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Ser maestro o no ser | Retrato de Agustín Alezzo



Hay palabras que de tanto usarlas ya no tienen pulso ni semblante. Pasa con la palabra “maestro”, su carga adjetiva se banalizó, le decimos maestro a cualquier monicaco con varios almanaques de edad.

Estamos con Agustín Alezzo, un “maestro” genuino que nos siembra sin confundir ruido con sonido. Agustín hace unos días partió, coronavirus mediante. Partió, qué eufemismo resignado. Parten los que estaban muertos en vida. No es su caso. Lo conocí como espectador, reporteándolo y asistiendo a un curso que dio en el espeluznante invierno de1976.

Escucho ahora una grabación del año 1997, me recibe en su casa. Luego de Master Class, Alezzo, a modo de terapia regenerativa, está armando un enorme rompecabezas. Cuando concluya, retornará al mundo. Con hebras de sus palabras entretejo un retrato.

–Mi madre fue gran espectadora de teatro. Me llevaba con ella a los tres años. Vive acá conmigo, ahora está acostada. Se llama Santa Teresa, como una de sus abuelas. Mujer de campo, pampeana, con familia de cierta fortuna que después se vino a menos… Mi papá, ferroviario, bandoneonista, murió de un cáncer antes de que yo naciera. Tenía 24 años. Para pagar médicos, entierro y demás se vendió todo. Mi madre, 23 años, yo menos de tres meses. Conmigo en brazos y una valija. Pero nos llevó a su casa mi padrino, un hombre extraordinario. Mi vida ha sido toda así: grandes pérdidas y grandes ganancias. No tuve un padre pero tuve tres madres: mi madre, mi madrina y una señora que trabajaba en casa. Mi vieja para darme penitencias me decía: “Ahora me vas a leer este libro”. A escondidas, yo a los 14 años leí El amante de Lady Chaterlay. Iba a un colegio de sacerdotes, pero me hice amigo de un muchacho de familia socialista, y esto compensó el hecho de que mi padrino fuera franquista. A mi padrino un día le dije: “Quiero ser actor”. Escucho voz: “Agustín, ¿estamos hablando de una carrera?”. Empecé abogacía. Entro a Nuevo Teatro, conozco a Augusto Fernández y Carlos Gandolfo, me deslumbro con Hedy Crilla, una maestra infinita. A los 19 años muere mi padrino. Un hermano suyo me birla la herencia. Quedamos en la calle con mi madre, otra vez.

La vida continúa para Agustín: dos empleos simultáneos, el teatro La Máscara, persecución ideológica, caída de Frondizi, Onganía, zozobra, una invitación a Perú, inesperado éxito como actor, regreso con tuberculosis. Hedy Crilla machaca: “Agustín, tienes que dirigir.” Dirige Romance de lobos, con Alfredo Alcón y 53 actores más.

Otra vez viento en popa, década del 70, suceso televisivo, asoma la Triple A, dictadura militar, espanto. Alezzo recuerda: “Mi balcón daba a otro de un edificio contiguo. Un día fui, toqué el timbre y dije: ‘Me llamo Agustín Alezzo. Si pasara algo alguna noche de estas, ¿podría pasarme a su balcón y salir por su departamento?’ ‘Está bien’, me dijo mi vecino, psicoanalista.

Alezzo se recluye en la docencia. Los más grandes actores pasan por su taller. “Volví a tener todo y a perder todo… Imaginé vivir en un espacio abierto, solo, con muchos perros, modestamente, haciéndome la comida, fumando hasta morir, nada de estrenos, sin críticos. Sin críticos.

–¿Negás a los críticos?

–No. Hay algunos. Pero son tan pocos…

–Con un revolver en la cabeza, si te piden que elijas a un actor en el mundo, ¿a quién nombrás?

–Brando. Lo digo también sin el revolver.

–Marilyn Monroe, más allá de su espléndido organismo, ¿era actriz?

–Marilyn demostró ser actriz en El príncipe y la corista. No necesitaba ser actriz, pero lo era.

–¿Cómo es tu relación con Dios?

–Buena. No me ocupo de él y creo que él tampoco de mí. Si no nos encontramos, bue, no habremos perdido el tiempo el uno con el otro.

–Este mundo, ¿hacia dónde va?

–Estamos en una decadencia manejada por pequeños grupos económicos. ¿Hasta cuándo? No lo sé. Pero esto va explotar como si fuera una bomba.

–Agustín, ¿y después?

–Ahora viene la parte optimista. Después vendrá otra cosa. Creo que eso se verá en próximas vidas. En la Argentina tendremos que esperar muchas más vidas para ver lo nuevo que vendrá.

–¿Te da miedo lo que viene?

Acepto la metáfora del río que fluye… Lo más interesante de la vida es que uno no sabe qué va a venir después. Pero siempre me acompaña la voz de mi padrino. Cuando llegaba a casa, decía: “Mi niño, ¿dónde está mi niño?”

–“Alezzo, el maestro”, ¿cómo te suena?

–Me viene grande. Yo sí que tuve una gran maestra, Hedy Crilla. Y hasta la dirigí. Eramos profundos amigos.

Invierno del 76

Desemboco en dos pautas de la maestría de Alezzo. Las viví. En el invierno del ‘76, año de alevosa desolación, Agustín dictó un curso de dirección de actores para cineastas que soñaban serlo; éramos una decena, cada uno preparaba una escena de El graduado y después se debatía entre todos. Uno de los participantes, al que yo conocía por proximidad barrial, en los cuatro meses no participó nunca. Padecía de una timidez paralizante. Se sentaba en un rincón, jamás hablaba. Su mudez perturbaba. Un día le escribió una carta a Alezzo, disculpándose, diciéndole que no iba a venir más. Alezzo leyó la carta y no hizo el menor comentario. Finalizada la jornada, bajando por la larga escalera de la salita, Alezzo le habló al mudo. Tras eso le pregunté qué le había dicho, y me comentó: “Agustín me dijo que no me hiciera problemas, que mi timidez podía ser una ventaja para mí, que aprovechara para ver más con mis ojos y para mirar con mis orejas…”.

Otro caso. Sabido es que los actores y actrices antes de los estrenos padecen insomnios, desprolijidades intestinales, etc. Norma Aleandro, devota de Alezzo, me dijo hace años: “Si un director no entiende que un actor antes del estreno no tiene más de cinco años, no entendió qué es un actor”.

Agustín entendía eso como pocos. Y lo aplicó nada menos que con Alfredo Alcón. Este tenía su clave para vadear el insoportable pánico del estreno. Alezzo me la reveló: “Alfredo en esos trances evocaba un cierto momento de su niñez y eso le devolvía el alma al cuerpo”.

–Agustín, ¿podés compartir ese momento de Alcón?

–Lo sé de memoria. Cada estreno Alcón me contaba algo de su papá. Yo tendría –decía Alfredo– unos cinco años. Era una noche cálida, la luna estaba ahí y sentí que podía tocarla, entonces le pedí: ‘Bajame la luna’. Mi papá no se amilanó: trajo una escalera, se subió, y una vez en el último escalón extendió sus manos tratando de alcanzarla y después bajó, pero sin la luna. Sentí una gran frustración… Nada peor me podía pasar en la vida…”.

Ese “nada peor me podía pasar en la vida” relativizaba los peligros del estreno. Dar con esa clave es algo que sólo se puede descubrir siendo un maestro. Agustín lo es. Porque los maestros no “partieron”, andan por ahí, respirando de otra manera. Continúan semillando.



