antes que dejar de armar batifondos destituyentes. Es el momento en que el gobierno tiene que ejercer su autoridad. Dejar de temer a las reacciones altisonantes de la derecha de los macristas y los libertarios o los neonazis del Obelisco y gobernar con áspera convicción. Que así sea o –según suele decirse- se pudre todo. 



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