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La mujer quemada



El jueves 9 de julio la Universidad de Avellaneda, bajo la inspiración del muy activo Rodolfo Hamawi, organizó un coloquio digital con cuatro representantes del campo popular, por decirlo así. Fueron Hernán Brienza, Horacio González, Alicia Castro y el autor de estas líneas. Cuando habló Alicia expresó su pena, su dolor por dos cosas: la foto del Presidente rodeado de empresarios y sólo de empresarios para honrar el 9 de julio y la macabra noticia de una mujer quemada viva en el barrio de Constitución.

Sobre la foto de Alberto F. ya se habló bastante. Se sabe que el Presidente tendrá una difícil situación económica en la pospandemia. Se sabe que va a necesitar un verdadero apoyo empresarial en tan áspera circunstancia. Se ve que lo está buscando. Si lo conseguirá o no es otra cuestión. El empresariado no le ha respondido aceptablemente hasta ahora. Respondió en tanto empresariado. La burguesía de este país no es muy adicta a los llamados de “unidad nacional”. Colaboró en el bloque histórico del primer peronismo, que prácticamente le dio vida, partida de nacimiento. Y después giró hacia donde más le gusta girar, hacia la derecha, hacia el lado del poder más concentrado. De la Sociedad Rural (estaba en la foto el presidente de esa organización político-empresarial) ya se sabe qué se puede esperar. Festejaron todos los golpes de Argentina. El dictador general Juan Carlos Onganía entró al predio… en carroza, a lo Luis XIV. Lo recibieron entre aplausos y vítores entusiastas. Lo había echado al “lento” de Illia, que no frenaría al peronismo y hasta era capaz de legalizarlo. Después, también aclamado, el matarife Videla se exhibió ahí. Y cuando fue Raúl Alfonsín lo llenaron de insultos. En un gran gesto, Alfonsín agarró un micrófono y dijo: “No creo que sean productores agrarios esos que gritan. Y que antes aclamaron a los representantes de la dictadura que vinieron aquí muy tranquilamente”. Pero sí, don Raúl: eran productores rurales. Dele usted unas cuantas hectáreas a cualquier ciudadano y el tipo ya pensará como un gran latifundista. Porque eso quiere ser. No siempre, pero casi.

Ahora salen en la foto de la fecha patria con Alberto. Pero que no les pongan retenciones. Que no les pongan un impuesto a las grandes fortunas. Que no les toquen a la delincuencial Vicentin. Hasta todavía lo tienen a Macri para defenderlos de semejantes ataques a la propiedad privada. Tenía motivos Alicia Castro para entristecerse. Pero más la entristecía la hoguera en que sacrificaron a la persona que dormía bajo el puente en Constitución. No es la primera vez que esto sucede. Pasa aquí y en el resto del mundo. Pero lo de esta mujer es ahora. En medio de la pandemia que nos iba a volver más solidarios con el otro. Hay, sin duda, seres generosos. Pero cada vez el mal se adueña más hondamente de la condición humana. La jueza que interviene en “el caso” ya determinó que se trata de una mujer. Podríamos estar en presencia de un femicidio. Se sabe que aumentaron durante la pandemia. El motivo es, sobre todo, uno: hay parejas que, por la cuarentena, se ven forzadas a convivir diariamente y durante todo el día. Nunca lo habían hecho. Ahora descubren que se aguantaban porque se veían a la mañana y a la noche. Ahora, también, descubren que se repugnan, no se toleran. El “te mataría” se vuelve real. Hay una obra de Sergio De Cecco y Armando Chulak de la que guardo un buen recuerdo. La vi por Federico Luppi y Haydée Padilla en los setenta. Después se hizo varias veces. Por ejemplo: por Soledad Silveyra y Juan Leyrado. La cosa era simple y trágica: a una pareja se le descomponía el televisor. En tanto viene el técnico (que demora hasta el final de la obra) se encuentran por primera vez solos, cara a cara sin mediaciones. Y ahí empieza “el gran deschave”. Se dicen de todo y se lo dicen todo. El derrumbe es total. Podían convivir al costo de no conocerse. El sincericidio los mata. Viene el técnico, arregla la tele y la pareja se queda silenciosa –devastada, agotada- mirando algún programa, una telenovela, Mirtha Legrand, cualquier cosa. Lo mismo pasa con la maldita pandemia. De aquí que aumenten los femicidios. Porque la víctima extrema siempre es la mujer. Sobre todo la mujer. Ya se sabe.

Pero el ser humano femenino que vivía bajo el puente no estaba en pareja y no tenía televisor. La mató un odiador serial y la mató por eso: porque era pobre, vivía en la calle y afeaba el paisaje urbano. La pandemia no le hizo nacer ni una brizna de solidaridad al asesino incendiario. Estaba tramado por el odio racial y de clase. El mismo que se fomenta abiertamente desde programas televisivos con rating. Esperemos que ese gobernador lleno de “buenas intenciones” y de apoyos democráticos que es Larreta aumente la presencia policial en Constitución. Esperemos que la policía no queme a nadie. En EEUU ya Trump manda parapoliciales (sin identificación y en coches sin chapa) para apalear y secuestrar a los que (él y los suyos) llaman “anarquistas violentos”. Entre tanto, muchos hombres y mujeres de ciencia buscan una vacuna que libre a este mundo de la covid-19. Al menos eso.



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Anticuarentenas y liderazgos



Vemos las caras de los anticuarentena, pero no las de los muertos. Vemos los ojos desorbitados, los ojos con derrames de ira, pero no vemos los ojos que ya están cerrados. Escuchamos las voces de los negacionistas, pero las de los infectólogos suenan “molestas” a los que insisten en que todo es un “invento”. Esto faltaba en las distopías conocidas: que los médicos fueran el objeto de odio de los que quizá mañana mismo los necesiten.

El virus no es uno solo. “Viralizar” era hasta hace pocos meses una expresión de redes: se viralizan noticias, verdaderas y falsas, pero a lo que asistimos mudos es a la viralización de un tipo de desvío mental y emocional que hace que el odio se manifieste en argumentos inconexos que mezclan a Venezuela con Valenzuela, a Bill Gates con “fetos abortados”, a eventuales vacunas con “chips de control”. Esos argumentos los esgrimen personas que precisamente están bajo el control de la fandemia, que imaginan conspiraciones casi galácticas cuando la conspiración evidente es la de la ultraderecha del mundo contra cualquier solución que no sea volver a poner todo en marcha de nuevo, como antes, como si “antes” existiera. Y no se desconoce la desesperación legítima de tantos que no pueden retomar sus trabajos, pero el control les hace inimaginable un auxilio derivado de impuestos nuevos a la punta de la pirámide. Es difícil pilotearse a uno mismo cuando se choca de frente contra el desequilibrio horneado en usinas que buscan que explote todo para recuperar las riendas de un orden extinguido.

Suelo mirar una página italiana que descubrí hace un tiempo y que por la que creí que estaba de paso. No pasé. Volví. Muchas veces. NoiDenunceremo tiene base en Lombardía, y recién ahora, pasados un par de meses del colapso, sirve para que las familias que sufrieron pérdidas de abuelos o de padres o madres o hijos rindan su homenaje, describan al que no está y suban sus fotos en cumpleaños, en casamientos, en plazas, riendo. Los recuerdan riendo. Sus familias lloran todavía la soledad de dos puntas a las que las sometió la mala gestión política de la pandemia. En un extremo, los contagiados que entraron a algún centro de salud y ya no volvieron a salir, y en la otra, los que los amaban y sólo en algunos casos pudieron mandarles mensajes de despedida vía whatsapp cuando los médicos les avisaban que se acercaba en final.

No les vemos las caras a los muertos porque es una manera de proteger una intimidad que no pudo ser tal por las características de esta enfermedad. Pero entonces se convierten en números, en listas, en estadísticas, en pantallazos de “alertas” que nos llaman desde el televisor cuando estamos en el baño o la cocina y están por anunciar a los caídos del día. Por eso, creo, vuelvo a NoiDenunceremo. Porque por un lado se me hizo necesario, extrañamente, ver con mis propios ojos los ojos llenos de vida de esos miles de italianos del norte que no recibieron la asistencia adecuada pese a que en marzo ya se sabía que lo único seguro era el distanciamiento social y así y todo, el polo industrial nunca cerró, y así y todo los barbijos no eran obligatorios ni Bérgamo era zona roja.

No soy la única que busca en esa página historias reales de personas reales. Veo un comentario que llega desde Estados Unidos: “Aquí nadie habla de los muertos. No sabemos quiénes son ni qué ha pasado con ellos. Por eso leo las historias de ustedes”, dice.

El virus de la fandemia coloca a millones de personas en un estado infantil de “no soportar más” el encierro. Como si alguien que debe ser operado “no soportara más” el hospital y se diera a la fuga. Como si otro “no soportara más” no meter el dedo en el enchufe. Esa intolerancia a algo desagradable, perdidoso y lleno de angustia, como es la cuarentena, esa imposibilidad de frustración, toma naturalmente algo de la realidad: la ansiedad y la hipocondría acechan, los seres queridos se extrañan, el cuerpo inmóvil duele, la mente atiborrada de imágenes y de datos contradictorios se nubla. Pero a la verdad le suman la mentira para puerilizar a los que les creen: millones de personas que por ejemplo, en Miami, “no soportan más” no ir a la playa, o por ejemplo en Niza o acá nomás, “no soportan más” no bailar en fiestas electrónicas o no jugar al póker.

La discordia no es con gente racional con la que se pueden discutir estrategias, diagnósticos o información, sino con personas que odian que les pongan un límite, aunque tenga que ver con su propia supervivencia. Todas esas personas han bajado de la nave del odio, que no se detendrá aunque se abra la economía. La nave ya existía y subía a bordo a los bien predispuestos a no creer en un médico pero sí a creer en políticos que odian la política y que les han mentido descaradamente para llevarlos en la nave. Tomará nuevas formas. Seguirán instalados en ese lugar impreciso que también a ellos los incomoda, y esa incomodidad los violenta.

Los grandes movimientos simultáneos a la pandemia, como la rebelión negra en EE.UU, o los choques sociales en Chile, o en Francia, no tienen liderazgos. Los negros que decapitan estatuas de esclavistas en EE.UU, se llaman a sí mismos woke (despiertos), como en Chile, poco antes de esta pesadilla, se gritaba que el pueblo “ya despertó”. Un libro, White Fragility, que hace dos años no causó revuelo, trepa al puesto número uno dela lista del NYT. El libro explica la sucesión de mecanismos defensivos que se ponen en marcha cuando un blanco es acusado de racista: el resultado siempre es un refuerzo del racismo, nunca una merma de su intensidad. Eso explica en parte por qué han decapitado la estatua de esclavistas de la Guerra de Secesión, pero también la de Lincoln, que abolió la esclavitud. Sí, se abolió. Pero el sistema racista es tan perfecto que no ha dejado de cegar vidas negras nunca, ni por un momento, gobernaran republicanos o demócratas. Otra vez el paralelo con Chile, aunque se podría trazar con cualquier otro país latinoamericano: el poder nunca cambió ni el color de la piel ni la clase social. Esa estalactita histórica es la que se quiebra, y no se quiere quebrar, cueste lo que cueste.

Es cierto, como aseguran muchos interpretadores de época, que el capitalismo es un hueso duro de roer. Pero éste ni siquiera es el capitalismo contra el que se sabía cómo luchar: las protestas de médicos residentes a los que Madrid no les paga, los expone. Hay más probabilidades de que se enfermen que de que consigan imponer sus reclamos.

El capitalismo no es un sistema rígido: el que nos confunde ahora es otro, de tinte ferozmente autoritario, que no es el del dueño de la fábrica ni de la empresa. La corporación es anónima y no necesita ni mano de obra ni clientes: necesita que el dinero se multiplique. Frente a esta malformación política y mental de los negacionistas, en algunos países como el nuestro, quedan los liderazgos. En muchos lugares se rechazan los liderazgos “porque vienen a hacer política con nuestro dolor”. Sí. Se trata de hacer política, no usufructuando el dolor sino poniéndole límite a la extracción vampira de vida. Sí. Eso se llama política. Y funciona con liderazgos que asuman la responsabilidad feroz de tomar decisiones.

Que quienes se rebelan contra el statu quo se nieguen a dejar germinar los liderazgos, es también parte del engaño, un subproducto de la nave del odio. Si se conserva un poco de cordura, se entenderá fácilmente que sólo aquellos colectivos que se organicen bajo liderazgos claros tendrán alguna chance. Nos lo dice la historia. No rifemos, por embotamiento, confusión o ansiedad, ni un milímetro de esa oportunidad, porque si algo tenemos son liderazgos, disímiles, matizados, a veces contradictorios: pero con un mismo propósito. La comunidad organizada es la única que con suerte podrá encontrar un rumbo en esta oscuridad.



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Opiniones contingentes



Me gusta el deporte. Individual, de pares, en grupos. Competencia, a veces arte. También me resisto un poco. Se trata de ganar, de ganarle a otro, y en una competencia el segundo no existe. Disputa. Victoria y derrota. Claro que hay ciertas reglas, con lo cual el origen salvaje y violento, de supervivencia, se alivianó, sublimación mediante, de lo instintivo y brutal. Y la guerra permanente con los vecinos se convirtió en deporte. Pero aunque cada vez hay más deporte, la humanidad no deja de prepararse para peores guerras. De dominio o de rapiña. Hay relatores y comentaristas deportivos, fútbol, tenis, box (¿es deporte?), automovilismo, que se exasperan y expresan sus sentimientos y deseos, pidiendo que no se cumplan las reglas que no les gustan, que se permita el “libre juego” porque es lo que “la gente espera”. Y se festejan los rompimientos de los códigos. Goles con la mano, destrozo de raquetas, agresiones verbales y gestuales, pisotones, patadas, piñas, maniobras agresivas con potencialidad mortal en los autos. ¿No huele a las experiencias económicas que nos hicieron vivir, justificándolas sobre la libertad, la eficiencia y que son lo que la gente quiere? Combate, enfrentamiento, para ganar. Para ganar más. Ganarle al otro, a los otros.

Hace muchos años hubo un programa televisivo de bastante éxito, Polémica en el fútbol, creado por gente interesante, y conducido por periodistas, algunos muy buenos, que inclusive fueron “progresistas”, no los podríamos definir como trogloditas ideológicos. En el programa también había periodistas que eran panelistas, opinadores. Polémica tenía el interés de las opiniones en caliente del público y de los periodistas. Todo se discutía, con ardor, pasión y cierto nivel de exceso agresivo. Pero era claro que se trataba de opiniones. Opinión. Ni verdad ni certeza ni objetividad ni análisis “pausado”.

Pasó el tiempo. El marketing que se ideó para vender más, y ganarle a los competidores, fue apropiado por una parte del espectro político, aquel que lo puede usar por los costos. Copiando el modelo de nuestra padre-matria. Todo se vende. Una apariencia de idea, un prejuicio, un candidato. El argumento es cuestión de creatividad, sin importar nada más. Acorde con los tiempos, la verdad, o la realidad, o cierta ilusión de entendimiento, quedó sepultada entre opiniones, deslizamientos semánticos, negaciones de lo evidente, y apelaciones al sentido común, que es lo que crean justamente los que nos quieren convencer de que lo que vemos y sentimos no es así. Y que frente a la angustia del hambre, o la ignorancia, no responden con alimentos ni con educación sino con una apelación a la necesidad de constituirnos en personas capaces de vivir en la incertidumbre y disfrutarla.

Los programas de televisión, también las radios, y muchos artículos periodísticos, migraron sus criterios para parecerse a los deportivos. Polémica agresiva, a los gritos y ninguneando al otro en la política, la salud, la educación, el entretenimiento. Todo tiene igual formato. No casualmente buena parte de los conductores y panelistas provienen del relato deportivo. Alguien tiene que ganar y todos los demás perder, y negándolo, son opinadores de temas que los incluyen, o sea en los que tienen intereses. Además de opinar, juegan el partido. Casi todos desde el mismo lado, que es el que fijan los dueños del medio (que se juegan para el lado político que más rédito le va a dar), la empresa productora o el conductor estrella que decide si cada quien es apropiado para seguir contratado.

Entonces, desde Parménides y Heráclito hasta Bourdieu, desapareció todo. Las cosas pueden ser ahora y dejar de serlo ya. Y el río que no es el mismo en el que nos bañamos ayer puede no haber existido. Y la vieja doña Rosa ya no es garantía. Porque a veces el sentido común ramplón no alcanza para justificar lo que no se puede, y entonces se recurre a la mentira repetida a lo Göbbels, sin siquiera recordarla cinco minutos después. Las cosas son así. Nos acostumbraron a las opiniones, o a las mentiras, contingentes. Por costumbre, displicencia, o mala fe, tratan de manipularnos. Parodiando a Groucho, si no le gusta esta idea tengo otras. Da igual. Se trata de ganar. De ganar más, y de ganarle a los otros, sin importar las consecuencias.

Si no podemos otra cosa, al menos digámoslo. Fuerte.

Jorge L. Seghezzo es miembro del Comité Asesor del Programa Raíces del MINCyT. Exvicepresidente del INTI.



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Los ataques a los pañuelos de las Madres y a la placa de Osvaldo Bayer   | Vandalismo o desmonumentar



“Los pañuelos no se rinden“, dijeron las Madres, que jamás se rindieron. Osvaldo tampoco se rinde.

A las Madres las acaban de insultar, una vez más, cuando embadurnaron de pintura su emblema más justo, el más solidario, el símbolo de la lucha por la Justicia y la Memoria, sus pañuelos. Esos pañuelos que representan la lucha por la dignidad de una sociedad entera, esos que son la bandera identificatoria de los que se comprometieron en la lucha contra el olvido, la impunidad, la injusticia, la tergiversación de la historia, el silencio, y por la verdad, el castigo, la justicia social, la solidaridad.

Las acaban de amenazar queriendo tachar los pañuelos, que es como decirles, las vamos a borrar de la historia.

 

 

A Osvaldo lo acaban de insultar. En otro acto de vandalismo de aquellos anónimos que no jamás la cara, arrancaron de cuajo una placa colocada bajo su busto, en el monumento con el que los vecinos de Concepción del Uruguay decidieron rendirle homenaje a su trayectoria ética en búsqueda de la verdad en nuestra historia, tantas veces ocultada por aquellos que saben por qué la quisieron ocultar.

Hicieron añicos la placa que llevaba una cita de Osvaldo: “Trabajar el sueño fundamental: un mundo con abejas y pan, sin hambre y sin balas”. Una sueño, una utopía, un presagio que parece ser insoportable para aquellos que prefieren el odio, la violencia, la injusticia, la desigualdad, el poder individual antes que la fuerza solidaria.

Como pacifista a ultranza, socialista libertario que jamás se cansó de buscar la verdad, un inclaudicable defensor del poder de la palabra y la ética política, a Osvaldo era lo único que le faltaba: lo encarcelaron, lo amenazaron las tres AAA, lo censuraron, le quemaron los libros y prohibieron sus películas, lo echaron del país, lo exiliaron. Y ahora, año y medio después de su muerte, quieren hacer callar y romper los homenajes que le hace el pueblo.

¿Será acaso una reaccción a que en las últimas semanas se retomó la idea fundamental de su campaña para desmonumentar al general Roca? ¿A que nuestra sociedad se replanteara la necesidad de mantener los monumentos de héroe a quien fue el responsable del genocidio a los pueblos originarios en la llamada Campaña al Desierto? Aquel que al final la invasión y destrucción sentenció: “la ola de bárbaros que ha inundado por espacio de siglos las fértiles llanuras ha sido por fin destruida. (…) dejando así libres para siempre del dominio del indio esos vastísimos territorios que se presentan ahora llenos de deslumbradoras promesas al inmigrante y al capital extranjero”.

El impulsaba “una propuesta de profundo sentido ético, terminar con el endiosamiento del genocidio y proponer a que se quiten los monumentos a la persona de Roca, se reemplace su nombrea todas las calles que lo ostentan en nuestras ciudades”.

En pocos años, más de una veintena de calles, plazas y escuelas erradicaron el nombre del general matador de indios. El no proponía destrozar el monumento que está emplazado a pocos metros de la Casa Rosada, sino que se lo llevaran, como símbolo y advertencia, a la estancia La Larga, en la pampa bonarense, propiedad de los descendientes de Roca.

En la inauguración del busto a Osvaldo en la Plazoleta de los Derechos Humanos de Concepción del Uruguay dijimos: “Osvaldo está acá, en esta plaza, pero no se va a quedar quieto. Se bajará del monumento, saldrá a curiosear, va a querer ver, hablar con los vecinos, preguntar y escuchar, agarrará su maleta llena de libros y empezará a recorrer las calles y los arrios, va a dar clases de Historia y de Etica, va a organizar debates, alertará a los que luchan, y será muy incómdo a los poderosos”. Parece que es cierto.



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Cierto feminismo express



“No se vistan que no van”: habría que advertir con esta pícara frase popular a cierto feminismo express que surge como defensa extorsiva ante cualquier conflicto protagonizado por una mujer cuando, si se la escucha bien y se le responde, la cuestión de género se vuelve irrelevante. Cuando Alberto Fernández le respondió a la periodista Silvia Mercado, lo hizo con la firmeza necesaria ya que la pregunta por la angustia no venía del psicoanálisis sino como packaging opositor de la autoayuda que convierte la angustia en algo a liquidar, a saltearse, en un no querer saber en aras de un imperativo de felicidad llena de objetos sustituibles unos por los otros y un chaleco químico de neurociencia capaz de convertir la vida en una falsa completud, un estado meseta como el bip bip bip en el monitor de quien acaba de morir de una muerte de todo ideal emancipatorio. Modo neo-lib. En realidad era una pregunta retórica que escondía la demanda por un fin pret a porter de la cuarentena. Como si propusiera eliminar la angustia ejerciendo la libertad de salir de la cuarentena pero corriendo el riesgo de perder la vida misma del cuerpo angustiado, vida con la que se irían también junto con la angustia, la alegría, el amor, el sexo, ¡lo que se dice arrojar de la bañera el agua con el niño!

Días después la periodista Cristina Pérez le preguntaba por la decisión, adelantada como polémica y cuestionable, de expropiar Vicentin .

Un cuento de Courteline hacía llorar de risa a Victoria Ocampo y a su amante Julián Martínez. Empezaba así: “Ce fut vers la fin de Mars, que J`insultai Henriette” . Se llamaba Henriette a eté insultée y, con esa facilidad que da la pandemia para hallar asociaciones regocijantes como módico impáss de alivio, me acordé de cuando Cristina Pérez dijo haberse sentido chuzeada y humillada por Alberto y tocó de oído una supuesta defensa feminista:  “¿Tenía necesidad de buscar humillarme al aire siendo Presidente y con la diferencia de poder entre él y yo?” Sus colegas Carolina Losada y Ángela Lerena, y la politóloga María Florencia Freijo, hablaron de “asimetría de poder”, “maltrato”, violencia” y ”ataque”, términos que sumados pueden llegar a coincidir con la definición de femicidio.

Quien recuerda la escena convendrá en el tono paciente de Alberto Fernández, quien empezó por señalarle como si la tuviera de alumna en pre escolar de TEA, la escuela de periodismo, que el oficio no se trata de lo que uno cree sino que debe demostrarlo. Y la respuesta de Cristina Pérez fue algo así como “no lo digo yo sino que lo dicen los constitucionalistas” . O sea su argumento se basaba en el que dirán mientras no desarrollara un argumento detallado de su posición, citando fuentes y documentos, cosa que no hizo.

¿Cómo era eso de la pirámide invertida y coso? Viniendo al caso, el escritor Marcos Mayer posteó en Facebook “En una época (ustedes no se acuerdan porque eran chicos) las reglas del periodismo eran responder las seis preguntas y lo de la pirámide invertida. Ahora es opinar respuestas y ponerse en la punta de la pirámide”. Las preguntas son más fáciles de recordar en gringo porque empiezan con la misma letra, W ( 1- What?, ¿Qué?, 2- Who?, ¿Quién?, 3- Where? ¿Dónde?, 4- How?¿Cómo? , 5- When?¿Cuando? y 6- Why? ¿Por qué?

Cristina Pérez usufructuó de un feminismo express de corte denuncista y, a pesar de haber cacareado ”porque yo no me dejo pisar por nadie, porque me enseñaron que yo no soy ni más ni menos que nadie”, usó estereotipos adjudicados a las mujeres oprimidas como el hablar por detrás y más tarde. Mientras, en el resto del programa, se mostró serena y hasta llegó a chichonear a Alberto recordándole que habían sido ella y su compañero Barili, quienes lo había entrevistado luego de que fuera nombrado jefe de gabinete de Néstor Kirchner. Se me escapa un momento de jarana interna donde se pretende que con Sietecase se entrevistó antes, total que Alberto sacó sonrisa amabilísima, haciendo el chiste de que ellos ya eran sus clientes, sin que nadie pareciera recordar el momento anterior ni adelantara los posteriores en que Cristina Pérez se dedicó a pesar de eso de “yo no me dejo pisar por nadie” a manifestar su malestar y recoger apoyos, ya fuera de la presencia de Alberto Fernández, habiendo tenido la oportunidad de continuar el debate y cuestionar los mismos términos de éste. Claro que quien tendría que haberse ofendido fue Alberto Fernández, cuando Cristina Pérez le preguntó quién era el autor del proyecto de expropiación, si él o Cristina Kirchner, pregunta machista que pone en escena el fantasma gorila del varón domado y la mujer del látigo o como la misma Cristina Pérez expresó más tarde “si esta es su presidencia o si es el delegado de Cristina Kirchner y su radicalización”, confundiendo una alianza política, hecha de debates y consensos, de estrategias compartidas y diferencias a negociar con el objetivo del bien común, con los avatares de poder en una sociedad conyugal o como si se tratara de una cuestión de bolas (sobre Perón y Evita corrían mitos parecidos). Y Alberto Fernández contestó haciéndose el zonzo que había sido él, aunque sin dejar de interpretar la pregunta: seguramente su motivo profundo era que se trataba de una medida antipática y por eso, como solía suceder en esos casos, se la adjudicaban a Cristina.

Ninguna de éstas son fakes news que exigen partir de una falacia, pero a veces con un desarrollo lógico tan ingenioso como el de Sherlock Holmes cuando, al observar las huellas en una mancha de creosota del piso, comprobaba que el asesino era rengo. Sino, como en el caso de Cristina Pérez, de preguntas que no quieren saber o preguntas a las que se oye, no para averiguar alguna verdad, sino para asistir a un espectáculo de supuesto coraje matón como la de ese periodista que le preguntó a Sergio Shocklender si había matado a sus padres. O primicias irrisorias como la que le dio Rodolfo Barili a Alberto Fernández –se enteró antes que él– con el aire de ser Bob Woodward y Carl Bernsteir informando a Nixon del Watergate, de que los runners podrían salir de acuerdo al número de sus documento. ¡Si Walsh y Raab vivieran!



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Mirar una foto



“Usted aprieta el botón, y nosotros hacemos el resto”. Así rezaba, textualmente, uno de los primeros avisos de la incipiente empresa Kodak, que luego llegaría a cubrir el enorme mercado mundial de la fotografía entonces en pañales. Pero, casi al mismo tiempo, esto decía la exquisita fotógrafa inglesa Julia Margaret Cameron (1815-1869), una de aquellas personalidades que ya desde sus comienzos percibieron (y demostraron) a la nueva técnica como arte: “Añoraba atrapar toda la belleza que me pasara por delante y, a la larga, creo haber satisfecho tal anhelo”.

Pocos testimonios ponen de relieve con tanta nitidez el doble sentido que afecta y acompañó a la fotografía desde sus orígenes: la posibilidad de ser un pingüe y excelente negocio destinado a las masas por un lado y, por el otro, la de constituir no sólo un nuevo lenguaje, el primero derivado de la técnica, sino también un cambio radical en la percepción pública alcanzada hasta ese momento con respecto a las artes que la precedieron.

Descubierta en 1822 por Nicéphore Niepce, e inmediatamente desarrollada por Louis Daguerre, que quizás un tanto injustamente vería bautizada con su nombre una de sus aplicaciones iniciales, el daguerrotipo, la prodigiosa invención no alcanzaría estado público sino en 1839, cuando fue adquirida por el Estado francés.

Muy pronto el revolucionario invento empezaría a conmover multitudes, pero no menos significativo es que fue precisamente en aquellos momentos iniciales, cuando su tecnología se encontraba aún en la etapa primitiva, poco desarrollada, que realizaron su espléndida obra algunos maestros de la fotografía como arte, concretando uno de los momentos más radiantes del retrato fotográfico.

Si hay en Europa una ciudad insignia de aquel momento clave, una urbe donde las arrolladoras mutaciones de la ciencia y la técnica alcanzarían un grado sumo, al mismo tiempo que se interponen, se fecundan y chocan con las no menos profundas renovaciones del arte y la literatura, esa capital es sin duda –como bien lo vio más tarde Walter Benjamin, que la llamó “capital del siglo XIX”– la orgullosa París, la misma que prefería ignorar sus sombras para llamarse ciudad luz, centro y ombligo, corazón y cerebro del mundo en aquellos días de vertiginosa conmoción, de frenética creatividad. Sólo en París podían convivir, así fuera desde el boato o la miseria, desde la fama rutilante o el más opaco olvido, personalidades que estaban cambiando de raíz el rostro y el futuro del mundo guiados por la cegadora ilusión del progreso apenas material, con aquellas otras que en forma visionaria o inconsciente estaban percibiendo ya las inevitables consecuencias que ello acarreaba para la vida en sí, para la vida social e individual, pero quizá sobre todo para la vida del espíritu.

Pero lo más significativo, en aquella época de agudo enfrentamiento entre artistas y fotógrafos, e incluso hoy sorprendente, a pesar de que vivió toda su vida rodeado de escritores y artistas, es que haya sido Nadar (1820-1910) el legendario fotógrafo, quien realizó en su estudio, desde el 15 de abril al 15 de mayo de 1874, nada menos que la primera muestra de los impresionistas, aquellos muy grandes artistas rechazados entonces por todos los salones oficiales.

Pero una vida tan poblada de acontecimientos como la de Nadar no puede compararse con el alto nivel que supo dar a su oficio de fotógrafo. Nunca, en toda su vida, por exitosos que fueran, se planteó Nadar los retratos fotográficos con carácter comercial. No sólo se negó a colorearlos, un truco entonces bastante divulgado para atraer al gran público, sino que renunció siempre a todo elemento decorativo, de adorno o de composición.

Encarando sus retratos con el criterio de la pintura pero con el nuevo lenguaje de la fotografía, a la cual supo convertir en arte, sólo se sirvió de la luz natural, sin ninguna clase de iluminación artificial, así como del gesto, mirada y actitud de sus modelos y, ciñéndose por lo general –e incluso en sus autorretratos– al rostro del retratado, consiguió no apenas reproducir sus meras imágenes sino captarlos, casi siempre a fondo, y revelar a cada uno de ellos en la intensidad de su inteligencia, de su espiritualidad, de su conciencia, aun de su genio.

Por lo general contra un solo plano de fondo, sin aditamento alguno, el rostro, desnudo no sólo en su materialidad, en su figura, y especialmente los ojos, alcanza muchas veces a descubrir sus almas. Y si los personajes son también protagonistas principales, es indudable que fue Nadar quien los elegía, y quien los concretó. (Si se quisiera evaluar su intensidad artística, recordemos que nada menos que Manet se basó en una foto de Nadar para su grabado de Baudelaire).

Para dar muestra de la originalidad de sus conceptos y de la diversidad de sus ideas, basta enumerar apenas algunas de sus fotografías memorables: Victor Hugo, George Sand, Marceline Desbordes-Valmore, Mallarmé, Nerval, Théophile Gautier, Baudelaire. También sus muchos amigos pintores y escultores, Delacroix, Rodin, Corot, Courbet, Doré, Daumier, Manet, y sobre todo sus admirados impresionistas, comenzando por Monet. Además de cantantes, generales, bailarinas, grandes compositores (Berlioz, Rossini), actores (Sarah Bernhardt), políticos de fuste. Pero, como para manifestar la franca amplitud de su criterio, también los principales líderes e intelectuales anarquistas de su época, desde un primer plano inolvidable de Kropotkin, hasta Bakunin o Élisée Reclus. Esas ideas y actitudes se manifestaron desde muy joven, como cuando marchó a pie para unirse a los revolucionarios nacionalistas polacos, que se habían rebelado contra el zar ruso, aunque su intento no llegó a concretarse.

Julio Verne lo retrata en forma cabal, con palabras tan reveladoras como sus retratos, por medio del singular personaje Michel Ardan (claro anagrama de Nadar), en sus célebres novelas “De la Tierra a la Luna” y “Viaje al fondo de la Tierra”. Vale la pena citarlo: “Su cabeza enérgica, verdadera cabeza de león, sacudía de cuando en cuando una cabellera roja que parecía realmente una guedeja.”

Acaso la fuerte personalidad e indudable talento de Nadar, permitan comprender cómo el mismo Charles Baudelaire (1821-1867) que anatematizó a la nueva técnica en la “Revue Française”, con su “El público moderno y la fotografía”, se prestó no obstante muchas veces, desde 1854 hasta poco antes de su muerte, a posar para Nadar. Y era el mismo Baudelaire que afirmó: “Un Dios vengativo ha acogido los deseos de esta multitud. Daguerre fue su mesías.”

Rodolfo Alonso es poeta, traductor y ensayista.



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Olor a napalm a la mañana | Francis Ford Coppola se mete con Vietnam



En 1975, mientras los últimos helicópteros levantaban vuelo del techo de la embajada norteamericana en Saigón, Francis Ford Coppola decidió reflotar un proyecto que había escrito en 1969 con el guionista John Milius, para que dirigiera el novato George Lucas: adaptaba la formidable historia de El corazón de las tinieblas, de Conrad, para contar Vietnam. Un barco remonta el río adentrándose en la selva en busca de un hombre que se ha vuelto loco. En la novela era un belga empleado en la explotación del caucho que se rebelaba contra sus patrones. En el guión era un coronel de Marines condecorado el que se abroquelaba en la selva con su ejército de indígenas.

Desde 1969, Milius se había vuelto reaccionario (“¡Quieres convertir nuestro guión en basura progre! ¡Vietnam no fue Hair!”) y Lucas estaba abducido por la filmación de La guerra de las galaxias, así que Coppola decidió jugársela solo. Consiguió que la United Artists le diera 13 millones de dólares (una cifra delirante para esos tiempos) y el corte final de la película, a cambio de pagar él que todo lo que se excediera en el presupuesto. Nadie contó la catastrófica historia de esa filmación mejor que Eleanor, la esposa de Coppola, que llevó un diario del rodaje y se proponía hacer un documental sobre la película.

Lo primero fue encontrar los actores que interpretaran al coronel Kurtz y a Willard, el oficial enviado a capturarlo. Coppola había pensado en Marlon Brando para Kurtz y en Steve McQueen para Willard. McQueen se negó de plano a pasar quince semanas filmando en la selva. Coppola llamó entonces a Al Pacino, a James Caan y a Jack Nicholson; los tres dijeron que no. Brando mandó decir a través de su agente que no quería hacer ninguna película y menos una sobre Vietnam. Coppola logró interesar a Robert Redford para el papel de Kurtz, hasta que le dijo que filmarían en las Filipinas de Ferdinando Marcos. Coppola tiró sus cinco Oscars por la ventana de su oficina, llamó a casting, eligió a Harvey Keitel para el papel de Willard y partió hacia Filipinas sin actor para Kurtz y sin final para su película (el guión estaba inconcluso).

Todo salió mal desde el principio allá. La humedad y la lluvia, tan importantes para la película, brillaban por su ausencia. Había sequía y racionamiento de agua. Eleanor anota en su diario: “Hace tanto calor que las barras de manteca de cacao se derriten en sus envases. Las plantas de plástico están de moda porque las reales se marchitan en un día. Los perros duermen todo el día y aúllan de noche. Los pájaros empiezan a chillar a las cuatro de la mañana: se quejan de la salida del sol. Leo en un diario que la población de insectos en el mundo pesa ocho veces más que toda la población humana”.

Empezaron con las escenas de playa porque la selva estaba seca. Mientras Dean Tavoularis construía el enorme templo del campamento de Kurtz, Coppola filmaba las escenas con helicópteros. Se los había alquilado a la Fuerza Aérea filipina pero el gobierno de Marcos estaba paranoico con las sublevaciones rebeldes y la mitad de los días se los llevaban de urgencia. Al tercer día de rodaje, Coppola determinó que Keitel no daba el papel e hizo viajar de apuro a un muchachito católico preseleccionado en el casting, llamado Martin Sheen. “Willard es otro, yo seré otro”, dice Coppola y se afeita la barba. Eleanor anota que se está pareciendo más a Kurtz. Se incendia el galpón donde guardaban los efectos especiales y la ropa ignífuga de los extras. Se derriten las dos cámaras que Eleanor iba a usar para su documental.

Hace falta un tigre; lo traen de Los Angeles. Al bajarlo en el aeropuerto de Manila se les escapa. Coppola emborracha a Martin Sheen para la escena inicial de la película. Sheen rompe todo, termina con una crisis de nervios, una enfermera filipina le venda la mano mientras susurra: “Jesús te ama, Marty”. Las lluvias llegan por fin, pero con un tifón, que arruina los decorados. Ya llevan gastados siete de los trece millones y todavía no saben quién será Kurtz. Mientras mira el diluvio por la ventana, Coppola descorcha una botella de vino de 1889. Su esposa le pregunta, atónita, qué festeja. “Que gané tiempo para encontrar el final de la película”, dice él. El corcho se deshace, tienen que colar el vino, no hay copas, beben de un frasco vacío de manteca de maní.

La gran escena del combate nocturno se filma en un puente bombardeado por los japoneses en la Segunda Guerra. Por los megáfonos gritan: “¡Vietnamitas muertos, prepárense para su escena”. Fuegos artificiales y balazos toda la noche. El ejército de Marcos cree que es otra sublevación e interrumpe el rodaje. Tavoularis contrata cuerpos reales en una morgue para hacer más verosímil el campamento de Kurtz. Llegan cubiertos de tierra, el que se los alquiló es un ladrón de cadáveres. Traen una tribu entera de indios ifugao desde la otra punta de la isla para interpretar a la legión de Kurtz. Ellos piden por contrato cerdos y caribúes vivos, para hacer sacrificios. Un enorme obeso con la cabeza rapada aparece un día y le dice hola a Eleanor. Es Brando, acaba de llegar, nadie lo sabía. Nadie esperaba tampoco que viniera tan gordo; hay que reformular su papel. Llega Dennis Hopper, empiezan los problemas de drogas. En la escena de la muerte de Kurtz, está todo listo desde las siete de la mañana pero, a las cinco de la tarde, Coppola y Brando siguen encerrados en la choza-camarín de Marlon. “No sé cómo hacerla”, confiesa Coppola. Vittorio Storaro dice que probó unos efectos con luces y humo, a Brando le gustan. En cuanto se pone a improvisar, Coppola empieza a filmar.

Marlon ha simpatizado con los ifugao y, para despedirse, les hace una fiesta: sólo helados y cañitas voladoras, las dos cosas que más les gustan. Las quince semanas de rodaje ya son más de cincuenta cuando la producción se traslada a Los Angeles. Coppola ha perdido cuarenta kilos y está de color gris, pero todo aquel que ve algo de lo filmado lo considera único, revolucionario. Coppola decide igual volver a Filipinas a hacer tomas adicionales y entra en delirio megalómano. Hace viajar a Martin Sheen, lo vuelve loco, Marty tiene un ataque cardíaco. Se lo esconden a la producción, hacen venir al hermano de Sheen como doble hasta que Marty se reponga. La United Artists saca un seguro de vida por quince millones para Coppola y le informa que ya debe catorce por pasarse de presupuesto. “Valgo más muerto que vivo”, le dice a Eleanor por teléfono. “La pregunta es si vas a morir como Kurtz o vas a volver vivo y cambiado, como Willard”, le contesta ella y le informa que acaba de poner su firma 37 veces en préstamos e hipotecas: no les queda nada propio.

En ese estado presentó Coppola su película al Festival de Cannes en 1979. La tituló Apocalypse Now. Iba a ganar la Palma de Oro, recaudar 150 millones de dólares y convertirse en la mejor película de guerra de todos los tiempos. Cuando en la rueda de prensa le preguntaron si anticipaba semejante vía crucis al empezar, contestó: “Incluso si hubiera hecho una película con el Ratón Mickey habría salido igual”.



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El virus no está sólo



Un dato que tal vez no es conocido: en Argentina, una de cada 17 familias no tiene heladera, y en las provincias del norte esa falta afecta a una de cada 7 familias.

No tengo la cifra para el AMBA, pero supongo que como mínimo son decenas de miles los que carecen de heladera.

Y es oportuno pensarlo ahora que el virus ha demostrado ser inteligente (si cabe decirlo de algo que se discute si considerarlo vivo), y ser enormemente flexible. Porque no trabaja sólo. Tiene aliados que pavimentan el camino de su formidable propagación.

Justamente, el primer aliado es la pobreza: si la gente carece de heladera, debe salir a comprar alimentos diariamente, con lo cual, y sobre todo en los barrios vulnerables, se debilita el aislamiento social. Eso si no contamos que aunque tengan heladera una porción de los pobres sólo tiene bolsillo para comprar el consumo del día, y muchos más deben igualmente salir cada jornada a hacer la changa para subsistir.

Estos datos se suman al hacinamiento de las viviendas y la falta de conexión a las redes de agua, y se refuerzan con este otro de que las cifras de familias sin conexión a Internet en la pobreza son muy altas y, entre otras cosas, el aislamiento de sus hijos es casi inviable.

Todo redunda en población que no puede defenderse del virus aislándose y guardando los protocolos de higiene, y así contribuye involuntariamente a su propagación.

El virus se encontró con un gobierno que le cerró el paso muy tempranamente y puso el eje en los cuidados. Pero consiguió otros socios en la vereda de enfrente: la cúpula del macrismo que, junto con los grandes medios, operan para debilitar la disciplina colectiva hacia la cuarentena. Por un lado, planteando que el perjuicio que la cuarentena provoca a la economía será un mal mayor que el número de infectados y de muertos. Por otro lado, con una acción sistemática para asociar el gobierno a una dictadura (“infectadura”), y culpar tambièn a los cientìficos que asesoran a las autoridades.

Esa es una ayuda especial para el bicho que tiene coronita, porque es difícil no ver la influencia que tiene la acción opositora de desgaste en muchos comportamientos que desoyen los cuidados.

Desde luego que subestimar la pandemia encuentra también campo fértil en una población que no ha tenido experiencia en un fenómeno semejante y a la cual le resulta muy difícil vislumbrar los alcances del daño y la peligrosidad y, en consecuencia, disciplinarse en el confinamiento, porque, claro, trae nuevos problemas. Pero cuando quienes han gobernado hasta 2019 desacreditan la política de cuidados, ganan espacio la confusión y el virus.

¿Quién más se pone a disposición de los contagios? Las decenas de miles de convencidos entre los sectores sin urgencias económicas y sociales de que “A mi no me va a pasar nada” o de que “Es sólo una gripecita”.

También ayudan a que suba la curva algunas obras sociales y prepagas que buscan contener la demanda.

Por otro lado, la pandemia y los confinamientos no son un tema sencillo para industriales, comerciantes y prestadores de servicios que ven tambalear sus empresas.

Y una enorme zona liberada para el virus en la Argentina se encuentra en lo que Guillermo O´Donnell llamó “ciudadanía de baja intensidad”.

La mexicana Gloria Guadarrama Sanchez sostiene que una buena parte de los obstáculos que enfrentan las democracias contemporáneas se ubican en el ámbito de las reglas no escritas ¿Qué son esas reglas no escritas? Son las que funcionan al margen de prescripciones y atribuciones legales; pero que, al mismo tiempo, aunque truchas son reglas compartidas socialmente. Todos las conocen y, lo importante, son coercitivas porque hay formas de sanción para quienes no se comporten según estas normas “por izquierda”.

En un tiempo en que los gobiernos y los Estados carecen de buena prensa buscar atajos para eludir las normas escritas, “lubricar” a funcionarios para que hagan la vista gorda “porque si no, no puedo trabajar”, pagar por gestiones “por izquierda” gozan de prestigio. Negarse a ser parte de esa ilegalidad no sólo se paga con las múltiples trabas de la burocracia sino que puede traer otros perjuicios.

El ciudadano de baja intensidad es reconocible hasta en los “detalles”: desde no levantar la caca del perro, dejar la basura fuera de los contenedores, ignorar el semáforo rojo, evitar el barbijo en cuarentena porque es incòmodo, burlarse del aislamiento, conseguir permisos truchos de circulación o circular sin ellos, ocultar contagios, esconder empleadas domésticas, niños o amantes en el baúl del auto o celebrar fiestas en pleno confinamiento.

El ciudadano de baja intensidad contagia e infecta. Todos sabemos que hay un folklore del chupahuevismo arraigado en parte de los ciudadanos. Esa conducta viene con una coartada ideológica que sería, más o menos, así: “Mi transgresión es un hecho aislado que no va a alterar el órden general”.

Pero el virus tiene una respuesta para eso: en medio de una pandemia la potencialidad de contagios que tiene cada persona infectada crece en forma exponencial. Tenemos ejemplos a mano de burladores de la cuarentena que, solitos, contagiaron a decenas de desprevenidos.

Por suerte, el covid-19 no encontró a una sociedad dispuesta a allanarle el camino. Pero, cuidado, esta es otra de esas circunstancias en que una minoría a contramano adquiere una enorme capacidad de daño. 



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Italia’90 restart | A 30 años de la final Argentina-Alemania



Muchos futboleros postulan que la vida es eso que pasa entre Mundial y Mundial. La frase se alimenta de pulsos pasionales, la búsqueda de la metáfora y un poco de exageración ¿Es exageración? A nueve décadas de la primera Copa (la de Uruguay en 1930 con Montevideo como única sede, Argentina cruzando el Río de la Plata en la antesala de su primer golpe militar y Estados Unidos llegando en barco después del crack del ‘29), bien se podría mojonear la Historia contemporánea no sólo a través de esas citas celebradas cada cuatro años, sino incluso con la ausencia de las mismas: cuando a mediados de 1950 se retomó el torneo tras dos ediciones suspendidas por la Segunda Guerra, el planeta ya estaba configurado bajo un nuevo ordenamiento. La formación de la OTAN en 1949 formalizaba la alianza militar de Estados Unidos y Europa Occidental frente al bloque encabezado por la Unión Soviética y entonces la FIFA prefirió organizar el torneo en Brasil, bien lejos de las tensiones de la Guerra Fría.

Hoy se cumplen treinta años de la final entre Argentina y Alemania en Roma por Italia ’90, el torneo que subrayó el cierre de esa era bi-frontal en plena Perestroika, pocos meses después de la caída del Muro de Berlín y un tanto antes del estallido de las guerras yugoslavas. El dato sintomático lo marcó la participación de países que ya no existirían como tales en el Mundial siguiente, como la Unión Soviética o Checoslovaquia, desmembrados antes de Estados Unidos ’94, o la misma Yugoslavia (a pesar de que Serbia y Montenegro seguirían usando el nombre durante una década más). La República Federal de Alemania se consagró campeona tres meses antes de la reunificación con la República Democrática, mientras que Rumania intentó sacar adelante un papel decoroso en la península itálica mientras a unos mil kilómetros todavía humeaban las revueltas que habían dado fin a la larga dictadura de Nicolae Ceaușescu (y también a su vida y a la de su esposa Elena, fusilados la Navidad de 1989 en el cuartel general de Targoviste).

Italia había sido elegida en 1984 por sobre la postulación de la Unión Soviética y dispuso como sedes a una docena de ciudades entre las que se repartía toda belleza histórica y geográfica; desde la alpina Turín a la oriental Udine, de la medieval Bolonia a la renacentista Florencia, de la romántica Verona a la estridente Nápoles, de las las portuarias Génova y Bari a insulares Palermo y Cagliari, y, naturalmente, las poderosas Roma y Milán.

Pero el Mundial pensado como distracción y abstracción de los avatares sociales y políticos terminó convirtiéndose en refracción y espejo de lo que sucedía en Europa, especialmente en aquellos países de los cuales el anfitrión no estaba demasiado lejos.

Para colmo los resultados no acompañaron como se esperaba y toda épica deportiva terminó reducida a pequeños destellos que se apagaron pronto. El excéntrico arquero colombiano René Higuita, el Camerún de la mano del cuadragenario Roger Milla, la renacida Holanda campeona de Europa en 1988 o la debutante Irlanda que avanzaba a base de empates, sorteos y penales: todos ellos fueron eliminados antes de que pudieran macerarse expectativas reales. Las pequeñas grandes hazañas argentinas forman parte más de nuestro folclore que de la memorabilia internacional (alimentado por el loop de recuerdos y testimonios ante cada aniversario), mientras que de los alemanes no se recuerda gran cosa más que su pragmatismo. Para muestra, basta el campeón: su -¿única?- sorpresa no vino de la mano de Lothar Mattäus, la pretendida figura, sino Andreas Brehme, un zurdo defensor al que el capitán teutón le cedió el penal en los últimos minutos de la final porque no se animaba a asumir ese riesgo y su compañero apostó a desconcertar a Sergio Goycochea pateando con la pierna derecha.

Acodándose en la efeméride ante la necesidad de generar algún tipo de contenido en este contexto de sequía futbolera pandémica, la FIFA propuso en sus redes sociales revivir aquel Mundial con una oferta audiovisual que incluye desde partidos completos hasta resúmenes con imagen y sonido remasterizados o agregados (el ruido sobre el caucho toda vez que se patea la pelota, el tronido de los arcos cuando un tiro se estrella contra un palo y hasta el doblaje en las voces de algunos jugadores enfocados en primer plano). Todo eso enmarcado en una estética gamer de colores vivos y 16-bits con la leyenda “Restart #Italy90”. Es que aquel torneo también fue bisagra en la comercialización planetaria del fútbol con la mega-televisación en vivo y en directo, o la explotación de negocio adicionales como el de los video-juegos para las consolas caseras desarrolladas por Sega y Nintendo.

Italia ’90 fue mojón de un auténtico quiebre geológico en el fútbol y en la humanidad: no hubo otro Mundial en el que el después fuera tan distinto al antes, tan novedoso e irreversible (con lo bueno y lo no tanto). Ni Cortina de Hierro ni pases a las manos del arquero. A partir de ahí, globalización con partidos a domicilio por la tele y jugadores a mano de los joysticks. Una “nueva normalidad” que la FIFA planea reactualizar treinta años después a través del negocio del e-sport, expandido con ligas nacionales y hasta una Copa del Mundo interactiva como sublimación o paliativo de un espectáculo menguado con leds en las tribunas y cantitos reproducidos por altoparlantes. La vida, mientras tanto, será eso que pase entre restart y restart.



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